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fecha de publicación10.03.2016
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12.26 horas


Javits ve llegar a los invitados, el recinto está lleno, y piensa lo mismo: «¿Qué estoy haciendo aquí?» No necesito esto. Es más, necesito muy pocas cosas de los demás; tengo todo lo que quiero. Soy famoso en la industria cinematográfica, tengo a las mujeres que deseo, aunque sé que soy feo y voy mal vestido. Lo hago a propósito: ya he pasado la época en la que tenía un único traje, y en las escasas ocasiones en que conseguía una invitación de la Superclase (después de arrastrarme, implorar y prometer), me preparaba para una comida de éstas como si fuera el acontecimiento más importante del mundo. Hoy sé que lo único que varía son las ciudades; en cuanto a lo demás, lo que va a suceder aquí es previsible y aburrido.

«Vendrá gente a decirme que les encanta mi trabajo. Otros me dirán que soy un héroe y me darán las gracias por las oportunidades que les estoy dando a los excluidos. Mujeres bonitas e inteligentes, que no se dejan engañar por las apariencias, notarán el movimiento en torno a mi mesa, le preguntarán al camarero quién soy y después buscarán una manera de acercarse, convencidas de que lo único que me interesa es el sexo. Todos, absolutamente todos, quieren pedirme algo. Por eso me elogian, me adulan, me ofrecen lo que creo que necesito. Pero, en realidad, todo cuanto yo deseo es estar solo.

»He estado antes en miles de fiestas como ésta. Y no estoy aquí por ninguna razón especial, salvo por el hecho de que soy incapaz de dormir, aunque haya venido en mi avión particular, una maravilla tecnológica capaz de volar a más de once mil pies de altitud directamente desde California a Francia sin parar para repostar. He cambiado la configuración original de la cabina: aunque el avión tiene capacidad para dieciocho personas con todas las comodidades posibles, he reducido el número de asientos a seis, y he conservado la cabina separada para los cuatro miembros de la tripulación. Siempre hay alguien que te pide: "¿Puedo ir contigo?", y así tengo la disculpa perfecta: "No hay sitio."»

Javits había equipado su nuevo juguete, cuyo precio rondaba los cuarenta millones de dólares, con dos camas, una mesa de conferencias, ducha, sistema de hilo musical Miranda (Bang & Olufsen tenía un diseño genial y una excelente campaña de relaciones públicas, pero ya pertenecían al pasado), dos máquinas de café, un microondas para el equipo y un horno eléctrico para él (porque detestaba la comida recalentada). Javits sólo bebía champán; el que quisiera compartir con él una botella de Moêt & Chandon de 1961 siempre era bien recibido. Pero en la bodega de su avión tenía todo tipo de bebidas para los invitados. Y dos plasmas de veintiuna pulgadas, siempre preparados para ver las películas más recientes que todavía no se habían estrenado en los cines.

El jet era uno de los mejores del mundo (aunque los franceses insisten en que el Dassault Falcon es mejor), pero por más dinero y poder que Javits tuviera, no conseguiría cambiar todos los relojes de Europa. En ese momento eran las 3.43 de la mañana en Los Ángeles, y empezaba a sentirse realmente cansado. Se había pasado la noche en vela, yendo de una fiesta a otra, respondiendo a dos preguntas idiotas que inician cualquier conversación: «¿Cómo ha ido el vuelo?»Javits siempre respondía con otra pregunta: «¿Por qué?»Como la gente no sabía muy bien qué decir, sonreían tímidamente y pasaban a la siguiente pregunta de la lista: «¿Cuánto tiempo te vas a quedar?»Y Javits volvía a contestar: «¿Por qué?» Entonces fingía atender una llamada, se disculpaba, y se apartaba con sus dos inseparables amigos.

Nadie interesante por allí. ¿Pero quién puede resultarle interesante a un hombre que tiene prácticamente todo lo que el dinero puede comprar? Intentó cambiar de amigos, buscando gente totalmente ajena al mundo del cine: filósofos, escritores, malabaristas de circo, ejecutivos de firmas relacionadas con el mundo de la alimentación... Al principio todo era una gran luna de miel, hasta que llegaba la inevitable pregunta: «¿Te gustaría leer mi guión?» O la segunda pregunta inevitable: «Tengo un(a) amigo(a) que siempre ha deseado ser actor/actriz. ¿Te importaría reunirte con él/ella?»

Sí, le importaría. Tenía otras cosas que hacer en la vida además de su trabajo. Solía volar una vez al mes a Alaska, entraba en el primer bar que encontraba, se emborrachaba, comía pizza, paseaba por el bosque y charlaba con los habitantes de las pequeñas ciudades. Entrenaba dos horas al día en su gimnasio privado, pero aun así tenía sobrepeso; los médicos decían que en cualquier momento tendría un problema cardíaco. A él, sin embargo, poco le importaba su forma física. Lo que deseaba de verdad era descargar un poco la constante tensión que parecía aplastarlo cada segundo del día, hacer una meditación activa, curar las heridas de su alma. Cuando estaba en el campo solía preguntarle a la gente que se encontraba por azar cómo era una vida «normal», porque hacía mucho tiempo que ya lo había olvidado. Las respuestas variaban, y poco a poco fue descubriendo que estaba absolutamente solo en el mundo, aunque siempre rodeado de gente.

Acabó haciendo una lista sobre la normalidad, basada más en lo que hacía la gente que en sus propias respuestas.

Javits mira a su alrededor. Hay un hombre con gafas oscuras tomando un zumo de frutas que parece ajeno a todo lo que lo rodea, mientras contempla el mar como si estuviera lejos de allí. Atractivo, de pelo gris, bien vestido.

Fue uno de los primeros en llegar, debía de saber quién era, pero aun así no hizo ni el menor esfuerzo por presentarse. ¡Además, tenía valor para estar allí solo! La soledad en Cannes es un anatema, es sinónimo de que nadie se interesa por ti, de tu insignificancia o de tu falta de contactos.

Sintió envidia de él. Seguramente no encajaba en la «lista de normalidad» que llevaba siempre en el bolsillo. Parecía independiente, libre, y a Javits le habría gustado mucho hablar con él, pero estaba demasiado cansado para eso.

Se vuelve hacia uno de sus «amigos»:

—¿Qué es ser normal?

—¿Tienes algún cargo de conciencia? ¿Piensas que has hecho algo que no debías?

Javits le hizo la pregunta equivocada al hombre equivocado. Probablemente su compañero pensaría que estaba arrepentido de sus pasos y que desearía comenzar una nueva vida. Nada de eso. Y aunque se arrepintiera, ya era demasiado tarde para volver al punto de partida: conocía las reglas del juego.

—Te estoy preguntando qué es ser normal.

Uno de los «amigos» se queda desconcertado. El otro sigue mirando a su alrededor, vigilando el ambiente.

—Vivir como una de esas personas que no tienen ambición —responde finalmente.

Javits saca la lista del bolsillo y la pone encima de la mesa.

—Siempre llevo esto conmigo. Y voy añadiendo cosas.

El «amigo» le responde que no puede leerla en ese momento, tiene que estar atento a lo que sucede. El otro, sin embargo, más relajado y más seguro, lee lo que está escrito:
Lista de normalidad

  1. Es normal cualquier cosa que nos haga olvidar quiénes somos y qué deseamos, de modo que podamos trabajar para producir, reproducir y ganar dinero.

  2. Tener reglas para una guerra (Convención de Ginebra).

  3. Pasar años haciendo una carrera en la universidad para después no encontrar trabajo.

  4. Trabajar de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde en algo que no nos proporciona el menor placer, siempre que al cabo de treinta años la persona pueda jubilarse.

  5. Jubilarse, descubrir que ya no se tiene energía para disfrutar de la vida y morir al cabo de pocos años, de aburrimiento.

  6. Usar Botox.

  7. Entender que el poder es mucho más importante que el dinero, y el dinero es mucho más importante que la felicidad.

  8. Ridiculizar a quien busca la felicidad en vez del dinero, diciendo que es una «persona sin ambición».

  9. Comparar objetos como coches, casas, ropa y definir la vida en función de estas comparaciones, en vez de intentar saber realmente la verdadera razón de estar vivo.

  10. No hablar con extraños. Hablar mal del vecino.

  11. Creer que los padres siempre tienen razón.

  12. Casarse, tener hijos, seguir juntos aunque el amor se haya acabado, alegando que es por el bien de los niños (como si ellos no asistieran a las constantes peleas).

  13. Criticar a todo el mundo que intenta ser diferente.

  14. Despertarse con un despertador histérico junto a la cama.

  15. Creer absolutamente todo lo que se publica.

  16. Usar un trozo de tela colorida anudado al cuello, sin ninguna función aparente, pero que atiende al pomposo nombre de «corbata».

  17. No ser nunca directo en las preguntas, aunque la otra persona entienda lo que queremos saber.

  18. Mantener una sonrisa en los labios cuando se tienen muchas ganas de llorar. Y tener piedad de los que muestran sus propios sentimientos.

  19. Pensar que el arte vale una fortuna, o que no vale absolutamente nada.

  20. Despreciar siempre aquello que no ha sido difícil de conseguir porque no ha habido el «sacrificio necesario» y, por tanto, no debe de tener las cualidades requeridas.

  21. Seguir los dictados de la moda, aunque ésta sea ridicula e incómoda.

  22. Estar convencido de que todos los famosos tienen montones de dinero acumulado.

  23. Invertir mucho en la belleza exterior y preocuparse poco de la interior.

  24. Utilizar todos los medios posibles para demostrar que, aun siendo una persona normal, estás por encima de los demás seres humanos.

  25. En un medio de transporte público, no mirar directamente a los ojos de nadie, de lo contrario, se puede interpretar como una señal de seducción.

  26. Tras entrar en el ascensor, permanecer de cara a la puerta y fingir que vas solo, aunque esté lleno.

  27. No reírse jamás en voz alta en un restaurante, aunque el tema de conversación sea de lo más hilarante.

  28. En el hemisferio norte, usar siempre ropa según la estación del año; brazos descubiertos en primavera (aunque haga mucho frío) y abrigo de lana en otoño (aunque haga calor).

  29. En el hemisferio sur, adornar el árbol de Navidad con algodón, aunque el invierno nada tenga que ver con el nacimiento de Cristo.

  30. A medida que envejecemos, creerse dueño de toda la sabiduría del mundo, aunque no hayas vivido lo suficiente como para saber lo que está mal.

  31. Acudir a un acto benéfico y pensar que con eso ya has colaborado lo suficiente como para acabar con las desigualdades sociales en el mundo.

  32. Comer tres veces al día, incluso sin tener hambre.

  33. Creer que los demás siempre son mejores en todo: más guapos, más capaces, más ricos, más inteligentes. Es arriesgado aventurarse más allá de los propios límites, mejor no hacer nada.

  34. Utilizar el coche como un arma y una armadura invencible.

  35. Soltar improperios cuando se conduce.

  36. Creer que todo lo que tu hijo hace mal es por culpa de las compañías que ha escogido.

  37. Casarse con la primera persona que te proporcione una posición social. El amor puede esperar.

  38. Decir siempre «lo he intentado», aunque no hayas intentado absolutamente nada.

  39. Dejar las cosas más interesantes de la vida para cuando ya no se tienen fuerzas.

  40. Evitar la depresión con dosis diarias y densas de programas de televisión.

  41. Creer que es posible estar seguro de todo lo que has conseguido.

  42. Pensar que a las mujeres no les gusta el fútbol, y que a los hombres no les gusta la decoración ni la cocina.

  43. Culpar al gobierno de todo lo malo que sucede.

  44. Estar convencido de que ser una buena persona, decente, respetuosa, significa que los demás van a pensar que eres débil, vulnerable y fácilmente manipulable.

  45. Estar convencido también de que la agresividad y la descortesía en el trato con los demás son sinónimos de una personalidad poderosa.

  46. Tener miedo de la fibroscopia (hombres) y del parto (mujeres).



El «amigo» se ríe:

—Deberías hacer una película sobre esto —comenta.

«Otro más. No piensan en otra cosa. No saben lo que hago, aunque siempre están conmigo. Yo no hago películas.»Una película siempre empieza con alguien que ya pertenece al sector, el llamado productor. Ha leído un libro o ha tenido una idea brillante mientras conducía por las carreteras de Los Ángeles, que en realidad es un gran suburbio en busca de una ciudad. Pero está solo en el coche y tiene ganas de convertir esa brillante idea en algo que se pueda ver en la pantalla.

Averigua si los derechos del libro están disponibles. Si la respuesta es negativa, va en busca de otro producto; al fin y al cabo, se publican alrededor de trescientos mil títulos al año sólo en Estados Unidos. Si la respuesta es afirmativa, llama directamente al autor y le hace la oferta más baja posible, que generalmente es aceptada porque no es sólo a los actores y a las actrices a quienes les gusta estar asociados a la máquina de los sueños: todo autor se siente más importante cuando sus palabras se transforman en imágenes.

Quedan para comer. El productor dice que está ante una «obra de arte, totalmente cinematográfica» y que el escritor es un «genio que merece ser reconocido». El escritor explica que ha pasado cinco años trabajando en ese texto, y le pide participar en el guión. «No debes, porque es un lenguaje diferente —es la respuesta—. Pero te va a gustar el resultado. —Y añade—: La película será fiel al texto.» Lo cual es una total y absoluta mentira, algo que ambos saben.

El escritor piensa que tiene que aceptar las condiciones que le propongan, y se dice que la próxima vez será diferente. Así que acepta.

El productor le comenta que es necesario asociarse a un gran estudio para la financiación del proyecto. Dice que conseguirá a tal famoso y a tal otro para los papeles principales (lo cual es otra mentira total y absoluta, pero que se repite siempre, y que siempre resulta a la hora de convencer a alguien). Compra la llamada «opción», es decir, paga alrededor de diez mil dólares para tener los derechos durante tres años. ¿Y qué pasa después? «Bueno, pagaremos diez veces esa cantidad, y tú tendrás derecho al 2 por ciento del beneficio neto.» Con eso termina la parte económica de la conversación, ya que el escritor cree que va a ganar una fortuna con parte de los beneficios.

Si hubiera preguntado a sus amigos, sabría que los contables de Hollywood poseen la rara habilidad de hacer que una película jamás tenga un saldo positivo.

La comida termina cuando el productor saca un inmenso contrato del bolsillo y pregunta si pueden firmarlo en ese momento, para que el estudio sepa que realmente tiene el producto en sus manos. El escritor, pensando en el porcentaje (inexistente) y en la posibilidad de ver su nombre en la fachada de un cine (también inexistente, pues como máximo conseguirá una línea en los títulos de crédito, «basada en el libro de...»), firma sin pensarlo mucho. Vanidad de las vanidades, todo es vanidad, y no hay nada nuevo bajo el sol, ya lo decía Salomón hace más de tres mil años.

El productor empieza a llamar a las puertas de los estudios. Ya es relativamente conocido, así que algunas de ellas se abren, pero no siempre aceptan su sugerencia. En ese caso, ni siquiera se toma la molestia de llamar al escritor para comer otra vez con él; le envía una carta en la que le dice que, a pesar del entusiasmo, la industria cinematográfica todavía no entiende ese tipo de historias, y le devuelve el contrato (que él no ha firmado, por supuesto).

Si la propuesta es aceptada, el productor se dirige a la persona más baja y menos cara de la jerarquía: el guionista, el que va a pasar días, semanas o meses escribiendo varias veces la idea original o la adaptación del libro para la pantalla. Los guiones son enviados al productor (nunca al autor del libro), que tiene por costumbre rechazar automáticamente el primer borrador, seguro de que el guionista puede hacerlo mejor. Luego, más semanas y meses de café, insomnio y sueño para el joven talento (o viejo profesional, no hay término medio) que rehace cada una de las escenas, que son rechazadas o modificadas por el productor (el guionista se pregunta: «Si sabe escribir mejor que yo, ¿por qué no lo hace él mismo?» Pero en ese momento piensa en su sueldo y vuelve al ordenador sin quejarse demasiado).

Finalmente, el texto está casi listo: en ese momento, el productor pide que se retiren las referencias políticas que puedan ocasionar problemas ante un público más conservador, que se añadan más besos porque a las mujeres les gustan. Que la historia tenga presentación, nudo y desenlace, y un héroe que provoque las lágrimas del público con su sacrificio y su dedicación. Que alguien pierda a la persona amada al principio de la película y la vuelva a encontrar al final. En el fondo, la gran mayoría de los guiones se pueden resumir con una simple línea: Un hombre ama a una mujer. El hombre pierde a la mujer. El hombre recupera a la mujer. El 90 por ciento de las películas son variaciones de esta misma línea. Las películas que huyen de esta regla tienen que tener mucha violencia para compensar, o muchos efectos especiales para agradar al público. Y la fórmula, comprobada ya miles de veces, es la que siempre triunfa; por tanto, es mejor no correr riesgos.

Una vez que tiene una historia bien escrita, ¿a quién se dirige el productor?

Al estudio que ha financiado el proyecto. Pero el estudio tiene una ristra de películas que colocar en las cada vez más escasas salas de cine del mundo. Le piden que espere un poco, o que se busque un distribuidor independiente, no sin que antes el productor firme otro largo contrato (que incluso prevé derechos exclusivos para «fuera del planeta Tierra») haciéndose responsable del dinero invertido.

«Y es en ese momento cuando entra en escena gente como yo.» El distribuidor independiente, que puede andar por la calle sin que lo reconozcan, aunque en las fiestas del sector siempre saben quién es. La persona que no descubrió el tema, que no siguió el guión, que no ha invertido ni un céntimo.

Javits es el intermediario. ¡Es el distribuidor!

Recibe al productor en su pequeño despacho (el hecho de tener un avión grande, una casa con piscina, de recibir invitaciones para todo lo que sucede en el mundo es exclusivamente para su propia comodidad; el productor ni siquiera merece agua mineral). Coge el DVD con la película, la lleva para casa. Ve los cinco primeros minutos. Si le gusta, sigue hasta el final, pero eso sólo sucede una vez de cada cien nuevos productos presentados. En ese caso, gasta diez céntimos en una llamada telefónica y le pide al productor que vuelva a presentarse en tal fecha, a tal hora.

«Firmamos un acuerdo —dice, como si le estuviera haciendo un gran favor—. La distribuyo yo.»El productor intenta negociar. Quiere saber en cuántas salas de cine, en cuántos países del mundo, cuáles son las condiciones. Preguntas absolutamente inútiles, porque ya sabe lo que va a oír: «Depende de las primeras reacciones del público de prueba.» El producto se muestra al público seleccionado entre todas las escalas sociales, gente escogida a dedo por compañías de encuestas especializadas. El resultado es analizado por profesionales. Si es positivo, se gastan otros diez céntimos en una llamada telefónica y, al día siguiente, Javits lo recibe con tres copias de otro larguísimo contrato. El productor pide tiempo para que su abogado lo lea. Javits dice que no tiene nada en contra de eso, pero como tiene que cerrar el programa de la temporada, no le puede garantizar que, al volver, no haya otra película en el circuito.

El productor sólo lee la cláusula en la que dice cuánto va a ganar. Se da por satisfecho con lo que ve y firma. No quiere perder esa oportunidad.

Ya han pasado muchos años desde que se sentó con el escritor para hablar del tema, y olvida que ahora está en la misma situación que él.

Vanidad de las vanidades, todo es vanidad, y no hay nada nuevo bajo el sol, ya lo decía Salomón hace más de tres mil años.

Mientras observa el recinto lleno de invitados, Javits vuelve a preguntarse qué está haciendo allí. Controla más de quinientas salas de cine de Estados Unidos, tiene contrato de exclusividad con otras cinco mil en el resto del mundo, que están obligadas a comprar todo lo que él les ofrezca, aunque a veces no dé resultado. Saben que una simple película con buena taquilla puede compensar con creces otras cinco que no hayan tenido el público suficiente. Dependen de Javits, el raegadistribuidor independiente, el héroe que consiguió romper el monopolio de los grandes estudios y convertirse en una leyenda del sector.

Nunca se han preguntado cómo lo consiguió; mientras les siga ofreciendo un gran éxito por cada cinco fracasos (la media de los grandes estudios era un gran éxito por cada nueve fracasos), esa pregunta no tiene la menor importancia.

Pero Javits sabe por qué consiguió tener tanto éxito. Y por eso nunca sale sin sus dos «amigos», que en ese momento se encargan de atender llamadas, concertar reuniones, aceptar invitaciones. Aunque ambos tienen un físico razonablemente normal, lejos de la corpulencia de los gorilas que están en la puerta, valen por un ejército. Se entrenaron en Israel, sirvieron en Uganda, Argentina y Panamá. Mientras uno se concentra en el móvil, el otro mueve incesantemente los ojos, memorizando cada persona, cada movimiento, cada gesto. Se relevan en las tareas, de la misma manera que lo hacen los traductores simultáneos y los controladores aéreos; la habilidad requiere un descanso cada quince minutos.

¿Qué está haciendo en ese «almuerzo»? Podría haberse quedado en el hotel intentando dormir, ya está harto de que lo adulen, de que lo elogien, y de tener que decir cada vez, sonriente, que no le den una tarjeta de visita porque la pierde. Cuando insisten, les pide amablemente que hablen con alguna de sus secretarias (debidamente hospedadas en otro hotel de lujo en la Croisette, sin derecho a dormir, siempre atentas al teléfono que no deja de sonar, respondiendo siempre a los correos electrónicos de salas de cine de todo el mundo, que llegan junto a propuestas para alargarse el pene o para tener orgasmos múltiples, a pesar de todos los filtros contra mensajes indeseables). Según el gesto que él haga con la cabeza, uno de sus dos asistentes le da la dirección y el teléfono de la secretaria, o dice que en ese momento se le han acabado las tarjetas de visita.

¿Qué está haciendo en ese «almuerzo»? Es hora de estar durmiendo en Los Ángeles, aunque hubiese llegado muy tarde de una fiesta. Javits conoce la respuesta, pero no quiere aceptarla: tiene miedo a estar solo. Siente envidia del hombre que llegó temprano y se puso a beber un zumo, con la mirada distante, aparentemente relajado, sin grandes preocupaciones por parecer ocupado o importante. Decide invitarlo a tomar algo con él. Pero entonces se da cuenta de que ya no está.

En ese momento, siente un pinchazo en la espalda.

«Mosquitos. Es por eso por lo que detesto las fiestas en la arena.»Cuando va a rascarse la picadura, saca de su cuerpo un pequeño alfiler. Menuda broma estúpida. Mira hacia atrás y, a una distancia de aproximadamente dos metros, con varios invitados entre ellos, un negro con el pelo típico de Jamaica se ríe a carcajadas, mientras que un grupo de mujeres lo observan con respeto y deseo.

Está demasiado cansado para aceptar la provocación. Mejor dejar que el negro se haga el gracioso, es todo cuanto tiene en la vida para impresionar a los demás.

—Idiota.

Sus dos compañeros de mesa reaccionan ante el súbito cambio de posición del hombre que deben proteger por 435 dólares al día. Uno de ellos se lleva la mano hasta el hombro derecho, donde lleva un arma automática en una cartuchera imposible de ver por fuera del traje. El otro se levanta, discretamente (después de todo, están en una fiesta), y se coloca entre el negro y su jefe.

—No es nada —dice Javits—, Sólo una broma.

Le enseña el alfiler.

Esos dos idiotas están preparados para ataques con armas de fuego, puñales, agresiones físicas, amenazas de atentados. Son siempre los primeros en entrar en su habitación del hotel, listos para disparar si fuera necesario. Adivinan cuándo alguien va armado (lo que es común en muchas ciudades del mundo) y no bajan la guardia hasta que la persona en cuestión demuestra que no es una amenaza. Cuando Javits cogía un ascensor, quedaba aplastado entre los dos, que juntaban sus cuerpos para formar una especie de pared. Nunca los había visto sacar las pistolas, porque una vez que eso sucede, disparan; generalmente resolvían cualquier problema con una mirada o con una conversación tranquila.

¿Problemas? Nunca había tenido ninguno desde que sus «amigos» trabajaban para él. Como si la simple presencia de ambos fuera suficiente para apartar a los malos espíritus y las malas intenciones.

—Ese hombre... Uno de los primeros en llegar, el que se sentó solo en esa mesa —dice uno—. Iba armado, ¿verdad?

El otro murmura algo como «posiblemente». Pero ya hacía tiempo que había desaparecido de la fiesta por la puerta principal. Y había estado vigilado todo el tiempo, porque no sabían hacia adonde se dirigían sus ojos detrás de las gafas oscuras que llevaba.

Se relajan. Uno vuelve a encargarse del teléfono, el otro fija su mirada en el negro jamaicano, que le devuelve la mirada sin miedo alguno. Hay algo extraño en ese hombre; si volviera a hacer algo, a partir de ese día necesitaría dentadura postiza. Se haría todo con la máxima discreción posible, en la arena, lejos de las miradas de todo el mundo, y sólo uno de ellos, mientras el otro se quedaría esperando con el dedo en el gatillo. Provocaciones como ésa pueden ser un simple disfraz, cuyo único objetivo consiste en apartar a los guardaespaldas de la víctima. Ya estaban acostumbrados a ese viejo truco.

—¿Todo bien?

—No, no va todo bien. Llamad a una ambulancia. No puedo mover la mano.


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