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fecha de publicación10.03.2016
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11.45 horas


La gente nunca está satisfecha con nada. Si tiene poco, quiere mucho. Si tiene mucho, todavía quiere más. Si tiene más, quiere ser feliz con poco, pero es incapaz de hacer esfuerzo alguno en ese sentido.

¿Acaso no entienden que la felicidad es algo muy simple? ¿Qué quería esa chica que pasó corriendo, vestida con vaqueros y camiseta blanca? ¿Qué podía ser tan urgente que le impedía contemplar el hermoso día de sol, el mar azul, los niños en sus cochecitos, las palmeras del paseo marítimo?

«¡No corras, muchacha! Nunca podrás huir de las dos presencias más importantes en la vida de cualquier ser humano: Dios y la muerte. Dios acompaña tus pasos, enfadado porque ve que no prestas atención al milagro de la vida. ¿Y la muerte? Acabas de pasar por delante de un cadáver, y ni siquiera te has dado cuenta.»Igor paseó varias veces por el lugar del asesinato. En un momento dado, concluyó que sus idas y venidas iban a despertar sospechas; entonces decidió permanecer a una distancia prudencial, a doscientos metros del lugar, apoyado en la balaustrada que daba a la playa, con gafas oscuras (lo que no tenía nada de sospechoso, no sólo por el sol, sino también por el hecho de que las gafas oscuras, en lugares en los que hay celebridades, son sinónimo de estatus).

Le sorprende ver que es casi mediodía y que nadie se ha dado cuenta de que hay una persona muerta en la principal avenida de una ciudad que en este momento está en el punto de mira de todo el mundo.

Una pareja se acerca ahora al banco, visiblemente enfadada. Se dirigen a la Bella Durmiente; son los padres de la chica, que la increpan al ver que no está trabajando. El hombre la sacude con cierta violencia. Entonces, la mujer se inclina y cubre su campo de visión.

Igor no tiene dudas al respecto de lo que va a pasar a continuación.

Gritos de mujer. El padre saca el móvil del bolsillo, apartándose un poco, agitado. La madre sacude a su hija, pero el cuerpo no da muestras de reaccionar. Los transeúntes se acercan; ahora sí, puede quitarse las gafas y aproximarse, después de todo, es un curioso más entre la multitud.

La madre llora abrazada a su hija. Un joven la aparta e intenta practicarle la respiración boca a boca, pero desiste en seguida: el rostro de Olivia ya muestra una ligera tonalidad púrpura.

—¡Ambulancia! ¡Una ambulancia!

Varias personas llaman al mismo número, todos se sienten útiles, importantes, solidarios. Ya se oye el sonido de la sirena en la distancia. La madre chilla cada vez más alto, una chica intenta abrazarla y le pide que se calme, pero ella la empuja. Alguien levanta el cadáver e intenta mantenerlo sentado; otro dice que la deje recostada en el banco: era demasiado tarde para cualquier providencia.

—Seguramente ha sido por una sobredosis —comenta alguien a su lado—. Esta juventud está perdida.

Los que han oído el comentario asienten con la cabeza. Igor permanece impasible, mientras asiste a la llegada de los médicos, que sacan sus aparatos del vehículo, las descargas eléctricas en el corazón. Un médico con más experiencia observa la escena sin decir nada, sabe que ya no hay nada que hacer, pero no quiere que acusen a sus subordinados de negligencia. Bajan la camilla y la introducen en la ambulancia. La madre se agarra a su hija, discuten un poco con ella pero al final le permiten subir y salen disparados.

Desde el momento en que la pareja descubrió el cadáver hasta la salida del vehículo no han pasado más de cinco minutos. El padre todavía está allí, aturdido, sin saber exactamente adonde ir ni qué hacer. Ignorando de quién se trata, la misma persona que hizo el comentario sobre la droga se acerca a él y repite su versión de los hechos:

—No se preocupe, señor. Esto sucede todos los días aquí.

El padre no reacciona. Sigue con el móvil abierto en las manos, mirando al vacío. O no entiende el comentario, o no sabe qué pasa todos los días, o está en un estado de shock que lo ha enviado rápidamente a una dimensión desconocida en la que el dolor no existe.

Del mismo modo que surgió de la nada, la multitud se dispersa. En el lugar sólo quedan el hombre con el móvil abierto y el tipo con las gafas oscuras en la mano.

—¿Conocía usted a la víctima? —pregunta Igor.

No hay respuesta.

Mejor hacer lo mismo que los demás: seguir caminando por la Croisette y ver lo que sucede esa mañana soleada en Cannes. Al igual que el padre, Igor no sabe exactamente lo que siente: ha destruido un mundo que no sería capaz de reconstruir aunque tuviese todo el poder del mundo. ¿Acaso Ewa merecía eso? Del vientre de esa chica, Olivia —sabía su nombre y eso lo hacía sentir incómodo porque ya no era simplemente una cara en la multitud—, podría haber salido un genio que descubriera una cura contra el cáncer o cómo llegar a un acuerdo para que el mundo pudiera vivir en paz. No sólo había acabado con la vida de una persona, sino con todas las generaciones futuras que podrían haber nacido de ella; ¿qué había hecho? ¿Acaso el amor, por grande e intenso que fuese, podía justificar eso?

Se ha equivocado con la primera víctima. Nunca será noticia, Ewa jamás entenderá el mensaje.

«No pienses en ello, ya ha pasado. Estás preparado para ir más lejos, sigue adelante. La chica entenderá que su muerte no ha sido inútil, sino un sacrificio en nombre del mayor amor. Mira a tu alrededor, observa lo que sucede en la ciudad, compórtate como un ciudadano normal. Ya has recibido tu ración de sufrimiento en la vida, así que ahora mereces un poco de consuelo y tranquilidad.

«Aprovecha el festival. Estás preparado.»Aunque llevara el bañador puesto, sería difícil llegar hasta la orilla del mar. Por lo visto, los hoteles tenían derecho a grandes franjas de arena en las que colocaban sus sillas, sus logotipos, sus camareros, sus guardaespaldas, que en cada acceso al área reservada pedían la llave de la habitación o algún tipo de identificación del huésped.

Otras franjas de arena de playa estaban ocupadas por grandes toldos blancos, donde alguna productora cinematográfica, marca de cerveza o producto de belleza promocionaba el lanzamiento de alguna novedad en lo que llamaban «almuerzo». En esos lugares, la gente iba vestida de manera normal, considerándose como «normal» una gorra en la cabeza, una camisa colorida y unos pantalones claros para los hombres; joyas, vestidos ligeros, bermudas y zapatos de tacón bajo para las mujeres.

Gafas oscuras para ambos sexos. Nada de exhibir demasiado el físico porque la Superclase ya no está en edad para hacerlo. Cualquier demostración puede considerarse ridícula o, mejor dicho, patética.

Igor observa otro detalle: el teléfono móvil, la pieza más importante de toda la indumentaria.

Era importante recibir llamadas o mensajes cada minuto, interrumpir cualquier conversación para atender una llamada que en realidad no era en absoluto urgente, teclear largos textos mediante los llamados SMS. Todo el mundo había olvidado que esas iniciales querían decir servicio de mensajes cortos (short message service), y utilizaban el pequeño teclado como si fuera una máquina de escribir. Era lento, incómodo y capaz de provocar serias lesiones en los pulgares, pero ¿qué importa? No sólo en Cannes, sino también en el mundo entero, en ese mismo momento el espacio estaba siendo inundado de cosas como «Buenos días, amor mío, me he despertado pensando en ti y me alegra que estés en mi vida», «Llego dentro de diez minutos; por favor, prepárame la comida y mira si han enviado la ropa a la lavandería», «La fiesta es aburridísima, pero sé adónde ir, ¿dónde estás?»...

Cosas que llevaban cinco minutos escribirlas y sólo diez segundos decirlas, pero el mundo era así. Igor sabe bien de qué va el tema, porque ha ganado cientos de millones de dólares gracias al hecho de que el teléfono ya no sólo era un medio de comunicarse con los demás, sino un hilo de esperanza, una manera de no pensar que uno está solo, un modo de demostrarles a todos la propia importancia.

Y este mecanismo estaba llevando al mundo a un estado de absoluta demencia. A través de un engañoso sistema creado en Londres, por sólo cinco euros al mes, una centralita envía mensajes cada tres minutos. Cuando se está hablando con alguien al que se desea impresionar, basta con llamar con anterioridad a un determinado número y activar el sistema. En ese caso, la alarma suena, el teléfono sale del bolsillo, se abre el mensaje, se lee rápidamente, se dice que dicho mensaje no puede esperar (claro que podía: sólo ponía «según pedido» y la hora). De ese modo, el interlocutor se siente más importante y los negocios avanzan con mayor rapidez, porque sabe que está ante una persona ocupada. Tres minutos después, la conversación vuelve a interrumpirse con un nuevo mensaje. La presión aumenta, y el usuario puede decidir si merece la pena apagar el teléfono durante quince minutos o alegar que está ocupado y librarse así de una compañía desagradable.

Sólo en determinadas ocasiones el teléfono debía estar obligatoriamente apagado. En las cenas formales, durante la representación de una obra de teatro, en el momento más importante de una película, en el aria más difícil de una ópera; todo el mundo ha oído sonar un móvil en cualquiera de estos casos. El único momento en el que la gente se asustaba realmente con la posibilidad de que el teléfono fuera algo peligroso era al entrar en un avión y oír la mentira de siempre: «Los móviles deben ser desconectados durante el vuelo porque pueden interferir en el instrumental de a bordo.»Todo el mundo se lo creía y hacía lo que los asistentes de vuelo decían.

Igor sabía cuándo se había creado ese mito: hace muchos años que las compañías aéreas intentan vender como sea las llamadas hechas a través de los teléfonos instalados en los asientos. Diez dólares por minuto, usando el mismo sistema de transmisión que un móvil.

No salió bien, pero aun así la leyenda continuó (olvidaron borrarlo de la lista que la azafata recita antes de despegar).

Lo que nadie sabía es que en todos los vuelos había al menos dos o tres pasajeros que olvidaban apagar sus teléfonos, que los ordenadores portátiles podían acceder a Internet con el mismo sistema que permite que un teléfono móvil funcione y nunca, en ningún lugar del mundo, había caído un avión por culpa de eso.

Ahora estaban intentando modificar parte de la leyenda sin que los pasajeros se extrañaran, al mismo tiempo que mantenían el precio por las nubes: los móviles podían usarse siempre que utilizaran el mismo sistema de navegación que el aparato. El precio era cuatro veces mayor. Nadie ha explicado bien qué es el «sistema de navegación del aparato», pero si la gente quiere dejarse engañar de esa manera, es su problema.

Sigue andando. Algo en la última mirada de esa chica lo hizo sentir incómodo, pero prefiere no pensar en ello.

Más guardaespaldas, más gafas oscuras, más biquinis en la arena, más ropa clara y joyas en los almuerzos, más gente caminando apresurada, como si tuvieran algo muy importante que hacer esa mañana, más fotógrafos apostados en cada esquina intentando la imposible tarea de conseguir algo inédito, más revistas y periódicos gratuitos sobre lo que sucede en el festival, más distribuidores de folletos dirigidos a los pobres mortales que no han sido invitados a las carpas blancas, anunciando restaurantes que quedan en lo alto de la colina, lejos de todo, donde apenas se oye hablar de lo que sucede en la Croisette, donde las modelos alquilan apartamentos por temporada, esperando que las llamen para hacer una prueba que cambiará para siempre sus vidas.

Todo siempre tan esperado. Todo siempre tan previsible. Si decidiera incorporarse a uno de esos «almuerzos», nadie se atrevería a pedirle su identificación, porque todavía era temprano y los promotores tenían miedo de que el evento acabase vacío. Dentro de media hora, sin embargo, dependiendo del resultado, los guardaespaldas tenían orden expresa de dejar pasar sólo a chicas guapas que no fueran acompañadas.

¿Por qué no probar?

Obedece a su impulso; al fin y al cabo, tiene una misión que cumplir. Baja por uno de los accesos a la playa, que en vez de llevarlo a la arena lo conduce hacia una gran carpa blanca con ventanas de plástico, aire acondicionado, muebles claros, sillas y mesas en su mayor parte vacías. Uno de los guardaespaldas le pregunta si tiene invitación. Él responde que sí y finge buscarla en el bolsillo. Una recepcionista vestida de rojo pregunta si necesita ayuda.

Él muestra su tarjeta de visita: el logotipo de su compañía de teléfonos, «Igor Malev, presidente». Afirma que seguramente está en la lista, pero debió de olvidar la invitación en el hotel; venía de una serie de reuniones y había olvidado llevarla consigo. La recepcionista le da la bienvenida y lo invita a entrar; aprendió a juzgar a los hombres y a las mujeres por la ropa que llevaban, y también sabía que «presidente» quiere decir lo mismo en cualquier lugar del mundo. ¡Además, presidente de una compañía rusa! Todo el mundo sabe que a los rusos, cuando son ricos, les gusta demostrar que nadan en la abundancia. No era preciso comprobar la lista.

Igor entra, va hacia el bar —en verdad, la carpa está muy bien equipada, dispone incluso de una pista de baile— y pide un zumo de piña sin alcohol porque combina con el color de la decoración.

Y, sobre todo, porque en medio del vaso adornado con una sombrillita japonesa azul hay una pajita negra.

Se sienta a una de las muchas mesas vacías. Entre la poca gente presente había un hombre de más de cincuenta años, pelo teñido de caoba, moreno artificial, con el cuerpo exhaustivamente trabajado en gimnasios que prometen la juventud eterna. Lleva una camiseta gastada, y está sentado con otros dos hombres que llevan unos trajes impecables de alta costura. Ambos miran a Igor y él vuelve la cabeza, aunque sigue atento a la misma mesa, protegido por las gafas oscuras. Los hombres del traje continúan examinando al recién llegado, pero en seguida pierden el interés. En cambio, Igor sigue interesado en ellos.

El hombre de la camiseta ni siquiera tiene un móvil sobre la mesa, aunque sus ayudantes no dejan de atender llamadas.

Si permiten la entrada a un tipo como ése, mal vestido, sudado, feo que se cree guapo, y encima le dan una de las mejores mesas... Si su teléfono está apagado, si cada dos por tres aparece un camarero y le pregunta si desea algo, si el hombre no se digna siquiera contestar, sólo hace un gesto negativo con la mano, Igor sabe que está ante una persona muy pero que muy importante.

Saca del bolsillo un billete de cincuenta euros y se lo da al camarero, que empieza a disponer los cubiertos y los platos sobre la mesa.

—¿Quién es el señor de la camiseta azul descolorida? —pregunta al tiempo que dirige los ojos hacia la mesa.

—Javits Wild. Un hombre muy importante.

Perfecto. Después de alguien totalmente insignificante como la chica de la playa, un tipo como Javits sería ideal. No alguien famoso, sino importante. Alguien que forma parte de aquellos que deciden quién debe estar bajo la luz de los focos y no se molestan en aparecer porque todo el mundo sabe quiénes son. Los que mueven los hilos de sus marionetas, haciendo que se crean las personas más privilegiadas y admiradas del planeta, hasta que un día, por el motivo que sea, deciden cortar esos hilos y los muñecos caen, sin vida y sin poder.

Un hombre de la Superclase.

Eso significa: alguien con falsos amigos y muchos enemigos.

—Otra pregunta. ¿Es aceptable destruir mundos en nombre de un amor mayor?

El camarero ríe.

—¿Es usted Dios, o es usted gay?

—Ninguna de las dos cosas. Pero gracias por responderme de ese modo.

Se da cuenta de que se ha equivocado. En primer lugar, porque no necesita el apoyo de nadie para justificar lo que hace; está convencido de que, si todo el mundo va a morir algún día, es lícito que algunos pierdan su vida en nombre de algo mayor. Ha sido así desde el inicio de los tiempos, cuando los hombres se sacrificaban para alimentar a sus tribus, cuando se entregaban vírgenes a los sacerdotes para aplacar la ira de los dragones y los dioses. En segundo lugar, había llamado la atención de un extraño, demostrando que estaba interesado en el hombre que tenía delante de su mesa.

Lo olvidaría, pero no hay que correr riesgos innecesarios. Se dice que en un festival como ése es normal que la gente quiera saber quiénes son los demás, y más normal todavía que dicha información sea remunerada. Anteriormente lo había hecho cientos de veces, en diferentes restaurantes del mundo, y seguro que otros habían hecho lo mismo con él: pagarle al camarero para saber quién es, para conseguir una mesa mejor, para enviar un mensaje discreto. Los camareros no sólo están acostumbrados, sino que esperan ese tipo de comportamiento.

No, seguro que no se acordará de nada. Está ante su siguiente víctima; si consigue llevar el plan hasta el final y el camarero es interrogado, dirá que lo único raro de ese día fue una persona que le preguntó si era justificable destruir mundos en nombre de un amor mayor. Puede que incluso ni siquiera recordara la frase. Los policías dirán: «¿Cómo era?» «No me fijé mucho, pero no era gay.» Los policías estaban acostumbrados a los intelectuales franceses, que generalmente escogían los bares para elaborar complicadísimas teorías y análisis sobre, por ejemplo, la sociología de un festival de cine. Y dejarían el asunto a un lado.

Pero algo lo hacía sentirse incómodo.

El nombre. Los nombres.

Ya había matado con anterioridad, con armas y con la bendición de su país. No sabía a cuánta gente, pero nunca pudo ver sus caras, y nunca, absolutamente nunca, había preguntado sus nombres, porque saberlo también significa ser consciente de estar ante un ser humano, y no de un enemigo. El nombre hace que alguien se convierta en un individuo único y especial, con pasado y futuro, antecesores y posibles descendientes, conquistas y derrotas. Las personas son su nombre, se enorgullecen de él, lo repiten miles de veces a lo largo de sus vidas, y se identifican con esas palabras. Es la primera palabra que aprenden después de los genéricos «papá» y «mamá».

Olivia. Javits. Igor. Ewa.

Pero el espíritu no tiene nombre, es la verdad pura, habita ese cuerpo por un determinado período de tiempo, y lo dejará algún día, sin que Dios se preocupe por preguntar «¿Quién eres?» cuando el alma llegue al juicio final. Dios sólo preguntará: «¿Amaste mientras estabas vivo?» La esencia de la vida es ésa: la capacidad de amar, y no el nombre que figura en nuestros pasaportes, en las tarjetas de visita, en los carnets de identidad. Los grandes místicos solían cambiar sus nombres, y a veces los abandonaban para siempre. Cuando le preguntan a Juan Bautista quién es, simplemente dice: «Soy la voz que clama en el desierto.» Al conocer al sucesor de su Iglesia, Jesús ignora que se ha pasado toda la vida respondiendo al nombre de Simón, y empieza a llamarlo Pedro. Moisés le pregunta a Dios su nombre: «Yo soy», es la respuesta.

Quizá debería buscar a otra persona. Ya era suficiente una víctima con nombre: Olivia. Pero en ese momento siente que ya no puede dar marcha atrás, aunque está decidido a no volver a preguntar cómo se llama el mundo que está a punto de ser destruido. No puede dar marcha atrás porque quiere ser justo con la pobre chica de la playa, totalmente desprotegida, una víctima tan fácil y tan dulce. Su nuevo desafío —seudoatlético, con pelo color caoba, sudado, con mirada de aburrimiento y un poder que debe de ser muy grande— es mucho más difícil. Los dos hombres de traje no son sólo sus asesores; se ha percatado de que cada dos por tres sus miradas recorren el recinto, vigilando todo lo que sucede alrededor. Si quiere ser digno de Ewa y justo con Olivia, tiene que demostrar su valor.

Deja la pajita reposando en el zumo de piña. Poco a poco la gente empieza a llegar. Hay que esperar a que se llene, aunque no debe de faltar mucho. Del mismo modo que no tenía planeado destruir un mundo en la principal avenida de Cannes, a plena luz del día, tampoco sabe exactamente cómo ejecutar allí su proyecto. Pero algo le dice que ha elegido el lugar perfecto.

Su pensamiento ya no está con la chica de la playa; la adrenalina se inocula en su sangre con rapidez, el corazón le late más de prisa, está excitado y contento.

Javits Wild no perdería el tiempo sólo para comer y beber gratis en una de las miles de fiestas a las que debían de invitarlo todos los años. Si estaba allí era por algo o por alguien. Y ese algo o ese alguien seguramente sería su mejor coartada
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