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fecha de publicación10.03.2016
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PREFACIO


Uno de los temas recurrentes en mis libros es la importancia de pagar un precio por nuestros sueños. Pero ¿hasta qué punto se pueden manipular nuestros sueños? A lo largo de las últimas décadas hemos vivido inmersos en una cultura en la que prima la fama, el dinero y el poder. Y la mayoría de la gente se ha visto inducida a creer que son ésos los únicos valores que merece la pena poseer, ignorantes de que los verdaderos manipuladores en la sombra permanecen anónimos. Dichos manipuladores creen que el poder más eficaz es el que pasa desapercibido; hasta que es demasiado tarde y caemos en la trampa. El vencedor está solo trata sobre esa trampa.

En este libro, tres de los cuatro personajes principales dejan que sus sueños sean manipulados:

Igor, un millonario ruso que cree que el hecho de matar es aceptable si se lleva a cabo por una buena causa, como aliviar el sufrimiento humano, o como un medio para recuperar a la mujer amada.

Hamid, un magnate de la moda que empezó con las mejores intenciones para acabar atrapado en el mismo sistema del que intentaba aprovecharse.

Gabriela, que, como la mayoría de la gente hoy en día, está convencida de que la fama es un objetivo en sí mismo, la mayor recompensa en un mundo en el que ser famoso es la máxima aspiración.

Pensando en estos personajes escribí El vencedor está solo, un libro que no es un thriller, sino un crudo retrato del mundo en el que vivimos.
Paulo Coelho

13.17 horas


La pistola Beretta Px4 compacta es un poco más grande que un teléfono móvil, pesa alrededor de setecientos gramos y puede disparar diez tiros. Pequeña, ligera, incapaz de dejar una marca visible en el bolsillo que la lleva, el pequeño calibre tiene una enorme ventaja: en vez de atravesar el cuerpo de la víctima, la bala va golpeando los huesos y revienta todo lo que encuentra en su trayectoria.

Evidentemente, las probabilidades de sobrevivir a un tiro de ese calibre también son altas; hay miles de casos en los que ninguna arteria vital resulta dañada, y a la víctima le da tiempo a reaccionar y desarmar al agresor. Pero si la persona que dispara tiene experiencia, puede escoger entre una muerte rápida —apuntando entre los ojos o al corazón— o algo más lento, colocando el cañón del arma en un determinado ángulo junto a las costillas y apretando el gatillo. Al ser alcanzado, el individuo en cuestión tarda algún tiempo en percatarse de que está herido de muerte, e intenta contraatacar, huir, pedir ayuda. Ésa es la gran ventaja: tiene tiempo suficiente para ver quién quiere matarlo, mientras va perdiendo la fuerza poco a poco hasta caer al suelo, sin sangrar demasiado, sin entender muy bien por qué le está pasando eso.

Está lejos de ser un arma ideal para los entendidos en el lema: «Es mucho más apropiada para las mujeres que para los espías», le dice alguien del servicio secreto inglés a James Bond en la primera película de la serie, mientras le confisca su vieja pistola y le entrega un nuevo modelo. Pero eso era sólo para los profesionales, por supuesto, porque para lo que él pretendía no había nada mejor.

Compró su Beretta en el mercado negro, por lo que será imposible identificar el arma. Tiene cinco balas en el cargador, aunque sólo pretende utilizar una, en cuya punta ha grabado una «X» con una lima de uñas. De ese modo, al ser disparada y alcanzar algo sólido, se romperá en cuatro fragmentos.

Pero sólo empleará la Beretta en última instancia. Tiene otros métodos para aniquilar un mundo, destruir un universo, y con toda seguridad ella entenderá el mensaje en cuanto encuentren a la primera víctima. Sabrá que lo ha hecho en nombre del amor, que no está resentido, y que aceptará que vuelva sin hacer preguntas sobre lo sucedido en los dos últimos años.

Espera que seis meses de planificación den resultado, pero no lo sabrá hasta la mañana siguiente. Ése es su plan: dejar que las Furias, antiguas figuras de la mitología griega, desciendan con sus alas negras sobre ese paisaje blanco y azul plagado de diamantes, Botox y coches veloces absolutamente inútiles, ya que sólo tienen capacidad para dos pasajeros. Sueños de poder, éxito, fama y dinero; todo eso puede verse interrumpido de un momento a otro con los pequeños artefactos que ha llevado consigo.

Podría haber subido ya a su cuarto, porque la escena que esperaba tuvo lugar a las 23:11 horas, aunque estaba preparado para aguardar más tiempo. El hombre entró acompañado de la hermosa mujer, ambos vestidos de etiqueta, para otra de esas fiestas de gala que se celebran todas las noches después de las cenas importantes, más concurridas que el estreno de cualquier película presentada en el festival.

Igor ignoró a la mujer y utilizó una de las manos para acercarse a la cara un periódico francés —la revista rusa podría levantar sospechas— para que ella no pudiera verlo. Sin embargo, era una preocupación innecesaria: ella nunca miraba a su alrededor, como hacen siempre las que se creen reinas del mundo. Están ahí para brillar y evitan fijarse en lo que los demás llevan, porque, dependiendo del número de diamantes y de la exclusividad de la ropa ajena, dará lugar a depresión, malhumor y sentimiento de inferioridad, aunque su propia ropa y sus accesorios hayan costado una fortuna.

Su acompañante, bien vestido y de cabello plateado, se acercó al bar y pidió champán, aperitivo necesario antes de una noche que promete muchos contactos, buena música y unas excelentes vistas de la playa y de los yates amarrados en el puerto.

Observó que trató a la camarera con respeto. Le dijo «gracias» cuando le sirvió las copas. Le dejó una buena propina.

Los tres se conocían. Igor sintió una inmensa alegría cuando la adrenalina empezó a mezclarse con su sangre; al día siguiente iba a hacer que ella se enterase de su presencia allí. En un momento dado, se encontrarían.

Y sólo Dios sabía el resultado de ese encuentro. Igor, católico ortodoxo, había hecho una promesa y un juramento en una iglesia de Moscú, ante las reliquias de santa Magdalena, que permanecerían en la capital rusa durante una semana para que los fieles pudieran adorarlas. Pasó casi cinco horas en la fila y, al acercarse, estaba convencido de que todo era una invención de los sacerdotes. Pero no quería correr el riesgo de faltar a su palabra. Le pidió que lo protegiese, que le permitiese alcanzar su objetivo sin mucho sacrificio. Y le prometió un icono de oro que le entregaría a un famoso pintor que vivía en un monasterio de Novosibirsk cuando todo acabara y pudiera volver a poner los pies en su tierra natal.

A las tres de la mañana, el bar del hotel Martínez huele a tabaco y a sudor. Aunque Jimmy ya haya acabado de tocar el piano (Jimmy lleva un zapato de cada color) y la camarera esté extremadamente cansada, la gente que está allí se resiste a marcharse. Hay que quedarse ahí, al menos durante una hora más, durante toda la noche, ¡hasta que suceda algo!

Después de todo, ya hace cuatro días que empezó el Festival de Cine de Cannes y todavía no ha pasado nada. En mesas diferentes, el pensamiento es el mismo: encontrarse con el Poder. Las mujeres bonitas esperan que un productor se enamore de ellas y les dé un papel importante en su próxima película. Hay algunos actores hablando entre sí, riendo y fingiendo que nada de eso les importa, pero siempre con un ojo en la puerta.

Alguien llegará.

Alguien tiene que llegar. Los nuevos directores, con muchas ideas en la cabeza, currículums con vídeos universitarios, lecturas exhaustivas de tesis sobre fotografía y guiones, esperan un golpe de suerte; alguien que al volver de una fiesta busque una mesa vacía, pida un café, encienda un cigarrillo, esté cansado de ir siempre a los mismos sitios y esté abierto a una nueva aventura.

Cuánta ingenuidad.

Si eso sucediera, lo último que a esa persona le gustaría es oír hablar del nuevo «proyecto que nadie ha hecho todavía», pero la desesperación puede engañar al desesperado. Los poderosos que entran de vez en cuando sólo echan un vistazo y suben a sus habitaciones. No están preocupados. Saben que no tienen nada que temer. La Superclase no perdona traiciones, todos conocen sus límites; no han llegado a donde están tras pisotear a todos los demás, aunque eso sea lo que cuenta la leyenda. Además, si hay algo imprevisto e importante que descubrir, ya sea en el mundo del cine, de la música o de la moda, se hará a través de investigaciones, no en los bares de hotel.

Ahora la Superclase está haciendo el amor con la chica que ha conseguido colarse en la fiesta y está dispuesta a todo. Desmaquillándose, observando las arrugas, pensando que ya le toca una nueva cirugía plástica. Buscando en la red lo que dicen las noticias sobre el reciente anuncio que ha hecho durante el día. Tomando la inevitable pastilla para dormir, y el té que promete adelgazar sin demasiado esfuerzo. Eligiendo en la hoja del menú lo que desea para desayunar en la habitación y colgándola en la puerta, junto al cartel de «No molestar». La Superclase está cerrando los ojos y pensando: «Espero quedarme dormido pronto, mañana tengo una reunión antes de las diez.»

Pero en el bar del Martínez todos saben que los poderosos están allí. Y si están allí, hay una oportunidad.

No se les pasa por la cabeza que el Poder sólo habla con el Poder. Que tienen que verse de vez en cuando, beber y comer juntos, asistir a grandes fiestas, alimentar la fantasía de que el mundo del lujo y el glamour es accesible a todos los que tienen el suficiente coraje para perseverar en una idea. Evitar guerras cuando no son rentables y estimular la agresividad entre países o compañías, cuando presienten que pueden reportarles más poder y más dinero. Fingir que son felices, aunque sean prisioneros de su propio éxito. Seguir luchando para aumentar su riqueza y su influencia, aunque ya sean enormes, porque la vanidad de la Superclase es competir consigo misma y ver quién está en lo más alto.

En el mundo ideal, el Poder hablaría con actores, directores, estilistas y escritores que en este momento tienen los ojos enrojecidos de cansancio, que están pensando cómo van a volver a sus habitaciones alquiladas en ciudades apartadas, para al día siguiente empezar de nuevo el maratón de peticiones, de posibilidades de reuniones, de disponibilidad. En el mundo real, a estas horas el Poder está encerrado en su habitación, comprobando el correo electrónico, quejándose de que las fiestas siempre son iguales, de que la joya de su amiga era más grande que la suya, que el yate que se ha comprado su competidor tiene una decoración única, ¿cómo es posible? Igor no tiene con quien hablar, pero tampoco le interesa. El vencedor está solo.

Igor, el exitoso dueño y presidente de una compañía telefónica en Rusia. Reservó con un año de antelación la mejor suite del Martínez (que obliga a todo el mundo a pagar al menos doce días de estancia, independientemente del tiempo que se vaya a quedar), llegó esta tarde en un jet privado, se dio una ducha y bajó con la esperanza de ver una única y sencilla escena.

Durante algún tiempo se vio importunado por actrices, actores, directores, pero tenía una respuesta ideal para todos:

—Don't speak English, sorry. Polish.

O:

—Don't speak French, sorry. Mexican.

Alguien intentó decir algunas palabras en español, pero Igor tenía un segundo recurso. Anotar números en un cuaderno, para no parecer ni periodista (que les interesa a todos), ni nadie ligado a la industria de las películas. A su lado, una revista de economía en ruso (al fin y al cabo, la mayoría no sabe distinguir el ruso del polaco ni del español) con la foto de un ejecutivo poco atractivo en la portada.

Los que frecuentan el bar piensan que entienden bien el género humano, dejan a Igor en paz, pensando que debe de ser uno de esos millonarios que sólo van a Cannes a ver si encuentran una novia. Después de que una quinta persona se siente a su mesa y pida un agua mineral alegando que «no hay otra silla vacía», corre el rumor, ya todos saben que el hombre solitario no pertenece a la industria del cine ni de la moda, y lo dejan de lado como si fuera «perfume».

«Perfume» es la jerga que utilizan las actrices (o «starlets», como se las denomina en el Festival): es fácil cambiar de marca, y muchas veces pueden ser verdaderos tesoros. Los «perfumes» son abordados los dos últimos días del festival si no consiguen encontrar nada interesante en la industria del cine. Así pues, ese hombre extraño, con pinta de rico, puede esperar. Todas saben que es mejor salir de ahí con un novio (que se puede convertir en productor de cine) que ir al siguiente evento, repitiendo siempre el mismo ritual: beber, sonreír (sobre todo sonreír), fingir que no está mirando a nadie, mientras el corazón late acelerado, los minutos en el reloj pasan de prisa, las noches de gala todavía no se han acabado, no las han invitado, pero ellos sí.

Ya saben lo que van a decir los «perfumes», porque es siempre lo mismo, pero fingen que se lo creen:


  1. «Puedo cambiarte la vida.»

  2. «A muchas mujeres les gustaría estar en tu lugar.»

  3. «Por ahora todavía eres joven, pero piensa en el futuro. Es el momento de hacer una inversión a largo plazo.»

  4. «Estoy casado, pero mi mujer...» (Aquí la frase puede tener diferentes finales: «está enferma», «juró suicidarse si la dejo»...)

  5. «Eres una princesa y mereces ser tratada como tal. Sin saberlo, te estaba esperando. No creo en las casualidades, y me parece que deberíamos darle una oportunidad a esta relación.»


La conversación no varía. Lo que varía es obtener la mayor cantidad de regalos posible (a poder ser, joyas, que se pueden vender), que las inviten a algunas fiestas en algunos yates, conseguir el mayor número de tarjetas de visita, encontrar el modo de que las inviten a las carreras de Fórmula 1, a las que acude el mismo tipo de gente y en las que puede surgir la gran oportunidad.

«Perfume» también es la palabra que utilizan los jóvenes actores para referirse a las viejas millonarias, con cirugía y Botox, más inteligentes que los hombres. Ellas nunca pierden el tiempo: también llegan en los últimos días, y saben que todo el poder de seducción está en el dinero.

Los «perfumes» masculinos se equivocan: creen que las largas piernas y los rostros juveniles se han dejado seducir y que pueden manipularlos a su antojo. Los «perfumes» femeninos confían en el poder de sus brillantes, sólo en eso.

Igor no conoce ninguno de esos detalles: es su primera vez allí. Y acaba de confirmar, para su sorpresa, que nadie parece demasiado interesado en el cine, salvo la gente de ese bar. Hojeó algunas revistas, abrió el sobre en el que su compañía había metido las invitaciones para las fiestas más importantes, pero ninguna de ellas mencionaba ni un solo estreno. Antes de desembarcar en Francia, intentó averiguar qué películas competían. Le costó mucho conseguir esa información, hasta que un amigo le comentó:

—Olvida las películas. Cannes es un festival de moda.

Moda. ¿Qué tienen en la cabeza? ¿Acaso creen que moda es eso que cambia con cada estación del año? ¿Han llegado desde todos los rincones del mundo para mostrar sus vestidos, sus joyas y su colección de zapatos? No saben lo que significa. La «moda» no es más que una forma de decir «pertenezco a tu mundo», «utilizo el mismo uniforme que tu ejército, no dispares en esta dirección».

Desde que grupos de hombres y mujeres empezaron a convivir en las cavernas, la moda es la única manera de decir algo que todo el mundo entienda, incluso sin conocerse: nos vestimos de la misma manera, pertenezco a tu misma tribu, nos unimos contra los más débiles y así sobrevivimos.

Pero ahí hay gente que piensa que la «moda» lo es todo. Cada seis meses se gastan una fortuna para cambiar un pequeño detalle y seguir en la exclusiva tribu de los ricos. Si visitaran Silicon Valley, donde los multimillonarios dueños de empresas informáticas llevan relojes de plástico y pantalones rotos, se darían cuenta de que el mundo ya no es el mismo. Todos parecen tener el mismo nivel social, nadie presta la menor atención al tamaño de un diamante, la marca de una corbata, el modelo de cartera de cuero. Es más, no hay corbatas ni carteras de cuero en esa región del mundo, pero cerca de allí está Hollywood, una máquina relativamente más poderosa —aunque decadente— que todavía es capaz de hacer que los ingenuos crean en los vestidos de alta costura, en los collares de esmeraldas, en las limusinas gigantes. Y cómo sigue apareciendo en las revistas, ¿a quién le interesa destruir una empresa de billones de dólares de publicidad, venta de objetos inútiles, cambios de tendencias innecesarios, fabricación de las mismas cremas con etiquetas diferentes?

Ridículos. Igor no puede esconder su desprecio hacia aquéllos cuyas decisiones influyen en la vida de millones de hombres y mujeres trabajadores, honestos, que llevan su día a día con dignidad porque tienen salud, un lugar en el que vivir, y el amor de su familia.

Perversos. Cuando todo parece estar en orden, cuando la familia se reúne alrededor de la mesa para cenar, el fantasma de la Superclase aparece, vendiendo sueños imposibles: lujo, belleza, poder. Y la familia se desarraiga.

El padre pasa horas en vela haciendo horas extra para poder comprarle el último modelo de zapatillas deportivas a su hijo y que así no se vea marginado en el colegio. La esposa llora en silencio porque sus amigas llevan ropa de marca y ella no tiene dinero. Los adolescentes, en vez de conocer los verdaderos valores de la fe y la esperanza, sueñan con convertirse en artistas. Las chicas de los pueblos pierden su propia identidad, empiezan a considerar la idea de trasladarse a la gran ciudad y aceptar cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, con tal de conseguir una determinada joya. Un mundo que debería caminar en dirección a la justicia pasa a girar en torno a lo material, que al cabo de seis meses ya no sirve para nada, hay que renovarlo, lo que hace que se siga manteniendo en la cima del mundo a esas criaturas despreciables que ahora se encuentran en Cannes.

Pero Igor no se deja influenciar por ese poder destructivo. Continúa con uno de los trabajos más envidiables que existen. Sigue ganando mucho más dinero al día del que podría gastar en un año, aunque decidiera permitirse todos los placeres posibles, legales o ilegales. No le resulta difícil seducir a una mujer, incluso antes de que ella sepa si es o no un hombre rico (ya ha probado muchas veces, y siempre le ha dado resultado). Acaba de cumplir cuarenta años, está en plena forma, se ha hecho el chequeo anual y no le han encontrado ningún problema de salud. No tiene deudas. No necesita llevar una determinada marca de ropa, frecuentar dicho restaurante, pasar las vacaciones en la playa a la que «va todo el mundo», ni comprar un modelo de reloj sólo porque un determinado deportista de éxito lo recomienda. Puede firmar importantes contratos con un boli de unos cuantos céntimos, usar chaquetas cómodas y elegantes, hechas a mano en una pequeña tienda al lado de su despacho, sin ninguna etiqueta visible. Puede hacer lo que quiera sin tener que demostrarle a nadie que es rico, que tiene un trabajo interesante y que le entusiasma lo que hace.

Tal vez ése sea el problema: siempre se entusiasma con lo que hace. Está convencido de que ésa es la razón por la que la mujer que horas antes entró en el bar no está sentada a su mesa.

Intenta seguir pensando, matando el tiempo. Le pide a Kristelle otro trago. Sabe el nombre de la camarera porque hace una hora, cuando el movimiento era menor —la gente estaba cenando—, le pidió un whisky y ella comentó que parecía triste, que debería comer algo y levantar el ánimo. Agradeció la preocupación y se alegró de que a alguien le importara su estado anímico.

Tal vez sea él el único que sabe cómo se llama la persona que le está sirviendo; el resto quieren saber el nombre —y a ser posible, también el cargo— de la gente que está sentada a las mesas y en los sillones.

Trata de seguir pensando, pero ya pasan de las tres de la mañana, y la hermosa mujer y el hombre educado —por cierto, muy parecido físicamente a él— no han vuelto a aparecer. Puede que se hayan ido directamente a la habitación y estén haciendo el amor, puede que todavía estén bebiendo champán en uno de los yates en los que la fiesta empieza cuando todas las demás se están acabando. Puede que estén acostados, leyendo revistas, sin mirarse el uno al otro. Eso no importa. Igor está solo, cansado, necesita dormir.


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