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15.44 horas


—Subamos al primer piso a tomar un café —dice Ewa.

—Pero el desfile es dentro de una hora, y ya sabes cómo está el tráfico.

—Tenemos tiempo para un café.

Suben la escalera, giran a la derecha, van hasta el final del pasillo, el guardia de seguridad de la puerta ya los conoce y simplemente los saluda. Pasan frente a algunos escaparates de joyas —diamantes, rubís, esmeraldas— y salen de nuevo al sol de la terraza del primer piso. Allí, la famosa marca de joyas alquilaba todos los años el espacio para recibir a amigos, celebridades, periodistas. Muebles de buen gusto, un gran bufet con manjares selectos que se reponen constantemente. Se sientan a una mesa protegida con una sombrilla. Se acerca un camarero, piden agua mineral con gas y café expreso. El camarero les pregunta si desean algo del bufet. Le dan las gracias pero dicen que ya han comido.

Al cabo de menos de dos minutos vuelve con lo que le han pedido.

—¿Está todo bien?

—Perfecto.

«Está todo fatal —piensa Ewa—, Salvo el café.»Hamid sabe que algo raro le pasa a su mujer, pero deja la conversación para otro momento. No quiere pensar en eso. No quiere arriesgarse a oír algo como «voy a dejarte». Es lo suficientemente disciplinado como para controlarse.

En una de las otras mesas está uno de los estilistas más famosos del mundo, con su máquina fotográfica a su lado y la mirada distante, como el que desea dejar claro que no quiere que lo molesten. Nadie se acerca, y cuando alguien pretende aproximarse a él, la relaciones públicas del local, una simpática señora de cincuenta años, le dice amablemente que lo deje en paz, que necesita descansar un poco del constante asedio de las modelos, los periodistas, los clientes, los empresarios.

Recuerda la primera vez que lo vio; hace tantos años que parece una eternidad. Ya llevaba en París más de once meses, tenía algunos amigos en el sector, había llamado a varias puertas, y gracias a los contactos del jeque —que había dicho no conocer a nadie en el sector pero que tenía amigos en otros puestos de poder—, consiguió un empleo como dibujante en una de las más respetadas marcas de alta costura. En vez de hacer sólo los esbozos basados en los materiales que tenía delante, solía permanecer en el taller hasta altas horas de la noche, trabajando por cuenta propia con las muestras del material que había llevado consigo de su país. Durante ese período tuvo que volver dos veces: la primera porque se enteró de que su padre había muerto y le había dejado como herencia la pequeña empresa familiar de compraventa de tejidos. Antes incluso de tener tiempo para reflexionar, se enteró por un emisario del jeque de que alguien se encargaría de administrar el negocio, invertirían lo necesario para que prosperase y todos los derechos seguirían a su nombre.

Preguntó la razón, porque el jeque había demostrado un absoluto desconocimiento o desinterés por el tema.

—Una firma francesa, fabricante de maletas, pretende instalarse aquí. Lo primero que han hecho es buscar a nuestros proveedores de tejidos, prometiendo que iban a usarlos en alguno de sus productos de lujo. Así pues, ya tenemos clientes, honramos nuestras tradiciones y mantenemos el control de la materia prima.

Volvió a París sabiendo que el alma de su padre estaba en el Paraíso y que su memoria permanecería en la tierra que tanto había amado. Siguió trabajando fuera de su horario, elaborando diseños con motivos beduinos, probando muestras que había llevado consigo. Si dicha firma francesa —conocida por su atrevimiento y su buen gusto— estaba interesada en lo que producían en su país, seguramente en breve la noticia llegaría a la capital de la moda y la demanda sería grande.

Todo era una cuestión de tiempo. Pero, por lo visto, las noticias corrían rápidamente.

Una mañana lo llamó el director. Por primera vez entraba en esa especie de templo sagrado, la sala del gran modisto, y se quedó impresionado con la desorganización del lugar. Periódicos por todas partes, papeles apilados encima de la mesa antigua, una cantidad enorme de fotos personales con celebridades, portadas de revista enmarcadas, muestras de material, y un bote lleno de plumas blancas de todos los tamaños.

—Eres muy bueno en tu trabajo. He echado un vistazo a los esbozos que dejas allí expuestos para que todo el mundo pueda verlos. Debes tener más cuidado con eso; nunca se sabe si alguien cambiará de empleo mañana y se llevará las buenas ideas a otra marca.

A Hamid no le gustó saber que lo estaban espiando, pero guardó silencio mientras el director hablaba.

—¿Por qué digo que eres bueno? Porque vienes de una tierra donde la gente se viste de forma distinta y empiezas a entender cómo adaptar eso a Occidente. Sólo hay un problema: aquí no podemos encontrar ese tipo de tejido. Esa clase de dibujo tiene connotaciones religiosas; la moda es sobre todo la vestimenta de la carne, aunque refleja bien lo que el espíritu quiere decir.

El director se dirigió a uno de los montones de revistas que había en una esquina y, como si supiera de memoria todo lo que allí había, sacó algunas ediciones, probablemente compradas en los bouquinistes, los libreros que desde la época de Napoleón muestran sus libros a orillas del Sena. Abrió un antiguo París Match con Christian Dior en la portada.

—¿Qué es lo que hace que este hombre sea una leyenda? Supo entender al género humano. Entre las muchas revoluciones que ha provocado la moda, hay una que debe ser destacada: tras la segunda guerra mundial, cuando Europa no tenía prácticamente cómo vestirse debido a la escasez de tejidos, creó diseños que requerían una enorme cantidad de material. De ese modo, no sólo mostraba a una hermosa mujer vestida, sino el sueño de que todo iba a volver a ser como antes; elegancia, abundancia, hartazgo. Lo atacaron y lo difamaron por eso, pero sabía que iba por el camino correcto, que es siempre la dirección contraria.

Dejó el París Match exactamente en el mismo lugar de donde lo había sacado y volvió con otra revista.

—Y aquí está Coco Chanel. Abandonada en la infancia por sus padres, ex cantante de cabaret, el tipo de mujer que sólo puede esperar lo peor de la vida. Pero aprovechó la única oportunidad que tuvo (amantes ricos), y al cabo de poco tiempo se convirtió en la mujer más importante de su época en el mundo de la costura. ¿Qué hizo? Liberó a las demás mujeres de la esclavitud de los corsés, aquellos objetos de tortura que moldeaban el tórax e impedían cualquier movimiento natural. Sólo se equivocó en una cosa: escondió su pasado, cuando eso la habría ayudado a convertirse en una leyenda más poderosa todavía: la mujer que sobrevivió a pesar de todo.

Volvió a colocar la revista en su sitio, y continuó:

—Y tú te preguntarás: ¿por qué no lo hicieron antes? Nunca sabremos la respuesta. Evidentemente, debieron de intentarlo, costureros que fueron absolutamente olvidados por la historia porque no supieron reflejar en sus colecciones el espíritu del tiempo en que vivían. Para que el trabajo de Chanel pudiera tener la repercusión que tuvo, no bastaba con el talento de la creadora o con los amantes ricos: la sociedad tenía que estar preparada para la gran revolución feminista que se dio en el mismo período.

El director hizo una pausa.

—Y ahora es el momento de la moda en Oriente Medio. Precisamente porque las tensiones y el miedo que mantienen al mundo en vilo proceden de tu tierra. Lo sé porque soy el director de esta casa. Al fin y al cabo, todo empieza con una reunión de los principales proveedores de tinte y pigmentos.

«Al fin y al cabo, todo empieza con una reunión de los principales proveedores de tinte y pigmentos.» Hamid miró otra vez al gran estilista sentado solo, en la azotea, con la cámara fotográfica posada en la silla a su lado. Probablemente él también lo había visto entrar, y en ese momento estaba pensando de dónde había sacado tanto dinero para llegar a ser su mayor competidor.

El hombre que ahora mira al vacío y finge no preocuparse por nada había hecho todo lo posible para que no ingresara en la federación. Imaginaba que el petróleo estaba financiando sus negocios, y eso era competencia desleal. No sabía que, ocho meses después de la muerte de su padre, y dos meses después de que el director de la marca para la que trabajaba le ofreciera un puesto mejor —aunque su nombre no pudiera aparecer, ya que la casa tenía otro estilista contratado para brillar bajo los focos y en las pasarelas—, el jeque lo había mandado llamar otra vez, en esta ocasión para una reunión personal.

Cuando llegó a la que antes era su ciudad, le costó reconocer el lugar. Esqueletos de rascacielos formaban una fila interminable en la única avenida de la ciudad, el tráfico era insoportable, el antiguo aeropuerto estaba cerca del caos absoluto, pero la idea del gobernante empezaba a materializarse: ése sería el lugar de paz en medio de las guerras, el paraíso de las inversiones en medio de los tumultos del mercado financiero mundial, la cara visible de la nación que tantos se complacían en criticar, humillar, rodear de prejuicios. Otros países de la región empezaron a creer en la ciudad que se erigía en medio del desierto, y el dinero comenzó a manar, primero como una fuente, después como un caudaloso río.

El palacio, sin embargo, seguía siendo el mismo, aunque se estaba construyendo otro mucho más grande no lejos de allí. Hamid llegó animado para la reunión, diciendo que había recibido una excelente propuesta de trabajo y ya no necesitaba la ayuda económica; al contrario, devolvería cada céntimo que habían invertido en él.

—Presenta tu dimisión —dijo el jeque.

Hamid no entendió. Sí, sabía que la empresa que su padre le había dejado le estaba reportando excelentes beneficios, pero tenía otros sueños para su futuro. Sin embargo, no podía desafiar por segunda vez al hombre que tanto lo había ayudado.

—En nuestra única reunión, pude decirle «no» a su alteza porque defendía los derechos de mi padre, que siempre han sido lo más importante de este mundo. Ahora, sin embargo, tengo que acatar la voluntad de mi gobernante. Si cree que ha perdido su dinero invirtiendo en mi trabajo, haré lo que me pide. Volveré y cuidaré de mi herencia. Si debo renunciar a mi sueño para honrar el código de mi tribu, lo haré.

Pronunció estas palabras con voz firme. No podía mostrar debilidad ante un hombre que respeta la fuerza del otro.

—No te he pedido que vuelvas. Si te han ascendido es porque ya sabes lo que necesitas para crear tu propia marca. Es eso lo que quiero.

«¿Que cree mi propia marca? ¿He entendido bien?»

—Veo que, cada vez más, las grandes marcas de lujo se instalan aquí —continuó el jeque—. Y saben lo que hacen: nuestras mujeres están empezando a cambiar su modo de pensar y de vestir. Más que cualquier inversión extranjera, lo que realmente ha influido en nuestra región es la moda. He hablado con hombres y mujeres que saben del tema; simplemente soy un viejo beduino que, cuando vio su primer coche, pensó que había que alimentarlo como a los camellos.

»Me gustaría que los extranjeros leyesen a nuestros poetas, que escuchasen nuestra música, que cantasen y bailasen los temas que se transmiten de generación en generación a través de la memoria de nuestros antepasados. Pero, por lo visto, eso no le interesa a nadie. Sólo hay una manera de que aprendan a respetar nuestra tradición: la manera en que tú trabajas. Si entienden quiénes somos a través de nuestra forma de vestirnos, acabarán por comprender el resto.

Al día siguiente se reunió con un grupo de inversores de otros países. Pusieron a su disposición una fantástica suma de dinero, y marcaron un plazo para devolverlo. Le preguntaron si aceptaba el desafío, si estaba preparado para eso.

Hamid pidió tiempo para pensarlo. Fue hasta la tumba de su padre, rezó durante toda la tarde. Caminó durante la noche por el desierto, sintió que el viento congelaba sus huesos, y volvió al hotel en el que se hospedaban los extranjeros. «Bendito aquel que consigue darles a sus hijos alas y raíces», dice un proverbio árabe.

Necesitaba las raíces: hay un lugar en el mundo en el que nacemos, aprendemos una lengua, descubrimos cómo nuestros antepasados superaban sus problemas. En un determinado momento pasamos a ser responsables de ese lugar.

Necesitaba las alas. Ellas nos muestran los horizontes sin fin de la imaginación, nos llevan hasta nuestros sueños, nos conducen a lugares lejanos. Son las alas las que nos permiten conocer las raíces de nuestros semejantes y aprender de ellas.

Le pidió inspiración a Dios y se puso a rezar. Dos horas después, recordó una conversación de su padre con uno de los amigos que frecuentaban la tienda de tejidos:

—Esta mañana, mi hijo me ha pedido dinero para comprar un carnero; ¿debo ayudarlo?

—No es una situación de emergencia, así que espera una semana antes de atender la petición de tu hijo.

—Pero estoy en condiciones de ayudarlo; ¿qué diferencia hay si espero una semana?

—Una diferencia muy grande. La experiencia me ha demostrado que la gente sólo da valor a algo cuando se les da la oportunidad de dudar si conseguirán o no lo que desean.

Hizo que los emisarios esperasen una semana y después aceptó el desafío. Necesitaba a gente que se ocupara del dinero, que lo invirtiera de la manera que dijese. Necesitaba empleados, preferentemente de la misma aldea. Necesitaba otro año en su actual trabajo para aprender lo que le faltaba.

Sólo eso.

«Todo empieza en una fábrica de tintes.»

No es exactamente así: todo empieza cuando las compañías que rastrean las tendencias del mercado, conocidas como estudios de mercado (en francés, «cabinets de tendence»; en inglés, «trend adapters»), notan que un determinado estrato social de la población se interesa más por determinados asuntos que por otros, y eso no tiene absolutamente nada que ver con la moda. Ese estudio se hace basándose en encuestas hechas a los consumidores, monitorización por estadísticas, pero, sobre todo, a través de la observación cuidadosa de un ejército de personas —generalmente de entre veinte y treinta años— que frecuentan discotecas, caminan por las calles, leen todo lo que se publica en los blogs de Internet. Jamás ven los escaparates, aunque sean de marcas reputadas; lo que hay en ellos ya ha llegado al gran público, y está condenado a morir.

Lo que los genios de los estudios de tendencias quieren saber exactamente es: ¿cuál será la siguiente preocupación o curiosidad del consumidor? Los jóvenes, al no tener dinero suficiente para consumir productos de lujo, se ven obligados a inventar nuevos estilos. Como viven pegados al ordenador, comparten sus intereses con otros, y muchas veces eso acaba convirtiéndose en una especie de virus que contagia a toda la comunidad. Los jóvenes influencian a sus padres en la política, en la lectura, en la música, y no al revés, como piensan los ingenuos. Por otro lado, ellos influyen en los jóvenes en eso que llaman «sistema de valores». Aunque los adolescentes sean rebeldes por naturaleza, siempre piensan que la familia tiene razón; pueden vestirse de manera rara y gustarles cantantes que sueltan aullidos y destrozan guitarras, pero eso es todo. No tienen valor para seguir adelante y provocar una verdadera revolución de costumbres.

«Ya lo hicieron en el pasado. Pero menos mal que esa ola pasó y volvió al mar.»Porque en este momento los estudios de tendencias demuestran que la sociedad se dirige hacia un estilo más conservador, lejos de la amenaza que significaron las sufragistas (mujeres de principios del siglo xx que lucharon por conseguir el derecho al voto femenino), o los peludos y antihigiénicos hippies (un grupo de locos que un día creyó que vivir únicamente de la paz y el amor libre era posible).

En 1960, por ejemplo, un mundo envuelto en las sangrientas guerras del período poscolonial, aterrado ante el peligro de una bomba atómica y, al mismo tiempo, en plena prosperidad económica, necesitaba desesperadamente un poco de alegría. De la misma manera que Christian Dior había entendido que la esperanza de la abundancia estaba en el exceso de tejidos, los estilistas buscaron una combinación de colores que levantara el estado de ánimo general: llegaron a la conclusión de que el rojo y el violeta podían calmar y provocar al mismo tiempo.

Cuarenta años más tarde, la visión colectiva había cambiado por completo: el mundo ya no estaba bajo la amenaza de la guerra, sino de problemas medioambientales: los estilistas optaron por colores vinculados a la naturaleza, como la arena del desierto, los bosques, el agua del mar. Entre un período y otro surgen y desaparecen varias tendencias: psicodélica, futurista, aristocrática, nostálgica.

Antes de que se definan las grandes colecciones, los estudios de mercado ofrecen un panorama general del estado de ánimo del mundo. Y en la actualidad, parece que el tema central de las preocupaciones humanas —a pesar de las guerras, del hambre en África, del terrorismo, de la falta de respeto hacia los derechos humanos y de la arrogancia de algunas naciones desarrolladas— es cómo vamos a salvar a nuestra pobre Tierra de las muchas amenazas que se han creado en la sociedad.

«Ecología. Salvar el planeta. Qué ridiculez.»

Hamid sabe que no sirve de nada luchar contra el inconsciente colectivo. Los tonos, los accesorios, los tejidos, los supuestos actos benéficos de la Superclase, los libros que se publican, la música que suena en la radio, los documentales de ex políticos, las nuevas películas, el material que se usa para hacer zapatos, los sistemas de abastecimiento de coches, los abajo firmantes para los congresistas, los bonos que venden los mayores bancos del mundo, todo parece estar concentrado en una sola cosa: salvar el planeta. Se están creando fortunas de la noche a la mañana, las grandes multinacionales consiguen espacios en la prensa gracias a alguna que otra acción irrelevante en esa área, organizaciones no gubernamentales sin escrúpulos ponen anuncios en poderosas cadenas de televisión y reciben cientos de millones de dólares en donaciones, porque todos parecen absolutamente preocupados por el destino de la Tierra.

Cada vez que veía en los periódicos o en las revistas a los políticos de siempre utilizando el calentamiento global o la destrucción del medio ambiente como plataforma para sus campañas electorales, pensaba para sí: «¿Cómo podemos ser tan arrogantes? El planeta fue, es y será siempre más fuerte que nosotros. No podemos destruirlo; si traspasamos una determinada frontera, nos eliminará por completo de su superficie, y seguirá existiendo. ¿Por qué no hablan de "no dejar que el planeta nos destruya"?»

Porque «salvar el planeta» da sensación de poder, de acción, de nobleza. Mientras que «no dejar que el planeta nos destruya» puede conducirnos a la desesperación, a la impotencia, a la verdadera dimensión de nuestras pobres y limitadas capacidades.

Sin embargo, eso era lo que las tendencias mostraban, y la moda tiene que adaptarse a los deseos de los consumidores. Las fábricas de tintes estaban ocupadas con las nuevas tonalidades para la siguiente colección. Los fabricantes de tejidos buscaban fibras naturales, los creadores de accesorios como cinturones, bolsos, gafas, relojes, hacen lo posible por adaptarse, o al menos fingir que se adaptan, generalmente utilizando folletos explicativos, en papel reciclado, sobre cómo han hecho un enorme esfuerzo para preservar el medio ambiente. Todo eso les sería mostrado a los grandes estilistas en la mayor feria de moda, cerrada al público, con el sugerente nombre de premiére visión («primera vista»).

A partir de ahí, cada uno diseñaría sus colecciones, usaría su creatividad, y todos tendrían la sensación de que la alta costura es absolutamente creativa, original, diferente. En absoluto. Todos seguían al pie de la letra lo que decían los estudios de tendencias del mercado. Cuanto más importante es la marca, menores las ganas de correr riesgos, ya que el empleo de cientos de miles de personas en todo el mundo depende de las decisiones de un pequeño grupo, la Superclase de la costura, que ya está exhausta de fingir que vende algo diferente cada seis meses.

Los primeros diseños los hacen los «genios incomprendidos», que sueñan con ver algún día su nombre en la etiqueta de una prenda. Trabajan aproximadamente entre seis y ocho meses, al principio sólo con lápiz y papel, después haciendo patrones con material más barato, pero que se puede fotografiar en modelos y ser analizado por los directores. De cada cien patrones, seleccionan alrededor de veinte para el desfile siguiente. Se hacen ajustes: nuevos botones, cortes diferentes en las mangas, distintos tipos de costura.

Más fotos —esta vez, con las modelos sentadas, acostadas, andando—, y más ajustes, porque comentarios del tipo «sólo sirve para maniquís de pasarela» podrían destruir toda una colección y poner la reputación de la marca en juego. En ese proceso, algunos de los «genios incomprendidos» acababan en la calle, sin derecho a indemnización, ya que siempre están de «prácticas». Los de más talento debían revisar varias veces su colección, y ser absolutamente conscientes de que, por más éxito que alcance el modelo, en la etiqueta sólo aparecerá el nombre de la marca.

Todos prometían venganza algún día. Todos decían que acabarían abriendo su propia tienda y que por fin serían reconocidos. Sin embargo, todos sonreían y seguían trabajando como si estuvieran entusiasmados por haber sido escogidos. Pero a medida que se iban seleccionando los modelos finales, se despedía a más gente, se contrataba a más gente (para la siguiente colección), y finalmente los tejidos elegidos se utilizaban para producir los vestidos que se iban a presentar en el desfile.

Como si fuera la primera vez que se mostraban al público. Lo que formaba parte de la leyenda, claro.

Porque para entonces, los revendedores de todo el mundo ya tienen en sus manos fotos de las modelos en todas las posiciones posibles, detalles de los accesorios, tipos de texturas, precio recomendado, lugares en los que encargar el material. En función de la marca y de su importancia, la «nueva colección» se empezaba a producir a gran escala en diferentes lugares del mundo.

Finalmente llegaba el gran día, mejor dicho, las tres semanas que marcaban el inicio de una nueva era (que, como todos sabían, sólo duraba seis meses). Empezaba en Londres, pasaba por Milán y terminaba en París. Periodistas de todo el mundo eran invitados, los fotógrafos se disputaban un lugar privilegiado, todo se mantenía en gran secreto, los periódicos y las revistas dedicaban páginas y páginas a las novedades, las mujeres quedan deslumbradas, los hombres miran con cierto desdén lo que creen que no es más que una «moda», y piensan que hay que reservar algunos miles de dólares para gastar en algo que no tiene la menor importancia para ellos, pero que sus mujeres consideran el gran emblema de la Superclase.

Una semana después, eso que fue presentado como absoluta exclusividad ya está en las tiendas de todo el mundo. Nadie se pregunta cómo ha viajado tan rápido y se ha producido en tan poco tiempo.

Pero la leyenda es más importante que la realidad.

Los consumidores no se dan cuenta de que la moda la crean aquellos que obedecen a la moda ya existente, de que la exclusividad es simplemente una mentira en la que quieren creer, de que gran parte de las colecciones elogiadas por la prensa especializada pertenecen a los grandes conglomerados de artículos de lujo, que sustentan a esas mismas revistas y periódicos con anuncios a toda página.

Por supuesto, había excepciones, y tras algunos años de lucha, Hamid Hussein era una de ellas. Y ahí es donde reside su poder.

Observa que Ewa comprueba otra vez su móvil. No solía hacerlo. En realidad, detestaba ese artilugio, tal vez porque le recordaba una relación pasada, un período de su vida en el que él jamás pudo saber qué le había pasado, porque no solían hablar del tema. Mira el reloj; todavía pueden acabarse el café sin prisas. Mira otra vez al modisto.

Ojalá todo empezara en una fábrica de tintes y acabara en el desfile. Pero no era así.

Tanto él como el hombre que ahora contempla solo el horizonte se ven por primera vez en una premiére visión. Hamid todavía trabajaba en la gran marca que lo había contratado como dibujante, aunque el jeque ya estaba movilizando a un pequeño ejército de once personas que llevaría a la práctica la idea de usar la moda como una manera de mostrar su mundo, su religión, su cultura.

—La mayor parte del tiempo la pasamos escuchando explicaciones de cómo las cosas simples se pueden presentar de la manera más complicada —dijo.

Paseaban por los stands de nuevos tejidos, tecnologías revolucionarias, los colores que se utilizarían los dos años siguientes, los accesorios cada vez más sofisticados: hebillas de cinturón de platino, carteras para tarjetas de crédito que se abren con sólo pulsar un botón, pulseras que se ajustan al milímetro por medio de un círculo incrustado de brillantes.

El otro lo miró de arriba abajo.

—El mundo siempre ha sido, y seguirá siendo, complicado.

—No lo creo. Y si algún día tuviera que dejar la posición en la que estoy, sería para abrir mi propio negocio, que irá exactamente en contra de todo esto que estamos viendo.

El modisto se rió.

—Sabes cómo es el mundo. ¿Ya has oído hablar de la federación, verdad? Los extranjeros sólo ingresan después de mucho, mucho esfuerzo.

La Federación Francesa de Alta Costura era uno de los clubes más exclusivos del mundo. Decidía quién participaba y quién no en las Semanas de la Moda de París y dictaba los cánones de los participantes. Fundada en 1868, tenía un poder enorme: registró la marca «Alta Costura» (Haute-Couture) para que nadie más pudiera usar esa expresión sin correr el riesgo de ser procesado. Editaba las diez mil copias del catálogo oficial de los dos grandes eventos anuales, decidían cómo se distribuían las dos mil credenciales para periodistas de todo el mundo, seleccionaba a los grandes compradores y escogía los lugares del desfile, según la importancia del estilista.

—Sé cómo es —respondió Hamid, acabando la conversación ahí. Presentía que ese hombre con el que hablaba sería un gran estilista en el futuro. También comprendió que jamás serían amigos.

Seis meses después, todo estaba listo para su gran aventura: presentó la dimisión en su trabajo, abrió su primera tienda en Saint-Germain-des-Prés y luchó como pudo. Perdió muchas batallas, pero comprendió una cosa: no podía rendirse ante la tiranía de las grandes marcas que dictaban las tendencias de la moda. Debía ser original y lo consiguió, porque traía la simplicidad de los beduinos, la sabiduría del desierto, el aprendizaje en la marca en la que trabajó durante más de un año, la presencia de gente especializada en finanzas, y tejidos absolutamente originales y desconocidos.

Dos años más tarde, abrió cinco o seis tiendas en todo el país y lo aceptaron en la federación, no sólo por su talento, sino por los contactos del jeque, cuyos emisarios negociaban con rigor la concesión de filiales de compañías francesas en su país.

Y mientras el agua corría por debajo del puente, la gente cambiaba de opinión, los presidentes eran elegidos o acababan sus mandatos, la tecnología iba ganando cada vez más adeptos, Internet dominaba las comunicaciones del planeta, la opinión pública era más transparente en todos los sectores de las actividades humanas, el lujo y el glamour volvían a ocupar el espacio perdido. Su trabajo crecía y se extendía por el resto del mundo: ya no sólo era una moda, sino los accesorios, el mobiliario, los productos de belleza, los relojes, los tejidos exclusivos.

Ahora Hamid era el dueño de un imperio, y todos aquellos que habían invertido en su sueño se veían plenamente recompensados con los dividendos que les pagaba a los accionistas. Seguía supervisando personalmente gran parte del material que sus empresas producían, acudía a las sesiones de fotos más importantes, le gustaba diseñar la mayoría de los modelos, visitaba el desierto al menos tres veces al año, rezaba en el lugar en el que estaba enterrado su padre y le rendía cuentas al jeque. Ahora tenía ante sí un nuevo desafío: producir una película.

Mira el reloj. Le dice a Ewa que es hora de irse. Ella le pregunta si realmente es tan importante.

—No es tan importante, pero me gustaría estar presente.

Ewa se levanta. Hamid ve por última vez al modisto solitario y famoso que contempla el Mediterráneo, ajeno a todo.


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