© 1995, Héctor Aguilar Camín






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III



Para celebrar el Día de Muertos, el 2 de noviembre, Rafael Liévano la invitó a una fiesta en su casa. Le dijo que vendrían unas primas con sus novios y algunas compañeras de la escuela con los suyos y que, aprovechando la ausencia de sus padres, pondrían un equipo de música con luces en la piscina cubierta, tomarían unos tragos, fumarían lo que se encontraran y no habrían de olvidarse en mucho tiempo del Día de Muertos porque estarían como tales o empezarían a ponerse así a partir de las ocho de la noche.
Leonor llegó a las siete con la intención de estar un rato a solas con Rafael Liévano, antes de que vinieran los otros.
Quería verlo y sentirlo, medir si lo que había en ella cada vez que Rafael Liévano pasaba a su lado, soplando un beso sobre su nuca o acariciando tímida pero claramente la ronda inferior de sus nalgas, podía ir hasta donde ella pensaba o era sólo una curiosidad, un escozor por el hecho de que el jugueteo de Rafael Liévano no hubiera ido todavía más allá.
Su asedio amoroso, si eso era, y la respuesta pronta de Leonor, sí en verdad tenía esa prisa, se daban al paso, en el corredor de la escuela, al amparo del grupo de amigos que facilitaba tanto como impedía sus encuentros, porque estaban todo el tiempo juntos pero nunca solos. Quería sentir a Rafael Liévano, mirarlo sin prisas ni poses y confirmar su olor, el olor que había aspirado, penetrante y ácido, en las escaramuzas de su cercanía junto a los demás. Quería saber si Liévano podía ser para ella todo lo que su cuerpo anticipaba o era sólo una excrescencia del tedio escolar, del bullicio que los acercaba sin reunirlos y los excitaba sin tocar sus deseos.
Los padres de Rafael Liévano no estaban, pero tampoco había indicios de que alguien fuera a celebrar una fiesta o a instalar un equipo de sonido en la piscina cubierta. La casa retumbaba con un estruendo de música rap, pero el ruido no venía de la piscina, sino de la única habitación del segundo piso que tenía la luz prendida y en cuyo balcón bailaba frenéticamente Rafael Liévano, convocado por sí mismo a la inolvidable fiesta del Día de Muertos que se había organizado. Leonor subió hasta la habitación y la encontró hecha un lío, la cama revuelta, la ropa tirada y un reguero de cassets que saltaban en la alfombra por el estruendo retumbante del estéreo. Descalzo, Rafael Liévano sudaba y daba saltos en el balcón. Una camiseta en jirones le cubría el torso húmedo y unas bermudas blancas entallaban sus piernas fuertes y el promontorio de su sexo.
Le hizo un gesto a Leonor para que viniera al balcón, gritando unas palabras que ella no pudo oír, separados como estaban por el mar de ruido que estremecía la recámara. Rafael Liévano tenía una hielera con cervezas en el balcón y le ofreció una a Leonor, pero Leonor no la quiso. Rafael Liévano fue entonces a su armario por una botella de tequila.
Cuando regresaba le dio un trago invitador, demostrativo de la excelencia del brebaje, antes de ofrecérselo también a Leonor, pero Leonor rehusó de nuevo. Entonces Rafael Liévano fue a la recámara de sus padres y volvió rodando un carrito con todos los licores imaginables, dispuestos en dos pisos transparentes. Leonor se sirvió un coñac de la marca que acostumbraba su abuelo y que ella y su tía Natalia ordeñaban por las noches.
-Bebes fuerte -le dijo Rafael Liévano. ¿Qué más haces fuerte?
-Yo, nada -le dijo Leonor. -¿Y tú?
-Yo, huelo fuerte -dijo Rafael Liévano, festejando con una risotada su propia ocurrencia.
-Ya lo había notado -contestó Leonor.
- ¿Qué? -preguntó Rafael Liévano.
-Tu olor -le dijo Leonor. -Hueles a jocoque. Y a camarón.
-Pues orita debo oler a chivo -se olió Rafael Liévano.
-No -dijo Leonor, acercándose a su pecho para olerlo. -A chivo, no.
-Entonces a qué -la retó Rafael Liévano, metiendo las manos bajo su blusa.
-A ti -dijo Leonor, restregando su perfil sobre el pecho de Rafael Liévano.
Se fundió en ese olor por un largo rato, hasta adquirirlo. Cuando volvió en sí, fatigada y dispuesta a reanudar, sintió los labios gruesos de Rafael Liévano reiterándose en su cuello, su lengua áspera y húmeda, recorriendo su oreja, el cuerpo duro y lampiño de Rafael Liévano atravesado en ella, todavía metido en ella, sudoroso, fatigado y nuevamente dispuesto, como ella. La música había cesado, el cuarto estaba en penumbras y entraba por el balcón abierto la pátina de luz radiante y granulada de la luna.
-Los invitados nos van a encontrar aquí -murmuró Leonor de pronto, con alarma, en el oído de Rafael Liévano.
-No -aseguró Rafael Liévano, sin despegar sus labios de la ruta que había abierto en el cuello de Leonor.
-Si llegan, nos van a encontrar -insistió Leonor, aceptando las caricias de Rafael Liévano.
-No -repitió Rafael Liévano.
-¿Por qué no? -preguntó Leonor.
-Porque nosotros somos los únicos invitados a esta fiesta -dijo Rafael Liévano.

-¿No hay fiesta? -chilló Leonor.
-Esta es la fiesta -dijo Rafael Liévano. ¿No hay invitados? -volvió a chillar Leonor. -Nosotros somos los invitados –repitió Rafael Liévano.
¿Nada más? -chilló por tercera vez Leonor.
-Y los amigos de aquí abajo -dijo Rafael Liévano, volviendo a hundirse en Leonor.
Cuando volvieron en sí, eran casi las diez y Leonor debía volver a casa. Fue al baño por una ducha y buscó a tientas el apagador hasta encontrarlo. Una luz blanca aclaró el cubo del baño. Como si estuviera atrapada en el interior de un diamante, la figura desnuda de Leonor apareció de cuerpo entero en uno de los espejos que cubrían las paredes. Su trenza se había deshecho y el pelo le caía sobre los hombros, libre y castaño. Respiró el enigma, la libertad, la fuerza de aquel pelo, la anticipación de sus facciones adultas en la cima de su cuerpo delgado y tierno, pero resuelto y precoz: las piernas fuertes y altas como decía su abuela que habían sido las de Mariana, las caderas redondas y esbeltas como las que podía adivinar bajo el traje del retrato de Mariana, y el rumor de las formas que habían empezado a habitarla, los rasgos sin acabar de todas las mujeres que vivían, detenidas pero palpitantes, en ese retrato y ahora en el diamante donde había irrumpido ella, que reunía en la plenitud de su cuerpo el fantasma de todas las otras.

Rehizo su trenza y fue a despedirse de Rafael Liévano.
¿Te veo mañana? preguntó Rafael Liévano. -No puedo mañana. ¿Pasado?
-No sé si pueda pasado.
-¿El lunes, el martes, el miércoles, el jueves? -insistió Rafael Liévano
-El lunes en la escuela -dijo Leonor, poniéndose la blusa.
-Pero no estoy hablando de la escuela, babosa -dijo Rafael Liévano. -Sino de vemos tú y yo. ¿Te acuerdas? -preguntó, pasando la mano sobre el bozo dorado del vientre de Leonor.
-Me acuerdo muy bien -dijo Leonor, separándose para enfundarse en los pantalones.
¿No te gustó? -quiso saber Rafael Liévano.
-Me encantó -dijo Leonor, metiéndose de un brinco en sus zapatos.
-¿Entonces, babosa?
-Entonces nos vemos el lunes en la escuela -dijo Leonor, tirándole un beso y saliendo del cuarto a toda prisa, rumbo a la calle.
Mientras cruzaba el jardín oyó la voz de Rafael Liévano gritarle desde el balcón:
-Estás loca, Gonzalbo.
Volteó a mirarlo y lo adoró, desnudo y sudoroso en el balcón, con la cerveza en la mano, gritándole otra vez : "Estás loca", antes de perderse en el movimiento de su cuerpo tomado por el rap que estremecía la atmósfera y, desde ahora, su memoria.
Llegó poco después de las diez a su casa y pudo escabullirse sin inspecciones hasta su cuarto. Se soltó la trenza y empezó a secarse el pelo húmedo con la pistola eléctrica. El ruido atrajo los pasos de su abuela Filisola que asomó de pronto en el baño y le preguntó por qué se secaba el pelo.
-Me bañé -explicó Leonor.
-No escuché el ruido de la regadera -dijo la abuela, sin ánimo policiaco, sólo constatando el hecho.
-Me bañé en la tina -explicó Leonor. -No usé la regadera para que no te molestara, precisamente.
-No viniste a darnos las buenas noches -porfió la Filisola.
-Pensé que estaban dormidos -dijo Leonor.
-No vi luces en el despacho ni en la recámara. -Estábamos despiertos -informó la Filisola.
-¿Cómo te fue en la fiesta? -Muy bien, abuela. -Me alegro.
-Yo también, abuela.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Cuando terminó de secarse el pelo, la melena volvió a esponjarse sobre sus hombros como después de las caricias de Rafael Liévano. Se demoró en la evocación de esas caricias y de su propia imagen reluciente en el baño. Se puso después una bata y bajó, con pasos tan sigilosos como los de su abuela, al despacho de Ramón Gonzalbo por una copa de coñac. Luego, fue al comedor. No encendió las luces. Cuando descorrió las cortinas, una ráfaga de luna entró por los ventanales, y en medio de esa penumbra plateada e irreal, se dispuso a conversar con Mariana sobre los acontecimientos secretos del día.

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