Entro en el garito con algo de prevención y comienzo a hacer funcionar mis prejuicios: gafas de pasta, camisetas con mensaje, sombreros, actitudes. Sí, parecen






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fecha de publicación28.01.2016
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Entro en el garito con algo de prevención y comienzo a hacer funcionar mis prejuicios: gafas de pasta, camisetas con mensaje, sombreros, actitudes. Sí, parecen artistas. Casi todos los tíos son o escuálidos o fondones. Por dios, los poetas no practican deportes, ni cuidan su exterior: la degeneración física es su alimento existencial. Poner a hacer pesas o footing a un poeta es muy peligroso, podría explotar de contradicción. Por su parte, las chicas poetas visten como si les acabase de caer la ropa de un tendedero, en orden inverso al adecuado: en las piernas parecen llevar camisas y en el torso culottes. Las novias de los chicos poetas, que no son poetas, constituyen la excepción: algunas de ellas son guapas y visten de manera más convencional mientras se aferran al chico poeta. En este continente de clichés espero a que comience la función mientras me siento un poco fuera de lugar: comparado con ellos visto como Jean Paul Gaultier, yo sí hago deporte y definitivamente no conozco a nadie. Los pocos escritores asturianos que traté ya tienen una edad para andar metidos en un bus tratando de encontrar una rima con la que cantar "para ser conductor de primera".

Hay algo más de una treintena de personas en el local: los 30 escritores, el dj, los camareros y yo. Bueno, y algo de público ocasional, que ha venido a acompañarlos. Digamos que 40 personas. Mis prejuicios echan chispas: los tíos se besan en las mejillas y se abrazan, escucho algun esnobismo ocasional que siempre me ha hecho querer hostiar a quien lo profiere, todos beben cerveza como si pedir un combinado fuera de burgueses, mastican su arte como quien no está seguro de qué hacer con tantos dones. Qué narices: siento envidia de su juventud y de su alegría. Enseguida lo asumo, y asumir es como ácido para los prejuicios: son disueltos y desaparecen, ayudados por mi fiel amigo Stolichnaya.

Antes de comenzar el acto poético, un cantautor italiano a la guitarra profiere canciones que, supongo, están muy bien, pero que me importan un bledo. El resto opina igual, porque nadie hace otra cosa que beber y hablar. A su lado, un trompetista, que resulta ser un clon de Chet Baker, puntea muy bien las acotaciones del guitarrista. Más tarde cantará otro cantautor mexicano que desafina desesperadamente y profiere bachatas y odas al verano y al exiguo ropaje de las chicas. Uf.

Luego sube el organizador, Julio Rodríguez, que será el gran protagonista durante toda la velada: introduce a cada poeta con un texto que siempre será ingenioso, divertido e inteligente. En un momento dado, un par de poetas lo llamarán hijo de la gran puta, porque sus introducciones son mejores que las intervenciones de aquellos a los que preludia. Pero él no hace caso a nadie y sigue haciendo que nos tronchemos de risa cada vez que sube al escenario y nos manda callar a todos diciendo: "¡Chitón, cabrones!", o "¡A callar, hijos de puta!".

Comienzan a subir los poetas. En general, ninguno abusa de los lugares comunes, todos consiguen, en algún momento, elegir alguna metáfora iluminadora, que jamás hemos escuchado. Sólo por eso ese día ha merecido la pena. El mundo es una acumulación tan desasosegante de clichés y frases hechas, que mendigar una metáfora original de vez en cuando se convierte en una necesidad perentoria. Una reunión de seres humanos originales basta para descerebrar un poquito menos, para albergar la ínfima posibilidad de que trascender está al alcance, de que el humor y la ternura pueden hacernos ascender aunque sea unos milímetros de vital humanidad.

(Te pido perdón, querida L., por haber acumulado demasiados tópicos en mis palabras. Pero cuando el corazón habla lo hace con la lengua apelmazada por el alcohol del amor. Perdona por haberte dado sólo palabras tópicas. Su contenido, lo que intentaba transmitir, no lo era en absoluto).

Los tópicos son el veneno de toda comunicación. Este blog, algunos de sus posts, son apresurados y echan mano de frases hechas con dolorosa frecuencia. Siento vergüenza de haberme dejado arrastrar a chulerías destinadas a hacerme comprender con mayor facilidad. La facilidad sólo existe en los prejuicios de quien cree no poder ser comprendido. Pero toda comunicación honesta trasciende la comprensión. Cuando por el medio hay palabras auténticas, éstas traslucen intimidad, verdad, luminosidad.

Todos los poetas que suben usan el humor para desmontar el tópico de que poesía es sinónimo de cursilería. Son jóvenes y sudan un elixir hormonal perentorio y presionante que conozco bien, así que con frecuencia hay en sus palabras sexo, orgasmos, sudor y semen. Pero también éxtasis, amor, compromiso y tragedia. Algunos, vestidos como presidiarios, llenos de tatuajes y bastante borrachos llevan al extremo el obtener una risa a toda costa e impostan una actitud dura que se nota a leguas y no les hace ganar el favor del público. Pero incuso ésos destellan algún otro detalle que les permite volver a ganarse un aplauso.

Los mejores: la primera que sale, una chica que habla de amor y sexo con la dureza que percibo en otras mujeres poetas de su edad a las que he leído. En todas ellas el hombre es casi un contrincante a quien hay que juzgar. Llevan el feminismo a un terreno combativo que provoca metáforas consideradas usualmente masculinas. A su vez, los hombres poetas contemporáneos hablan del amor y del sexo con arrobo, sometidos a su tormenta interior, incluso aunque empleen palabras soeces o expícitas. Y, tal y como está el patio, sonaría extraño que las tornas se invirtieran: que un hombre hablase de una mujer en términos despectivos sonaría demasiado agresivo; que una mujer hablase con ternuna delicada de su hombre sonaría ñoño. Pero ese ‘sonaría’ sólo pertenece al terreno de lo coyuntural, de lo políticamente correcto, puesto que una poesía debe ser juzgada como buena o mala independientemente de la situación social en que se inscriba y del sexo de quien la escribe. Eso certifica hasta qué punto estamos sometidos a nuestra condición perentoria y actual y de lo difícil que resulta trascenderla y hacer oídos sordos al nombre y circunstancias del escritor, a la biografía que aparece escrita en el reverso del libro que leemos o que nos lee.

La primera chica habla de capullos y todos nos reímos. A saber qué pasaría si un hombre hablase despectivamente de las mujeres. Estaría bien que alguien le hubiera echado huevos, pero vivimos en un mundo donde los hombres aún tenemos que flagelarnos y pedir disculpas por tener escroto. Espero que pronto ambos sexos podamos insultarnos y admirarnos con simetría y auténtica igualdad. Y eso sólo sucederá cuando las mujeres alcancen las ventajas que aún no tienen. Mientras tanto, los hombres tendremos que pagar aún por ello un peaje que parece una venganza pero que a veces es sólo justicia.

Sale otra chica que no es poeta, sino actriz, para recitar a Blas de Otero. Qué bien lo hace. Como dice Julio Rodríguez más tarde, demuestra que los poetas no deberían leer sus poemas y deberían dejarlo a auténticos profesionales. Se yergue el silencio. Las palabras son sencillas pero, juntas, mezcladas con la argamasa del talento, se ahondan en nosotros, dejamos de hablar y de beber, escuchamos, nos emocionamos. Y aplaudimos.

Otra chica más. Habla y quiere recitar el poema que compuso, a la víspera, su abuela. Lo hace en asturiano, el que hemos escuchado a nuestras abuelas, no el oficial que otro poeta anterior ha intentado meter a piñón con academicismo que suena a impostura, mientras levantaba el puño y soltaba un “ ¡Bable nes escueles! ” que me sonó a soflama barata. No, empleó el asturiano que todos entendemos. Habló por boca de su abuela, que veía sus manos llenas de surcos y comentaba con humor lo feas que le parecían. Pero su nieta le contradecía: para ella eran las que le habían acariciado de “ piquiñina ”. Sin cursilería, sin sentimentalismo, sin oportunidad barata para la emoción de saldo, esa chica bajita y sonriente hizo que todos tragásemos saliva. Recordé a mi propia abuela y me metí un buen lingotazo de Stolichnaya para disimular que los ojos me brillaban. Aplaudimos mucho.

Sale un pintas con aspecto de presidiario. Lo aplauden a rabiar porque lo conocen y saben lo que pueden esperar de él. Decide contar un minirelato donde explica con pedantería impostada y las palabras más sucias que os podáis imaginar cómo practica el sexo con su novia, y todos los fluidos, efluvios y suciedades que se desprenden del acto. Lo hace como si fuera un folletín mexicano y hace que nos partamos de la risa. Y, aún, así, al final, todos entendemos lo que él quiere transmitir: que sólo es un tipo asustado por amarla tanto. Lo deja caer, a posta, con enternecedora masculinidad de saldo. Aplaudimos. Yo aplaudo mucho porque sé lo que es sentir miedo de verme desbordado emocionalmente por algo, déspota y dictador, que aprisiona, que aplasta, que consume, que inflama, que invalida.

Sale otro tipo que dice no ser poeta ni cantante ni artista pero que quiere leer la carta que el capitán Kirk, de la nave enterprise, esto es, William Shatner, escribió hacer años. Nos reímos hasta que comienza a decir obviedades de manera que no habíamos escuchado antes. Nos dijo que nos íbamos a morir. Nos apuntó con el dedo: “Tú, sí, tú, te vas a morir. Y aquél del fondo, con cara de ‘esto no va conmigo’, tú, sí, tú, también te vas a morir”. Una vez que todos tuvimos claro que íbamos a morir nos recomendó disfrutar de la vida, y creo que ninguno de los presentes olvidó ese día redoblar los esfuerzos por tratar de obtener algo más de afecto y calor humano.

Pero, sobre todo, sale un hombre de unos sesenta años. En medio de tanto joven parece el abuelo que ha venido a controlar la ingesta de alcohol de sus nietos. Inicia la lectura con un grito que hace que todos nos concentremos. Ninguno hablará con tanta ironía, con tanta ternura, con tanta sabiduría. Recita un poema titulado “A lo mejor” que, dice, es una versión del bolero “Quizás, quizás, quizás”. Las metáforas fluyen. Me río con todas ellas, con su ingenio y su calor. Todas sus frases son originales y perdurables. Me gustaría haber apuntado alguna. Finaliza. Y consigo recordar para qué sirve la buena poesía. Para pensar, trascender, sentir, de la manera de siempre pero con formas diferentes, con palabras usuales pero combinadas de forma que ganes una lotería emocional. Aplaudo a rabiar.

Entré lleno de prejuicios, pero salgo convencido de que se trata de buena gente que tiene huevos para mostrar algo de si y exponerse. A fin de cuentas de eso trata la vida. Al menos la que merece ser vivida.

Al final resulta que sí conozco a alguien. Me sorprendo de encontrarme con Olga, porque procede de una parcela de mi vida opuesta a la que me ha llevado allí. Es una técnico del servicio público de empleo de Gijón, con quien contacté un par de años atrás para venderles el alquiler de nuestros productos. Fue el primer cliente importante que conseguí con mi labia y encantos dudosos, el que nos abrió la lata para obtener algunos otros más. Un trabajo de comercial tras todos los demás trabajos que un empresario –uno de verdad, se entiende, no un charlatán- debe desempeñar. Desde Jefe de personal hasta limpiador de la oficina.

Es una chica encantadora, pero me avergüenza encontrarme con ella, porque hace cosa de año y medio le pedí que me permitiera asistir a un encuentro de técnicos de OPEA y servicios públicos de empleo, reservado sólo a ellos y a los políticos de turno. Cuando llegué, me encontré en una sala de anfiteatro con unas 150 personas. Como ponentes estaban, entre otros, un político a cargo de las políticas de empleo y de toda la vaina tecnológica de internet que la sustenta –no recuerdo su nombre. Entre los asistentes reconocí a varios técnicos que, en privado, me habían confesado lo mucho que les gustaría contar con nuestras herramientas para poder gestionar mejor a sus candidatos y empresas, pero que tenían las manos atadas para acceder a algo diferente a las herramientas obsoletas que el Principado les facilitaba.

Allí estábamos cuando el político comenzó a hablar y a desgranar una sarta de mejoras dignas de la NASA en la página web que todos habíamos sufrido. Durante varios minuntos como horas o días se masturbó ante nuestros ojos como quien se fríe un huevo. Mi cabeza ardía. Durante el turno de preguntas, esperé a que alguien hiciese alguna comprometedora, pero nadie la hizo. Alguien pidió el micrófono y preguntó algo inofensivo que el sonriente respondió resplandeciente de satisfacción. Entonces se me hincharon las pelotas al comprobar el dinero que se había gastado en un ejercicio de autocomplacencia (con piscolabis posterior de pinchos y bebida a cargo de las cuentas públicas): pedí el micrófono y le hice la pregunta que ardía en deseos de hacer: “ ¿La maravilla de página web, de la que había estado hablando, es la misma que lleva cinco años operativa, la naranja, la que exhibe diez ofertas, la que era vieja cuando internet nació? ¿Ésa página web? ¿Esa es la maravilla para la cual hemos venido de casa duchados y con ropa de domingo? ”. Se hizo un silencio sepulcral. A nadie gustó la intervención, supongo, pero por mucho que sepa que un empresario debe tragar y ser práctico, estaba harto, literalmente hasta los cojones de bregar con burócratas; sabía que nada iba a sacar nunca de ellos, de su desidia y su incapacidad para comprometerse con algo parecido a la valentía y el riesgo, de que preferirían lo nefasto conocido a cualquier cosa con visos de poder ayudar de verdad a la gente sin trabajo, así que me dije: “ ¡Qué cojones! Al menos disfruta de decirle a la cara lo que muchos de estos piensan sin atreverse a mover un músculo. ” Como seguía hablando, alguien le hizo una seña a la azafata para que me arrebatara el micrófono de las manos. Pobre chica. Se lo dí, claro, pero me hubiera gustado que fuera aquel capullo quien lo hubiera intentado.

Lo cierto es que fue un placer escandalizarlos. Ni siquiera los técnicos me miraron con agradecimiento, pero me la trae floja. Lo unico que lamenté es que fue Olga quien me permitió acceder a aquella reunión y podía haberla dejado en evidencia. La llamé un par de días después para disculparme, pero seguía un poco arrepentido de mi intervención, no por el político, no por los asistentes, todos los cuales podían irse todos un poquito a la mierda, sino por Olga.

Así que allí estaba. Me acerqué y la saludé, bastante cohibido, como no lo estuve al hablar delante de 150 personas que me odiaban cordialmente. Siempre sonríe con amabilidad, pero en su sonrisa percibí las ganas de meterme la cerveza por el culo. O a lo mejor sólo eran imaginaciones de un tipo que se siente culpable. Me dijo que no me hacía en un sitio como ése. Yo le respondí una sarta de estupideces: que si era director de arte, que si también escribía… unos segundos después me recompuse e hice lo más digno que podía hacer: me volví a disculpar por lo de aquel encuentro. Ella volvió a decirme que no me preocupara y yo me despedí. Qué lástima que la única persona que conocía en ese evento procediera de ese otro contenedor sellado de mi vida, y no de otro de los contenedores en que me he movido. Toda la gente que conozco pertenece a uno o dos de esos contenedores. Sus vidas deambulan en espacios conocidos, con personas homogéneas a ellos, con gentes que no se mezclan con otros habitantes de otros contenedores. Yo no. Siempre me he movido saltando de un contenedor heterogéneo a otro, con personas que sólo pertecen a un mundo y uno no se encuentra en otro de los mundos que visita.

Salí a la calle, un poco sonrosado debido al calor, al placer del recital, a los 3 vodkas y a que he perdido la costumbre de beber. Caminé un poco por la calle Bailén, mientras el puente de los suicidios, vallado con sus placas de cristal, hacía de frontera con el aire limpio del Paseo de Extremadura. Pasan tres chicas de unos veintitantos años que me piropean: sonrío y me enciendo como un pavo real. Sí, mucha poesía y mucho cuento emocional, pero un poco de alcohol y un comentario sugerente bastan para que se apodere de mí mi vieja amiga, la vanidad, y que mi autoestima se instale en mi coronilla. Qué poderosa, que aplastante y adictiva sensación de poder y placer produce en uno una mirada de mujer. Qué indefensos estamos frente a ello.

Los coches pasaban, la gente reía, hacía mucho que no salía por la noche yo solo. Era un poco triste no haber encontrado a nadie que me hubiera acompañado. El calor era aún pegajoso pero ya casi delicioso. Sudaba, olía a tabaco, me sentía muy solo. La ciudad era un hervidero indiferente a toda poesía, a toda trascendencia, que buscaba el placer, el ahora, la inmediatez del momento febril.

Caminé un poco más, tratando de encontrar calles menos transitadas, intentando que la soledad me poseyera y decidiera por mí. Los pies me dolían un poco, la camisa de lino estaba casi empapada. El cielo era un bloque negro tachonado de puntitos. Me dejé de historias y me fui a mi casa, decidido a gastar el alcohol, que me atravesaba con su peligrosa carga de pulsión e inconsciencia, viendo una película de DVD.

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