Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos,






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títuloMemorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos,
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9. Cafetero y licorista – Día onomástico – Una desgracia
Terminada así la alusión a la vida escolar, contaré algunos sucesos que pueden servir como amena diversión.

El año de humanidades cambié de pensión para estar más cerca de mi profesor, Don Banaudi, y condescender con un amigo de familia, llamado Gioanni Pianta, quien trataba de abrir aquel año un café en la ciudad de Chieri.78 Esa pensión, sin duda, resultaba bastante peligrosa; pero pude seguir adelante sin daños morales, al encontrarme entre buenos cristianos y proseguir las relaciones con compañeros ejemplares. No obstante, como los deberes escolares me dejaban mucho tiempo libre, solía dedicar una parte del mismo a leer los clásicos italianos y latinos; la otra, a fabricar licores y confituras. Al cabo de medio año, era capaz de preparar café y chocolate; conocía las reglas y proporciones para hacer toda suerte de dulces y licores, helados y refrescos. Mi amo comenzó albergándome gratuitamente y, al comprobar lo útil que podía resultarle para el negocio, me hizo propuestas más beneficiosas, con la condición de suprimir el resto de ocupaciones y dedicarme exclusivamente a aquel oficio. Sin embargo, yo realizaba tales trabajos sólo por diversión o distracción; mi intención seguía fijada en continuar los estudios.

El profesor Banaudi era un verdadero modelo de maestro. Consiguió hacerse temer y amar por sus alumnos sin imponer jamás un castigo. Amaba a todos como hijos y los estudiantes le querían cual padre entrañable. Para manifestarle nuestro afecto, determinamos hacerle un regalo el día de su onomástico. Con tal fin, acordamos preparar unas poéticas composiciones –pero en prosa– y entregarle algunos obsequios que le agradaran.

La fiesta resultó espléndida e indecible la alegría del maestro; como prueba de su satisfacción, nos llevó a comer al campo. Fue un día amenísimo. Profesor y alumnos poseían un solo corazón y, al unísono, buscaban la forma de manifestar su íntima alegría. Antes de volver a la ciudad de Chieri, Don Banaudi se encontró con un forastero al que tuvo que acompañar, dejándonos solos durante un breve trecho de camino. Entonces nos acercaron algunos colegas de clases superiores, invitándonos a darnos un baño en un lugar llamado La Fontana Rossa, a cerca de una milla de Chieri.79 Diversos compañeros y yo mismo nos opusimos, pero inútilmente. Un buen grupo tornó conmigo a casa, otros quisieron ir a nadar. ¡Desgraciada determinación! A las pocas horas de nuestro regreso, vino corriendo un compañero y después otro, asustados y jadeantes, para decirnos:

—¡Oh si supierais, si supierais...! Filippo N.,80 el que tanto insistió en irnos a nadar, ha muerto.

—¿Qué? –preguntaban todos al primero; ¡pero si era un gran nadador!

—¿Cómo os lo podría explicar? –continuó el otro; para animar a lanzarnos al agua y seguro de su destreza, se tiró inmediatamente el primero, sin conocer ni contar con los remolinos de la peligrosa Fontana Rossa. Esperábamos que saliera a la superficie, pero nos equivocamos. Nos pusimos a gritar, vino gente, se emplearon muchos medios y, después de hora y media –no sin que alguno corriese un serio riesgo– lograron recuperar el cadáver.

La desgracia causó en todos una profunda tristeza; ni ese ni el siguiente año (1834)81 se comentó que alguien expresara el deseo de ir a nadar. Hace algún tiempo me encontré con alguno de aquellos antiguos amigos y recordamos con verdadero dolor la desgracia sufrida por el infeliz compañero en el remolino de la Fontana Rossa.

10. El hebreo Jonás
Durante el año de humanidades y estando en el café del amigo Gioanni Pianta, entablé amistad con un joven hebreo llamado Jonás.82 Tenía unos dieciocho años; era apuesto y cantaba con una especial y hermosa voz; jugaba al billar con verdadera maestría; puesto que ya nos habíamos encontrado en la tienda del librero Elías, preguntaba por mí apenas llegaba al café. Le tenía gran cariño; él, a su vez, expresaba hacia mí una extraordinaria amistad. Rato libre de que disponía, se acercaba a pasarlo en mi estancia; nos entreteníamos cantando, tocando el piano, leyendo y escuchando con gusto mil historias. En una ocasión tomó parte en cierta reyerta que podía acarrearle consecuencias lamentables, por lo que corrió a aconsejarse conmigo. «Si tú, querido Jonás, fueses cristiano –le dije–, presto te acompañaría a confesarte, pero esto no te es posible».

—También nosotros podemos ir a confesarnos, si queremos.

—Vais a confesión, pero vuestro confesor no está obligado al secreto, pues no tiene el poder de perdonaros los pecados ni de administrar ningún sacramento.

—Si me quieres llevar, iré a confesarme con un sacerdote.

—Puedo acompañarte, pero se requiere una larga preparación.

—¿Cuál?

—Has de saber que la confesión perdona los pecados después del bautismo; por lo tanto, si pretendes recibir cualquier sacramento, antes de nada se requiere el bautismo.

— ¿Qué tendría que hacer para recibir el bautismo?

—Instruirte en la religión cristiana, creer en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Hecho esto, estarías en disposición de recibir el bautismo.

—¿Qué ventajas me traerá el bautismo?

—El bautismo te borra el pecado original y también los pecados actuales, te abre la puerta para recibir todos los demás sacramentos, en una palabra, te transforma en hijo de Dios y heredero del paraíso.

—¿Los hebreos no podemos salvarnos?

—No, querido Jonás, tras la venida de Jesucristo, los hebreos no pueden ya salvarse sin creer en Él.83

—Si mi madre se enterase de que quiero hacerme cristiano, ¡ay de mí!

—No temas, Dios es dueño de los corazones y, si te llama para hacerte cristiano, lo hará de tal modo que tu madre se conforme, o proveerá para el bien de tu alma de cualquier otra forma.

—Ya que tanto me aprecias, si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?

—Comenzaría a instruirme en la religión cristiana; mientras tanto, Dios abrirá caminos para cuanto deba suceder después. A tal fin, toma el catecismo breve y comienza a estudiarlo; ruega a Dios que te ilumine y te permita conocer la verdad.

A partir de aquel día empezó a interesarse por la fe cristiana. Venía al café y, tras una partida de billar, me buscaba para conversar sobre religión y catecismo. En pocos meses aprendió la señal de la santa cruz, el Padrenuestro, Avemaría, Credo y las verdades principales de la fe. Estaba contentísimo de ello y cada jornada que transcurría mejoraba en sus conversaciones y en su conducta.

Había perdido a su padre cuando era niño; la madre –llamada Rachele– tuvo alguna vaga noticia, pero aún no sabía nada de cierto. Descubrió los hechos de la siguiente manera: un día, haciéndole la cama, encontró el catecismo que su hijo, en un descuido, olvidó debajo del colchón. Se puso a gritar por toda la casa, llevó el catecismo al rabino y, sospechando cuanto realmente sucedía, corrió presurosa el encuentro del estudiante Bosco, de quien había oído hablar muchas veces a su propio hijo. Imaginaos la estampa de la fealdad misma y os haréis una idea de la madre de Jonás: tuerta, sorda, nariz abultada, casi sin dientes, labios muy gruesos, boca torcida, de barbilla larga y puntiaguda y una voz que parecía el relincho de un potro. Los hebreos la solían llamar la Maga Lili; denominación empleada por ellos para referirse a lo más feo de su nación. Su presencia me espantó y, antes de rehacerme, empezó a hablar en estos términos: «Juro, a fe mía, que usted se equivoca; usted, sí, usted ha echado a perder a mi hijo Jonás; lo ha deshonrado ante todos; no sé qué va a ser de él. Temo que se haga cristiano y usted será el culpable».

Comprendí entonces quién era y a quién se refería; con toda calma respondí que debía estar contenta y dar gracias a quien hacía el bien a su hijo.

—¿Qué tipo de bien es éste? ¿Es un bien hacerle a uno renegar de su propia religión?

—Cálmese, buena señora –dije– y escúcheme. No he buscado a su hijo Jonás; nos encontramos casualmente en la tienda del librero Elías. Nos hicimos amigos sin saber cómo. Él me aprecia y yo le estimo también mucho; como amigo suyo de verdad, deseo que salve su alma y pueda conocer aquella religión fuera de la cual nadie puede salvarse. Tenga en cuenta, madre de Jonás, que yo le he dado un libro a su hijo, sugiriéndole únicamente que se instruyera en la religión y que, de hacerse cristiano, no abandona la religión hebrea, sino que la perfecciona.

—Si, por desgracia, se hiciera cristiano, tendría que abandonar a nuestros profetas, pues los cristianos no creen en Abraham, Isaac y Jacob, ni en Moisés ni en los profetas.

—Al contrario, nosotros creemos en todos los santos patriarcas y en todos los profetas de la Biblia. Sus escritos, sus palabras, sus profecías constituyen el fundamento de la fe cristiana.

—Si estuviera aquí nuestro rabino, él sabría qué responder. Yo no conozco ni la Mishnà ni el Ghemarà84 (las dos partes del Talmud). Pero, ¿qué será de mi pobre Jonás?

Dicho lo cual, se marchó. Sería muy largo relatar aquí los numerosos ataques que me dirigieron la madre, el rabino y los parientes de Jonás. No escatimaron amenazas ni violencia contra el valiente jovencito. Él soportó todo y prosiguió instruyéndose en la fe. Al peligrar en familia su propia vida, se vio obligado a abandonar su casa y vivir casi de limosna. No obstante, muchos le ayudaron. Para que todo discurriera con la debida prudencia, le recomendé a un sabio sacerdote, quien cuidó paternalmente de mi amigo. Instruido en la religión con un digno nivel y al mostrar gran impaciencia por hacerse cristiano, celebramos una gran fiesta que sirvió de ejemplo para todos los habitantes de Chieri y estímulo para otros hebreos, varios de los cuales abrazaron más tarde el cristianismo.

Los esposos Carlo y Ottavia Bertinetti fueron los padrinos;85 ellos proporcionaron al neófito cuanto necesitaba, de forma que –ya cristiano– pudo ganarse honestamente el pan con su trabajo. Se le puso por nombre Luis.

11. Juegos – Prestidigitación – Magia – Disculpas
Junto a los estudios y múltiples aficiones –como el canto, los instrumentos musicales, la declamación o el teatro–, a las que me entregaba con todo el alma, aprendí otros varios juegos. Cartas, naipes, bolas, tejos, zancos, saltos y carreras eran diversiones que me agradaban mucho y en las que, si no una celebridad, tampoco era ningún mediocre. Gran parte de estos juegos los había aprendido en Morialdo, otros en Chieri; y, si en los prados de Morialdo resultaba un pequeño aprendiz, ahora ya me había convertido en un competente maestro. Todo lo cual maravillaba sobremanera, pues en aquella época no se conocían demasiado tales juegos, antes parecían cosas de otro mundo. Pero ¿qué decir de la prestidigitación?

A menudo ofrecía espectáculos en público y en privado. Siendo de feliz memoria, me conocía al dedillo muchas páginas de los clásicos, especialmente de los poetas. Estaba tan familiarizado con Dante, Petrarca, Tasso, Parini, Monti86 y otros, como para servirme de ellos a mi gusto, cual si se tratase de palabras mías. Por eso me resultaba muy fácil improvisar sobre cualquier asunto. En aquellas diversiones y espectáculos, una veces cantaba, otras tocaba o componía versos, tenidos por obras de arte, aunque en realidad no eran sino trozos de otros autores adaptados a los argumentos en cuestión. Por dicho motivo, no he ofrecido nunca mis composiciones a nadie y, alguna que llegó a escribirse, procuré echarla al fuego.87

Con los juegos de manos crecía el estupor. Ver cómo salían de una pequeña caja bolas y bolas, todas más grandes que la misma caja; sacar de una bolsita mil huevos, eran acciones que dejaban a todos boquiabiertos. Cuando, a continuación, me veían recoger globos de la punta de la nariz de los presentes, adivinar el dinero de los bolsillos ajenos o, con un simple contacto de los dedos, se convertían en polvo las monedas de cualquier metal o, en fin, lograba que apareciera todo el auditorio con un aspecto horrible y hasta sin las cabezas, entonces, algunos llegaron a pensar si no sería yo un mago, pues era imposible realizar tales cosas sin la intervención del demonio.

Tommaso Cumino, el amo de la casa donde me hospedaba,88 contribuyó a acrecentar una fama de este estilo. Se trataba de un fervoroso cristiano, a quien gustaban las bromas; yo sabía aprovecharme de su carácter –y de su ingenuidad, he de añadir– para hacérselas de todos los colores. En cierta ocasión, preparó con sumo cuidado un pollo con gelatina para obsequiar a los huéspedes el día de su onomástico. Colocó la fuente sobre la mesa y, al destaparla, saltó fuera un gallo aleteando y cacareando de mil maneras. En otra circunstancia, preparó una cazuela de macarrones; una vez cocidos durante bastante tiempo, al ir a servirlos en el plato se encontró con un salvado sequísimo. Frecuentemente, llenaba la botella de vino y, al echarlo en el vaso, salía un agua cristalina. Al querer después beber el agua, hallaba el vaso, en cambio, lleno de vino. Por lo demás, transformar las confituras en rebanadas de pan, el dinero de la bolsa en inútiles y roñosos pedacitos de hojalata, el sombrero en cofia o las nueces y avellanas en piedras pequeñas, eran hechos bastante frecuentes.

El buen Tommaso ya no sabía qué decir. Los hombres –pensaba para sí– no pueden hacer tales cosas; Dios no pierde el tiempo en cuestiones tan inútiles; por tanto, es el demonio quien realiza todo esto. Dado que no se atrevía a comentar el asunto con los de casa, se aconsejó con un sacerdote vecino, Don Bertinetti. También él sospechaba que en aquellas obras y diversiones se escondía la magia blanca89 y decidió referir el caso al delegado de las escuelas, entonces un respetable eclesiástico, el canónigo Burzio,90 arcipreste y párroco de la catedral.

Persona muy instruida, piadosa y prudente; sin contar nada a nadie, el canónigo me convocó ad audiendum verbum.91 Llegué a su casa cuando se encontraba rezando el breviario; me observó sonriente, haciéndome señas de que aguardara un poco. Por fin, me indicó que le acompañara a un saloncito; una vez allí, empezó a interrogarme con palabras corteses, pero aspecto severo: «Querido amigo, estoy muy satisfecho con tu aplicación en el estudio y de la conducta que has observado hasta el momento; mas ahora, se dicen tantas cosas de ti... Me cuentan que conoces los pensamientos ajenos, adivinas el dinero que tienen en sus bolsillos; que haces ver blanco lo que es negro, descubres las cosas desde lejos y hechos por el estilo. Todo ello induce a cuchichear mucho sobre ti y alguno ha sospechado que maniobras con la magia y, por tanto, en esos manejos interviene el espíritu de Satanás. Dime, pues, ¿quién te enseñó esta ciencia?, ¿dónde la aprendiste? Cuéntamelo con toda confianza; te doy mi palabra, no me serviré de la información, sino para tu bien».

Sin alterarme, le pedí cinco minutos para responder, solicitándole que me dijera la hora exacta. Metió su mano en el bolsillo y no encontró el reloj. Si no tiene reloj, añadí, déme una moneda de cinco céntimos. Palpó todos los bolsillos, pero no encontró su monedero.

«Bribón –arrancó a decirme muy enfadado–, o tú sirves al demonio o el demonio te sirve a ti. Has hecho desaparecer la cartera y el reloj. Ya no puedo callar; estoy obligado a denunciarte; aún no sé cómo me aguanto y no te doy una paliza». Mas, al verme tranquilo y sonriente, parece que se apaciguó un tanto y añadió: «Tomemos las cosas con calma; explícame estos misterios. ¿Cómo lograste que el monedero y el reloj salieran de mis bolsillos sin darme cuenta? ¿Dónde han ido a parar?

—Señor arcipreste, empecé a decirle respetuosamente, le explicaré todo en pocas palabras. No es más que simple destreza de manos, inteligencia o cuestión preparada.

—¿Qué tiene que ver la inteligencia con mi reloj y mi monedero?

—Se lo aclaro todo brevemente: al llegar a su casa, se encontraba usted dando limosna a un necesitado; después colocó la cartera sobre un reclinatorio. Más tarde, trasladándose de ésta a la otra habitación, dejó el reloj sobre la mesita. Yo escondí ambas cosas; mientras usted suponía llevarlas consigo, en cambio, se encontraban bajo la tulipa».

Dicho lo cual, levanté la lámpara y aparecieron los dos objetos que creía en poder del demonio.

Rio mucho el buen canónigo; me pidió algunas pruebas más de mi destreza y, al enterarse de qué manera se hacían aparecer y desaparecer las cosas, quedó muy satisfecho; me hizo un pequeño obsequio y concluyó: «Ve a decir a todos tus amigos que ignorantia est magistra admirationis».92

12. La carrera – El salto – La varita mágica – La cima del árbol
Tras haber demostrado que en mis diversiones no había magia blanca, me entregué de nuevo a congregar a los compañeros para entretenerlos y distraerlos como antaño. Sucedió por aquella época que algunos ponían por las nubes a un saltimbanqui, cuyo espectáculo público consistía en una carrera a pie, atravesando la ciudad de Chieri de un extremo al otro en dos minutos y medio, casi el tiempo que emplea el tren con su gran velocidad.

Sin reparar en las consecuencias de mis palabras, afirmé que yo desafiaba gustosamente al charlatán de feria. Un imprudente compañero refirió la cuestión al saltimbanqui, y ahí me tenéis comprometido en el desafío: ¡un estudiante retaba a un corredor profesional!

El lugar escogido fue la alameda de Porta Torinese.

La apuesta era de 20 francos. Al no disponer de tal suma, me ayudaron algunos amigos de la Sociedad de la Alegría. Asistió una gran multitud. Comienza la carrera y mi rival me tomó algunos pasos de ventaja; pero enseguida gané terreno y le dejé tan atrás, que a la mitad de la carrera se paró, dándome por vencedor de la misma.

—Te desafío a saltar, me dijo; pero apuesto 40 francos o más, si quieres.

Aceptamos el reto; tocaba a él elegir el lugar, y fijamos que la apuesta consistiría en saltar hasta el pretil de un puentecillo. Saltó en primer lugar y colocó los pies muy cerca del muro, de modo que más allá no se podía saltar. Así las cosas, yo podía perder, pero no ganar. Sin embargo, el ingenio vino en mi ayuda. Hice el mismo salto, pero apoyando las manos en el pretil del puente prolongué el salto lejos del mismo muro y del foso. Sonaron los aplausos generales.

—Quiero retarte de nuevo. Escoge cualquier juego de habilidad.

Acepté y escogí el juego de la varita mágica, apostando 80 francos. Tomé, pues, una varita. En un extremo puse un sombrero, luego apoyé el otro en la palma de una mano para, después y sin tocarla con la otra, hacerla saltar hasta la punta del dedo meñique, del anular, del medio, del índice, del pulgar. A continuación, pasé la varita por la muñeca, el codo, el hombro, la barbilla, los labios, la nariz y la frente; hasta que, deshaciendo el camino, volvió a la palma de la mano.

—No tengo miedo a perder, afirmó mi rival, se trata de mi juego preferido.

Cogió la misma varita y con destreza singular la hizo caminar hasta los labios, pero allí la varita terminó por chocar con la nariz, pues era ésta un tanto prominente, rompiéndose el equilibrio y obligando al saltimbanqui a cogerla con la mano para que no cayese al suelo.

El desdichado, comprobando que se quedaba sin dinero, exclamó medio furioso:

—Admito cualquier humillación que no fuere la de haber sido vencido por un estudiante. Tengo todavía cien francos; apostados quedan. Serán para quien coloque sus pies más cerca de la cima de aquel árbol, y señalaba a un olmo, junto a la alameda.

También aceptamos y hasta, en cierto sentido, nos alegraríamos si él ganara, pues nos daba lástima y no queríamos arruinarlo.

Subió al olmo primero él y llegó con los pies hasta tal altura que, a poco más que hubiera ascendido, el árbol se habría doblado, cayendo quien tratara de encaramarse. Resultaba prácticamente imposible subir más arriba, afirmaban todos. Lo intenté. Trepé cuanto me fue posible sin doblar la planta; agarrándome con las manos al árbol, después, giré el cuerpo y puse los pies un metro más arriba que mi contrincante.

¿Quién alcanzaría a explicar los aplausos de la multitud, la alegría de mis compañeros, la rabia del saltimbanqui y mi orgullo por resultar vencedor, no frente a mis condiscípulos, sino frente a un campeón de charlatanes? En medio de su gran desolación, quisimos procurarle un consuelo. Compadecidos de la desgracia de aquel pobrecillo, le prometimos devolverle su dinero si aceptaba una condición: pagarnos una comida en la fonda del Muletto.93 Aceptó agradecido. Asistimos unos veintidós, ¡tantos eran mis partidarios! La comida costó 25 francos, de forma que le devolvimos 215.94

Fue un jueves de gran alegría. Me cubrí de gloria al vencer en destreza a un charlatán. Los compañeros se mostraban muy felices, habiéndose divertido a más no poder, riendo y comiendo bien. También debió quedar contento el charlatán, que recuperó casi todo el dinero y gozó de una buena comida. Al despedirse, dio las gracias a todos confesando: «Al devolverme este dinero evitáis mi ruina. Os lo agradezco de todo corazón. Conservaré un grato recuerdo de vosotros, pero nunca jamás retaré a estudiantes».
13. Estudio de los clásicos
Diréis, viéndome pasar el tiempo con tantas diversiones, que necesariamente descuidaría el estudio. No os oculto que habría podido estudiar más; pero recordad que me bastaba la atención en clase para aprender lo necesario. Tanto más, cuanto que entonces no distinguía entre leer y estudiar, y alcanzaba a repetir con facilidad el argumento de un libro leído o explicado. Por añadidura, habiéndome acostumbrado mi madre a dormir bastante poco, alcanzaba a emplear dos tercios de la noche en leer libros de mi gusto y dedicar casi toda la jornada a ocupaciones elegidas libremente, como dar clases particulares y repasos, actividades que no pocos me pagaban, aunque me prestaba a realizarlas por amistad o caridad.

Existía en Chieri, por aquel tiempo, un librero hebreo llamado Elìa,95 con quien me relacioné y asocié para la lectura de los clásicos italianos. Cinco céntimos por cada volumen, que devolvía una vez leído. Cada día terminaba un libro de la Biblioteca popular.96 El año del cuarto curso de segunda enseñanza, lo empleé en la lectura de los autores italianos; el de retórica, me dediqué a estudiar los clásicos latinos, empezando por leer a Cornelio Nepote, Cicerón, Salustio, Quinto Curcio, Tito Livio, Cornelio Tácito, Ovidio, Virgilio, Horacio Flaco97 y otros. Leía aquellos libros por diversión y los gustaba como si los entendiese totalmente. Sólo más tarde me di cuenta de que no era verdad, pues –ya ordenado sacerdote y debiendo explicar a otros aquellas celebridades clásicas– me percaté de que apenas si lograba penetrar el sentido justo y su belleza aún con mucho estudio y preparación.

Los deberes escolares, las ocupaciones de los repasos, las numerosas lecturas, precisaban del día y una parte notable de la noche. Varias veces me sucedió que, llegada la hora de levantarse, todavía conservaba las décadas de Tito Livio en la mano, cuya lectura había comenzado la noche anterior.98 Esto arruinó de tal modo mi salud que, durante varios años, mi vida parecía encontrarse al borde de la tumba. Por eso siempre aconsejaré hacer cuanto se pueda y nada más. La noche se hizo para descansar y, a no ser en caso de necesidad casual, nadie debe dedicarse a cuestiones científicas después de la cena. Un hombre robusto resistirá por algún tiempo, pero siempre dañará de algún modo su salud.
14. Preparación – Elección de estado
Entre tanto, se acercaba el fin del curso de retórica,99 momento en que los estudiantes suelen decidir su vocación. El sueño de Morialdo permanecía siempre fijo en mi mente; más aún, se me había repetido otras veces de manera mucho más clara;100 por lo mismo, y si quería prestarle fe, debía elegir el estado eclesiástico al que me sentía inclinado; mas el no desear hacer caso a los sueños, mi forma de vivir, ciertos hábitos de mi corazón y la falta absoluta de las virtudes necesarias en dicho estado, convertían en dudosa y harto difícil la resolución.

¡Ay, si entonces hubiera dispuesto de un guía para ocuparse de mi vocación! Habría supuesto para mí un gran tesoro; ¡pero no disponía de tal joya! Contaba con un hábil confesor que trataba de convertirme en un buen cristiano, pero nunca quiso implicarse en asuntos de vocación.

Aconsejándome conmigo mismo y después de haber leído algún libro que se ocupaba de la elección de estado, me decidí a entrar en la Orden franciscana.101 Si me hago sacerdote secular –pensaba para mí–, la vocación corre un considerable peligro de naufragar. Abrazaré el estado eclesiástico, renunciaré al mundo, entraré en un claustro, me daré al estudio, a la meditación; de esta manera, en soledad, podré combatir las pasiones, especialmente una soberbia que había echado hondas raíces en mi corazón. Formulé, pues, la petición a los Conventuales reformados, realicé el examen y fui aceptado. Todo estaba preparado ya para entrar en el convento de la Paz, en Chieri. Pocos días antes de la fecha fijada para el ingreso, tuve uno de los sueños más extraños. Creí ver una multitud de aquellos religiosos con los hábitos rotos, corriendo en sentido contrario los unos de los otros. Uno de ellos vino a decirme: «Tú buscas la paz, pero no la encontrarás aquí. Observa la actitud de tus hermanos. Dios te prepara otro lugar, otra mies».

Quise formular alguna pregunta al religioso, pero un rumor me despertó y ya no vi nada más. Expuse todo a mi confesor, el cual no quiso oír mentar ni sueños ni frailes. En este asunto, me replicó, es preciso que cada cual siga sus inclinaciones y no los consejos ajenos.

Se produjo entonces un suceso que impidió actuar mi proyecto. Como los obstáculos eran numerosos y duraderos, resolví exponer el particular a mi amigo Comollo. Me recomendó que hiciera una novena, durante la misma él escribiría a su tío párroco. El último día del novenario, en compañía del incomparable amigo, me confesé y comulgué; oí después una misa y ayudé a otra en el altar de Nuestra Señora de las Gracias. De vuelta a casa, encontramos una carta de Don Comollo en estos términos: «Examinados atentamente todos los datos expuestos, aconsejaría a tu compañero no entrar en el convento. Tome la sotana y, mientras prosigue sus estudios, conocerá mejor lo que Dios quiere de él. No tema perder la vocación, ya que con el recogimiento y las prácticas religiosas superará cualquier obstáculo».

Seguí su sabia propuesta y me apliqué seriamente en todo cuanto favoreciera la preparación para vestir la sotana. Tras el examen de retórica, efectué en Chieri el correspondiente a la toma del hábito clerical, precisamente en las actuales habitaciones de la casa de Carlo Bertinetti,102 quien las tenía alquiladas al arcipreste canónigo Burzio y, al morir, nos las dejó en herencia.103 Aquel año los exámenes no se celebraron en Turín, como era costumbre, a causa del cólera que amenazaba a nuestros pueblos.104

Quiero hacer notar aquí una constatación que manifiesta claramente hasta qué punto se cultivaba el espíritu de piedad en el colegio de Chieri. Durante los cuatro años que frecuenté aquellas aulas, no recuerdo haber oído conversación alguna o una sola palabra contra las buenas costumbres o contra la religión. Finalizado el curso de retórica, veintiuno –de los veinticinco alumnos que componían la clase– abrazaron el estado eclesiástico; tres se hicieron médicos y uno comerciante.

Vuelto a casa en el período de vacaciones, dejé de hacer el charlatán y me dediqué a las buenas lecturas, pues –debo reconocerlo para mi vergüenza– las había descuidado hasta entonces. Seguí ocupándome de los muchachos, entreteniéndolos con narraciones, amables distracciones y cantos religiosos; incluso, observando que muchos –siendo ya mayorcitos– permanecían muy ignorantes de las verdades de la fe, me apresuré a enseñarles también las oraciones cotidianas y otros aspectos más importantes a su edad.

Conformaba así una especie de Oratorio, frecuentado por unos cincuenta chicos que me obedecían y estimaban como si hubiera sido su padre.
SEGUNDA DÉCADA

MEMORIAS DEL ORATORIO

DE 1835 A 1845105

exclusivamente para los salesianos


1. Toma de sotana – Plan de vida
Tomada la resolución de abrazar el estado eclesiástico y superado el examen prescrito, me preparé para ese día señaladísimo, convencido de que la salvación eterna o la eterna perdición dependen ordinariamente de la elección de estado. Encomendé a varios amigos que rezaran por mí; hice una novena y, el día de San Miguel (octubre 1834),106 me acerqué a los santos sacramentos. Posteriormente, el teólogo Cinzano107 –cura y arcipreste de mi pueblo– bendijo la sotana y me la impuso antes de la misa mayor. Al pedir que me despojara de la ropa secular con aquellas palabras: Exuat te Dominus veterem hominem cum actibus suis,108 dije en mi corazón: «¡Oh cuántas cosas viejas he de abandonar! Dios mío, destruid en mí todas mis malas costumbres». Más adelante –cuando añadió, al entregarme el alzacuello: Induat te Dominus novum hominem, qui secundum Deum creatus est in iustitia et sanctitate veritatis!–,109 me sentí conmovido y agregué internamente: «Sí, Dios mío, disponed que este momento me revista de un hombre nuevo, es decir, que desde ahora emprenda una vida nueva, por entero según vuestro divino querer; que la justicia y la santidad sean el objeto constante de mis pensamientos, palabras y acciones. Así sea. ¡Oh María, sed mi salvación!».

Al concluir la función religiosa, mi párroco quiso ofrecerme otra completamente profana, invitándome a la fiesta de San Miguel que se celebraba en Bardella, una aldea de Castelnuovo. Con aquel festejo mostraba su bondad para conmigo, sin embargo no era un ambiente oportuno para mí. Parecía un monigote con traje nuevo, que aparece en público para ser visto. Por lo demás, tras varias semanas de preparación para un día tan anhelado, el encontrarme en una comida, después, en medio de gente de toda condición y sexo allí reunida para reír, bromear, comer, beber y divertirse –la mayor parte, buscando juego, baile y pasatiempos de cualquier género–, ¿qué trato podía sostener un grupo semejante con quien, esa misma mañana, había vestido el hábito de santidad para entregarse enteramente al Señor?

El párroco se percató de mi estado y, tornando a casa, me preguntó sobre el porqué en un día de alegría general me había mostrado tan retraído y pensativo.

—Con toda sinceridad, repuse que la función de la mañana en la iglesia no concordaba ni en género, ni en número, ni en caso con la de la tarde. Antes al contrario, añadí, contemplar a sacerdotes actuando de bufones en medio de los convidados y próximos a la embriaguez, casi ha hecho brotar antipatía hacia mi vocación. Si supiera que llegaría a ser un sacerdote como aquéllos, preferiría quitarme esta sotana y vivir como un pobre seglar, pero buen cristiano.

—El mundo es así, me respondió el párroco, y hay que tomarlo como es. Necesitamos observar el mal para conocerlo y evitarlo. Nadie ha llegado a ser un valiente guerrero sin aprender el manejo de las armas. Del mismo modo debemos proceder nosotros que sostenemos un combate continuo con el enemigo de las almas.

Callé entonces, pero afirmé en mi corazón: «No iré nunca más a comidas de fiesta, a no ser que me vea obligado por funciones religiosas».

Después de aquella jornada, debía ocuparme de mí mismo. Precisaba reformar radicalmente la vida llevada hasta entonces. En los años precedentes, no había sido perverso, pero sí disipado, vanidoso e intensamente inmiscuido en partidas, juegos, saltos, pasatiempos o cosas semejantes, que por el momento alegran, mas no llenan el corazón.

Al objeto de trazarme un estilo de vida y no olvidarlo, escribí las siguientes resoluciones:

1º En lo venidero nunca participaré en espectáculos públicos, en ferias y mercados; ni acudiré a bailes o teatros; y en cuanto me fuere posible, no tomaré parte en las comidas que suelen celebrarse en tales ocasiones.

2º No haré más juegos de manos o prestidigitación, de saltimbanqui o destreza, ni de cuerda; no tocaré más el violín y no iré más de caza. Considero todas estas acciones contrarias a la dignidad y espíritu eclesiásticos.

3º Amaré y practicaré el recogimiento y la templanza en el comer y beber; no descansaré más que las horas estrictamente necesarias para la salud.

4º Así como en el pasado serví al mundo con lecturas profanas, en lo porvenir procuraré servir a Dios dedicándome a lecturas de temas religiosos.

5º Combatiré con todas mis fuerzas cualquier cosa, lectura o pensamiento, conversaciones y palabras u obras contrarias a la virtud de la castidad. Por el contrario, cultivaré todos aquellos elementos, aun los más nimios, que puedan contribuir a conservar esta virtud.

6º Además de las prácticas ordinarias de piedad, haré todos los días un poco de meditación y un rato de lectura espiritual.

7º Contaré cada día algún ejemplo o sentencia edificante en bien del prójimo. Lo llevaré a cabo con compañeros, amigos y parientes; cuando no pueda con otros, con mi madre.

Estos fueron mis propósitos110 al recibir la sotana; para grabarlos profundamente, los leí delante de una imagen de la Santísima Virgen y, después de rezar, prometí formalmente a la celestial Bienhechora cumplirlos aun a costa de cualquier sacrificio.


2. Entrada en el seminario
El día 30 de octubre de aquel año, 1835, debía encontrarme en el seminario. El escaso equipo de ropa estaba preparado. Todos mis parientes se mostraban contentos y yo más que ellos. Sólo mi madre permanecía pensativa, sin quitarme la vista de encima, como si me quisiera confesar alguna cosa. La víspera de la partida, por la tarde, me llamó para decirme estas memorables palabras: «Querido Juan, has vestido el hábito sacerdotal; yo experimento con este hecho todo el consuelo que una madre puede sentir ante la suerte de su hijo. Pero recuerda que no es el hábito lo que honra tu estado, sino la práctica de la virtud. Si un día llegases a dudar de tu vocación, ¡por amor de Dios!, no deshonres ese hábito. Quítatelo enseguida. Prefiero tener un pobre campesino a un hijo sacerdote negligente con sus deberes. Cuando viniste al mundo te consagré a la Santísima Virgen; al iniciar los estudios te recomendé la devoción a esta nuestra Madre; ahora te aconsejo ser todo suyo: ama a los compañeros devotos de María y, si llegas a ser sacerdote, recomienda y propaga siempre la devoción a María».

Mi madre estaba conmovida, al concluir las indicaciones; yo derramaba lágrimas. «Madre, respondí, le agradezco cuanto ha dicho y hecho por mí; estas sus palabras no han sido dichas en vano y las conservaré como un tesoro durante toda mi vida».

Salí por la mañana temprano hacia Chieri; al atardecer del mismo día entré en el seminario. Después de saludar a los superiores y arreglarme la cama, me dediqué a pasear con mi amigo Garigliano por los dormitorios, los corredores y, finalmente, por el patio. Alzando los ojos hacia un reloj de sol, descubrí este verso: Afflictis lentae, celeres gaudentibus horae.111

He ahí, dije al amigo, nuestro programa: estemos siempre alegres y correrá deprisa el tiempo.

Al día siguiente, empezamos un retiro espiritual de tres días; procuré hacerlo del mejor modo posible. Hacia el final, visité al profesor de filosofía –que entonces era el teólogo Ternavasio, de Bra 112– y le pedí alguna norma de vida para ser responsable en mis obligaciones y ganarme la benevolencia de mis superiores. Una sola cosa, me respondió el digno sacerdote: el exacto cumplimiento de tus deberes.

Me serví del consejo como cimiento, entregándome con toda mi alma a la observancia de las reglas del seminario.113 No establecía distinción cuando la campana llamaba bien al estudio o a la iglesia, bien al comedor, al recreo o al descanso. Semejante exactitud me granjeó el afecto de los compañeros y la estima de los superiores, de tal manera que los seis años en el seminario supusieron para mí un período muy agradable.
3. La vida de seminario



Los días de seminario, poco más o menos, son siempre iguales; por eso mencionaré ciertos aspectos en general, describiendo aparte algunos singulares. Comenzaré por los superiores.114

Yo los quería mucho y fueron siempre muy buenos conmigo; pero mi corazón no estaba satisfecho. Existía la costumbre de visitar al rector y demás superiores al volver de vacaciones y antes de partir hacia ellas. Fuera de eso, ninguno solía hablar con ellos, salvo en caso de recibir alguna reprimenda. Uno de los superiores, por turno, asistía durante una semana en el comedor y en los paseos; todo terminaba ahí. ¡Cuántas veces hubiera querido hablar, aclarar dudas o pedirles consejo, sin poder hacerlo! Más aún, si uno cualquiera de ellos se cruzaba con los seminaristas, sin saber por qué, todos huían precipitadamente de él por la derecha o la izquierda como de una bestia negra. Esto avivaba cada vez más en mi corazón los deseos de ser sacerdote para estar en medio de los jóvenes, entretenerme con ellos y ayudarles en todo cuanto fuera necesario.

Respecto a los compañeros, me atuve a la sugerencia de mi querida madre, esto es, juntarme con los devotos de María, amantes del estudio y de la piedad. Tengo que decir, para norma de quien entra en el seminario, que moran allí muchos clérigos de virtud ejemplar, pero también los hay peligrosos. No pocos jóvenes, sin hacer caso de su vocación, van al seminario sin poseer el espíritu y la voluntad del buen seminarista. Es más, recuerdo haber escuchado a algunos compañeros pésimas conversaciones. En una ocasión, al registrar la habitación de ciertos alumnos, encontraron libros impíos y obscenos de toda especie. Cierto que semejantes compañeros, o abandonaban espontáneamente la sotana o resultaban expulsados del seminario tan pronto como se les descubría. Pero mientras permanecían en él, constituían una peste para buenos y malos.

A fin de evitar el peligro de tales compañeros, elegí a quienes estaban públicamente considerados como modelos de virtud. Eran Guglielmo Garigliano, Gioanni Giacomelli,115 de Avigliana,116 y, más tarde, Luis Comollo. Esos tres compañeros fueron para mí un tesoro.

Las prácticas de piedad se cumplían muy bien. Todas las mañanas, misa, meditación y la tercera parte del rosario; en el comedor, lectura edificante. Por entonces se leía la historia eclesiástica de Bercastel.117 La confesión era obligatoria cada quince días, pero quien lo deseaba podía hacerla todos los sábados. En cambio, la santa comunión sólo se recibía los domingos o en solemnidades especiales. Algunas veces, se comulgaba durante la semana, mas para ello había que cometer una desobediencia. Se precisaba elegir la hora del desayuno, acercarse a escondidas a la iglesia de San Felipe, recibir la comunión y volver a juntarse con los compañeros en el momento en que entraban al estudio o a la clase. Esta infracción del horario118 estaba prohibida, pero los superiores consentían tácitamente; la conocían y, a veces, observaban sin declarar nada en contra. De este modo, me fue posible frecuentar bastante más la santa comunión, y puedo afirmar con razón que constituyó el alimento más eficaz de mi vocación. Ya se ha puesto remedio a este defecto de la vida de piedad desde que, por disposición del arzobispo Gastaldi,119 se ordenaron las cosas de manera que cada mañana uno se pudiera acercar a la comunión con tal de estar preparado.
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