Formaban la familia del pequeño Honorè el padre y la madre, con otros tres hijos, dos hembras y un varón. Gozaban, al parecer, de cierta consideración y más






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Honorè de Balzac.
Papá Goriot.
Introducción.
El hombre.
Nacido en 1799, Balzac procedía por su padre de una familia de campesinos de Tours; sin duda de aquí le vino el vigor de su naturaleza, tanto físico como moral. Formaban la familia del pequeño Honorè el padre y la madre, con otros tres hijos, dos hembras y un varón. Gozaban, al parecer, de cierta consideración y más adelante vemos al padre nombrado intendente militar, trasladándose con este motivo a París con toda la familia.

El futuro escritor aprendió las primeras letras en el colegio de “Legay”; de allí se le envió al Oratorio de Vendóme, donde estudió como interno y donde permaneció seis años.

En 1814 y a raíz del nombramiento del padre, la familia pasó a París y con ella Honoré; ingresó en el Liceo “Carlo Magno”, viviendo en una pensión, bastante separado de la familia.

Ni ahora en el Liceo, ni antes en el Oratorio, se manifestó con demasiadas aptitudes para el estudio. Leía mucho a escondidas; fue su gran afición, como lo fue de todos los grandes escritores; como Cervantes, leía todo lo que le caía en las manos; su curiosidad le llevó a interesarse por las materias más diversas; lo hizo, de manera especial, por las ciencias naturales, lógica afición en quien, como él, se preocupó tanto de los misterios de la Naturaleza.

De esta afición podemos seguir el rastro, en citas o alusiones a través de su obra, y la mejor quizá de ellas “Le Père Goriot”, está dedicada al primer naturalista de la época, a Geoffrey Saint-Hilaire, para el cual escribió esta dedicatoria fervorosa: “Al ilustre, al grande, Geoffrey Saint-Hilaire, como testimonio de admiración a sus obras y a su genio.”

Pero no sólo ocupaba Balzac su tiempo en leer; también lo hacía en pasear, en fijar la atención en la vida que se desarrollaba a su alrededor, y sobre todo, en las personas.

Aquí estaba el secreto de aquel misterio que Zweig no acertaba a descifrar; es decir, su capacidad asombrosa de comprensión, su dominio en todas las materias y, sobre todo, en el conocimiento de los hombres; estaba en esta pasión por la lectura manifestada desde su primera edad, unida a un don excepcional de observador y a una memoria prodigiosa. Esto lo explicaba todo, todo, desde luego, lo que se puede explicar en materias como ésta: por el mismo motivo -siempre con esta parte de misterio que envuelve la actividad del creador- pudo crear el padre Goriot, el símbolo de la paternidad, él que se casó ya viejo y si tuvo hijos -que los tuvo- no convivió con ellos en un hogar.

Alternando con los estudios, Balzac trabajó más adelante en el despacho de un abogado, y en el de un notario; su padre estaba, en efecto, empeñado en que fuera notario, pero los sueños del joven estudiante iban por otros caminos.

Sus ilusiones, su ambición, que fue siempre grande, así como su inclinación, le llevaba, en efecto, a la literatura. El primer fruto fue una tragedia en verso, Cromwell, en la cual depositó grandes ilusiones, muchas más desde luego de las que podía depositar; parece éste, de paso, el principio de todos, o de la mayoría, de los grandes escritores: hacer teatro en verso y hacerlo malo.

La familia, tras la jubilación del padre, había dejado París y se había instalado en Villeparisis, no lejos de la capital. Balzac se trasladó a este pueblo y leyó su obra en el círculo de la familia, a la que fueron invitados algunos amigos más o menos aficionados a la literatura. La lectura no despertó entusiasmo; hubo, cuando menos, diversidad de opiniones; la prueba, desde luego, constituyó para él una decepción.

No obstante, no se conformó con el juicio de los suyos; Balzac acudió a un hombre competente, a su juicio, “un buen viejo” -dice Gautier, no sin ironía-, ex-profesor de la escuela Politécnica, un sabio oficial, pues, y reconocido; el juicio fue rotundo, sin apelación, y debió caer sobre él como un rayo. “El autor de aquel engendro -dijo- debía dedicarse a cualquier cosa menos a la literatura.”

Cansado de luchar y pasar privaciones, un tanto decepcionado, Balzac volvió a Villeparisis con la familia; desde allí, no obstante, hacía continuas escapadas a París, donde había hecho amistades, donde, no cabe duda, pensaba siempre volver, y donde, lo más importante, había publicado ya sus primeras obras, aunque firmadas todas con seudónimo.

Su vocación, es verdad, era demasiado firme. No en vano, y como dice Gautier, “en sus días del Oratorio, Balzac había escrito el tratado de "la Voluntad"”; no en vano había conocido los días gloriosos de las guerras napoleónicas y era hijo de su siglo, de aquel siglo en el cual, como dice Musset, todas las conquistas, todas las proezas parecían posibles.

Balzac redobló su actividad en el campo del folletín, donde había hecho ya las primeras armas. Era la época. El folletín estaba, en Francia, en su auge mayor, en su plenitud; los famosos de la literatura eran entonces los grandes folletinistas; eran Dumas, Ponson du Terrail, Paul Féval, Xavier de Montepin y el formidable Eugenio Sue. Todos ellos contaban con un público fervoroso que devoraba sus producciones, un público que agotaba las ediciones de los periódicos, en los cuales, día tras día, aparecía el folletín.

Balzac, ambicioso de éxito y de fortuna, había ingresado en el gremio. Procuró imitarlos, atraer el interés del público hacia sus producciones; no lo consiguió, cuando menos en la manera ni con el éxito de aquéllos. Nos cuenta Gautier que la aparición de Los Campesinos, “obra -dice- maestra”, provocó un gran número de bajas en los abonados de “La Presse”, donde apareció el primer capítulo de la obra, de tal modo, que tuvo que suspenderse la publicación. “¡Encontraban a Balzac aburrido!”

No obstante, en esta época Balzac escribía obra tras obra, sin descanso, con escaso provecho material y muy poca fama, y siempre, y como hemos dicho, firmadas con seudónimo. En un cierto momento de su vida, cuando empezó a publicar con su nombre, confesaba que había escrito con diversos seudónimos un centenar de obras, “para tener, como decía, suelta la mano”.
Ya aquí se delataba en él la inclinación a las vanidades humanas.
Debió de haber algo asimismo de herencia paterna; vemos, en efecto, que el padre en 1802, poco después del nacimiento del futuro escritor y viviendo todavía en Tours, añadió por primera vez el “de” a su apellido, “de” que adoptaría en seguida el escritor, aficionado a las grandezas nobiliarias, a los títulos heráldicos, verdaderos o imaginarios; las más veces, en efecto, tuvieron que ser de estos últimos, como las riquezas, a las que también aspiró.

En los libros que escribió en estos días, en los seudónimos que usó -y no fueron pocos- daba suelta a este afán de grandezas; todos, en efecto, los firmaba con nombres pomposos, con apariencias de nobleza; por ejemplo, Horace de Saint Aubin, Lord R'Hoone, de Villerglé, etcétera. Con ellos se desahogaba, se vengaba, sin duda, del pobre “de” de su nombre, y sobre todo, de la falta de dinero.

No tardó, en efecto, en darse cuenta de la importancia del dinero en la sociedad en que se movía, y sobre todo, en el medio en el cual aspiraba a figurar. El dinero fue pues desde el primer momento, el objeto principal de su ambición. “El dinero, en París, lo había dicho o lo había visto, lo es todo.” Era nuestro “tanto tienes tanto vales”, más viejo que el mundo. El descubrimiento no era, desde luego, importante, y sobre todo, no era nuevo. “En París -decía también- no se cree en el talento si no va acompañado de la riqueza, o no se cree en el talento pobre”, lo cual no se daba sólo en París.

Con la idea de dinero emprendió algunos negocios, relacionados con la edición de libros; lo hizo unas veces solo, otras asociado, pero siempre sin fortuna. La primera vez se asoció con el editor Canel para la edición de la obra entera de Molière en un volumen; salió con una deuda de 1500 francos, primera carga de aquella deuda, siempre creciente, que habría de seguirle a través de la vida.

Balzac no se desanimó -sería también el signo de su vida-; con la idea de pagar aquel débito, adquirió una pequeña tipografía y fundó la sociedad “Balzac y Barbier”; no sólo no consiguió pagar la vieja, sino que las contrajo nuevas. Insistió aún; añadió un nuevo nombre a la sociedad, que se llamó “Balzac, Barbier y Laurent”, y con el dinero aportado por el último, amplió el negocio.

Esta vez fue peor; el socio Barbier se retiró y exigió que se le devolviera su parte; cundió el pánico entre los acreedores y se produjo el desastre: la quiebra, a la que tuvo Balzac que hacer frente.

Afortunadamente hacía algún tiempo que el escritor había conocido -había hecho amistad- con una dama, la señora de Berny.

Reunía la señora de Berny, en su persona, las condiciones principales que reclamaba Balzac en las damas con las que tenía amistad, de las que se enamoraba, o se enamoraban de él, como en el caso presente. La señora de Berny era mayor -le llevaba 22 años-; estaba casada, y lo más importante, era rica.

Las relaciones con la señora de Berny habían empezado hacía poco y durarían hasta la muerte de la dama, ocurrida, para fortuna de él, bastante después. Con el tiempo, tendría aún ocasión de ayudar a Balzac en algunos apuros.

De momento, la señora de Berny le salvó de la quiebra adelantándole los 45.000 francos, que no era en aquel tiempo suma despreciable, si se tiene en cuenta el valor de la moneda.

Se ha hablado, a propósito de esta amistad, de la fidelidad que guardó siempre el novelista por esta señora. “Siempre sintió Balzac -se ha escrito- una infinita veneración y agradecimiento por esta dama a la que guardó fidelidad hasta su muerte.” Yo no creo que hubiera en el hecho un gran mérito de parte de Balzac, ya que hasta la hora de su muerte, la señora de Berny continuó ayudándole en sus apuros -sin contar este primero y pasó Balzac temporadas -siempre que quiso- tratado regiamente en las posesiones de la citada señora en las afueras de la capital.

La quiebra señala el final de una etapa en la vida de Balzac. A partir de aquí decide dedicarse ya de lleno a la literatura, y más concretamente, a la novela; al cabo de poco aparece Le dernier Chuan, la primera de las novelas firmadas con su nombre, que ve la luz en 1829 y que constituye su primer éxito.

En este tiempo empieza Balzac a aparecer con la figura conocida y ya con sus extravagancias en el vestir y en la conducta.

En lo físico, era un hombre grueso; no era alto, llevaba la camisa descubierta y mostraba el cuello poderoso, de toro; la expresión del rostro era jovial, con una especie de hilaridad poderosa, de una alegría rabelesiana, y así era su risa; tenía la frente despejada, pero lo que, sobre todo, atraía en aquel rostro eran los ojos. “Eran ojos -dice Gautier- con fuerza para hacer bajar las pupilas a un águila, capaces para leer a través de los muros y en el interior de los pechos, y de fulminar a una fiera encolerizada, ojos de soberano, de visionario, de domador. “

Nos recuerda a Tolstoi y quizás a algunos otros, pero sobre todo, a Tolstoi, del cual afirmaba Gorki que ante aquellos ojos no se podía mentir.

En su casa Balzac vestía siempre su famosa bata, aquella especie de sayón de cachemira con la capucha, sujeta a la cintura por un cordón, como podemos verlo en el retrato que le hizo Louis Boulanger. “¿Qué fantasía o capricho -se pregunta Gautier- le pudo inducir a escoger aquella bata que nunca abandonó?” “Tal vez -se responde- era a sus ojos el símbolo de la vida claustral a la cual le condenaban sus fatigas, y casi benedictino de la novela, había adoptado de ellos el hábito.”

No obstante, en la calle, vestía bien, con elegancia -el sastre era para él uno de los oficios importantes en la sociedad de los hombres-, porque el traje, decía, la fachada, era un medio no despreciable para el acceso a las alturas, a los salones y las recepciones, e imprescindible en la carrera del ambicioso; había, con la misma idea, adquirido un piso, que amuebló lujosamente, con una pieza donde trabajaba y recibía a sus amigos.

Por este tiempo había empezado a usar de aquellas pequeñas vanidades de que hemos hablado; se exhibía en público con un chaleco blanco, y muy pronto le verían en el palco de Mr. Berny de la Ópera luciendo aquella prenda; también la corbata blanca, sujeta con una especie de argolla y con el bastón de puño de oro, no menos famoso. Eran manifestaciones, pequeñas vanidades, a las que muchos estarían sujetos. La cosa era bastante corriente, era bastante admitida, entre los locos de la literatura y del arte.

En este sentimiento hemos de situar asimismo la vanidad infantil que mostraba sobre las gracias, en lo físico, de su persona. “Fijaos en mi nariz -le decía al pintor Devid d'Angers-, ¡mi nariz es un mundo!” Le halagaba asimismo que le alabasen las manos. “Eran -dice Gautier- de una rara belleza, verdaderas manos de prelado, de dedos pequeños y redondos y uñas rosadas y brillantes.” Tenía, en efecto, la coquetería de sus manos, y según Gautier, sonreía de placer cuando se las miraban.

A este propósito recordaba Gautier una anécdota referente a Lord Byron, y a una visita que hizo éste al Sultán. Alí Pachá le dirigió un cumplimiento sobre la pequeñez de sus orejas, indicio, según él, seguro de una condición de raza y aristocracia -no deja de ser verdad-. “Un elogio como éste -dice Gautier- a Balzac, a propósito de sus manos, hubiese halagado al escritor más aún que el elogio de uno de sus libros.”

Según Guzlain, Balzac dijo en cierta ocasión que en cada hombre de genio hay un niño. Lo que no es tan cierto es que fuera él el primero en decirlo. Antes que Balzac, en efecto, hubo alguien, y más de uno, que, si no igual, vinieron a decir lo mismo.

Fueron muchos, en efecto, los que imitaron a Balzac -o él les imitó- en aquellas infantiles vanidades y parece extraño que Gautier se rompa la cabeza para explicarse el motivo, cuando él mismo se hizo famoso con su chaleco rojo, con que se presentaba en recepciones y representaciones, como más adelante se lo haría Wilde con su clavel verde, en aquel París siempre a punto tratándose de escritores o artistas, para admirar y maravillarse.

Eran, en el fondo, pequeñas muestras de vanidad que han podido verse en todas partes, y de que tampoco nosotros hemos estado exentos; recordemos, en el 98, el paraguas rojo de Azorín, la boina de Baroja, el bastón y el sombrero de Maeztu, las patillas y el peinado de Gómez de la Serna, con los cuales, es verdad, hoy se confundiría con el lampista de la esquina.

Una de sus grandes virtudes fue, en Balzac, la actividad, fue su amor al trabajo, en lo cual puede emparejársele con Zola. Ha dicho Thibaudet que Balzac tuvo la religión de la voluntad y Zola la del trabajo; tal vez, mirándolo bien, la afirmación podría aplicarse a ambos y hasta invirtiendo los términos; sólo una cosa les separó al respecto y es que Zola fue metódico y disciplinado, y Balzac desordenado y sin método en cuanto al trabajo. Aquí está su obra como el mejor testimonio.

Trabajó Balzac, tal vez sí, acuciado por la necesidad del dinero, lo que no ocurrió con el autor de Germinal, pero no cabe duda que el motivo principal estaba en la fuerza con que sintió su vocación, en la necesidad de crear y de hacerlo sin reposo. El afán del dinero no ha hecho ningún creador; por el contrario, ha hundido a más de un talento.

Balzac trabajaba, en general, por la noche; “la paz, o la calma, y el silencio necesarios al estudioso -escribió en una de sus novelas-, tienen no se sabe qué de dulce y de embriagador, como el amor...”.

Veámosle, en el trabajo, en la pintura que nos traza Gautier: “Estaba con las piernas envueltas en un usado gamuk, abrigado el busto con un viejo chal de la madre y la cabeza cubierta por una especie de casquete dantesco, del cual sólo la señora Balzac conocía el modelo; con los papeles a la izquierda, la cafetera a la diestra, trabajaba a pecho descubierto, la frente baja, como un buey en el arado, el campo pedregoso y para él todavía no roturado por el pensamiento, en el cual él había de abrir más adelante surcos tan fértiles.”

Lo hacía, sí, como un poseído, sumido totalmente en la tarea, absorto durante horas y horas; a veces hasta el alba, hasta que las primeras luces de la aurora iluminaban la pequeña ventana. Entonces emergía a la realidad; regresaba a la vida, como si volviese de una insondable profundidad, como un buscador de perlas, que, en la embriaguez de los hallazgos, se hubiese olvidado del regreso a la superficie.

Emergía así, extraño a sí mismo, como si despertase de un sueño, como caído de un astro distante, con aquella expresión de “aturdimiento grandioso” que podemos verle en el busto que le hizo Rodin, de que nos habla Zweig de manera tan admirable.

Cuando tomaba la pluma -escribe Gautier-, ya en la alta noche, en el silencio de la estancia, se olvidaba de todo y entonces empezaba una lucha más terrible que la de Job con el ángel: la de la forma y la idea.”

Era sí una batalla; era aquella batalla de cada noche, de la cual, como se ha dicho, “salía destrozado y vencedor”.

Si algún pasante -prosigue Gautier- retardado, hubiese alzado los ojos hacia aquella pequeña claridad vacilante, no hubiese desde luego supuesto que era la aurora de una de las glorias más grandes de nuestro siglo.”
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