Los diez toros del zen versión e introducción de osho fina atención de






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CAPÍTULO 4
EL TORO TRASCENDIDO. EL TORO

Y EL SER TRASCENDIDOS


  1. EL TORO TRASCENDIDO


Montado sobre el toro, llego a casa.

Estoy sereno. También el toro puede descansar.

Ha llegado el amanecer. En reposo gozoso,

En mi morada de paja he abandonado el látigo y la cuerda.
Comentario:

Todo es una ley, no dos. Sólo hacemos del toro un sujeto transitorio. Es como la relación entre el conejo y la trampa, o el pez y la red. Es como el oro y la escoria, o la luna saliendo de una nube. Un sendero de luz clara sigue viajando por el tiempo infinito.


  1. EL TORO Y EL SER TRASCENDIDOS


Látigo, curda, persona y toro, todos se funden

En la nada.

Este cielo es tan grande que ningún mensaje puede

Mancharlo.

¿Cómo va a existir un copo de nieve en un fuego voraz?

Aquí están las huellas de los patriarcas.
Comentario:

La mediocridad ha desaparecido. La mente está limpia de limitación. No busco ningún estado de iluminación. Tampoco me quedo donde no existe la iluminación. Como no permanezco en ninguna condición, los ojos no pueden verme. Si cientos de pájaros cubriesen mi camino de flores, semejante alabanza no tendría sentido.
Gertrude Stein se estaba muriendo. De pronto, abrió los ojos y preguntó a los amigos que se habían reunido a su alrededor: “¿Cuál es la respuesta?”. Esto es tremendamente bello, casi un koan. No se ha formulado la pregunta; ella pregunta: “¿Cuál es la respuesta?”. Por supuesto, nadie fue capaz de responder. Se miraron entre sí. Ni siquiera pudieron comprender a qué se refería. Se necesitaba un maestro zen, alguien que pudiera responder desde el corazón, espontáneamente, de inmediato. Alguien que pudiera reírse a carcajadas, o gritar, o hacer algo, porque semejante pregunta –“¿Cuál es la respuesta?”- no se puede responder con palabras.

Stein está diciendo que es una pregunta tal que no se puede formular, y, sin embargo, la pregunta está ahí, así que ¿cuál es la respuesta? La pregunta es tal que es imposible expresarla con palabras. Es tan profunda que no se puede traer a la superficie. Pero sin embargo está ahí, así que ¿cuál es la respuesta? La pregunta es tal que no está separada de quien la pregunta, como si todo su ser se hubiera convertido en un signo de interrogación: ¿Cuál es la respuesta?

Se miraron entre sí. No tenían ni idea de qué hacer. Deben haber pensado: Esta mujer moribunda se ha vuelto loca. Es una locura, es absurdo preguntar “¿Cuál es la respuesta?”, cuando aún no se ha formulado la pregunta. Nadie contestó. Nadie era suficientemente consciente como para contestar. Nadie respondió, porque, de hecho, allí no había nadie para responder. Nadie estaba suficientemente presente como para responder.

-En ese caso –insistió ella-, ¿cuál es la pregunta?

De nuevo se produjo el silencio. ¿Cómo te va a decir otro cuál es la pregunta? Ciertamente, se ha vuelto loca. Ciertamente, ya no está en su sano juicio. Pero la pregunta es tal que es imposible decir qué es. En el momento en que la dices, la traicionas. En el momento en que la verbalizas, ya no es la misma. No es la misma pregunta que había en el corazón. Una vez que se ha verbalizado, se convierte en algo mental. Parece casi trivial, casi superficial. No puedes formular la pregunta suprema. Al formularla, ya no será suprema.

Sólo un maestro podría haber comprendido lo que ella decía. Era una bella mujer, una bella persona, de tremendo entendimiento. Y en el último momento de su vida, floreció en este koan. Debes haber oído su famosa frase, que casi se ha vuelto un cliché: “Una rosa es una rosa es una rosa”. No se puede decir nada sobre la rosa, excepto que es una rosa. Todo lo que pueda decir sobre ella la falsificará. Está ahí simplemente, con su extraña belleza, con su fragancia desconocida, como un hecho. No puedes teorizar sobre ella. Y lo que teorices será sobre otra cosa, no será sobre esa rosa; será un reflejo en el espejo, no será la cosa auténtica.

Una rosa es una rosa es una rosa, no se puede decir nada más. No se está diciendo nada al decir: una rosa es una rosa es una rosa. Si vas a un lógico, dirá que es una tautología; se está repitiendo la misma palabra innecesariamente. ¡No se está diciendo nada! Pero sí se está diciendo algo: que no se puede decir nada.

-En ese caso –insistió ella-, ¿cuál es la pregunta?

El silencio permaneció intacto. Nadie fue capaz de responder. No se necesitaba una contestación; ella estaba pidiendo una respuesta.

Puedes seguir pensando sobre la vida y la muerte, y puedes seguir creando muchas teorías e hipótesis, pero toda la filosofía es una sandez. La vida permanece sin responder, la muerte permanece sin responder. En ese momento, Stein preguntaba sobre la vida y la muerte; pero sobre lo que es la vida, sobre lo que es también la muerte, sobre lo supremo, el fundamento, la base misma de tu ser. Ella preguntaba: ¿Quién soy? Pero la filosofía no tiene respuestas. La filosofía ha estado tratando de responder; siglos de pensamiento, especulación, pero el esfuerzo entero está vacío.
Omar Khayam dijo: “Cuando era joven frecuenté ávidamente al doctor y al santo, y oí grandes debates sobre y en torno a ello, pero siempre salí por la misma puerta tal como había entrado”.
Sobre y en torno a ello... Mucho debate, mucho filosofeo, pero sobre y en torno a ello, nunca exactamente en la cuestión, siempre por las ramas. Sigue habiendo mucho debate acalorado; nada sale de él. Parece un puro galimatías. Nada puede salir de él, porque la vida no es una cuestión filosófica. Y cualquier respuesta que sólo sea filosófica no será la repuesta. La vida es existencial. Sólo una respuesta existencial puede satisfacerte, no una respuesta dada por otra persona; no una respuesta fabricada, confeccionada por la mente; no una respuesta prestada de las escrituras, sino una respuesta que surja en tu ser, florece, resplandece, lleva tu destino total a un estado manifiesto; te hace completamente consciente. Va a ser una realización; no una respuesta, sino una realización; no una respuesta, sino una revelación; no una respuesta, sino una experiencia, existencial.

Esta es la historia entera de los diez toros. La búsqueda es existencial. Nunca va aquí y allá, nunca está sobre y en torno. No se anda por las ramas; es recto como una flecha.

Uno de los filósofos más grandes de Occidente, Ludwing Wittgenstein, se acercó muchísimo a la actitud zen, casi llamó a esa puerta. Él dice: Lo místico no es cómo son las cosas en el mundo, sino que el mundo exista. Que el mundo es, eso es el verdadero misterio. No cómo estás aquí, no cómo llegaste aquí, no el propósito de que estés aquí, sino el hecho mismo de estar aquí es el mayor misterio. El hecho mismo de que estés aquí, de que yo esté aquí, es el mayor misterio. Y cuando la respuesta no se puede expresar con palabras, tampoco la pregunta puede expresarse con palabras.

Eso me recuerda:
Un hombre acudió a Buda y le dijo:

-Por favor, responde mi pregunta sin usar palabras, porque he oído ya hace mucho que la respuesta es tal que no se puede expresar con palabras.

Buda se rió y contestó:

-Por supuesto, lo que has oído es correcto; pero haz tu pregunta sin usar palabras y entonces te responderé sin usar palabras.

El hombre dijo entonces:

-Eso es imposible.

Entonces comprendió: si la pregunta no se puede formular, ¿cómo se va a poder formular la respuesta? Si la pregunta misma no se puede hacer, ¿cómo puedes exigir una respuesta?
Wittgenstein tiene razón. Y cuando la respuesta no se puede expresar con palabras y tampoco la pregunta se puede expresar con palabras, el enigma no existe. Ni la pregunta ni la respuesta se pueden expresar con palabras, así que ¿dónde está el enigma?, así que ¿cuál es el problema?

Esto es un entendimiento tremendo. El problema no existe, lo ha creado la mente; es una creación de la mente. Si una pregunta puede ser formulada, también es posible responderla.

Alguien preguntó a Wittgenstein:

-Entonces, ¿por qué sigues escribiendo esos libros tan bellos?

Su libro Tractatus Logico Philosophicus había sido recientemente aclamado como uno de los libros más importantes de toda la historia humana.

-Entonces, ¿por qué sigues escribiendo libros? Si la pregunta no puede ser formulada y no se puede dar la respuesta, entonces, ¿por qué?

Él dijo:

-Mis proposiciones sirven como elucidaciones de la siguiente manera: cualquiera que me comprende, con el tiempo las reconoce como absurdas. Dejadme repetirlo: Cualquiera que me comprende, con el tiempo las reconoce como absurdas. Las ha usado como escalones para elevarse por encima de ellas. Debe, por así decirlo, tirar la escalera tras haber subido por ella.

Cuando comprendes, todo lo que digo también es absurdo. Si no comprendes, entonces parece significativo. Todo el sentido se debe a la mala interpretación. Si comprendes, entonces todo el sentido desaparece; sólo la vida es. El sentido es de la mente, una proyección de la mente, una interpretación de la mente. Entonces, una rosa es una rosa es una rosa, ni siquiera estas palabras existen. Sólo la rosa... sólo la rosa sin ningún nombre, sin ningún adjetivo, sin ninguna definición. Sólo la vida es, de pronto, sin ningún sentido, sin ningún propósito. Y ese es el mayor misterio a realizar.

Así que el sentido no es la búsqueda auténtica. La búsqueda auténtica es encontrar la vida misma, cruda, desnuda.

De alguna forma, todas las preguntas son tontas, y todas las respuestas también. Todas las preguntas son tontas de alguna forma porque son creaciones de la mente, y la mente es la barrera entre tú y lo real. Y la mente sigue creando preguntas, retrasa la búsqueda. Te convence de que eres un gran buscador porque estás haciendo tantas preguntas. Pero al preguntar estás acumulando nubes a tu alrededor. Primero preguntarás, luego la pregunta te rodeará; luego empezarás a obtener respuestas, luego te rodearán esas respuestas, y permanecerá siempre una barrera entre tú y la vida cruda, salvaje, desnuda; lo que es. No es ni una pregunta ni una respuesta, es una revelación. Cuando no está la mente, surge en ti esa revelación de lo real. Está simplemente ahí, manifestándose en toda su gloria, disponible en su totalidad.

Pero el hombre sigue haciendo pregunta, y le parece que, de alguna forma, seguir preguntando constituye una gran búsqueda. No lo es. Todas las preguntas, todas las respuestas, todo juegos, todas son juegos. Puedes jugar si quieres, pero nada se resolverá de esa forma. Y la gente sigue preguntando hasta el mismo final de su vida.

Pero Gertrude Stein fue por buen camino. En el último momento reveló una cualidad zen. Demostró ser una mujer de gran entendimiento y conciencia. Por supuesto, la gente que estaba allí no pudo comprender lo que había revelado. La habrían comprendido en Oriente, pero no en Occidente. Debieron pensar que se había vuelto loca antes de morir, porque nuestras pregunta continúan, las mismas preguntas tontas. Incluso en el mismo extremo, cuando llega la muerte, seguimos haciendo las mismas preguntas rutinarias, podridas, y seguimos buscando respuestas.
He oído que sucedió en un banco: el atracador le pasó una nota al cajero que decía: “Pon el dinero en la bolsa, mamón, y no hagas ningún movimiento en falso”.

El cajero escribió rápidamente otra nota y se la devolvió a pasar: “Arréglate la corbata, imbécil. Te están sacando una foto”.
Incluso en el momento de la muerte, te estarás arreglando la corbata porque te están sacando una foto. El hombre sigue interesado en los espejos. El hombre sigue interesado en lo que los demás piensan de él, en lo que los demás dicen de él. El hombre sigue creando una imagen bella de sí mismo. Ese es todo el esfuerzo de tu vida. Y un día despareces y tu imagen cae al polvo. En polvo te convertirás, nada permanece.

Estate alerta. No te intereses demasiado en la imagen. Interésate por lo real, y lo real está dentro de ti; es tu energía. No tiene nada que ver con ninguna otra persona. Para conocerse a uno mismo no es necesario ningún espejo, porque el autoconocimiento no es un reflejo. El autoconocimiento es un encuentro directo, inmediato; te pones cara a cara con tu propio ser.
El séptimo sutra: El toro trascendido.
Montado sobre el toro, llego a casa.

Estoy sereno. También el toro puede descansar.

Ha llegado el amanecer. En reposo gozoso,

en mi morada de paja he abandonado el látigo y la

cuerda.
El toro trascendido...

Una vez que eres el maestro, el amo de tu mente, la mente ha sido trascendida. En cuanto te vuelves maestro de tu mente, la mente ya no está ahí. Sólo permanece si eres su esclavo. Una vez que has agarrado al toro y lo montas, el toro desaparece. El toro sólo existe como algo separado de ti si no eres el maestro, el que manda. Esto hay que entenderlo.

Si no eres el maestro, sigues siendo esquizofrénico, fragmentado. Cuando esa maestría surge en ti, cuando tienes consciencia y disciplina –el látigo y la cuerda-, las divisiones se disuelven, te vuelves una unidad entera. En esa unidad, el toro ha sido trascendido. Entonces ya no te ves como algo separado de tu mente. Entonces ya no te ves como algo separado del cuerpo. Entonces ya no te ves como algo separado de la totalidad. Eres uno.

Todos los que son maestros de su ser, son uno con la existencia; sólo los esclavos están separados. La separación es una enfermedad. Con salud, no estás separado de la totalidad, te haces uno con ella.

Trata de entenderlo. Cuando tienes dolor de cabeza, tu cabeza está separada de ti. ¿Lo has observado? Cuando el dolor de cabeza te martillea por dentro, te golpea por dentro, tu cabeza está separada de ti. Pero cuando el dolor desaparece, la cabeza también desaparece; ya no la sientes, ya no está separada, se ha hecho parte de tu ser.

Si tu cuerpo está perfectamente sano, no tienes ninguna sensación corporal, es como si no tuvieras cuerpo. Ese estado de no sentir el cuerpo es la definición de la salud perfecta. Si algo te duele, inmediatamente tomas consciencia de ello, y en esa consciencia hay separación. Si tienes una espina en el pie, o el zapato te aprieta, hay una división. Cuando el zapato se ajusta perfectamente, la división ha sido trascendida.

Te das cuenta de la mente porque, de alguna forma, tu vida no es armoniosa; hay alguna disonancia, algo desafinado, en desacuerdo. Hay algo disonante dentro de ti, por eso te sientes dividido. Cuando todo concuerda y se armoniza, todas las divisiones se trascienden.

Este es el séptimo sutra: MONTADO SOBRE EL TORO... uno va montando su propia energía. La energía no se va en una dirección, y tú en otra. Ahora ambos vais en la misma dirección. Ya no hay lucha, la división ha desaparecido. Ya no estás luchando contra el río; ahora fluyes con el río, vas montado en él. De pronto, ya no estás separado del río.

Entra en un río. Primero, trata de ir a contracorriente, lucha, conflicto, y verás que el río está luchando contigo, dirás que el río está intentando derrotarte. Y ya verás: el río te derrotará con el tiempo... porque llegará un momento en que te sentirás cansado, y verás que el río está venciendo y que tú estás siendo derrotado.

Luego prueba la otra manera: flora con el río, déjate llevar, y poco a poco verás que ahora el río no lucha contigo en absoluto; incluso cuando ibas a contracorriente, el río no luchaba contigo. Tú eras el único que luchaba, el único en un estado egoísta; el que trataba de ganar, de salir victorioso; el que intentaba probar algo, que “soy alguien”. Esa idea de ser alguien estaba creando todo el problema.

Ahora no eres nadie, flotas con el río, en un estado de profunda entrega. El río ya no va contra ti, ¡nunca había ido! Sólo cambia tu actitud, y entonces sientes que el río ha cambiado completamente. Pero el río siempre ha sido el mismo; pero ahora tú vas montado en el río. Y si puedes dejarte flotar totalmente, sin hacer ni un mínimo esfuerzo por nadar, simplemente flotando, entonces tu cuerpo y el cuerpo del río se funden. Entonces ya no sabes dónde acaba tu cuerpo y dónde comienza el cuerpo del río. Entonces formas una unidad orgánica con el río. Entonces sentirás una experiencia orgásmica. Al ser uno con el río, de pronto todas las limitaciones han sido trascendidas. Ya no eres pequeño, ya no eres grande, eres la totalidad.

MONTADO SOBRE EL TORO, LLEGO A CASA. Y esa es la manera de llegar a casa, porque la “casa” es el origen, la fuente misma de la que procedes; la “casa” o está en otra parte. La “casa” es de donde vienes, de donde has surgido. La “casa” es la fuente. Si uno se permite a sí mismo entrar en un estado de profunda entrega, uno llega a casa. “Casa” significa que uno llega a la fuente misma de la vida y del ser, uno toca el comienzo mismo.

Montado sobre el toro, llego a casa. Estoy sereno.

Estoy sereno. También el toro puede descansar.
Y no sólo puedes descansar tú; el toro también. No sólo puedes descansar tú; el río también. Mientras el conflicto continúa, ni tú ni Dios podéis descansar. Recuerda esto. Esto es algo muy valioso que hay que recordar siempre. Si no estás sereno, Dios no puede estar sereno; si no eres feliz, Dios no puede ser feliz; si no eres dichoso, Dios no puede ser dichoso, porque eres parte de él, parte de la totalidad. Tú le afectas a él tanto como él te afecta a ti.

La vida está en íntima relación. Todo está relacionado con todo lo demás. Es una ecología, una relación profunda de todo con todo. Existe una coherencia. Si no eres feliz, Dios no puede ser feliz, porque tú eres una parte. Es como si mi pierna no estuviera feliz; ¿cómo voy a estarlo yo? Esa infelicidad me afecta. No sólo estás tú en un gran apuro, tu energía vital también está en un gran apuro contigo. No es sólo que tú seas complicado y estés enfermo; tu energía vital se ha vuelto complicada y enferma.
Estoy sereno. También el toro puede descansar.

Ha llegado el amanecer. En reposo gozoso,

en mi morada de paja he abandonado el látigo

y la cuerda.


Y ahora el látigo y la curda ya no son necesarios. El látigo significa conciencia, y la cuerda significa disciplina. Cuando has alcanzado un punto en que te sientes uno con el río de la vida, ya no hay necesidad de consciencia y disciplina. Entonces ya no hay necesidad de meditar. Entonces no hay necesidad de hacer nada. Entonces la vida lo hace por ti. Entonces te puedes relajar, porque puedes confiar totalmente. Entonces ya no hay necesidad ni siquiera de consciencia, recuerda.

Al principio, la conciencia es necesaria. Al principio, incluso la disciplina, es necesaria. Pero según vas creciendo espiritualmente, la escalera se trasciende y puedes tirarla.
En reposo gozoso, en mi morada de paja he

abandonado el látigo y la cuerda.
Recuerda: un santo es realmente un santo sólo cuando ha abandonado el látigo y la cuerda. Ese es el criterio. Si aún está tratando de orar, de meditar, de hacer esto o aquello, y de disciplinarse, entonces aún no está iluminado. Entonces aún está ahí y sigue haciendo algo. Y hacer acumula ego. No ha llegado a casa. El viaje aún no ha sido completado.

En China existe una hermosa historia zen:
Una mujer muy rica sirvió a un monje durante treinta años. El monje era realmente bello, siempre consciente, disciplinado. Tenía esa belleza que llega naturalmente cuando tu vida está en orden, una cierta limpieza, una cierta frescura. La mujer se estaba muriendo, era muy vieja. Llamó a una prostituta de la ciudad y le dijo:

-Antes de dejar mi cuerpo, me gustaría saber una cosa, si este hombre al que he servido durante treinta años está iluminado o no.

La sospecha es natural, porque el hombre aún no ha abandonado el látigo y la cuerda.

La prostituta preguntó:

-¿Qué quieres que haga?

La mujer dijo:

-Te daré todo el dinero que quieras. Simplemente, aparece a media noche. Él estará meditando, porque medita por la noche. La puerta nunca está cerrada porque no tiene nada que le puedan robar, así que simplemente abre la puerta y observa su reacción. Abre la puerta, acércate, abrázalo, y luego vuelve a contarme lo que ha pasado. Antes de morir, me gustaría saber si he estado sirviendo a un maestro auténtico o sólo a un ser corriente, mediocre.

La prostituta fue. Abrió la puerta. Había una pequeña lámpara encendida; el hombre estaba meditando. Abrió los ojos. Al ver a la prostituta, la reconoció y se asustó, le dio un ligero temblor y dijo:

-¿Qué? ¿por qué has venido aquí?

Y cuando la mujer trató de abrazarlo, él intentó escapar. Estaba temblando y furioso.

La mujer volvió y le dijo a la anciana lo que había sucedido. La anciana ordenó a sus sirvientes que quemasen la casa que había hecho para ese hombre, y que rompieran el trato con él. No había llegado a ningún sitio. La anciana dijo:

-Por lo menos podía haber sido un poco amable, compasivo.
Ese miedo muestra que aún no se ha abandonado el látigo. Ese miedo muestra que la consciencia aún es un esfuerzo, no se ha vuelto natural, no se ha vuelto espontánea.

Primero se trasciende el toro, la mente, la energía mental, la vida, la energía vital, se trascienden. Y entonces, cuando has trascendido la vida, te trasciendes a ti mismo.

El octavo sutra. El toro y el ser trascendidos:
Látigo, cuerda, persona y toro, todos se funden en

la nada.

Este cielo es tan grande que ningún mensaje puede

mancharlo.

¿Cómo va a existir un copo de nieve en un fuego

voraz?

Aquí están las huellas de los patriarcas.
Cuando desaparece la mente, tú también desapareces, porque tú existes en la lucha. El ego existe en la tensión. Para el ego es necesaria una dualidad. No puede existir con una realidad no dual. Así que observa: cuando estás luchando, tu ego se vuelve muy agudo. Observa veinticuatro horas y verás muchas cimas y muchos valles de tu ego, y muchas veces sentirás que no está ahí. Si no estás luchando con nada, no está ahí. Depende de la lucha.

Por eso la gente sigue encontrando maneras y medios y excusas para luchar, porque sin la lucha simplemente empiezan a desaparecer. Necesitan una creación constante, tal como uno pedalea una bicicleta. Tienes que seguir pedaleando; sólo así sigue corriendo la bicicleta. Si dejas de pedalear, tarde o temprano la bicicleta se va a caer. Es un milagro: con sólo dos ruedas, en contra de la gravedad, te sigues moviendo. Pero es necesario un pedaleo continuo.

El ego es un milagro: lo más ilusorio, y parece lo más sólido y real. La gente vive y muere por él. Pero necesita un pedaleo constante, y ese pedaleo es tu lucha. Por eso no puedes vivir sin lucha. Encontrarás alguna manera u otra. Empezarás a luchar con tus hijos si no encuentras a nadie más. Empezarás a luchar con tu esposa o con tu marido, a veces sin ninguna razón en absoluto. De hecho, no es necesaria ninguna razón; todas las razones son racionalizaciones. Pero tienes que luchar; si no, empiezas a desaparecer, empiezas a disolverte. Empiezas a caer como si fuera en un abismo, un abismo sin fondo.

Por la mañana, cuando te acabas de despertar, durante unos pocos segundos hay un estado de no ego. Por eso te sientes tan puro y limpio y virgen. Pero inmediatamente el mundo comienza. Incluso durante la noche, cuando estás dormido, sigues luchando, sigues creando pesadillas, para no perder completamente el hilo del ego.

El ego es posible sólo con conflicto, con lucha. Si no tienes nada para luchar, crearás alguna u otra manera para luchar.
El otro día estuve leyendo acerca de un hombre que nunca tuvo una pelea con su esposa, y los vecinos se preguntaban qué tipo de hombre era. Siempre volvía de la fábrica riendo y feliz, nunca cansado, nunca tenso. Incluso su esposa se preguntaba a veces: “Nunca pelea, nunca se enfada, ¿qué pasa?”.

Entonces, el vecindario entero se reunión y le preguntó, y el hombre respondió:

-No es gran cosa. En la fábrica...

Trabaja en una fábrica de cristal en la que, cuando algo no sale suficientemente bien, se lo pasan a él para que lo destruya; ese es su trabajo. Platos, tazas, vasos, se pasa el día rompiéndolos. Dijo:

-Me siento muy feliz, no necesito luchar con nadie. ¡Ya es demasiado! Me siento en la gloria.
Lo sabes muy bien: cuando la esposa no se siente bien, se romperán más platos, se caerán más tazas. Tiene que ser así. El ego encuentra alguna u otra manera, cualquier cosa –imaginaria, incluso imaginaria- servirá, pero hay que destruir algo. Y surge la lucha.

Los leñadores son personas muy silenciosas. Su psicología es diferente: todo el día cortando madera, sacan su ira. Están en una catarsis continua. No necesitan la meditación dinámica. Y verás que son personas muy amorosas. Los cazadores son personas muy amorosas; todo su trabajo es violento, pero son personas muy amorosas, no encontrarás gente mejor que los cazadores. No necesitan sacar su ego contra ti; ya lo han tenido suficiente con los animales.

Si vais a las cárceles a ver a los criminales, os sorprenderá que esos criminales tengan ojos más silenciosos que esos a los que llamáis santos. Vuestros mal llamados santos están sentados sobre volcanes, continuamente reprimiendo algo. Los criminales no han reprimido nada, por eso son criminales. No llevan un volcán consigo. En cierto modo, son buenas personas, más silenciosos, más amorosos, más sinceros. Puedes confiar en ellos. Pero no te puedes fiar de los santos, son personas peligrosas, y están continuamente acumulando mucho veneno. Y también ellos tienen que crear luchas imaginarias.

Debes haber oído lo que les pasa a los santos: el diablo viene a tentarlos. No está en ninguna parte; el diablo no existe, es su propia imaginación. Necesitan alguna lucha; si no, se sienten mal. Su ego no puede existir: ya no forman parte del mercado. Esa competición implacable ya no es para ellos; se han salido de ella. Y ahora, ¿dónde mantener el ego? ¿Cómo mantener el ego? No están metidos en política: ¿dónde mantener el ego? No son poetas ni pintores: ¿dónde mantener el ego? No hacen nada, no luchan con ningún competidor, así que crean enemigos imaginarios –el diablo- y empiezan a luchar con el diablo.

En India tenemos muchas historias en los Puranas, en las escrituras antiguas, en las que cuando los santos están meditando, vienen del cielo mujeres muy hermosas para tentarlos. Pero ¿por qué deberían preocuparse? No están haciendo nada malo meditando. ¿Por qué iba a estar alguien interesado en distraerlos? Pero apsaras, bellas damiselas del cielo, llegan y bailan a su alrededor. ¡Y ellos luchan bravamente! Intentan vencer la tentación.

Pero todo eso es imaginario. Han dejado a los enemigos reales y ahora van creando enemigos imaginarios, porque el ego no puede existir sin enemigos. Se necesita una lucha; real, irreal, eso es lo de menos. Si hay lucha, puedes existir. Si no hay lucha, desapareces. Por eso, el mayor mensaje que te puedo dar es –recuérdalo- que tienes que llegar a un punto en el que se haya abandonado toda lucha. Sólo entonces te trascenderás a ti mismo. Sólo entonces no volverás a ser el pequeño “yo”, el diminuto y feo “yo” que eres. Lo trascenderás y te harás uno con la totalidad.

Látigo, cuerda, persona y toro, todos se funden

en la nada.
Surge una gran nada en la que todo se pierde. Este vacío no es negativo: es la fuente misma de todo ser. Pero no tiene limitaciones.
Este cielo es tan grande que ningún mensaje puede

mancharlo.

¿Cómo va a existir un copo de nieve en un fuego

voraz?
Igual que un copo de nieve desaparecerá en un fuego voraz, en esta tremenda energía de la totalidad todo desaparece, el látigo, la cuerda, la persona y el toro.
Aquí están las huellas de los patriarcas.
Aquí encuentras, por primera vez, el lugar al que han ido los budas. Aquí encuentras por primera vez, la fragancia de los iluminados, el significado de su ser, de su realización. Aquí oyes su canción. Una nueva dimensión abre sus puertas. Puedes llamar a esta dimensión nirvana, moksha, el reino de Dios –lo que quieras-, pero algo absolutamente diferente al mundo que hasta ahora conocías se abre. Aquí están las huellas de los patriarcas, todos los grandes seres que han entrado en la nada y desaparecido en ella.

El comentario en prosa del séptimo sutra:
Todo es una ley, no dos. Sólo hacemos del toro un su-

jeto transitorio. Es como la relación entre el conejo y la

trampa, o el pez y la red. Es como el oro y la escoria, o

la luna saliendo de una nube. Un sendero de luz clara si-

gue viajando por el tiempo infinito.


TODO ES UNA LEY, NO DOS, la unidad es la naturaleza misma de la existencia. La dualidad es nuestra imaginación. Por eso nos pasamos la vida entera añorando el amor. La añoranza del amor no es más que un síntoma de que donde existe la unidad hemos creado una dualidad que es falsa.

No puedes encontrar a una persona que no tenga una profunda necesidad de amor... todos quieren amar y quieren ser amados. ¿Por qué tanto deseo de amor? Debe de ser algo muy profundamente enraizado. Esto es lo que está tan profundamente enraizado: la vida es una; hemos imaginado que estamos separados. Y esa separación se vuelve muy pesada. Es falsa y es una carga. El amor no es otra cosa que la idea de volver a ser uno con la totalidad. De ahí el deseo de ser amado; de ahí el deseo de ser necesitado; de ahí el deseo de que haya alguien que acepte tu amor. Parece difícil hacerse uno con la totalidad. Pero al menos habrá alguien que te acepte; al menos podrás salvar esa distancia a través de la puerta de una persona.

Por eso, si no estás enamorado piensas constantemente en el amor. Y eso se convierte en una obsesión: te obsesionas. Está siempre rondando a tu alrededor. Y si estás enamorado, surge otra cosa: el amor, no importa lo profundo e inmenso que sea, resulta insuficiente; parece que falta algo. Los que no están enamorados buscan el amor; los que están enamorados se dan cuenta de que se necesita algo más. Los grandes amantes se sienten muy frustrados en lo profundo de sí, porque se acercan al encuentro y llegan a un punto en el que parece que todo va a desaparecer... pero de nuevo son arrojados de vuelta a sí mismos. Tienen vislumbres de cercanía, pero no de unidad. Si has amado bien, entonces surge el deseo de oración o de meditación.

El deseo de oración es esto: que lo he intentado y he visto que el amor ofrece vislumbres. Pero las vislumbres hacen que estés más sediento aún que antes. Uno tiene sed, y entonces llega a tener vislumbres de un bello río, de una fuente fresca. Y uno oye la canción de la fuente, pero luego desaparece; entonces uno tiene más sed que nunca. Los que no están enamorados sufren; pero su sufrimiento no es nada comparado con el de los que están realmente enamorados. Su sufrimiento es tremendo; su sufrimiento es muy agudo y muy intenso, porque están cerca y, sin embargo, lejos. Parece que el reino está a la vuelta de la esquina, y cuanto más se acercan, más se aleja. Es como un horizonte que retrocede.

El amor es el primer paso hacia Dios; la oración es el final, o la meditación, el paso final. El amor te enseña una nueva sed, un nuevo hambre; por eso es bello el amor. Muchas personas vienen a mí y me preguntan sobre el amor, y yo les digo: Entre en él, sabiendo muy bien que los estoy enviando al peligro. No los estoy enviando al amor profundo para que puedan sentirse satisfechos. Nadie está nunca satisfecho. Los envío a una historia de amor profundo para que lleguen a estar realmente sedientos, para que tengan tanta sed que sólo Dios sea suficiente, nada más.

El amor te prepara para una gran sed, una sed de lo divino, porque has tenido vislumbres en la otra persona, ha habido momentos en los que has visto al dios o a la diosa. Has mirado en lo profundo de la otra persona y has encontrado alivio; ha surgido en ti una cierta serenidad. Pero es transitoria, momentánea, viene y va; es más como un sueño que como una realidad.

Un hombre llego a Ramanuja, un gran místico, y le dijo:

-Me gustaría enamorarme de Dios. ¡Muéstrame el camino!

Y Ramanuja contestó:

-Primero dime una cosa, ¿has amado a alguien alguna vez?

El hombre respondió:

-No me interesan este mundo ni las cosas mundanas, el amor y cosas por el estilo. Quiero a Dios.

Ramanuja dijo:

-Por favor, piensa otra vez. ¿Has amado alguna vez a una mujer, a un niño, a alguien?

El hombre contestó:

-Ya te lo he dicho: soy una persona religiosa; no soy un hombre mundano, y no amo a nadie. Muéstrame el camino, cómo puedo llegar a Dios.

Se dice que Ramanuja empezó a llorar. Con lágrimas en los ojos, le dijo:

-Entonces es imposible. Primero tendrás que amar a alguien. Ese es el primer paso. ¿Estás pidiendo el paso último y ni siquiera has dado el primero? ¡Ve y ama a alguien!
Sólo cuando el amor no sacia tu sed, Dios se convierte en una necesidad. Pero ambas necesidades están en el mismo camino. La razón básica es que en realidad no estamos separados de la totalidad, pero pensamos que estamos separados. Por eso surge el deseo: ¿cómo hacerse uno con la totalidad?

El primer paso tienes que darlo con alguien de quien te puedas enamorar, y, luego, el segundo paso surgirá de ello por sí mismo. Un amor auténtico te lleva necesariamente hacia la oración. Y si el amor no te está llevando hacia la oración, es que aún no es amor; no es amor verdadero, porque un amor verdadero te prueba necesariamente que el amor no es suficiente. Se necesita más. Un amor verdadero te lleva a la puerta del templo, tiene que llevarte. Ese es el criterio de un amor verdadero.
Todo es una ley, no dos. Sólo hacemos del toro un

sujeto transitorio.
Ahora el sutra dice: el toro no está separado de ti; era sólo un sujeto transitorio. En ti mala interpretación, tenías que pensar que era así. Era sólo una hipótesis; una vez usada se tira a la basura, una vez que se usa, se trasciende. Así que no sigas luchando continuamente. La lucha no debería volverse un asunto eterno. La lucha es sólo un ardid. Recuérdalo.

He visto a personas que han estado luchando toda su vida; no sólo en esta vida, sino también en sus vidas pasadas han estado luchando y luchando, se han convertido en guerreros. Se han olvidado completamente del objetivo. ¡La lucha misma se ha vuelto el objetivo! Y siguen luchando, y mediante la lucha van acumulando un ego sutil, muy piadoso, quizá, pero aún venenoso. Siguen acumulando un ego muy sutil. Ascetas, monjes... obsérvalos y descubrirás un ego muy agudo, como acero. En la gente mundana no es tan agudo, porque la gente mundana sabe que es ignorante.

He oído una historia:
Sin pensárselo mejor, un hombre, un hombre muy viejo, consintió en dar con su hijo adolescente y su sobrino una vuelta de prueba con el vehículo experimental que éstos habían montado. Cuando el cacharro no logró tomar una curva, y finalmente botó vertiginosamente hasta quedarse parado en un campo arado, el hombre escondió la cabeza entre sus manos temblorosas.

-¿Estás herido, papá? –preguntó el hijo-. ¿Quieres que vayamos a un médico?

-No –sonó la estudiada respuesta-. Como sólo un burro se montaría en este artilugio, mejor llévame a un veterinario.
El hombre mundano sabe que es un burro. Su ego no puede ser muy agudo. Sabe que ha estado buscando tonterías. ¡Lo sabe!, sabe muy bien que ha estado persiguiendo tonterías, pero se siente débil. Aun sabiéndolo, sigue moviéndose en la vieja trampa, en el viejo sendero, en la vieja rutina. Es caer de nuevo en la vieja trampa, pero vuelve a hacerlo. Conoce sus debilidades, sus limitaciones. Su ego no puede ser muy agudo.
Sucedió que Mulla Nasruddin fue a un psiquiatra y le dijo:

-No tengo mucho dinero, así que no tengo tiempo que gastar en esas tonterías del diván. Lo único que quiero es preguntarle dos cosas.

El psiquiatra dijo que no era esa la forma habitual en que trataba a sus pacientes, pero que en este caso haría una excepción:

-¿Cuáles son las preguntas?

Dijo Mulla:

-Mi primera pregunta es ésta: ¿es posible que un hombre se enamore de un elefante?

El psiquiatra lo pensó seriamente durante unos momentos. Finalmente dijo:

-No, no es posible que un hombre se enamore de un elefante.

Mulla pareció decepcionado. ¿Estaba seguro el doctor? El doctor dijo que no había ninguna duda al respecto.

-Pues entonces –dijo Mulla-, mi segunda pregunta es ésta: ¿conoce a alguien que pueda querer un anillo de pedido enorme?
El hombre mundano corriente sabe que de alguna forma está siendo tonto y estúpido. Su historia de amor es una historia estúpida; está enamorado de elefantes: dinero, poder, prestigio. Sabe muy bien que esto no es posible; sabe que de algún modo va mal, pero se siente incapaz de resistir, se siente incapaz de detenerse, se siente débil. No puede tener un ego grande, agudo.

Pero el asceta religioso, alguien que se ha alejado del mundo y se ha ido al Himalaya, se siente tremendamente egoísta. Su ego es muy agudo, como una espada. Por supuesto, no corta a nadie porque ha abandonado el mundo. Es bueno que haya abandonado el mundo. Se corta a sí mismo, es autodestructivo.

De la gente que está en el mundo, sus egos dañan a los demás. Las gentes que han dejado el mundo, con sus egos sólo se hieren a sí mismos. Se vuelven masoquistas. Empiezan a luchar consigo mismos y a destruirse a sí mismos. De hecho, empiezan a obtener una alegría sutil, pervertida, de las penas que crean, de los sufrimientos que se imponen a sí mismos. Una satisfacción muy pervertida.

Recuerda esto: si te digo que seas consciente, es sólo un ardid. Si te digo que seas disciplinado, es sólo un ardid, una medida útil para ti; no lo conviertas en un objetivo. Recuerda siempre: un día tienes que trascenderlo, así que no te apegues mucho a ello.

Es muy difícil. Primero tengo que enseñar a la gente a meditar; entonces les resulta difícil entrar en meditación. De mala gana... Crean todo tipo de dificultades, pero de alguna forma los fuerzo a que mediten. Luego llega el día en que quiero que lo dejen, entonces no quieren dejarlo. Primero no querían entrar en el camino, luego se apegan demasiado al camino. Ahora piensan que si dejan el camino habrán desperdiciado toda su vida, es como si ahora se aferrasen a los peldaños, a la escalera. Primero tenían miedo de entrar en ella; ahora no están dispuestos a dejarla.

La meditación es buena, es medicinal. La palabra “meditación” viene de la misma raíz que la palabra “medicina”. Es medicinal. Necesitas una medicina cuando estás enfermo. Cuando estás sano, tienes que trascender la medicina. No es una meta. No deberías llevar siempre los frascos contigo. Y no hay necesidad de estar orgulloso de tus medicinas.

La meditación tiene que ser trascendida.

La consciencia tiene que ser trascendida.

La disciplina tiene que ser trascendida.

Llega un momento en que uno tiene que vivir espontáneamente, cortando madera, trayendo agua del pozo, comiendo cuando se tiene hambre, durmiendo cuando se tiene sueño, siendo absolutamente corriente; uno ya no es mundano, ya no está alejado del mundo; ya no es materialista, ya no es religioso. Sólo simple, corriente. Un hombre que realmente tiene esta cualidad no puede ser categorizado. No puedes llamarlo ni mundano ni religioso. Está más allá de las categorías. Ha ido más allá de la lógica.
Sólo hacemos del toro un sujeto transitorio. Es

como la relación entre el conejo y la trampa, o el pez y

la red. Es como el oro y la escoria, o la luna saliendo de

una nube.
Cuando la luna sale de una nube, es sólo accidental que la nube esté ahí. No es parte de la naturaleza de la luna. Cuando la luna está oculta tras una nube, también entonces sigue siendo la misma luna. Cuando sale de la nube, es la misma luna. No ha cambiado nada. La nube era tan sólo una circunstancia transitoria, momentánea.

La mente es una nube. Los pensamientos son como nubes. Tú eres la luna. El mundo es como una nube; pero no cambia nada en ti. En tu naturaleza intrínseca, no te afectado en absoluto. Permaneces puro, permaneces divino.

Por eso sigo insistiendo en que ya sois dioses ahora mismo. No hay necesidad de posponerlo. Quizá hay alguna nube, pero eso no cambia nada. Puedes realizar tu divinidad incluso oculto tras una nube. La luna sigue siendo la misma luna... UN SENDERO DE LUZ CLARA SIGUE VIAJANDO POR EL TIEMPO INFINITO.

El comentario del octavo sutra:
La mediocridad ha desaparecido. La mente está lim-

pia de limitación. No busco ningún estado de ilumina-

ción. Tampoco me quedo donde no existe la ilumi-

nación. Como no permanezco en ninguna condición, los

ojos no pueden verme. Si cientos de pájaros cubriesen

mi camino de flores, semejante alabanza no tendría

sentido.
LA MEDIOCRIDAD HA DESAPARECIDO... La mente es mediocre. La gente dice que alguien tiene una mente mediocre; eso es erróneo, porque todas las mentes son mediocres. La mente es en sí mediocre. Recuérdalo: la mediocridad es la cualidad de la mente misma.

La inteligencia no es de la mente, la inteligencia es del más allá. Cuando no está la mente, entonces hay inteligencia. Cuando la luna no está oculta tras una nube, entonces puedes verla, brillante, resplandeciente. Cuando está oculta tras una nube, la nube interfiere en su brillo; no puede llegar a ti. Entonces no puedes ver su brillo. Toda mente es una luna brillante oculta tras una nube. La nube es la mente: tú eres la no mente.
La mediocridad ha desaparecido. La mente está

limpia de limitación.

Y cuando no hay limitación, hay no mente.
No busco ningún estado de iluminación.
En este momento de realización, ¿a quién le importa la iluminación? Existen cientos de historias muy bellas en zen...

Alguien acude al maestro y le dice:

-Me gustaría llegar a ser un buda –y el maestro lo golpea con fuerza.

El hombre dice:

-Pero ¿por qué? ¿Por qué me pegas? ¿Qué error he cometido al preguntar?

Y el maestro dice:

-¿Eres un buda y quieres llegar a ser un buda? ¡Eso es imposible!

Un buda tratando de llegar a ser un buda es imposible. Por eso era necesario un buen golpe para llevarle de vuelta a casa, para que recobres el sentido... y veas que estás diciendo una tontería. Eres un buda.

A veces ha sucedido que tan sólo ese golpe la persona se ha iluminado. Tiene que ser el momento adecuado. Debe ser que el hombre ha estado buscando durante muchas vidas y está cansado ya del viaje, harto del viaje, y estaba listo, como si sólo se necesitara una última gota para que la copa se desbordase, y el golpe fue esa última gota.

Pero esto es cierto, ya eres lo que estás buscando.

El buscador no está en alguna parte lejana en el futuro. Está justo debajo de tus pies. Está exactamente donde estás. Puede que te lleve vidas darte cuenta, pero eso no cambia nada. El día en que te des cuenta, te reirás de las ridiculez de todo el asunto, que estaba justo bajo tus pies.
La mediocridad ha desaparecido. La mente está

limpia de limitación. No busco ningún estado de ilu-

minación. Tampoco me quedo donde no existe la

iluminación.
Todos los estados han sido trascendidos: la iluminación, la no iluminación; el mundo, el nirvana, todos han sido trascendidos.
Como no permanezco en ninguna condición, los

ojos no pueden verme.
La octava imagen no contiene nada: un círculo con nada dentro; ni el toro ni el buscador del toro. El látigo, la cuerda, el luchador, todo ha desaparecido. Puro vacío.

Esta imagen octava era la última imagen taoísta, porque el taoísmo no podía ver qué más podía suceder. ¡Se acabó! Todo ha desaparecido. Ha sucedido la nada, ¿qué más puede suceder ahora? Todo ha sido trascendido. Ha sucedido la pura trascendencia, ¿qué más puede suceder ahora? Pero Kakuan creó dos imágenes más –debe de haber sido un gran creador- y esas serán las restantes dos imágenes de que hablaremos. Pero esta es la última imagen taoísta.

Esta es la diferencia entre el tao y el zen, y esta es también la diferencia entre el budismo y el zen. A Buda también le hubiera gustado que la imagen octava fuera la última. Sus discípulos, Bodhidharma y Kakuan y Baso, han ido un poco más lejos que el maestro. El zen no es sólo budismo, es más que budismo. Es el florecimiento supremo, como si también Buda hubiera sido mejorado. Unos pocos toques, toques maestros, y el aspecto entero ha cambiado.

El zen trae una forma totalmente nueva de religión al mundo. El zen va a ser la religión del futuro de la humanidad, porque enseña a renunciar y enseña también a renunciar a la renuncia. Enseña a ir más allá del mundo, y enseña a ir más allá del más allá. Parece paradójico, pero no lo es, porque cuando vas más allá del más allá estás de vuelta en el mundo; el círculo está completo.

Con Buda, el círculo permanece un poco incompleto. El nirvana, el mundo sigue siendo el mundo, separado.

El hombre iluminado permanece iluminado, el hombre no iluminado permanece no iluminado, separado. El zen les tiende un puente. El florecimiento supremo sucede cuando un hombre no está ni iluminado ni no iluminado, más allá de las categorías. Vive en el mundo y, sin embargo, no vive en el mundo. Vive en el mundo pero el mundo no vive en él. Se ha convertido en una flor de loto.

Se una flor de loto. Estate en el agua, y no dejes que el agua te toque.

Irse al Himalaya y ser puro no es muy difícil. ¿Qué otra cosa puedes hacer? Tienes que ser puro; es casi impotencia.

Trae tu Himalaya de vuelta al mundo. Deja que tu Himalaya esté “aquíahora” en el mundo, en el mercado, y ese es el criterio, la prueba.

El verdadero criterio está en el mundo. Si realmente has alcanzado el nirvana, volverás al mundo, porque ya no hay miedo. Ahora puedes ir a cualquier parte. Ahora, incluso el infierno es cielo y la oscuridad es luz y la muerte es vida. Ahora nada puede distraerte. Tu realización es total, perfecta, suprema.

¡Se una flor de loto!

Suficiente por hoy.
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