Yo siempre que me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una carta en la que no se me elogia. Su






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títuloYo siempre que me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una carta en la que no se me elogia. Su
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¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!

Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompañante.

Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía "in mente":

–Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir:

"No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies.

"El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante.

"¡Atenti, piba, que los siglos corren!

"Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es.

"Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro mejor”...

"Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional.

"¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los ascensos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..."

Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria.

En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío".

Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné:

–¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones.

"Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."

EL HOMBRE CORCHO

El hombre corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de los pilletes.

Y quizá también el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco sujeto más peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablaros de su asunto, os dice:

–Yo salí absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que ni mi buen nombre ni mi honor quedaban afectados.

Bueno, cuando malandra de esta o de cualquier otra categoría os diga que "su buen nombre y honor no quedan afectados por el proceso", pónganse las manos en los bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más tarde.

Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una piedra se la alcanzaba al compañero.

Siempre fue así, bellaco y tramposo, y simulador como él solo.

Este es el mal individuo, que si frecuentaba nuestras casas convencía a nuestras madres de que él era un santo, y nuestras madres, inexpertas y buenas, nos enloquecían luego con la cantinela:

–Tomá ejemplo de Fulano. Mirá qué buen muchacho es.

Y el buen muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento al maestro, pero sin que nadie lo viera; el buen muchacho era el que convencía al maestro de que él era un ejemplo vivo de aplicación, y en los castigos colectivos, en las aventuras en las cuales toda la clase cargaba con el muerto, él se libraba en obsequio a su conducta ejemplar; y este pillete en semilla, este malandrín en flor, por "a", por "b" o por "c", más profundamente inmoral que todos los brutos de la clase juntos, era el único que convencía al bedel o al director de su inocencia y de su bondad.

Corcho desde el aula, continuará siempre flotando; y en los exámenes, aunque sabía menos que los otros, salía bien; en las clases igual, y siempre, siempre sin hundirse, como si su naturaleza física participara de la fofa condición del corcho.

Ya hombre, toda su malicia natural se redondeó, perfeccionándose hasta lo increíble.

En el bien o en el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la palabra significaría platónicamente. La bondad de este hombre siempre queda sintetizada en estas palabras:

"El proceso no afectó ni mi buen nombre ni mi honor".

Allí está su bondad, su honor y su honradez. El proceso no "los afectó". Casi, casi podríamos decir que si es bueno, su bondad es de carácter jurídico. Eso mismo. Un excelente individuo, jurídicamente hablando. ¿Y qué más se le puede pedir a un sinvergüenza de esta calaña?

Lo que ocurrió es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí donde otro pobre diablo se habría hundido para siempre en la cárcel, en el deshonor y la ignominia, el ciudadano Corcho encontró la triquiñuela de la ley, la escapatoria del código, la falta de un procedimiento que anulaba todo lo actuado, la prescripción por negligencia de los curiales, de las aves negras, de los oficiales de justicia y de toda la corte de cuervos lustrosos y temibles. El caso es que se salvó. Se salvó "sin que el proceso afectara su buen nombre ni su honor". Ahora sería interesante establecer si un proceso puede afectar lo que un hombre no tiene.

Donde más ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es en las "litis" comerciales, en las trapisondas de las reuniones de acreedores, en los conatos de quiebras, en los concordatos, verificaciones de créditos, tomas de razón, y todos esos chanchullos donde los damnificados creen perder la razón, y si no la pierden, pierden la plata, que para ellos es casi lo mismo o peor.

En estos líos, espantosos de turbios y de incomprensibles, es donde el ciudadano Corcho flota en las aguas de la tempestad con la serenidad de un tiburón. ¿Que los acréedores se confabulaban para asesinarlo? Pedirá garantías al ministro y al juez. ¿Que los acreedores quieren cobrarle? Levantará más falsos testimonios que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos acreedores quieren chuparle la sangre? Pues, a pararse, que si allí hay un sujeto con derecho a sanguijuela, es él y nadie más. ¿Que el síndico no se quiere "acomodar"? Pues, a crearle al síndico complicaciones que lo sindicarán como mal síndico.

Y tanto va y viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al fin de cuentas el hombre Corcho los ha embarullado a todos, y no hay Cristo que se entienda. Y el ganancioso, el único ganancioso, es él. Todos los demás ¡van muertos!

Fenómeno singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en un asunto criminal, se libra con la condicional; si en un asunto civil, no paga ni el sellado; si en un asunto particular, entonces, ¡qué Dios os libre!

Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni puntada en falso.

Y todo le sale bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes aunque no supiera la lección, y en el examen siempre acertó por una bolilla favorable, este sujeto, en la clase de la vida, la acierta igualmente. Si se dedicó al comercio, y el negocio le va mal, siempre encuentra un zonzo a quien endosárselo. Si se produce una quiebra, él es el que, a pesar de la ferocidad de los acreedores, los arregla con un quince por ciento a pagar en la eternidad, cuando pueda o cuando quiera. Y siempre así, falso, amable y terrible, prospera en los bajíos donde se hubiera ido a pique, o encallado, más de una preclara inteligencia.

¿Talento o instinto? ¡Quién lo va a saber!

¿NO SE LO DECIA YO?

Siempre que en una casa, por intercesión o culpa de un tercero, ocurre un desbarajuste, no falta un miembro de la familia que exclame, regocijado: –¿No se lo decía yo? Siempre me pareció que esto iba a terminar así. Como es natural, sobre si el referido miembro lo dijo o no lo dijo, se arma otra pelotera de San Quintín; pelotera que en modo alguno aclara el lío, sino que lo enturbia más, pues por efecto de los ánimos explosivos, viene a suscitar nuevos chismes, nuevas historias, nuevos coscorrones.

Y es que la frase trae siempre a colación una primera impresión: primera impresión que se desechó por inútil, ya que el semblante nuevo es como una tierra desconocida que, por sus accidentes, permite juzgar de su topografía, de sus posibilidades transitables y de otras tantas condiciones que se relacionan con la vida.

De ahí, que muchos, cuando se encuentran en presencia de un rostro nuevo, es como si de pronto, tuvieran ante los ojos un mapa; mapa que les permite, en el aturdimiento de las palabras que se cambian por primera vez, intuir las virtudes o los vicios de ese nuevo desconocido que se mueve en las voces y los gestos y los rasgos faciales.

Son gentes que llegan hasta adivinar cosas ajenas. No se trata de magos n¡ de brujos, de quirománticos ni de astrólogos, sino de intuitivos, como explicaremos más adelante.

Para ellos la cara de un individuo es como un libro abierto, con letras grandes y con figuritas explicativas. Por eso difícilmente se equivocan. Y esa habilidad extraordinaria la han desarrollado hasta lo maravilloso por su ilimitado amor a la alacranería. Porque no es posible hablar muy bien ni mal de la gente si uno no conoce a su víctima. Y el afán de alacranear se hace tan intenso, que los alacranes aprenden a reconocer a la gente con una certeza y una rapidez inconcebible. Así largan su baba de maledicencia, y así, también, demuestran sus dotes proféticas cuando dicen: "¿No se lo decía yo?"

Y es que cuando un individuo, un poco sensible, comienza a manifestar sus primeras impresiones, resulta frecuentemente que se le tacha de venenoso o de alacrán; y cuando sus profecías se confirman, se le mira con una rabieta mal disimulada; esa rabieta con que juzgaríamos a un hombre que nos pudo salvar de un peligro y que no lo hizo, aunque sabemos perfectamente que el "intuitivo" no tuvo la culpa, ya que bien nos lo advirtió.

Lo cual, entre paréntesis, no es ningún mérito, ya que la gente, por lo general, es más bien mala que buena, y entonces menos peligro de equivocarse se corre pensando desfavorablemente de la humanidad que de un modo optimista.

Según los manuales de ciencias ocultas y de psicología trascendental, los intuitivos son personas de gran sensibilidad y cultura, gente cuyo refinamiento interior y exterior les permite juzgar, a simple vista, de la mentalidad de sus semejantes. Esto, según la psicología; porque, según los libros de ciencias ocultas, esas intuiciones son el producto de una vida pura, física y mentalmente hablando.

Pero yo he descubierto que eso debe ser puro macaneo, o macaneo libre de gente que necesita escribir un libro, y, sobre escribirlo, venderlo.

Y hago esta brusca proposición porque he observado que en los barrios de nuestra ciudad las que desempeñan tal tarea profética no son personas de extraordinaria cultura ni vida interior semejante a la del Buda o de Cristo, sino viejas de nariz ganchuda, ancianas temibles por lo chismosas, de sonrisa meliflua, que a cada mudanza que se efectúa en el barrio, se asoman envueltas en una pañoleta, a la puerta de calle y con una sonrisa burlona, aguzando como destornilladores sus ojillos grises, controlan todos los trastos que los faquines bajan de los carros.

Otras vecinas, igualmente curiosas, mosquetean la descarga, y la vieja intuitiva reserva la opinión hasta la tarde.

Al día siguiente, la de la ganchuda nariz y lengua de lezna, observa a sus nuevos vecinos con sonrisa afectuosa. Pasa, de intento, tres veces frente a la casa, para notar de qué modo visten las mujeres, para verles las caras, y luego, prudente, friolera, se recoge. Ha formado opinión.

Y al otro día, en la carnicería, cuando todas las amigas hacen rueda en torno del bofe o de un repollo, mientras que la mujer del carnicero vigila el puesto de verdura, la vieja, al ser interrogada, contesta.

–Me parecen unos tramposos.

Y lo curioso es que la maldita viejezuela acierta.

Otras veces, el estudio psicológico se refiere al novio de la niña.

La anciana metomentodo observa dos o tres días la cara del galán, y luego, un día, cuando se habla de bodas y de noviazgos, y en la conversación se entremezcla el futuro del matrimonio de la mocita que despierta todas las envidias de sus amigas, la de la nariz ganchuda dice:

–El corazón me da que el mozo ese la va a plantar con la ropa comprada.

Y así ocurre. Un buen día, el bergante desaparece, y todas las comadres, recordando la predicción de la condenada vieja, exclaman:

–Pero, ¿había visto? ¡Qué olfato tiene doña María!

Y es que doña María, o doña X, se pasa la vida estudiando la vida del prójimo. Y la estudia con apasionamiento inconsciente en todos los detalles exteriores que permiten hacer deducciones profundas, y llega un momento en que ve con más claridad en las vidas de los otros que en la propia.

PADRES NEGREROS

He sido testigo de una escena que me parece digna de relatarse.

Un amigo y yo solemos concurrir a un café que atiende el propietario del mismo, su mujer y dos hijos. De los hijos, el mayor tendrá nueve años, el menor, siete. Mas los mocosos se desempeñan como mozos auténticos, y no hay nada que decir del servicio, como no ser que en los intervalos las criaturas aprovechan para hacer pavadas, que, gracias al diablo, al padre y a la madre, ni tiempo de hacer macanas dignas de su edad tienen.

¿Qué macanas? Trabajar. Hay que ver al padre. Tiene cara meliflua y es de esos hombres que castigan a los hijos con una correa, mientras les dicen despacito al oído: "Cuidado con gritar, ¿eh?, que si no te mato". Y lo más grave es que no los matan, sino que los dejan moribundos a lonjazos.

La madre es una mujer gorda, ceño acentuado, bigotes, brazos de jamón y ojos que vigilan el centavo con más prolijidad que si el centavo fuera un millón. Hombre y mujer se llevan admirablemente. Os recuerdan el matrimonio Thenardier, el posadero que decía: "Al viajero hay que cobrarle hasta las moscas que su perro se come". No piensan nada más que en el maldito dinero. Habría que encerrarlos en una pieza llena de discos de oro y dejarlos morir de hambre allí dentro.

Mi amigo suele dejar varias monedas de propina. No es pobre. Bueno: yo creo que el chico que nos servía cometió la imprudencia de decirle al padre eso, porque ayer, cuando nos sentamos, nos sirvió el mocoso, pero en el momento de levantarnos y dejar paga la consumición, preciso instante en que el chico venía para recoger las monedas, el padre, que vigilaba un gato o una paloma distraída, el padre se precipitó, le dio una orden al chico, y, ¡fíjese bien!, sin contar el dinero, para ver si estaba o no justo el pago de la consumición, se lo echó al bolsillo. El chico miró lastimeramente en nuestra dirección.

Mi amigo vaciló. Quería dejar una propina para el mocito; y entonces yo le dije:

–No. No hay que hacer eso. Dejá que el chico juzgue al padre. Si vos le dejás propina, la impresión penosa que tuvo se borra inmediatamente. En cambio, si no le dejás propina, no se olvidará nunca de que el padre le "robó" por prepotencia dos moneditas que él sabe perfectamente estaban allí para él. Es necesario que los hijos juzguen a sus padres. ¿Pensás que las injusticias se olvidan? Algún día, ese chico que no ha tenido infancia, que no ha tenido juegos apropiados a su edad, que fue puesto a trabajar en cuanto pudo servir al prójimo, algún día el chico ese odiará al padre por toda la explotación inicua de que lo hizo víctima.

Luego nos separamos; pero me quedé pensando en el asunto.

Recuerdo que otra mañana encontré en una calle de Palermo a un carnicero gigantesco que entregaba una canasta bastante cargada de carne a un chico hijo suyo, que no tendría más de siete años de edad. El chico caminaba completamente torcido, y la gente (¡es tan estúpida!) sonreía; y el padre también. En fin, el hombre estaba orgulloso de tener en su familia, tan temprano, un burro de carga, y sus prójimos, tan bestias como él, sonreían, como diciendo:

–¡Vean, tan criatura y ya se gana el pan que come!

Pensé hacer una nota con el asunto; luego otros temas me hicieron olvidarlo, hasta que el otro acto me lo recordó.

Cabe preguntarse ahora, si estos son padres e hijos, o qué es lo que son. Yo he observado que en este país, y sobre todo entre las familias extranjeras, el hijo es considerado como un animal de carga. En cuanto tiene uso de razón o fuerzas "lo colocan". El chico trabaja y los padres cobran. Si se les dice algo al respecto, la única disculpa que tienen estos canallas es:

–Y... ¡hay que aprovechar mientras que son chicos! Porque cuando son grandes se casan y ya no se acuerdan más del padre que les dio la vida (Como si ellos hubieran pedido antes de ser que les dieran la vida).

Y cuando son chicos se les hace trabajar porque alguna vez serán grandes; y cuando son grandes, tienen que trabajar, porque si no ¡se mueren de hambre!...

Por lo general, el chico trabaja. Se acostumbra a agachar el lomo. Entrega la quincena íntegra, con rabia, con odio. En cuanto hace el servicio militar, se casa y no quiere saber nada con "los viejos". Los detesta. Ellos le agriaron la infancia. El no lo sabe, pero los detesta, inconscientemente.

Vaya usted y converse con esos centenares de muchachos trabajadores. Todos le dirán lo mismo: "Desde que yo era un purrete, me metieron al yugo". Hay padres que han explotado bárbaramente a los hijos. Y los que hicieron una fortuna no les importa un ardite el odio de los hijos. Dicen: "Tenemos plata y nos respetarán".

Hay casos curiosos. Conozco el de un colchonero que posee diez o quince casas. Es rico hasta decir basta. El hijo se desgarró. Ahora es un borrachín. A veces, cuando está en curda, asoma la cabeza entre los colchones y le grita al padre, que está cardando lana:

–¡Cuando revientes, con tu plata los voy a vestir de colorado a todos los borrachos de Flores! Y las casitas, ¡las vamos a convertir en vino!

Se explican estas monstruosidades. ¡Claro! La relación entre estos padres e hijos ha sido mucho más agria que entre un patrón exigente y un operario necesitado. Y estos hijos están deseando que "reviente" el padre para malgastar en un año de haraganería la fortuna que él acumuló en cincuenta de trabajo odioso, implacable, tacaño.
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