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8.
Que empiece la partida.


Lucien sonrió con afabilidad y expuso sus cartas sobre la mesa. Cuatro ases. Sus amigos refunfuñaron al ver su mano de póquer ganadora.

—Y así es el juego.

—Éste lo gana todo —se quejó lord James Buckley con una mueca de desesperación—. ¿Cómo te lo montas para ganar siempre, Waverly?

—Nací afortunado, supongo. —Lucien sonrió recogiendo sus cuantiosas ganancias del centro de la mesa. Como si necesitara él dinero. A Lucien, simplemente, le gustaba jugar a las cartas y la compañía de sus amigos. Era la primera vez que organizaba una noche de cartas desde que su padre había caído enfermo de apoplejía.

—Consigue todas las cartas y todas las mujeres —murmuró Buckley dirigiéndose a los demás, su escuálida cara mostrando su descontento—. No es justo.

—Me parece que no es así —replicó de forma críptica Jeffrey Eddington, recogiendo las cartas. Las barajó con maestría y empezaron otra mano.

Habían aprendido hacía poco tiempo a jugar al póquer, un juego de cartas inequívocamente americano, gracias a las lecciones de su amigo Harrison Flemming, que había estado en Nueva Orleans el año anterior, y se habían aficionado a él desde entonces.

—Pienso que la suerte de Waverly tal vez se haya acabado —continuó Eddington después de darle una calada a su puro, el humo llenando con una espesa nube el estudio de Lucien Sinclair.

Eddington se volvió hacia Lucien y levantó una ceja.

—¿Vas a contárselo tú o tendré que hacerlo yo?

Lucien se encogió de hombros, cogiendo las cartas de la mesa. La verdad era que no le apetecía comentar el tema, pero viendo que Jeffrey lo había sacado a relucir, estaba seguro de que no lo dejarían en paz hasta que confesara su plan.

—Por lo que parece, voy a sentar por fin la cabeza y a elegir una esposa.

La habitación llena de humo explotó en un desenfreno de preguntas por parte de Buckley y Hargrove.

—¡Bromeas!

—¿Y por qué tendría que hacerlo?

—¿Quién es ella?

—Sí, ¿quién es la afortunada?

Lucien respiró hondo.

—Tengo una joven en mente pero aún no se lo he propuesto, aunque tengo planes de hacerlo. Me gustaría casarme lo antes posible.

Buckley exclamó sorprendido:

—¡Dios mío, amigo, no pretenderás encadenarte tan pronto!

—Lo dices en serio, ¿verdad? —preguntó Hargrove, su expresión de asombro.

—Completamente en serio. —Lucien no dijo más.

—Cuéntanos quién es —dijo Eddington con un brillo inequívoco en su mirada.

Apuntó Lucien:

—Lo sabréis cuando llegue el momento.

—Quiere hacerse el misterioso —declaró Eddington.

Lucien se encogió de hombros y prosiguió la partida de póquer, haciendo caso omiso a las continuas peticiones de más información. Pronto se enterarían. Mientras tanto, Lucien tenía la intención de declararse a lady Faith Bromleigh cumpliendo con el debido protocolo.

Transcurridas dos horas, había conseguido pingües beneficios y dio la partida por terminada. Pero antes de que Buckley se marchara, Lucien le entregó discretamente sus ganancias.

—Es la última vez que jugaré contigo, Buckley. Utilízalo para pagar parte de tus deudas. —Lucien apenas podía soportar la cara de agradecimiento de su amigo.

—No puedo aceptarlo, Lucien —musitó Buckley—. Te debo dinero.

Sí, Buckley le debía dinero. Mucho dinero, de hecho. Pero Lucien sabía que Buckley estaba metido en graves problemas y que corría peligro de perder su casa. No le gustaba en absoluto ver a su amigo, al que conocía desde hacía muchos años, en aquella situación tan desesperada, aunque fuera todo consecuencia de su debilidad y su mala cabeza.

—Deja de jugar —le dijo Lucien a Buckley en un tono que no dejaba dudas sobre lo que opinaba del asunto—. Ya no puedes permitírtelo.

—Gracias. Te lo devolveré, lo juro. —Avergonzado, Buckley asintió con tristeza. Pero no dudó ni un instante cuando se guardó el dinero en el bolsillo y se marchó.

A solas con Eddington, Lucien se acercó al aparador, cogió una licorera de cristal y sirvió dos copas de whisky escocés.

—No deberías haberle dado más dinero, Lucien —se limitó a decir Jeffrey, aceptando la copa de whisky que Lucien le ofrecía.

—Lo has visto, ¿verdad?

—Sí, y es perder el dinero.

Lucien tomó asiento en el suntuoso sillón orejero de cuero marrón enfrente de Jeffrey, junto a la chimenea. Las llamas anaranjadas chisporroteaban y proyectaban sombras en la estancia.

—Sé que no debería hacerlo. Pero por otro lado, sé que lo necesita.

—No me malinterpretes, a mí también me gusta Buckley, pero debe dinero a toda la ciudad. Es un hombre adulto, por el amor de Dios. Tendría que tener más sentido común. Si no puede permitirse perder, que no juegue. Ayudándole no haces más que prolongar lo inevitable.

Lucien asintió, consciente de que Jeffrey llevaba razón en lo referente a Buckley. Pero aun así, no podía evitar sentirse mal por él. Un día de aquéllos, Buckley acabaría cayendo en una ruina humillante. Y probablemente antes de lo esperado. Lucien movió la cabeza de un lado a otro antes de beber un trago de whisky.

—¿Te han dado ya nuevo destino? —preguntó.

Detrás de la reputación de mujeriego y perezoso de Jeffrey, se escondía una fortaleza de carácter que muy pocos sospecharían. Durante los últimos años había estado ocupando un puesto en el gobierno británico. Aparte de Lucien, nadie conocía el trabajo clandestino que Jeffrey realizaba para su país. Y Jeffrey quería que la situación siguiera así.

—Sí. Están muy tranquilos de momento, al menos en la parte del asunto que a mí me concierne. Sospecho que una guerra entre Prusia y Francia lo agitaría todo de un modo inevitable —le explicó Jeffrey.

—¿Te enviarán a París?

—Seguramente lo harán antes de que acabe el verano.

Lucien asintió, pensando en que lo más probable era que a finales de verano, mientras su amigo estuviera ayudando a su patria desde París, él estuviera ya comprometido.

—Dime, por favor, que no estás planteándote en serio lo de esa aburrida muchachita de los Bromleigh.

Lucien se quedó mirándolo, inquebrantable en su propósito.

—Me lo planteo en serio.

—Me has defraudado, Lucien. Con todas las chicas maravillosas con las que podrías casarte, ¿por qué ella?

—Faith Bromleigh encaja a la perfección.

—¿A la perfección? —dijo Jeffrey en tono sarcástico, indignado—. ¿Sabes, como mínimo, si puedes mantener una conversación con ella? —Y respondiendo al silencio sepulcral de Lucien, dijo en tono despectivo—: ¡Lo sabía! Estoy seguro de que es una chica agradable, pero ¿quieres de verdad pasar el resto de tu vida con alguien con la misma personalidad que una pared pintada de blanco?

Lucien seguía sin poder responder. Jeffrey tenía razón en su argumentación. Pero sabía que su decisión era sensata. Sabía que era muy importante casarse con la mujer adecuada. Y la sumisa Faith Bromleigh era el mejor ejemplo de lo que buscaba en una esposa.

—¿Y te ves acostándote con ella?

Lucien volvió a quedarse en silencio ante la pregunta de Jeffrey. Faith Bromleigh no despertaba en él ninguna pasión porque no era una persona apasionada. Por eso la había elegido.

Jeffrey continuó:

—Si crees que debes casarte antes de que fallezca tu padre, elige al menos una mujer que tenga vida, como una de las hermanas Hamilton. Juliette y Colette son dos bellezas con el ingenio y el encanto suficientes como para que duren toda la vida.

Ante la mención del nombre de Colette Hamilton, el cuerpo de Lucien entró en tensión. Llevaba toda la semana intentando alejarla de sus pensamientos. Desde que la había besado aquella noche en el jardín, las imágenes de ella le habían torturado constantemente. Se tiraba de los pelos por haberla besado, pero en aquel momento no había podido hacer nada para impedirlo. No le había quedado más remedio que saborear finalmente aquellos labios dulces como una fruta del bosque. Para ser sincero, se había muerto de ganas de besarla desde el momento en que la vio por vez primera en la librería.

Pero ni siquiera él, que a lo largo de los años había besado a un número infinito de mujeres, estaba preparado para el efecto que Colette había provocado en sus sentidos. Dios, le había dejado tambaleándose y deseando desesperadamente más. Mucho más… Habría querido hacerla suya allí mismo en el jardín, arrancar de su cuerpo aquel vestido de seda y sentir su piel desnuda contra la de él, acariciar sus pechos redondos y maduros, besarla centímetro a centímetro, perderse en su menudo cuerpo, cálido y seductor.

Pero incluso él tenía el juicio suficiente como para saber que no había que jugar con una chica como aquélla. Colette no era una mujer para tomarse a la ligera. Era el tipo de chica con la que se casaban los hombres. Pero, por desgracia, no era el tipo de chica con la que tenía que casarse él. Algún día, la señorita Colette Hamilton, con sus modales tercos y sus ideas modernas, volvería loco al que fuese su marido. No podía arriesgarse a contraer matrimonio con una esposa así. Después de una infancia atormentada por el escándalo, deseaba un poco de paz en su vida y una esposa que le garantizara que iba a comportarse debidamente y a serle fiel.

—Si piensas que serían unas esposas perfectas, ¿por qué no te casas tú con una de ellas? —le preguntó Lucien, lanzándole una mirada desafiante.

Jeffrey contraatacó con pragmatismo.

—Soy un operativo secreto del país, hijo ilegítimo del duque de Rathmore, un calavera notable y respetado, y estoy a punto de partir hacia París. Sí, soy un candidato ideal para el matrimonio con cualquier mujer.

—No intentes entonces endilgármelas a mí. Sobre todo a Juliette. Ésa es un auténtico terror.

—¡Es fantástica! —Jeffrey defendió a Juliette con un ímpetu que dejó sorprendido a Lucien—. Con esa chica he mantenido algunas de las conversaciones más entretenidas de mi vida. Y créeme, las he tenido magníficas. —Hizo una pausa y se quedó pensativo—. ¿Y Colette? Encajaría mejor con tus gustos.

—No creo que una mujer que lleva una librería y dirige un negocio como un hombre sea la más adecuada para convertirse en marquesa. Además, ¿qué interés tienes tú con esas dos hermanas?

—Me parecen asombrosas. Nunca he conocido mujeres como ellas. La otra noche estuve con ellas…

Lucien casi se atraganta con el whisky.

—¿Que hiciste qué?

—Tranquilo, hombre —le alertó Jeffrey al ver que Lucien no paraba de toser—. Como iba diciendo, fui a su librería…

—¿Que fuiste a la Librería Hamilton?

—Sí, ¿y te importaría no volver a interrumpirme?

—De acuerdo, pero ¿por qué demonios fuiste a su librería? —Sorprendido al ver que Jeffrey había estado en la Librería Hamilton, Lucien no alcanzaba a comprender siquiera su propia reacción a aquel hecho. Experimentaba un sentimiento de posesividad con respecto a Colette, sus hermanas y la tienda que le resultaba extraño y abrumador, y no le gustaba la idea de que Eddington las hubiera visitado. Tampoco le gustaba pensar que había estado bailando con Colette, aunque se habría visto en apuros de haber tenido que explicar por qué se sentía de aquel modo con relación a Jeffrey.

—Quería ver la procedencia de estas fascinantes hermanas. Las conozco a todas, excepto a la menor. Y son mujeres encantadoras e inteligentes. Además, podría decirse que Juliette me retó casi a visitarlas. No podía defraudarla.

—Los dos juntos seríais una combinación devastadora —sugirió bromeando Lucien, moviendo la cabeza de un lado a otro ante la idea.

—Sí, ¿verdad? —concedió amablemente Jeffrey—. Pero creo que Juliette y yo nos llevaríamos mejor como amigos, si es que esto tuviese algún sentido.

—No sé ni siquiera si conseguiríais ser amigos. —Lucien hizo una mueca de horror.

Jeffrey soltó una carcajada.

—Es divertida.

Lucien no pudo evitar preguntar por curiosidad:

—¿Y qué me dices de Colette?

—¿Qué pasa con ella?

—¿Qué sentimientos te inspira?

Jeffrey lo miró fijamente. Lucien apartó la vista, sus ojos desviados hacia las llamas anaranjadas de la chimenea. Se quedó observando la luz dorada que bailaba y parpadeaba con fuerza por encima de la madera quemada.

—Colette me parece una mujer asombrosa —declaró Jeffrey sin dudarlo un momento—. Hará honor al hombre que se case con ella. Y el que lo haga será un hombre afortunado. Tiene sólo veinte años y sustenta a su familia. ¿Lo sabías?

—Sí —admitió a regañadientes Lucien. Había reflexionado sobre aquello—. Deberíamos ver si podemos ayudarle a generar negocio.

—No me parece mala idea —reconoció Jeffrey—. La pobre chica debería tener su oportunidad.

Después de una prolongada pausa, dijo Lucien:

—Tengo una noticia que te hará olvidar por un rato a las hermanas Hamilton. Hoy he recibido una carta de mi madre.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Jeffrey con incredulidad—. ¡Dios mío! Después de tanto tiempo. ¿Y qué dice?

—Por lo que parece, ha regresado a Londres y se ha enterado de la enfermedad de mi padre. Quiere verle. Y también a mí.

Jeffrey se quedó sin habla un rato antes de preguntar:

—¿Qué piensas hacer?

—Todavía no lo sé.

—Imagínate recibir noticias de ella después de tantos años…

Lucien se lo había imaginado cientos de veces de pequeño. Había soñado con su regreso, había imaginado que su madre le decía que le echaba tanto de menos que no podía seguir lejos de él, que le prometía que nunca jamás volvería a abandonarlo. Pero sus fantasías infantiles tocaron a su fin cuando cumplió doce años y vio que su madre seguía sin escribirle ni una sola carta. A partir de aquel momento, decidió endurecer el corazón para impedir que su madre volviera a herírselo.

—¿Se lo has dicho ya a tu padre?

Lucien negó con la cabeza.

—No, tengo miedo de que recibir noticias de mi madre le provoque más dolor del que ya sufre.

—Tal vez le iría bien —sugirió de paso Jeffrey.

—¿Cómo podría irle bien? —preguntó Lucien. No creía que atormentar a su padre con la noticia del regreso de su esposa infiel pudiera facilitar su recuperación.

Jeffrey se inclinó hacia delante en su asiento y apoyó los codos en sus muslos.

—Tal vez ver de nuevo a tu madre después de tantos años serviría para darle a tu padre un poco de paz. Seguramente tendrán muchas cosas que decirse.

—Mi padre apenas puede hablar, Jeffrey. No sería justo para él.

—Quizás. Pero ¿quién eres tú para juzgar o decidir?

Lucien se encogió de hombros, indeciso.

—Me pregunto qué querrá después de tanto tiempo. ¿Qué vendrá ahora a decirnos? —Tenía un mal presentimiento. Su madre destruyó en su día la vida de los dos cuando los abandonó para huir con otro hombre. El dolor y el escándalo destrozaron a su padre. No soportaba la idea de ver a Simon sufrir de nuevo de aquella manera. Lucien se estremeció al pensar en el escándalo que generaría sin la menor duda el inesperado regreso de su madre.

Preguntó entonces Jeffrey:

—¿No crees que precisamente por eso deberías verla? ¿Para averiguarlo?

Lucien no estaba muy seguro de querer averiguarlo.


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