Índice






descargar 0.9 Mb.
títuloÍndice
página2/30
fecha de publicación07.09.2015
tamaño0.9 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Economía > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30

1.
No juzgues nunca el libro por su cubierta.


Londres, Inglaterra

Mayo de 1870

—¡Hola! —exclamó una profunda voz masculina—. ¿Hay alguien aquí?

Las palabras resonaron en el local de la Librería Hamilton, un pequeño pero pintoresco local en los bajos de un edificio situado en un callejón perpendicular a Bond Street, en Mayfair, el barrio más elegante de Londres. Lucien Sinclair, conde de Waverly, echó un vistazo al oscuro y atestado interior en busca de indicios de la presencia del propietario.

Impacientándose, Lucien se aventuró a llamar otra vez, levantando ahora un poco más la voz. Sinceramente, y viendo sus pocas ganas de recibir a la potencial clientela, cabría pensar que al señor Hamilton no le apetecía hacer negocios.

—¡Un momento, por favor! —exclamó una dulce voz desde la trastienda—. ¡Enseguida estoy con usted!

Por fin. Algún tipo de respuesta. Bien, aquello explicaba el retraso, pensó Lucien. Habían dejado a una mujer a cargo del establecimiento. Tal vez el señor Hamilton hubiera tenido que ausentarse aquel día, en cuyo caso su pequeña aventura quedaría malograda. Dudaba que la dama de la trastienda pudiera ayudarle.

Había conocido al propietario de la tienda hacía un año y le había parecido una persona muy agradable. Un hombre afable y simpático empeñado en ayudar a Lucien a elegir el tipo exacto de literatura que podía interesarle. Aquel día, el señor Hamilton no descansó hasta que Lucien se sintió completamente satisfecho con los autores seleccionados. Lucien había decidido comprar libros para escapar del aburrimiento, confiando en que sirvieran para aplacar la desazón que lo mortificaba de vez en cuando, pero en cuanto llegó a casa, perdió el interés por el pequeño montón de libros que le había seleccionado el ávido librero y volvió a sumergirse en su agotadora vida social.

Pero hacía tan sólo unas semanas, la repentina enfermedad de su padre le había exigido pasar más tiempo en casa para cuidarle y hacerle compañía. Lucien empezó a leerle a su padre, postrado en la cama, aprovechando finalmente los libros olvidados, y sorprendentemente, había acabado disfrutándolos. Se dio cuenta entonces de lo mucho que echaba de menos el placer de la lectura, que apenas había practicado desde su época de estudiante en Oxford. Había decidido, en consecuencia, hablar con el señor Hamilton, no sólo para darle las gracias, sino también para que le sugiriese nuevos libros que pudieran ser del agrado tanto de él como de su padre.

Observando el local con más atención, se dio cuenta de que la pequeña librería no estaba como la recordaba, aunque, por otra parte, había transcurrido ya un año desde su visita. Si no andaba equivocado, la librería era igual que todas las librerías que había visto en su vida: oscura, desordenada y más bien polvorienta. Pero ahora daba la impresión de estar sumida en un proceso de transformación. Por el suelo había cajas de madera, algunas de ellas apiladas y otras abiertas, y montones de libros con encuadernación de piel dispuestos de cualquier manera. Encima de una mesa de trabajo había botes de pintura y pinceles de diversos tamaños y la mitad de la estancia estaba cubierta con lonas.

—Siento mucho haberle hecho esperar. —La voz cristalina y amable volvió a sonar de nuevo y cuando Lucien se giró, vio una mujer acercándose a él—. Bienvenido a la Librería Hamilton. ¿En qué puedo ayudarle, señor?

Lucien, que jamás pasaba por alto una cara bonita, se fijó instintivamente en la de la dama que tenía ante él. Por su pequeña estatura, consideró que tenía que ser muy joven, diecisiete años tal vez, un aspecto muy juvenil. Pero aun así, se había dirigido a él con mucha seriedad. Debía de ser la primera vez que estaba al cargo de la tienda de papá. Lucien frunció el entrecejo.

—Esperaba ver al señor Hamilton —respondió, empleando para ello su tono más imperativo.

Mientras se acercaba la chica, Lucien corrigió la impresión inicial que había tenido de ella, pues era algo más que aceptablemente bonita. A pesar de las manchas de suciedad sobre su pálida piel, las motas de polvo esparcidas por su abundante pelo castaño, y el soso y amorfo guardapolvo gris que cubría el vestido azul marino que llevaba, aquel rostro era asombrosamente bello y perfecto. Sus ojos azul oscuro, perspicaces y firmes, le observaban con lo que parecía ser cierto escepticismo. Desdén, incluso. Su conducta le chocó. ¡Qué extraño! ¿Acaso no adivinaba que se trataba de un noble? ¿Qué impulsaría a aquella chica tan bonita a mirarlo de un modo tan condescendiente? ¿Como si supiera más que él? ¿Como si estuviera habituada a tratar a los de su clase?

—Soy la señorita Hamilton, su hija. Yo misma puedo atenderle.

La forma de ladear la cabeza, provocativa, prácticamente desafiante, le descolocó. Se dio cuenta de que había vuelto a equivocarse. Era mayor de lo que había pensado en un principio, pues se comportaba con una confianza tremenda. Debía de estar rondando los veinte. Volvió a fruncir el entrecejo. Se negaba a tener que tratar con la hija altanera del librero.

—No dudo que sea usted una joven encantadora, pero esperaba que su padre pudiera ayudarme. Tal vez regrese en otra ocasión en la que él esté disponible para ofrecerme su experiencia. ¿Podría, por favor, decirme cuándo podría encontrarlo?

—Mi padre falleció hace seis meses. —Lo dijo empleando un tono prosaico, sin revelar ningún tipo de emoción, su rostro tranquilo y sereno.

Sintiéndose como un idiota insensible, dijo enseguida:

—Lo siento mucho, señorita Hamilton. Sólo lo conocí muy brevemente, pero su padre parecía un buen hombre. Acepte, por favor, mis más sinceras condolencias por su pérdida.

Ella movió afirmativamente la cabeza como reconocimiento de su compasión.

—Gracias.

Después de una incómoda pausa, Lucien preguntó, por pura y curiosa cortesía:

—¿Quién dirige ahora la librería?

—Yo.

Aquello le cogió realmente desprevenido. ¿Una simple mujer, aquella chiquilla, llevando un negocio? Era absurdo. Ridículo. Sin precedentes. Tendría que estar felizmente casada y llevando una casa, no trabajando en una tienda.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Lucien sin pensarlo.

—Los suficientes. ¿Cuántos años tiene usted? —contraatacó ella rápidamente.

Aquella respuesta, ligeramente sarcástica, le molestó.

—A buen seguro dispone de ayuda. No podría llevar sola un negocio. Debe de tener un hermano o un primo que la supervise —dijo él.

De nuevo, aquella mirada desafiante cruzó sus elegantes facciones, dándole un aspecto más firme de lo que él podría haberse imaginado.

—Está usted al corriente de que es una mujer quien dirige el país, ¿verdad?

—Eso es distinto —barbotó en su defensa—. La reina Victoria nació y fue educada para gobernar y dispone de asesores y consejeros que la guían.

—También a mí me educaron para llevar esta tienda. No tengo parientes masculinos que me ayuden, pero me manejo bastante bien sin la ayuda de los hombres, gracias —replicó con evidente condescendencia.

Lucien no aprobaba que las mujeres tuvieran que trabajar y, por alguna razón, la situación de aquella chica en particular le incomodaba. Era demasiado bonita para estar al cargo de un negocio sin que ningún hombre guiara sus decisiones y la liberara de sus cargas. Desde su punto de vista, aquello estaba mal, así de simple. La mujer estaba hecha para ser cuidada, no para tener que valerse por sí misma.

—Me parece demasiado delicada y demasiado joven para tener que cargar con tan agobiantes responsabilidades, señorita Hamilton.

Ella suspiró sonoramente, su forma de revelar que ya había dado esas explicaciones muchas veces.

—Estuve ayudando a mi padre desde que era niña. Le aseguro que soy completamente capaz de dirigir sola la librería, señor…

Él la miró con escepticismo, pero respondió a su pregunta no formulada.

—Le pido disculpas por no haberme presentado antes. Soy Lucien Sinclair, conde de Waverly. Encantado de conocerla, señorita Hamilton.

—¿En qué puedo yo ayudarle, lord Waverly? —preguntó ella con un tono decididamente altivo.

Lucien no pudo evitar percatarse del inequívoco énfasis que acababa de poner en la palabra «yo». Cansado de su evidente suficiencia, le lanzó una mirada furiosa. Tratándose de un cliente potencial, y de un caballero además, tendría que mostrarse más solícita. La chica tenía algo que despertó en él las ganas de rebajarle un poco aquel exceso de seguridad en sí misma.

—Venía con la intención de hablar con su padre para que me seleccionase algunos libros, pero ya que está usted aquí, veamos si puede ayudarme. Tengo que hacer un regalo. Un regalo para… —hizo una pausa intencionada, levantó una ceja y le sonrió atrevidamente—… una dama.

Ella le respondió con una mirada fulminante que le llevó a preguntarse si trataría a todos los clientes con el mismo desdén, o si sería sólo a él en particular.

—¿Tenía pensado algún tipo concreto de libro para esta dama? —le preguntó con un aire de superioridad.

Percatándose de la inflexión escéptica con que había pronunciado la palabra «dama», Lucien se sintió justificado.

—¿Sabe usted de poesía? —le preguntó, pues él no tenía ni idea.

—Lo suficiente.

Le intrigaba la forma de su boca y no podía dejar de mirarle los labios. Eran carnosos, su aspecto sensual, y del color de las bayas maduras en verano. Se descubrió preguntándose a qué sabrían y si resultarían tan dulces como parecían. ¿Por qué una chica tan bonita como aquélla no estaría aún casada? Debía de ser una arpía refunfuñona. No había otra explicación que tuviera sentido.

—¿Y de poemas de amor? —prosiguió—. ¿Sabe algo sobre poemas de amor?

—Creo saber lo que tiene en mente —afirmó secamente.

Él intentaba lanzarle el anzuelo y ella se negaba a picar. La señorita Hamilton se limitó a darse la vuelta y encaminarse hacia un montón de libros que había en un rincón. Eligió uno pequeño, encuadernado en piel de color rojo y se lo entregó.

—Éste le iría bien.

Echó un vistazo al título grabado en letras doradas, Una colección de románticos poemas de amor y soltó una carcajada.

—¿Y cómo sabía que esto era exactamente lo que tenía en mente?

—La experiencia —replicó ella sin dudarlo un instante.

Movió él la cabeza de un lado a otro con simulada sorpresa.

—Caramba, caramba, señorita Hamilton, no me esperaba eso de usted.

Ignorando su insinuación, le miró con fatiga.

—¿Lo ha leído? —preguntó él por perversa curiosidad.

—Sí.

—¿Qué poema recomendaría como el más romántico?

—El de la página setenta y cuatro. —Se cruzó de brazos y suspiró—. ¿Puedo ayudarle en alguna cosa más, lord Waverly?

—Desde luego, señorita Hamilton, pero no creo que accediera a ello —se sorprendió diciendo.

Había algo en aquella mujer que le ponía nervioso. Deseaba leer el poema de la página setenta y cuatro pero, en cambio, no podía dejar de mirarla.

Por impulso, dio un paso adelante hacia ella y ella retrocedió instintivamente. Era la reacción que cabía esperar. Él siguió avanzando y ella retrocediendo hasta tropezarse con una pesa cargada de montañas de libros y sin poder continuar más, sus manos apuntaladas en el borde de la mesa. Se acercó a ella, quedándose a escasos centímetros de su menudo cuerpo.

Aquella cercanía le permitía oler su aroma. Era floral y delicado y le recordó un prado en verano. Pese a que era evidente que antes de su llegada estaba inmersa en las tareas de limpieza, olía divinamente. Ella, que apenas le llegaba en altura a medio pecho, se vio obligada a ladear la cabeza para poder mirarlo a la cara. Unos ojos enormes, del color del cielo una mañana sin nubes del mes de junio, le observaban con una mezcla de emociones. Sorpresa. Expectación. Y, una vez más, aquella decidida mirada desafiante. Pero no temerosa.

En aquella chica, no.

Lucien tenía la extraña sensación de que aquella chica podía leer sus pensamientos, una sensación desasosegante. Una sensación que no estaba en absoluto acostumbrado a tener. Pero la belleza de aquel rostro le cautivaba. ¡Qué naricilla tan delicada! Tenía la piel perfecta, suave como la porcelana, sin una sola peca o imperfección. A pesar de que la tentación de limpiar las manchas de polvo que ensuciaban sus aterciopeladas mejillas resultaba abrumadora, se contuvo, manteniendo las manos en los costados, los dedos apretando con firmeza el libro de poemas.

Pero siguieron mirándose intensamente durante lo que pareció una eternidad, los inteligentes ojos de ella sosteniendo de forma inquebrantable la mirada de él. Algo intangible empezó a echar chispas entre ellos. Una intimidad inexplicable, la sensación de conocerse, un vínculo etéreo, una química. Lucien había oído o había leído docenas de descripciones de ese tipo de sensación pero nunca había experimentado personalmente nada tan intenso. Era como si de repente fueran ellos las dos únicas personas del mundo, y por todas las venas de su cuerpo empezó a correr un deseo salvaje de besarla, de saborear aquellos exquisitos labios. Lucien se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración y de que, si no se equivocaba, también la señorita Hamilton contenía la suya. Aquello le intrigó e incitó aún más su deseo de besarla, de descentrar por completo su mundo.

¿Qué haría ella si él se inclinaba y la besaba? ¿Gritaría escandalizada? ¿Le daría indignada un bofetón, tal y como tendría todo el derecho de hacer? ¿O permitiría aquella mujer que besase su hermosa y tentadora boca, presionaría suavemente sus labios contra los suyos, sólo para empezar? Con los años se había ganado una reputación y las mujeres chismorreaban sobre sus aptitudes románticas.

Aunque, a decir verdad, nunca se había insinuado a una mujer inocente que acababa de conocer hacía sólo cinco minutos.

¿Qué le había pasado?

Deseaba besarla, y no le gustaba la desesperación con que deseaba besarla. Ni siquiera le gustaba el tipo de mujer que era: independiente, desafiante y segura de sí misma. Los atributos que le parecían reprobables en una mujer. Pero aun así, incapaz de reprimirse, extendió lentamente la mano hacia ella. Vio que temblaba, percibió su expectación, pero no opuso resistencia. Ni siquiera se encogió, lo que le llevó a él a sonreír. Sus ojos azules se alzaron para seguir el movimiento de los dedos de él en dirección a su cabeza.

Con mucho cuidado, e incluso con una delicadeza tremenda, retiró una esponjosa mota de polvo de su sedoso cabello de color café. Sujetando la pelusa en la punta de su dedo índice, sopló con poca fuerza. Ambos se quedaron contemplando con muda fascinación cómo flotaba perezosamente en el aire hasta caer al suelo a sus pies.

De pronto, la señorita Hamilton pasó por su lado y se volvió bruscamente para encararlo, su larga falda azul marino envolviéndole las piernas. En un instante volvió a adoptar su tono profesional, el momento intensamente íntimo aunque inexplorado perdido por completo, dejándole a él enfrentado a un sentimiento de marcada decepción ante la evaporación de todo lo que aquel momento prometía.

—Pues ya que el libro de poesía es todo lo que necesita por hoy, ¿desea que se lo envuelva, lord Waverly?

La frialdad de su tono de voz se correspondía a la perfección con la gélida expresión de su bello rostro. Todo rastro de la mujer cálida e incitante, deseosa de que le besara, se había esfumado.

Se comportaba como si aquel sentimiento asombroso no se hubiera producido entre ellos. Como si aquella conexión cargada de tanta fuerza no hubiera encendido con aquella intensidad sus miradas. Como si él, un perfecto desconocido, no hubiera estado a punto de besarla a plena luz del día en la pequeña y caótica librería de su padre.

No era una mujer que perdiera la calma fácilmente, eso estaba claro. Pero él se sentía más perturbado de lo que le habría gustado reconocer.

—Sería estupendo, señorita Hamilton. —Le devolvió el libro de poesía con un galante movimiento y la siguió hacia el mostrador. Se apoyó sin prisas sobre la brillante madera, dejando descansar la barbilla sobre la mano—. ¿Tiene la señorita Hamilton un nombre de pila?

Ella le lanzó una mirada hostil.

—Por supuesto que lo tengo.

Él le sonrió, la más encantadora y más victoriosa de sus sonrisas. La que le había hecho triunfar con toda mujer con la que se había tropezado. La que a veces le resultaba de lo más útil.

—¿Podría tener el honor de conocer su nombre?

—No.

—¿No? —repitió con incredulidad, enarcando una ceja, algo sorprendido ante su negativa.

—No. —No le miró a los ojos.

—En este caso, tendré que adivinarlo —insistió—. Veamos… ¿Katherine? ¿Mary? ¿Victoria? ¿Margaret?

Ella negó con la cabeza después de cada sugerencia mientras iba envolviendo metódicamente en un papel de color marrón el libro con cubiertas de piel roja. Sus elegantes dedos doblaban y plegaban el papel moviéndose con habilidad y eficiencia.

—¿Nada tradicional, entonces? Teniendo en cuenta que su padre era propietario de una librería, tal vez su nombre siga una inclinación más literaria. ¿Qué tal Lydia? ¿Tess? No, no es eso. ¿Alice? ¿Ricitos de Oro?

Se percató del destello de una sonrisa asomando en las comisuras de sus sensuales labios y notó que el estómago se le tensaba a modo de respuesta. Siguió apostando por nombres.

—¿Ophelia? ¿Juliette?

—Mi hermana se llama Juliette —admitió, aunque a regañadientes.

—Ah, voy acercándome. Al parecer, su padre sentía pasión por Shakespeare.

—No, Juliette no es más que una coincidencia.

—Así que más bien es el gusto por los nombres franceses, ¿no es eso?

Ella asintió.

—Empieza a ponerse interesante. No sospechaba que tuviese un exótico nombre francés. ¿Será Desirée? ¿Jacqueline? ¿Angelique?

Puso ella los ojos en blanco, exasperada.

—Es Colette.

—¿Colette? Qué intrigante.

Por extraño que fuera, aquel nombre medio francés, medio inglés, encajaba con ella a la perfección. Colette Hamilton. Una mujer de contrastes. Belleza y negocios. Juventud y madurez. Sensualidad e inocencia. No podría dejar de pensar en ella.

Ella siguió ignorándolo mientras adornaba con pericia el paquete de papel marrón con una cinta verde. El vistoso lazo añadía un toque de distinción al envoltorio.

—Un detalle precioso —comentó él.

—Gracias. —Le entregó el libro envuelto para regalo.

—No, soy yo quien debe darle las gracias por su competente ayuda, señorita Hamilton. —Una vez más, le sonrió perversamente—. Me imagino que nadie la llamará Coco.

Lo miró ella sin alterarse.

—Nadie.

—Es usted mujer de pocas palabras, ¿verdad?

—Cuando la conversación prosaica lo justifica.

—Tomo nota. —Se echó a reír. Observó su encantador perfil—. Colette y Juliette. Bonitos nombres para bonitas hermanas. Y por lo que parece, no tiene usted hermanos, ¿es eso correcto?

—Sólo tres hermanas más.

—¿Son cinco en total? ¿Cómo es posible? —El simple hecho de pensar en cinco mujeres como ella lo dejaba aturdido.

Ella sonrió por vez primera; su rostro iluminado desde el interior. El efecto era asombroso y Lucien se vio obligado a contener la respiración.

—Detrás de mí están Juliette, Lisette, Paulette e Yvette, que es la pequeña.

—¿Es usted la mayor?

Ella asintió de aquella manera que empezaba ya a resultarle familiar.

—¿Y todas trabajan en la librería?

—Cada día.

—Su padre me resulta ahora más simpático si cabe. —Buscó en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó dinero.

Ella aceptó el pago y le entregó el cambio.

—Gracias y vuelva otra vez, por favor —dijo ella con un inequívoco tono sarcástico.

—Me pregunto si su padre aprobaría esa actitud insolente hacia un cliente que paga —no pudo evitar replicar, complaciéndose en provocarla.

—Mi padre ya no está aquí para aprobar o desaprobar nada de lo que yo haga, lord Waverly. —Le desafió con la mirada, la barbilla impulsada hacia fuera.

—Es cierto, por desgracia. Y es una pena. —Se tocó el sombrero a modo de saludo—. Buenos días, señorita Colette Hamilton.

Lucien dio media vuelta y salió de la pintoresca tiendecita, las campanillas de la puerta entonando un delicado adiós. Luego, caminando por las bulliciosas calles de Londres, se preguntó por qué se sentiría tan confuso después de su encuentro con la señorita Hamilton. Era una mujer exasperante. Cautivadoramente bella, pero exasperante. Aunque ¿qué importancia tenía eso, al fin y al cabo? Necesitaba no ver nunca más a aquella mujer imposible, lo que, por decisión lógica, significaba encontrar simplemente otra librería donde adquirir sus libros.

Algo que tenía toda la intención del mundo de hacer.


1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30

similar:

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice






© 2015
contactos
l.exam-10.com