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13.
Hacer de tripas corazón.


Tremendamente incómodo, Lucien se encontraba sentado en el salón escasamente iluminado de casa de lord Cedric Bromleigh. Acababa de exponerle sus intenciones con respecto a la única hija de lord Bromleigh, Faith.

—Sinceramente, me sorprende su interés por mi hija —dijo lord Cedric Bromleigh, mirando de arriba abajo a Lucien, confuso—. No es usted lo que teníamos pensado para ella.

«¿Lo que teníamos pensado para ella? ¡Caray!». Lucien sabía que era uno de los mejores partidos del año. La mayoría de las familias estarían agradecidas por su buena fortuna al ver que su hija era la escogida. Pero ¿con quién pretendía que se casase Faith? ¿Si aquella chica apenas abría la boca y nadie se percataba de su presencia porque llegaba a confundirse incluso con el papel pintado de la pared? Y ése era precisamente el motivo por el que Lucien la había elegido.

El anciano miró a Lucien por encima de su larga nariz y prosiguió su discurso.

—Lord Waverly, soy un padre típico en el sentido de que amo a mi hija más que a cualquier cosa de este mundo. Pero debo decirle que no soy típico en otros sentidos. Permito que mi hija tenga su propia opinión. En cuanto a mí, me sentiría feliz de tenerle como yerno. Pero no soy yo quien debe tomar la decisión.

Lucien se mordió la lengua. Después de la drástica decisión de ayudar a Colette Hamilton que había tomado el día anterior, y de lo cuestionable de las motivaciones que lo habían empujado a hacerlo, necesitaba cerrar el matrimonio con Faith Bromleigh lo antes posible. O, como mínimo, cerrar el compromiso con ella, antes de que volviese a dejar correr de nuevo sus impulsos con Colette Hamilton.

Antes de que hiciera cualquier cosa aún más peligrosa.

Lord Bromleigh tomó asiento en un sillón delante de él y continuó hablando.

—Mi hija es un ángel, pura de corazón y buena como el oro. Su naturaleza dulce y complaciente y su carácter inmaculado harían que cualquier hombre se sintiese orgulloso de llamarla esposa. Faith conoce a la perfección cómo llevar una casa. Es inteligente y culta. Admito sin restricciones que tal vez no sea la rosa más espléndida del jardín, pero es especial y bonita. Diría que es una margarita. Con una belleza sencilla, saludable y constante. En Faith no hay espinas, eso puede darlo por sentado cualquier hombre. Así pues, mi buen lord Waverly, posee usted una gran finca, un linaje noble y una enorme riqueza. Pero si sus intenciones son serias en cuanto a casarse con mi única y querida hija, tendrá que demostrarle primero a ella su valía.

—¿Demostrar mi valía? —Lucien movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad. ¿Que tenía que demostrarle su valía a Faith Bromleigh? ¿Estaría desequilibrado aquel hombre? ¿Qué había que demostrar? A decir de todos era atractivo, encantador, rico y, además, era conde. Y sería marqués cuando falleciera su padre. ¿Por qué no querría Faith casarse con él?

—Sí —dijo lord Bromleigh, dispuesto a explicarse mejor—. Al haber elegido a Faith, ha demostrado que conoce cómo juzgar un carácter. Sólo un hombre sabio sabe ver más allá de la fachada exterior y comprende que la auténtica belleza del ser humano está en el alma, y reconozco que ha acertado usted al ver que Faith sería una marquesa admirable. De eso no me cabe la menor duda. Pero ahora, necesito saber que también es usted del gusto de ella.

—¿Del gusto de ella? —Lucien volvió a repetir las palabras de lord Bromleigh.

Este miró con seriedad a Lucien antes de decir:

—A diferencia de la mayoría de los padres, no pretendo entregar mi posesión más preciada a un hombre con quien mi hija no desee casarse, por muy elevado que sea su rango o su título, o por grandiosas que sean sus riquezas. Necesito saber que es usted de su agrado, que es ella quien elige casarse con usted.

Aliviado de pronto al oír aquello, Lucien empezó a relajarse. «Bueno, eso es otra cosa». ¡En ese sentido no tendría problemas! Por supuesto que Faith querría casarse con él. Eran poquísimas las mujeres a quienes no podría convencer de hacerlo.

Lord Bromleigh ladeó la cabeza y asintió.

—La cortejará si ella así lo desea. Pero no pienso obligarla en este sentido.

—Por supuesto que no —dijo Lucien con sinceridad, más cómodo que unos momentos antes—. Y no tengo indicios de que pudiera estar poco dispuesta para un enlace conmigo. Aunque debo informarle de que deseo casarme pronto. Hacia finales de verano.

—¿Cómo es eso? —preguntó su interlocutor, uniendo las cejas en una expresión recelosa—. ¿Por qué tantas prisas?

—Estoy seguro de que está al corriente de la enfermedad de mi padre, aunque he mantenido silencio en relación con el verdadero alcance de su gravedad. Me gustaría que asistiese a mi boda, pero no creo que dure mucho tiempo más… —«Y si no me caso pronto, estoy seguro de que algo haré con Colette de lo que acabaré arrepintiéndome». La tentación le motivaba a casarse tanto como la enfermedad de su padre.

—Ya entiendo. —Lord Bromleigh meneó la cabeza hacia arriba y hacia abajo—. Sí, es un motivo muy encomiable, pero preferiría que cortejase a mi hija de forma regular y con seriedad. Deseo que ella le conozca a usted bien antes de tomar la decisión. Tiene que estar segura de que es con usted con quien quiere pasar el resto de su vida.

Lucien sintió urgentes tentaciones de salir de allí y olvidar todo aquel asunto. ¿Pasar meses y meses de cortejo? ¿Casarse con una chica que debería estar emocionada ante la posibilidad de casarse con él, conde de Waverly y heredero del marquesado de Stancliff? Era una situación para partirse de risa. Estaba seguro de que una sola tarde le bastaría para que lady Faith Bromleigh perdiera la cabeza por él. O menos tiempo incluso. Además, no estaba de humor para volver a buscar entre las debutantes. Lo único que deseaba era dejar zanjado aquel tema lo antes posible.

—Cortejaré a su hija. Pero en cuanto acceda a casarse conmigo —le dijo Lucien a lord Bromleigh—, insistiré en que el periodo de compromiso sea breve. Y por cuestiones de tiempo, me encargaré de conseguir una licencia especial.

—No pondré objeciones a una boda rápida y discreta, pero repito, lord Waverly, que deberá ser Faith quien tome la decisión. Las mujeres valoran mucho las bodas. Entre tanto, acompañará usted a mi hija única y exclusivamente a actos en los que yo esté también presente —estipuló lord Bromleigh.

—Por supuesto.

—Mi esposa y yo asistiremos mañana por la noche a la ópera con Faith y acogeremos con agrado que nos acompañe.

—Gracias. Será un honor unirme a ustedes.

—Buena suerte y que tenga usted un buen día, lord Waverly. —Lord Bromleigh le tendió la mano a Lucien.

Ignorando la sensación sofocante del nudo que sentía en la garganta, Lucien estrechó la huesuda mano de lord Bromleigh. En cuestión de dos meses, aquel hombre se convertiría en su suegro. Cuando Lucien salió de la casa, lo hizo con un sentimiento extraño en la boca del estómago.

Subió al carruaje que estaba esperándolo y le dio instrucciones al cochero para que lo llevara a casa. Cuando llegó a Devon House, fue directamente a su despacho, cerró la puerta a sus espaldas y se sirvió una copa de whisky. Sentado detrás de su escritorio de reluciente madera de cerezo, miró por la ventana, sin ver en realidad la gente que pasaba por el exterior mientras su cabeza lidiaba una batalla contra su corazón.

Había tomado la decisión correcta, se repetía una y otra vez. ¿Por qué no se sentía mejor por ello? Haciendo caso omiso a las imágenes de Colette Hamilton que se inmiscuían constantemente en sus pensamientos, volcó su atención en el pliego de cartas que le esperaba sobre la mesa. Tal vez el trabajo expulsara de su cabeza aquella sensación de vacío que crecía en su interior.

Hojeó las cartas e, incapaz de concentrarse en ninguna de ellas, renunció a la idea y dejó a un lado el montón, frustrado. Una de las cartas cayó entonces al suelo. Cuando se disponía a recogerla, se quedó helado. Reconoció de inmediato la escritura, pues ya había recibido una carta del mismo remitente. La caligrafía femenina era elegante y dramática, igual que ella había sido siempre. Su madre.

Dios, le había enviado otra carta. Suspiró, su corazón turbado. ¿Qué más tendría que decirle? Su mano tembló al romper el lacre de cera.

Mi querido Lucien:

No has respondido a mi anterior carta, lo que únicamente me da a entender que no deseas verme. Pero te imploro, como madre tuya que soy, que cedas y me permitas visitarte. Nunca he pretendido que me comprendieras o me perdonaras por lo que te he hecho, pero dame por favor la oportunidad de verte. Sé que tu padre está enfermo y que quizás no le queda mucho tiempo. Por favor, Lucien, tengo que veros a ambos.

Como siempre, tu madre, que te quiere.

Inmóvil y con la mirada clavada en aquellas palabras, Lucien estrujó la nota. Cuando ignoró la primera misiva, imaginó que con ello le daría a entender a su madre que no deseaba verla y que, en consecuencia, ella no intentaría ponerse de nuevo en contacto con él. Pero por lo que parecía, se vería obligado a darle algún tipo de respuesta. Estaba seguro de que su padre no tendría fuerzas para afrontar su visita. Pero ¿y si Jeffrey llevaba razón con lo que le había sugerido? A lo mejor volver a ver a su madre serviría para darle a su padre un poco de paz antes de fallecer.

¿Y él? ¿Quería ver a la mujer que lo abandonó cuando contaba sólo diez años de edad? ¿Qué tendría ella que decirle después de todo aquel tiempo? ¿Cómo justificaría haber abandonado a su marido y a su hijo para huir con otro hombre? ¿Esperaría su perdón? ¿Su comprensión? Desde su punto de vista, aquella conducta era inexcusable.

Lucien estrujó la carta con fuerza. Cogió un papel en blanco del cajón de su escritorio, sumergió la pluma en el tintero y empezó a escribir.


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