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11.
Conversaciones de alcoba.


Agotada, Colette se acurrucó debajo de la colcha de cuadros de vichy de color amarillo que cubría su cama y cerró los ojos con fuerza, pero era inútil. Revivía sin cesar la velada junto a Lucien Sinclair y los besos que habían estado a punto de producirse.

Juliette entró en aquel momento en el dormitorio que llevaban toda la vida compartiendo. Era una habitación acogedora pese a ser pequeña. Las paredes estaban decoradas con un papel pintado de un tono amarillo claro salpicado con ramilletes de flores de colores y cubría el suelo una raída alfombra en verde y oro. Cuatro escenas de tranquila vida campestre enmarcadas en dorado colgaban de cintas por encima de la repisa de la chimenea, mientras que en la esquina había un pequeño escritorio. Juliette amortiguó la luz de la lamparilla que había sobre la mesita de noche situada entre las dos camas.

—Yvette necesita zapatos nuevos —dijo Juliette, instalándose en su cama—. Los que le compramos le quedan pequeños.

Colette bostezó.

—Lo sé. Le he dejado dinero a Lisette para que mañana le compre un par nuevo. Paulette tendrá que quedarse con mamá mientras estén fuera, porque mañana por la mañana te necesito conmigo en la tienda para recibir la primera entrega de material de papelería.

El silencio vacío que siguió era una declaración de los sentimientos de ambivalencia que dominaban a Juliette cuando le tocaba ayudar en la tienda. Nunca eludía sus responsabilidades, pero dejaba siempre muy claro que haría cualquier cosa antes que trabajar en la librería.

—¿Qué piensas de Lisette y Henry Brooks? —preguntó Colette.

—Pienso que Lisette acabará casándose con él, pero al final no creo que acabe siendo feliz.

—¿Por qué lo dices?

—Es simplemente una premonición. Henry es un buen hombre, aunque no el adecuado para ella. Pero Lisette, como hizo mamá cuando se casó con papá, se conformará con él porque le da miedo intentar buscar algo mejor y acabará sintiéndose miserable. Algo que, por otro lado, espero que a mí no me pase nunca.

No, Juliette nunca se conformaría con menos de lo que ella quería exactamente. Nunca cambiaría ni intentaría ser lo que no era para satisfacer a un hombre. Lo que llevó a Colette a preguntarse por su situación. ¿Sería también conformista en su intento de casarse para salvar a su familia y la librería? ¿Hasta dónde llegaría para salvarlos? Hasta el momento había rechazado a los hombres elegidos por su tío porque le habían parecido inaceptables, repugnantes, de hecho. Pero ¿cuánto tiempo podría seguir así? Llegaría un momento en el que tendría que casarse.

—¿Por qué crees que lord Waverly se ha quedado a cenar? —le preguntó Juliette con la habitación ya a oscuras.

—¿Porque tenía hambre? —respondió Colette, sin abrir los ojos.

Y recibió en la cara el impacto de una almohada de plumas. Resoplando de indignación, se sentó en la cama y se la devolvió a Juliette.

—¡Vete ya a dormir!

Cazando al vuelo la almohada, Juliette soltó una carcajada antes de continuar con sus preguntas:

—¿De verdad que no sientes la mínima curiosidad por saber por qué se ha quedado a cenar esta noche?

—No —declaró con firmeza. Colette no quería pensar más en el tema. De hecho, le dolía la cabeza de tanto preguntarse por el comportamiento de Lucien y sus motivos.

—Hay algo que no me cuentas sobre «Lord Desapruebo Todo lo Divertido», ¿verdad Colette?

—No —murmuró Colette, sintiéndose culpable y escondiendo la cara debajo de las sábanas.

—Sí que lo hay. Lo sé. ¿Se presenta de pronto en la tienda y cena con nosotras sin motivo alguno? ¡Y sabemos que no es en mí en quien está interesado! —Juliette hizo una pausa y se quedó pensativa antes de preguntar—: ¿Te ha besado?

—¿Qué te lleva a pensar una cosa así? —Colette intentó parecer ultrajada ante la pregunta de su hermana.

—Te mira como si quisiera besarte. Y te has pasado la noche roja como un tomate.

—¿Tanto se nota? —susurró Colette, agradecida de que la habitación estuviese a oscuras.

—¡Así que le has besado! ¡Lo sabía! —declaró triunfante Juliette, y Colette supo que estaba además sonriendo—. ¿Cuándo sucedió?

—Aquella noche en el jardín de lord Hutton.

—Cuéntamelo todo —le pidió Juliette.

Aliviada al poder compartir por fin su experiencia, Colette lo confesó todo.

Después de escuchar los detalles del romántico encuentro de Colette con lord Waverly, Juliette se quedó casi sin habla.

—Aparte de horrorizarme que el barón Sheffield creyera que podía propasarse contigo, me han dejado impresionadas las técnicas de rescate de lord Waverly.

Colette no dijo nada.

Después de un tenso silencio, preguntó Juliette:

—¿Te gustó besarle?

—Sí —respondió con un angustiado suspiro—. Y, Juliette, no puedo olvidarlo, y no sé qué hacer.

—¿Sobre qué?

—Sobre que me gustó besarle y quiero que vuelva a besarme. Esta noche quería besarme, estoy segura.

—¿Lo ha hecho?

—No, pero hemos estado a punto varias veces. —Dolorosamente juntos.

—¿Y qué crees que significa eso?

—No tengo ni idea. —Lo que quiera que estuviera sucediendo entre ella y Lucien la tenía muy confusa. Colette había empezado a anticipar con ansia sus inesperadas visitas, anhelaba hablar con él y deseaba estar a su lado. Tenía la impresión de que ella le importaba, de que sentía interés por su vida y por su familia y, a tenor de aquel beso, era evidente que la encontraba atractiva, aunque no sabía qué sentía por ella.

Juliette dijo entonces, con aires de superioridad:

—He oído ciertas cosas sobre él.

—No me tomes el pelo, Juliette. ¿Qué sabes? —Colette había oído rumores sobre el comportamiento desenfrenado de Lucien, pero todas aquellas historias resultaban incongruentes con el Lucien que ella conocía. Exceptuando, claro está, lo de aquella noche en el jardín. De nuevo, nada de lo relacionado con Lucien tenía sentido.

—Pues he oído decir que lleva años eludiendo el matrimonio. —Juliette parecía reacia a compartir lo que sabía. Suspiró con exageración—. Pero creo que deberías saber que ahora tiene intención de sentar la cabeza y casarse antes de que su padre fallezca.

—Eso no lo sabía —replicó Colette con incredulidad. Lucien nunca le había mencionado nada sobre su posible matrimonio—. ¿Quién te lo ha contado?

—Jeffrey Eddington.

—Oh —musitó Colette, al percatarse de la realidad—. Él debe de saberlo mejor que nadie.

—Y lord Waverly ya tiene una dama en la cabeza.

De pronto, el corazón de Colette empezó a latir con fuerza. ¿Que Lucien ya sabía con quién quería casarse? ¿Y justo la semana pasada la había besado con aquella pasión? Se atrevió a preguntar:

—¿Te dijo lord Eddington quién es ella?

Juliette dudó un momento antes de responder.

—Lady Faith Bromleigh.

Colette repasó mentalmente la lista de mujeres que había conocido durante la Temporada, pero el nombre no le sonaba.

—No la he oído mencionar nunca.

—Es una cosita menuda de lo más normal. Dicen que su padre es muy protector. —Juliette se quedó un instante en silencio—. ¿Te sientes decepcionada?

Ignorando la desazón que sentía en la boca del estómago, Colette respondió débilmente:

—¿Por qué debería sentirme decepcionada?

—Porque te besó a ti, pero está interesado en casarse con otra.

Colette hizo gala de su valentía.

—El hecho de que le haya besado no implica que haya perdido todos mis sentidos. No tengo ningún deseo de convertirme en condesa ni en marquesa. Sabes que eso no significa nada para mí. Conozco la reputación de Lucien y sé que puede elegir las mujeres que quiera. No espero nada de él.

—¿Ahora le llamas Lucien?

—Supongo —reconoció en voz baja Colette, sorprendida de haberse referido a él por su nombre de pila delante de Juliette.

—Hace unos años estuvo comprometido, ¿lo sabías? —prosiguió Juliette—. Con lady Fulanita o Menganita, no tengo ni idea, pero ella rompió el compromiso después de un escándalo de no sé qué tipo y se marchó al continente.

Colette volvió a incorporarse en su cama.

—¿Y cómo demonios sabes tú todas estas cosas?

Declaró entonces Juliette, con toda obviedad:

—Porque pregunto.

Colette empezó a pensar qué tipo de mujer debía de ser aquella dama que Lucien quiso en su día convertir en su esposa. ¿Sería remilgada? ¿Y qué sucedería para que el compromiso se rompiera?

—Colette, ¿te ha hablado lord Waverly sobre matrimonio? —preguntó Juliette, pensativa.

—Me dijo que no permitiera que el tío Randall me obligara a casarme con un hombre que yo no quisiese. —Sus palabras resonaron vacías en sus propios oídos. De haber estado Lucien interesado en casarse con ella, ¿no le habría dicho otra cosa?

—Tengo la impresión de que nada de lo que hace ese estirado lord tiene sentido. Desaprueba que trabajes en la librería, te salva del acoso de ese gordo barón, te besa con pasión a la luz de la luna, se planta inesperadamente en tu casa y cena con tu familia, pero tiene intención de cortejar a otra chica. Creo que si vuelvo a verle le arrearé un bofetón.

Por fin Colette soltó una carcajada.

—No me parece más confuso que lord Eddington.

—¡Pero como mínimo él no me ha besado! Ni a ti, en cualquier caso. —Lanzó una mirada afilada a Colette—. ¿O lo ha hecho?

—¡No! Lord Eddington es encantador y dulce, pero no pienso nada más de él.

—Tampoco yo. Pero me parece que le gustas, Colette.

Se quedaron las dos calladas, instalándose bajo las sábanas, perdida cada una de ellas en sus propios pensamientos. Las palabras de Juliette daban vueltas sin cesar en la cabeza de Colette. ¿Sería cierto que Lucien pretendía casarse con Faith Bromleigh? ¿Albergaría Jeffrey Eddington algún sentimiento hacia ella?

—No me ha gustado nada la visita de hoy del tío Randall —dijo con mal presagio Juliette.

—Y no me gusta tampoco que mamá no nos haya hecho mención de esa visita —añadió Colette—. Me pone nerviosa.

—Estoy segura de que el tío Randall está enfadado porque aún no hemos encontrado pareja. ¿Qué crees que le habrá dicho a mamá?

—Que está hasta la coronilla de nosotras dos.

—¿Te casarías con lord Waverly si te lo pidiese?

A Colette le dio un vuelco el corazón al oír mencionar el nombre de Lucien y la posibilidad de un matrimonio. ¿Se casaría con él si se lo pidiera?

—Es una pregunta ridícula. Jamás se casaría con alguien como yo.

—Pero solucionaría tus problemas. Sería un buen marido. Es lo bastante poderoso como para mandar al infierno al tío Randall. Se ocuparía de todas nosotras y no tendríamos que preocuparnos más por el dinero. Y es guapo y, por lo que dices, besa muy bien.

—Y me quitaría la librería para venderla.

—¿Y a quién le importa esa estúpida librería? ¡No son más que un montón de libros viejos y mohosos! No sé por qué la quieres tanto.

El manifiesto desdén del tono de voz de su hermana estremeció a Colette.

—La quiero. No tienes por qué burlarte de mí simplemente porque no lo entiendas. ¿Me burlo yo de ti por querer ir a Nueva York?

A modo de respuesta, Juliette se mantuvo extrañamente en silencio. Colette amaba la librería y se sentía orgullosa del trabajo que había llevado a cabo para reformarla. Eso nadie podría quitárselo. Y jamás se uniría a un hombre que le hiciese renunciar a ella.


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