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10.
¿En qué puedo ayudarle?


—¿Cerramos el trato, pues?—preguntó Colette, conteniendo la respiración con ferviente esperanza y sin dejar de mirar al hombre corpulento y con gafas de montura metálica que tenía enfrente. La expresión imperturbable de su cara hacía difícil poder leerle los pensamientos.

El señor Kenworth hizo una pausa mientras consideraba y sopesaba sus alternativas. Acto seguido, sin embargo, asintió lentamente.

—Me parece que sí, señorita Hamilton. —Seguía sin sonreír—. Como le he dicho, no estoy acostumbrado a hacer negocios con mujeres. Pero los cambios que ha hecho hasta el momento en la tienda me han dejado impresionado, por lo que empezaremos a modo de prueba. Le entregaremos el resto de los artículos de papelería mañana por la mañana. Ha sido un pla… —se interrumpió antes de pronunciar la palabra «placer»—… interesante hacer negocios con usted. Espero que el acuerdo al que acabo de llegar con su establecimiento sea un éxito.

—Gracias, señor Kenworth. —Colette no pudo evitar una sonrisa, emocionada por el acuerdo que acababa de negociar y gracias al cual vendería en la tienda los artículos de papelería del señor Kenworth. De entrada, se había mostrado poco dispuesto a trabajar con ella, pero había acabado convenciéndole. Ya había expuesto unas muestras de su papel de alta calidad bajo el cristal del mostrador. Y ahora sus clientes podrían comprar a través de ella plumas, tinta, sobres y papel de escribir y Colette obtendría un porcentaje de los beneficios que generara la venta de los productos Kenworth.

Se estrecharon la mano por encima del mostrador, y en el momento en que el señor Kenworth se ponía su sombrero de copa y se volvía para irse, Colette vio detrás de él a Lucien Sinclair. Cuando sonaron las campanillas de la puerta anunciando la partida del señor Kenworth, Colette se quedó mirando a Lucien en silencio, el corazón en un puño. Ni siquiera le había oído entrar en la tienda. ¿Cuánto tiempo llevaría allí observándola? El corazón empezó a latirle con fuerza al verle por vez primera desde que le besara con tan temerario abandono y se ruborizó efusivamente al recordar la escena.

—Has salido adelante en una dura negociación, Colette —afirmó, mirándola a los ojos—. Conseguirás que esta tienda sea un éxito.

—Éste es el plan —consiguió ella decir, sintiéndose muy orgullosa por su cumplido.

Se quedaron mirándose. Perdida en las profundidades de sus ojos verdes, supo ella por instinto que también él estaba pensando en su apasionado beso.

—¿Qué haces aquí? —consiguió Colette decir por fin.

Él se echó a reír ante aquella brusquedad, su sonrisa dejándola casi sin sentido.

—¿No era la frase «¿En qué puedo ayudarle?» el recibimiento habitual de cualquier establecimiento? ¿O acaso es que recibes así a todos tus clientes?

Colette se sonrojó, su estómago lleno de nerviosas mariposas.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Lo sé —reconoció él—, y para responder a tu pregunta, he venido a comprarte más libros.

—Oh, perdóname. Pensaba que debido a lo de la otra noche… —tartamudeó débilmente, atormentada de pronto, deseando que el suelo de tablas de madera se abriera para tragársela.

—Sí. Con respecto a lo de la otra noche —empezó él a decir, su tono de voz más serio—, te debo una disculpa por mi comportamiento.

—Ya te disculpaste por haberme besado —susurró ella, sintiéndose más humillada si cabe por las palabras de él.

—Me malinterpretas. No siento haberte besado, Colette. En realidad, me gustó nuestro pequeño interludio mucho más de lo que querría reconocer. Pero el hecho es que no debería haberme tomado esas libertades contigo.

—Creo que te pedí que me besaras.

Extendió la mano y con ternura le retiró un rizo suelto que caía sobre su mejilla. Sus dedos acariciaron su piel, y el contacto provocó en ella un escalofrío.

—Tal vez —reconoció, acompañando sus palabras con un leve gesto de asentimiento y una sonrisa que le derritió a ella el corazón—. Pero soy un hombre que debería tener más juicio.

—Aprecio mucho tu acto de galantería al ayudarme con el barón Sheffield. Lo menos que podía hacer era ofrecerte un beso a cambio. —Consiguió devolverle la sonrisa.

A punto estaba él de replicar cuando se abrió la puerta de la vivienda y Paulette entró en la librería.

—Es hora de cenar, Colette… ¡Oh! —Se detuvo en seco al ver a Lucien Sinclair junto al mostrador. Una amplia sonrisa iluminó sus juveniles facciones—. Hola, lord Waverly.

—Hola, señorita Hamilton. —Le sonrió con cariño.

—Subo en un momento, Paulette —dijo Colette, saliendo de detrás del mostrador—. Tengo que buscarle unos libros a lord Waverly.

—¡Tengo una idea estupenda! —exclamó feliz Paulette. Y viendo la mirada de simpatía de Lucien, preguntó—: ¿Querría, por favor, hacernos el honor de cenar con nosotras esta noche, lord Waverly?

Horrorizada ante la invitación de su hermana, exclamó Colette:

—¡Estoy segura de que tiene otros planes para hoy!

—¡Por favor! —insistió Paulette, sus ojos suplicándole en silencio a Lucien—. Sería maravilloso que cenase con nosotras.

Lucien miró brevemente a Colette, como si evaluase su opinión, antes de volver a atender a Paulette.

—No podría negarme a una invitación tan convincente. Y ya que no tengo planes hasta última hora de la noche, sería un honor sumarme a su familia para la cena.

Pasmada y sin palabras, Colette se quedó paralizada allá donde estaba. Lucien Sinclair quería cenar con ella. Y con sus hermanas. Y con su madre. ¿Por qué?

—¡Oh, es maravilloso! —declaró Paulette moviendo feliz su rubia cabeza—. Apenas recibimos visitas. Voy a subir a decírselo a las chicas. —Y Paulette desapareció en dirección a la vivienda, dejándolos solos de nuevo.

Colette miró a Lucien.

—Eres muy amable, pero no tienes que quedarte por el simple hecho de complacer a mi hermana.

—No es sólo por ser amable con Paulette. Tengo curiosidad. ¿Conoceré a toda tu familia si me aventuro a subir estas escaleras contigo?

—Me temo que sí —admitió Colette con una sonrisa de arrepentimiento—. Me imagino la que se armará allá arriba cuando Paulette les cuente la noticia. Aún tienes una oportunidad de salir de aquí lo más rápidamente posible.

—¿Y perder mi primera ocasión de coincidir con las cinco hermanas Hamilton? ¡Eso jamás!

Colette sintió una extraña emoción al oírle utilizar la palabra «primera», lo que implicaba, a su entender, que habría más ocasiones para estar con su familia. Incapaz de reflexionar sobre el significado de aquello, dijo:

—Sólo recuerda que te he avisado y has desperdiciado tu única oportunidad de huir.

Colette pasó a su lado con la intención de dar la vuelta al cartel de «Abierto» que colgaba en la puerta de entrada y que había pintado Paulette, para que desde el exterior se leyera «Cerrado».

—Espera, por favor —le dijo Lucien, posando una mano sobre el hombro de ella.

Se giró sorprendida, casi sin aliento ante aquella cercanía y tambaleándose con la sensación del contacto de la mano sobre su cuerpo. Tenía los ojos clavados en ella, y Colette sintió mariposas en el estómago. Las motitas negras en el verde de los iris de él eran oscuras y misteriosas. Su cara estaba a escasos centímetros de la de ella y tuvo la loca impresión de que quería volver a besarla. ¡Que Dios la socorriera, pero deseaba que la besase!

—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó Lucien, señalando el cartel—. Siempre he querido hacerlo.

El alivio y la decepción se apoderaron de ella, pero se echó a reír ante su inesperada actitud juguetona.

—Puedes. —Se hizo a un lado y le observó dar la vuelta al cartel con un elaborado gesto teatral.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó entusiasmado. Con aquella expresión alborozada, Lucien resultaba más atractivo aún, de ser eso posible.

—Tendrás que bajar la persiana y cerrar la puerta. Con esa llave de ahí. —Le señaló una llave maestra de gran tamaño que colgaba de una cinta verde de la pared.

Después de cerrar la puerta, declaró Lucien:

—Nunca había cerrado una tienda.

—Pues felicidades —dijo ella, y cerró los libros encuadernados en piel que tenía encima del mostrador, maravillada por el comportamiento de Lucien. Lo tenía por un lord correcto y estirado, como decía Juliette. Pero se había quitado de encima al barón Sheffield como si fuera un boxeador profesional y luego la había besado como un auténtico truhán. Después se había presentado en la tienda y se había comportado como un niño juguetón. Y ahora iba a cenar con toda su familia. Nada de lo que hacía Lucien tenía sentido.

La siguió mientras ella iba apagando las luces de la tienda, ayudándola a alcanzar las lámparas que estaban a más altura. Cuando la luz fue perdiendo intensidad, el corazón de Colette empezó a latir con fuerza. «¿Por qué se queda? ¿Por qué quiere conocer a mi familia?».

—¿Ya está? —susurró él a sus espaldas, su voz suave como el terciopelo.

Se volvió lentamente para encararle.

—Sí, ya está. La tienda está oficialmente cerrada.

A pesar de la penumbra veía los ángulos de su cara, el marcado perfil de su mandíbula, la geometría de sus pómulos. Era tan alto que tenía que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. La hacía sentirse increíblemente pequeña. Olía bien, a algo limpio pero especiado. De pronto, junto a él y rodeados por una oscuridad cada vez mayor, empezó a resultarle difícil respirar.

—¿Colette?

Sintió su aliento en la mejilla al susurrar él su nombre. Con el corazón desbocado, se pasó la lengua por los labios, reprimiendo el deseo de levantar los brazos y unirlos detrás de su cuello y atraerlo hacia ella. Ladeando la cabeza por si acaso pretendía besarla, susurró a su vez a modo de respuesta, después de escuchar su nombre:

—¿Sí?

—¿No deberíamos ir subiendo?

Lucien siguió a Colette por la estrecha escalera que conducía a la vivienda familiar. Se preguntó, y no por primera vez, qué demonios hacía allí. Había acudido a la tienda con la simple intención de comprar más libros para leerle a su padre. Pero había acabado consintiendo voluntariamente a cenar con la totalidad de las mujeres Hamilton. ¿En qué estaría pensando?

Eso era. No estaba pensando. En absoluto.

Hacía unos momentos había sentido una tentación de besarla tan grande que tuvo que hacerse el fuerte para no hacer lo que le pedía a gritos hasta el último nervio de su cuerpo. El sentimiento era más abrumador aún desde que conocía la delicia que suponía besarla. Conocía la sensación de sus sensuales labios, de la seductora curvatura de su boca, del sabor de su dulce lengua. Dios, cuánto deseaba volver a saborearla.

E intuía, sin la menor duda, que ella lo deseaba también.

Era una mujer verdaderamente asombrosa. Con el pelo retirado de la cara y vestida con el atuendo formal de la responsable de un establecimiento, resultaba más seductora aún que con el vestido de noche escotado que lucía en el baile. Aquel traje de cuello alto provocaba en él ganas de arrancárselo, deseos de liberar su oscura melena negra de las restricciones que la sujetaban para verla caer en forma de sedosas ondas hasta su cintura. Deseaba estrujarla contra él y…

—Madre, me gustaría presentarte a un amigo mío, lord Waverly. Lord Waverly, le presento a mi madre, Genevieve Hamilton.

Cuando entró en la cálida y acogedora estancia, Lucien olvidó con rapidez sus indecorosos pensamientos al conocer a la madre de Colette. Parecía una mujer frágil y, por lo que se veía, una belleza olvidada. En el instante en que levantó la mirada desde el diván con los ojos más tristes que había visto en su vida, Lucien intuyó de inmediato una intensa infelicidad.

—Buenas noches, lord Waverly. Gracias por sumarse a nosotras aunque, teniendo en cuenta que no esperábamos invitados, deberá disculpar la sencillez de la cena. —Su voz tenía un cierto acento francés. Genevieve lanzó una mirada llena de intención en dirección a Paulette, dándole a entender que no aprobaba su idea de invitar a cenar a huéspedes inesperados.

Lucien le regaló una de sus encantadoras sonrisas.

—Gracias por recibirme, señora Hamilton, pero me habría sido difícil rechazar una invitación para cenar con unas damas tan encantadoras. Y si me permite la osadía, es evidente que sus hijas han heredado la belleza de su madre.

Una sonrisa iluminó el rostro de Genevieve y Lucien consiguió ver por un instante a la bella mujer que había sido en sus años de juventud.

—Es usted un granuja, ¿verdad, lord Waverly? Tu es bien le plus beau, monsieur le comte —dijo, flirteando un poco.

—Oh, es peor que eso, maman —declaró con atrevimiento Juliette desde el comedor—. ¡Es un caballero!

Lucien se volvió hacia ella.

—Buenas noches, señorita Juliette. Es un placer volver a verla. —Aunque su tono enunciaba claramente lo contrario.

Juliette se echó a reír y le sacó la lengua.

—¡Juliette Sara! Tiens toi bien. Ne me fais pas honte! —reprendió enseguida Genevieve a su hija—. ¡Compórtate! Lord Waverly pensará que eres una maleducada.

Juliette le lanzó a Lucien una pícara sonrisa.

—Eso ya lo sabe, ¿no es así, milord?

Colette los interrumpió al posar con delicadeza la mano en el brazo de Lucien, impidiéndole con ello que replicase a Juliette como ésta se merecía y exigiéndole volcar de nuevo toda su atención en ella.

—Me parece que no conoce a mi hermana Lisette.

Otra hermana Hamilton asomó la cabeza por la puerta de la cocina. Lisette tenía la misma estructura facial que sus hermanas, aunque poseía una dulzura innata de la que carecían las demás. Le sonrió con timidez, una mirada de simpatía y cariño. Ésta, al menos, no se pasaría la noche lanzándole afiladas pullas.

—Es un placer conocerla, señorita Lisette.

—Lo es también para mí —respondió ella—. Espero que le guste el pollo asado, pues es lo que hay para cenar.

—Si es eso lo que huele tan deliciosamente —dijo Lucien, consciente de pronto de las quejas de su estómago—, estoy seguro de que esta noche cenaré un manjar.

Colette continuó con la presentación de una más de sus hermanas.

—Y ésta es la pequeña, Yvette.

—Yo no soy pequeña —protestó con indignación la menor de las hermanas Hamilton—. ¡Tengo trece años!

Delante de él tenía una versión en pequeño de Colette, pero con el pelo rubio y trenzas. También Yvette se convertiría en una mujer de asombrosa belleza. Lucien no pudo evitar la comparación de todas ellas con Colette. Para él, Colette era el original. Las demás hermanas eran copias.

Yvette lo saludó con una elegante reverencia y declaró, con un aire muy digno:

—Es un placer conocerle, milord.

Cogió su diminuta mano y correspondió con toda la parafernalia a su saludo.

—El placer es mío, señorita Yvette. Es un honor conocer a una joven dama tan encantadora.

Yvette se infló como un pavo real y al moverse hizo crujir las faldas de su vestido a rayas rosas y blancas.

Paulette puso los ojos en blanco ante las payasadas de su hermana y cogió a Lucien por el brazo, arrastrándolo hacia el pequeño comedor.

—Lord Waverly, siéntese en la cabecera de la mesa —declaró con un tono posesivo—, a mi lado.

No cabía la menor duda de que Lucien había convertido a la pequeña Paulette en su más ferviente admiradora.

Cuando se acercó a la cabecera de la mesa, pensó que aquél debió de ser probablemente el lugar que ocupaba el padre y experimentó una desconcertante punzada de melancolía justo en el corazón. Pero se vio rodeado al instante por un torbellino de movimiento: cada una de las hermanas se puso en marcha para asumir sus tareas. Lisette y Colette ayudaron a su madre a levantarse del diván y a sentarse en el extremo opuesto de la mesa, mientras que Juliette, Paulette e Yvette acercaban a la mesa humeantes bandejas con pollo, patatas asadas y pan recién hecho.

Sintiéndose más bien inútil, Lucien volvió a preguntarse ofuscado qué estaba haciendo en esa casa con aquellas seis mujeres. No tenía nada que hacer allí. Pero ya no podía evitarlo. De perdidos, al río, como bien decía la famosa frase.

Lucien tomó asiento cuando todas las damas estuvieron sentadas. Con Colette a su derecha y Paulette a su izquierda, estaba bien situado y sorprendentemente mucho más cómodo en aquella reunión femenina de lo que se habría imaginado. Yvette rezó una breve oración de acción de gracias y empezaron a servir y a pasar la comida sin más preámbulos. Jamás en su vida había tomado parte en una comida tan sencilla y hogareña, sin la presencia de un solo criado. Lisette volvía a la cocina de vez en cuando para ir a buscar más cosas, pero allí todo el mundo se servía a sí mismo. Y la comida estaba aún más deliciosa de lo que su aroma hacía prever.

Monsieur le comte, Colette se ha mostrado reticente en cuanto a contarnos detalles sobre cómo se conocieron. ¿Podría, por favor, esclarecerme cómo entabló amistad con mi hija? —preguntó Genevieve dándole vueltas a la comida que tenía en el plato, pero sin apenas probar bocado.

Lucien se encontró con seis pares de ojos de diversos tonos de azul clavados en él. Formaban una familia asombrosa que le tenía cautivado. En aquellas pequeñas dependencias de la planta superior de una librería londinense habían creado un refugio en el que se sentía inesperadamente como en casa.

—Tuve la buena fortuna de conocer a su hija un día que entré en la tienda para adquirir unos libros para mi padre, y después volvimos a encontrarnos en el baile de lady Hayvenhurst, donde también me fue presentada Juliette. —Se volvió hacia Colette con una sonrisa intencionada—. Y hemos seguido coincidiendo. Volvimos a vernos hace poco en el jardín de casa de lord Hutton. —No pudo evitar percatarse de que Colette se ruborizaba al escuchar la referencia a aquel beso secreto. Lucien había querido comprobar si obtenía de ella algún tipo de reacción y se quedó satisfecho con el resultado.

—¿Conoce a lord Eddington? —le preguntó Paulette, su dulce rostro lleno de curiosidad.

—Sí, es muy buen amigo mío. ¿Le conoce?

—Sí, es miembro de nuestro círculo de lectura para damas.

A punto estuvo Lucien de atragantarse con el sorbo de vino que acababa de tomar.

—¿Lo es? —Qué interesante. Jeffrey sólo le había mencionado que había visitado la librería. ¡Imaginarse a Jeffrey como miembro de algún tipo de club de lectura era ridículo! ¿Qué se traería entre manos? ¿Y detrás de qué hermana iría?

Paulette continuó animada con su explicación:

—Sí. Al principio, la intención era que el círculo de lectura fuera sólo para mujeres, pero todas votamos de forma unánime aceptar a lord Eddington en el grupo.

Sí, Lucien sabía que la opinión respecto a Jeffrey debía de ser unánime.

—Es un hombre excepcional y muy entendido en literatura —dijo Juliette sin levantar la vista del plato.

—No tenía ni idea —comentó con ironía Lucien, detectando una sonrisa contenida en el rostro de Juliette.

—Es verdad —añadió Colette—. Lord Eddington aportó puntos de vista muy valiosos a la discusión.

—¿Tiene usted hermanos o hermanas, lord Waverly? —preguntó la pequeña Yvette, mirándolo con los ojos abiertos de par en par.

—No —respondió Lucien. De pequeño siempre pensaba que le habría gustado tener un hermano o una hermana—. Soy hijo único.

—No me imagino no tener hermanos —dijo Lisette, asombrada.

—Yo me lo imagino constantemente —comentó con sequedad Juliette.

—¡No es verdad! —protestaron las otras cuatro al oír el comentario, una demostración de solidaridad familiar que hizo reír a Lucien.

—Está bien, está bien —reconoció Juliette, levantando las manos en señal de derrota—. Tener cuatro hermanas es la alegría de mi vida. Cambiemos de tema, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, cambiemos —accedió enseguida Colette, aunque la dicha se reflejaba en sus ojos.

Después de una pequeña pausa, Lucien apuntó una pregunta.

—Señora Hamilton, ¿tiene algún objetivo especial que el nombre de todas sus hijas termine con «ette»?

Genevieve esbozó una pequeña sonrisa.

Oui, mais bien sûr, al principio no sabía que iba a tener cinco hijas. Aunque una vez que empecé, cómo no continuar, ¿eh, monsieur? Quería, simplemente, que tuvieran algo en común que las uniese. Les puse nombres franceses, pero su segundo nombre es inglés.

Lucien se volvió hacia Colette con una mirada inquisitiva.

A la que ella respondió:

—Elizabeth.

Dijo Juliette:

—Sara.

Anunció Lisette:

—Annabelle.

Dijo Paulette:

—Victoria.

Y con un orgulloso gesto de asentimiento, añadió Yvette:

—Katherine.

—Nombres encantadores para damas encantadoras —dijo Lucien, cautivado por aquella encantadora familia de mujeres. Algo tenían que resultaba conmovedor.

—¡Lisette, explica lo que te ha pasado hoy! —gritó excitada Yvette—. Estábamos esperando a estar todas reunidas en la mesa para compartir la noticia.

El rostro de Lisette adquirió un rubor que le daba aún más belleza y movió la cabeza con timidez.

—No, Yvette, ahora no, tenemos un invitado importante.

—¡No es un invitado, es simplemente un hombre! —declaró Juliette lanzándole a Lucien una mirada desafiante—. Cuéntanos qué ha pasado.

Tu peux nous le dire. Tout ira bien, ma chérie. Cuéntanoslo, Lisette. No pasará nada —dijo Genevieve, animándola con una débil sonrisa.

Lisette volvió a protestar, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, exclamó Yvette:

—¡Henry Brooks le ha pedido por fin que le acompañe al baile del té de los Willoughby la semana que viene!

Rodeado por un coro de chillidos excitados y gritos de felicitación, Lucien miró a Colette.

—¿Debo entender que era algo esperado desde hacía tiempo?

—Sí —dijo Colette, moviendo afirmativamente la cabeza, la felicidad que sentía por su hermana patente en su expresión—. Conocemos a Henry Brooks desde hace años y él y Lisette se gustan desde hace todo este tiempo. Estábamos esperando que Henry diera el primer paso. ¡Y por lo que parece lo ha dado por fin!

—Entiendo. —Lucien se sintió integrado al compartir aquella escena íntima de vida familiar, algo que jamás había experimentado. La sensación de formar parte de una familia unida le resultaba desconocida y le atraía irresistiblemente hacia ellas, estaba fascinado. Cuando el revuelo fue apagándose, Lucien le deseó lo mejor a Lisette—. Henry Brooks es un tipo de lo más afortunado.

—Gracias, lord Waverly —dijo, mirándole con timidez.

—Hoy he recibido una carta de Christina Dunbar —dijo Juliette con más entusiasmo del que Lucien le hubiera visto nunca—. Ha llegado a Estados Unidos y le encanta la vida allí. Dice que Nueva York es el lugar más excitante del mundo y que está segura de que me gustaría tanto como a ella.

—Christina es muy buena amiga de Juliette —le explicó Colette a Lucien—. Acaba de casarse con un caballero norteamericano.

A Juliette le brillaban los ojos.

—Me ha invitado a visitarla.

—¡Tú no irás a Nueva York, Juliette! —exclamó Genevieve moviendo con vehemencia su cabeza cana.

—¿Por qué no? —dijo Juliette desafiando a su madre, su expresión de juvenil determinación—. ¡No estoy pidiéndote ir a África o a la India, por el amor de Dios!

Genevieve lanzó a su hija una mirada inequívoca que decía que no pensaba discutir sobre el tema en aquel momento.

Haciéndole caso omiso a su madre, Juliette se volvió de inmediato hacia Lucien.

—¿Ha estado alguna vez en Nueva York, lord Waverly?

—No, pero tengo un buen amigo que vive allí.

—Iré algún día —declaró Juliette, sus ojos echando chispas y desafiando a su madre.

—¿Y cómo crees que podrás hacerlo? —le dijo Paulette, mofándose de ella.

—Todavía no lo sé, pero recuerda mis palabras: ¡lo haré algún día! —La afirmación de Juliette las acalló a todas.

Intentando calmar el ambiente, preguntó Colette:

—¿Os ha sucedido hoy alguna otra cosa interesante?

—No —dijo poco a poco Paulette, mirando directamente a Colette—, pero el tío Randall ha estado antes por aquí.

A Lucien no le gustó en absoluto el abatimiento que cayó de inmediato sobre la mesa ante la mención del nombre de su tío. Genevieve se quedó blanca, si acaso su palidez habitual podía superarse. Lucien había coincidido con Randall Hamilton en alguna ocasión y no le gustaba especialmente. Al parecer, sus cinco sobrinas eran de la misma opinión.

—¿Qué quería el tío Randall, maman? —preguntó Colette, la preocupación frunciendo su frente.

J'ai très mal a la tête. Tengo un dolor de cabeza terrible —susurró Genevieve con un hilillo de voz—. Lisette, acompáñame a la habitación. Excusez moi, s'il vous plaît.

—¿Por qué no has mencionado que ha venido a verte el tío Randall? —insistió Colette—. ¿Qué quería?

—Quería… quería ponerme al corriente de vuestros avances en la Temporada —consiguió decir Genevieve mientras Lisette la ayudaba a incorporarse. Se apoyó en el bastón y se apartó de la mesa.

Colette lanzó una rápida mirada a Juliette y miró de nuevo a su madre.

—Pero ¿qué ha dicho?

—Ha dicho que no os estabais portando bien —dijo Genevieve reprendiéndolas, con más vigor del que Lucien la imaginaba capaz—. Tu ne te trouveras jamais de mari à ce train là. Je ne veux pas en parler avec toi maintenant. Debéis escuchar los consejos de vuestra tía Cecilia y vuestro tío Randall. Y no hablaré más del tema delante de nuestro invitado. Bonsoir, monsieur le comte. Buenas noches.

Tanto Colette como Juliette se quedaron mirando mudas y cabizbajas sus platos. Lucien se habría reído con ganas al ver a Juliette recibir tal reprimenda, pero se calló al percatarse de la expresión de preocupación y ansiedad de Colette. Se levantó entonces para ayudar a Lisette con su madre. Genevieve aceptó agradecida su ayuda, y le dio las gracias cuando entre ambos la acompañaron a su habitación.

Cuando regresó al comedor, las chicas seguían sin abrir la boca. Lisette le seguía los pasos.

—Tendría que irme —le dijo Lucien al apagado grupo que continuaba sentado a la mesa.

—¡Oh, no, lord Waverly, he preparado una tarta de manzana buenísima para el postre! ¡Tiene que quedarse y probarla! —le suplicó Lisette—. Sería una decepción que se marchase ahora.

—¡Sí, quédese, por favor! —dijeron al unísono Yvette y Paulette.

Juliette y Colette permanecieron en silencio.

Lucien miró de reojo a Colette, preguntándole con la mirada. Colette asintió, deseosa de que se quedara un rato más, y él se sintió curiosamente aliviado al ver que ella seguía deseando su presencia. Sin decir palabra, volvió a su puesto en la mesa. De pronto, Lisette empezó a retirar los platos y se metió en la cocina. Yvette la siguió para ayudarla.

—¿Se ha enterado de que ayer falleció Charles Dickens? —dijo de repente Paulette.

—Sí —dijo interesado Lucien—. Lo he leído en el Times de hoy.

—Una noticia terrible —murmuró Colette haciendo referencia a la pérdida del prolífico escritor.

—Tendríamos que poner todos sus libros en la estantería principal, pues seguro que ahora todo el mundo querrá comprarlos —sugirió Paulette.

—¡Una idea brillante, Paulette! —exclamó Colette, su mirada iluminándose ante la perspectiva de vender más libros.

La conversación se animó en cuestión de momentos y enseguida se restauró el buen humor.

Para cuando Lucien hubo terminado su delicioso pastel de manzana, había confirmado que las hermanas Hamilton, pese a lo similar de su aspecto, poseían personalidades decididamente distintas. La dulce Lisette tenía un carácter bondadoso y sin presunciones, pero era la primera en dar consuelo a las demás. Paulette tenía una cabeza bien amueblada e inteligente y un corazón bondadoso. La pequeña Yvette era animada y de risa fácil. Juliette, claro está, le sacaba constantemente de quicio, pero tenía también sus cualidades. Incluso Genevieve Hamilton podía resultar encantadora. Todas las hermanas eran simpáticas y divertidas y lo habían conquistado con su cándida franqueza y su buen humor mientras que, por otro lado, su fuerte sentido de la camaradería y la devoción que las unas sentían por las otras le habían fascinado. Las únicas relaciones que Lucien había tenido con mujeres era con su madre, con lady Virginia Warren y con las típicas mujeres amantes del placer que habían compartido su cama.

Jamás había conocido a mujeres como las Hamilton.

Y después estaba Colette…

Colette le tenía intrigado. Se había dado cuenta de lo mucho que le importaban sus hermanas menores. Se había fijado en la paciencia con la que atendía a su aquejada madre. En cómo trabajaba en la librería para sustentar a la familia. Con su padre fallecido y su madre incapacitada, Colette había asumido el papel de padre y madre de las demás chicas. Todas contaban con ella para tomar sus decisiones. Cuando, con veinte años de edad, lo que tendría que estar haciendo Colette era disfrutar de fiestas y bailes y dejarse cortejar por los pretendientes.

Y además, estaban obligándola a encontrar un marido, ¿no?

Por mucho que la idea no le gustara en absoluto, lo más probable era que fuera lo mejor. Un marido le evitaría a Colette tener que afanarse en la librería y cuidaría de ella como se merecía. Pero ¿qué sería de las hermanas si Colette se casaba? Observó a las cuatro hermosas chicas mientras recogían la mesa. El hombre que tomara a Colette como esposa asumiría además la responsabilidad de sus hermanas. Y también de su madre enferma.

Y luego estaba el tío, que se dedicaba a exhibir a Colette delante de un montón de viejos locos y ridículos. Ninguno de los hombres con los que la había visto bailar llegaba ni a la mitad de lo que ella se merecía. En aquel mismo momento tomó la decisión de presentarle a Colette, y también a Juliette, candidatos a marido más adecuados.

Cuando se despidió de las encantadoras hermanas Hamilton, Lucien se dio cuenta de que aquella noche, en compañía de aquella pequeña familia, se había sentido más relajado y más en casa de lo que podía haberse sentido en mucho tiempo. De hecho, no recordaba haberse sentido jamás así, al menos en su vida de adulto. Colette le acompañó hasta la puerta principal de la casa y la escalera, que daba a una entrada distinta a la del acceso a la vivienda por la librería.

Cuando llegaron al último descansillo, dijo Lucien:

—Gracias por esta encantadora velada.

—Gracias por tu paciencia con mis hermanas —dijo Colette, levantando la cabeza para mirarle—. Y pido disculpas por la situación embarazosa que ha provocado mi madre.

—No hay ninguna necesidad de disculparse. —Hizo una pausa antes de preguntar—: ¿Va todo bien con tu tío? No he podido evitar darme cuenta de que parecías muy preocupada por el hecho de que hubiera venido hoy a visitar a tu madre.

Colette dudó un momento.

—Como has podido comprobar, mi tío no siempre tiene en cuenta lo que me conviene de verdad cuando piensa en elegirme un marido, y me preocupa que haya tratado de convencer a mi madre para que me obligue a casarme con alguien que yo pueda haber ya rechazado…

—Ahora lo entiendo —susurró Lucien—. No necesitas darme más explicaciones.

Ella siguió mirándole y sonrió.

—Eres muy caballeroso.

—No, no lo soy —dijo con franqueza, consciente de que en aquel momento sus pensamientos hacia ella no eran precisamente los de un caballero—. Recuerda lo que te dije, Colette. Asegúrate de elegir un marido con quien quieras de verdad casarte. No permitas que tu tío elija por ti.

—Gracias, Lucien —musitó ella. Asintió con obediencia y levantó la vista hacia él, expectante.

El sonido de su nombre en sus dulces labios y su bello rostro mirándole con el deseo de un beso provocaron en él un escalofrío de deseo que resultaba casi insoportable. Lucien ansiaba por encima de todo atraerla hacia él y unir su boca a la de ella, sellar la velada con un beso abrasador. Se moría de ganas de empujarla contra la pared, allá mismo en aquel diminuto vestíbulo, de levantarle la falda de su vestido y hacerla suya. Dios, cuánto la deseaba. Incapaz de evitarlo, le acarició con delicadeza la mejilla y recorrió la línea de su mandíbula hasta alcanzar la barbilla. Sabiendo sin el menor atisbo de duda que un solo beso, el más leve de los besos, le empujaría hacia el borde de un peligroso precipicio del que a buen seguro no habría regreso, Lucien dio un paso atrás, su cuerpo tembloroso y atormentado.

—Buenas noches, Colette —susurró, el deseo no extinto tornando su voz ronca y tensa.

Aquella noche de junio, de camino de vuelta a su casa, Lucien deseó que la brisa que soplaba fuera mucho más fresca.


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