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9.
Se lamenta el tío.


—Es la única salida, Genevieve —alegó Randall Hamilton ante la viuda de su hermano—. La librería no vale nada, pero el edificio completo nos aportaría una cantidad considerable de dinero.

—No sé… Je ne sais pas quoi faire… —Genevieve dudaba—. Colette adora la tienda. Si la vendo, le rompería el corazón. —Suspiró con cansancio, angustiada por el tema de conversación.

Randall intentó reprimir la frustración cada vez mayor que le provocaba aquella débil mujer. Le sobrecogía el declive continuado que había sufrido con los años, pues Genevieve La Brecque había sido en sus tiempos una belleza asombrosa. Tan asombrosa, que incluso Randall se había enamorado de ella. Pero acabó casándose con Thomas. Nunca había llegado a entender cómo su hermanastro consiguió casarse con una mujer como Genevieve.

Thomas fue un niño débil y estudioso que acabó convirtiéndose en un hombre más débil si cabe y en un auténtico ratón de biblioteca. A pesar de compartir el mismo padre, Thomas y Randall eran distintos como la noche y el día. Mientras que Randall vivía impulsado por el deseo de ser rico y poderoso, lo único que motivaba a Thomas era su amor por los libros. Ya de pequeños, Thomas era feliz sentado en la biblioteca de su padre y leyendo horas y horas, mientras que Randall dedicaba su tiempo a montar a caballo y evitaba el aula siempre que le era posible. Su tutor adoraba al estudioso Thomas, pero se desesperaba para que el recalcitrante Randall aprendiera la más mínima cosa. Ambos acabaron en Cambridge, pero mientras que Thomas acudió allí para aprender de verdad, Randall lo hizo simplemente para apaciguar a su padre y pasárselo bien yendo de juerga con sus amigos.

Cuando su padre murió, Randall heredó el título de lord Hamilton y poco más, y no tardó mucho tiempo en descubrir el escaso valor y lo vacío de su herencia. Con los años, su padre había dilapidado el grueso de la fortuna familiar. Defraudado ante el inesperado giro de los acontecimientos, Randall buscó una esposa rica para reforzar las arcas de la familia. Se casó con Cecilia Brewton, una pequeña heredera mínimamente atractiva que fue lo mejor que pudo encontrar dada su desesperada situación económica. Al final resultó ser una buena elección, pues él y Cecilia coincidían en lo que consideraban importante en la vida y se lo pusieron como objetivo. Cecilia gastaba con inteligencia y procuraba en todo momento que lord y lady Hamilton mostraran en público su mejor cara. Relacionándose únicamente con quienes más les interesaban y asistiendo sólo a las fiestas más elitistas, juntos habían llegado a su máximo posible en la escala social. No habían tenido problemas económicos hasta aquel año, en el que Randall había realizado unas inversiones nefastas en el sector del transporte marítimo que le habían supuesto un terrible y costoso golpe. Además, si tener que sustentar económicamente a la familia de su hermano ya era malo de por sí, poco después descubrió el asombroso alcance de las deudas de juego de su hijo Nigel. Randall corría en aquel momento el peligro de perderlo todo.

Le irritaba en extremo que todos los éxitos que habían conseguido él y Cecilia a costa de tanto tiempo y esfuerzo descansaran ahora de forma precaria sobre los hombros de dos de las hijas de Thomas y Genevieve.

Su hermanastro menor y su familia siempre le habían amargado la existencia a Randall. Mientras que él trabajó para elevar la posición social de la familia, Thomas, para humillación de Randall, optó por abrir una pequeña librería cerca de Mayfair. Randall no sabía qué odiaba más: si a su miserable hermanastro, la bella Genevieve y su multitud creciente de hijas, o la desvencijada librería que ostentaba el nombre de su familia.

Le exasperaba que ahora su seguridad financiera dependiese de los caprichos de sus frívolas sobrinas. Durante las semanas previas al inicio de la Temporada, Cecilia había hecho todo lo posible para enseñar a Colette y Juliette la forma correcta de comportarse en sociedad, pero eran una causa perdida. Estaba harto de perder el tiempo con ellas y sus volubles maneras.

—Que a Colette se le pueda partir el corazón no es precisamente lo que más me preocupa en este momento, Genevieve. Se trata de nuestra supervivencia.

Una expresión de dolor asoló las pálidas y desmejoradas facciones de Genevieve.

—He tenido mucha paciencia con vosotras —volvió a empezar Randall, tratando de mantener la calma—. Cuando Thomas murió, lo dejé todo en vuestras manos, ¿no hice eso?

Genevieve asintió con debilidad.

Oui, pero…

—Ha pasado casi un año. La librería apenas daba para manteneros a los siete en vida de Thomas, y cada vez da menos. Colette me ha mostrado los libros de contabilidad. Como vuestro pariente varón más próximo, estoy obligado por honor a ayudaros. Y lo hago, pero no puedo seguir manteniéndoos. He equipado elegantemente a las chicas para la Temporada y les he presentado potenciales maridos, pero ellas no cooperan, Genevieve. Sobre todo Juliette.

Frunció el entrecejo al recordar a Juliette dándole un bofetón a lord Trenton en pleno concierto de lady Deane. Se había puesto furioso con ella, pues Trenton estaba dispuesto a aceptar a una chica voluntariosa y testaruda como Juliette y había accedido además a aportar una suma importante por ella. Le dejaba perplejo que un hombre tan débil como Thomas y una criatura tan patética como Genevieve hubieran podido engendrar una hija tan voluntariosa y obstinada como Juliette. De hecho, todas las hijas tenían más carácter y agallas que sus dos progenitores juntos.

La vida jugaba a las familias malas y, con frecuencia, crueles pasadas. ¿Cómo era posible que él y Cecilia hubieran tenido un hijo tan decepcionante y débil como Nigel?

—Juliette es una chica especial —afirmó Genevieve con la barbilla muy alta—. Elle est extravagante. Elle n'écoute que son coeur. Te dije desde el principio que nunca te permitiría que le eligieses marido. Tendrá que…

—Tendrá que controlarse, eso es lo que tendrá que hacer —la interrumpió enfadado Randall—. He agotado todos los pretendientes. Es una alborotadora y no habrá hombre que la quiera, recuerda bien mis palabras. ¡Nadie la querrá como esposa!

—¡Randall! —exclamó Genevieve, conmocionada, pestañeando para reprimir las lágrimas—. ¡Es mi hija!

—Tenemos que vender el edificio. No hay otra alternativa.

El valor del edificio se había más que cuadruplicado desde que Thomas adquiriera la propiedad veinte años atrás, pero su cuñada no tenía por qué saberlo. Randall acababa de enterarse de aquel importante detalle. De haberlo sabido antes, no habría gastado tanto dinero en el guardarropa de sus sobrinas para aquella farsa de Temporada. Necesitaba aquel dinero adicional. Y después más. Y lo necesitaba ya.

—¿Y Colette? Elle sait ce que l'on attend d'elle. Se comportará. ¿Crees de verdad que no puede hacer un buen matrimonio?

Randall, frustrado, puso los ojos en blanco.

—Colette es casi tan mala como su hermana.

Genevieve movió de un lado a otro su cana cabeza en señal de protesta.

Non, Colette es una buena chica. Sabe lo que tiene que hacer. No nos defraudará. Hará un buen matrimonio. Habrá un caballero amable que la quiera como esposa. Y será feliz.

—¿Me estás escuchando? —Se esforzó para no gritarle a su cuñada, que parecía corta de luces—. Llevamos un mes de Temporada. Tus hijas han ignorado descaradamente todos y cada uno de los consejos y advertencias que les hemos dado Cecilia y yo. Han rechazado entre las dos a una docena de pretendientes más que adecuados, han sido vistas en compañía de calaveras reconocidos y Juliette se ha ganado ya una pequeña reputación de rebelde. No sé si me será posible hacer alguna cosa para remediar la situación.

Muda ante aquel arrebato de ira, Genevieve se tapó la cara con sus largas y elegantes manos, como si pensara que sus problemas pudieran desaparecer al no verlos. Randall la había asustado. De verdad.

—Les he dado a tus dos hijas la oportunidad de su vida. Si se niegan a casarse con quien yo les elija, que nadie me eche la culpa. No puedo seguir manteniéndoos económicamente, pues también yo tengo en este momento problemas de dinero. Si vendemos el edificio, podré recuperar las pérdidas que me han supuesto las chicas y vosotras dispondréis de una cantidad moderada para vivir. ¿Entiendes lo que te digo, Genevieve?

Poco a poco, Genevieve retiró las manos de su cara.

—Sí, lo entiendo. Bien sûr, je ne sais pas une imbécile.

—Podríais comprar una casita junto al mar. Te gustaría, ¿verdad? Las chicas ya no tendrían que trabajar en la librería. Y tú estarías feliz allí.

Genevieve ejerció presión en sus sienes con los dedos y exhaló un melodramático suspiro.

—No sé —gimoteó, su acento francés tornándose más pronunciado—. Je ne sais pas quoi faire…

«Los franceses siempre con su histrionismo», pensó con desprecio Randall. Siguió presionando, consciente de que la capitulación estaba próxima.

—Es lo que tienes que hacer y lo sabes. Y no tenemos por qué contárselo a Colette. Se lo diremos cuando ya esté vendido. Seguramente se sentirá agradecida al verse aliviada de la carga que le supone llevar la tienda. La informaremos de la venta cuando ya esté cerrada.

Lo último que Randall quería hacer era permitir que Colette se enterara de que pretendía vender la tienda. Era muy lista y se pelearía con él con uñas y dientes para impedírselo. Descubriría además el precio actual y exigiría lo que por derecho les correspondía. No podía permitir que se enterara. Él se merecía la mayor parte del dinero por todos los problemas que su hermano y su familia le habían causado a lo largo de los años. Además, necesitaba el dinero para liquidar la gigantesca deuda que Nigel había acumulado últimamente.

—Oh, Randall, je vous en prie. ¡No me hagas hacer esto, por favor! —exclamó.

—No estoy obligándote a hacer nada, Genevieve. Simplemente pretendo guiarte para que tomes una decisión financiera inteligente. Si me das la escritura del edificio, lo venderé por ti. Ganarás una cantidad importante de dinero, que servirá para mantenerte hasta la vejez en una casita encantadora a orillas del mar. No tendrás que depender más de mí. Es lo que nos gustaría a ambos, ¿no es eso, Genevieve?

—Yo nunca te he importado —dijo sorbiendo por la nariz y con aspecto ofendido.

Ignorando sus pucheros, Randall continuó, decidido:

—Esto no viene al caso, querida. Te ofrezco la oportunidad de ser autosuficiente y de quitarle a tu hija el peso que supone esa patética librería. Vamos, Genevieve, reconócelo. Odias la librería casi tanto como yo. —Era una puñalada en la oscuridad, pero llevaba años sospechándolo.

Oui —confesó ella, casi aliviada después de reconocerlo—. C'est la verité.

Se quedó mirándolo con sus ojos de color lapislázuli. Genevieve había sido muy bella, tan bella como sus hijas, y Randall nunca llegó a comprender lo que pudo haber visto en el insípido de Thomas. Ahora, sin embargo, era una mera sombra de la que fuera en su día. Randall experimentó en aquel momento una sensación de lástima abrumadora.

—Thomas pasaba su tiempo allá abajo. Nunca estaba aquí conmigo.

—Vende el edificio. Nada te une aquí excepto tristes recuerdos. Trasládate al mar junto con tus hijas.

—¿Crees sinceramente que te lo pagarían bien? —preguntó ella, y él se vio obligado a reprimir su euforia al escuchar la pregunta. Genevieve empezaba a flaquear.

—Sé que obtendré un precio justo. En estos años, el precio de las propiedades en Mayfair se ha duplicado, como mínimo —dijo mintiendo sin el menor problema.

—¿De verdad? —cuestionó ella, incapaz de ocultar un destello de esperanza en su mirada.

—Sí. Y, de hecho, ¿no utilizó mi hermano tu herencia para comprar el edificio?

—¡Oui, sin siquiera consultarme cuando fue mi madre quien me dejó a mí el dinero! —exclamó, los años de rabia y resentimiento evidentes en su entrecejo fruncido y su expresión afligida—. C'était mon argent. Yo nunca quise vivir aquí. —Hizo un gesto de repugnancia con su elegante mano en dirección a las estancias modestamente amuebladas.

—Entonces véndelo. Entrégame la escritura, Genevieve.

—Lo haré —dijo, sus ojos brillantes de emoción y, a continuación, murmuró rápidamente en francés—: Que Dieu me protège mais je dois le faire. Je vendrai donc ma librairie. Venderé la librería, Randall.

Él soltó un suspiro de alivio al escuchar su respuesta.

—Me encargaré de todo, Genevieve. Pero no se lo digas a las chicas. Se llevarían un disgusto. Sobre todo Colette —la alertó.

—No, no se lo diré. —Gritó entonces hacia la otra habitación—: ¡Paulette! ¡Paulette!

Se abrió la puerta de un dormitorio y apareció una de las chicas.

—¿Sí, madre? —preguntó al entrar en el salón donde su madre estaba sentada con Randall—. Buenas tardes, tío Randall.

—Buenas tardes, Paulette —replicó él. Con su cabello color miel, sus ojos azul verdoso y sus angelicales facciones, acabaría siendo una belleza pareja a la de sus hermanas mayores. Era algo que nunca dejaría de sorprender a Randall. Era lo único que podía reconocerle a su hermano. Thomas había conseguido engendrar cinco hijas asombrosas, cada una más preciosa que la precedente. Había tenido suerte en aquel sentido. Randall se estremeció sólo de pensar en lo apurada que sería su situación de haber sido sus sobrinas poco agraciadas…

—Ve a mi cuarto, ma petite chérie, y en el cajón superior de mi escritorio encontrarás unos documentos. ¿Me los traes, por favor? —le pidió Genevieve.

Oui, maman.

Viendo a Paulette salir corriendo para cumplir la orden de su madre, Randall se preguntó si su cuñada francesa estaría realmente incapacitada o si actuaba de aquel modo sólo para impresionar. Llevaba años sin salir de casa, exceptuando el año anterior, cuando lo hizo para asistir al funeral de Thomas. Confiaba en su bastón dorado y en la ayuda de sus hijas, pero se la veía con movilidad suficiente. Randall era de la opinión de que disfrutaba de la atención que le otorgaba su «enfermedad».

—Estás tomando una decisión inteligente —le recordó Randall para animarla cuando llegó Paulette con un pliego de documentos y se los entregó a su madre.

Paulette asintió obedientemente y volvió a dejarlos solos. Genevieve hojeó los documentos. Los miró forzando la vista, su expresión de perplejidad. Suspiró de manera exagerada y por fin se los entregó todos a Randall con una mirada de impotencia.

—No sé qué estoy buscando.

Emocionado por su éxito, Randall removió los documentos hasta que encontró la escritura de propiedad del edificio. Devolvió el resto de los papeles a Genevieve.

—Recuerda no mencionar esto a Colette ni a ninguna de las chicas.

—No hablaré de ello hasta que todo esté cerrado. —Le temblaron ligeramente los labios al pronunciar aquellas palabras.

Randall asintió dando su aprobación y guardó en el interior de su chaqueta la valiosa escritura.

—Lo venderé sólo al precio más alto, y pronto tendrás tu casita y te habrás quitado esto de encima.

Je vais finalement m'en débarrasser. —Con tristeza, se secó una lágrima y sorbió por la nariz—. Sí, me quitaré este lugar de encima —repitió inexpresivamente.

Con el corazón latiéndole con fuerza y conteniendo la respiración para que no la oyesen, Paulette se quedó escondida junto a la puerta del salón para escuchar la conversación entre su madre y su tío Randall. Sabía que no estaba bien escuchar a hurtadillas y se esforzaba de verdad para no oír a sus hermanas cuando hablaban de cosas íntimas, pero no pudo evitar quedarse allí después de que el tío Randall hubiera llamado inesperadamente a la puerta a primera hora de aquella tarde. Colette estaba trabajando abajo en la tienda y sus hermanas habían salido. De modo que Paulette era la única que estaba en casa al cargo de su madre cuando su tío llegó. En cuanto el tío Randall anunció que quería hablar con su madre en privado, ésta la hizo salir del salón. Se fijó en el detalle de que el tío Randall había entrado en casa por la entrada privada, no a través de la tienda, lo que quería decir que Colette no estaba al tanto de su visita. Alarmada por la situación, se había quedado escuchando al otro lado de la puerta.

¡Su madre pensaba vender la tienda! ¡Y no sólo iba a vender la tienda, sino todo el edificio y después se irían a vivir a la playa!

¿Qué significaba aquello? Y, más importante aún, ¿qué podía hacer para impedirlo?

Tenía que contárselo a Colette. Colette sabría perfectamente qué hacer.

Paulette sintió una aguda punzada de remordimiento. La pobre Colette tenía que preocuparse por todo. Desde que su madre se había puesto enferma, Colette era quien había tomado las riendas de la familia. Y después de la muerte de su padre, había asumido la responsabilidad de la librería y trabajaba sin parar para que pudiera sustentarlas. Cuando tío Randall se ofreció a facilitar el debut en sociedad de Colette y Juliette, ella había accedido valientemente, consciente de que estaba en venta para contraer un matrimonio que pudiera beneficiarlas a todas. Se lo había cargado todo a sus espaldas.

Paulette oyó marchar a su tío y suspiró pesadamente, la cabeza apoyada en el umbral de la puerta. Esperaba que su madre la llamara de un momento a otro. Su madre tenía miedo a quedarse sola y siempre necesitaba a alguna de sus hijas a su lado. Pero vio pasar los minutos en el pequeño reloj de su vestidor sin que su madre reclamara su presencia.

Mientras esperaba y pensaba qué hacer, se preguntó por la importancia de ese hecho excepcional.

Aun sin pretenderlo, Paulette oía por casualidad muchas conversaciones de las que no debería tener conocimiento, pero a veces ésa era la única manera de estar al corriente de lo que sucedía en la familia. Había oído sin querer a Colette y Juliette hablar sobre dinero y sobre lo grave que era su situación y lo preocupadas que estaban. Paulette sabía que Colette trabajaba muy duro y que nunca se quejaba cuando estaba cansada o tenía miedo. Juliette llevaba las cosas de otra manera. Reía o actuaba como si no tuviera importancia para ella, pero Colette lo hacía todo para que ella, Lisette e Yvette estuvieran bien. Colette no quería preocuparlas.

Paulette sintió una punzada de tristeza al pensar en todo lo que había trabajado en la tienda y en los preciosos cartelitos que había pintado con tanto amor y sujeto con la cinta verde.

Por mucho que Paulette amara la librería con todo su corazón y le doliera mucho perderla, quizás vender el establecimiento y trasladarse a vivir cerca del mar fuera la mejor solución. Naturalmente, a Juliette le entusiasmaría la noticia de abandonar para siempre la tienda. Lisette apoyaría cualquier decisión que tomara su madre, mientras que Yvette era demasiado pequeña para preocuparse por lo que hicieran. Si vendían la librería y se trasladaban, ya no tendrían que preocuparse por el dinero y Colette no se vería obligada a trabajar tanto.

Tal vez el tío Randall tuviera razón.

Tal vez mejor no contárselo a Colette.


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