Adaptación de la obra teatral por






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añadió-: ¡Laura! No estarás diciendo que yo le maté.

Se encontraban frente a frente. Guardaron silencio durante un instante. Luego Laura dijo:

-Oí el disparo, Julian. -Respiró hondo an­tes de continuar-. Oí el disparo y tus pasos mientras te alejabas por el camino. Bajé, y allí estaba Richard, muerto.

Pasado un instante, Farrar respondió con suavidad:

-Laura, yo no le maté. -Alzó la vista al cie­lo como en busca de inspiración y después clavó los ojos en ella-. Vine para hablar con Richard -explicó-, para decirle que después de las elec­ciones tendríamos que llegar a algún acuerdo so­bre el divorcio. Oí un disparo poco antes de lle­gar, pensé que se trataba de uno de los juegos de Richard, como siempre. Entré, y allí estaba, muerto. El cuerpo todavía estaba caliente.

Ella le miró perpleja.

-¿Caliente? -repitió.

-No llevaba más de uno o dos minutos muerto. Como es natural, pensé que le habías matado tú, ¿quién más podía haber sido?

-No lo comprendo -murmuró ella.

-Supongo... supongo que pudo ser un sui­cidio -aventuró Farrar, pero Laura le interrum­pió.

-No, no pudo ser, porque... -Enmudeció al oír los gritos exaltados del joven Jan en el inte­rior de la casa.
14

Farrar y Laura corrieron hacia la casa y casi chocaron con Jan cuando salió por la contraven­tana de la terraza.

-¡Laura! -gritó mientras le empujaba ha­cia la biblioteca-. Laura, ahora que Richard ha muerto, todas sus pistolas, rifles y cosas así me pertenecen, ¿verdad? Quiero decir, yo soy su hermano, soy el hombre de la familia.

Julian Farrar les siguió a la biblioteca, se acercó al sillón y se sentó en el brazo mientras Laura trataba de tranquilizar a Jan, que no cesa­ba de quejarse.

-Benny no me deja coger las pistolas, las ha guardado con llave en el armario de allá arriba. -Señaló con un gesto hacia la puerta-. Pero son mías, estoy en mi derecho. Dile que me dé la llave.

-Escucha, Jan, cariño -comenzó Laura, pero Jan no quería ser interrumpido. Se dirigió rá­pido hacia la puerta y dio media vuelta gritando:

-Me trata como a un niño. Todos me tratan como a un niño, pero soy un hombre. Ten­go diecinueve años, soy casi mayor de edad.

-Abrió los brazos como si intentara abarcar sus pistolas-. Todas las cosas de Richard me perte­necen. Haré lo mismo que él, dispararé contra las ardillas, los pájaros y los gatos. -Rió histéri­co-. Quizá dispare también contra las personas que no me gustan.

-No debes excitarte, Jan -le advirtió Laura.

-No estoy excitado -respondió enfurru­ñado-. Pero no voy a dejar que... que me victi­micen. Ahora soy el señor de la casa y todos ha­rán lo que yo diga. -Se detuvo un instante y después se dirigió a Farrar-: Yo también podría ser juez de paz si quisiera, ¿verdad, Julian?

-Todavía eres demasiado joven para eso

-contestó Farrar.

Jan se encogió de hombros y se volvió hacia Laura.

-Todos me tratáis como a un niño -volvió a lamentarse-. Pero ahora que Richard ha muerto ya no podéis. -Fue hasta el sofá, se sen­tó y se cruzó de piernas-. Además, supongo que ahora también soy rico, ¿verdad? Esta casa me pertenece, nadie puede mandarme, ahora mandaré yo. No dejaré que la tonta de Benny me diga lo que tengo que hacer, si Benny intenta darme órdenes, yo... ¡yo ya sé lo que haré!

Laura se acercó a él.

-Jan, cariño -susurró con dulzura-, éste es un momento muy difícil para todos, y las co­sas de Richard no pertenecerán a nadie hasta que vengan los abogados, lean el testamento y lo autentifiquen. ¿Lo comprendes?

La voz de Laura tuvo un efecto balsámico y tranquilizador sobre Jan. El joven la miró, le ro­deó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su regazo.

-Comprendo lo que dices, Laura -dijo-. Te quiero, Laura. Te quiero mucho.

-Sí, cariño -murmuró ella con dulzura-. Yo también te quiero.

-Estás contenta de que Richard haya muer­to, ¿verdad? -preguntó Jan de repente. Sorprendida, ella respondió:

-No, claro que no.

-Sí que lo estás -replicó él, astuto-. Aho­ra podrás casarte con Julian.

Laura lanzó una rápida mirada a Julian, que se puso en pie mientras Jan continuaba hablando.

-Sé que hace mucho tiempo que quieres ca­sarte con Julian. Todos piensan que no me doy cuenta de las cosas, o que no sé nada, pero no es así. Ahora estáis bien, la situación se ha arreglado y estáis contentos. Estáis contentos porque... -Calló al oír la voz de la señorita Bennett en el pasillo llamándolo.

Jan rió.

-¡Benny, tonta! -gritó mientras daba saltos en el sofá.

-Pórtate bien con Benny -le reprendió Laura mientras le ayudaba a ponerse en pie-. Está muy preocupada por todo -añadió mien­tras lo acompañaba hasta la puerta-. Tienes que ayudar a Benny, Jan, porque ahora eres el hom­bre de la familia.

Jan abrió la puerta, miró a Laura y después a Julian.

-De acuerdo, de acuerdo -prometió con una sonrisa-. Lo haré. -Abandonó la habita­ción, cerró la puerta tras de sí y comenzó a gritar «¡Benny!».

Laura se volvió hacia Farrar, que se acercó a ella.

-No tenía ni idea de que supiera lo nuestro -exclamó ella.

-Ese es el problema con las personas como Jan. Nunca sabes cuánto saben. Es muy... quiero decir... se altera muy rápido, ¿verdad?

-Sí, se pone nervioso muy rápido -reco­noció Laura-. Pero ahora que no está Richard para burlarse de él, se tranquilizará, será más normal, estoy segura.

Farrar parecía dudoso.

-No lo sé -comenzó, pero se detuvo al en­trar Starkwedder por la contraventana de la te­rraza.

-Hola -dijo con tono alegre.

-Hola -respondió Farrar titubeante.

-¿Cómo va todo? ¿Felices como perdices? -preguntó Starkwedder mientras los contem­plaba. Sonrió-: Ya veo, dos son compañía y tres son multitud. No debería haber entrado por la contraventana así, un caballero se hubiera dirigi­do a la puerta principal y hubiera llamado al tim­bre, ¿no es así? Pero, saben, yo no soy ningún caballero.

-Por favor... -comenzó Laura, pero Stark­wedder la interrumpió.

-De hecho -explicó-, he venido por dos razones. En primer lugar, para despedirme, ya han verificado mis antecedentes y las altas esfe­ras de Abadan han confirmado que soy un hom­bre bueno y honesto. Así que ya soy libre de marcharme.

-Siento que se vaya tan pronto -dijo Laura.

-Muy amable por su parte -respondió Starkwedder con cierta acritud-, sobre todo si se tiene en cuenta la manera en que me he entrometido en este asesinato familiar. -Contempló a Laura un instante y después se acercó a la silla del escritorio-. Pero he entrado por la contraventana por otra razón. La policía me ha acom­pañado en su coche y, aunque no se mostraron muy comunicativos, creo que se traen algo entre manos.

Laura ahogó un grito de consternación.

-¿La policía ha vuelto?

-Sí -confirmó Starkwedder.

-Pero pensé que ya habían acabado esta ma­ñana.

Starkwedder le dirigió una mirada astuta. -¡Por eso digo que se traen algo entre ma­nos! -exclamó.

Laura y Farrar se acercaron al oír unas voces en el pasillo. La puerta se abrió y entró la madre de Richard Warwick, muy erguida y dueña de sí misma, a pesar de seguir caminando con ayuda de un bastón.

-¡Benny! -exclamó por encima del hom­bro antes de dirigirse a Laura-. ¡Ah! Estás aquí, Laura. Te estábamos buscando.

Farrar se aproximó a la señora Warwick y la ayudó a sentarse en el sillón.

-Qué amable por tu parte volver a pasar por aquí, Julian, con lo ocupado que estás -comentó.

-Hubiera venido antes, señora Warwick -respondió Farrar-, pero hoy ha sido un día especialmente ajetreado. Si puedo hacer algo para ayudar... -Enmudeció al entrar en el estudio la señorita Bennett seguida del inspector Thomas.

El policía, que se detuvo en el centro de la habitación, llevaba un maletín en la mano. Stark­wedder se sentó en la silla del escritorio y encen­dió un cigarrillo mientras el sargento Cadwalla­der entraba acompañado de Angell.

-No encuentro al joven Warwick, señor -dijo el sargento al inspector mientras se acer­caba a los ventanales de la terraza.

-Está fuera en algún lugar, ha salido a dar un paseo -anunció la señorita Bennett.

-No importa -dijo el inspector. Observó a todos los presentes. Su actitud había cambiado y ahora mostraba cierta severidad.

Después de esperar un momento a que ha­blara, la señora Warwick preguntó con frial­dad:

-¿Debo suponer que tiene más preguntas que hacer, inspector Thomas?

-Sí, señora Warwick, me temo que sí.

La voz de la señora Warwick sonó cansada cuando preguntó:

-¿Todavía no tiene noticias de ese MacGre­gor?

-Al contrario -respondió el inspector.

-¿Lo han encontrado? -preguntó la seño­ra Warwick, ansiosa.

-Sí.

Todos reaccionaron con manifiesta agita­ción. Laura y Farrar se mostraron incrédulos mientras que Starkwedder se volvió hacia el ins­pector.

La voz severa de la señorita Bennett rasgó el silencio:

-Entonces, ¿le han arrestado?

El inspector la miró antes de responder.

-Creo que eso es imposible, señorita Bennett.

-¿Imposible? -exclamó-. Pero, ¿por qué?

-Porque está muerto -respondió el inspector con voz seca.

15

El anuncio del inspector Thomas fue recibi­do con un silencio atónito. Laura susurró con voz titubeante y temerosa:

-¿Qué ha dicho?

-He dicho que ese MacGregor ha muerto. Todos emitieron un grito de sorpresa. El ins­pector inició la explicación:

-John MacGregor murió en Alaska hace más de dos años, poco después de regresar de In­glaterra a Canadá.

-¡Muerto! -exclamó Laura, incrédula.

En ese momento Jan cruzó la terraza y de­sapareció de vista.

-Esto lo cambia todo, ¿no es así? -conti­nuó el inspector-. No fue John MacGregor quien colocó esa nota de venganza sobre el cadá­ver del señor Warwick. Pero es obvio, ¿no creen?, que la dejó alguien que conocía la historia de MacGregor y del accidente en Norfolk. -Se acercó al escabel y colocó el maletín encima-:

Lo cual nos limita, de forma definitiva, a alguna persona de esta casa.

-¡No! -protestó la señorita Bennett al tiempo que se acercaba al inspector-. ¿No pudo haber sido...?

-¿Sí, señorita Bennett? -la instó el inspec­tor y esperó un instante, pero ella se vio incapaz de continuar. Desesperada, se alejó hacia los ventanales.

El inspector centró su atención en la madre de Richard Warwick.

-Como usted comprenderá -dijo inten­tando mostrarse compasivo-, esto cambia las cosas.

-Sí, por supuesto -respondió ella antes de ponerse en pie-. ¿Me necesita para algo más, inspector?

-De momento no, señora Warwick.

-Gracias -murmuró ella mientras se diri­gía a la puerta que Angell se apresuró a abrirle.

Julian Farrar también se incorporó para acompañarla, luego regresó y se colocó pensati­vo detrás del sillón. Mientras tanto, el inspector Thomas había abierto el maletín y extrajo una pistola.

Angell seguía a la señora Warwick cuando el inspector le llamó con tono imperioso:

-¡Angell!

Sobresaltado, el asistente regresó al estudio y cerró la puerta.

-¿Sí, señor? -respondió.

El inspector se acercó a él llevando en la mano lo que era sin duda el arma del crimen.

-Es acerca de esta pistola; esta mañana no estaba seguro, pero ¿puede o no puede decir con certeza si pertenecía al señor Warwick?

-No quisiera equivocarme, inspector -res­pondió Angell-. Tenía muchas pistolas.

-Se trata de una pistola europea -le infor­mó el inspector mostrándole el arma-, supongo que es un recuerdo de alguna parte.

Jan volvió a cruzar la terraza en dirección contraria, sin que nadie le viera, con una pistola que intentaba ocultar.

Angell echó un vistazo a la pistola que el ins­pector tenía en la mano.

-El señor Warwick poseía algunas pistolas extranjeras, señor -dijo-. Pero él mismo se ocupaba de sus armas y no dejaba que yo las to­cara.

El inspector se volvió hacia Farrar.

-Mayor -dijo-, seguramente usted tiene recuerdos de la guerra. ¿Le dice algo esta arma? Farrar lanzó un rápido vistazo a la pistola.

-No, me temo que no.

El inspector introdujo de nuevo el arma en el maletín.

-El sargento Cadwallader y yo -anunció volviéndose hacia los presentes- queremos examinar la colección de armas del señor Warwick. Creo entender que tenía licencia para la mayoría.

-¡Oh, sí! -le aseguró Angell-. Las licen­cias se encuentran en uno de los cajones de su dormitorio, y todas las pistolas y el resto de las armas están en el armario de las armas.

El sargento Cadwallader se acercó a la puer­ta, pero la señorita Bennett le impidió abando­nar la habitación.

-Un momento. Querrá usted la llave del ar­mario-dijo al tiempo que sacaba una del bolsillo.

-¿Lo ha cerrado con llave? -inquirió el inspector-. ¿Por qué?

La respuesta de la señorita Bennett fue igual de lacónica:

-Creo que esa pregunta es innecesaria. Tantas armas, y la munición... es muy peligroso, todo el mundo lo sabe.

El sargento disimuló una sonrisa. Tomó la llave que le tendió la gobernanta, se dirigió a la puerta y se detuvo en el umbral por si el inspec­tor deseaba acompañarle. Disgustado por el co­mentario de la señorita Bennett, el inspector agregó:

-Necesito hablar con usted de nuevo, Angell. -Dicho esto, cogió el maletín, abandonó la habitación seguido por el sargento y dejó la puerta abierta para Angell.

Sin embargo, el asistente no le siguió de inmediato sino que, después de lanzar una mirada nerviosa a Laura, que estaba sentada con los ojos clavados en la puerta, se acercó a Farrar y mur­muró:

-Sobre ese pequeño asunto, señor. Estoy impaciente por arreglarlo pronto...

Con voz entrecortada, Farrar respondió:

-Creo... creo que podré hacer algo al res­pecto.

-Gracias, señor -contestó Angell con una leve sonrisa-. Muchas gracias. -El asistente estaba a punto de trasponer la puerta cuando Fa­rrar le dijo con tono autoritario:

-¡No! Espere un momento, Angell.

El asistente se volvió hacia él y Farrar gritó:

-¡Inspector Thomas!

Hubo una pausa tensa. Un momento más tarde, el inspector apareció por la puerta con el sargento detrás:

-¿Sí, señor Farrar?

Farrar adoptó una actitud distendida al tiem­po que se acercaba al sillón.

-Antes de que empiece con las preguntas rutinarias -comentó-, hay algo que debería haberle dicho. De hecho, hubiera tenido que mencionárselo esta mañana, pero estábamos to­dos tan consternados... La señora Warwick aca­ba de informarme de que desean identificar unas huellas dactilares. Aquí, en la mesa, me parece que dijo; pues bien, con toda probabilidad serán mías.

Hubo un silencio. El inspector se acercó a Farrar lentamente antes de preguntarle:

-¿Estuvo usted aquí anoche, mayor Farrar?

-Sí. Vine a conversar con Richard después de cenar, como suelo hacer a menudo.

-¿Y le encontró...?

-Le encontré muy malhumorado y depre­sivo, así que no me quedé mucho tiempo.

-¿A qué hora fue eso? -preguntó el ins­pector.

Farrar reflexionó un instante y luego res­pondió:

-No me acuerdo, quizá a las diez, o a las diez y media.

El inspector le observó.

-¿Podría ser un poco más preciso? -in­quirió.

-Lo siento, pero no -fue la respuesta de Farrar.

Después de un silencio ligeramente tenso, el inspector preguntó con un tono que pretendía ser indiferente.

-¿Supongo que no discutirían acaloradamente?

-No, por supuesto que no -respondió Fa­rrar. Después consultó su reloj y agregó-: Ten­go que asistir a una reunión en el ayuntamiento y no puedo retrasarme. -Dio media vuelta y se dirigió a la contraventana-. Así que, si no le im­porta... -dijo al llegar a la terraza.

-No puede hacer esperar a los del ayuntamiento -convino el inspector mientras se acer­caba a él-. Pero estoy seguro de que entenderá, mayor Farrar, que me gustaría tener una declara­ción completa sobre sus movimientos de anoche. Quizá podamos hacerlo mañana por la ma­ñana. -Hizo una pausa antes de proseguir-: Se dará cuenta, claro, de que no tiene obligación al­guna de declarar, que es un acto plenamente vo­luntario por su parte, y que tiene derecho a exi­gir la presencia de su abogado.

La madre de Richard Warwick había entrado de nuevo en la habitación, pero permaneció en silencio mientras escuchaba las últimas pala­bras del inspector. Farrar contuvo el aliento al asimilar las palabras que acababa de pronunciar el inspector.

-Lo comprendo, perfectamente -dijo-. ¿Qué le parece mañana a las diez? Mi abogado estará presente.

Farrar salió por la terraza y el inspector se volvió hacia Laura Warwick.

-¿Vio al mayor Farrar cuando vino aquí anoche? -le preguntó.

-Yo, yo... -comenzó ella titubeante, pero Starkwedder acudió en su ayuda.

-No creo que a la señora Warwick le ape­tezca contestar ninguna pregunta ahora mismo -manifestó al inspector.
16

Starkwedder y el inspector Thomas se miraron en silencio durante un instante. A continua­ción, habló éste:

-¿Qué ha dicho usted, señor Starkwedder? -preguntó.

-He dicho que no creo que a la señora War­wick le apetezca contestar más preguntas por el momento.

-¿De verdad? ¿Acaso es asunto suyo? La madre de Richard Warwick se unió a la discusión.

-El señor Starkwedder tiene razón -terció.

El inspector se volvió hacia Laura con expre­sión inquisidora. Pasados unos instantes, ésta murmuró:

-No, no quiero responder más preguntas ahora mismo.

Satisfecho, Starkwedder sonrió al inspector, el cual dio media vuelta y abandonó la habitación acompañado del sargento. Angell les siguió y cerró la puerta detrás de sí. En ese momento Laura dijo:

-Pero debería hablar, debo... debo decirles.

-El señor Starkwedder tiene razón, Laura -la interrumpió la señora Warwick-. Cuanto menos digas ahora, mejor. -Caminó unos pa­sos por la habitación apoyándose en el bastón antes de añadir-: Debemos ponernos en contacto con el señor Adams de inmediato. -Se volvió hacia Starkwedder y explicó-: Es nues­tro abogado. -Miró a la señorita Bennett-. Llámale ahora, Benny.

La señorita Bennett asintió y se acercó al te­léfono, pero la señora Warwick la detuvo.

-No; utiliza el supletorio de arriba -le in­dicó y agregó-: Laura, acompáñala.

Laura se puso en pie titubeante y lanzó una mirada confusa a su suegra. Pero ésta meramente dijo:

-Quiero hablar con el señor Starkwedder.

-Pero... -protestó Laura, aunque la señora Warwick la interrumpió.

-No te preocupes, querida, haz lo que te digo.

Laura dudó un instante, pero luego salió al pasillo seguida de la señorita Bennett, que cerró la puerta tras de sí. La señora Warwick se acercó a Starkwedder.

-No sé de cuánto tiempo disponemos -dijo deprisa al tiempo que lanzaba una mirada a la puerta-. Quiero que me ayude.

El se sorprendió.

-¿Cómo? -preguntó.

-Usted es un hombre inteligente, y un ex­traño. Ha llegado a nuestras vidas desde el exte­rior, no sabemos nada de usted, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros.

Starkwedder asintió.

-Una visita inesperada, ¿eh? -murmuró. Se sentó en un brazo del sofá-. Ya me lo han dicho antes -comentó.

-Como es usted un extraño -prosiguió ella-, voy a pedirle que haga algo por mí. -Sa­lió a la terraza y miró en ambas direcciones.

Pasado un instante, Starkwedder dijo:

-Sí, ¿señora Warwick?

Mientras entraba en la habitación, ella co­menzó a hablar con tono apremiante.

-Hasta esta noche había una explicación ra­zonable para esta tragedia. Un hombre al que mi hijo había hecho daño al matar accidentalmente a su hijo había venido a vengarse. Sé que suena melodramático pero, después de todo, cosas así se leen en los periódicos.

-Si usted lo dice -comentó él mientras se preguntaba a dónde conducía esa conversación.

-Pero me temo que ahora ya no existe esa explicación, con lo cual el asesinato de mi hijo vuelve a la familia. -Se acercó al sillón-. Hay dos personas que no pueden haber disparado a mi hijo y ésas son su mujer y la señorita Bennett, pues estaban juntas cuando se produjo el disparo.

Starkwedder le lanzó una fugaz mirada y dijo «Vaya».

-No obstante -añadió la señora War­wick-, a pesar de que Laura no pudo haber ma­tado a su marido, puede saber quién fue.

-Eso la convertiría en cómplice. Ella y ese Julian Farrar, ¿a eso se refiere?

Ella torció el gesto.

-No -respondió. Se alejó del sillón y lan­zó otra mirada a la puerta antes de agregar-: Ju­lian Farrar no disparó a mi hijo.

Starkwedder se levantó del brazo del sofá.

-¿Cómo puede saberlo? -preguntó.

-Lo sé -contestó la señora Warwick mien­tras se alejaba unos pasos de él para luego volverse-. Voy a contarle a usted, un extraño, algo que nadie de mi familia sabe: soy una mujer a la que no le queda mucho tiempo de vida.

-Lo siento -comenzó Starkwedder, pero ella levantó la mano para interrumpirle-. No se lo digo para que me compadezca, sino para ex­plicar algo que, en caso contrario, sería difícil de explicar. Hay veces en las que uno elige una línea de acción que no elegiría si le quedaran varios años de vida.

-¿Por ejemplo? -preguntó Starkwedder. Ella le observó.

-En primer lugar, tengo que explicarle otra cosa, señor Starkwedder, debo contarle algo so­bre mi hijo. -La señora Warwick se sentó en el sofá-. Yo quería mucho a mi hijo; de niño y du­rante su juventud tenía muchas virtudes. Tenía éxito, era ingenioso, valiente, de carácter alegre, era una gran compañía. -Se detuvo como si estuviera recordando-. Tengo que reconocer que también tenía los defectos asociados con esas cualidades: le frustraban las limitaciones, los obstáculos. Tenía una veta cruel y una especie de arrogancia fatal. Todo funcionaba bien siempre y cuando tuviera éxito, pero su carácter no le permitía enfrentarse a las adversidades, y hacía tiempo que yo venía observando su declive.

Starkwedder se sentó en el escabel frente a ella.

-Si dijera que se había convertido en un monstruo -prosiguió la madre de Richard Warwick-, parecería una exageración, pero de alguna forma lo era, un monstruo egoísta, orgu­lloso y cruel. Como él había sufrido, sentía nece­sidad de hacer sufrir a los demás. -En su voz había amargura-. Así que todos comenzaron a sufrir por su culpa, ¿me comprende?

-Creo que sí -murmuró él.

La voz de la señora Warwick volvió a dulci­ficarse cuando continuó.

-Pues bien, tengo mucho cariño a mi nuera, es una chica de gran espíritu, bondadosa y fuerte. Richard la deslumbró, pero no sé si realmente se enamoró de él. De todos modos, he de reco­nocer que hizo todo lo que una esposa podía hacer para que la enfermedad e inactividad de Richard fueran soportables.

Reflexionó un instante antes de continuar con voz triste:

-Pero Richard no quería su ayuda, la recha­zaba. A veces pienso que incluso la odiaba, quizá sea eso más natural de lo que pensamos. Así que creo que me entenderá cuando le diga que al fi­nal sucedió lo inevitable: Laura se enamoró de otro hombre.

Starkwedder la observó con atención.

-¿Por qué me cuenta todo esto? -pre­guntó.

-Porque es usted un extraño -respondió ella-. Todos estos amores, odios y tribulacio­nes no significan nada para usted, así que puede escuchar sin verse afectado.

-Quizá.

Como si no le hubiera oído, ella prosiguió.

-Así que se llegó a un punto en el que parecía que la única manera de resolver todas las difi­cultades era con la muerte de Richard.

Starkwedder continuó observándola con atención.

-Así que ¿la muerte de Richard era conve­niente? -murmuró.

-Sí.

Hubo un silencio. Entonces Starkwedder se incorporó, rodeó el escabel y se acercó a la mesa para apagar el cigarrillo.

-Perdóneme si soy tan directo, señora Warwick -se disculpó- pero ¿acaso se está confesando autora de un asesinato?

17

La señora Warwick guardó silenció unos instantes antes de responder con tono brusco:

-Voy a hacerle una pregunta, señor Stark­wedder. ¿Puede entender que una persona que haya concebido una vida se sienta con el derecho de acabar con esa vida?

Starkwedder se paseó por la habitación pen­sando en esas palabras hasta que finalmente de­claró:

-Se conocen casos de madres que han matado a sus hijos, sí, pero suele ser por alguna razón sórdida (un seguro, por ejemplo) o quizá tienen ya dos o tres hijos y no quieren los problemas de otro niño. -Se volvió hacia ella-: ¿Le beneficia económicamente la muerte de Richard?

-No.

Starkwedder asintió.

-Disculpe mi franqueza -comenzó, pero la señora Warwick le interrumpió al preguntar con aspereza:

-¿Comprende lo que intento decirle?

-Creo que sí. Dice que es posible que una mujer mate a su hijo. -Se dirigió al sofá y se in­clinó sobre él-. Y usted me está diciendo, para ser más exactos, que mató a su hijo. ¿Es sólo una teoría? ¿Debo entender que se trata de un hecho?

-No estoy confesando nada -respondió la señora Warwick-. Simplemente estoy mos­trándole cierto punto de vista. Es posible que surja una emergencia cuando yo ya no esté aquí para solucionarla. Si ello sucediera, quiero que tenga esto y que lo utilice. -Sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió.

Starkwedder lo tomó no sin puntualizar:

-Todo esto me parece muy bien, pero yo tampoco estaré aquí. Regreso a Abadan para continuar con mi trabajo.

Ella hizo un ademán, como si considerara insignificante la objeción.

-Supongo que no estará desconectado de la civilización -comentó-. Habrá periódicos, ra­dio y otras cosas en Abadan.

-Sí -convino-, disponemos de todos esos lujos occidentales.

-Entonces guarde ese sobre. ¿Ve a quién está dirigido?

El echó un vistazo.

-Al comisario. -Se acercó al sillón-. Pero no tengo muy claro qué tiene usted en mente.

Para ser mujer, sabe guardar muy bien un secre­to porque, o bien cometió el asesinato usted mis­ma o sabe quién lo hizo. Se trata de eso, ¿verdad?

Ella apartó la mirada al responder:

-No es mi intención discutir este asunto. Él se sentó en el sillón.

-Aun así -insistió-, me gustaría saber qué tiene en mente.

-Me temo que no se lo voy a decir. Como usted bien dice, soy una mujer que sabe guardar bien un secreto.

Starkwedder decidió cambiar de táctica y dijo:

-El asistente, el hombre que cuidaba de su hijo... -Hizo una pausa como si intentara re­cordar su nombre.

-Angell -le dijo la señora Warwick-. ¿Qué sucede con él?

-¿Es de su agrado?

-No, la verdad es que no -respondió-. Pero es eficiente, y Richard no era una persona fácil de tratar.

-Supongo que no. Pero Angell lo soporta­ba todo, ¿no es así?

-Valía la pena -fue la seca respuesta de la señora Warwick.

Starkwedder se incorporó y comenzó a pa­searse por el estudio. Después se volvió hacia la señora Warwick para obtener más información.

-¿Tenía Richard algo contra él?

-¿Algo contra él? ¿Qué quiere decir? Ah, ya veo; ¿me pregunta si Richard sabía algo que pudiera perjudicar a Angell?

-Sí, eso quiero decir. ¿Tenía algún tipo de control sobre él?

La señora Warwick reflexionó un instante antes de responder:

-No, creo que no.

-Me estaba preguntando...

-Se pregunta si Angell mató a mi hijo. Lo dudo, lo dudo mucho.

-Ya veo que no le convence esta teoría -comentó él-. Es una lástima, pero así es.

La señora Warwick se puso en pie: -Gracias, señor Starkwedder, ha sido usted muy amable. -Y le tendió la mano.

Divertido por su actitud brusca, él le estre­chó la mano. A continuación se acercó a la puer­ta y la abrió. La señora Warwick salió por ella y Starkwedder la cerró. Con una sonrisa, se dirigió al escabel. Vaya, ¡que me zurzan!, pensó mien­tras contemplaba el sobre de nuevo. ¡Menuda mujer!

La señorita Bennett entró en el estudio. Starkwedder introdujo apresurado el sobre en un bolsillo mientras ella cerraba la puerta tras de sí y se acercaba al sofá. Parecía disgustada y preo­cupada.

-¿Qué le ha contado? -preguntó. Sorprendido, él intentó ganar tiempo.

-¿Qué quiere decir? -respondió.

-La señora Warwick, ¿qué le ha dicho? A fin de evitar una respuesta directa, Stark­wedder simplemente respondió:

-Parece disgustada.

-Claro que lo estoy -replicó-. Sé de lo que esa mujer es capaz.

Starkwedder miró al ama de llaves con dete­nimiento antes de preguntar:

-¿De qué es capaz? ¿De asesinato?

La señorita Bennett dio un paso en su direc­ción.

-¿Es eso lo que ha intentado que usted cre­yera? Pues no es cierto.

-Bueno, uno nunca puede estar seguro; después de todo, podría ser verdad.

-Pero no es así -insistió ella.

-¿Cómo puede saberlo?

-Lo sé. ¿Acaso cree que hay algo que yo no sepa de las personas de esta casa? Hace años que trabajo para ellos -se sentó en el sillón-, y los aprecio mucho a todos.

-¿Incluido el difunto Richard Warwick? La señorita Bennett parecía ensimismada, pero contestó.

-Solía apreciarle... hace tiempo.

Hubo un silencio. Starkwedder, sentado en el escabel, la contempló antes de murmurar: -Prosiga.

-Cambió -dijo ella-. Se le torció el carácter, cambió totalmente, a veces podía ser un de­monio.

-Sí, parece que todos están de acuerdo en eso.

-Pero si le hubiera conocido antes... Starkwedder la interrumpió:

-Yo no creo que las personas cambien.

-Richard sí -insistió ella.

-No es así -le contradijo él. Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación-. Creo que se equivoca, estoy convencido de que siem­pre tuvo un demonio en su interior. Yo diría que era una de esas personas que necesitaba ser feliz y tener éxito, porque si no era así... Esas perso­nas esconden su verdadera personalidad todo el tiempo que sea necesario hasta conseguir lo que quieren pero, en el fondo, esa veta mezquina siempre está allí. -Se volvió hacia la señorita Bennett-. Apostaría a que su crueldad siempre estuvo allí. Seguramente era un bravucón en el colegio. Resultaba atractivo para las mujeres, como es natural, pues a éstas les atraen los tipos duros. Yo diría que la caza mayor era una vía de escape para su sadismo. -Starkwedder señaló los trofeos de caza que colgaban de la pared y se acercó a los ventanales.

»Richard Warwick debió de ser un gran egoísta -continuó-. Esa es la impresión que tengo por la forma en que todos hablan de él. Disfrutaba haciéndose pasar por un hombre bondadoso, generoso, con éxito, encantador y todo lo demás. Pero esa veta cruel estaba allí, y cuando tuvo el accidente se arrancó la másca­ra y pudieron verle como era en realidad.

La señorita Bennett se puso en pie.

-No creo que sea asunto suyo -exclamó indignada-. Usted es un extraño y no sabe nada.

-Quizá no, pero he oído muchas cosas -objetó Starkwedder-. Por algo, todo el mun­do acude a mí.

-Sí, supongo que sí. De hecho, aquí estoy yo hablando con usted, ¿verdad? -reconoció-. Eso es porque no nos atrevemos a hablar entre nosotros. -Le miró con expresión suplicante-. Ojalá no tuviera que marcharse.

Starkwedder sacudió la cabeza.

-Realmente no he ayudado en nada, lo úni­co que hice fue entrar y descubrir el cadáver.

-¿No fue Laura quien descubrió a Richard? -repuso la señorita Bennett. Y añadió-: ¿O es que Laura y usted...?

18

Starkwedder miró a la señorita Bennett y sonrió.

-Es usted muy astuta -observó.

Ella clavó los ojos en él.

-Usted la ayudó, ¿verdad? -preguntó con tono acusador.

Starkwedder se alejó de ella.

-Se está imaginando cosas -respondió.

-No, no es así. Quiero que Laura sea feliz, no sabe cuánto lo deseo.

Starkwedder se volvió hacia ella y exclamó:

-Maldita sea, yo también.

Ella le miró sorprendida.

-En ese caso, tengo que... tengo -dijo Starkwedder, que había posado la vista en la te­rraza por casualidad y había descubierto al joven Jan con una pistola en la mano; indicó al ama que guardara silencio. Se acercó a los ventanales, abrió la puerta y gritó-: ¿Qué estás haciendo?

En ese instante, la señorita Bennett vio a Jan en el jardín blandiendo una pistola. Corrió hacia los ventanales y gritó:

Jan, ¡dame esa arma!

Pero Jan salió corriendo mientras gritaba:

-¡Ven a buscarla!

La señorita Bennett corrió tras él, gritando desesperada:

-Jan! ¡Jan!

En ese momento entró Laura en la habita­ción.

-¿Dónde está el inspector? -preguntó. Starkwedder negó con la cabeza. Laura se acercó a él.

-Michael, tienes que escucharme -le im­ploró-, Julian no ha matado a Richard.

-¿Es eso cierto? -respondió Starkwedder con frialdad-. Te lo ha dicho él, ¿no es así?

-No me crees, pero es cierto -replicó ella con tono desesperado.

-Eso significa que tú le crees.

-No. Sé que es verdad -replicó Laura-. Verás, él pensaba que yo había matado a Ri­chard.

-No me sorprende -repuso él con morda­cidad-. También lo creía yo, ¿no?

Laura pareció todavía más desesperada al in­sistir:

-Él pensaba que yo había matado a Ri­chard, era incapaz de asimilarlo, le hacía... le hacía verme de una manera diferente.

Starkwedder la observó con frialdad.

-Pero, cuando pensaste que había sido él quien había matado a Richard ¡ni te inmutaste! -Starkwedder sonrió-. ¡Las mujeres son maravillosas! -murmuró. Se acercó al sofá y se apoyó en el brazo-. ¿Qué es lo que hizo que Farrar se perjudicara a sí mismo dicien­do que estuvo aquí anoche? ¿No me digas que se debe a un puro y simple amor a la verdad?

-Fue Angell -respondió Laura-. Angell vio, o dice haber visto, a Julian aquí.

-Sí -comentó él con una risita amarga-, creí detectar cierto hedor a chantaje; es un mal bicho ese Angell.

-Dice que vio a Julian justo después del dis­paro. ¡Estoy asustada! El círculo se está estre­chando, tengo miedo.

Starkwedder la cogió por los hombros.

-No tienes por qué estar asustada -le ase­guró-, todo saldrá bien.

Laura sacudió la cabeza.

-No es verdad -gimió.

-Todo saldrá bien, créeme -insistió sacu­diéndola ligeramente por los hombros.

Ella le observó con ojos inquisidores. -¿Sabremos alguna vez quién mató a Ri­chard? -preguntó.

Starkwedder la miró sin responder. Se acer­có a los ventanales y contempló el jardín.

-Tu señorita Bennett está segura de cono­cer todas las respuestas.

-Siempre está segura de todo, pero a veces se equivoca -replicó Laura.

Starkwedder vislumbró algo en el exterior e hizo señas a Laura para que se acercara. Ella co­rrió hacia él y tomó la mano que le tendía.

-Mira, Laura -exclamó observando el jar­dín-. ¡Me lo imaginaba!

-¿Qué sucede?

-¡Sssh! -le advirtió.

En ese preciso instante entró la señorita Ben­nett desde el pasillo.

-¡Señor Starkwedder! -dijo-.
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