Adaptación de la obra teatral por






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shock.

-Bien -replicó Starkwedder.

El inspector se acercó a Starkwedder.

-Sus huellas -anunció- se encuentran en la ventana, la licorera, la copa y el encendedor, pero las huellas de la mesa no son suyas, se trata de huellas desconocidas. -Recorrió la habita­ción con la vista-. Asunto resuelto, entonces -continuó-. Dado que no hubo ninguna visita anoche... -Miró a Laura.

-No -le aseguró ésta.

-Entonces tienen que ser de MacGregor -estableció el inspector.

-¿De MacGregor? -preguntó Starkwed­der con los ojos clavados en Laura.

-Parece usted sorprendido -comentó el inspector.

-Sí, más bien -reconoció Starkwedder-. Quiero decir, lo normal hubiera sido que llevara guantes.

El inspector se acercó al sargento Cadwalla­der, que permanecía de pie.

-Tiene razón -convino-, utilizó la pistola con guantes.

-¿Hubo alguna discusión? -preguntó Starkwedder a Laura-. ¿Se oyó algo más aparte del disparo?

Ella hizo un esfuerzo por responder.

-Yo... Benny y yo sólo oímos el disparo, pero de todos modos no hubiéramos oído nada desde arriba.

Cadwallader estaba contemplando el jardín desde una pequeña ventana. Al ver que alguien cruzaba la hierba, se apostó junto a uno de los ventanales, por donde entró un atractivo hom­bre de unos treinta y tantos años, de altura supe­rior a la media, cabello rubio, ojos azules y cierto aire militar. El hombre se detuvo con aspecto preocupado. Jan, el primero en percibir su pre­sencia, gritó exaltado:

-Julian!, ¡Julian!

El recién llegado miró a Jan y luego a Laura.

-¡Laura! -exclamó-, acabo de enterarme. Lo... lo siento muchísimo.

-Buenos días, mayor Farrar -le saludó el inspector.

Julian se volvió hacia éste.

-Qué asunto tan extraño -comentó-, po­bre Richard.

-Estaba aquí en la silla de ruedas -le expli­có Jan emocionado-. Tenía el cuerpo encogido y un trozo de papel sobre el pecho. ¿Sabes qué ponía? «Cuenta saldada.» ¡Qué emocionante!, ¿verdad?

Farrar pasó por delante de él.

-Sí, claro que es emocionante -le aseguró mientras dirigía una mirada inquisidora a Stark­wedder.

El inspector presentó a los dos hombres:

-Este es el señor Starkwedder. El ma­yor Farrar, que podría ser nuestro próximo di­putado, ya ha presentado su candidatura para el escaño.

Starkwedder se levantó y ambos hombres se estrecharon la mano. El inspector hizo señas al sargento de que se acercara. Mientras conversa­ban, Starkwedder brindó una explicación a Farrar.

-Se me atascó el coche en la cuneta y me acerqué a la casa para llamar por teléfono y pedir ayuda. Un hombre salió corriendo de la casa y casi me derribó.

-¿En qué dirección huyó? -preguntó Fa­rrar.

-No tengo ni idea. Se desvaneció en la nie­bla como por arte de magia. -Starkwedder dio media vuelta mientras Jan, arrodillado en el si­llón con los ojos clavados en Farrar, dijo:

-Ya le dijiste a Richard que algún día le ma­tarían, ¿verdad, Julian?

Hubo un silencio y todos miraron a Julian Farrar, que permaneció pensativo un instante.

-¿Ah, sí? No lo recuerdo -replicó con brusquedad.

-Sí que lo dijiste, una noche durante la cena. Ya sabes, tú y Richard estabais discutiendo por algo y tú dijiste: «Uno de estos días alguien te meterá una bala en la cabeza.»

-Una profecía extraordinaria -observó el inspector.

Farrar se sentó en un extremo del escabel.

-Bueno -dijo-, Richard y sus armas eran bastante molestas de por sí, a nadie le gustaban.

Por ejemplo, estaba ese hombre, ¿le recuerdas, Laura? Vuestro jardinero, Griffiths, el que Ri­chard despidió un buen día. Griffiths me dijo en más de una ocasión: «Uno de estos días mataré al señor Warwick.»

-Griffiths no haría algo así -exclamó Laura.

Farrar parecía arrepentido.

-No, claro que no -reconoció-, no quería decir eso, simplemente era el tipo de cosa que se decía sobre Richard. -Para ocultar su bo­chorno, sacó la pitillera y extrajo un cigarrillo.

El inspector se sentó en la silla del escritorio con aire pensativo. Starkwedder estaba de pie cerca de Jan, que le estudiaba con interés.

-Ojalá hubiera estado aquí anoche -comentó Farrar a nadie en particular-. Esa era mi intención.

-Pero con esa niebla tan terrible era impo­sible que vinieras -comentó Laura.

-Sí -respondió Farrar-. Los miembros del comité vinieron a cenar y cuando empezó a caer la niebla, se marcharon a casa temprano. Pensé entonces en acercarme pero al final deseché la idea. -Se palpó los bolsillos en busca del en­cendedor y preguntó-: ¿Alguien ha visto mi encendedor? Creo que lo he perdido.

Echó un vistazo alrededor y de pronto lo descubrió sobre la mesa junto al sillón, donde Laura lo había dejado la noche anterior. Farrarse incorporó y lo recogió bajo la atenta mirada de Starkwedder.

-Aquí está. No sabía dónde lo había dejado. -Julian... -comenzó Laura.

-¿Sí? -Farrar le ofreció un cigarrillo y ella lo aceptó-. Siento mucho lo sucedido. Si puedo hacer algo...

-Sí, lo sé -respondió ella mientras Farrar le encendía el cigarrillo.

-¿Sabe disparar, señor Starkwedder? -pre­guntó Jan-. Yo sí, Richard a veces me dejaba probar, sólo a veces, claro, y yo no soy tan bue­no como él.

-¿Ah, sí? -contestó Starkwedder-. ¿Qué tipo de pistola te dejaba utilizar?

Mientras Jan acaparaba la atención de Stark­wedder, Laura susurró a Julian Farrar:

Julian, necesito hablar contigo.

La voz de Farrar fue igual de queda.

-¡Ten cuidado! -le advirtió.

-Era una 22 -explicaba Jan a Starkwed­der-. Soy bastante bueno, ¿verdad, Julian? -Jan se levantó y se acercó a Farrar-. ¿Recuer­das aquella vez que me llevaste a la feria? Tumbé dos botellas, ¿verdad?

-Por supuesto, muchacho. Tienes buen ojo, y eso es lo importante; también lo tienes para el críquet. -Farrar se trasladó a un extremo del sofá y agregó-: Fue un partido sensacional el que celebramos el verano pasado.

Jan sonrió jubiloso y se sentó en el escabel frente al inspector, que ahora examinaba los do­cumentos del escritorio. Hubo una pausa. Stark­wedder sacó un cigarrillo y le preguntó a Laura:

-¿Le importa si fumo?

-Por supuesto que no.

Starkwedder se volvió hacia Farrar.

-¿Me deja su encendedor?

-Claro que sí, aquí tiene.

-Bonito encendedor -comentó Starkwedder al encender el cigarrillo.

Laura hizo un gesto involuntario pero se contuvo.

-Sí -respondió Farrar con aire indiferen­te-, funciona mejor que la mayoría.

-Parece... excepcional -comentó Stark­wedder mientras miraba de reojo a Laura. Devolvió el encendedor a Farrar y murmuró unas palabras de agradecimiento.

Jan se levantó del escabel y se colocó detrás de la silla del inspector.

-Richard tiene muchas armas -le dijo-. Y tiene una que solía utilizar en África para matar elefantes. ¿Quiere verlas? Están en el dormitorio de Richard, por allí -dijo indicándole el camino.

-Muy bien -dijo el inspector mientras se incorporaba-. Enséñanoslas. -Sonrió al mu­chacho y agregó-: ¿Sabes?, nos estás ayudando mucho, deberíamos incorporarte al cuerpo de policía.

Apoyó una mano en el hombro del muchacho, le condujo hasta la puerta y el sargento la abrió.

-No es necesario que se quede, señor Stark­wedder -comentó el inspector desde la puer­ta-. Puede ocuparse de sus asuntos, pero man­téngase en contacto.

-De acuerdo -respondió Starkwedder mientras Jan, el inspector y el sargento abando­naban la estancia.

11

Una vez la policía hubo abandonado la habi­tación con Jan, un silencio tenso se cernió sobre los presentes. Starkwedder dijo:

-Bien, supongo que he de comprobar si han logrado sacar mi coche de la cuneta; no pasamos por delante al venir hacia aquí.

-No -respondió Laura-, el sendero co­mienza en el otro lado de la carretera.

-Ya veo -respondió Starkwedder mientras se dirigía a los ventanales. Al salir a la terraza, comen­tó-: ¡Qué diferente se ve todo con la luz del día!

Tan pronto se marchó, Laura y Farrar se mi­raron.

-Julian! -exclamó ella-. ¡El encendedor! ¡Dije que era mío!

-¿Dijiste que era tuyo? ¿Al inspector?

-No. A él.

-A ese tipo... -comenzó Farrar, pero en­mudeció al ver a Starkwedder pasearse por la te­rraza-. Laura...

-¡Ten cuidado! -le advirtió ella mientras se acercaba a la pequeña ventana del vano y mi­raba al exterior-. Quizá nos esté escuchando.

-¿Quién es? -preguntó Farrar-. ¿Le co­noces?

Laura se acercó al centro de la estancia.

-No, no le conozco -dijo-. Tuvo un ac­cidente con el coche y vino anoche, justo des­pués de...

Julian le rozó la mano tendida sobre el res­paldo del sofá.

-No pasa nada, Laura. Sabes que haré todo lo que pueda.

-Julian... las huellas dactilares.

-¿Qué huellas?

-En esa mesa y en el cristal de la ventana. ¿Son tuyas?

Farrar retiró la mano de la suya para indicar que Starkwedder volvía a pasar por la terraza. Sin volverse hacia la ventana, ella se apartó de él y dijo en voz alta:

-Es muy amable de tu parte, Julian, estoy convencida de que puedes ayudarnos con mu­chas cosas.

Starkwedder deambulaba por la terraza. Cuando hubo desaparecido de vista, Laura dijo:

-¿Son tuyas estas huellas dactilares, Julian? Piensa.

Farrar permaneció pensativo un instante y luego dijo:

-Las de la mesa quizá sí.

-¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

De nuevo distinguieron a Starkwedder caminando de un lado a otro de la terraza. Laura dio una calada al cigarrillo.

-La policía sospecha de un hombre llamado MacGregor -dijo.

-Muy bien -respondió él-. Es probable que sigan pensando así.

-Pero imagina...

Farrar la interrumpió.

-Debo marcharme, tengo una reunión -dijo mientras se incorporaba-. No pasa nada -la tranquilizó con unas palmadas en el hombro-. No te preocupes, yo me ocuparé de que estés bien.

La expresión de Laura era de incompren­sión, casi de desesperación. Pero Farrar, al pare­cer ajeno a ello, se dirigió a los ventanales. Al sa­lir, se encontró con Starkwedder, que entraba de nuevo en el estudio. Farrar se apartó con cortesía para evitar chocar con él.

-¿Se marcha usted a alguna parte? -pre­guntó Starkwedder.

-Sí. Estos días voy bastante ajetreado. Las elecciones se celebran dentro de una semana.

-Ya -respondió Starkwedder-. Perdone mi ignorancia, pero ¿qué partido representa us­ted? ¿El conservador?

-Soy liberal -respondió Farrar con al­tivez.

-¡Ah! ¿Todavía existen?

Julian Farrar suspiró y se marchó sin pro­nunciar palabra. Starkwedder dedicó a Laura una mirada dura.

-Ya veo -dijo con furia contenida-, o al menos estoy empezando a ver.

-¿Qué quiere decir?

-Es su amiguito, ¿verdad? -dijo mientras se acercaba a ella-. Vamos, ¿sí o no?

-Ya que lo pregunta, ¡sí, lo es! -respondió desafiante.

Starkwedder la miró y dijo:

-Hay muchas cosas que no me dijo anoche, ¿no es cierto? Por eso cogió su encendedor tan deprisa y dijo que era suyo. -Starkwedder se alejó unos pasos y se volvió hacia ella-. ¿Cuán­to tiempo hace que dura esta historia entre uste­des dos?

-Bastante -respondió ella con un hilo de voz. -¿Nunca pensó en abandonar a Warwick y marcharse con él?

-No. Está la carrera política de Julian, po­dría arruinarle.

Starkwedder se sentó malhumorado en un extremo del sofá.

-Seguro que no, hoy en día no. ¿No acep­tan todos el adulterio con tranquilidad?

-Son circunstancias muy especiales -intentó explicar Laura-. Era amigo de Richard, y tratándose de un inválido...

-Sí, ya veo. Es cierto que no representaría muy buena publicidad para él -replicó Stark­wedder.

Laura se acercó al sofá y se quedó de pie, de­lante de él.

-¿Supongo que piensa que debería habér­selo explicado anoche? -comentó con frialdad. El apartó los ojos de su mirada.

-No tenía ninguna obligación -murmuró. Laura pareció tranquilizarse.

-No pensé que importara... -dijo-. Quiero decir... lo único en lo que podía pensar era en que había matado a Richard.

Pareció ganarse de nuevo a simpatía de Starkwedder, pues éste murmuró:

-Entiendo. -Después de una pausa añadió-: Yo tampoco podía pensar en nada más. -Enmu­deció de nuevo y después alzó los ojos hacia ella-. ¿Quiere probar un pequeño experimento? ¿Dón­de se encontraba ayer cuando disparó a Richard?

-¿Dónde me encontraba? -repitió Laura perpleja.

-Sí, eso he dicho.

Después de pensarlo un momento, ella res­pondió.

-Allí -señaló los ventanales.

-Acérquese al lugar desde donde disparó -le pidió Starkwedder.

Laura se levantó y comenzó a deambular nerviosa por la habitación.

-No... no lo recuerdo -dijo-. No me pida que lo recuerde. -Parecía asustada.

-Su marido le dijo algo -le recordó Stark­wedder-, algo que hizo que usted cogiera la pis­tola. -Se levantó del sofá y se dirigió a la mesa junto al sillón para apagar el cigarrillo-. Vamos, representemos la escena-continuó-. Allí está la mesa y la pistola -dijo mientras cogía el cigarrillo de Laura y lo depositaba en el cenicero-. Estaban discutiendo y usted cogió la pistola, cójala...

-¡No quiero! -exclamó ella.

-No sea tonta. No está cargada. Vamos, có­jala.

Reticente, Laura lo hizo.

-Recuerde que la atrapó con fuerza, no como ahora. La cogió con fuerza y disparó. Muéstreme cómo lo hizo.

Sosteniendo la pistola con torpeza, ella se alejó unos pasos de él.

-Yo... yo -balbució.

-Vamos, muéstremelo -ordenó con fuerza Starkwedder.

Laura intentó apuntar el arma.

-Vamos, ¡dispare! No está cargada. Mientras Laura seguía titubeando, él le arre­bató la pistola.

-¡Me lo imaginaba! -exclamó-. Jamás ha disparado un arma en su vida, no sabe cómo ha­cerlo. -Con la vista clavada en la pistola agre­gó-: Usted no disparó a su marido.

-Sí que lo hice -insistió ella.

-No, no lo hizo.

Laura preguntó con tono asustado:

-¿Por qué iba a decir entonces que lo hi­ce yo?

Starkwedder respiró hondo. Se acercó al sofá y se dejó caer en él.

-La respuesta me parece bastante evidente: porque fue Julian Farrar quien le mató.

-¡No! -exclamó ella casi en un grito.

-¡Sí!

-¡No!

-Le digo que sí -insistió él.

-Si fue Julian, ¿por qué diablos iba a decir que lo hice yo?

Starkwedder le dirigió una mirada desapa­sionada.

-Porque usted pensó, con bastante acierto, que yo la encubriría, y tuvo razón. -Starkwed­der se reclinó en el sofá antes de proseguir-. Sí, jugó muy bien conmigo. Pero se acabó, ¿lo entiende? Que me aspen si voy a contar un montón de mentiras para salvar el pellejo del mayor Fa­rrar.

Se hizo un silencio. Laura sonrió y fue hacia la mesa junto al sillón para recoger el cigarrillo. Se volvió hacia Starkwedder y dijo:

-¡Sí que lo hará! ¡Tendrá que hacerlo! ¡Ya le ha dado su versión a la policía! ¡Ahora no pue­de cambiarla!

-¿Qué? -respondió él perplejo.

Laura se sentó en el sillón.

-Por mucho que sepa o crea saber -pun­tualizó-, tendrá que ajustarse a su versión. Ahora es usted cómplice, lo dijo usted mismo -explicó.

Starkwedder se levantó y exclamó:

-¡Menuda zorra! -La miró con desprecio sin pronunciar palabra y, girando sobre los talo­nes, se marchó.

Laura le observó avanzar por el jardín. Hizo ademán de seguirle y llamarle, pero cambió de opinión y, con aire abatido, abandonó el estudio por la puerta del pasillo.

12

Ese mismo día, a última hora de la tarde, Ju­lian Farrar caminaba nervioso de un lado a otro del estudio. Las ventanas de la terraza estaban abiertas; el sol, a punto de ocultarse tras el ho­rizonte, proyectaba una luz dorada sobre el jardín. Farrar había sido citado por Laura War­wick, que al parecer necesitaba verle con ur­gencia. Mientras esperaba, Farrar consultó su reloj repetidas veces.

Con aire disgustado, echó un vistazo a la te­rraza y después se adentró de nuevo en la habita­ción, no sin antes mirar de nuevo el reloj. En ese instante vio un periódico sobre la mesa situada junto al sillón y lo cogió. Se trataba de un diario local,
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