Adaptación de la obra teatral por






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cayó al suelo-. ¿Qué es esto?

Laura emitió un lamento e intentó coger el encendedor, pero Starkwedder ya lo había hecho y lo estaba examinando.

-Démelo -exclamó ella sin aliento-. ¡Dé­melo!

Sorprendido, Starkwedder se lo dio.

-Es... es mi encendedor -explicó ella sin que viniera a cuento.

-Muy bien, de modo que es su encendedor. No es motivo para alterarse así. -La contem­pló-. No estará perdiendo la calma, ¿verdad?

Laura se alejó en dirección al sofá. Por el camino frotó el encendedor contra la falda como para eliminar cualquier huella digital, procurando que Starkwedder no la viera.

-No, por supuesto que no -le aseguró.

Una vez comprobado que el mensaje estaba bien sujeto en el bolsillo superior de la chaqueta, Starkwedder se dirigió al escritorio, tapó el pote de pegamento, se quitó los guantes y extrajo un pañuelo.

-¡Ya está! -anunció-. Listos para el si­guiente paso. ¿Dónde está esa copa de la que be­bía hasta ahora?

Laura cogió la copa de la mesa donde la ha­bía depositado. Dejó el encendedor encima de la mesa, se acercó a Starkwedder, que cogió la copa. Se disponía a borrar las huellas dactilares, pero se detuvo en seco.

-No -murmuró-. No; sería una estupidez.

-¿Por qué? -inquirió Laura.

-Bueno, tiene que haber alguna huella -ex­plicó-, tanto en la copa como en la licorera. Las del asistente, para empezar, y probablemente también las de su marido. Si no las hubiera, la policía sospecharía. -Bebió un sorbo de la copa-. Ahora tengo que encontrar una manera de explicar las mías -añadió-. No es fácil ser un criminal ¿verdad?

-¡Oh, no lo haga! -exclamó ella-. No se involucre en esto. Podrían sospechar de usted. Con aire divertido, él respondió:

-Soy un tipo bastante respetable, muy por encima de toda sospecha. Además, en cierto sen­tido, ya estoy involucrado. Mi coche está allí fuera, atascado en el barro. No se preocupe, lo único que podrían presentar en mi contra es un poco de perjurio y unas pequeñas inexactitudes sobre el elemento tiempo, pero no lo harán, si usted desempeña bien su papel.

Asustada, Laura permaneció sentada sobre el escabel, de espaldas a él. Starkwedder se volvió hacia ella.

-¿Y bien? -dijo-. ¿Está lista?

-¿Lista? ¿Para qué? -preguntó Laura.

-Venga, tiene que recuperar la compostura. -Me siento... estúpida... -murmuró ella-.

No... no puedo pensar.

-No tiene que pensar. Sólo tiene que obede­cer órdenes. ¿Tiene en casa algún tipo de caldera?

-¿Una caldera? -repitió Laura, y después respondió-: Bueno, está la caldera del agua.

-Magnífico. -Cogió el periódico, recogió los trocitos de papel y se lo entregó a Laura-. Lo primero que hará es ir a la cocina y meter esto en la caldera. Luego subirá, se quitará la ropa y se pondrá una bata, un negligé o lo que sea que utilice. -Hizo una pausa-. ¿Tiene aspirinas?

-Sí -respondió Laura desconcertada.

Como si pensara y planificara al mismo tiempo, Starkwedder continuó:

-Bien, pues arrójelas al váter. Luego vaya donde alguien... su suegra o, cómo se llama, ¿la señorita Bennett?, y diga que tiene jaqueca y que necesita una aspirina. Mientras esté con quienquiera que sea, deje la puerta abierta. Por cierto, oirá un disparo.

-¿Qué disparo? -repuso Laura sin apartar los ojos.

Starkwedder se dirigió a la mesa que estaba junto a la silla de ruedas y cogió la pistola.

-Yo me ocuparé de eso -dijo. Examinó el arma-. Mmm, parece extranjera. Un recuerdo de guerra, ¿no es así?

Laura se levantó del escabel.

-No lo sé -le dijo-. Richard tenía varias pistolas extranjeras.

-Me pregunto si está registrada -dijo Starkwedder como para sí mismo, mientras sos­tenía la pistola.

Laura se sentó en el sofá.

-Richard tenía licencia, un permiso para las armas de su colección.

-Supongo que sí debía tener uno, pero eso no significa que todas estuviesen registradas a su nombre. Las personas suelen ser bastante descuidadas con estas cosas. ¿Hay alguien que pudiera saberlo con certeza?

-Tal vez Angell. ¿Es importante? Starkwedder empezó a pasearse por la habi­tación.

-Bueno, dada la manera en la que estamos construyendo esta historia, lo más probable es que el viejo Mac nosequé (el padre del niño al que atropelló Richard) irrumpiera en el estudio hecho una furia empuñando su propia arma. Pero también podría haber ocurrido a la inversa. Ese hombre entra de repente. Richard, que está medio dormido, coge su pistola, pero el hombre se la quita y dispara. Admito que suena un poco rocambolesco, pero no tenemos muchas opcio­nes; es inevitable correr ciertos riesgos.

Starkwedder depositó el arma sobre la mesa junto a la silla de ruedas.

-Bien, ¿hemos pensado en todo? Espero que sí. Cuando llegue la policía, no se percatará del hecho de que le hayan disparado quince o veinte mi­nutos más temprano. Por esta carretera y con la niebla que hay, tardarán lo suyo. -Se dirigió a la cortina de los ventanales, la levantó y echó un vis­tazo a los orificios que había en la pared-. «R. W.» Muy bonito, intentaré añadir el punto final.

Starkwedder devolvió la cortina a su lugar, regresó al sofá y se sentó.

-Cuando oiga el disparo -explicó a Lau­ra-, debe mostrarse alarmada y traer aquí abajo a la señorita Bennett y a cualquier otra persona a quien pueda reunir. Su versión es que no sabe nada. Fue a dormir, se despertó con un intenso dolor de cabeza, fue a buscar una aspirina... y eso es todo lo que sabe. ¿Lo comprende?

Ella asintió.

-Muy bien -dijo él-. Yo me ocupo del resto. ¿Se encuentra mejor?

-Creo que sí -susurró Laura.

-Entonces haga lo que tiene que hacer. Laura vaciló.

-Usted... no tiene por qué hacer esto -comentó-. No tiene que hacerlo, no debería invo­lucrarse.

-No volvamos otra vez a lo mismo. Todos tenemos nuestra propia manera de... ¿cómo lo diría?, de divertirnos. Usted se ha divertido dis­parando a su marido y ahora me divierto yo. Digamos que siempre he deseado comprobar cómo me las arreglaría con una historia de detectives en la vida real. -Le dedicó una leve sonrisa tranqui­lizadora-. Bien, ¿puede hacer lo que le pido?

Laura asintió.

-De acuerdo. Ah, veo que lleva reloj. ¿Qué hora tiene?

Laura le mostró su reloj de pulsera y él ajus­tó la hora del suyo.

-Poco menos de diez minutos para... Le daré tres... no, cuatro minutos. Cuatro minutos para ir a la cocina, quemar ese periódico en la caldera, subir a la primera planta, cambiarse de ropa e ir a buscar a la señorita Bennett o a quien sea. ¿Podrá hacerlo? -Le sonrió.

Laura asintió.

-Bien. Exactamente a las doce menos cinco oirá un disparo. En marcha.

Ella se dirigió a la puerta, pero de pronto se volvió y le miró, insegura de sí misma. Starkwedder cruzó la habitación para abrirle la puerta.

-No me defraudará, ¿verdad? -preguntó.

-No -respondió ella con un hilo de voz. -Bien.

Laura se disponía a abandonar la habitación cuando Starkwedder vio su chaqueta en uno de los brazos del sofá. La llamó y se la entregó con una sonrisa. Ella salió de la habitación y él cerró la puerta.
5

Después de cerrar la puerta, Starkwedder repasó mentalmente lo que tenía que hacer. Al cabo de unos instantes, consultó el reloj y extrajo un cigarrillo. Cuando se disponía a coger el encendedor de la mesa, vio una foto de Laura en una de las estanterías. La cogió y la miró y, con una sonrisa, la devolvió a su lugar antes de en­cender el cigarrillo. Depositó de nuevo el encen­dedor sobre la mesa y sacó un pañuelo para lim­piar todas las huellas que pudiera haber en los brazos del sillón y en el retrato. Después devol­vió la silla a su lugar, retiró el cigarrillo de Laura del cenicero, se dirigió a la mesa junto a la silla de ruedas e hizo lo propio con su colilla. A conti­nuación limpió la superficie del escritorio, colo­có las tijeras en su lugar y arregló el secante. Echó un vistazo alrededor, en el suelo, en busca de trocitos de papel. Encontró uno cerca del es­critorio y lo introdujo en el bolsillo de su panta­lón. Pasó el pañuelo por el interruptor de la luz y la silla del escritorio, se acercó a los ventanales, cerró ligeramente las cortinas y con la linterna alumbró el camino del exterior.

Demasiado duro para dejar pisadas, pensó para sí. Colocó la linterna sobre la mesa y cogió la pistola. Luego de comprobar que estuviese cargada, la limpió con el pañuelo, se dirigió al es­cabel y depositó el arma encima. Después de mi­rar el reloj de nuevo, se colocó el sombrero, la bufanda y los guantes. Con el abrigo colgado del brazo, se disponía a apagar las luces cuando se acordó de eliminar las huellas del paño y el pomo de la puerta. A continuación apagó las luces, y regresó al escabel mientras se ponía el abri­go. Tomó el arma pero, cuando iba a disparar contra las iniciales de la pared, cayó en la cuenta de que estaban ocultas por la cortina.

¡Maldita sea!, pensó. Cogió la silla del escri­torio y la utilizó para correr la cortina y mante­nerla sujeta. Regresó a su posición junto al esca­bel, disparó y se acercó a la pared para examinar el resultado. ¡No está mal!, se congratuló.

Mientras devolvía la silla del escritorio a su posición, Starkwedder oyó voces en el pasillo y se precipitó al exterior por la contraventana lle­vándose la pistola consigo. Unos instantes des­pués reapareció, cogió la linterna y volvió a salir corriendo.

Cuatro personas acudieron a la biblioteca desde distintas partes de la casa. La madre de Ri­chard Warwick, una anciana alta e imponente, vestía una bata y caminaba con la ayuda de un bastón.

-¿Qué ocurre, Jan? -preguntó al adoles­cente en pijama con rostro inocente que estaba a su lado-. ¿Qué es todo este jaleo en medio de la noche? -inquirió mientras se les unía una mujer de edad madura y pelo cano con bata de frane­la-. Benny -ordenó a ésta-, dime qué ocurre.

En ese momento llegó Laura, y la señora Warwick prosiguió:

-¿Habéis perdido la cabeza? Laura, ¿qué pasa? Jan... ¿Me va a decir alguien qué sucede en esta casa?

-Apuesto a que es Richard -dijo el mu­chacho, que aparentaba unos diecinueve años, aunque su voz y sus maneras eran las de un niño-. Debe de estar disparando contra la nie­bla otra vez. -Y añadió con cierto tono de irri­tación-: Decidle que no debería despertarnos así. Estaba profundamente dormido, y también lo estaba Benny. ¿No es verdad, Benny? Ten cuidado, Laura, Richard es peligroso.

-Fuera la niebla es muy espesa -comentó Laura-. He echado un vistazo desde la ventana del rellano y apenas se distingue el camino. No sé a qué le puede estar disparando con esta niebla. Es absurdo. Además, me pareció oír un grito.

La señorita Bennett fue la primera en entrar en la biblioteca. Mujer alerta y activa, como correspondía a una ex enfermera de hospital, habló con tono algo oficioso:

-No veo por qué te has de alterar así, Lau­ra. No es más que Richard, divirtiéndose como de costumbre. Además, yo no he oído ningún disparo. Estoy segura de que no pasa nada, te es­tás imaginando cosas. Aún así, es un hombre muy egoísta, y se lo diré. Richard -llamó al en­trar en la habitación-. Richard, ¿sabes qué hora es? ¡Nos has asustado!

Cubierta con una bata, Laura entró en la ha­bitación detrás de la señorita Bennett. Encendió la luz y se acercó al sofá, seguida de Jan. El mu­chacho miró a la señorita Bennett, que contem­plaba a Richard Warwick en su silla de ruedas.

-¿Qué pasa, Benny? -preguntó Jan-. ¿Qué ocurre?

-Es Richard -respondió la ex enfermera con la voz extrañamente serena-. Se ha suici­dado.

-¡Mirad! -exclamó el joven Jan señalando la mesa-. Ha desaparecido su pistola.

Se oyó una voz proveniente del jardín: -¿Hola? ¿Todo bien ahí dentro?

Jan miró por la ventana del vano y gritó: -¡Hay alguien fuera!

-¿Fuera? -repitió la señorita Bennett-. ¿Quién? -Se disponía a abrir la cortina cuando Starkwedder entró de pronto por la contraven­tana. La señorita Bennett dio un paso atrás, alar­mada, y Starkwedder preguntó con tono apre­miante:

-¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Qué ha pasado? -Posó la mirada en Richard Warwick-. ¡Ese hombre está muerto! -exclamó-. Le han dis­parado. -Miró con actitud desconfiada alrede­dor, estudiando a los presentes.

-¿Quién es usted? -preguntó la señorita Bennett-. ¿De dónde ha salido?

-Se me ha atascado el coche en la cuneta -respondió él-. Llevo horas perdido, y he su­bido hasta la casa para pedir ayuda. Oí un dispa­ro, y alguien salió corriendo por la contraventa­na y ha chocado conmigo. -Exhibiendo una pistola, Starkwedder añadió-: Se le cayó esto.

-¿Hacia adónde iba ese hombre? -pre­guntó la señorita Bennett.

-¿Cómo diablos voy a saberlo con esta nie­bla?

Jan permanecía delante del cuerpo de Ri­chard, observándolo.

-Alguien ha matado a Richard -gritó.

-Eso parece -convino Starkwedder-. Convendría que llamasen a la policía. -Dejó la pistola en la mesa, cogió la licorera y se sirvió una copa de coñac-. ¿Quién es?

---Mi esposo -respondió Laura inexpresi­vamente mientras se sentaba en el sofá.

Con tono de preocupación, Starkwedder se dirigió a ella:

-Beba esto. -Laura levantó la vista hacia él-. Ha sufrido un shock. El coñac le sentará bien -añadió enfáticamente. Mientras ella cogía la copa, Starkwedder, de espaldas a los demás, le dedicó una sonrisa de connivencia para llamar su atención sobre la manera en que había resuelto el problema de las huellas dactilares. Alejándose de ella, lanzó su sombrero sobre el sillón y, des­pués, al notar que la señorita Bennett se estaba inclinando sobre el cadáver de Richard War­wick, se volvió rápidamente-. No toque nada, señora -le dijo-. Esto parece un asesinato y, si es así, no debemos tocar nada.

Irguiéndose, la señorita Bennett se apartó del cuerpo con gesto horrorizado.

-¿Un asesinato? -exclamó-. ¡No puede ser!

La señora Warwick, madre del difunto, en­tró en el estudio, preguntando:

-¿Qué ha ocurrido?

-¡Han matado a Richard! -le dijo Jan. Pa­recía más entusiasmado que preocupado.

-Silencio, Jan -ordenó la señorita Bennett.

-¿Qué has dicho? -preguntó la señora Warwick en voz baja.

-Ha dicho que le han asesinado -le infor­mó Benny, señalando a Starkwedder.

-Richard -susurró la señora Warwick, mientras Starkwedder se situaba de espaldas a la contraventana.

Jan se acercó al cadáver y exclamó:

-¡Mirad, tiene algo en el pecho, un papel! Y hay algo escrito.

Estiró el brazo para cogerlo, pero Starkwed­der le detuvo:

-No lo toques. Ni se te ocurra tocarlo. -Se inclinó sobre el cuerpo y leyó-: «15 de mayo. Cuenta saldada.»

-¡Dios Santo! MacGregor -exclamó la se­ñorita Bennett, situándose detrás del sofá.

Laura se puso de pie. La señora Warwick frunció el entrecejo.

-¿Quieres decir aquel hombre..., el padre del niño que fue atropellado?

-Claro, MacGregor -murmuró Laura para sí misma mientras se sentaba en el sillón. Jan se acercó al cadáver.

-Mirad, está hecho de recortes de periódico

-dijo ansioso. Extendió el brazo, pero Stark­wedder volvió a impedírselo.

-No lo toques -ordenó-. Hay que dejar todo tal cual para la policía. -Se dirigió al telé­fono-. ¿Les parece bien si...?

-No -dijo la señora Warwick-. Lo haré yo.

-Haciéndose cargo de la situación y armándose de valor, fue hasta el escritorio y empezó a marcar.

Jan se acercó nervioso al escabel y se arrodi­lló encima.

-El hombre que salió corriendo -pregun­tó a la señorita Bennett-, ¿crees que...?

-Sssh, Jan -le hizo callar ésta, mientras la señora Warwick hablaba por teléfono con voz tenue y autoritaria:

-¿Es la comisaría? Le llamo de la casa del señor Richard Warwick. El señor Warwick aca­ba de ser encontrado... muerto. Le han asesi­nado.

Los demás la escuchaban atentamente.

-No; fue encontrado por un desconocido -dijo-. Un hombre cuyo coche se ha averiado cerca de la casa, creo... Sí, se lo diré. Llamaré a la fonda. ¿Podrá llevarlo uno de sus coches cuando hayan terminado aquí?... Muy bien.

Colgando, la señora Warwick anunció:

-La policía estará aquí tan pronto se lo permita la niebla. Mandarán dos coches, uno de los cuales regresará de inmediato para llevar a este caballero -señaló a Starkwedder- a la fonda del pueblo. Quieren que pase la noche allí para hablar con él mañana.

-Bueno, puesto que de todos modos no puedo hacer nada con el coche en la zanja, no ten­go inconveniente -repuso Starkwedder.

En ese momento se abrió la puerta que daba al pasillo y un hombre de cuarenta y tantos años, estatura media y cabello negro, entró en la habi­tación atándose el cordón de la bata. Se detuvo apenas cruzado el umbral.

-¿Ocurre algo, señora? -preguntó a la señora Warwick. Luego, mirando más allá, vio el cuerpo de Richard Warwick-. ¡Dios mío! -exclamó.

-Me temo que se ha producido una horrible tragedia, Angell -respondió la señora War­wick-. Han matado al señor Richard, y la policía está de camino. -Se volvió hacia Starkwed­der y dijo-: Este es Angell, el asistente de Richard.

El asistente respondió con una leve y distraí­da inclinación de la cabeza.

-Dios mío -repitió, sin dejar de contem­plar el cadáver de su difunto patrón.

6

A las once de la mañana siguiente, la biblio­teca de Richard Warwick parecía más acogedora que en la brumosa noche anterior, aunque sólo fuera porque el sol brillaba sobre un día despejado y frío, y porque las contraventanas estaban abiertas de par en par. El cadáver de Richard Warwick había sido retirado durante la noche, y su silla de ruedas colocada en el vano. En el lugar que había ocupado hasta entonces había un si­llón. La mesita había sido despojada de todo, ex­cepto de la licorera y el cenicero. Un apuesto joven de veintitantos años, de pelo corto, chaqueta de tweed y pantalones azul marino, leía un libro de poemas sentado en la silla de ruedas. Después de unos instantes se puso de pie.

-Hermoso -dijo-. Oportuno y hermoso. -Su voz era suave y melodiosa, con un pronun­ciado acento galés.

Cerró el libro y lo devolvió a su lugar en las estanterías. A continuación, después de observar la habitación durante un par de minutos, salió a la terraza. Casi de inmediato, un hombre de edad madura, complexión robusta y mirada impasi­ble, que llevaba un maletín en la mano, entró en la habitación desde el pasillo. Avanzó hasta el si­llón que miraba a la terraza, dejó el maletín enci­ma y dirigió la vista al exterior.

-¡Sargento Cadwallader! -llamó.

El joven volvió a la habitación.

-Buenos días, inspector Thomas -dijo, y luego recitó-: «Estaciones de nieblas y dulces frutos, amigo inseparable del ascendente sol.»

El inspector, que había empezado a desabo­tonarse el abrigo, se detuvo y miró al joven sar­gento.

-¿Perdón? -dijo.

-Es Keats -le informó el sargento, con cierto aire de suficiencia.

El inspector le dedicó una mirada hosca, lue­go se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo colocó sobre la silla de ruedas y volvió a buscar su maletín.

-Parece mentira que haga un día tan bonito -dijo el sargento Cadwallader-. Cuando uno piensa en lo que nos costó llegar hasta aquí anoche. La peor neblina que he visto en años. «La amarilla niebla que frota su espalda contra la ventana.» T. S. Eliot. -Esperó que el inspector reaccionara ante su cita, pero no hubo respuesta, de modo que continuó-: No me sorprende que

haya habido tantos accidentes en la carretera de Cardiff.

-Podría haber sido peor -comentó el ins­pector.

-Yo no estaría tan seguro -repuso el sar­gento-. El de Porthcawl... menudo accidente. Un muerto y dos niños gravemente heridos. Y la madre llorando destrozada en medio de la carre­tera. «La hermosa doncella se fue llorando...»

-¿Han terminado ya con las huellas dactila­res? -le interrumpió el inspector.

Comprendiendo que lo mejor era volver al asunto que tenían entre manos, el_ sargento Cadwallader dijo:

-Sí, señor. Lo tengo todo aquí. -Se dirigió al escritorio, cogió una carpeta y la abrió.

El inspector le siguió, se sentó y dejó su ma­letín debajo del escritorio, antes de empezar a examinar la primera hoja de huellas dactilares.

-¿No hubo problemas para tomar las hue­llas a las personas de la casa? -preguntó.

-Ninguno -respondió el sargento-. Fueron muy serviciales. Se mostraron ansiosos por colaborar, no podía ser de otro modo.

-No siempre es así. Me he encontrado con más de uno que se niega, es como si creyeran que sus huellas acabarán en el fichero de delincuen­tes. -Respiró hondo, estiró los brazos y conti­nuó estudiando las huellas-. Veamos, el señor Warwick es el difunto. La señora Laura Warwick, su esposa. La señora mayor Warwick, su madre. El joven Jan Warwick, la señorita Ben­nett y... ¿quién es éste? ¿Angle? Oh, Angell. Ah, sí, su asistente, ¿no es así? Hay otros dos juegos de huellas, veamos... Hmmm. En la parte exte­rior de la ventana, en la licorera, en la copa de co­ñac, huellas de Richard Warwick, de Angell y de la señora Laura Warwick, en el encendedor... y en la pistola. Estas son las de ese Michael Stark­wedder. Le sirvió coñac a la señora Warwick, y fue él quien trajo la pistola desde el jardín.

Cadwallader se alejó del escritorio, dirigién­dose al centro de la habitación.

-El señor Starkwedder -refunfuñó.

-¿No le cae bien? -preguntó el inspector.

-¿Qué hacía aquí? Es lo que me gustaría sa­ber -respondió el sargento-. ¡Atascarse en una zanja justo delante de una casa en la que se ha producido un asesinato!

El inspector se giró hacia su joven colega.

-Anoche usted casi metió el coche en una zanja de camino a esta casa en la que se había producido un asesinato. En cuanto a lo que hace aquí, lleva en los alrededores una semana, busca una casa.

El sargento no parecía muy convencido pero el inspector añadió con tono irónico:

-Parece que su abuela era galesa y que de pequeño solía venir aquí a pasar las vacaciones. Más tranquilo, el sargento concedió:

-Ah, si su abuela era galesa, eso es otra cosa. -Se dirigió al sillón que había junto a los venta­nales, se sentó, alzó el brazo derecho y decla­mó-: «Un camino lleva a Londres, el otro a Ga­les. El mío lleva al mar, junto a las blancas velas oscilantes.» Un gran poeta, John Masefield. Muy subestimado.

El inspector abrió la boca para quejarse, pero se limitó a sonreír.

-En cualquier momento llegará el informe sobre Starkwedder de Abadan -informó al sar­gento-. ¿Tiene sus huellas para compararlas?

-Envié a Jones a la fonda donde pasó la noche -repuso Cadwallader-, pero se había ido al taller a ocuparse de la reparación de su coche. Jones llamó al taller, habló con él y le pidió que se presentara en la comisaría lo antes posible.

-Bien -dijo el inspector-. Aquí hay un segundo grupo de huellas no identificadas. La palma de la mano de un hombre sobre la mesa que había junto al cadáver, e impresiones borro­sas tanto en el exterior como en el interior del ventanal.

-Apostaría a que son de MacGregor -dijo el sargento chasqueando los dedos.

-Sí, puede ser -admitió el inspector-. Pero no estaban en la pistola. Cualquiera que utilice una pistola para matar a alguien es, sin duda, suficientemente sensato como para ponerse guantes.

-No lo sé. Un tipo desequilibrado como ese MacGregor, desquiciado tras la muerte de su hijo, no pensaría en ello.

-Bueno, pronto nos enviarán una descrip­ción de MacGregor desde Norwich -dijo el inspector.

-Es una historia triste, como quiera que se la mire. Un hombre, su mujer fallecida recientemente, y su único hijo muerto por conducción temeraria.

-Si es que hubo conducción temeraria -ob­servó el inspector-. En tal caso habrían condenado a Warwick por homicidio, o al menos por un delito de imprudencia temeraria. De hecho, ni siquiera le retiraron el carnet de conducir. -Abrió el maletín y extrajo el arma del crimen.

-A veces se miente de forma temeraria

-murmuró el sargento-. «Señor, Señor, hasta qué punto está el mundo volcado a la mentira.» Shakespeare.

Su superior se limitó a mirarlo. El sargento recuperó la compostura y se levantó del escabel.

-La palma de la mano de un hombre sobre la mesa -murmuró el inspector mientras se di­rigía hacia la mesa, con el arma en la mano. El sargento se acercó-. Qué extraño.

-Tal vez hayan tenido un invitado en casa

-sugirió el sargento Cadwallader.

-Tal vez -convino el inspector-. Pero, si no recuerdo mal, la señora Warwick dijo que ayer no recibieron visitas. Puede que ese asistente, Angell, sepa decirnos más. Vaya a buscarlo, ¿quiere?

-Sí, señor.

Una vez a solas, el inspector se inclinó sobre la silla como si contemplara el cuerpo que había estado allí. Luego se dirigió al ventanal y salió al exterior mirando a izquierda y derecha. Exami­nó la cerradura de las contraventanas, y ya se disponía a volver a la habitación cuando se topó con el sargento y Angell, que vestía una chaque­ta de alpaca gris, camisa blanca, corbata negra y pantalones a rayas

-¿Es usted Henry Angell? -preguntó el inspector.

-Sí, señor.

-Siéntese allí, por favor -dijo el inspector, señalando el sofá.

Angell obedeció.

-Bien -continuó el inspector-. Era el en­fermero y asistente del señor Richard Warwick. ¿Durante cuánto tiempo?

-Durante tres años y medio, señor -res­pondió Angell. Su actitud era correcta, pero su mirada furtiva.

-¿Le gustaba su trabajo?

-No tenía motivos de queja, señor.

-¿Cómo era trabajar para el señor War­wick?

-Bueno, era difícil.

-Pero tenía sus ventajas, ¿verdad?

-Sí, señor -admitió Angell-. Tenía un sa­lario excelente.

-Y eso compensaba los inconvenientes, ¿no es así? -repuso el inspector.

-Sí, señor. Intento ahorrar algún dinero. El inspector se sentó en el sillón, colocando la pistola sobre la mesa junto a la silla.

-¿Qué hacía antes de ser contratado por el señor Warwick? -preguntó.

-La misma clase de trabajo, señor. Puedo enseñarle mis referencias. Nunca se han quejado de mi labor. He tenido algunos patrones (o pa­cientes) verdaderamente difíciles. El señor James Walliston, por ejemplo. Ahora es un paciente voluntario en un hospital psiquiátrico. Una per­sona muy difícil, señor. -Bajó la voz para aña­dir-: ¡Drogas!

-Ya -dijo el inspector-. Supongo que el señor Warwick no consumía drogas.

-No, señor. Su único refugio era el coñac. -Lo bebía en abundancia, ¿no es así? -pre­guntó el inspector.

-Sí, señor. Bebía mucho, pero no era un al­cohólico, si sabe lo que quiero decir. Nunca perdía el control.

El inspector hizo una pausa antes de pregun­tar:

-¿Y qué es toda esa historia de armas y dis­paros contra animales?

-Bueno, era su pasatiempo, señor. Lo que en la profesión llamamos una compensación. Tengo entendido que en su época había sido un gran cazador. Menudo arsenal tiene en el dormi­torio. -Hizo un gesto en dirección a una habi­tación en la otra parte de la casa-. Rifles, esco­petas, pistolas y revólveres.

-Ya veo -dijo el inspector-. Bien, eche un vistazo a esta pistola.

Angell se levantó y se acercó a la mesa, pero de pronto vaciló.

-No pasa nada -le tranquilizó el inspec­tor-. Puede sostenerla sin miedo.

Angell cogió la pistola con cautela.

-¿La reconoce?

-Es difícil decirlo, señor. Parece una de las del señor Warwick, pero no sé mucho acerca de armas de fuego. No podría decirle con certeza qué arma tenía anoche en la mesa junto a él.

-¿No tenía la misma cada noche?

-Oh, no, tenía sus caprichos, señor -dijo Angell-. Las cambiaba continuamente. -Devolvió el arma al inspector.

-¿De qué le podía servir un arma anoche, con tanta neblina?

-Era un hábito, señor -respondió An­gell-. Podríamos decir que estaba acostumbrado a ello.

-Bien, vuelva a sentarse, por favor.

Angell lo hizo en un extremo del sofá. El inspector estudió el cañón de la pistola, antes de preguntar:

-¿Cuándo vio al señor Warwick por última vez?

-Hacia las diez menos cuarto de anoche, señor. Tenía una botella de coñac y una copa junto a él, y la pistola que había elegido. Le arreglé la manta y le deseé buenas noches.

-¿Nunca se acostaba? -preguntó el ins­pector.

-No, señor. Al menos no en el sentido ha­bitual del término. Siempre dormía en su silla. A las seis de la mañana le traía el té y después le lle­vaba al dormitorio, donde se bañaba, afeitaba, etc., y luego dormía hasta la hora de la comida. Sufría de insomnio, de modo que prefería quedarse en la silla. Era un hombre bastante excén­trico.

El inspector Thomas se levantó y se dirigió a las contraventanas, dejando la pistola sobre la mesita al pasar.

-¿Y esto estaba cerrado cuando le dejó? -preguntó señalando las ventanas.

-Sí, señor. Anoche había mucha niebla y no quería que entrara en la casa.

-Muy bien. La ventana estaba cerrada. ¿Con pestillo?

-No, señor. Nunca la cerramos con pestillo. -Para que pudiera abrirla si quería, ¿no? -dijo el inspector.

-Así es, señor. Podía acercarse en su silla de ruedas y abrir las contraventanas si se disipaba la niebla.

-Ya. -El inspector permaneció pensativo unos instantes, y luego preguntó-: ¿No
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