Todos sabemos, hemos oído o hablamos de la felicidad pero ¿realmente tomamos conciencia de la felicidad? ¿Existe o solo es tu término utópico de algo? Quizás






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Todos sabemos, hemos oído o hablamos de la felicidad pero ¿realmente tomamos conciencia de la felicidad? ¿Existe o solo es tu término utópico de algo? Quizás estas son sólo algunas de las preguntas que se pueden plantear.

Este documento pretende si no responder las interrogantes, plantea la felicidad desde el punto de vista reflexivo, aportando un cúmulo de ideas basadas en el tema focalizado a través de la reciente creación de la felicidad como ciencia.

Ahora bien en este entorno globalizado donde la tendencia es la comunicación virtual, como lo son las redes sociales y las tic's, es importante platearse la importancia de la felicidad, ya que transmitir lo que sentimos y pensamos es altamente relevante para el mejor desempeño de las actividades y convivencias que desarrollamos

LAS TEORÍAS DE LA FELICIDAD

Las personas, a diferencia de los demás seres vivos, tenemos la capacidad de no responder de forma automática al medio que nos rodea, porque ante cualquier situación podemos pensar serenamente y encontrar distintas posibilidades de respuesta. Alguna de ellas nos parecerá preferible y la elegiremos, pero nos conviene elegir bien porque renunciamos a las demás, que pueden ser mejores.

Esa capacidad humana de idear distintas posibilidades es la inteligencia, que dirige a otras facultades, como la imaginación o la memoria, para descubrir caminos nuevos en cada situación. Negarse a usarla, dejarse angustiar por los problemas que parecen no tener salida, es renunciar sin más a la posibilidad de ser feliz. Recurrir a ella, por contra, imaginar en cada situación difícil soluciones nuevas, sin plegarse ante lo que parece inevitable, es dejar abierta la puerta a la felicidad.

Es verdad que no cualquier salida es buena, y la fantasía creadora se distingue de la pueril en que propone soluciones imaginativas, pero de algún modo realizables. Eso es lo que nos permite diferenciar un ideal de vida feliz de una ficción descabellada. Lo inteligente es optar por el primero

Todos queremos ser felices pero cada uno entiende la felicidad de una forma diferente.

Cuando felicitamos a alguien por su cumpleaños, o por las Navidades, o por un éxito escolar o profesional, estamos dando por supuesto que todos deseamos la felicidad, y por eso mostramos nuestro afecto a esa persona diciéndole que ojalá sea todo lo feliz que espera ser. Todos nos proponemos ser felices y generalmente nos preocupa que los demás también lo sean. Pero, tan pronto como nos preguntamos en qué consiste la felicidad, nos vemos en cierto apuro. Porque, a pesar de que todos estamos de acuerdo en que la felicidad es lo que persigue todo ser humano, inmediatamente surge el desacuerdo: cada cual la entiende de una manera distinta.

Distintas teorías sobre la «vida buena» o vida feliz

En términos generales podemos decir que la felicidad es la situación en la que uno siente que todo va conforme a lo que quiere. Pero inmediatamente surge la cuestión clave: ¿qué es lo que en realidad quiero hacer con mi vida?

En efecto, toda persona se caracteriza, entre otras cosas, por la capacidad para proyectar su propio plan de vida, conforme a lo que cree que es su bien, o lo que es lo mismo, su ideal de vida buena. Por tanto, si nos fijamos únicamente en los rasgos que diferencian a unas personas de otras, es perfectamente lógico que haya casi tantas maneras distintas de ser feliz como personas hay en el mundo. Sin embargo, si reparamos en las similitudes, también es lógico que encontremos algunos modelos de felicidad que han diseñado quienes creen haber encontrado una manera razonable de ser feliz.

En las diferentes religiones y escuelas filosóficas encontramos una gran cantidad de propuestas de vida buena, que no son objeto de mandato, sino de consejo, porque los medios para conseguir la felicidad se aconsejan, no se prescriben. La mayor parte de estas teorías afirma que lo importante no es poseer cosas, sino «ser sabios», es decir, saber vivir bien. En otras palabras, las grandes tradiciones éticas coinciden en afirmar que no puede haber felicidad auténtica si no vivimos de una manera moralmente buena.

- La felicidad budista. Según el budismo (Buda nació en el año 480 a.C.), la felicidad sólo se alcanza en el estado de «nirvana», es decir, cuando el alma ya se ha librado de todo deseo. Cosa que se logra por medio de ciertas técnicas de meditación y después de las necesarias reencarnaciones. El budismo invita a llevar una vida sobria, armoniosa y virtuosa, sin excesos de ningún tipo. No es más feliz el que más tiene, sino el que desea menos cosas.

- La vida buena según Aristóteles. Para Aristóteles, la felicidad humana sólo se puede lograr desarrollando al máximo nuestras capacidades de todo tipo (morales, intelectuales, artísticas, etc.), es decir, practicando las virtudes o excelencias, especialmente la prudencia. Sólo la persona prudente puede acertar con la conducta adecuada para cada situación, obteniendo así el máximo de felicidad posible en el conjunto de la vida. En este orden de cosas, Aristóteles propone como ideal de vida la contemplación, es decir, el estudio de las verdades filosóficas y científicas.

- La propuesta hedonista de Epicuro. Según Epicuro (341-271 a.C.), la felicidad consiste en gozar inteligentemente de los placeres de la vida, evitando el dolor. Así, recomienda gozar de los placeres con moderación, y cultivar especialmente la amistad, la lectura, la conversación y otros placeres semejantes, puesto que no suelen tener consecuencias desagradables.

-El modelo estoico de vida feliz. Para el estoicismo (que nace el año 335 a.C.), el único camino que conduce a la felicidad consiste en ser capaz de no alterarse por los altibajos de la fortuna. Los estoicos creían firmemente en el destino, en que la Naturaleza ha dispuesto sabiamente todo cuanto ha de suceder. En consecuencia, proponen aceptar de buen grado todos los acontecimientos, sin que perturben la tranquilidad de ánimo: la felicidad es, según esto, un estado de imperturbabilidad, una paz interior que se alcanza con el ejercicio del autodominio.

-La felicidad en el pensamiento cristiano. Para el cristianismo, el componente fundamental de la felicidad es el encuentro amoroso con Dios y con el prójimo. El egoísta, el que utiliza a las demás personas en su propio provecho, acaba siendo desgraciado. Mientras que el que se abre a Dios y a los demás hombres, los quiere por sí mismos y vive solidariamente, alcanza la felicidad. Una felicidad que se prolonga en la vida eterna, puesto que Dios es amor.

- El modelo utilitarista de felicidad. El utilitarismo (que nace en el siglo XVIII) sostiene que lo moralmente correcto es fomentar el mayor placer posible para el mayor número de seres dotados de sensibilidad, tanto personas como animales. Los utilitaristas entienden que la felicidad incluye una gran variedad de experiencias agradables, entre las cuales destacan las relaciones amistosas y los actos altruistas, que tienen su raíz en el sentimiento de simpatía.

-La felicidad como autorrealización en libertad. Las éticas contemporáneas de inspiración kantiana (Rawls, Apel, Habermas, etc.) consideran la cuestión de la felicidad como un asunto de autorrealización personal, que cada cual ha de resolver atendiendo a sus propias capacidades, deseos y posibilidades.

Cada cual ha de hacerse libremente -sin amenazas ni presiones externas- un proyecto de vida más o menos realista, y luego intentar llevarlo a cabo. En ese proyecto de vida personal se pueden incluir distintos valores (prudencia, autodominio, amor, simpatía...), pero la sociedad ha de comprometerse a asegurar unas condiciones sociales de justicia, que dejen a cada uno en libertad para llevar a cabo su proyecto de vida personal.

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LOS INGREDIENTES DE UNA VIDA FELIZ

Felicidad y placer

¿Es correcto identificar la felicidad con el placer, como hacen los epicúreos y los utilitaristas? Todos estaríamos de acuerdo en que experimentar placer es algo agradable, pero también en que hay casos en los que una persona se siente feliz sin gozar apenas de lo que habitualmente llamamos placeres. Los ascetas, por ejemplo, sienten un gran placer por su manera de vivir, a pesar de privarse de los pequeños placeres cotidianos. Pero entonces hemos de pedir que se usen los términos con más rigor, si es que no queremos confundirlo todo: el placer consiste en obtener una satisfacción sensible, mientras que la felicidad consiste en autor realizarse, en llevar a cabo los propios proyectos de vida, cosa que a veces produce satisfacciones sensibles (placer) y a veces, no.

Aunque a menudo se utilizan estos dos términos como si fuesen sinónimos, en realidad no lo son. Un mínimo de bienestar físico y psicológico es absolutamente necesario para ser feliz, pero las personas pueden tener a su alcance todas las condiciones que constituyen el bienestar (salud, dinero, fama, libertad de movimientos, etc.), y sin embargo no sentirse felices. Esto puede ser debido a múltiples causas:

a) Miedo al aburrimiento o tedio. Muchas personas recurren a cualquier medio peligroso -drogas, violencia, etc.- con tal de no aburrirse, pero a la larga es posible que nada consiga distraerles, y pueden acabar en la desesperación y el suicidio.
b) Exceso de competitividad. En la vida moderna se ha impuesto una alocada carrera para conseguir el triunfo económico y social. La persona que se entrega por completo a esa competición va descuidando la relación con sus seres queridos y al final se siente sola, desgraciada y aburrida.
c) Estrés. Es producto de las indecisiones, preocupaciones y miedos. El remedio es enfrentarse con esos miedos y comprender que muchas de las cosas que nos preocupan no tienen importancia.
d) Envidia. La persona envidiosa no disfruta con lo que tiene, sino que sufre al pensar en lo que tienen los demás. Esta pasión impide que la persona sea feliz.
e) Sentimiento de culpabilidad. Algunas personas tienen tendencia a pensar que son culpables de que les salgan mal las cosas o de los errores que cometen. Se sienten siempre juzgadas y culpadas, como si siempre hubiera responsables de las cosas malas y además fueran ellas.

f) Manía persecutoria. A veces sentimos que todos están en contra nuestra y que todo nos sale mal; si este sentimiento negativo persiste mucho tiempo, significa que padecemos una grave anomalía psicológica que con toda seguridad nos impide ser felices.
d) Miedo al «qué dirán». Este miedo aparece con más fuerza en los ambientes rurales y aislados, pero también puede darse en las grandes ciudades, bajo la forma de “qué dirán los periodistas”, y en la escuela, bajo la forma “qué dirán mis compañeros”
Aprender a elegir bien

A lo largo de la vida no hay más remedio que elegir unas cosas y dejar otras. Por eso, si elegimos bien tenemos mayores probabilidades de ser felices. He aquí algunas pistas para elegir lo que de verdad queremos:

-Las cualidades que ya se tienen se pueden desarrollar, y las que no se tienen se pueden adquirir con algo de esfuerzo: podemos elegir en gran medida qué tipo de persona queremos ser.

-A la hora de elegir profesión, deberíamos tener en cuenta las propias capacidades, las posibilidades de realización personal que nos ofrece cada profesión, el grado de coherencia entre nuestros ideales de vida y la profesión escogida.

-Con respecto a la pareja y los amigos, no perdamos de vista que, cuantos más ideales y aficiones sean comunes, mayores probabilidades existen de que la relación tenga éxito.

-Las actividades de ocio deberían permitir que descansemos del trabajo, al tiempo que enriquecemos nuestra personalidad: si el trabajo exige esfuerzo físico, escojamos un pasatiempo relajado; si exige esfuerzo intelectual, busquemos una afición más dinámica.

-Es ineludible tener unas ideas políticas coherentes con los valores en los que creemos y ayudar de algún modo a que se pongan en práctica. Quienes se consideran «apolíticos», en realidad están aceptando acríticamente la política que triunfa en cada momento, pero ésa ya es una manera de ser «político». Si somos conscientes de qué tipo de sociedad queremos, nos hacemos menos manipulables por la propaganda, más responsables y más libres.

-También es ineludible que tengamos alguna actitud hacia la religión. No basta con aceptar de modo irreflexivo la tradición familiar o la moda social, porque esta solución cómoda nos convierte en títeres de las decisiones ajenas; la opción religiosa ha de ser siempre una decisión personal, esto es: consciente, justificable y libre.
Otros ingredientes importantes

En resumen, podemos decir que para ser felices hemos de disponer de ciertos ingredientes indispensables. De algunos de ellos ya hemos hablado anteriormente y otros los añadimos ahora:

-Una determinada concepción del bien (que puede estar inspirada en alguna o algunas de las teorías filosóficas y morales), que nos permite trazar un determinado proyecto de vida.

-Un mínimo de bienestar físico y psicológico, que la sociedad debe garantizar conforme a los derechos humanos como bienes básicos necesarios para llevar a cabo cualquier proyecto de vida.

-Un cierto grado de autoestima, esto es, un sentimiento vivo de nuestra propia valía como personas, junto con la convicción de que nuestros proyectos merecen la pena llevarse a cabo. Depende en gran medida de cómo recibimos de los demás el amor y la amistad, y de cómo nosotros mismos somos capaces de corresponder.

La autoestima es uno de los bienes básicos que una persona necesita para ser feliz. Sin la convicción de que tenemos capacidad para proponernos proyectos de llevar a cabo al menos algunos de ellos, nos faltan el ánimo y la ilusión, y no tenemos ganas de emprender nada que valga la pena. Pero si nos percatamos de que no somos el centro del universo, pero sí personas con fuerza suficiente como para hacer cosas valiosas, porque todos lo somos, entonces habremos abierto el camino hacia la felicidad.

Ahora bien, es importante recordar que la autoestima es cruce de dos caminos: de la valoración que recibimos de los demás y de cómo nos valoramos a nosotros mismos. Ninguna de las dos viene ya dada de tal modo que no podamos modificarla, por eso uno de los primeros pasos que conviene dar en la aventura de la felicidad es el de construir la autoestima desde nosotros mismos y con otros.”

-Algo de ilusión, de entusiasmo, de interés por las personas y las cosas, porque sin ellos no es posible que hagamos el esfuerzo necesario para afrontar los problemas de la vida.

-Un poco de suerte, porque también puede ocurrir que una persona disponga de casi todos los ingredientes de felicidad que ya hemos mencionado y, sin embargo, no llegue a realizar sus proyectos a causa de ciertos infortunios completamente imprevisibles.

“La persona egoísta sólo se interesa por sí misma, desea todo para sí misma, no siente placer en dar, sino únicamente en tomar. Considera el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede obtener de él; carece de interés por las necesidades ajenas y de respeto por la dignidad e integridad de los demás. No ve más que a sí misma; juzga a todos según su utilidad; es básicamente incapaz de amar. ¿No prueba eso que la preocupación por los demás y por uno mismo son alternativas inevitables? Sería así si el egoísmo y el auto-amor fueran idénticos. Pero tal suposición es precisamente la falacia que ha llevado a tantas conclusiones erróneas con respecto a nuestros problemas. El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos. El individuo egoísta no se ama demasiado, sino muy poco; en realidad se odia. Tal falta de cariño y cuidado por sí mismo, que no es sino la expresión de su falta de productividad, lo deja vacío y frustrado. Parece preocuparse demasiado por sí mismo, pero, en realidad, sólo realiza un fracasado intento de disimular y compensar su incapacidad de cuidar de su verdadero ser.”

ERICH FROMM, El arte de amar
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