Inspectoría san juan bosco madrid






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Del volumen sexto de las Memorias Biográficas de San Juan Bosco



Un venerable sacerdote, que vivió bastantes años en el Oratorio, primero como alumno y después como clérigo, que pre servó con su celo a muchos chicos de los peligros a que está expuesta su inexperta edad, nos dejó escritas, en 1889, las impresio nes que él recibió de su convivencia con don Bosco.

¿Quién fue don Bosco? Don Bosco fue un sacerdote que enseñó con el ejemplo y con la palabra el amor con que cada uno debe servir fielmente al Señor según su estado. “Será llamado grande en el reino de los cielos el que hiciere y enseñare” (Mt. 5, 19). Esta es la razón por la cual, con mucha verdad, puede y debe considerarse a don Bosco como un hombre insigne entre las más grandes figuras no sólo del siglo diecinueve, sino también de la Era cristiana. Sin poseer nada, levantó un edificio tan grandioso que llena de estupor el presente y llenará de admiración al mundo en los siglos venideros. Fue instrumento de Dios para esta gran obra, y por esto Dios la conservará y llevará a término según sus misteriosos designios, aun cuando pueda ser imperfecto el elemento que la realice; cuanto más defectuoso pueda ser éste, tanto más pondrá El de su propia mano.

Don Juan Bosco fue un hombre misterioso, enviado por Dios para probar con los hechos cuánto puede aquél que confia plenamente en El. Profundo conocedor de los hombres y de sus tiempos, de carácter firme, tenaz en sus propósitos, penetrando en los secretos del futuro con mirada aguda y certera, hombre de tacto finísimo en el trato con los hombres y las cosas, de ilimitada confianza en la divina Providencia, todo lo que concebía en su mente, de amplios horizontes, lo realizaba aun cuando parecían insuperables los obstáculos en que tendría que tropezar, y lo llevaba a feliz término, como por ensalmo, con estupor de todos, confiando en estas palabras: Dios proveerá.

[…] Los obstáculos que se opusieron a don Bosco para la fundación de su obra, sólo Dios puede conocerlos.

Para este fin, por disposición divina, estaba dotado por naturaleza de un temple recio, de cuerpo bien formado, aunque algo cargado de hombros, de talla más bien mediana, de complexión fuerte y resistente. Su modo de andar, moderado y sencillo, era el de un hombre pensativo, pero tranquilo, a la buena, tanto que nadie podía imaginar quién era. Más aún, si me es lícita la comparación, diría que su marcha era un poco oscilante a un lado y otro como la del amigo del labrador, el buey, del que pareció tomar la mansedumbre de carácter y la fuerza y constancia en el hacer, siempre igual hasta alcanzar la meta, sin preocuparse de los gruesos troncos que a veces se oponen bajo tierra, ni de ningún otro tropiezo a campo abierto.

Pero lo que más llamaba la atención en don Bosco era su mirada, dulce, es verdad, pero penetrante hasta lo más íntimo del corazón, tanto que a duras penas se podía resistir. Por esto, se puede afirmar que con ella atraía, estremecía, aterraba según los casos, y en las vueltas que di por el mundo no conocí a nadie que más me fascinase con la mirada. En general, sus retratos y cuadros no reproducen este rasgo singular y dan de él la impresión de un hombre bueno.

En medio del trastorno de tantas vicisitudes y adversidades humanas, don Bosco era siempre dueño de sí mismo; mantenía su carácter moderadamente alegre y jocoso, y rarísima vez (acaso nunca) le vi pasar los límites de la susceptibilidad, a pesar de su gran sensibilidad de espíritu y de corazón. Todas estas atrayentes prerrogativas juntas, hacían de don Bosco una persona simpática y admirable hasta la veneración para todos los que tuvieron la suerte de tratarlo de cerca y que por afecto se convertían, más que en servidores, en esclavos suyos.

Su talante alegre y jovial en medio de sus queridos hijos le abría caminos y le prestaba aliento en sus graves y espinosas empresas; por eso veíasele a veces como sacudirse de un gran peso y desahogábase de improviso con estas palabras: ¡Ea!... ¡Salga como quiera, con tal que salga bien!

Otras veces, con el disgusto que le causaban las habladurías y persecuciones contra su persona y sus obras, llamaba por su nombre al chico, que en aquel momento le estaba más cerca, y le decía así: ¡Vamos, fulanito! ¡Estáte alegre, haz el bien y deja cantar a los gorriones! -Vosotros sois mis queridos pilluelos: ¡se está muy bien en las casas de los señores, donde nada falta; pero allí no estáis vosotros!

Don Bosco tenía una gran satisfacción cuando se veía rodeado de sus hijos, que le querían con amor sincero, pues, sin darse ellos cuenta, le arrancaban las punzantes espinas de la vida y tenían el mérito de aliviar y conservar una tan preciosa existencia que, tal vez, sin su eficaz contribución hubiera sucumbido precozmente bajo el peso de tantos sufrimientos. […]

Se mantenía viva una santa y continua reciprocidad de afectos entre los alumnos del Oratorio y don Bosco, no sólo por el buen ejemplo de sus muchas y grandes virtudes y por gratitud, sino también porque los muchachos le tenían por su Superior y padre, que seguía voluntariamente pobre, exactamente como uno de ellos. Pobre a imitación de Jesús, don Bosco, lo mismo que El, tenía predilección por los pobres y escogía sus discípulos entre los hijos del pueblo.

Testimonio:

Un profesor de un centro salesiano
“Conocer a Don Bosco, es trabajar en la honradez, sencillez y humildad. Es comprender a los jóvenes, que son jóvenes y que tienen que serlo, pues la juventud es vida, esperanza, futuro. Su espiritualidad y toda su enseñanza nos hacen llegar hasta el corazón del joven, conocer sus gustos, intereses, ideales, sueños, proyectos, y todo lo que juntos podemos hacer para llegar a Jesús, camino, verdad y vida. Conocer a Don Bosco, es valorar el AMOR de nuestra madre, a través del AMOR de María Auxiliadora.”
Testimonio:

Miembro de ADMA
Cómo no emocionarse cuando ves a tantas personas que como tú con lagrimas en los ojos esperan la bajada de la urna. Ancianas que te dicen, que esto es un regalo que jamás podrían imaginar ver a D. BOSCO como era en vida. Honda emoción en humilde barrio obrero.

Testimonio:

Un Educador de Plataforma Social
Fieles a tu estilo, procuramos a nuestros jóvenes familiaridad, presencia activa y cercana, confianza y siempre, de algún modo, a María Auxiliadora. Porque, como nos dijiste, “basta que un joven entre en una casa salesiana, para que la Virgen le tome inmediatamente bajo su protección especial”.

Sinceramente, nunca antes imaginé poder llegar a verme en esta tesitura: yo, agradecido, dándote la bienvenida a ti, a la que, siendo tu casa, es la casa en la que, a diario, tanto yo como un buen número de educadores comprometidos con tu figura, tu pedagogía y tu espiritualidad, trabajamos, sin descanso, en favor de tantos y tantos jóvenes que lo necesitan. Deseo que percibas con orgullo, que lo que en esta bendita Casa hacemos es, exactamente, lo que quisiste y comenzaste a hacer, en Valdocco…

Mi queridísimo Don Bosco, sinceramente, espero que podamos seguir haciéndolo durante muchísimos años más.

1858
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