Inspectoría san juan bosco madrid






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GRACIAS, SEÑOR, POR DARNOS A DON BOSCO, QUE PREFIRIÓ ESTAR CON LOS JÓVENES POBRES Y ABANDONADOS ANTES QUE BUSCAR SU PROPIO BENEFICIO EN LAS COSAS QUE HIZO.



Canto vocacional

LA SAL Y LA LUZ

Que sea mi vida la sal,

que sea mi vida la luz.

Sal que sala, luz que brilla,

sal y fuego es Jesús.

1844

Jóvenes

MB II, 198-99

Del volumen segundo de las Memorias Biográficas de San Juan Bosco

Con la capilla del gran obispo de Ginebra, el Oratorio se iba encarrilando. Escribe don Bosco: «Corrió la noticia entre los habitantes de Valdocco de una iglesita únicamente destinada a los muchachos, con funciones a propósito para ellos, con un lugar para pasear, saltar y jugar. Los muchachos eran todos de la clase obrera. Nuestra iglesia, que empezó a llamarse oratorio, resultó cada día más estrecha. Pero nos arreglábamos como podíamos con la habitación, la cocina, el corredor y la antesala; en todos los rincones se daba clase de catecismo, todo era oratorio». No es fácil expresar lo que don Bosco trabajó para buscar personas de buena voluntad que le ayudaran. Algunos de los mayorcitos, por él adiestrados, estaban al frente de algunas clases. Reunía después a éstos en su habitación, en el tiempo libre del sagrado ministerio, durante la semana, les daba las normas necesarias y los entusiasmaba con regalillos y con la amabilidad y caridad de su trato.


En los días festivos acudían muchos muchachos para confesarse, oír misa y comulgar. Después de misa don Bosco les daba una breve explicación del evangelio. Por la tarde había catecismo, entonaban cánticos sagrados, después les daba una instrucción adaptada para ellos, corta y amenizada con ejemplos edificantes. Cantaban, finalmente, las letanías lauretanas y se impartía la bendición con el Santísimo, que solamente se reservaba en los días festivos. Antes y después de las funciones había variados entretenimientos y juegos, bajo la vigilancia del buen Director, del teólogo Borel, que era su brazo derecho, y de los jóvenes más juiciosos y de mejor conducta. El recreo se hacía en la estrecha y larga calleja existente entre el convento de las Magdalenas y el hospital Cottolengo y que conducía a la vía pública, y también en la calle delantera de la casa. Don Bosco iba con frecuencia por los campos vecinos cuidando de que ninguno de los suyos se alejara. Buscaba todos los medios para atraerlos al Oratorio. Preparó juegos: pelotas, bochas, tejos, zancos, y les prometía que pronto tendrían columpios, tiovivos, clases de gimnasia y de canto, conciertos de música instrumental y otras diversiones. A veces les repartía medallas, estampas, fruta; les preparaba desayuno o merienda; otras veces regalaba unos pantalones, un par de zapatos u otras prendas de vestir a los más pobres. Frecuentemente los socorría en casa de sus padres. «Sobre todo, escribe don Bosco, lo que más atrae a los jovencitos son las buenas maneras: para obtener buenos resultados en la educación de la juventud hay que procurar hacerse amar para después hacerse respetar». Y los muchachos sabían que don Bosco los amaba y los llevaba grabados en su corazón de modo indeleble. En efecto, conocía a todos, llamaba a cada uno por su nombre y apellido y no olvidaba a los que ya no asistían al Oratorio. Así nos lo aseguraba el teólogo Borel y así lo hemos constatado nosotros mismos, cuando los muchachos por él educados se contaban ya por miles.
Fue en este tiempo, esto es, a fines del 1844, cuando don Bosco empezó y más tarde perfeccionó las clases nocturnas y festivas, que muy pronto se implantaron en otros lugares del país y hoy están organizadas y extendidas por toda Italia.


Testimonio:

Un Antiguo Alumno Salesiano
El miércoles 6 de junio después de comer en el trabajo salgo a darme una vuelta a la manzana y vi la Basílica de María Auxiliadora abierta. Sabía que estaba la Urna de Don Bosco. Entré, rezé un poco, y pedía al sacerdote si podía leer. Eran las Memorias del Oratorio. Esa noche en casa busque por casa dónde las tenía. Las encontré y estoy releyéndolas. Por lo menos hacía más de 20 años que no leía nada de D. Bosco. Son emocionantes porque son de puño y letra de D. Bosco. Soy Padre de familia y a mí D. Bosco me decía al oído que la educación es cosa del corazón. Cuando se encuentra con los muchachos en Turín les explica el catecismo y cuando están preparados les confiesa y les pide que les acompañe a misa. Me decía D. Bosco que yo tengo que hacer también eso con mis hijos, explicarles el catecismo y que me acompañen en los sacramentos. D. Bosco les daba clase para formarles y también iba por las calles de Turín a ver cómo estaban sus muchachos en los trabajos. Me decía D. Bosco que yo también tengo que procurar formar en cultura a mis hijos y rezar por ellos. Hemos de volver a D. Bosco, ese gran santo que nos habla de Cristo y su Madre, María Auxiliadora.


AYÚDANOS, SEÑOR A SER COMO DON BOSCO EN LA ATENCIÓN Y CUIDADO DE LOS JÓVENES QUE NOS HAS CONFIADO HOY. DANOS LAS GANAS DE DON BOSCO DE SERVIRTE EN ELLOS, Y DE BUSCAR QUE NUNCA SE SINTIESEN SOLOS, SINO QUE SUPIERAN QUE TE TIENEN A TI, COMO PADRE BUENO.

Canto a Don Bosco

Me basta que seáis jóvenes para amaros”


Me basta que seáis jóvenes para amaros. Me basta, y mi vida yo os daría.

Llevad este secreto bien guardado: sois vosotros mi esperanza y mi alegría.

Me basta que seáis jóvenes para amaros. Me basta, y nada os vengo a pedir.

Llevad este secreto bien guardado: con vosotros me encuentro bien aquí.

Ahora mismo se me ocurren mil locuras. Con vosotros todo el cielo ya está aquí. Yo no espero un más grande paraíso: sin los jóvenes, el cielo, ya no es cielo para mí.

Testimonio:

Un Salesiano
La visita de la urna ha supuesto un rejuvenecimiento del cariño a los jóvenes. Los jóvenes eran “la escolta de Don Bosco” en todos los sitios. Si Don Bosco dijo (aunque no textualmente): “Con vosotros me encuentro muy bien”, los jóvenes le han dicho: “Contigo nos encontramos muy bien”. Hay que estar muy llenos de Dios para poderles llevar a Dios. En definitiva, encontrarse muy bien contigo, Don Bosco, es porque “es muy bueno encontrarse con Dios en ti”.

1846

En busca de los jóvenes

(MB III, 105 ss)
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