Gigante de la comunicación






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fecha de publicación19.07.2015
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Sal Terrae 93 (2005) 701-710

San Pablo,

gigante de la comunicación

Francisco Ramírez Fueyo, sj*

Sólo el título que se me sugirió para este artículo da ya qué pensar. Los «gigantes de la comunicación» son hoy principalmente las grandes empresas de telefonía y los grupos internacionales de televisión, prensa y otros medios. Internet, por su parte, puede considerarse ya hoy como el «supergigante» de la comunicación. Estos medios llegan y comunican a cientos de millones de seres humanos de todo el mundo. Estos medios crean opinión, cuando no crean noticias, y son sin lugar a dudas uno de los mayores poderes de nuestro mundo.

Al lado de estos medios, resulta casi irónico hablar de una sola persona, Pablo de Tarso, como «gigante de la comunicación»: un hombre que vivió hace dos mil años, y cuyas palabras y cartas llegaron en vida a unos pocos cientos o miles de personas. Cualquier encuentro del Papa con los fieles reúne normalmente a más personas de aquellas a las que probablemente habló Pablo en toda su vida.

Como Jesús de Nazaret, como tantos otros cristianos, la persona y la palabra de Pablo fue la semilla que «cae en tierra y muere» y que luego Dios hace fructificar. Pablo mismo, hablando de la resurrección, emplea esta imagen en 1 Co 15,36-43: «lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere [...] se siembra débil, resucita poderoso». Y así lo entendió Lucas cuando puso en boca de Pablo, en su magnífico discurso de despedida: «pero no aprecio en nada mi vida, con tal de completar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, anunciar la buena noticia de la gracia de Dios».

Podríamos multiplicar los textos en que se relaciona apostolado y cruz, testimonio y sacrificio; no habría que pensar mucho: sin ir más lejos, ahí está el impresionante, y un tanto irónico, catálogo de penalidades de 1 Co 4,9-13: «a nosotros los apóstoles Dios nos ha exhibido los últimos, como condenados a muerte [...] nosotros por Cristo somos locos, vosotros por Cristo prudentes; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros estimados, nosotros despreciados. Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, vamos medio desnudos, nos tratan a golpes, vagamos a la ventura, nos fatigamos trabajando con nuestras manos...». Más allá de la retórica propia de estos catálogos, bastante conocidos en el mundo pagano, nos encontramos con el apóstol de carne y hueso rodeado de aquella debilidad de la que le gustaba presumir (2 Co 12,9) y que, a la postre, le hacía, le hizo fuerte (2 Co 12,10).

Pero esto no es todo. Sería una ingenuidad reducir a Pablo a las persecuciones sufridas, como no debemos ver en Jesucristo sólo al Crucificado. Para Pablo, las persecuciones fueron el sello de su apostolado; la entrega de la propia vida, la garantía de su verdad (Ga 5,11; 6,12-14). Pero su apostolado también estuvo acompañado de fuerza: «lo que Cristo ha realizado por mi medio para la conversión de los paganos: de palabra y de obra, con señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios» (Rm 15,19; véase 1 Co 4,20; Rm 15,13); hasta el punto de desafiar, como Moisés a los magos del faraón, el poder de sus detractores: «os visitaré pronto, si Dios quiere, y entonces mediré, no las palabras de los orgullosos, sino su fuerza» (1 Co 4,19). Siguiendo con Moisés, el apostolado de Pablo no era sólo debilidad, también era «gloria», y una gloria superior a la que brillaba en el rostro aquel: «nosotros todos, reflejando con el rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su imagen con esplendor creciente, como bajo la acción del Espíritu del Señor» (2 Co 3,18).

En un artículo publicado en esta misma revista, Rafael Aguirre ya ha dado algunas claves fundamentales sobre las características de la misión de Pablo, especialmente con respecto a la relación entre la actividad misionera y las características sociales y culturales de su mundo y sus comunidades: universalismo, cristianismo urbano, mestizaje cultural, la casa como base de la comunidad cristiana, el trabajo profesional de Pablo1. En las páginas que siguen intentaremos fijarnos algo más en Pablo y en su personalidad de apóstol, respondiendo a la inquietud que formula este número: la «dificultad de comunicar la fe», la falta de un «lenguaje actualizado» y de «personas con perfiles suficientemente atractivos para llegar con eficacia a nuestro mundo». Quisiera fijarme en algunos rasgos del Pablo evangelizador que puedan ser luz, consuelo y fermento para quienes hoy intentamos comunicar el evangelio de Jesús.

1. «Que la fuerza te acompañe»
Puede parecer un chiste citar en estos medios una frase tomada de una película (por si alguien no lo reconoce, de la doble trilogía «La guerra de las galaxias»). Pero lo cierto es que para la mayoría de nuestros contemporáneos el personaje de Yoda es mucho más conocido, y por tanto significativo, que Buda, Mahoma o Jesucristo (excepto para los respectivos seguidores de cada uno de éstos). Una breve conversación de Yoda con Anakin Skywalker en la película que cierra la segunda trilogía («La venganza de los Sith») basta para resumir el mensaje de toda la película:
YODA: Muy prudente debes de ser al percibir el futuro, Anakin. El miedo a la pérdida un camino al lado oscuro es.

ANAKIN: No dejaré que esas visiones se hagan realidad, Maestro Yoda.

YODA: La muerte es una parte natural de la vida. Alégrate por los que te rodean que se transformen en la Fuerza. Llorarles, no. Echarles de menos, no. El apego lleva a la envidia. La sombra de la ambición, eso es.

ANAKIN: ¿Qué debo hacer, maestro Yoda?

YODA: Intenta liberarte de todo lo que temes perder.
Anakin no seguirá los sabios consejos de Yoda, continuando por ese camino que del temor lleva al apego, y del apego a la ambición (recordando los tres famosos escalones de los Ejercicios de san Ignacio: riquezas, honor, soberbia). El camino hacia la Fuerza (no el Lado Oscuro) es precisamente el del desapego y el sacrificio de uno mismo. No está muy lejos del catálogo de penalidades que hemos citado más arriba. En esa gran epopeya que es la Guerra de las Galaxias, de destrucción de un orden ideal y de lucha violenta y guerrillera por restablecerlo (frente a la justicia de Dios no violenta que justifica al pecador, según Pablo), sólo unos pocos seres reciben el acceso a esta Fuerza: los caballeros Jedi, una especie de caballería religiosa medieval.

Si me he detenido un momento en el recuerdo de esta obra de ciencia-ficción, es porque, como en tantas ocasiones, la parábola o el mito están inspirados directamente en las creencias religiosas, las interpretan y nos las devuelven sutilmente transformadas, a veces peligrosamente transformadas. La Fuerza de la que se habla es lo que Pablo llamará «Espíritu»; la «carne» paulina se acerca mucho a ese «lado oscuro» de la ficción cinematográfica. No vamos a desarrollar estas comparaciones, pero sí quiero fijarme en un elemento: el «Espíritu», que es fuerza, que acompaña a Pablo, es el mismo que actúa en quienes lo escuchan para que lleguen a la fe, y es quien obrará todo tipo de carismas en todos los creyentes: «a cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Co 12,7). Nadie es espectador pasivo del drama del mundo, nadie es mero receptor de la predicación.

La fantasía que imagina a unos seres humanos dotados de unos poderes especiales, capaces de salvar o de condenar al resto de la humanidad (y de ellos está plagado el imaginario cinematográfico actual), conduce al integrismo o al fascismo. No hay dualismo ni determinismo en Pablo que divida el mundo entre buenos y malos. El evangelio es «fuerza de salvación para todo el que cree» (Rm 1,16). Cuando Pablo viajaba de un lugar a otro, no se apoyaba sólo en la fuerza de Dios en él: también, y quizá más, en la fuerza de Dios en los otros, en los destinatarios de su misión. El «pescador de hombres» no crea los peces, sino que recoge los peces que el espíritu de Dios, que mana del Nuevo Templo que es Jesús, está produciendo ya en los gentiles (Ez 47,9-10). El evangelizador que era Pablo, y que podemos ser nosotros, confía tanto en el Espíritu que le asiste a él como en el mismo Espíritu (1 Co 5,4) que asiste a quienes le escuchan.

2. Una misión compartida
Pablo no estaba sólo en la misión. Para tantas preocupaciones y atenciones a sus comunidades supo ir rodeándose de colaboradores y amigos que le ayudaban en ella. Pablo considera a Apolo colaborador suyo en la misión (1 Co 3,6) –y Pablo colaborador de Apolo–, de quien está seguro que podrá ayudar a los corintios en la gran diversidad de cuestiones que se plantea la comunidad (1 Co 16,12). De Áquila y Priscila, un matrimonio de evangelizadores, Pablo llega a decir que «por salvarme la vida se jugaron la suya; no sólo yo les estoy agradecido, sino toda la iglesia de los paganos» (Rm 16,4).

Estos colaboradores de Pablo eran más que meras ayudas en su trabajo: eran personas en quienes Pablo podía confiar como en sí mismo y a quienes encargaba los asuntos más delicados. Timoteo será su «hijo querido y fiel al Señor» (1 Co 4,17) y llevará a cabo las más variadas misiones (1 Tes 3,2; 1 Co 16,10s): «a nadie tengo que se le iguale en su genuina preocupación por vosotros [...] en el anuncio de la buena noticia estuvo a mi servicio como un hijo para un padre» (Flp 2,20-22). Timoteo firma algunas cartas junto con Pablo (1 Tes, 1 Co, Flp, Flm).

Junto con Timoteo, quizás el colaborador más cercano a Pablo fue Tito, quien le acompañó en el difícil viaje a Jerusalén para el Concilio (Ga 2,3): de origen gentil –no judío–, Tito podía ser presentado por Pablo como un buen ejemplo de lo que la fe obraba en los seres humanos sin necesidad de someterse a la Ley de Moisés. Nunca sabremos la importancia que Tito pudo tener en la configuración del evangelio «libre de la Ley» de Pablo. El papel de Tito para mejorar las relaciones del Apóstol con los corintios, tras el fracaso de Timoteo, parece haber sido también muy relevante (2 Co 2,12-13; 7,6-13).

Timoteo y Tito son sólo dos, quizá los más relevantes, de una pléyade de compañeros y compañeras que flanquearon a Pablo en su apostolado, una auténtica «compañía de Pablo»: Silas (1 Tes 1,1; 2 Co 1,19), Evodia, Síntique, Aristarco, Marco, Demas, Justo, Febe, Epafrodito, María, Andrónico, Junia, Ampliato, Clemente, Urbano, Eustaquio, Apeles, Trifena, Trifosa, etc. Dependiendo de si tomamos en cuenta toda la literatura paulina o sólo las cartas auténticas, o de si incluimos los Hechos de los Apóstoles, podemos llegar a individuar hasta casi cien nombres de los muchos colaboradores de Pablo (algunas fuentes antiguas, como Eusebio, hablan, quizás exageradamente, de varios miles).

Con razón dice G. Barbaglio: «Pablo supo movilizar alrededor de su proyecto misionero a muchas personas y programar un trabajo articulado y eficaz de propaganda. Fue un óptimo organizador y un sabio planificador, líder carismático de equipos misioneros suficientemente elásticos, en donde se juntaban colaboradores estrechos y permanentes, ayudantes ocasionales, personalidades fuertes y humildes gregarios, compañeros de viaje, representantes de las comunidades... La conclusión más obvia es que, sin menguar en lo más mínimo su espíritu de iniciativa y su intensa acción, hay que reconocer la aportación tan importante que le dieron sus colaboradores»2. No siempre es fácil trabajar en grupo; no es fácil organizar y dirigir; tampoco obedecer o dejarse enviar. Nuestra cultura valora tanto la individualidad, la libertad y la originalidad, que no es fácil conjugar estos valores con el humilde trabajo en grupo, el aceptar la misión dada por otro, el aportar nuestro esfuerzo a una obra que no es sólo del individuo.

Hch 19,9 nos habla incluso de una «escuela» o «sinagoga» de Pablo: «Pablo se apartó de ellos, llevó consigo a los discípulos y siguió discutiendo diariamente en la escuela de un tal Tirano». Antes de enviarles a predicar, como había hecho Jesús, Pablo se junta con sus discípulos y les enseña al modo socrático, o quizá judío, mediante preguntas y respuestas. La teología de Pablo que hallamos en sus cartas no surgió, seguramente, de una reflexión y oración puramente personales, sino del diálogo, la discusión, el encuentro, la oración y la celebración con sus colaboradores y colaboradoras. La fuerza de esta escuela paulina fue tal que, incluso tras la muerte del «maestro», sus discípulos continuaron reflexionando y escribiendo cartas bajo su nombre, como Colosenses, Efesios o la Segunda a los Tesalonicenses. Esta escuela paulina fue posiblemente determinante en la conservación y difusión de las cartas y la teología del Apóstol. Quizás hoy deberíamos recuperar esta dimensión comunitaria de la producción teológica: no sólo la interpretación comunitaria de la Escritura en los grupos bíblicos; también la reflexión comunitaria (necesitada siembre de orientación) sobre cuestiones eclesiales, morales, etc.

Una última nota sobre los colaboradores de Pablo: las mujeres tuvieron en este grupo una importancia que tal vez hoy nos resulta difícil valorar adecuadamente, pero que sin duda fue grande. Ya hemos citado algunos nombres; seamos algo más precisos: en Rm 16 se menciona a Febe (llamada «hermana» y «diácono de la Iglesia»), Priscila, María, Junia («ilustre entre los apóstoles»), Pérside, Trifena, Trifosa, Julia; en 1 Co 1,11 y 16,19, a Cloe; en Flp 4,2, a Evodia y Síntique, posiblemente mujeres con importantes responsabilidades comunitarias; Flm 2 habla de la hermana Apfia; podríamos añadir más nombres. La participación de las mujeres en las comunidades paulinas, sin que podamos advertir rasgos de discriminación respecto de los varones (con la excepción del texto de 1 Co 34-36, interpolación que proviene de 1 Tm 2,11-15), fue posiblemente decisiva en la extensión rápida del evangelio en los medios paganos, desbordando los límites de la sinagoga judía.

3. El poder de la palabra
Aunque Pablo afirma en 1 Co 1,17 que fue enviado a «anunciar la buena noticia sin elocuencia alguna, para que no se invalide la cruz del Cristo», lo cierto es que las cartas de Pablo señalan a un autor preocupado por crear un discurso eficaz y convincente, y para ello lo dota de toda la fuerza retórica posible. Algunos consideran las cartas de Pablo como conversaciones con sus comunidades –en la definición de Aristóteles, toda carta es la mitad de una conversación–. Para otros, las cartas de Pablo son un reflejo de su modo de expresarse en vivo: la carta sería leída por un enviado de Pablo o por un líder de la comunidad, y sería un modo de hacer presente la palabra –oral– del Apóstol (1Tes 5,27).

En el mundo antiguo no se separa fácilmente el mensaje de la forma. La educación clásica consistía, en buena medida, en lograr que el alumno se expresara de forma culta y elocuente; su eje, la retórica, era considerada la ciencia fundamental de los hombres libres. Es difícil entender los problemas de fondo en 1 Co 1,17 – 2,5 si no se recuerda que en Corinto no podía uno ser considerado sabio sin ser elocuente. Si nuestras ciudades están repletas de consumidores de televisión y cine, las de Pablo lo estaban de consumidores de oratoria: en las plazas, en los templos, en las reuniones de todo tipo. La elocuencia y la sabiduría iban unidas. En la retórica clásica, la elocuencia no consiste tanto en el uso de bellas palabras o de frases altisonantes, sino en la belleza del pensamiento, en la brillantez de las ideas que se expresan. Hablar en público no era tarea fácil, y uno se exponía a ser insultado, a ser objeto de todo tipo de befas o a recibir el fuego cruzado de los tomates y verduras que se vendían en la misma plaza. Se cuenta que un cierto Polemo (Filostratos, Vidas 541) a un gladiador que en el circo sudaba aterrorizado, por el miedo al combate inminente, le decía: «Tienes tanto miedo...; ni que fueras a hablar en público...».

Cuando Pablo escribe sus cartas, como cuando hablaba a sus discípulos, buscaba lo que busca cualquier orador: convencer, animar, lograr una respuesta positiva a las propuestas que se hacen. No todo discurso es efectivo. Con ello ironiza Shakespeare en su Enrique IV, cuando el orgulloso mago Owain Glyndwr afirma: «Puedo invocar a los espíritus del inmenso abismo», y Hotspur le responde: «También puedo hacerlo yo, y cualquier hombre puede hacerlo: falta saber si vendrán cuando los llames».

Como buen orador, Pablo adapta su discurso al público que tiene delante o que imagina escucharán la carta; les dice a los gálatas: «quisiera estar con vosotros ahora para cambiar el tono de voz, pues no sé qué hacer con vosotros» (Ga 4,20). Según la ocasión, Pablo exhorta (1 Tes 4,1-10; Flp 4,2), ruega (1 Tes 5,12), desea (1 Co 7,32; Rm 1,13), conjura (Ga 5,3), amonesta (1 Co 4,14); ordena (Flm 8), enseña (1 Co 4,17), informa (1 Co 12,3; 2 Co 8,1), indica (1 Co 4,17), responde (1 Co 7,1), alaba o reprocha (1 Co 11,2), se asombra (1 Co 5,1), invita (1 Co 4,16; Flp 3,17), recuerda (1 Co 11,23; 15,1-5), expone (1 Co 14,38), revela (1 Co 15,51), conforta (2 Co 1,4), etc3. No sólo en sus palabras, también en sus costumbres Pablo se hizo «todo a todos» (1 Co 9,22): con los judíos se comportaba y comía como judío; con los gentiles, como gentil. Aun a riesgo de ser tachado de camaleón, Pablo ponía por delante su deseo de «salvar a alguno». Podría ponerse 1 Co 13 –algún autor lo ha hecho– como una descripción encubierta de lo que significaba para Pablo ser apóstol.

El lenguaje de Pablo es rico en todo tipo de figuras del discurso, como «hipérboles (Ga 1,8; 4,15; 5,12), pleonasmos (Ga 4,10), juegos de palabras (1 Co 5,6-8; 10,11; 2 Co 10,4-6), paralelismos (1 Co 9,20; 7,29-34), paronomasias (2 Tes 3,10-11; 1 Co 8,2-3), quiasmos (Rm 2,6-11; 10,9-10), juegos de preposiciones (Ga 1,1; Rm 3,30), paradojas (1 Co 1,22-25; 7,22), ironía y sarcasmo (1 Co 4,8; 6,4), símiles (1 Tes 2,11-12; Flp 2,15.22), metáforas (Ga 1,10; 5,1), alegorías, etc.»4.

Mérito del profesor L. Alonso Schökel fue interpretar el concepto teológico de «inspiración de la Escritura» sin disociarlo del concepto literario de inspiración: Dios inspiró no sólo las ideas, sino también las palabras, las metáforas, las imágenes... en las que se encarnan las ideas. Vale la pena continuar la cita de J.J. Bartolomé: «las antítesis, los clímax, los apóstrofes y los interrogantes mantienen abierta la atención, mientras que los impresionantes desahogos conquistan el ánimo de los lectores... Cuando no encuentra palabras, no duda en inventarlas; ni lo detienen las reglas sintácticas, si le entorpecen una mejor comunicación de su pensamiento... Pasa sin la menor preparación de un tono conciliador y amistoso a la polémica agria y descompuesta; interrumpe la argumentación que lleva, al intercalar temas nuevos...; ante sus oyentes, imagina un diálogo con interlocutores...»5.

La efectividad de la misión de Pablo dependió en buena medida de la fuerza retórica de sus cartas y de sus enseñanzas. Todo ello no se improvisó: surge de su educación, se apoya en sus cualidades personales y en la actividad del Espíritu de Dios en él, y se consolida en el trabajo personal, la preparación y redacción inmediata de los discursos. ¿Echamos en falta algo de esto en las palabras que hoy se pronuncian en nuestras iglesias, catequesis, clases de religión, revistas?6

4. Premios, no salarios
En 1 Co 9,1-27 vemos la relación entre el apostolado de Pablo y su renuncia a ser mantenido por la iglesia de Corinto. El «ser mantenido» por los discípulos era típico de los filósofos populares, en un mundo pagano (no el judío) donde el trabajo manual no era propio de personas de cierta categoría social (como en la España de los hidalgos y los caballeros, que para mantener su condición debían vivir de rentas).

En el caso de Pablo, se trataba no tanto de evitar ser oneroso para la gente sencilla –aceptó, por ejemplo, ayuda de los macedonios (2 Co 11,8; Flp 4,14-20) sabiendo que eran extremadamente pobres (2 Co 8,2)– cuanto de garantizar la autenticidad, libertad e independencia de su misión (2 Co 11,9-15) respecto de la comunidad de Corinto, cuya situación económica era buena (2 Co 8,13-14).

A diferencia de los otros apóstoles, Pablo renunció al derecho a vivir de aquellos a quienes sirve (Lc 10,7; Mt 10,10), a llevar una mujer consigo y a que ésta sea mantenida también por la comunidad. Pudiendo no trabajar, Pablo prefirió trabajar como artesano (1 Co 4,12: «nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos»), para «no poner obstáculos a la buena noticia de Cristo» (1 Co 9,12). Anunciando gratis el evangelio, se hacía evidente la gratuidad del mismo (vv.15-18). Paradójicamente, en 1 Co 9 Pablo defiende, no sus derechos, sino su derecho a renunciar a los derechos de apóstol.

Esa renuncia es causa de orgullo para Pablo: «nadie me quitará esa gloria» (v.15). Para Pablo, evangelizar es un deber, no porque vaya contra su deseo, sino porque es su vocación, el destino de su vida, para lo que Dios le ha creado: «el que me eligió desde el seno de mi madre» (Ga 1,15-16). Si no cumpliera con ese destino para el que ha nacido, estaría frustrando la razón de su existencia. Ése es el lote de Pablo, del cual puede decir: «me ha tocado una parcela hermosa, es espléndida mi heredad» (Sal 16,6). Es la experiencia profunda del evangelizador, que, contra viento y marea, siente dentro de sí esa convicción que le lleva a continuar: «si yo para esto he nacido...».

Por esta razón, Pablo siente que no puede ser recompensado con un salario, porque no realiza un trabajo voluntario, sino que cumple con su misión en la vida. Pablo quiere ser recompensado por algo que surja de su propia iniciativa, algo que él ponga de su parte. Aquí está la paradoja, pues lo que Pablo añade a una vocación recibida es precisamente la gratuidad, hacer lo que tiene que hacer de forma gratuita. Su paga, su salario, su motivo de orgullo, es hacerlo sin cobrar, porque de esta forma queda más evidente que el evangelio es regalo, es don, es salvación –alejando cualquier sombra de interés propio–. A cambio, Pablo sí recibe una recompensa: la independencia respecto de la comunidad, la libertad que le hace crecer como apóstol verdadero.

Epílogo
Quizá no sea Pablo el modelo perfecto para todos los que toman sobre sus espaldas la tarea de evangelizar. Los retos a los que se asomaba eran probablemente mucho mayores de los que hoy tenemos: todo un mundo conocido que no ha oído hablar de Cristo. Las dificultades externas (judíos y romanos) e internas (divisiones entre judeocristianos y paganocristianos) no eran ciertamente menores que en nuestros días. La misma figura de Pablo (converso, formación judía y gentil, apóstol itinerante, célibe...) no es quizá reproducible miméticamente entre nosotros. Sin embargo, muchas de sus propuestas –y en este artículo sólo hemos hecho referencia a unas pocas– pueden iluminar nuestros apostolados. Dentro de los apóstoles, era incluso una excepción, por su renuncia a ser mantenido. Pero quizá fue su carácter excepcional lo que le convirtió en un gigante del cristianismo. Quizá la Iglesia hoy necesita también de estos hombres y mujeres excepcionales. Excepcional, no por un don de Dios que a otros se les niegue, sino por la recepción, la fecundidad creativa y la entrega personal al don recibido.

* Profesor de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia Comillas. Director de la revista Estudios Eclesiásticos. Madrid.

1. «¿Cómo evangelizaba Pablo? Estrategias del anuncio evangélico»: Sal Terrae 1001 (Mayo 1997) 407-420.

2. Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Sígueme, Salamanca 1992, 97-98.

3. Véase Giuseppe Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Sígueme, Salamanca 19922, 112-113.

4. Tomo esta lista, abreviándola algo, de Juan José Bartolomé, Pablo de Tarso, una introducción a la vida y la obra de un apóstol de Cristo, Editorial Ccs, Madrid 19982, 145-146.

5. Ibid., 146.

6. Para quien esté interesado en saber algo de retórica, no sólo paulina, recomiendo el reciente y ameno Manual de retórica, de David Pujante (Castalia, Madrid 2003), o el más denso Manual de Retórica, de Bice Mortara Garavelli (Cátedra, Madrid 20003).



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