Prólogo






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6 Los arbustos y las
escaleras en la
evolución del hombre


Mi primer profesor de paleontología era casi tan viejo como los animales de los que nos hablaba. Hacía sus discursos utilizando unas notas escritas en papel amarillo que sin duda había tomado en su época de estudiante. Sus palabras no variaban ni un ápice de un año a otro, pero el papel sí iba envejeciendo. Yo me sentaba, en la primera fila, cubierto de polvo amarillo, mientras el papel crujía y se deshacía cada vez que pasaba una página.

Fue una bendición que jamás tuviera que hablar del problema de la evolución humana. Los fósiles prehumanos nuevos y significativos han venido siendo descubiertos con tan inusitada frecuencia en los últimos tiempos, que el sino inevitable de todas las anotaciones para conferencias puede ser descrito con la palabra clave de una economía irracional -obsolescencia planificada. Cada año, al surgir de nuevo el tema en mis cursos, me limito a abrir mi carpeta y volcar su contenido en el archivo de documentos más cercano. Y allá vamos de nuevo.

Un encabezamiento de primera plana del New York Times del 31 de octubre de 1975 rezaba: “Localizada la pista del hombre hace 3,75 millones de años por medio de fósiles hallados en Tanzania.” La doctora Mary Leakey, héroe sin laureles del famoso clan, había descubierto las mandíbulas y los dientes de al menos once individuos en sedimentos situados entre dos capas de cenizas volcánicas fósiles fechadas en 3,35 y 3,75 millones de años, respectivamente. (Mary Leakey, habitualmente descrita tan sólo como la viuda de Louis, es una científico famosa con unas credenciales más impresionantes que las de su flamante difunto marido. Descubrió también varios de los famosos fósiles atribuidos a Louis, incluyendo el famoso “hombre cascanueces” de Olduvai, Australopithecus boisei, su primer hallazgo de importancia.) Mary Leakey clasificó estos hallazgos como restos de criaturas pertenecientes a nuestro género, Homo, presumiblemente miembros de la especie del este de África Homo habilis, descrita por vez primera por Louis Leakey2.

¿Y qué? En 1970, el paleontólogo de Harvard Brian Patterson fechó una mandíbula del este de África en 5,5 millones de años. Es cierto que atribuyó el fragmento al género Australopithecus, no al Horno. Si bien las convenciones taxonómicas requieren la asignación de nombres diferentes a las distintas etapas evolutivas de una línea dada, esta costumbre no debería oscurecer la realidad biológica. Si el H. habilis es el descendiente directo del A. africanus (y si ambas especies difieren poco en el aspecto anatómico), entonces el “humano” más antiguo bien podría ser además el Australopithecus más antiguo, no el receptor más antiguo de la arbitraria designación de Homo. Entonces, ¿qué es lo que resulta tan excitante de unas mandíbulas y algunos dientes un millón y medio de años más jóvenes que el Australopithecus más antiguo?

En mi opinión, el hallazgo de Mary Leakey es el segundo en importancia de toda la década. Para explicar mi excitación, debo aportar algo de información general acerca de la paleontología humana y discutir una cuestión fundamental, si bien poco apreciada, en la teoría evolutiva -el conflicto entre las “escaleras” y los “arbustos” como metáforas del cambio evolutivo. Deseo argumentar que el Australopithecus, tal y como lo conocemos, podría no ser el antecesor del Homo; y que, en cualquier caso, las escaleras no representan la ruta seguida por la evolución. (Al hablar de “escaleras” me refiero a la imagen popular de la evolución como una secuencia continua de antecesores y descendientes). Las mandíbulas y los dientes de Mary Leakey son los “humanos” más antiguos que conocemos.

La metáfora de la escalera ha venido controlando la mayor parte del pensamiento humano acerca de la evolución del hombre. Nos hemos dedicado a buscar una única secuencia progresiva que enlazara algún antecesor simiesco con el hombre moderno por medio de una transformación gradual y continua. El “eslabón perdido” bien podría haber sido llamado el “escalón perdido”. Como escribió recientemente el biólogo británico J. Z. Young (1971) en su Introduction to the Study of Man: “Alguna población entrecruzable pero distinta cambió gradualmente hasta alcanzar el estado que denominamos Homo sapiens.”

Irónicamente, la metáfora de la escalera negaba inicialmente papel alguno a los australopitecinos africanos en la evolución humana. El A. africanus caminaba totalmente erguido, pero tenía un cerebro de menos de un tercio del tamaño del nuestro (véase ensayo 22). Al ser descubierto en 1920, muchos evolucionistas pensaban que todas las características debían cambiar concertadamente dentro de los linajes evolutivos -la doctrina de la “transformación armoniosa de la especie”. Un simio erguido pero de cerebro pequeño no podía representar más que una rama colateral anómala destinada a una pronta extinción (el verdadero intermediario, supongo, habría sido un bruto semierecto con un cerebro a medio desarrollar). Pero al irse desarrollando la teoría evolutiva moderna en el transcurso de los años treinta, esta objeción al Australopithecus desapareció. La selección natural puede operar independientemente sobre caracteres adaptativos en secuencias evolutivas, cambiándolos en diferentes momentos y a ritmos distintos. Es frecuente que una serie de caracteres sufra una transformación completa antes de que otros caracteres cambien en absoluto. Los paleontólogos denominan a esta independencia potencial de las características “evolución en mosaico”.

Merced a la evolución en mosaico, el A. africanus accedió al exaltado status de antecesor directo. La ortodoxia se transformó en una escalera de tres escalones: A. africanus -H. erectus (hombre de Java y Pequín)- H. Sapiens.

En los años treinta surgió otro problema al ser descubierta otra especie de australopitecinos -la llamada forma robusta, A. robustus (y posteriormente la aún más extrema forma “hiper-robusta”, A. boisei, descubierta por Mary Leakey a finales de los años cincuenta). Los antropólogos se vieron forzados a admitir que dos especies de australopitecinos fueron coetáneas y que la escalera tenía al menos una rama colateral. No obstante, el status de antecesor del A. africanus no fue puesto en cuestión; simplemente adquirió un segundo descendiente que fracasó: la línea, de cerebro pequeño y mandíbula grande, de los robustos.

Después, en 1964, Louis Leakey y sus colegas emprendieron una reevaluación de la evolución humana nominando una nueva especie procedente del este de África, Homo habilis. Eran de la opinión de que H. habilis era contemporáneo de las dos líneas de australopitecinos; más aún, como implica el nombre, lo consideraban claramente más humano que a ninguno de sus contemporáneos. Malas noticias para la escalera: ¡tres líneas coexistentes de prehumanos! Y un descendiente potencial (H. habilis) viviendo en la misma época que sus antecesores. Leakey proclamó la herejía obvia: ambas líneas de australopitecinos constituyen ramas colaterales carentes de papel directo alguno en, la evolución de Homo sapiens.

Pero el Homo habilis, según lo definía Leakey, resultaba controvertido por dos razones. La escalera convencional aun podía ser defendida:

1 Los fósiles eran escasos y procedían de lugares y épocas diferentes. Muchos antropólogos argumentaban que Leakey había mezclado dos materiales diferentes en su definición, ninguno de ellos parte de una nueva especie: material más antiguo asignado al A. africanus, y algunos fósiles más jóvenes pertenecientes al H. erectus.

2 El fechado no era fiable. Incluso aunque el H. habilis representara una especie válida, podía ser más joven que la mayoría o la totalidad de los australopitecinos conocidos. La ortodoxia dispondría entonces de una escalera de cuatro escalones: A. africanus - H. habilis - H. erectus - H. sapiens.

Pero al ir aglutinándose un nuevo consenso en torno a la escalera de cuatro escalones, el hijo de Louis y Mary Leakey, Richard, hizo público el hallazgo de la década en 1973. Había desenterrado un cráneo casi completo con una capacidad craneana de unos 800 centímetros cúbicos, casi el doble de la de cualquier espécimen de A. africanus. Más aún, y este es el punto crucial, fechó el cráneo entre dos y tres millones de años atrás, con preferencia por la segunda cifra -esto es, en una antigüedad mayor que la de la mayor parte de los fósiles de australopitecinos, y no excesivamente lejana a la fecha del hallazgo más antiguo, de 5,5 millones de años. El H. habilis dejaba de ser una quimera en la imaginación de Louis. (El espécimen de Richard Leakey es a menudo cautamente nombrado por su número de catálogo, ER-1470. Pero decidamos o no utilizar el nombre de Homo habilis para designarlo, es sin duda un miembro de nuestro propio género, y es, también con absoluta seguridad, contemporáneo de Australopithecus. )

Mary Leakey ha retrotraído la edad del H. habilis otro millón de años (tal vez casi dos millones de años si el 1470 está más cerca de los tres que de los dos millones de años, como opinan muchos expertos hoy en día). H. habilis no es el descendiente directo del A. africanus conocido; los nuevos hallazgos son, de hecho, más antiguos que la práctica totalidad de los especímenes de A. africanus (y el status taxonómico de todos los especímenes fragmentarios anteriores al H. habilis de Mary Leakey está en duda). Basándonos en los fósiles; tal y como los conocemos, el Homo es tan antiguo como el Australopithecus. (Se puede seguir argumentando que Homo evolucionó a partir de un Australopithecus más antiguo que está aún por descubrir, pero no existen evidencias que respalden tal afirmación, y se podría especular con el mismo derecho que el Australopithecus evolucionó a partir de algún Homo desconocido).

El antropólogo de Chicago Charles Oxnard ha propinado otro golpe al Australopithecus desde otro lado. Estudió el hombro, la pelvis y el pie de los australopitecinos, los primates modernos (grandes simios y algunos monos), y el Homo por medio de las rigurosas técnicas del análisis de multivariables (la consideración estadística simultánea de grandes números de medidas). Llegó a la conclusión -aunque muchos antropólogos no estén de acuerdo- de que los australopitecinos eran “singularmente diferentes” tanto de los simios como de los humanos, y solicitó la “inclusión de los distintos miembros de este género, de pequeño cerebro y singularmente único de los Australopithecus en una o más líneas paralelas colaterales alejadas de todo vínculo directo con el hombre”.

¿En qué queda nuestra escalera si nos vemos obligados a reconocer tres líneas coexistentes de homínidos (A. africanus, los australopitecinos robustos y H. habilis), ninguna de las cuales deriva claramente de ninguna de las otras? Más aún, ninguna de ellas exhibe tendencia evolutiva alguna durante su estancia sobre la tierra: ninguna de ellas desarrolla más el cerebro, ni se vuelve más erguida al irse aproximando a nuestra época.

En este punto, confieso que me estremezco, sabiendo de antemano lo que deben estar pensando todos los creacionistas que me inundan de cartas. “De modo que Gould admite que no podemos trazar ninguna escalera evolutiva entre los homínidos primitivos africanos; las especies aparecen y desaparecen sin dejar de ser semejantes a sus tatarabuelos. A mí eso me suena a creación especial.” (Aunque podría preguntarse por qué a Dios le pareció oportuno crear semejante cantidad de homínidos, y por qué algunas de sus producciones más recientes, H. erectus en particular, tienen un aspecto tan humano en comparación con los modelos anteriores). Yo sugeriría que el error no está en la propia evolución sino en el modelo falso de su operación que la mayor parte de nosotros tenemos -a saber, la escalera; lo que me lleva a la cuestión de los arbustos.

Me gustaría plantear que la “súbita” aparición de especies en el registro fósil, y nuestra incapacidad para detectar cambios evolutivos subsiguientes en ellas, es la predicción adecuada a realizar partiendo de la teoría evolutiva tal y como nosotros la comprendemos. La evolución se realiza habitualmente a través de la “especiación” -la escisión de una línea a partir del tronco paterno- no por medio de la lenta y regular transformación de estos troncos parentales. Los episodios repetidos de especiación producen un arbusto. Las “secuencias” evolutivas no son escalones de una escalera, sino nuestra reconstrucción retrospectiva de un sendero tortuoso que configura un laberinto, de rama a rama, desde la base del arbusto a la línea que sobrevive hoy en su copa.

¿Cómo se produce la especiación? Este es un perenne tema candente en la teoría evolutiva, pero la mayor parte de los biólogos suscribirían la “teoría alopátrica” (el debate se centra en la admisibilidad de otros modelos; casi todo el mundo está de acuerdo en que la especiación alopátrica es la más común). Alopátrica significa “en otro lugar”. Según esta teoría popularizada por Ernst Mayr, las nuevas especies surgen en grupos muy pequeños que quedan aislados de su grupo parental en la periferia del territorio ancestral. La especiación en estos pequeños grupos aislados es muy rápida dentro de los patrones evolutivos --cientos o miles de años (un micro-segundo geológico).

Se puede producir un cambio evolutivo fundamental en estas pequeñas poblaciones aisladas. Las variaciones genéticas favorables pueden extenderse en ellas con gran rapidez. Más aún, la selección natural tiende a ser intensa en áreas geográficas marginales en las que la especie se las ve y se las desea para sobrevivir. En las grandes poblaciones centrales, por otra parte, las variaciones favorables se extienden muy lentamente, y la mayor parte de los cambios son estólidamente resistidos por la población bien adaptada. Se producen pequeños cambios para hacer frente a los requerimientos del clima, que cambia lentamente, pero las reorganizaciones genéticas de mayor alcance tienen casi siempre lugar en las pequeñas poblaciones aisladas de la periferia, que forman las nuevas especies.

Si la evolución se produce normalmente por una especiación rápida en grupos pequeños y aislados de la periferia -en lugar de a través de un cambio lento en las grandes poblaciones centrales- entonces, ¿qué aspecto debería tener el registro fósil? No es probable que consigamos detectar el suceso de la especiación en sí. Ocurre demasiado rápidamente, en un grupo demasiado pequeño, aislado a demasiada distancia del territorio ancestral. Nos encontraremos con el fósil de la nueva especie cuando invada de nuevo el territorio ancestral convirtiéndose en una gran población central por derecho propio. Durante su historia recogida en el registro fósil no debemos esperar cambios de importancia, ya que nosotros llegamos a conocerla tan sólo como una población central de éxito. Sólo participará en el proceso de cambio orgánico cuando en alguno de sus grupos aislados periféricos se produzca la especiación para convertirse en nuevas ramas del arbusto evolutivo. Pero la especie en sí aparecerá “súbitamente” en el registro fósil y se extinguirá más adelante con igual rapidez y escaso cambio perceptible en su forma.

Los homínidos fósiles de África responden por completo a estas expectativas. Conocemos tres ramas coexistentes del arbusto humano. Me sorprendería que no se descubriera el doble antes de fin de siglo. Las ramas no cambian en el transcurso de su historia registrada, y, si entendemos correctamente la evolución, así es como debe ser -ya que la evolución consiste en sucesos rápidos y concentrados de especiación, de producción de ramas nuevas.

Homo sapiens no es el producto preordenado de una escalera dirigida a nuestro exaltado puesto desde el principio de las cosas. No somos más que la rama superviviente de un arbusto otrora tupido.

7 El niño como
verdadero padre
del hombre


La búsqueda de Ponce de León de la fuente de la juventud continúa en las villas de retiro del estado soleado que descubrió. Los alquimistas chinos buscaron en otros tiempos la droga de la inmortalidad aliando la incorruptibilidad de la carne con la permanencia del oro. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a realizar el pacto con el demonio de Fausto a cambio de una vida eterna?

Pero nuestra literatura registra también los problemas potenciales de la inmortalidad. Wordsworth, en su famosa oda, argumentaba que la visión en la infancia del “esplendor de la hierba, de la gloria de la flor” jamás puede ser recuperada-aunque nos aconsejaba: “no os aflijáis, por el contrario, sacad fuerzas de lo que queda atrás”. Aldous Huxley dedicó en una ocasión una novela- After Many a Summer dies The Swan- a ilustrar la equívoca bendición de la eternidad. Con la consumada arrogancia que tan sólo un millonario americano puede exhibir, Jo Stoyte se embarca en la aventura de comprar su inmortalidad. El científico contratado por Stoyte, el doctor Obispo, descubre que el quinto conde de Gonister ha conseguido prolongar su vida hasta bien entrados los doscientos años de edad por medio de la ingestión diaria de tripas de carpa. Se apresuran hacia Inglaterra, entran a saco en la bien guardada residencia del conde y descubren -con gran horror por parte de Stoyte y profundo regocijo por parte de Obispo- que el conde y su amante se han transformado en monos. La horrible verdad de nuestro origen sale a la luz: evolucionamos reteniendo las características juveniles de nuestros antecesores, un proceso denominado neotenia (literalmente, “mantenimiento de la juventud”).

Un simio fetal que ha dispuesto de tiempo para crecer”, consiguió decir finalmente el doctor Obispo: “¡Es demasiado gracioso!” Una vez más se vio dominado por la risa… El señor Stoyte le aferró por un hombro sacudiéndole violentamente… “¿Qué les ha ocurrido?” “No es más que el tiempo”, dijo desenfadadamente el doctor Obispo… El antropoide fetal consiguió llegar a su madurez… Sin moverse de donde estaba sentado, el quinto conde orinó en el suelo.

Aldous Huxley tomó el tema de la “teoría de la fetalización” propuesta en los años veinte por el anatomista holandés Louis Bolk (al que probablemente le fuera transmitida por su hermano Julián, quien había estado haciendo importantes investigaciones acerca del retraso de la metamorfosis en los anfibios). Bolk basaba su idea en la impresionante lista de características que compartimos con las etapas juveniles -pero no las adultas de otros primates o de los mamíferos en general. La lista incluye, entre más de veinte importantes caracteres:

1 Nuestro cráneo redondeado y bulboso -alojamiento de nuestro cerebro, de mayor tamaño. Los simios y monos embrionarios poseen un cráneo similar, pero el cerebro crece con tal lentitud en comparación con el resto del cuerpo (véanse ensayos 22 y 23) que la bóveda craneana se vuelve más baja y relativamente más pequeña en los adultos. Probablemente, nuestro propio cerebro lograra su gran tamaño por medio de la retención de las rápidas tasas fetales de crecimiento.

2 Nuestro rostro “juvenil” -perfil recto, mandíbulas y dientes pequeños, arcos ciliares débiles. Las mandíbulas igualmente pequeñas de los simios jóvenes crecen relativamente más deprisa que el resto del cráneo, formando en los adultos un hocico pronunciado.

3 Posición del foramen magnum -el agujero de la base de nuestro cráneo del que emerge la médula espinal. Al igual que en los embriones de la mayor parte de los mamíferos, nuestro foramen magnum yace en la parte inferior de nuestro cráneo, apuntando hacia abajo. Nuestro cráneo va montado sobre la parte superior de la espina dorsal, y miramos hacia adelante cuando estamos erguidos. En otros mamíferos, esta localización embrionaria cambia al moverse el foramen a una posición en el cráneo orientada hacia atrás. Esto resulta adecuado para la vida cuadrúpeda ya que la cabeza queda montada delante de las vértebras y los ojos se dirigen hacia adelante. Los tres rasgos morfológicos más frecuentemente citados como marcas de humanidad son nuestro gran cerebro, nuestras pequeñas mandíbulas y nuestra posición erguida. La retención de rasgos juveniles puede haber jugado un importante papel en la evolución de todos ellos.

4 Cierre tardío de las suturas del cráneo y otras señales de calcificación retrasada del esqueleto. Los bebés tienen un “punto blando” de grandes dimensiones, y las suturas existentes entre los huesos de nuestro cráneo no se cierran totalmente hasta bien avanzado el estado adulto. Así, nuestro cerebro puede continuar con su pronunciada expansión postnatal. (En la mayor parte de los demás mamíferos, el cerebro está prácticamente completo en el momento del nacimiento y el cráneo totalmente osificado.) Uno de los principales anatomistas de primates ha comentado: “Aunque el hombre se desarrolla in utero hasta un tamaño mayor que el de cualquier otro primate, su maduración esquelética ha progresado menos en el momento del nacimiento que cualquier mono o simio del que tengamos información relevante.” Tan sólo en los humanos los extremos de los huesos largos y de los dígitos siguen siendo totalmente cartilaginosos a la hora del nacimiento.

5 Dirección ventral del canal vaginal en las mujeres. Copulamos con mayor comodidad cara a cara porque estamos construidos así. El canal vaginal también apunta hacia adelante en los embriones de mamíferos, pero gira hacia atrás en los adultos, y los machos montan por detrás.

6 Nuestro fuerte dedo gordo del pie no rotado y no oponible. El pulgar del pie de la mayor parte de los primates se origina, como el nuestro, en conjunción con sus vecinos, pero gira hacia un costado y se hace oponible a los demás dedos para poder agarrar eficientemente. Al retener un rasgo juvenil que nos dota de un pie más fuerte para caminar, nuestra postura erguida se ve respaldada.

La lista de Bolk resultaba impresionante (esto es tan sólo una pequeña parte de la misma), pero la ligó a una teoría que condenó sus observaciones al olvido y proporcionó a Aldous Huxley su metáfora anti-Fausto. Bolk propuso que habíamos evolucionado por medio de una alteración de nuestro equilibrio hormonal que había retrasado nuestro desarrollo en su totalidad. Escribió:

Si quisiera expresar el principio básico de mis ideas por medio de una frase un tanto fuerte, diría que el hombre, en lo que a su desarrollo corporal se refiere, es un feto de primate que ha alcanzado la madurez sexual.

O, por citar de nuevo a Aldous Huxley:

Existe una especie de equilibrio glandular… Entonces llega una mutación y lo echa abajo. Se obtiene un nuevo equilibrio que, casualmente, retarda la tasa de desarrollo. Se crece; pero tan lentamente que está uno muerto antes de dejar de parecerse al feto de su tataratatarabuelo.

Bolk no rehuyó la implicación obvia. Si debemos nuestros rasgos distintivos a un freno hormonal del desarrollo, entonces ese freno podría fácilmente soltarse: “Notarán ustedes”, escribe Bolk, “que una serie de lo que podríamos llamar rasgos pitecoides se alojan en nosotros en estado latente, a la espera tan sólo de que fallen las fuerzas retardadoras para entrar en actividad de nuevo”.

¡Qué delicada posición para los reyes de la creación! Un simio con su desarrollo frenado en posesión de la chispa de la divinidad gracias tan sólo a un freno químico impuesto sobre su desarrollo glandular.

El mecanismo de Bolk no llegó nunca a obtener excesivo apoyo, pero empezó a resultar cada vez más absurdo al irse estableciendo la teoría darwiniana moderna en el transcurso de los años treinta. ¿Cómo iba a poder un simple cambio hormonal producir una respuesta morfológica tan complicada? No todos nuestros rasgos están retrasados (por ejemplo las piernas largas), y aquellos que lo están exhiben grados variables de atraso. Los órganos evolucionan por separado en respuesta a requerimientos adaptativos diferentes -un concepto que denominamos evolución en mosaico. Desafortunadamente, las excelentes observaciones de Bolk quedaron enterradas bajo el bombardeo de críticas justificadas contra su imaginativo mecanismo. La teoría de la neotenia humana suele quedar hoy en día relegada a uno o dos párrafos en los libros de texto sobre antropología. No obstante, es en mi opinión fundamentalmente correcta; un tema esencial, si no dominante en la evolución humana. Pero, ¿cómo podemos rescatar las insinuaciones de Bolk del seno de su teoría?

Si hemos de basar nuestra argumentación en la lista de rasgos neoténicos, estamos perdidos. El concepto de evolución en mosaico dicta que los órganos evolucionarán de formas distintas para hacer frente a diferentes presiones selectivas. Los seguidores de la neotenia hacen una lista de sus rasgos, los oponentes hacen la suya y rápidamente se llega a una situación de tablas. ¿Quién puede decir qué rasgos son “más fundamentales”? Por ejemplo, recientemente un defensor de la neotenia ha escrito: “La mayor parte de los animales muestran un retardo en algunos rasgos, aceleración en otros… Haciendo balance, opino que en el hombre, por comparación con los demás primates, el retardamiento resulta mucho más importante que la aceleración.” Pero un detractor proclama: “Los rasgos neoténicos… son consecuencias secundarias de los rasgos clave no neoténicos.” La validación (le I
La idea de la neotenia obtuvo su popularidad inicial como forma de oponerse a la teoría de la recapitulación, una idea dominante en la biología de finales del siglo XIX. La teoría de la recapitulación proclamaba que los animales repiten los estados adultos de sus antecesores en el transcurso de su propio crecimiento embrionario y postnatal -la ontogenia recapitula la filogenia, por recordar la mística frase que todos tuvimos ocasión de aprender en la biología de la escuela superior. (Los recapitulacionistas argumentaban que nuestras hendiduras branquiales embrionarias representaban al pez adulto del que descendemos.) Si la recapitulación fuera una verdad general -cosa que no es- entonces los rasgos tendrían que verse acelerados en el transcurso de la historia evolutiva, ya que los rasgos adultos de los antecesores tan sólo pueden convertirse en las etapas juveniles de sus descendientes si su desarrollo se ve acelerado. Pero los rasgos neoténicos están retardados, dado que los rasgos juveniles de los antecesores se ven retardados para que aparezcan en las etapas adultas de sus descendientes. Así pues, existe una correspondencia general entre el desarrollo acelerado y la recapitulación por una parte y el desarrollo retardado y la neotenia por la otra. Si conseguimos demostrar un retraso general del desarrollo en la evolución humana, entonces la neotenia en los rasgos claves se convierte en algo esperado, no en una simple tabulación empírica.

No creo que pueda negarse al retardamiento su papel como suceso básico de la evolución humana. En primer lugar, los primates en general están retardados con respecto a la mayor parte de los demás mamíferos. Viven más tiempo y maduran más lentamente que otros mamíferos de un tamaño equivalente. La tendencia sigue siendo patente a todo lo largo de la evolución de los primates. Los simios son en general más grandes, maduran más lentamente y viven más tiempo que los monos y los prosimios. La duración y el ritmo de nuestras vidas se han ralentizado aún más espectacularmente. Nuestro período de gestación es sólo ligeramente más largo que el de los simios, pero nuestros bebés nacen con mucho más peso -presumiblemente porque nosotros retenemos nuestra rápida tasa de crecimiento fetal. Ya he comentado el retraso en la osificación de nuestros huesos. Los dientes tardan más en salirnos, maduramos más lentamente y vivimos más tiempo. Muchos de nuestros órganos siguen creciendo largo tiempo después de que el crecimiento de órganos comparables se haya detenido en otros primates. Al nacer, el cerebro de un mono Rhesus tiene el 65 % de su tamaño final, el chimpancé tiene un cerebro que es el 40,5% de su tamaño definitivo, pero en nuestro caso, tan sólo alcanzamos el 23%. Los chimpancés y los gorilas llegan al 70% del tamaño final del cerebro a principios de su primer año de vida; nosotros no alcanzamos este valor hasta principios de nuestro tercer año. W. M. Crogman, nuestro principal experto en crecimiento infantil ha escrito: “El hombre ostenta de modo absoluto el más extenso período de primera infancia, niñez y juventud de todas las formas de vida, es decir, es un animal neoténico o de largo crecimiento. Casi un treinta por ciento de su vida está dedicada al crecimiento.”

Este retardamiento de nuestro desarrollo no nos garantiza que vayamos a conservar proporciones juveniles como adultos. Pero dado que la neotenia y el desarrollo retardado suelen estar ligados, el retardo sí nos ofrece un mecanismo para una retención fácil de cualquier rasgo juvenil adecuado al estilo de vida adulta de la descendencia. De hecho, los rasgos juveniles son un almacén de adaptaciones potenciales para los descendientes y pueden ser fácilmente utilizados si el desarrollo se ve fuertemente retardado en el tiempo (por ejemplo el pulgar no oponible del pie y la cara pequeña de los primates fetales, como discutíamos anteriormente). En nuestro caso, la “disponibilidad” de rasgos juveniles marcó claramente el sendero hacia muchas de nuestras adaptaciones distintivas.

¿Pero cuál es el significado adaptativo del desarrollo retardado en sí? La respuesta a esta pregunta probablemente se encuentre en nuestra evolución social. Somos preeminentemente un animal que aprende. No somos particularmente fuertes, rápidos, ni estamos especialmente bien diseñados; no nos reproducimos con rapidez. Nuestra ventaja radica en nuestro cerebro y en su notable capacidad para aprender de la experiencia. Para dar más relieve a nuestro aprendizaje, hemos alargado nuestra infancia retrasando la maduración sexual con su añoranza adolescente de la independencia. Nuestros niños se ven atados durante periodos más largos a sus padres, incrementando así la duración de su aprendizaje y fortaleciendo simultáneamente los lazos familiares.

Este argumento es viejo, pero soporta bien la edad. John Locke (1689) alababa nuestra larga infancia por su capacidad para mantener a los padres unidos: “Por lo cual no puede uno sino admirar la sabiduría del Gran Creador que… ha hecho necesario que la sociedad de hombre y esposa resulte más duradera que la del macho y la hembra entre las demás criaturas, para que así su laboriosidad pueda verse respaldada y sus intereses mejor unidos pura proveer y guardar bienes para sus descendientes.” Pero Alexander Kope (1735) lo dijo aún mejor, y encima en heroicos versos:

La bestia y el ave atienden su carga común
Las madres la crían, y los señores la defienden
Los jóvenes son despedidos para que recorran la tierra y los aires
Ahí acaba el instinto, y ahí acaban las preocupaciones.
La indefensa familia del hombre exige más largos cuidados,
Esos largos cuidados configuran ataduras más duraderas.

8 Los bebés
humanos como
embriones


Mel Allen, ese irreprimible maestro de ceremonias del béisbol yanqui de mi infancia consiguió finalmente incurrir en mi desagrado por su respaldo excesivamente entusiasta a sus patrocinadores3. Jamás me sentí ofendido cuando llamaba a los jonronsballantine blasts”, pero mi paciencia se vio puesta a prueba un día cuándo DiMaggio falló por una pulgada el asta de falta del campo izquierdo y Allen exclamó; “Falta por la ceniza de un cigarro White Owl”. Espero no inspirar un desagrado similar confesando que leo, y disfruto haciéndolo, Natural History y que en ocasiones incluso encuentro en ella alguna idea para mis ensayos.

En el número de noviembre de 1975, mi amigo Bob Martin escribió un trabajo acerca de las estrategias reproductivas en los primates. Se centró en el trabajo de uno de mis científicos favoritos -el idiosincrático zoólogo suizo Adolph Portmann. En sus voluminosos estudios, Portmann ha identificado dos esquemas básicos en las estrategias reproductivas de los mamíferos. Algunos, normalmente designados por nosotros como “primitivos”, tienen gestaciones breves y dan a luz grandes camadas de cachorros escasamente desarrollados (diminutos, sin pelo, indefensos y con ojos y oídos sin abrir). Sus vidas son breves, sus cerebros pequeños (en relación con el tamaño corporal), y su comportamiento social no está bien desarrollado. Portmann denomina altricial a este modelo. Por otra parte, muchos mamíferos “avanzados” tienen largas gestaciones, largos períodos de vida, cerebros grandes, un comportamiento social complejo, y dan a luz unos pocos bebés bien desarrollados, capaces, al menos parcialmente, de ocuparse de sí mismos ya desde su nacimiento. Estos rasgos marcan a los mamíferos precoces. Según la visión de la evolución de Portmann, que la considera un proceso que se dirige inexorablemente cada vez más arriba hacia un mayor desarrollo espiritual, el modelo altricial es primitivo y preparatorio del tipo precoz, más elevado, que evoluciona hacia cerebros cada vez más desarrollados. La mayor parte de los evolucionistas angloparlantes rechazarían esta interpretación y enlazarían los esquemas básicos a los requerimientos inmediatos de diferentes modos de vida. (A menudo exploto estos ensayos para dar rienda suelta a mi propio prejuicio contra la identificación de la evolución con el “progreso”). El esquema altricial, argumenta Martin, parece estar correlacionado con entornos marginales, fluctuantes e inestables en los que los animales obtienen mayores beneficios elaborando toda la descendencia posible -de modo que algunos de sus miembros puedan soportar la aspereza y la inseguridad de los recursos. El esquema precoz encaja mejor en entornos tropicales, estables. En ellos, con unos recursos más predecibles, los animales pueden invertir sus limitadas energías en unos pocos descendientes bien desarrollados.

Cualquiera que sea la explicación, nadie negará que los primates son los mamíferos precoces arquetípicos. En relación con el tamaño corporal, sus cerebros son los más grandes y los tiempos de gestación y la duración de sus vidas son los más largos entre los mamíferos. El tamaño de la camada, en la mayor parte de los casos, se ha visto reducido al mínimo absoluto de uno. Los bebés están bien desarrollados y capacitados al nacer. No obstante, aunque Martin no lo menciona, nos encontramos con una embarazosa y obviamente llamativa excepción -a saber, nosotros mismos. Compartimos la mayor parte de los caracteres precoces con nuestros primos primates -vida larga, cerebro grande, y camadas pequeñas. Pero nuestros bebés están tan indefensos y poco desarrollados al nacer como los de la mayor parte de los mamíferos altriciales. De hecho, el propio Portmann considera a los bebés humanos como “secundariamente altriciales”. ¿Por qué la más precoz de todas las especies en algunos rasgos (en especial el cerebro) ha desarrollado un bebé mucho menos desarrollado y más indefenso que el de sus antecesores primates?

Propondré una respuesta a este interrogante que inevitablemente parecerá a la mayor parte de los lectores patentemente absurda: los bebés humanos nacen en forma de embriones y siguen siendo embriones durante aproximadamente los primeros nueve meses de vida. Si las mujeres dieran a luz cuando “deberían” -tras una gestación de alrededor de un año y medio- nuestros bebés compartirían los rasgos precoces estándar de otros primates. Esta es la posición de Portmann, desarrollada en una serie de artículos en alemán durante los años cuarenta y esencialmente desconocida en este país. Ashley Montagu llegó independientemente a la misma conclusión en un trabajo publicado en el Journal of the American Medical Association en octubre de 1961. El psicólogo de Oxford R. E. Passingham la defendió en un trabajo publicado a finales de 1975 en la revista técnica Brain Behavior and Evolution. Yo también me pongo de parte de este selecto, grupo por considerar el argumento básicamente correcto.

La impresión inicial de que semejante idea no puede ser más que una flagrante estupidez surge de la duración de la gestación humana. Los gorilas y los chimpancés pueden no estar muy lejos de ella, pero la gestación humana sigue siendo la más larga entre los primates. ¿Cómo puede entonces afirmarse que los humanos recién nacidos son embriones por haber nacido (en algún sentido) demasiado temprano? La respuesta es que los días planetarios pueden no suponer una medida apropiada del tiempo en todos los cálculos biológicos. Algunas cuestiones solo pueden ser adecuadamente abordadas si el tiempo se mide de modo relativo, en términos del metabolismo o el ritmo de desarrollo del animal. Sabemos, por ejemplo, que la vida de los mamíferos va de unas pocas semanas a más de un siglo. Pero, ¿es ésta una distinción “real” en términos de la propia percepción del tiempo y el ritmo del mamífero? ¿Vive realmente una rata “menos” que un elefante? Las leyes de la escala dictan que los animales pequeños de sangre caliente vivan a un ritmo más rápido que sus parientes de mayor tamaño (véanse ensayos 21 y 22). El corazón late más rápidamente y el metabolismo está notablemente acelerado. De hecho, para varios criterios de tiempo relativo, todos los mamíferos viven aproximadamente lo mismo. Por ejemplo, todos ellos respiran más o menos el mismo número de veces en el transcurso de sus vidas (los mamíferos pequeños de vida breve respiran más rápidamente que los mayores, de metabolismo lento).

En días astronómicos, la gestación humana es larga, pero en relación con las tasas de desarrollo humano está truncada y abreviada. En el ensayo anterior argumentaba que una característica fundamental (si no la característica fundamental) de la evolución humana ha sido el acentuado ralentizamiento de nuestro desarrollo. Nuestros cerebros crecen más lentamente y durante un período de tiempo más largo que el de los otros primates, nuestros huesos se osifican mucho más tarde, y el período de nuestra infancia está muy extendido. De hecho, jamás alcanzamos los niveles de desarrollo logrados por la mayor parte de los primates. Los adultos humanos retienen, en varios aspectos importantes, los rasgos juveniles de primates ancestrales- un fenómeno evolutivo llamado neotenia.

En comparación con otros primates, crecemos y nos desarrollamos con la velocidad de un caracol; y no obstante, nuestro período de gestación es tan sólo unos pocos días más largo que el de los gorilas y los chimpancés. Con relación a nuestra propia tasa de desarrollo, nuestro período de gestación se ha visto marcadamente abreviado. Si la duración de la gestación se hubiera visto tan retardada como el resto de nuestro desarrollo, los bebés humanos nacerían en cualquier momento comprendido entre los siete y ocho meses (según estimación de Passingham) y un año (según estimación de Portmann y Ashley Montagu) tras los nueve meses pasados de hecho in utero.

Pero ¿acaso no estaré permitiéndome una simple metáfora o un juego de palabras al decir que el bebé humano es “aún un embrión”? Acabo de criar dos propios hasta más allá de esta tierna edad, y he experimentado todos los gozos y misterios de su desarrollo mental y físico --cosas que jamás podrían ocurrir en un vientre oscuro y limitativo. No obstante, me pongo del lado de Portmann al considerar los datos de su crecimiento físico, porque durante su primer año, los bebés humanos comparten el modelo de crecimiento de los fetos de los primates y los mamíferos, no el de otros bebés primates. (La identificación de determinados modelos de crecimiento como fetales o postnatales no es arbitraria. El desarrollo postnatal no es una simple prolongación de las tendencias fetales; el nacimiento es un momento de notable discontinuidad en muchos rasgos.) Los neonatos humanos, por ejemplo, no tienen osificados aun los extremos de los huesos de las extremidades ni de los dedos; normalmente los centros de osificación están totalmente ausentes en los huesos de los dedos (Ir los humanos recién nacidos. Este nivel de osificación se corresponde con la decimoctava semana fetal de los monos macacos. Cuando los macacos nacen, transcurridas veinticuatro semanas, los huesos de sus extremidades están osificados hasta un punto no alcanzado por los humanos hasta transcurridos años desde su nacimiento: Más importante, nuestros cerebros continúan creciendo a un ritmo rápido, fetal, después del nacimiento. Los cerebros de multitud de mamíferos están ya esencialmente formados al nacer. Otros primates extienden el desarrollo cerebral hasta un período postnatal temprano. El cerebro de un bebé humano tiene tan solo la cuarta parte de su tamaño final en el momento de su nacimiento. Passingham escribe: “El cerebro del hombre no alcanza las proporciones correspondientes a las del chimpancé en el momento de su nacimiento hasta alrededor de seis meses después de nacer. Este tiempo se corresponde bastante bien con el tiempo en el que podría esperarse que naciera el hombre si su período de gestación fuera una proporción igual de elevada de su período de desarrollo y de la duración de su vida, como ocurre en el caso de los simios”.

A. H. Schultz, uno de los principales anatomistas de primates de este siglo, resumía su estudio comparativo del crecimiento en los primates afirmando: “Es evidente que la ontogenia humana no es única en lo que respecta a la duración de la vida in utero, pero se ha vuelto altamente especializada en el llamativo retraso de la finalización del crecimiento y de la aparición de la senilidad.”

Pero, ¿por qué nacen los bebés humanos antes de tiempo? ¿Por qué ha extendido tanto la evolución nuestro desarrollo general, manteniendo no obstante bajo control la duración de nuestra gestación, dotándonos por lo tanto de un bebé esencialmente embrionario? ¿Por qué no se vio igualmente prolongada la gestación junto con el resto del desarrollo? Según el punto de vista espiritual de Portmann acerca de la evolución, este nacimiento precoz debe ser función de requerimientos mentales. Argumenta que los humanos, como animales que aprenden, necesitan abandonar el vientre oscuro y carente de desafíos para tener acceso, como flexibles embriones, al rico entorno extrauterino de vistas, olores, sonidos y sensaciones táctiles.

Pero en mi opinión (y en la de Ashley Montagu y Passingham) existe una razón más importante que se refiere a una consideración que Portmann rechaza despreciativamente como groseramente mecánica y materialista. Por lo que he podido ver (aunque no puedo saberlo con seguridad), el nacimiento humano es una experiencia gozosa cuando se la rescata adecuadamente de los arrogantes médicos varones que parecen buscar el control total de un proceso que no pueden experimentar. No obstante, no creo que pueda negarse que el nacimiento humano es dificultoso en comparación con el de la mayor parte de los demás mamíferos. Por decirlo groseramente, es un proceso un tanto ajustado. Sabemos que los primates hembra pueden morir de parto cuando las cabezas de los fetos son demasiado grandes para pasar a través del canal pélvico. A. H. Schultz ilustra el feto nacido muerto de un babuino hamadriade y el canal pélvico de su madre muerta; la cabeza del embrión es notablemente más grande que el canal. Schultz llega a la conclusión de que el tamaño del feto está cerca del límite en esta especie; “si bien la selección debe sin duda tender a favorecer grandes diámetros en la pelvis femenina, igualmente debe también actuar contra toda prolongación temporal de la gestación o al menos contra los recién nacidos excesivamente grandes”.

Estoy seguro de que no hay muchas hembras humanas capaces de dar a luz con éxito a un niño de un año de edad.

El malo de esta narración es nuestra especialización evolutiva más importante, nuestro gran cerebro. En la mayor parte de los mamíferos, el crecimiento del cerebro es un fenómeno estrictamente fetal. Pero dado que el cerebro no llega nunca a ser muy grande, esto no plantea problema alguno a la hora del nacimiento. En los monos de cerebro más grande, el crecimiento queda retrasado para permitir un crecimiento postnatal del cerebro. Pero las duraciones relativas de la gestación no requieren alteración alguna. No obstante, los cerebros humanos son tan grandes que debe añadirse otra estrategia para el éxito del nacimiento -la gestación debe ser abreviada en relación con el desarrollo general, y el nacimiento debe producirse cuando el cerebro tiene tan solo un cuarto de su tamaño final.

Probablemente nuestro cerebro haya llegado al final de su crecimiento en tamaño. El rasgo supremo de nuestra evolución ha limitado en definitiva su propio potencial para un crecimiento futuro. Sin contar con alguna remodelación radical de la pelvis femenina, tendremos que apañarnos con el cerebro de que disponernos si es que queremos nacer. Pero no importa. Podemos pasarnos felizmente los próximos milenios averiguando lo que podemos hacer con un inmenso potencial que prácticamente no hemos empezado aún a comprender ni a explotar.
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