Prólogo






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II La evolución
del hombre



5 Una cuestión
de grado


En Alexander's Feast, John Dryden presenta a su héroe, aletargado tras la cena, describiendo las hazañas de su gloria guerrera:

El Rey se volvió vanidoso;
Combatió todas sus batallas una vez más;
Y tres veces puso en fuga a sus enemigos,
Y tres veces mató a los muertos.

Ciento cincuenta años más tarde, Thomas Henry Huxley invocó la misma imagen para negarse a llevar más adelante la victoria que había obtenido sobre Richard Owen en el gran debate sobre el hipocampo: “La vida es demasiado corta para dedicarse a matar a los muertos más dé una vez.”

Owen había pretendido establecer nuestra unicidad argumentando que una pequeña circunvolución del cerebro humano, el hippocampus minor, no existía en los chimpancés ni en los gorilas (ni en ninguna otra criatura), pero estaba presente en el ser humano. Huxley, que mientras preparaba su obra clave, Evidence as to Man's Place in Nature, había hecho la disección de multitud de primates, demostró de modo concluyente que todos los simios tenían hipocampo, y que la única discontinuidad en los cerebros de los primates se encontraba entre los de los prosimios (lémures y tarsos) y todos los demás primates (incluyendo a los humanos), y no entre el hombre y los grandes simios. No obstante, durante un mes, toda Inglaterra estuvo pendiente de la batalla desencadenada entre sus dos principales anatomistas en torno a un pequeño bulto en el cerebro. Punch se rió del asunto e hizo versos a su costa; y Charles Kingsley escribió largamente acerca del “hipopótamo mayor” en su clásico para niños del año 1863, The Water Babies. Kingsley comentaba que si alguna vez fuera encontrado un bebé de las aguas, “lo meterían en alcohol, o en el Illustrated News, o, tal vez, lo cortarían en dos mitades, pobrecilla criatura, y enviarían una de ellas al profesor Owen y la otra al profesor Huxley, para ver qué tenían que decir acerca de él”.

El mundo occidental está aún por hacer las paces con Darwin y las implicaciones de la teoría evolutiva. El debate del hipocampo se limita a ilustrar, en altorrelieve, el mayor impedimento a esta reconciliación-nuestra reticencia a aceptar nuestra continuidad con la naturaleza, nuestra ardorosa búsqueda de algún criterio que nos permita aseverar nuestra unicidad. Una y otra vez, los grandes naturalistas han enunciado teorías generales acerca de la naturaleza haciendo excepción singular de los humanos. Charles Lyell (véase ensayo 18) imaginaba un mundo en estado de inmovilidad: no había cambios en la complejidad de la vida con el transcurso del tiempo, y todos los diseños orgánicos estaban presentes desde el primer momento. No obstante el hombre, y sólo el hombre, había sido creado hacía tan sólo un instante geológico-un salto, cuantitativo en la esfera moral impuesto sobre la constancia del diseño meramente anatómico. Y Alfred Russell Wallace, un seleccionista ardiente que era más darwiniano que Darwin en su rígida insistencia en que la selección natural era la única fuerza directriz del cambio evolutivo planteaba como única excepción a esta regla el cerebro humano (y en las postrimerías de su vida se dedicó al espiritismo).

El propio Darwin, aunque aceptaba una continuidad estricta, se sentía remiso a hacer pública esta herejía. En la primera edición de El Origen de las especies (1859), se limitó a escribir que “se hará la luz acerca del origen del hombre y su historia”. Las ediciones posteriores añadían la palabra “mucha” antes de “luz”. Tan sólo en 1871 consiguió reunir el valor necesario para publicar The Descent of Man (véase ensayo 1).

Los chimpancés y los gorilas son hace ya largo tiempo el caballo de batalla de nuestra búsqueda de la unicidad; si consiguiéramos establecer alguna distinción, una diferencia inequívoca --cualitativa más que cuantitativa o de grado- entre ellos y nosotros, podríamos encontrar la justificación de nuestra cósmica arrogancia, tan largo tiempo buscada. La batalla dejó de ser hace ya tiempo un debate sencillo en torno a la evolución: las personas formadas aceptan hoy en día la continuidad evolutiva entre los humanos y los simios. Pero estamos tan atados a nuestra herencia filosófica y religiosa que seguimos buscando algún criterio de división estricta entre nuestras capacidades y las del chimpancé. Porque, como rezaba el salmo: “¿Qué es el hombre para que le dediques tu atención?… Porque tú le has hecho inmediatamente inferior a los ángeles y le has coronado de gloria y honores.” Se han puesto a prueba multitud de criterios, y, uno tras otro, han fracasado. La única alternativa honrada es admitir la existencia de una estricta continuidad cualitativa entre nosotros y los chimpancés. Y ¿qué es lo que salimos perdiendo? Tan sólo un anticuado concepto del alma para ganar una visión más humilde, incluso exaltante, de nosotros mismos y nuestra unidad con la naturaleza. Me propongo examinar tres criterios de distinción y plantear que, bajo todos los conceptos, estamos mucho más próximos al chimpancé de lo que incluso Huxley se atrevió a imaginar.

1 Unicidad morfológica en la tradición oweniana. Huxley puso un freno definitivo al ardor de aquellos que buscaban una discontinuidad anatómica entre los humanos y los simios. No obstante, la búsqueda prosigue en algunos sectores. Las diferencias entre los chimpancés adultos y las personas no son sólo triviales, sino que no surgen de diferencia cualitativa alguna. Parte por parte, orden por orden, somos los mismos; tan sólo varían los tamaños relativos y los ritmos de crecimiento. Con la meticulosa atención al detalle tan característica-de-la investigación anatómica alemana, el profesor D. Stark y sus colegas han llegado recientemente a la conclusión de que las diferencias entre el cráneo humano y el del chimpancé son tan sólo cuantitativas.

2 Unicidad conceptual. Pocos científicos sienten la tentación de apoyarse en el argumento anatómico desde la debacle de Owen. En su lugar, los defensores de la unicidad humana han planteado la existencia de un abismo insalvable entre las capacidades mentales del hombre y los chimpancés. Para ilustrar este abismo han buscado un criterio de distinción inequívoco. Una generación anterior a la nuestra hacía referencia a la utilización de utensilios, pero los chimpancés listos utilizan toda suerte de artefactos para alcanzar unos plátanos inaccesibles o para liberar congéneres en cautividad.

Las más recientes afirmaciones se centran en el lenguaje y la conceptualización, el último bastión para las diferencias cualitativas potenciales. Los primeros experimentos orientados a enseñar a hablar a los chimpancés fueron fracasos notables -unos pocos gruñidos y un vocabulario despreciable. Algunos llegaron a la conclusión de que el fracaso debía reflejar una deficiencia de la organización cerebral, pero la explicación parece ser más sencilla y mucho menos profunda (aunque no carente de importancia en cuanto a lo que implica acerca de las capacidades lingüísticas de los chimpancés en condiciones naturales): las cuerdas vocales de los chimpancés están conformadas de tal modo que no pueden pronunciar grandes repertorios de sonidos articulados. Si tan sólo pudiéramos descubrir un modo diferente de comunicarnos con ellos, probablemente nos encontráramos conque los chimpancés son mucho más listos de lo que creemos.

A estas alturas, todos los lectores de periódicos y televidentes tendrán noticia del asombroso éxito inicial obtenido por otros medios -la comunicación con los chimpancés por medio del lenguaje de signos de los sordomudos. Cuando Lana, la alumna estrella del Laboratorio Yerkes, empezó a preguntar los nombres de objetos que no había visto antes, ¿podemos acaso seguir negando a los chimpancés la capacidad de conceptualización y de abstracción? Esto no es un caso de simple condicionamiento pavloviano. En febrero de 1975, R. A: y B. T. Gardner hicieron públicos los primeros resultados obtenidos con dos chimpancés a los que se había adiestrado en el uso del lenguaje de signos desde el mismo día de su nacimiento. (Washoe, su primer sujeto, no fue expuesta al lenguaje de signos hasta que tenía un año de edad. Tras seis meses de entrenamiento, su vocabulario comprendía tan sólo dos signos.) Los dos bebés chimpancé empezaron a hacer signos reconocibles a partir del tercer mes. Uno de ellos, Moja, disponía de un vocabulario de cuatro palabras al cumplir su decimotercera semana: ven-dame, ve, más y beber. Su progreso en el momento actual no es más lento que el de un niño humano (normalmente esperamos a que hablen y no nos damos cuenta de que nuestros bebés nos hacen señales mucho antes de empezar a hablar). Por supuesto, no soy de la opinión de que nuestras diferencias mentales con respecto a los chimpancés sean producto del proceso de crianza. No tengo ninguna duda de que el progreso de estos chimpancés bebé se irá ralentizando con respecto a los logros crecientes del bebé humano. El próximo presidente de nuestro país no pertenecerá a otra especie. No obstante, el trabajo de los Gardner resulta una asombrosa demostración de hasta qué punto hemos subestimado a nuestros parientes biológicos más cercanos.

3 Diferencias genéticas globales. Incluso aunque admitamos que no existe ninguna característica o habilidad única que separe por completo al ser humano de los chimpancés, al menos podríamos afirmar que las diferencias genéticas globales entre nosotros son tolerablemente grandes. Después de todo nuestras dos especies tienen un aspecto muy diferente y hacen cosas también muy diferentes en condiciones naturales. (A pesar de la capacidad cuasi-lingüística mostrada por los chimpancés en el laboratorio, carecemos de evidencia de que exista una rica comunicación conceptual en la vida silvestre.) Pero Mary-Claire King y A. C. Wilson han publicado recientemente un informe acerca de las diferencias genéticas entre las dos especies (Science, 11 de abril de 1975), y los resultados bien podrían dar al traste con un prejuicio arrastrado, sospecho, por la mayor parte de nosotros. En pocas palabras, haciendo uso de todas las técnicas bioquímicas hoy en día disponibles, y examinando todas las proteínas posibles, la diferencia genética global es notablemente pequeña.

Cuando dos especies difieren poco, morfológicamente hablando, pero funcionan como poblaciones independientes y reproductivamente aisladas en la naturaleza, los biólogos evolucionistas hablan de “especies hermanas”. Las especies hermanas en general muestran muchas menos diferencias genéticas que los pares de especies pertenecientes al mismo género pero de morfología claramente diferenciada (“especies congenéricas”). Ahora bien, los chimpancés y los humanos no son, obviamente, especies hermanas; no somos ni siquiera especies congenéricas según la práctica taxonómica convencional (los chimpancés pertenecen al género Pan; nosotros somos Homo sapiens). Pero King y Wilson han demostrado que la distancia genética global entre los humanos y los chimpancés es mucho menor que la media para las especies hermanas y muy inferior a la de cualquier par de especies congenéricas probadas.

Una magnífica paradoja, porque, aunque yo haya argumentado con gran convicción que las distinciones entre nuestras dos especies son exclusivamente cuestión de grado, no dejamos de ser animales muy diferentes. Si la distancia genética global es tan pequeña, ¿qué, entonces, ha causado tan gran divergencia tanto en la forma como en el comportamiento? Bajo la idea atomista de que cada característica orgánica viene controlada por un único gen, no podemos reconciliar nuestras diferencias anatómicas con los hallazgos de King y Wilson, ya que tantas diferencias en forma y función deberían ser reflejo de muchas diferencias genéticas.

La respuesta debe ser que ciertos tipos de genes tienen efectos de gran alcance -deben influenciar a la totalidad del organismo, no sólo a características individuales. Unos pocos cambios en estos genes clave podrían producir una gran divergencia entre dos especies sin necesidad de una diferenciación genética global excesiva. King y Wilson pretenden por lo tanto resolver la paradoja atribuyendo las diferencias que nos separan de los chimpancés fundamentalmente a mutaciones en el sistema regulador.

Las células hepáticas y las cerebrales tienen exactamente los mismos cromosomas y los mismos genes. Sus profundas diferencias no surgen de su constitución genética, sino de caminos alternativos de desarrollo. Durante el desarrollo, deberán conectarse y desconectarse distintos genes en diferentes momentos para obtener resultados tan dispares a partir de un mismo sistema genético. De hecho, todo el misterioso proceso de la embriología debe estar regulado por una exquisita temporización de la acción de los genes. Para que se produzca la diferenciación de una mano, por ejemplo, las células deben proliferar en determinadas zonas (destinadas a ser dedos) y morir en otras (los espacios interdigitales).

Gran parte de este sistema genético debe dedicarse a determinar la temporización de estos sucesos -a encender y apagar los genes- más que a la determinación de características específicas. Nos referimos a genes que controlan la temporización de sucesos del desarrollo en forma de sistema regulador. Está claro que un solo cambio en un gen regulador puede tener profundos efectos en la totalidad del organismo. Retrasar o acelerar un-suceso clave en la embriogénesis puede cambiar el curso del futuro desarrollo del individuo. King y Wilson suponen, por lo tanto, que las diferencias genéticas, fundamentales entre los chimpancés y los humanos pueden radicar en este fundamental sistema regulador.

Esta es una hipótesis razonable (incluso necesaria). Pero, ¿sabemos algo acerca de la naturaleza de esta diferencia regulatoria? No podemos, de momento, identificar los genes específicos involucrados en ella; por lo tanto, King y Wilson se abstienen de expresar opinión alguna. “Sería de la mayor importancia para el futuro estudio de la evolución humana”, escriben, “demostrar que las diferencias existentes entre los simios y los humanos obedecen a la temporización de la expresión de los genes durante el desarrollo.” Pero en mi opinión, sí conocemos la base de este cambio en la temporización. Como planteo en el ensayo 7, Homo sapiens es básicamente una especie neoténica; hemos evolucionado a partir de antecesores semejantes a los monos por medio de un retraso general del ritmo de nuestro desarrollo. Deberíamos buscar cambios reguladores que retarden las tendencias ontogénicas que compartimos con todos los primates y que nos permitan retener las tendencias y proporciones del crecimiento juvenil.

La distancia genética extremadamente pequeña existente entre los humanos y los chimpancés podría tentarnos a llevar a cabo el experimento científico potencialmente más interesante y éticamente inaceptable que imaginarse pueda -hibridar las dos especies y limitarnos a preguntarles a su descendencia qué se siente al ser, al menos en parte, un chimpancé. Esta hibridación tal vez fuera posible -tan pequeña es la distancia genética que nos separa. Pero, para que nadie tema la aparición de una raza comparable a la de los héroes del Planeta de los Simios, me apresuro a añadir que el fruto de tal unión sería, casi con seguridad, estéril -como una mula, y por las mismas razones. Las diferencias genéticas entre los humanos y los chimpancés son menores, pero incluyen al menos diez grandes inversiones y traslocaciones. Una inversión es, literalmente, dar la vuelta a un segmento de un cromosoma. Cada célula híbrida tendría un juego de cromosomas de chimpancé y otro de humano correspondiente. Las células espermáticas y los óvulos son producto de un proceso denominado meiosis, o división reductora. En la meiosis, cada cromosoma debe aparearse (es decir, ponerse en contacto) con su pareja correspondiente antes de la división de la célula, de modo que los genes correspondientes puedan situarse en relación uno a uno: es decir, cada cromosoma de chimpancé deberá aparearse con su correspondiente humano. Pero si una parte del cromosoma humano está invertida con relación a su contrapartida en los chimpancés, entonces no se puede producir un apareamiento gen a gen sin complicados lazos y retorcimientos, lo que habitualmente impide la división feliz de la célula.

Las tentaciones son grandes, pero espero que este apareamiento permanezca en el índice de experimentos prohibidos: La tentación, en cualquier caso, irá sin duda disminuyendo según vayamos descubriendo cómo hablar con nuestros parientes más próximos. Empiezo a sospechar que averiguaremos todo lo que deseamos saber de boca de los propios chimpancés.
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