Prólogo






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2 La transformación
marítima de Darwin
o cinco años a la mesa
del capitán


Groucho Marx entusiasmaba siempre al público con preguntas tan obvias como “¿Quién está enterrado en la tumba de Grant?”. Pero lo aparentemente obvio a menudo puede resultar engañoso. Si no recuerdo mal, la respuesta a ¿quién dio forma a la doctrina Monroe? es John Quincy Adams. Ante la pregunta “¿Quién era el naturalista que iba a bordo del H. M. S. Beagle?”, la mayor parte de los biólogos responderían “Charles Darwin”. Y estarían equivocados. No pretendo desconcertarles ya desde el principio. Darwin iba a bordo del Beagle y efectivamente dedicó su tiempo a la Historia Natural. Pero estaba a bordo con otros fines, y, originalmente, Robert McKormick, el cirujano de a bordo, detentaba la posición oficial de naturalista de la expedición. He aquí toda una historia; no solamente un puntilloso pie de página pararla historia académica, sino un descubrimiento de no poca significación. El antropólogo J. W. Gruber daba cuenta de la evidencia en “Who was the Beagle's Naturalist?”, escrito en 1969 para el British Journal for the History of Science. En 1975 el historiador científico H. L. Burstyn intentó dar respuesta al corolario obvio: si Darwin no era el naturalista del Beagle, ¿qué hacía a bordo?

No existe ningún documento que identifique de modo específico como naturalista oficial a McKormick, pero la evidencia circunstancial resulta abrumadora. La marina inglesa-, por aquel entonces, tenía una tradición largamente establecida de cirujanos-naturalistas, y McKormick se había educado deliberadamente para ese papel. Era un naturalista adecuado, si bien no brillante, y había desempeñado su cargo con distinción en otros viajes, incluyendo la expedición al Antártico de Ross (1839-1843) para localizar la posición del Polo Sur magnético. Más aún, Gruber ha conseguido dar con una carta del naturalista de Edimburgo, Robert Jameson, dirigida a “mi querido Señor”, repleta de consejos para el naturalista del Beagle acerca de la recogida y conservación de especímenes. Según la idea tradicional sólo podía ir dirigida a Darwin. Afortunadamente, en el folio original figura el nombre del destinatario de la carta. Era McKormick.

Darwin, pongamos fin al suspense, embarcó en el Beagle como compañero del capitán Fitzroy. Pero, ¿por qué iba a querer un capitán británico llevar como compañero de viaje para una travesía de cinco años a un hombre que acababa de conocer hacía un mes? La decisión de Fitzroy debió verse determinada por dos características de los viajes por mar de los años 1830. En primer lugar las travesías duraban muchos años, con largos intervalos entre escalas y un contacto muy limitado por carta con los amigos y la familia. En segundo lugar (por extraño que pueda parecerle a nuestro siglo, psicológicamente más iluminado), la tradición naval británica dictaba que un capitán no podía tener virtualmente ningún contacto social con ningún miembro inferior de la cadena de mando. Hacía sus comidas solo, y únicamente se reunía con sus oficiales para discutir asuntos del barco y para conversar del modo más formal y “correcto”.

Ahora bien, Fitzroy, cuando largó velas con Darwin a bordo tenía tan solo veintiséis años de edad. Conocía la carga psicológica que la prolongada ausencia de contacto humano suponía para un capitán. El anterior capitán del Beagle se había venido abajo pegándose un tiro durante el invierno austral de 1828, su tercer año lejos del hogar. Más aún, como afirmaba el propio Darwin en una carta a su hermana, a Fitzroy le preocupaba “su predisposición hereditaria” a las enfermedades mentales. Su ilustre tío, el vizconde Castlereagh “que sofocó la rebelión irlandesa de 1798 y fue secretario del Exterior cuando la derrota de Napoleón”, se había cortado el cuello en 1822. En efecto, Fitzroy tuvo una crisis y renunció temporalmente al mando en el transcurso del viaje del Beagle -coincidiendo con una enfermedad que tuvo a Darwin postrado en Valparaíso.

Dado que a Fitzroy no le estaba permitido tener contacto social alguno con ningún miembro del personal oficial del barco, tan sólo podía encontrarlo llevando consigo un pasajero “supernumerario” por propia disposición. Pero el Almirantazgo no veía con buenos ojos a los pasajeros particulares, ni siquiera a las esposas de los capitanes. Embarcar a un caballero de compañía sin mayores razones estaba fuera de toda cuestión. Fitzroy llevaba consigo otros supernumerarios -entre ellos un dibujante y un fabricante de instrumentos- pero ninguno podía servirle de compañero dado que no pertenecían a la clase social adecuada. Fitzroy era un aristócrata, y sus antepasados se remontaban directamente al rey Carlos II. Sólo un caballero podía compartir sus comidas y eso es precisamente lo que era Darwin, un caballero.

Pero, ¿cómo podía Fitzroy atraer a un caballero a un viaje de cinco años de duración? Sólo ofreciéndole la oportunidad de llevar a cabo algún tipo de actividad imposible de realizar en ningún otro sitio. ¿Y qué otra actividad podría ser ésta sino la Historia Natural? -a pesar de que el Beagle tenía ya un naturalista oficial. Por lo tanto, Fitzroy se dedicó a buscar entre sus aristocráticos amigos algún caballero naturalista. Era, como dice Burstyn, “una cortés ficción para explicar la presencia de su huésped y una actividad lo suficientemente atractiva como para atraer a un caballero a bordo para un largo viaje”. El padrino de Darwin, J. S. Henslow, lo entendió perfectamente. Escribió a Darwin: “El Cap. F. busca un hombre (por lo que tengo entendido) más para compañero que como simple coleccionista”. Darwin y Fitzroy se conocieron, se cayeron bien y el pacto quedó sellado. Darwin se hizo a la mar como compañero de Fitzroy, principalmente con el objeto de compartir su mesa a la hora de la comida, y en todas las comidas, durante cinco largos años. Fitzroy, por añadidura, era un hombre joven y ambicioso. Deseaba dejar huella instaurando un nuevo estándar de excelencia para los viajes de exploración. (“El objeto de la expedición”, escribió Darwin, “era completar el reconocimiento de Patagonia y Tierra del Fuego…, reconocer las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico -y llevar a cabo una cadena de mediciones cronométricas en torno al mundo”). Al aumentar la tripulación oficial con técnicos e ingenieros pagados de su propio bolsillo, Fitzroy hizo uso de su riqueza y su prestigio para lograr su objetivo. Un naturalista “supernumerario” encajaba bien con el propósito de Fitzroy de reforzar el empaque científico del Beagle.

La suerte del pobre McKormick estaba echada. Inicialmente, Darwin y él cooperaron, pero resultaba inevitable que sus caminos se separaran. Darwin disfrutaba de todas las ventajas. Tenía la atención del capitán. Tenía un sirviente. En cada escala disponía del dinero necesario para bajar a tierra y contratar recolectores nativos mientras McKormick se veía atado al barco y a sus deberes de oficial. Los esfuerzos privados de Darwin empezaron a hacer mella en las colecciones oficiales de McKormick y éste, harto de todo, decidió volverse a casa. En abril de 1832, en Río de Janeiro, fue “dado de baja por invalidez” y enviado de vuelta a Inglaterra a bordo del H.M.S. Tyne. Darwin comprendió el eufemismo y le escribió a su hermana, refiriéndose a McKormick, “dado de baja por invalidez, es decir por resultarle desagradable al capitán… No constituye una pérdida.”

A Darwin no le interesaba el tipo de ciencia de McKormick. En mayo de 1832 le escribió a Henslow: “Era un filósofo un tanto anticuado; en San Yago, según propia confesión, se dedicó a hacer comentarios generales durante la primera quincena y a recoger datos concretos en el transcurso de la última”. De hecho, a Darwin no parecía gustarle McKormick en absoluto. “Mi buen amigo el doctor es un asno, pero seguimos nuestros caminos muy amigablemente; en este momento está sumido en un mar de cavilaciones sobre si pintar su camarote gris francés o blanco mate -prácticamente no le oigo hablar de- otra cosa.”.

Aunque no hiciera nada más, esta historia pone de relieve la importancia de la clase social como consideración en la historia de la ciencia. Qué diferente sería hoy la ciencia de la biología si Darwin hubiera sido hijo de un comerciante y no de un médico extremadamente rico. La riqueza personal de Darwin le daba la libertad de dedicarse a la investigación sin obstáculos. Dado que sus diversas enfermedades a menudo le permitían trabajar tan sólo dos o tres horas diarias, cualquier necesidad de ganarse la vida honradamente probablemente le hubiera dejado al margen de todo tipo de investigación. Y averiguamos ahora que el status social de Darwin tuvo también una importancia determinante en un punto crucial de su carrera. A Fitzroy le interesaban mucho más las gracias sociales de su compañero de comidas que su competencia como naturalista.

¿Podría haber algo más profundo oculto en las conversaciones que Darwin y Fitzroy mantenían durante las comidas y de las que no queda registro alguno? Los científicos tienen una marcada inclinación a atribuir las percepciones creativas a las constricciones de la evidencia empírica. Por ello, las tortugas y los pinzones siempre han disfrutado de la aquiescencia general como principales agentes de la transformación de la visión del mundo de Darwin, ya que se unió al Beagle como inocente y piadoso estudiante para ministro de la Iglesia, e inició su primer libro de notas acerca de la transmutación de las especies antes de transcurrido un año de su regreso. Yo sugeriría que el propio Fitzroy pudo haber sido un catalizador aún más importante.

Darwin y Fitzroy mantenían, en el mejor de los casos, una relación tensa. Tan solo las severas restricciones de la cordialidad caballeresca y la supresión previctoriana de las emociones mantuvieron a estos dos hombres en términos razonablemente amistosos. Fitzroy era un ordenancista y un conservador ardoroso. Darwin era un liberal igualmente apasionado. Darwin esquivó escrupulosamente toda discusión con Fitzroy acerca del Acta de Reforma pendiente por aquel entonces en el Parlamento. Pero la esclavitud les enfrentó abiertamente. Una noche, Fitzroy le dijo a Darwin que había sido testigo de una demostración de la benevolencia de la esclavitud. Uno de los mayores propietarios de esclavos de Brasil había reunido a sus cautivos preguntándoles si deseaban ser libres. Como un solo hombre habían respondido que no. Cuando Darwin cometió la temeridad de preguntarse cuál habría sido la respuesta de no haber estado presente el propietario, Fitzroy explotó e informó a Darwin de que cualquiera que dudara de su palabra era indigno de compartir su mesa. Darwin dejó de asistir a la mesa del capitán y se fue a comer con los contramaestres, pero Fitzroy se volvió atrás y le envió sus excusas formales pocos días más tarde.

Sabemos que a Darwin se le erizaban los cabellos ante las violentas opiniones de Fitzroy. Pero era su huésped y en un sentido peculiar su subordinado, ya que en la mar un capitán era, en tiempos de Darwin, un tirano absoluto e incuestionado. Darwin no podía expresar su desacuerdo. Durante cinco largos años, uno de los hombres mis brillantes de la historia guardó silencio. Ya entrado en años, Darwin recordaba en su autobiografía: “la dificultad de vivir en buenos términos con el capitán de un barco de la Armada se ve grandemente incrementada por el hecho de que sea prácticamente un motín el responderle como uno le respondería cualquier otra persona; y por el temeroso respeto con que le contemplan -o le contemplaban en mis tiempos- todas las personas de a bordo.”

Ahora bien, la política conservadora no era la única pasión ideológica de Fitzroy. La otra era la religión. Fitzroy tenía sus momentos de duda acerca de la verdad literal de la Biblia, pero tendía a considerar a Moisés un historiador y geólogo fiable, e incluso dedicaba un tiempo considerable a intentar calcular las dimensiones del Arca de Noé. La idée fixe de Fitzroy, al menos más adelante en su vida, fue el “argumento del diseño”, la creencia de que la benevolencia divina (de hecho incluso la propia existencia de Dios) puede inferirse de la perfección de la estructura orgánica. Darwin, por su parte, aceptaba la idea de la excelencia del diseño pero proponía una explicación natural que difícilmente podría haber sido más contraria a las convicciones de Fitzroy. Darwin desarrolló una teoría evolutiva basada en la variación al azar y la selección natural impuesta por un medio ambiente exterior: una versión de la evolución rígidamente materialista (y básicamente atea) (véase ensayo 1). Había otras muchas teorías evolutivas en el siglo XIX que resultaban mucho más compatibles con el tipo de cristianismo de Fitzroy. Por ejemplo, los líderes religiosos tenían muchos menos problemas con las propuestas habituales de tendencias innatas hacia la perfección que con la visión mecánica sin paliativos de Darwin.

¿Se vio Darwin impelido hacia esta visión filosófica en parte como respuesta a la insistencia dogmática de Fitzroy en el argumento del diseño? Carecemos de evidencia de que Darwin, a bordo del Beagle, fuera otra cosa que un buen cristiano. Las dudas y el rechazo vinieron luego. A mitad de la travesía, le escribió a un amigo: “A menudo hago conjeturas acerca de lo que será de mí: si me dejara llevar por mis deseos acabaría sin duda siendo un clérigo de aldea.” E incluso escribió a medias con Fitzroy una solicitud de apoyo al trabajo misional titulado, “The moral State of Tahiti” (El estado moral de Tahití). Pero las semillas de la duda debieron quedar sembradas en las tranquilas horas de contemplación a bordo del Beagle. Y pensemos en la posición de Darwin en el barco -cenando todas las noches durante cinco años con un capitán autoritario al que no podía contradecir, cuya actitud y visión políticas eran opuestas a todas sus creencias, y al que básicamente no apreciaba. ¿Quién sabe qué “silenciosa alquimia” pudo producirse en el cerebro de Darwin en el transcurso de cinco años de continuas arengas? Fitzroy bien pudo resultar mucho más importante que los Pinzones, al menos en la inspiración materialista y antiteística de la filosofía y la teoría evolutiva de Darwin.

Fitzroy, desde luego, se echaba la culpa cuando, ya más entrado en años, perdió la cabeza. Empezó a considerarse el involuntario agente de la herejía de Darwin (de hecho, lo que yo sugiero es que esto bien podría ser cierto en un sentido mucho más literal que el que jamás imaginara Fitzroy). Surgió en él un ardiente deseo de expiar su culpa y reafirmar la supremacía de la Biblia. En la famosa Reunión de la Iritis Asociación de 1860 (en la que Huxley le dio un revolcón al obispo “Soapy Sam” (Sam el Jabonoso) Wilberforce), el desequilibrado Fitzroy iba de un lado a otro sosteniendo una Biblia sobre su cabeza y gritando, “El Libro, El Libro.” Cinco años más tarde se pegó un tiro.

3 El dilema
de Darwin:
La odisea de
la evolución


La exégesis de la evolución como concepto ha ocupado las vidas de un millar de científicos. En este ensayo, presentó algo casi irrisoriamente limitado por comparación -una exégesis de la propia palabra. Intentaré seguir el rastro a cómo el cambio orgánico llegó a ser llamado evolución. La historia resulta compleja y fascinante como ejercicio de anticuario, de detección etimológica. Pero en realidad hay en juego más cosas, ya que un antiguo uso de esta palabra ha contribuido a la malinterpretación más común, y aún vigente entre los legos, de lo que quieren decir los científicos al hablar de evolución.

Empecemos con una paradoja: Darwin, Lamarck y Haeckel -los más grandes evolucionistas del siglo XIX de Inglaterra, Francia y Alemania, respectivamente -no utilizaron la palabra evolución en las ediciones originales de sus grandes obras. Darwin hablaba de “descendencia con modificación”, Lamarck de “transformismo”. Haeckel prefería “trasmutations-theorie” o “descendenz-theorie”. ¿Por qué no utilizaron el término “evolución”- y cómo adquirió su actual nombre la historia del cambio orgánico?

Darwin eludía el término evolución como descripción de su teoría por dos motivos. En sus tiempos, para empezar, la evolución tenía ya un significado técnico-en biología. De hecho, describía una teoría embriológica irreconciliable con los criterios de Darwin acerca del desarrollo orgánico.

En 1744, el biólogo alemán Albrecht von Haller había acuñado el término evolución para la teoría de que los embriones se desarrollaban a partir de homúnculos preformados que iban dentro del huevo o el esperma (y que, por fantástico que pueda parecernos hoy en día, todas las generaciones futuras habían sido creadas en los ovarios de Eva o en los testículos de Adán, dispuestos como las muñecas rusas, unas dentro de otras -un homúnculo en cada uno de los óvulos de Eva, un homúnculo más diminuto en cada óvulo del homúnculo y así sucesivamente. Esta teoría de la evolución (o preformación) tenía sus oponentes en los epigenetistas que creían que la complejidad de la forma adulta surgía de un huevo inicialmente informe (véase el ensayo 25 para una narración más detallada de este debate). Haller eligió el término cuidadosamente, ya que evolvere en latín significa “desenrollar”; así, el diminuto homúnculo se desplegaba de-su alojamiento originalmente pequeño y se limitaba a crecer de tamaño en el transcurso de su desarrollo embrionario.

No obstante, la evolución embriológica de Haller parecía excluir la descendencia con modificación de Darwin. Si toda la historia de la raza humana estaba preempaquetada en los ovarios de Eva, ¿cómo iba a poder la selección natural (o ninguna otra fuerza si a eso vamos) alterar el curso predeterminado de nuestra estancia en la tierra?

Nuestro misterio parece ir en aumento. ¿Cómo pudo transformarse el término de Haller en algo prácticamente opuesto? Esto fue posible sólo porque la teoría de Haller estaba ya agonizando en 1859; tras su defunción, el término que Haller había empleado quedó disponible para otros fines.

“Evolución” como descripción de la “descendencia con modificación” de Darwin, no deriva de un significado técnico anterior; más bien constituye una expropiación del término vernáculo. Evolución, en tiempos de Darwin, se había convertido en una palabra inglesa común con un significado diferente al técnico de Haller. El Oxford English Dictionary le sigue la pista hasta un poema de H. More de 1747: “La evolución de formas externas se despliega en el vasto espíritu del mundo.” Pero esto era un “desplegarse” en un sentido muy diferente al buscado por Haller. Implicaba “la aparición en sucesión ordenada de una larga serie de sucesos”, y, más importante, daba cuerpo a un concepto de desarrollo progresivo -un despliegue ordenado desde lo simple hasta lo complejo. El O.E.D. prosigue, “el proceso de desarrollo de un estado rudimentario a uno maduro o completo.” Así pues, el término evolución, en lengua vernácula, estaba firmemente vinculado al concepto de progreso.

Darwin sí utilizó la palabra evolución en este sentido vernáculo -de hecho es la última palabra de su libro.

Hay grandeza en esta visión de la vida, con sus diversos poderes originalmente alentados en unas pocas formas o en una sola; y en que, mientras este planeta ha continuado sus ciclos de acuerdo con la ley fija de la gravitación, de un principio tan simple, formas supremamente hermosas y maravillosas hayan evolucionado (…y sigan haciéndolo).

Darwin decidió utilizar la palabra en este pasaje porque deseaba contrastar el flujo del desarrollo orgánico con la fijeza de las leyes físicas como la gravitación. Pero era una palabra que utilizaba muy rara vez, ya que rechazaba explícitamente la común ecuación de lo qué hoy en día denominamos evolución con cualquier noción de progreso.

En un famoso epigrama, Darwin se recordaba a sí mismo que jamás debía decir “superior” o “inferior” al describir la estructura de los organismos.-porque si una ameba está igual de bien adaptada a su medio ambiente como lo estamos nosotros al nuestro, ¿quién tiene derecho a decidir que nosotros somos criaturas superiores? Así pues, Darwin rechazaba la evolución como descripción de su descendencia con modificación, tanto porque su significado técnica chocaba con sus creencias como porque se sentía incómodo con la idea de progreso inevitable inherente a su significado vernáculo.

La evolución hizo su aparición en la lengua inglesa como sinónimo de descendencia con modificación a través de la propaganda de Herbert Spencer, el infatigable erudito victoriano en casi cualquier tema. La evolución era para Spencer la ley suprema de todo desarrollo. Y para un prepotente victoriano, ¿qué otro principio sino el progreso podía gobernar los procesos de desarrollo del universo? Así, Spencer definió la ley universal en su First Principles, en 1862: “La evolución es una integración de la materia y una disipación concomitante del movimiento durante la cual la materia pasa de una homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad coherente y definida.”

Otros dos aspectos del trabajo de Spencer contribuyeron al establecimiento de la evolución en su significado actual: en primer lugar, al escribir sus muy populares Principles of Biology (1864-1867), Spencer utilizó conscientemente el término “evolución” como descripción del cambio orgánico. En segundo lugar no consideraba al progreso una capacidad intrínseca de la naturaleza, sino el resultado de una “cooperación entre fuerzas internas y externas (ambientales)”: Este punto de vista encajaba magníficamente con la mayor parte de los conceptos de la evolución orgánica del siglo XIX, ya que los científicos victorianos identificaban sin problemas el cambio orgánico con el progreso orgánico. Así pues, el término evolución estaba disponible siempre que los científicos buscaban un término más sucinto que la descendencia con modificación de Darwin. Y, dado que la mayor parte de los evolucionistas consideraban el cambio orgánico como un proceso dirigido hacia un incremento en la complejidad (es decir, hacia nosotros), su apropiación del término general de Spencer no infringió violencia alguna a su definición.

No obstante, no deja de ser irónico que el padre de la teoría evolutiva se quedara prácticamente solo en su insistencia en que el cambio orgánico llevaba tan solo a una mayor adaptación y no a ningún ideal abstracto de progreso definido por la complejidad estructural o por una creciente heterogeneidad-jamás debe decirse superior e inferior. Si hubiéramos prestado atención a la advertencia de Darwin, nos hubiéramos ahorrado buena parte de la confusión y de los malentendidos que existen hoy en día entre los científicos y los legos. Porque el punto de vista de Darwin ha triunfado entre los científicos, que hace ya largo tiempo han abandonado el concepto de la necesaria ligazón entre evolución y progreso por considerarla un prejuicio antropocéntrico de la peor especie. No obstante, la mayor parte de los legos siguen identificando la evolución con el progreso y definen la evolución humana no simplemente en términos de cambio, sino como un incremento de la inteligencia, la estatura o alguna otra medida de supuesta mejora.

En lo que bien podría ser el documento anti-evolutivo de mayor difusión de nuestros tiempos, el panfleto “¿Llegó aquí el hombre por evolución o por creación?”, de los Testigos de Jehová se proclama: “La evolución, en términos muy sencillos, significa que la vida progresó de los organismos unicelulares a su estado más elevado, el ser humano, por medio de una serie de cambios biológicos que tuvieron lugar en-el transcurso de millones de años… El simple cambio dentro de un tipo básico de ser vivo no ha de ser considerado como evolución”.

Esta falaz identificación de la evolución orgánica con el progreso sigue teniendo desafortunadas consecuencias. Históricamente, engendró los abusos del darwinismo social (que el propio Darwin siempre miró con sospecha). Esta teoría desacreditada catalogaba los grupos y las culturas humanas con arreglo a su supuesto nivel de desarrollo evolutivo, con los europeos blancos a la cabeza de la clasificación (cosa poco sorprendente), y los pueblos habitantes de sus colonias conquistadas a la zaga. Hoy en día sigue siendo un componente primario de nuestra arrogancia global, de nuestra convicción de dominio sobre el millón largo de especies diversas que habitan nuestro planeta. El dedo flamígero ya ha escrito, por supuesto, y nada puede hacerse. No obstante me apena un tanto que los científicos hayan contribuido a un malentendido fundamental eligiendo una palabra vernácula que significa progreso para sustituir al menos eufónico pero más precisa nombre de “descendencia con modificación” de Darwin.

4 El entierro
prematuro
de Darwin


En una de las múltiples versiones cinematográficas de A Christmas Carol, Ebenezer Scrooge se encuentra a un digno caballero sentado en un descansillo al subir las escaleras para visitar a su socio agonizante, Jacob Marley. “¿Es usted el médico?”, pregunta Scrooge. “No”, responde el otro, “soy el de las pompas fúnebres; nuestro negocio es extremadamente competitivo”. El enloquecido mundo de los intelectuales debe ir pisándole los talones, y pocos sucesos atraen más la atención que la proclama de que han muerto ideas populares. La teoría de Darwin de la selección natural ha venido siendo un candidato perenne para el enterramiento. Tom Bethell protagonizó el último velatorio con un trabajo titulado “Darwin's Mistake” (El error de Darwin) (Harper's, febrero 1976): “La teoría de Darwin, en mi opinión, está al borde del colapso… La selección natural fue silenciosamente abandonada, incluso por sus más ardientes defensores, hace ya algunos años.” Primera noticia. Y yo, aunque ostento con cierto orgullo la etiqueta de darwiniano, no me encuentro entre los defensores más ardorosos de la selección natural. Recuerdo la famosa respuesta de Mark Twain a una necrológica prematura: “Las noticias acerca de mi muerte han sido grandemente exageradas.”

El argumento de Bethell tiene un sonido peculiar para la mayor parte de los científicos. Estamos dispuestos en todo momento a ver caer una teoría bajo el impacto de datos nuevos, pero no esperamos ver derrumbarse una teoría grandiosa y de gran influencia por culpa de un error de lógica en su formulación. Virtualmente, la totalidad de los científicos empíricos tienen un toque de filisteos. Los científicos tienden a pasar por alto la filosofía académica como actividad sin objeto. Cualquier persona inteligente puede pensar con lógica por medio de la intuición. No obstante, Bethell no aporta dato alguno al sellar el ataúd de la selección natural, tan sólo cita un error de razonamiento por parte de Darwin: “Darwin cometió un error lo suficientemente serio como para minar su teoría. Y ese error tan sólo ha sido reconocido como tal hace muy poco tiempo… En un momento dado de su argumentación, Darwin se equivocó.”

Aunque pretendo refutar las afirmaciones de Bethell, deploro también la reticencia de los científicos a explorar la estructura lógica de los razonamientos que se les presentan. Buena parte de lo que pasa por ser teoría evolutiva es algo tan falto de contenido como afirma Bethell. Muchas grandes teorías se sostienen por medio de cadenas de dudosas metáforas y analogías. Bethell ha identificado correctamente la basura que rodea la teoría evolutiva. Pero diferimos en un aspecto fundamental: para Bethell, la teoría darwiniana está podrida hasta lo más hondo; yo encuentro en ella una perla de valor incalculable.

La selección natural es el concepto básico de la teoría darwiniana, los más adaptados sobreviven y distribuyen sus características favorecidas entre las poblaciones. La selección natural viene definida por la frase de Spencer “supervivencia del más apto”, pero ¿qué significa en realidad esta famosa frase? ¿Quiénes son los más aptos? ¿Y cómo se define esa “aptitud”? A menudo se puede leer que la adaptación no es más que el “éxito reproductivo diferencial” -la producción de más descendientes vivos que otros miembros de la población que compiten en la misma arena. ¡Alto!, grita Bethell, como otros muchos han hecho antes que él. Esta formulación define la adaptación exclusivamente en términos de supervivencia. La frase crucial de la selección natural significa tan sólo “Supervivencia de los que sobreviven” -una vacua tautología. (Una tautología es una frase -como por ejemplo “mi padre es un hombre”-, que no contiene en el predicado (“un hombre”) información alguna que no se inherente al sujeto (“mi padre”). Las tautologías constituyen unas definiciones magníficas, pero no sirven como afirmaciones, científicas verificables -no puede haber nada que verificar en una afirmación que es, por definición, cierta.)

Pero, ¿cómo pudo Darwin cometer semejante error, monumental y estúpido? Incluso sus críticos más acerbos jamás le han acusado de estupidez congénita. Obviamente, Darwin tuvo que intentar definir la adaptación de modo diferente -encontrar un criterio de adaptación independiente de la mera supervivencia. En efecto, Darwin propuso un criterio diferente, pero Bethell argumenta correctamente que para establecerlo tuvo que recurrir a la analogía, una estrategia que resulta peligrosa y escurridiza: Uno podría imaginarse que el primer capítulo de un libro tan revolucionario como El origen de las especies trataría de cuestiones cósmicas y preocupaciones generales. No es así. Darwin -dedica la mayor parte de sus primeras cuarenta páginas a la “selección artificial” de -caracteres deseados por parte de los criadores de animales. Porque aquí no cabe duda de que opera un criterio independiente. El colombófilo sabe lo que quiere. Los más aptos no son definidos por el hecho de su supervivencia. Más bien, se les permite sobrevivir porque poseen unas características deseadas.

El principio de la selección natural depende de la validez de la analogía con la selección artificial. Debemos ser capaces, igual que el colombófilo, de identificar al mejor adaptado a priori, no a través de su subsiguiente supervivencia. Pero la naturaleza no es un criador de animales; la historia de la vida no está regulada por ningún propósito predeterminado. En la naturaleza, cualesquiera que sean las características que posean los sobrevivientes, deberán ser consideradas como “más evolucionadas”; en la selección artificial, las características “superiores” están definidas aun antes de que comience la crianza. Los evolucionistas más modernos, argumenta Bethell, reconocieron la inadecuación de la analogía de Darwin y redefinieron la “adaptación” como simple supervivencia. Pero no se dieron cuenta de que habían minado la estructura lógica del postulado fundamental da-Darwin. La naturaleza no ofrece ningún criterio independiente para valorar el grado de adaptación; por lo tanto, la selección natural es tautológica.

Bethell pasa de aquí a exponer dos importantes corolarios de su razonamiento principal. En primer lugar, la adaptación significa tan sólo supervivencia; entonces, ¿cómo puede la selección natural ser una fuerza “creativa”, como insisten los darwinianos? La selección natural tan sólo puede decirnos cómo “un determinado tipo de animal se convirtió gradualmente en otro”: En segundo lugar, ¿por qué estaban Darwin y otros eminentes victorianos tan seguros de que la insensata naturaleza podía ser comparada con la selección consciente por parte de los criadores? Bethell argumenta que el clima, cultural del capitalismo industrial triunfante había definido todo cambio como inherentemente progresista. La mera supervivencia en la naturaleza no podía ser más que para bien: “Empieza a dar la impresión de que lo que realmente descubrió Darwin no fue más que la propensión victoriana a creer en el progreso”.

En mi opinión, Darwin estaba en lo cierto y Bethell y sus colegas se equivocan: pueden utilizarse criterios de adaptación distintos al de la supervivencia para aplicarlos a la naturaleza, y han venido siendo utilizados de manera regular por los evolucionistas. Pero permítaseme admitir antes de nada que la crítica de Bethell es aplicable a gran parte de la literatura técnica dedicada a la teoría evolutiva, especialmente a los tratamientos matemáticos abstractos que consideran la evolución una mera alteración numérica, no un cambio cualitativo. Estos estudios, efectivamente, valoran la adaptación exclusivamente en términos de supervivencia diferencial. ¿Qué otra cosa puede hacerse con modelos abstractos que siguen la pista al hipotético éxito de los genes A y B en poblaciones que tan sólo existen en las bobinas de las computadoras? La naturaleza, no obstante, no se limita a los cálculos de los genéticos teóricos. En la naturaleza, la “superioridad” de A sobre B se verá expresada en términos de supervivencia diferencial, pero no viene definida por ella -o al menos más vale que no sea así, ya que esto significaría el triunfo dé Bethell et al y la derrota de Darwin.

Mi defensa de Darwin no es ni sorprendente, ni novedosa, ni profunda. Me limito a aseverar, que Darwin tenía justificadas razones para establecer la analogía entre la selección natural y la cría de animales. En la selección artificial, los deseos del criador representan un “cambio en el medio ambiente” de una población. En este nuevo entorno, ciertas características son superiores a priori (sobreviven y se extienden por elección de nuestro., criador, pero esto es el resultado de su adaptación, no una definición de ella). En la naturaleza, la evolución darwiniana constituye también una respuesta a los cambios en el-medio ambiente. Y ahora el punto crucial: determinadas características morfológicas, sicológicas y de comportamiento deberían ser superiores a priori como diseños para la vida en nuevos entornos. Estas características confieren adaptación según el criterio de buen diseño del ingeniero, no por el dato empírico de su supervivencia y dispersión. Las temperaturas descendieron antes de que el mamut lanudo desarrollara su capa de pelo.

¿Por qué agita tanto esta cuestión a los evolucionistas? De acuerdo, Darwin estaba en lo cierto: la superioridad de diseño en un medio ambiente cambiante es un criterio de adaptación independiente. ¿Y qué? ¿Acaso había propuesto alguien seriamente que los pobremente diseñados triunfarían? En efecto, muchos lo hicieron: En tiempos de Darwin, muchas teorías evolutivas rivales aseveraban que los más adaptados (mejor diseñados) tenían que desaparecer. Una idea popular -la teoría de los ciclos vitales de las razas- iba encabezada por el anterior ocupante del puesto que ocupo yo ahora, el gran paleontólogo americano Alpheus Hyatt. Hyatt afirmaba que los linajes evolutivos, del mismo, modo que los individuos, tenían ciclos de juventud, madurez, ancianidad y muerte (extinción). El declive y la extinción van programados en la historia de las especies. Al ceder el puesto la madurez a la ancianidad, los individuos mejor diseñados perecen, y las criaturas renqueantes y deformadas de la ancianidad filética ocupan su lugar. Otra idea antidarwiniana, la teoría de la ortogénesis, mantenía que determinadas tendencias, una vez iniciadas, no podían ser detenidas, a pesar de que llevaran necesariamente a la extinción a causa de un diseño cada vez más deficiente. Muchos evolucionistas del siglo XIX (tal vez la mayoría) mantenían que los alces irlandeses se habían extinguido por su incapacidad de detener el crecimiento evolutivo del tamaño de sus cornamentas (véase ensayo 9); por lo tanto, murieron -atrapados entre los árboles o hundidos de cabeza (literalmente) en los lodazales. Del mismo modo, la desaparición de los “tigres” de dientes de sable era a menudo atribuida a un crecimiento tan desmesurado de los caninos que los pobres felinos no podían abrir las mandíbulas suficientemente como para usarlos.

Así pues, no es cierto, como afirma Bethell, que toda característica propia del superviviente deba ser considerada como más adaptada. “La supervivencia del más apto” no es una tautología. Tampoco es la única lectura imaginable o razonable del registro evolutivo. Es posible ponerla a prueba. Tuvo rivales que fracasaron bajo el peso de la evidencia en su contra y de las cambiantes actitudes acerca de la naturaleza de la vida. Tiene rivales que podrían tener éxito, al menos en cuanto a poner un límite a su alcance.

Si yo estoy en lo cierto, cómo puede Bethell afirmar: “Darwin, en mi opinión, está a punto de ser descartado, pero tal vez, en deferencia al viejo y venerable caballero, que descansa cómodamente, en la Abadía de Westminster junto a Sir Isaac Newton, esto está llevándose a cabo tan discreta y suavemente como es posible y con un mínimo de publicidad”. Me temo que Bethell no ha sido del todo justo en su informe acerca de la opinión dominante actualmente. Cita a los pelmazos C. H. Waddington y H. J. Muller como si fueran el epítome de un consenso. Jamás menciona a los principales seleccionistas de nuestra generación E.O. Wilson o D. Janzen, por ejemplo. Y cita a los arquitectos del neo-darwinismo -Dobzhansky, Simpson, Mayr y J. Huxley- tan sólo para ridiculizar sus metáforas acerca de la “creatividad” de la selección natural. (No pretendo decir que el darwinismo debiera ser atesorado y mimado por el hecho de que aún sea popular; yo soy lo suficientemente pelmazo también como para creer que un consenso acrítico es un claro indicio de inminentes problemas. Me limito a dar cuenta de que, para bien o para mal, el darwinismo sigue vivo y floreciendo, a pesar de la necrológica de Bethell.)

Pero ¿por qué fue comparada la selección natural con un compositor por Dobzhansky; con un poeta por Simpson; con un escultor por Mayr; y también, nada menos que con Shakespeare por Julian Huxley? No pienso defender semejante selección de metáforas, pero sí su intención, a saber, ilustrar la esencia del darwinismo -la creatividad de la selección natural. La selección natural ocupa un lugar en todas las teorías antidarwinianas que conozco. Ocupa el papel negativo del verdugo, del ejecutor de los inadaptados (mientras que los adaptados surgen por mecanismos tan no-darwinianos como la herencia de caracteres adquiridos o la inducción directa de variaciones favorables por el medio ambiente). La esencia del darwinismo yace en su afirmación de que la selección natural crea a los adaptados. La variación es ubicua y fortuita en su orientación. Aporta la materia prima y nada más: La selección natural dirige el curso del cambio evolutivo. Preserva las variantes favorables y construye la adaptación gradualmente. De hecho, dado que los artistas dan forma a sus creaciones a partir de la materia prima de las notas, las palabras y la piedra, las metáforas no me llaman la atención por ser especialmente inadecuadas. Dado que Bethell no acepta un criterio de adaptación independiente de la mera supervivencia, difícilmente podría conceder un papel creativo a la selección natural.

Según Bethell, el concepto de Darwin de la selección natural como fuerza creativa no puede ser otra cosa que una ilusión creada y favorecida por el clima social y político de su tiempo. En pleno apogeo del optimismo victoriano en la Inglaterra imperial, el cambio parecía ser inherentemente progresista; ¿por qué entonces no identificar la supervivencia en la naturaleza con una creciente adaptación en el sentido no tautológico de un diseño mejorado?

Yo soy un convencido defensor del argumento general de que la “verdad” tal y como es predicada por los científicos, a menudo no resulta ser más que prejuicios inspirados por las creencias políticas y sociales del momento. He dedicado varios ensayos a este tema porque creo que sirve para “desmitificar” la práctica de la ciencia mostrando su similitud a toda actividad creativa humana. Pero la verdad de un razonamiento general no da validez á cualquier aplicación específica del mismo, y yo mantengo que la aplicación hecha por Bethell adolece de una grave falta de información.

Darwin hizo dos cosas muy distintas: convenció al mundo científico de que la evolución había tenido lugar y propuso como su mecanismo la teoría de la selección natural. Estoy perfectamente dispuesto a admitir que la habitual identificación de la evolución con -el progreso hacía más digerible la afirmación primera de Darwin a sus contemporáneos. Pero Darwin fracasó en su segunda empresa en el transcurso de su propia vida. La teoría de la selección natural no triunfó hasta los años 1940. Su impopularidad en la época victoriana obedeció, a mi modo de ver, a su rechazó del progreso cómo algo inherente al funcionamiento de la evolución. La selección natural es una teoría sobre la adaptación local a las alteraciones del medio ambiente. No propone principio perfeccionador alguno, ninguna garantía de una mejora generalizada; en pocas palabras, no propone ninguna razón para su aprobación general en un clima político favorecedor del progreso innato en la naturaleza.

El criterio independiente de adaptación de Darwin es, efectivamente, el de “diseño mejorado”, pero no “mejorado” en el sentido cósmico que era favorecido por Gran Bretaña en sus tiempos. Para Darwin, mejorado significaba tan sólo “mejor diseñado para un entorno inmediato, local”. Los entornos locales cambian constantemente: se vuelven más fríos o más calurosos, más húmedos o más secos, más herbosos o más boscosos. La evolución por selección natural no es más que el seguimiento de estos cambiantes entornos por una preservación diferencial de los organismos mejor diseñados para vivir en ellos: el pelo de un mamut no es progresista en ningún sentido cósmico. La selección natural puede producir una tendencia que nos tiente a pensar en un progreso más general -el incremento en el tamaño del cerebro caracteriza, en efecto, la evolución de un grupo tras otro de mamíferos (véase ensayo 23). Pero los cerebros grandes tienen su utilidad en los medios ambientes locales; no señalan tendencias intrínsecas hacia estados más elevados. Y Darwin disfrutaba demostrando que la adaptación local a menudo producía la “degeneración” en el diseño –la simplificación anatómica de los parásitos por ejemplo.

Si la selección natural no es una doctrina del progreso, entonces su popularidad no puede ser reflejo de las políticas que invoca Bethell. Si la teoría de la selección natural contiene un criterio independiente de adaptación, entonces no es tautológica. Yo mantengo, tal vez inocentemente, que su actual y persistente popularidad debe tener algo que ver con su éxito en la explicación de la información, admitidamente incompleta, que poseemos hoy en día acerca de la evolución. Sospecho que tenemos aún Charles Darwin para rato.
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