Prólogo






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16 La gran muerte


Hace alrededor de 225 millones de años, a finales del período Pérmico, prácticamente la mitad de las familias de organismos marinos perecieron en el breve espacio de tiempo de unos pocos millones de años -un prodigioso espacio de tiempo para la mayor parte de los estándares, pero tan sólo unos breves minutos para un geólogo. Las víctimas de esta extinción en masa incluyeron la totalidad de los trilobites supervivientes, todos los corales primitivos, todas menos una de las líneas de ammonites y la mayor parte de los briozoos, braquiópodos y crinoideos.

La gran muerte fue la más profunda de varias extinciones masivas que han puntuado la evolución de la vida durante los últimos 600 millones de años. La extinción de finales del Cretácico, hace alrededor de 70 millones de años, ocupa el segundo lugar. Destruyó el 25 por ciento de las familias de animales terrestres dominantes, eliminándolos del planeta. Nos referimos a los dinosaurios y familia -dejando así el terreno libre para la implantación de los mamíferos y la eventual evolución del hombre.



Los dinosaurios de Fantasía de Disney, jadean hacia su extinción a través de un paisaje reseco. (© 1940 Walt Disney Productions).

No existe problema paleontológico que haya atraído más atención ni que haya producido mayores frustraciones que la búsqueda de causas para estas extinciones. El catálogo de propuestas ocuparía el espacio de una guía telefónica de Manhattan, e incluiría casi cualquier causa imaginable: aparición de montañas a nivel mundial, variaciones en el nivel de los océanos, substracción de sal de los océanos, supernovas, vastos influjos de radiación cósmica, pandemias, restricción de los hábitats, cambios abruptos del clima, y así sucesivamente. Tampoco ha escapado el problema a una cierta notoriedad pública. Recuerdo perfectamente mi primer contacto con él a los cinco años de edad: los dinosaurios de Fantasía, de Disney, jadeando hacia la muerte a través de un paisaje reseco con la música de la Consagración de la Primavera de Stravinsky de fondo.

Dado que la extinción del Pérmico deja pequeñas todas las demás, hace tiempo que constituye el centro de atención de todas las investigaciones. Si pudiéramos explicar ésta, la mayor de todas las extinciones en masa, podríamos encontrar la clave para comprender las extinciones en masa en general.

En el transcurso de la pasada década, se han combinado importantes adelantos tanto en la geología como en la biología evolutiva para aportar una probable respuesta. Esta solución se ha desarrollado tan gradualmente que algunos paleontólogos prácticamente no se dan cuenta de que su más antiguo y profundo dilema ha quedado resuelto.

Hace diez años, los geólogos en general creían que los continentes se habían formado en el lugar que ahora ocupan. Podían surgir grandes bloques de tierra, o hundirse, y los continentes podían “crecer” por agregación de cadenas montañosas en sus perímetros, pero los continentes no se dedicaban a vagar de acá para allá sobre la superficie de la tierra -sus posiciones habían quedado fijadas por los siglos de los siglos. A comienzos del siglo se había propuesto una teoría alternativa de deriva continental, pero la ausencia de un mecanismo para desplazar los continentes había asegurado su rechazo casi universal.

Hoy, los estudios realizados sobre los fondos oceánicos han dado con un mecanismo en la teoría de la tectónica de placas. La superficie de la tierra está dividida en un pequeño número de placas bordeadas de dorsales y zonas de subducción. En las dorsales se forma nuevo suelo oceánico al ser desplazadas porciones más antiguas de las placas. Para equilibrar esta adición, las partes antiguas de las placas son atraídas al interior de la tierra en las zonas de subducción.

Los continentes reposan pasivamente sobre las placas y se desplazan con ellas; no se “abren camino” a través del sólido suelo oceánico como proponían las teorías anteriores. La deriva continental, por lo tanto, no es más que una de las consecuencias de la tectónica de placas. Otras importantes consecuencias incluyen los terremotos en las zonas limítrofes de las placas (como la Falla de San Andrés que atraviesa San Francisco) y la formación de cadenas montañosas cuando colisionan dos placas que transportan continentes (los Himalayas se formaron cuando la “balsa” de la India chocó contra Asia).

Cuando reconstruimos la historia de los movimientos continentales, nos damos cuenta de que a finales del Pérmico se produjo una situación única: todos los continentes se aglutinaron para formar el supercontinente único de Pangea. En pocas palabras, las consecuencias de esta agregación fueron la causa de la gran extinción del Pérmico.

Pero ¿qué consecuencias y por qué? Tal fusión de fragmentos produciría todo un abanico de resultados, desde cambios climáticos y de la circulación oceánica a la interacción entre ecosistemas hasta entonces aislados. Aquí debemos volver la mirada a tos adelantos de la biología evolutiva -a la ecología teórica y nuestra nueva comprensión de la diversidad de las formas vivas.

Tras varias décadas de trabajo altamente descriptivo y en gran medida alfateórico, la ciencia de la ecología se ha visto enriquecida por enfoques cuantitativos que buscan una teoría general de la diversidad orgánica. Estamos obteniendo una mejor comprensión de las influencias de diferentes factores ambientales sobre la abundancia y la distribución de la vida. Hoy en día, multitud de estudios indican que la diversidad -el número de especies diferentes presentes en un área dada- se ve fuertemente influida, si no en gran medida controlada, por la propia cantidad de superficie habitable. Si, por ejemplo, contamos el número de especies de hormigas que viven en cada isla de un grupo de islas que sólo difieren entre sí en su tamaño (y por lo demás similares en propiedades tales como el clima, la vegetación y la distancia del continente), nos encontramos con que, en general, cuanto más grande sea la isla, mayor será el número de especies.

Hay un gran trecho entre las hormigas de las islas tropicales y el biota marino completo del Pérmico. No obstante, tenemos buenas razones para sospechar que el área puede haber interpretado un papel fundamental en la gran extinción. Si podemos estimar la diversidad orgánica y el área en diversos continentes), entonces podernos poner a prueba la hipótesis del control por el área habitable.

Debemos comprender antes de nada dos cosas acerca de la extinción del Pérmico y el registro fósil en general. En primer lugar, la extinción del Pérmico afectó esencialmente a organismos marinos. Las relativamente pocas plantas y vertebrados terrestres que vivían por aquel entonces no se vieron tan fuertemente afectados. En segundo lugar, el registro fósil tiene una fuerte tendencia en favor de la preservación de la vida marina en aguas poco profundas. Carecemos casi por completo de fósiles de organismos habitantes de las profundidades del océano. Así pues, si deseamos poner a prueba la teoría de que un área vital reducida interpretó un papel relevante en la extinción Pérmica, debemos volver la vista al área ocupada por mares poco profundos.

Podemos identificar, de modo cualitativo, dos razones por las que un aglutinamiento de continentes reduciría drásticamente el área de los mares poco profundos. La primera es geometría básica: si cada masa terrestre de los tiempos pre-pérmicos estaba rodeada de mares poco profundos, su unión a las demás eliminaría toda el área correspondiente a las suturas. Si hacemos un cuadrado único con cuatro galletas cuadradas, la periferia total queda reducida en un cincuenta por ciento. La segunda razón implica la mecánica de la tectónica de placas. Cuando las dorsales oceánicas están produciendo activamente nuevos suelos marinos para extenderse hacia afuera, entonces las propias dorsales se yerguen en lo alto, muy por encima de las partes más profundas del océano. Esto desplaza el agua de las cuencas oceánicas, se eleva el nivel del agua y los continentes se ven parcialmente inundados. Por contra, si la extensión disminuye o se detiene, los riscos empiezan a caer y el nivel de los océanos desciende.

Cuando colisionaron los continentes a finales del Pérmico, las placas que los acarreaban se “bloquearon” juntas. Esto impuso un freno a nuevas extensiones. Las dorsales oceánicas se hundieron y los mares poco profundos se vaciaron de los continentes. La drástica reducción del número de mares poco profundos no se vio causada por un descenso en el nivel del mar per se, sino más bien por la configuración del suelo marino sobre el que se produjo el descenso. El suelo oceánico no se hunde uniformemente desde la línea costera hasta las profundidades abisales. Los continentes de hoy en día están generalmente bordeados por una plataforma continental muy ancha de aguas persistentemente poco profundas. De la plataforma hacia mar adentro está la pendiente continental, de inclinación mucho mayor. Si el nivel del mar descendiera lo suficiente como para dejar al descubierto la totalidad de la plataforma continental, la mayor parte de los mares poco profundos del mundo desaparecerían. Esto bien podría haber sido lo que ocurrió a finales del Pérmico.

Thomas Schopf, de la Universidad de Chicago, ha puesto a prueba hace poco la hipótesis de la extinción por reducción del área vital. Estudió la distribución de aguas poco profundas y rocas terrestres para inferir los márgenes continentales y la extensión de los mares poco profundos en momentos distintos del Pérmico mientras se aglutinaban los continentes. Seguidamente, por medio de una revisión exhaustiva de la literatura paleontológica, contó el número de diferentes especies de organismos vivientes en el transcurso de cada uno de estos períodos del Pérmico. Daniel Simberloff, de la Universidad del Estado de Florida, procedió entonces a mostrar que la ecuación estándar que relaciona el número de especies con el área disponible se ajusta muy bien a estos datos. Más aún, Schopf demostró que la extinción no afectó diferencialmente a determinados grupos; sus resultados estaban dispersos regularmente entre todos los habitantes de aguas poco profundas. En otras palabras, no hay necesidad de buscar las causas específicas relacionadas con las peculiaridades de unos pocos grupos de animales. El efecto fue general. Al desaparecer los mares poco profundos, el rico ecosistema de tiempos anteriores del Pérmico pasó a carecer del espacio necesario para sustentar a todos sus miembros. La bolsa se hizo más pequeña y hubo que prescindir de la mitad de las canicas.

La respuesta no es sólo la cuestión del área. Un suceso tan trascendental como la fusión en un único supercontinente tuvo que tener otras consecuencias perniciosas para el precario equilibrio del ecosistema del período Pérmico. Pero Schopf y Simberloff han aportado evidencias convincentes para atribuir un papel importante al factor básico del espacio.

Resulta gratificante que haya surgido una respuesta al dilema destacado de la paleontología con producto colateral de excitantes adelantos en dos disciplinas relacionadas con ella -la ecología y la geología. Cuando un problema ha resultado insoluble durante más de un centenar de años, no es probable que ceda ante una mayor acumulación de datos recogidos al modo antiguo y bajo la vieja rúbrica. La ecología teórica nos permitió hacer la pregunta correcta y la tectónica de placas suministró la imagen adecuada de la tierra en la que plantearlas.

11. “El Oso” hace referencia a la constelación Ursa Major (La Osa Mayor) “El tres veces grande Hermes” es Hermes Trismegisto (nombre griego de Thoth, dios egipcio de la sabiduría). Los “Libros herméticos” supuestamente escritos por Thoth son una colección de obras metafísicas y mágicas que ejercieron una gran influencia en la Inglaterra del siglo XVII. Algunos los equiparaban con el Antiguo Testamento como fuente alternativa de sabiduría precristiana. Perdieron gran parte de su importancia cuando fueron desvelados como productos de la Grecia alejandrina, pero sobreviven en varias doctrinas de los Rosacruces y en nuestra expresión “cierre hermético”.

2 Escribí este ensayo en enero de 1976. Fieles a la admonición de mi último párrafo, varios colegas han cuestionado la atribución de las mandíbulas de Laetoli al género Homo por parte de Mary Leakey. Estos no plantean hipótesis alternativas, pero argumentan que las mandíbulas ofrecen un material excesivamente limitado para realizar un diagnóstico seguro. En cualquier caso, la afirmación básica de este artículo sigue siendo válida -por lo que sabemos a través de los fósiles africanos, el género Homo podría ser tan antiguo como los australopitecinos. Más aún, seguimos careciendo de evidencias firmes en torno a un cambio progresivo en el seno de ninguna especie homínida.

3 Me alejo aquí de la promesa que hice en la introducción de eliminar toda referencia tópica a la fuente original de todos estos ensayos -mi columna mensual en la Natural History Magazine, porque donde si no tendré la oportunidad de rendir tributo al hombre solo superado por mi padre en volumen de atenciones durante mi juventud; él y los Yanquees fueron para mí una gran fuente de placer (incluso tengo una pelota que perdió en una ocasión DiMaggio).
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