Resumen Este artículo revisa los modelos del poder de Maturana, Canetti, Foucault y Zizek, con el propósito de reflexionar sobre el Estado, la libertad y la sociedad decente






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Cinta de Moebio No. 14. Septiembre 2002. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Chile http://www.moebio.uchile.cl/14/frames06.htm
Los Estatutos Epistemológicos del Poder
Juan Félix Burotto Pinto. Abogado. Profesor Asociado Universidad de Los Lagos Puerto Montt, Chile
Resumen
Este artículo revisa los modelos del poder de Maturana, Canetti, Foucault y Zizek, con el propósito de reflexionar sobre el Estado, la libertad y la sociedad decente.
Palabras claves: Poder, Maturana, Canetti, Foucault, Zizek
Recibido el 24/Ene/2002.
Abstract
This essay reviews the model of power from Maturana, Canetti, Foucault, and Zizek, in order to think the relationship between the State, freedom and decent society.
Key words: Power, Maturana, Canetti, Foucault, Zizek
Nota: Texto íntegro de la ponencia presentada en Buenos Aires el 6 de noviembre de 2001, en el marco del VI Congreso Internacional del Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD).
Introducción
Es con seguridad un tema complejo el que plantea esta ponencia en la lectura de su título: la propia expresión "estatuto(s) epistemológico(s)" es un atolladero... epistemológico en sí mismo; y, de otra parte, nada tan violenta y gruesamente enigmático como la palabra poder. Quisiera que se escuchase lo anterior como pergeño desde la extrema extrañeza de un tema aparentemente familiar y que se disuelve abruptamente en teorizaciones tan vastas cuanto, en muchos casos, bastas. En efecto, lo epistemológico que desde el dictum aristotélico se contrapone a la doxa y, obviamente, hace sucumbir deseablemente a la segunda en aras de la primera. Claro, cuando eso sucede Uno puede proclamar urbe et orbi que estamos en los fastos de un discurso sobre saberes en busca de la verdad y que, por lo mismo se ha empinado por sobre la mera opinión y, pese al entusiasmo, uno puede permanecer en un discurso con apariencias de rigor pero que, tramontando el enunciado, fracasa a la hora de la enunciación – entendida ésta como proceso semiótico. Se podrá manifestar, sin demasiada astucia, que ello es la exteriorización de la coyuntura algo trágica de las ciencias sociales o humanas y ello es plausible. No obstante lo anterior, a la hora de perspectivizar el objeto, el poder, llegamos a un máximo de dificultad teórica, ya que el objeto poder deambula posiblemente en los tres registros que nos enseñara Lacan, el Real, el Simbólico y el Imaginario o, desde otras ópticas, entre la realidad y la ficción, entre el icono de su re-presentación y el efecto sensible de su presencia.
Me gustaría, entonces, dejar como ostensibles estas dificultades para las que, ustedes bien lo saben, tengo abundante compañía. Debo añadir que quizá si sea más ético intentar el no resolverlas sino que ellas permanezcan combustibilizando el texto, en la misma afortunada búsqueda que formulaba Henri Atlan, acerca de ruido como principio auto-organizador (du bruit comme principe d'auto-organisation). Esta invocación del ruido puede parecer un poco aventurada y, sin embargo, puede no serlo tanto, justamente, en el marco de este VI Congreso Internacional del CLAD sobre Reforma del Estado y de la Administración Pública en donde hacemos ruido con una voz y una letra que invitan a no creer que el Estado y la Administración pública y el pensamiento sobre sus reformas se alejan de la esencia del poder o, tanto peor, que ellas manejan el poder. De esta suerte, lo que propongo es lisa y llanamente la producción de un dispositivo ruidoso que, deliberadamente puesto al margen, puede contribuir al estudio del sempiterno convidado de piedra tenaz y tremendo que muchas veces pretendemos hacer sucumbir en la discursividad tecnificada de la doctrina y la técnica.
Para no crear las anticipadas resistencias o entusiasmos ante este producto textual de filosófica consistencia debo apresurarme a manifestar que suscribo la modestia de Richard Rorty el que expresara, en un periódico parisino, que la única misión del filósofo no es otra que la de colaborar con aportaciones mínimas al trabajo de los hombres de acción: inteligente forma de no adquirir el indebido e infructuoso protagonismo de una filosofía y de unos filósofos hoy, felizmente, periclitados. Para recordarlo a la letra: "Les intelectuels doivent cesser d'adopter une actitude critique radicale envers les institutions de la societé". Es nuestra postura y es nuestro ánimo. Continuemos.
1. Modelos y Apuestas

El poder podría ser presentado, ya lo escribíamos, como una suerte de máxima dificultad teórica en tanto éste deambula por los increíbles registros posibles que están (?) al alcance del sujeto humano. De alguna manera, nada ni nadie aseguran la pertinencia de lo expresado. No obstante, todos, incluso los que deliberadamente renunciaran a cualesquiera aproximaciones ideológicas podrían, más allá o más acá de los cenáculos, sentir su presencia, la presencia omnívora del poder. Lo de omnívoro es una cuestión de apreciación muy, pero muy personal. Mi opinión en que lo que acabo de mentar es, justamente, una de las maneras en que el poder se hace presente, esto es, en su solapada existencia o, mejor todavía, en su soterrada insistencia. De una vez: el poder insiste para poder existir o, sin ningún género de dudas, para ser.
A esta altura de la relación se podría reclamar -habida consideración de la nombración de la augusta palabra epistemología- en qué poder estamos pensando. El injustamente no tan celebérrimo Elías Canetti en su "Masse und Macht" enuncia en el epílogo de su opus magnum "¡Qué Gengis Khan! ¡qué Tamerlán! ¡qué Hitler! Comparadas con nuestras posibilidades ¡lamentables aprendices y chapuceros!". Es una tremenda aproximación, así, sin más. Este texto, sin afanes oraculares ni expresos ni tácitos, reserva una definición para el comienzo de la sección final.
Por cierto: nadie trabaja el tema acuciante del poder desde su definición; antes bien, cómo lo afirmábamos, lo hacen desde sus efectos. Para alivianar las incógnitas - no es el afán del texto el ser un generador de las mismas - se afirmará, desde ya, que del poder no se tiene, por estos rumbos, demasiada buena opinión. Asuntos de maestrías, asunto de influencias, sí, todo puede ser, pero, sobre todo y de inmediato, asunto de cargas y dolores ignaros, de doblegamientos sin cuentas, de aherrojamientos tremendos y, también, silentes.
Desde luego, para un habitante chileno, el asunto se traduce, en el hic et nunc, en un doblegamiento de los afanes más obvios y elementales: algo de justicia en derechos humanos, algo de equidad en la redistribución del ingreso, algo de algo en materia de ciudadanía en su participación más elemental y no el de la retórica que provee mecanismos para permear a los sujetos de un consuelo persuasivo.
El primer gesto epistemológico, antes que nada, es atreverse al gesto de la escogencia de los modelos que pretendan -ningún agente de la debida prudencia podría marcar aquí una axiomática en estos campos textuales- alumbrar el abigarrado panorama de los que ordenan y los que, ¡ay!, obedecen sin más, de los que subyugan y de los subyugados. Por cierto, ya no estamos más en los fastos que domeñaron a Espartaco. Estamos -y es una maligna imagen en los linderos que abrigan ese ámbito de "1984" o, quizá, de "The brave new world": maligna imagen en tanto la contra-utopía se diseña como eso, un lugar sin espacio posible, un amagamiento de toda desesperación fructífera.
Para esta elección hemos prescindido de modelos perfectamente inocuos, sancionados por nuestra visión universitaria. Los universitarios de mi país tenemos la pretensión que la fórmula inocente nos permite apendizarla de contenidos que metamorfosearan la extrema prudencia. Se prefiere aquí el error, ese ruidoso error, para sin demasiados aspavientos lograr mellar, precisamente, una pseudoepistemología de lo conjetural, es decir, de todo lo que impúdicamente rotulamos como humano o social. Escribamos.
a) Un proto-modelo. Sociedad Patriarcal versus Sociedad Matrística
Humberto Maturana y adláteres conforman una suerte de meta-relato (en el bien conocido significante de J.-F.Lyotard) con apoyos (?) arqueológicos. Había una vez, en un tiempo que dura cinco milenios en una geografía europea, una sociedad notable: en enclaves grupales perfectamente organizados los hombres y las mujeres formaban una sociedad informada por un espíritu que, ahora, nos parece novedoso. Consistía en que, "naturalmente", tal organización se articula y articula a los individuos en torno a lo que se da como más cercano - es la apuesta- a lo consustancial de lo humano: la calidez de lo materno, el cobijo de lo femenino, la dulzura del cáliz, por recordar a una exitosa discípula. En esta sociedad-cultura, la clave está en que su naturalidad supuesta funciona en tanto la gratificación es tal que sustentabiliza en un decurso en donde no existen las grandes religiones -para conservar una expresión de Elías Canetti, propondríamos "religiones de lamentación"-, hay tan sólo espíritus totémicos que corroboran un sentido ya hallazgado, un sentido de lo humano con el apoyo fundante de una solidaridad que se retroalimenta en su resultado fiable y viable. ¿Y el poder? Aparece como repartido de manera tal que se esfuma en su efecto de poderío. Simplemente, hay una sociedad que va por sí misma sin demasiado conflicto. ¿Sociedad idílica? Seguro, si uno se refugia en la creencia en su existencia Maturana et alia lo saben y no retornan más allá de la mera reprodución fantasiosa y ucrónica de su deber ser. La sociedad-cultura matrística se conmociona: deprivada de sustentación material, los matrísticos avanzan fuera de sus fronteras en busca de alimento. Es un desbordamiento trágico. Fuera del primigenio territorio, el colectivo nómade enfrentará, más temprano que tarde, a quienes, extraños a su conducta societaria, le hará sucumbir con armas novedosas o, parcialmente, lo transformará en unos nuevos siervos de la vocación patriarcal que, al través de sus representantes, termina de sufrir.
Lo que resta, entonces, es el silencio -para parafrasear a Shakespeare-, un silencio que prefigura la memoria imaginaria que, a su turno, convoca un modelo ideológico; este modelo ideológico o proto-teórico que se podría descomponer en la cupla Presencia /Ausencia, en la insistencia de la sociedad y cultura patriarcales versus la partida sin retorno de la sociedad y cultura matrística. De ahí en más, ha nacido la competencia por y en el poder que jamás podrá sino ser morigerado; del poder difuminado de la consistencia solidaria del colectivo al poder opresivo per se e in se.
b) El modelo ternario de Canetti. Miedo-Masa-Poder
Aquí la cosa temática es distinta: existiendo una recurrencia histórica-antropológica y la abundancia bibliográfica la obra de Elías Canetti "Masa y poder" publicada en Hamburgo en 1960, no cabe ni la menor duda que se está ante un ejercicio teórico pese (¿o gracias?) a la combinatoria de los datos que se diluyen en algo así como largos aforismos cercanos a la alegoría antes que a una secuenciación lógica. Con todo, si apelamos a la ficción como sustrato de la escritura canettiana deberemos admitir que hay un planteamiento irreductible y riguroso: todo ser humano tiene miedo al contacto del otro; al tratar de dominar este miedo al extraño encuentra que la única salida posible está en mezclarse con el otro, abdicando inapelablemente de una parte importante de su mismidad. Escribe Canetti:"Sólo inmerso en la masa puede el hombre redimirse de este temor al contacto". Más adelante plantea, "esta inversión del temor de ser tocado forma parte de la masa." Lo que sigue en el texto será la creación de una vasta serie de morfologías mediante las cuales se manifiesta la masa, las que sería muy largo de enumerar y describir en esta ponencia. Baste expresar, en cualquier caso, que son altamente controversiales en tanto cuanto arbitrarias pero que, sin embargo, funcionan como dispositivos para lecturas posibles de un fenómeno harto poco estudiado, como lo es el comportamiento de las masas en sí mismas. Implícitamente, por fin, el poder se genera en la permeación de la consciencia de los sujetos merced a que han perdido algo de ella en su estadio de masa o de ser-en-la-masa. Es un poder que manda con órdenes que relevan el temor primario del contacto a ser tocado por lo desconocido pero que se apuntala en el miedo a morir en el poderío del agente del poder. Cabe rescatar otro texto, el final, de nuestro autor: "Quien quiera reducir el poder, debe mirar la orden de hito en hito sin temor y encontrar los medios para despojarlo de su aguijón".
c) El poder que sabe: Foucault
Es casi un abuso intelectual el tratar de reducir, para hacer este mosaico, el pensamiento de Foucault, habida consideración, además, que no se conoce la totalidad de su profusa escritura. No obstante ello, la aniquilación que Foucault hace de los modelos clásicos de la modernidad podría ser evocada por su indesmentible contundencia. Básicamente, se trata de establecer que el poder no puede ser mirado como otrora se miraba, por una consideración que se encabalga en un pensamiento nodal del autor: el hombre, ese nacido en la Modernidad, ha muerto, como lo plantearía en su primer éxito mundial, "Les mots et les choses". Consecuente con este primigenio aserto, el discurso foucuaultiano, en este desplazamiento de lo antropomórfico, tendrá las señales o signos de un vocabulario tecnificado y tecnificante que transitará como en la ausencia de lo humano, lo que facilitará la visualización del poder como "una vasta tecnología que atraviesa el conjunto de relaciones sociales; una maquinaria que produce efectos de dominación a partir de un cierto tipo de estrategias y tácticas específicas" como resume Héctor Ceballos Garibay, acaso uno de los mejores lectores del francés. Sin embargo, es imperativo marcar algunas diferencias rotundas de Michel Focault con el pensamiento tradicional sobre la estructura y ser del poder -habida consideración que estamos ya en los fastos de la vacancia a toda invocación a lo mítico y/o histórico, sea éste deliberado en una ficción o asumido como en una creencia-.
Primeramente, en el discurso del filósofo parisino, el poder no reprime al sujeto humano, no se mantiene ni se prolonga hacia el futuro en base a la represión, sino que, al revés, le inyecta o inocula unos ciertos saberes. Estos saberes normalizan al sujeto, lo transforman en normales. Esta normalidad es el arma notable del poder para ejercer sus potestades y, por fin, existir como operador de dominancia. La otra diferencia fundamental podría tentativamente denominarse de las fracturas en las iconografías imaginarias del poder. En efecto, toda evocación al poder se estipula en el esbozo de ciertas figuras geométricas, pirámides, círculos u otras de idéntica evocación euclidiana, con las cuales se puede "observar" las clases sociales, la estratificación del Estado o el poder dicho económico. Todos ellos como detentados -según sea el esquema ideológico- del poder: Foucault fractura tales representaciones espaciales estratificadas para entender, desde los escombros y pulverizaciones tras la explosión, que el poder no es de nadie sino de quienes lo ejercen desde cualesquiera puntos del espacio ahora vacío de los despanzurrados constructos.
Es difícil, sino inútil, buscar otro autor que indague con mayor profundidad en la temática del poder. Con todas las contradicciones evidentes en la obra de Foucault ella es simplemente decisiva a la hora de plantear no sólo investigación sobre las auténticas configuraciones del poder sino también, más allá, como un apuntamiento en una epistemología sobre el poder que, como se adivina no es lo mismo.
d) El poder como efecto de la ideología: de Althusser a Zizek
Este último modelo interesa, por sobre toda otra consideración, en tanto disuelve ese "espejismo inquietante" (Ceballos Garibay) que es el poder. Lo que interesa a Zizek es reinterpretar a la luz de la enseñanza lacaniana todo una corriente de pensamiento que partiendo en Hegel deviene en Lacan y en el marxismo althusseriano. La focalización de tales herencias y enlaces interesa por un objeto nada pueril: la ideología. Desde la constitución de la ideología, tal y como la conocemos a partir de "Die Deutsche Ideologie" de Marx, ella no es sino ese velo o dispositivo que impide hacer un cabal abordaje de la realidad por parte del sujeto humano. Althusser refinará el concepto haciendo hincapié en la dupla ideología - teoría poniendo eso sí tal lucubración en un intertexto en que se divisa la figura del sujeto humano concebido por Lacan: un sujeto que habla pero que, sin saberlo, es también hablado por su inconsciente. El sujeto, tiene una ficción de yo, está recorrido así por la cultura que lo entrampa, recordando de manera continua y no siempre obvia el fundante texto freudiano "El malestar de la cultura". Slavoj Zizek heredero de Lacan pone el énfasis en el concepto de ideología, entonces, pero como falso apoyo a ese sujeto escindido que entregara Lacan. Es allí, en la ideología actuando sobre tal sujeto, en donde se asienta la posibilidad de un poder que, como en todas las modelizaciones anteriores, de Maturana a Foucault, es un dispositivo opresor del sujeto.
Tenemos, frente a nosotros, cuatro modelizaciones para pensar el poder que se apartan de las que politólogos y sociólogos han usado corrientemente. Su mérito principal estriba en descomponer, precisamente, una visión que de tan repetida puede caer si no siempre, a menudo, en el opinionismo y la doxa. Convendría no olvidarlas. Pero, habiendo la ponencia entreabierto, aunque fuese por la pura comparación entre ellas, la eventual vulnerabilidad de sus estructuras cabe de nuevo retomar el asunto de los estatutos epistemológicos para el estudio del poder. Desde allí volver a leer: de ese desafío se trata ahora nuestro quehacer.
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