1. Algunas concepciones incompletas e insuficientes sobre la naturaleza de la comunidad religiosa






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fecha de publicación15.07.2015
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EL MISTERIO DE LA “COMUNIDAD” *

J. M. TILLARD, OP

Entre los puntos esenciales de la renovación evangélica de la vida religiosa y de sus instituciones, debemos mencionar una nueva toma de conciencia de la naturaleza de lo que llamamos “comunidad religiosa”. Esta toma de conciencia nos parece tan importante, que no vacilaríamos en afirmar que -de hecho- está subyacente en todo auténtico esfuerzo de retorno al Evangelio. Las tensiones actuales (que se harán más graves si no nos decidimos a considerarlas de otro modo que como crisis de obediencia o una rebelión del espíritu de independencia) solo encontrarán una verdadera solución en la medida en que se estudien a la luz de una auténtica teología del misterio de la comunidad religiosa. Nos agradaría presentar en estas páginas algunas nociones capaces de suscitar una reflexión en tal sentido.

1. Algunas concepciones incompletas e insuficientes sobre la naturaleza de la comunidad religiosa

Comencemos por limpiar el terreno eliminando una tras otra, algunas concepciones corrientes, pero que nos parecen gravemente insuficientes.

La concepción “utilitarista”

En primer lugar, la concepción que, en sentido estricto, llamaremos “utilitarista”, Es tal vez la más difundida actualmente, favorecida por una cierta teología global de la “vida religiosa”.

La comunidad se presenta casi -únicamente como un medio excelente que proporciona a cada religioso lo que necesita para alcanzar su santificación personal. Se entra al convento para buscar al Señor con más ardor, para adoptar un cierto género de vida que es como el clima normal de la santificación deseada; y la finalidad de la comunidad es proporcionar esos medios de perfección. Las Constituciones, las directivas de los superiores, los contactos fraternos, el compromiso generoso en determinada línea de acción eclesial, modelan poco a poco en el religioso fiel la imagen del cristiano perfecto que se ha propuesto realizar durante el tiempo de su Pascua terrenal. ¿Quién osaría decir que esta concepción es falsa? Expresa por el contrario, uno de los aspectos esenciales del misterio de la vida religiosa: la búsqueda realista de una identificación cada vez mayor con Cristo Jesús. De hecho, la institución religiosa es un don de la misericordia divina, un camino que el Señor propone a sus hermanos para permitirles realizar con mayor intensidad la vocación grabada en ellos por el acontecimiento del bautismo.

Sin embargo, no nos sentimos satisfechos ante una teología de la comunidad religiosa centrada únicamente en esa dimensión de “medio de perfección”. ¿No corremos el riesgo de caer en el individualismo? ¿De reducir la comunidad aun conglomerado de cristianos donde cada cual busca por su cuenta la perfección, llegando incluso a hacer de su “servicio eclesial” (en la línea específica de su Orden o Congregación) un medio al “servicio de su progreso” en la santidad personal?

Vayamos aún más lejos: dentro de tal perspectiva ¿qué hacer cuando nos damos cuenta de que las estructuras propias ya no están adaptadas que así no pueden responder realmente a su finalidad, que en otra parte (incluso aún fuera de la vida religiosa) la perfección evangélica puede tal vez encontrarse con la misma intensidad? Reconocemos aquí las preguntas que se hacen hoy con angustia tantos religiosos. Podemos también hacernos -teológicamente- otra pregunta más plena aún de consecuencias: dentro de este enfoque, la caridad común. ¿es considerada sobre todo como el fruto de la santificación de cada uno? De este modo ¿se respeta suficientemente el hecho de que, en la Iglesia, la caridad debe ser el clima en que se desarrolla toda vida bautismal? ¡Son preguntas importantes! Sin duda (lo repetimos para evitar cualquier equívoco) la comunidad religiosa es realmente un medio de salvación ofrecido a los hombres y esta cualidad es esencial a su ser. Pero ¿es solamente eso? ¿No es, ante todo, otra cosa? Tal como la Iglesia, al mismo tiempo que medio de salvación dado a los hombres por el “Agape” del Padre, es ante todo otra cosa.

La concepción “compensadora”

Otra concepción (también la caricaturizo un poco para que se aprecie mejor su insuficiencia es la de una vida común “compensadora”. Se fundamenta en una frase evangélica: “... Nadie deja casa, mujer, hermanos, parientes e hijos por causa del Reino de Dios sin que reciba mucho más en esta tierra y la vida eterna después” (Lc 18, 29-30) o según la versión de San Marcos: “Que no reciba el ciento por uno ya en este mundo, en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones, y en el siglo venidero, la vida eterna” (Mc 10 ,30). El texto evangélico es de difícil interpretación y parece designar ante todo los nuevos lazos espirituales que ligan entre si y de un modo que ya de perdurar en la eternidad, a los que aceptan incondicionalmente el Evangelio del Señor (cf. Mc 3, 34-35). Pero cuando se aplica a la vida religiosa, generalmente se lo distorsiona porque se considera a la comunidad en sí como el céntuplo, encarado en una perspectiva de recompensa. El religioso se ha despojado materialmente de todo, pero encuentra indirectamente en la comunidad -y muchas veces notablemente acrecentado- todo aquello que, en su generosidad había abandonado. El caso más típico es evidentemente el del voto de pobreza: se renuncia a poseer personalmente los frutos del trabajo propio pero se beneficia uno del trabajo de todos los demás, lo que frecuentemente ocasiona un estado de bienestar material y espiritual superior al que se podría lograr solo. En el plano de la obediencia el razonamiento es más sutil: se abandona el propio juicio en las decisiones más importantes de la vida (lo que es doloroso) pero, por eso mismo, puede uno apoyarse en el juicio de los superiores y en su responsabilidad, dado “que los superiores pueden engañarse, pero uno nunca se engaña obedeciendo”. En cuanto al voto de castidad, esperamos que la amistad y la delicadeza del afecto de la vida fraterna compensen ampliamente la gran herida que causa en nuestro corazón la aceptación generosa del celibato.

Repitamos nuevamente que este modo de ver no es falso, por lo menos como intuición de base: tal como la Iglesia respecto al bautizado, así la comunidad religiosa es para el religioso un “ir más allá” de la pequeñez y pobreza de su don, por más total que éste sea. Sin embargo este concepto parece insuficiente para quien busca situar la institución religiosa en la plena luz del Evangelio. Puede incluso parecer opuesto al impulso profundo que define no sólo el hecho de la profesión religiosa, sino fundamentalmente el de la fe. El “sí” dicho a Cristo -si es verdadero y absoluto- (y esto es lo que el religioso busca) es incondicional y se apoya, no en una recompensa inmediata, incluso parcial, sino en una promesa del Reino futuro. No se ingresa en una comunidad para encontrar seguridad material, se entra, por el contrario, para despojarse, dejando que el despojamiento de Cristo nos penetre. Y en la medida en que experimentamos existencialmente que todo parece hundirse bajo nuestros pies, podremos realmente volvernos hacia el Señor y gritarle con nuestra carne y nuestro espíritu: “Señor, solo cuento contigo, me entrego solo a Ti, eres mí único tesoro”.

La concepción “acumulativa”

En esta misma línea podemos situar otra concepción deficiente de la vida religiosa, la concepción “acumulativa”. Parece difundirse hoy en ciertos medios. Uno se da a Dios, escoge libremente el estilo de vida evangélica propio de la profesión religiosa, con sus votos y sus exigencias características. Pero, dentro de esta vida, quiere recuperar también poco a poco los elementos característicos de otras formas de existencia cristiana. Olvida que toda elección, en cualquier dominio que sea, exige, si se quiere llegar a una obra de calidad, el abandono de ciertos valores positivos que reclamarían para sí una buena parte de las energías. Cuando el jardinero corta con la podadora algunos brotes, a fin de permitir que aquellos que parecen más promisorios se desarrollen mejor, escoge entre valores positivos, renuncia a ciertas flores o a su belleza, pero consiente en ello porque busca una cierta calidad floral. El ejemplo es incompleto, pero nos parece muy gráfico. Hay en la vida cristiana del laico, valores evangélicos de primerísima importancia, muchas veces tan hermosos como los que se pueden encontrar en la vida religiosa más fiel. El compromiso apostólico de ciertos militantes tiene una dosis de heroísmo cristiano que debe avergonzarnos a nosotros, que tantas veces vivimos al amparo de nuestras observancias o de nuestros conformismos. El amor ardiente a la creación y al trabajo en las estructuras del mundo, que es comunión con el acto creador del Padre se insertan en el corazón mismo de la vocación bautismal. Debemos mirar todo eso con admiración y amor, curarnos para siempre del fariseísmo un tanto maniqueo que tantas veces nos impulsa a desprecios que nada tienen de cristianos. Sin embargo, no es introduciendo en el interior de la vida religiosa las actividades propias del laico comprometido en las estructuras temporales como espeso, militante o testigo, que conseguiremos darle vigor. Se llega así a una solución ilegítima. Muchas veces se cae incluso en una forma odiosa de egoísmo: libres de la preocupación de un hogar, de criar, de asegurar un futuro material, de educar una familia, procuramos sin embargo conseguir todo el halo de alegría y de estilo de vida social de la familia, que equilibra esas preocupaciones. La comunidad religiosa no puede estar jugando a sociedad mundana, porque entonces se convierte en un “cenáculo de solterones”.

Pero también aquí hay que comprender bien. Nuestras comunidades religiosas deben (y esto nos parece una necesidad urgente, categórica, una condición “sine qua non” no solo de supervivencia sino sobre todo de fidelidad a Cristo) convertirse al hoy del designio de Dios, abrirse con lucidez a todos los llamados del Espíritu que proceden de todas partes, emprender con valor y realismo una auténtica reforma. Deben entrar realmente en nuestro tiempo. Incluso sí eso les exige un cambio considerable de la legislación, de actitudes y de mentalidad. Pero esta conversión no se opera de manera acumulativa, limitándose a revestir de vida secular las estructuras religiosas , acumulando a lo que suele llamarse “el mérito de los votos”, las “ventajas de la vida en el mundo”. La exigencia es mucho más radical: reasumir la vida religiosa desde su raíz, considerarla en lo que tiene de propio e insustituible, definir con nitidez su función característica en el seno de todas las formas eclesiales de vida y ver cómo puede realizarse ese, en el hoy de la Iglesia. Es una reforma que se realiza en el interior de la propia vocación y para ella, no una reforma realizada por la superposición de dos vocaciones distintas.

La concepción “pragmática”

La última concepción insatisfactoria es la “pragmática”. Generalmente difundida entre los responsables de la pastoral eclesial -Obispos, directores diocesanos, responsables de los organismos de ayuda misional- que entre los institutos religiosos. La comunidad representa una suma considerable de energías apostólicas que los votos de religión ponen en estado de disponibilidad radical y que por tanto pueden ser fácilmente “utilizadas”. Repitiendo una expresión que oímos con frecuencia en las sesiones del Concilio, los religiosos deben estar prontos -en virtud de su propio ser de religiosos- para “responder a las urgencias”. Así por ejemplo, cuando en una iglesia local, el número de vocaciones sacerdotales baja de modo alarmante, se impone que los religiosos clérigos se ocupen de la parroquia al igual que los hermanos conversos. O también se pide a la Comunidad de Hermanos de enseñanza que cierren sus colegios para consagrarse a obras de evangelización más directas.

También aquí debe hacerse un juicio matizado. Es verdad que la Comunidad religiosa está fundamentalmente al servicio de la Iglesia y que ese servicio exige necesariamente el respeto de las urgencias. Las diversas comunidades no son pequeños círculos cerrados dentro de la gran comunidad eclesial, nódulos impenetrables. Son, por el contrario, de la iglesia local, están en la iglesia local y son para la iglesia local. Esto supone una comunión no solo teórica sino también práctica y concreta con las situaciones reales de esa iglesia y con los esfuerzos de los responsables.

Sin embargo, para que esta comunión sea fructífera, para que de realmente a la Iglesia la savia evangélica en plenitud, debe realizarse en el respeto de las diversas vocaciones y funciones. Quien dice comunión, no dice uniformidad, sino complementariedad. El matiz nos parece de capital -importancia. Sí no lo percibimos, corremos el riesgo de aventurarnos en callejones sin salida. La comunidad religiosa no es una colección de apóstoles indiferenciados a los que puede enviarse a derecha o a izquierda, según las necesidades del momento. Si vive en la fidelidad a su profesión, está ya enteramente consagrada a un servicio eclesial bien específico, en una línea caracterizada por lo que llamamos su “fin propio”. Pero vayamos aún más lejos. El servicio que debe prestar a la Iglesia. ¿No es más amplio y en sus rasgos esenciales, de otro orden que el de una posibilidad de utilización? En otras palabras, la Comunidad es ante todo y esencialmente una reserva de dinamismo apostólico, un organismo útil a la acción eclesial, un equipo de especialistas liberados de toda obligación y por tanto, enteramente disponibles para la difusión del Evangelio. La misma Iglesia, de la que es una célula viva. ¿Está también únicamente al “servicio del Evangelio”, aunque ese servicio pertenezca a su propio ser? ¿No existirá un plano más profundo y por tanto más esencial, sobre el que se apoya este servicio y del que extrae su fuerza y su dinamismo?
2. La Comunidad religiosa, signo y revelación de la comunión eclesial en Jesucristo

Estas diversas concepciones de la comunidad religiosa nos han parecido insuficientes e incompletas, incapaces de servir de base a una auténtica renovación de la vida religiosa. ¿Por qué? Simplemente porque se sitúan muy superficialmente y en lugar de buscar el lugar preciso que la comunidad ocupa en el designio de Dios, tratan de encontrar lo que los hombres desean de ella. Es éste un mal método y puede conducir a un callejón sin salida. El principio de toda interrogación de la Iglesia sobre sí misma solo puede ser éste: ¿Qué soy yo delante de Dios, qué es lo que el Padre exige de mí? ¿Qué es lo que quiere que llegue a ser para que los hombres puedan descubrir en mi el verdadero rostro de su amor?

La comunidad es un misterio

Ahora bien, a esta luz, la Comunidad se manifiesta como un misterio dentro del misterio de la Iglesia de Dios. Entendemos aquí por misterio, no el sentido corriente de algo impenetrable, destinado a permanecer siempre oscuro, sino el que le da San Pablo, para quien el “mysterium” es el designio secreto del corazón del Padre, oculto en El desde toda eternidad y revelado finalmente al mundo en la muerte y resurrección de Jesús (Rom 16, 25-27; I Cor 2, 7-16; Ef 1, 3-14; 3, 7-13; Col 1, 25-28; 2, 2-3). La Iglesia es ya, en su ser profundo de comunión de vida, de “koinonía” la realización de ese “mysterium” : al participar de la Pascua de Jesús, los bautizados pasan “en Él, por Él y con Él” a la vida del Padre, devienen “hijos adoptivos”, portadores ya de los bienes que el corazón de Dios reserva para los que ama. La comunidad religiosa se sitúa aquí como un signo, un “sacramento” que revela en primer lugar a la Iglesia y luego al mundo, que el misterio de fe ya ha sido introducido en la historia de los hombres.

Si tomamos en serio el pensamiento de San Pablo y el de San Juan, descubriremos efectivamente que la comunión eclesial (la “koinonía”) no es una realidad que debemos realizar sobre todo por la fuerza de nuestras virtudes, antes de poder gozar de ella por toda la eternidad, en la gran comunión fraterna de la Iglesia triunfante. Es una realidad que ya se cumplió en y por el Cristo Señor. En páginas conmovedoras, San Pablo nos dice que, por su Cruz que lleva a la Resurrección, Jesús re-creó en El la unidad rota por el pecado: unidad de los hombres con el Padre, unidad de los hombres entre sí: “estableciendo la paz, reconciliando a judíos y gentiles en un solo cuerpo, con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí mismo a la enemistad” (Ef 2,16).

Jesús resucitado, Señor de la Iglesia, lleva, en sí la fraternidad de los hombres, su comunión (en las dos dimensiones de comunión con el Padre y de comunión con los hermanos). El Espíritu Santo que El envía tiene precisamente como actividad esencial difundir poco a poco, derramar en la humanidad ese misterio cuya fuente es Jesús y solo Jesús. Cuando por el Bautismo entramos en el plan de la Salvación, entramos en esa comunidad y en esa fraternidad: devenimos hijos adoptivos del Padre, al ser “miembros de la Iglesia”, hermanos de Jesucristo, hermanos de los santos. La comunión y la fraternidad que marcan la línea horizontal, aparecen pues a la luz de esta teología -esencial y radicalmente- como un don, un regalo del Padre de quien Cristo Jesús es al mismo tiempo el único agente (en su entrega al servicio del designio del Padre) la única causa y el único poder (en el Espíritu Santo que Él nos da). Es esta la señal por excelencia del amor de Dios por nosotros: nos introdujo gratuitamente en la fraternidad de Jesucristo, su único Hijo. La Eucaristía dominical, que nos reúne a todos en la comunión sacramental con el único indivisible e indiviso cuerpo resucitado del Señor, explicita y arraiga este misterio.

Pero la Eucaristía no es solamente un rito pasajero, algunos minutos vividos juntos en la participación de un mismo culto. Como todo sacramento, debe pasar a nuestra vida y sus efectos tienden precisamente a actualizarse en el destino de los hombres. Aparece así, en el seno de la comunidad eclesial, la comunidad religiosa. Esta debe ser simplemente la demostración, el paso, la manifestación, la epifanía más perfecta posible del don fundamental: en Jesucristo y solo en El, Dios Padre hizo a los hombres el don principal y el único necesario, la “koinonía”. Sembró en el mundo la semilla de la verdadera fraternidad fundada en la pertenencia al Hijo Unigénito del Padre. Esa semilla se ha dispersado aquí y allá por el universo de los hombres, sus efectos están a menudo ocultos por las múltiples tareas ordinarias que obligan a los cristianos a separarse, para ser fermento en la masa. Solo la asamblea dominical manifiesta más intensamente la realidad. La Comunidad se propone, por medio de un estilo de vida cristiana especial, hacer más viva y más continuamente perceptible esa presencia. Por tanto, debe ser signo de la comunión eclesial en cuanto ésta es don del Padre dado a los hombres en Jesucristo.

Los votos, signos de comunión

Esto entraña grandes exigencias. De hecho, toda la Iglesia está así comprometida. El centro de esas exigencias son los votos de religión. Más que privación, holocausto, son medios para realizar una mayor fidelidad evangélica, son testimonios y signos. Expresan, explicitan, en una vida y en una carne humanas el hecho de que la “comunión de fraternidad” de la que intenta ser una célula viva proceden fundamentalmente solo de Dios, en Jesucristo. Porque por la castidad libre y alegremente asumida, la comunidad toda proclama que el amor que la une no llega a través de las llamadas de la carne (que son, sin, embargo, buenas, cuando la gracia las acompaña) sino que procede de la acción del Espíritu que graba en cada uno los rasgos de Cristo. Por lo demás, no hemos elegido nosotros a nuestros hermanos en religión, sino que Dios mismo ríos los da, y si procuramos amarlos cada día mas intensamente, no es porque humanamente nos agraden, sino porque Dios Padre ha hecho de ellos hermanos nuestros, dándoles también la gracia de la comunión. Si fuéramos nosotros quienes eligiéramos a nuestros hermanos, bien pronto las comunidades se dispersarían.

Por consiguiente, nuestro amor fraterno solo tiene como fuente y como punto de referencia el don del Padre en Jesucristo. Mi hermano no es alguien a quien yo escogí para amar, sino alguien que el Padre me da para amar. De aquí el sentido teologal de nuestra castidad su valor esencial de signo que revela el origen último de todo amor cristiano. Otro tanto puede decirse del voto de pobreza. Rehusar toda posesión personal, incluso de los bienes normalmente necesarios para la subsistencia, adaptarse comunitariamente al estilo de vida más modesto y simple, quiere decir manifestar públicamente que ese don de la comunión y de la fraternidad que el Padre nos hace en Cristo y por Cristo, basta para saciar nuestro deseo de posesión, que Él es lo único necesario en el sentido más absoluto del término. Por lo demás, en esa fraternidad determinada, por el hecho de poner en común los recursos y frutos del trabajo de cada uno, todos tienen lo necesario para sus necesidades más esenciales. Más importante es, quizá, en este plano, el valor de la obediencia. ¿Cuándo se dejará de ver en ella un mero voluntarismo austero e insensible? Por el voto de obediencia el religioso se compromete públicamente a no orientar concretamente su vida, los talentos propios, las opciones apostólicas, en una palabra su “servicio al designio de Dios”, sino a través de la voluntad de otro hermano, del superior. Sin renunciar por eso, en modo alguno, a su juicio personal, quiere leer la voluntad del Padre en la voluntad de un hermano. Hasta esto llega la fraternidad: al dar la comunidad a los cristianos Dios se da a sí mismo tal como se dio, diríamos, al darnos a su propio Hijo.

En esta perspectiva -que trasciende la famosa distinción (harto sospechosa) entre consejos y preceptos- los votos aparecen como un esfuerzo generoso (y arduo, lo sabemos por experiencia) para hacer aflorar a la superficie de la Iglesia los rasgos que tiene grabados en la profundidad de su ser de comunión. No vienen a adherirse desde el exterior al misterio eclesial, ni a instaurar en el seno de la fraternidad cristiana un “cenáculo de iniciados” que intentan trascender la condición común. Hacen algo mucho más evangélico: quieren que en el interior de sí misma, pero en plena homogeneidad con su naturaleza, la Iglesia pueda expresar con mayor claridad las características esenciales que definen su misterio. En otras palabras, representan el esfuerzo de la Iglesia para llevar hasta límites extremos las implicaciones del hecho esencial de que ella es don de comunión (filiación adoptiva y fraternidad) que Dios hace a los hombres y que ese don basta y es el único necesario.

La paz, epifanía de salvación

Pero la comunidad no se caracteriza solo por sus votos. Estos se ordenan como dijimos, a un cierto estilo de vida evangélica. Incluso ese estilo debe ser un signo. Es necesario que la vida de comunidad exprese de manera evidente, como en relieve, los rasgos de la vida eclesial: porque la Iglesia no es solamente comunión ontológicamente unida en Cristo, sino también vida de comunión que brota de la Pascua de Cristo. Ahora bien, entre las características de la vida de la Iglesia, hay una que debe ser puesta de relieve y que es de lamentar no haya sido bastante estudiada por la teología. Se trata de la paz.

Cuando leemos a San Pablo y a San Juan quedamos impresionados por la importancia que dan a esa paz de Cristo que es, para San Juan, el último deseo del Señor para sus discípulos (Juan 14, 27). Según la antigua costumbre judía, a la que da un nuevo contenido, San Pablo ve en la paz instaurada entre los hombres el más hermoso fruto de la Cruz: “Él es nuestra paz, Él, que hizo de dos pueblos (judío y gentil) uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba, aboliendo en su propia carne el odio... para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo y estableciendo la paz, reconciliándolos a ambos en un solo cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí mismo a la enemistad. Y viniendo nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca, pues por Él tenemos unos y otros el poder de acercarnos al Padre en un mismo espíritu” (Ef 2, 14-18). Si Cristo es la paz de Dios Y si la comunión de los hombres sólo se realiza por y en Cristo, debemos deducir que esa comunión solo se realiza en la paz. Cuando Dios da a los hombres la fraternidad, les da por ese mismo hecho, la paz “no según el mundo” (Juan 14, 27) sino la que tiene como única fuente y origen a Jesucristo.

Por consiguiente, para que una comunidad religiosa sea un “signo de la Iglesia” debe ser eminente portadora de paz. Esa exigencia dará un nuevo colorido a la búsqueda evangélica que anima a cada uno de sus miembros. La guerra, en efecto, se opone a la paz. Ella se arraiga en el odio, efecto ¿el egoísmo original y por tanto, del pecado. Sin Cristo, dice San Pablo, no hay paz posible. Sólo ella exterminó el odio y destruyó el egoísmo. Por otra parte, sin la paz no hay fraternidad posible. El esfuerzo de perfección con que el religioso procura penosamente vencer en sí mismo el pecado, extirpar de su corazón el egoísmo, no es solamente una actitud que manifiesta preocupación por su propio destino espiritual, sino un compromiso destinado a intensificar el resplandor de la paz de Cristo en la Iglesia y en el mundo. Cuanto más perfectos seamos, es decir, cuanto más identificados estemos con Cristo, más miraremos a nuestros hermanos con la misma mirada de Cristo y por consiguiente, más los consideraremos como verdaderos hermanos. En consecuencia, la paz que procede de Cristo y sólo de Él, se difundirá más.

Por eso, toda tentativa de reforma y de conversión de las actuales formas de vida religiosa, solo puede ser auténtica si se realiza en un clima de paz. Ante todo, en la búsqueda y la toma de conciencia de los problemas. No se trata de que cada generación o cada escuela espiritual se aferre a su posición y quiera hacerla triunfar a toda costa. Se trata de mirar juntos el ideal común y de no olvidar nunca que la fraternidad como tal, con la paz que ella irradia, pertenecen al meollo de la vida religiosa y por tanto, jamás debemos consentir en ponerla en peligro. Una reforma que desgarre a la comunidad, que cree tensiones que difícilmente pueden reabsorberse, es inútil, aún cuando se proponga resolver una situación incómoda ya existente. Será preciso que la renovación (profunda: es necesario que lo sea) de las comunidades religiosas, sea en el hoy de la Iglesia el modelo de la reforma de la Iglesia toda y esto, sobre todo, por el clima de irenismo y de tranquilidad: ¿No hacemos acaso nosotros, oficialmente, profesión de buscar la perfección eclesial y por consiguiente, de mostrarla con nuestra conducta?

La paz de Cristo debe ser considerada también como el fin propio de la re-conversión de la vida religiosa. Cuando reflexionamos sobre las causas profundas del malestar que afecta actualmente a casi todas las comunidades, percibimos enseguida que la raíz de todo es la falta de paz interior de muchos religiosos. Ellos quieren servir al designio de Dios generosamente, pero las formas actuales carecen muchas veces de la adaptación al servicio que el tiempo actual exige: ya pasó la época en que vivieron los fundadores y las fundadoras, los acentos se han desplazado, el equilibrio cristiano volvió a centrarse sobre la Palabra de Dios y la Eucaristía, se ha descubierto el sentido del diálogo. De aquí proceden muchas veces dolorosas inquietudes, al comprobar que solo se cambiarán algunas cosas ya regañadientes, sin la amplitud del espíritu evangélico que surge hoy por todas partes, en la Iglesia. Rehusarse a hacer todo lo posible para restituir a nuestras comunidades ese clima de paz, es pecar contra la Iglesia. Más aún, es pecar contra el Padre que quiere hacer de la comunidad el signo de su don de amor y de paz en Cristo Jesús. Falta más grave aún es utilizar el tema de la paz para encubrir la negativa a todo cambio o para no enfrentar los problemas. La Paz de Cristo nunca equivale a una dimisión. Tampoco se confunde con la satisfacción beatífica de quien encuentra siempre que todo va bien. Por el contrario, es perpetua exigencia de fidelidad al deseo del Padre en el hoy de su designio. Cultivar la paz no significa envolver a los hermanos y adormecerlos en la inercia de la mediocridad. Significa por el contrario, facilitarles la comunión más plena posible con Cristo, única paz verdadera que ha sido dada a los hombres.

El testimonio del realismo de la gracia

Para terminar, nos agradaría señalar un punto que nos parece importante y que merecerla ser tratado particularmente. La comunidad religiosa debe ser el signo de la misericordia del Padre. Allí donde la tensión hacia la vida perfecta es más intensa, debe hacerse notoria la desproporción abismal entre el esfuerzo del hombre y los resultados obtenidos. Nadie deberla tener más experiencia que el religioso en lo que atañe a su pobreza radical. Cuando Dios dala fraternidad, la da en Cristo Salvador. En consecuencia, es una fraternidad de redimidos. En su esfuerzo por reflejar los rasgos esenciales de la Iglesia, la comunidad religiosa no puede descuidar esa característica fundamental que define la obra propia de Cristo en lo que tiene de más desconcertante para la fe (Juan 3, 16-17; Rom 8, 31-37). Somos pobres pecadores. Pero en la comunidad que formamos, por la gracia de Dios, existe la paz, existe el perdón, existe la alegría. ¿Por que? Únicamente por causa de la presencia de Cristo en la base de nuestra fraternidad. Sin Cristo no podríamos continuar considerando a determinado hermano como un verdadero hermano y haríamos rápidamente de él un enemigo: en vez de alimentar el amor, el contacto cotidiano se transformarla en exacerbación y odio. Sin El, la perpetua constatación de la diferencia que hay entre el ideal que toda la comunidad proclama y el que de hecho realiza, llegaría pronto a una cierta desesperanza, a una pérdida de confianza en el valor de la institución religiosa como tal. Más aún, sin su presencia eficaz, no comprenderíamos en los momentos de crisis, sea personal, sea comunitaria, el por qué de todo lo que la fidelidad a la vocación exige constantemente de nosotros. La comunidad debe pues manifestar al unísono, la fuerza de la trama sobre la cual constituyó su fraternidad y la flaqueza de las fibras que concretamente dan a esa fraternidad su verdadera fisonomía; al mismo tiempo la fuerza de Dios en Jesucristo y la flaqueza del hombre. Así proclama existencial y concretamente el misterio de la gracia, don de Dios que florece en la pobreza del hombre. Porque según la vigorosa expresión de San Pablo “basta la gracia de Dios, porque su fuerza se revela en la flaqueza” (II Cor 12,9).

En el fondo (terrible exigencia) es preciso que el clima de afecto fraternal de la comunidad manifieste que es el mismo Jesucristo quien ama a través de ella, a través de los pobres límites y de las perpetuas traiciones de los corazones que su poder procura invadir. El Padre nos dio en El la fraternidad, la grabó en lo más profundo del destino de estos hombres y de estas mujeres reunidos para vivir la perfección del Evangelio. Ahí está pues como un hecho fundamental y primario: a ellos corresponde profundizarla y actualizarla en sus vidas, pese a sus pecados y mediocridades.

Pero es necesario que sea perceptible, que se sienta el palpitar de ese encuentro entre el poder misericordioso y la miseria del hombre. Aquí se pone de manifiesto el valor significativo, insustituible, de la oración de petición, oración de pobreza, grito de angustia lanzado hacia el Padre por quienes tienen conciencia de su pequeñez original. Es grave que en ciertos ambientes, por causa de una errónea comprensión de la oración litúrgica e incluso de la Eucaristía, se deje de lado la importancia cristiana de la oración de petición. Una Iglesia que no se volviera constantemente hacia el Padre para rogarle, sería una Iglesia que ya no daría testimonio del realismo de la gracia. Y una comunidad que ya no sintiera la necesidad (una verdadera necesidad, no una necesidad ficticia, ni el simple deseo de obedecer a un formulario impuesto por las Constituciones) de gritar al Padre: “Ven en nuestra ayuda”, no sería ya realmente signo de la fraternidad que se nos da en Cristo, fraternidad de gracia que florece en la pobreza del hombre. La acción de gracias adquiere así su pleno sentido cristiano, que brota de su arraigo en la experiencia concreta de una salvación realmente sentida y vivida: es la manifestación del asombro de la Comunidad ante el desbordamiento del amor del Padre que no cesa de “disponer todas las cosas para el bien de aquellos que según sus designios son llamados” (Rom 8, 28) y que por el Espíritu Santo “viene en ayuda de su debilidad” (8, 26). Como se ve, la oración es signo, “sacramentum”, epifanía y gloria de la fraternidad evangélica que debe ser manifestada por la comunidad en el seno de toda la Iglesia.

Por consiguiente, la comunidad es un misterio. Un misterio de Cristo. Y dentro de la Iglesia-misterio. No es ante todo una realidad jurídica: su vida, más que depender de legislaciones de orden moral, está sumergida en lo más profundo del hecho Jesús. A nuestro entender, es la concepción que debe encauzar el movimiento de conversión de que tantas veces hablamos en este estudio y que el hoy de la salvación exige de manera imperiosa. No se trata de renovar superficialmente viejas legislaciones ni tampoco de sustituir una legislación por otra. Se trata, ante todo, de permitir que el instituto religioso realice en plenitud su ser de misterio. Para gloria del Padre y epifanía del Evangelio, es decir, para la salvación del mundo.

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