Liderazgo Gedeón






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VI — Jeremías;
el principio del quebrantamiento


Jeremías era un sacerdote que vivía en Anatot, unos tres kilómetros al noreste de Jerusalén. Era descendiente de Abiatar el sacerdote e hijo de Hilcías, el sumo sacerdote que encontró el libro de la ley cuando Josías reinaba. Su tío era Salum, esposo de la profetisa. Probablemente Sapán, Baruc y Hananeel eran compañe­ros suyos en la juventud, un pequeño grupo de patriotas y santos.

Jeremías vivió en los últimos cuarenta años de la monarquía y tuvo la expe­riencia triste de observar la dolorosa postrimería de la nación descender por el resbaladero que la llevó a Babilonia.

1 Reyes 22 al 25 describe la época trágica con sus mareas de avivamiento y alejamiento. A la postre tuvo que quedarse a un lado mientras su ciudad amada se lanzó por el precipicio de la muerte y extinción nacional. Comenzando en el año 13 del reinado de Josías, por cuarenta años profetizó a lo largo de los reinados de los últimos cinco monarcas de Judá y vivió por un tiempo en Egipto, cincuenta años por todo. Llegó a los ochenta años de vida, y luego llenó un sepulcro en las arenas de Egipto.

Dios levantó a tres varones —todos ellos profetas mayores— en este período crítico; a saber, Isaías, Jeremías y Ezequiel. Cada uno recibió un llamamiento notable. Cada uno se caracterizó por una vida ungida, para ser vehículo de comunicación de Dios a su pueblo. En cada caso Dios prestó atención específica a la boca:

  • Tocó la boca de Isaías con un carbón encendido.

  • Tocó la de Jeremías con la mano en bendición.

  • Le mandó a Ezequiel comer un pergamino con miel por dulzura, Ezequiel 3.1 al 3.

Jeremías es figura del Salvador en sufrimiento; (“Dijeron: … Jeremías, o alguno de los profetas”, Mateo 16.14) un varón de dolores, profeta de lágrimas. Era de una disposición agudamente sensible y tierno; él mismo necesitaba el amor pero no le fue permitido casarse. Amaba al pueblo pero estaba obligado a profetizar desastres; había un antagonismo triste entre su corazón y su mensaje. Alexander Whyte le llama “el supremo profeta de Dios al corazón humano”. Vivía verdades indeseables. La suya no era tarea para débiles, sino exigía fe y fuerza y fidelidad.

Llamamiento y reacción


Parece que fue llamado dos veces, con un lapso de veintidós años de por medio. Primeramente cuando joven, y también temprano en el reinado de Joacim; compárense cuidadosamente los capítulos 1 y 25 al 27. Había ministrado por veintidós años antes de recibir la orden de anotar sus mensajes. Con Baruc por amanuense, los puso por escrito.

Su primer llamamiento se encuentra en el capítulo 1: “Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre ti conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”.

Conocido, santificado y ordenado antes de nacer. He aquí el gran principio de la elección divina. Lo humano es abrir un canal y esperar que Dios vaya por él, pero Él hace caso omiso del canal y escoge lo suyo propio. Sansón, Samuel, Juan el Bautista y Pablo fueron escogidos y ordenados de Dios antes de nacer. Hay también diferencias en aquellos que Él selecciona: un aristócrata, un agricultor, un pastor, un boyero, un empleado de la hacienda nacional y un estudiante de teología.

Es así también en estos tiempos. Whitefield, mensajero para una taberna; Moody, vendedor de zapatos; Booth, asistente a un usurero; Moorehouse, carterista; Slessor, obrera en una fábrica; McNeil, colector en un ferrocarril. Dios puede tomar el material menos prometedor y convertirlo en un gran instrumento para su servicio.

“Yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño”. Nos hace recordar a Moisés y su reacción cuando Dios le llamó. Pero a Jeremías Dios responde de lo alto con palabras de animación y capacitación: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte”. En vez de niño teme­roso, sería una columna de hierro y una ciudad fortificada, 1.18.

Comisión y confirmación


“Extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: Te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar”, 1.10.

Seis verbos describen la obra de su vida. Tres se refieren a edificios: arruinar, derribar, edificar. Tres se refieren a agricultura: arrancar, destruir (sacar por las raíces), plantar.

Pablo combina estas dos figuras en Efesios 3.17 (“arraigados y sobreedificados en él”) y Colosenses 2.7 (“arraigados y cimentados en amor”). El profeta vuelve al tema en 18.7, 24.6, 31.28, 42.10 y 45.4. Cuatro de los términos son destruc­tivos y dos constructivos. Vemos este principio de dos aspectos en la obra y avivamientos de Gedeón, Eliseo, Asa, Ezequías y Josías. Juan el Bautista puso su hacha a la raíz de los árboles pero también recogió trigo en el granero.

Las armas de Pablo eran poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas. Es esta clase de predicación que rinde resultados duraderos, pero a la vez debemos tener sumo cuidado a compensar el hacha y el arado con la cuchara y la cesta de semilla. Sentimos lástima por el hombre cuyo ministerio es siempre destructivo. Es fácil echar a perder, pero hacen falta el conocimiento, cuidado y habilidad para construir.

“¿Qué ves tú?” 1.11,13.

  • una vara de almendro

  • una olla que hierve

Estos dos símbolos resumen el ministerio de Jeremías: el lado claro y el oscuro.

El almendro florece en enero y comienza a dar su fruto en marzo. Es el primer árbol que se despierta después del sombrío invierno, con hojas verdes, botones rosados y fruto cuando los demás duermen aún. Es una ilustración de la vida con sus etapas de botón, flor y fruto. Nos recuerda de la vara sacerdotal de Aarón en Números 16. Es testigo al Hijo de Dios, nuestro sacerdote resucitado, el dador de la vida más abundante. Jeremías, el joven sacerdote, tenía que cuidarse a guar­dar su ministerio sacerdotal más adelante cuando puesto en el cepo, la cárcel y el pozo cenagal.

La olla era un caldero grande que se usaba para cocer la carne y lavar. La ve sobre el fuego, el agua en furia. La leña consumida en parte, la paila ladeada y el agua está por desbordarse a tierra. Va a caer hacia el norte, y del norte ven­drá el ejército caldeo para azotar el país.

Jeremías contempla el futuro y percibe que ha recibido una asignación espan­tosa, pero cuenta con la promesa que Dios va estar con él y le hará columna de hierro y muro de bronce. Todos aquellos que Dios ha escogido para su servicio saben qué es derramar lágrimas. Son hombres y mujeres de espíritu quebran­tado que han aprendido en la escuela de la adversidad a poner a un lado la confianza propia y el yo. José, David, Pablo, Timoteo y el Señor Jesús derrama­ban lágrimas. Las Lamentaciones de Jeremías son el derramamiento de un corazón tocado por el Espíritu en simpatía por la melancolía y padecimiento de su pueblo.
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