Liderazgo Gedeón






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IV — Eliseo; el principio del discipulado


Si el libro de Jueces es la época oscura de la teocracia, el período de Elías y Eliseo es la época oscura de la monarquía en Israel.

Cincuenta y ocho años habían pasado desde la división del reino bajo Jero­boam. En este lapso breve Judá contó con cinco reyes reformadores. Israel, con el gobierno central en Samaria, contó con siete, todos ellos hombres impíos. El mal culminante vino con Acab y su consorte impía Jezabel. Este era hombre débil, dominado por la peor mujer en la historia de Israel. Ella introdujo la prostitu­ción religiosa y la persecución política. Baal y Astarot eran deidades masculinas y femeninas, respectivamente, representando una mezcla entre la religión y la crasa inmoralidad.

Dios empleó el rey para la reforma y avivamiento en Judá, pero en Israel empleó el profeta. Elías y Eliseo eran de personalidades diferentes. Elías era de la planicie, un hombre del campo de Galaad que parecía tosco. Su ministerio se caracterizó por fuego, agua y denunciación. En contraste, el ministerio de Eliseo, su sucesor, se caracterizó por alimento, aceite y sal, los ingredientes de la oblación. Juan el Bautista sería el Elías del Nuevo Testamento, mientras que Eliseo tipifica el ministerio consolador y fragante del Señor Jesús.

Su nombre y vida


El nombre de este hombre quiere decir “Dios es salvación”. Era hijo de Safat y vivía en Abel-mehola, al extremo norte del valle de Jordán y un poco al sur de mar de Galilea. Veintinueve veces se habla de él como un varón de Dios y una vez como un santo varón de Dios. Sirvió a Jehová por sesenta y seis años, desde su llamamiento en 1 Reyes 19.19 al 21 hasta su muerte en 2 Reyes 13.20. Este hombre pasó diez años con Elías como aprendiz y luego cincuenta y seis trabajando solo. El suyo fue un período de servicio mayor que el de cualquier otro profeta del Anti­guo Testamento.

Su vida se divide en cuatro partes:

  • Llamado y separación, 1 Reyes 19

  • Comisión en la ocasión del traslado de Elías, 2 Reyes 2

  • Realización de su ministerio profético, 2 Reyes 3,4

  • Ministerio más amplio en esfera nacional, 2 Reyes 5 al 9

Su carrera abarca los reinados de Jeroboam, Jehú, Joacaz y Joás. Tuvo la responsabilidad de llevar a cabo las órdenes que Elías había recibido en Horeb. Su larga vida y servicio uniforme puso de manifiesto que había aprendido la lección que Elías escuchó en la cumbre del monte; el mensaje de Dios no está en el fuego ni la tempestad, sino la voz apacible que se oye en la presencia de Dios.

Su llamamiento


Dios en soberanía tenía su ojo puesto en Eliseo, 1 Reyes 19.16. Elías, al echar su manto sobre su sucesor, estaba sencillamente llevando a cabo las instruc­ciones que había recibido en Horeb.

Le encontró ocupado en su faena diaria, arando con bueyes. Dios llama a los hombres de una variedad de ocupaciones seglares: un rico urbano, el heredero de un trono, un pastor, un pescador y un cobrador de impuestos. Ganarse el pan de cada día en un empleo o profesión es una disciplina que moldea el carácter de uno. Aquellos que se lanzan directamente de la escuela o colegio a un servicio a tiempo completo para el Señor, sin esta experiencia, pierden uno de los prepa­rativos más valiosos para servicio en la obra del Señor. Pablo fabricaba tiendas; Pedro pescaba en el lago. ¡Ganar dinero por esfuerzo propio, y gastarlo con prudencia, es una lección valiosa en la escuela de la vida!

Hubo tres consecuencias del gesto simbólico de Elías en echar su manto sobre Elías:

  • Su solicitud de despedirse de sus padres,
    evidenciando así una naturaleza afectuosa.

  • El sacrificio de su medio de sustento —los bueyes—
    y la fiesta para sus amigos, evidenciando que
    no podría echarse atrás.

  • Su marcha tras Elías y la atención que le prestaría.

Por diez años sirvió como el inferior al mayor. “Aquí está Eliseo, hijo de Safat, que servía a Elías”, 2 Reyes 3.11. Probablemente es a este pasaje que nuestro Señor alude en Lucas 9.62: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”. Eliseo rompió de un todo con su pasado.

Su comisión y asignación


Hay mucho en el llamamiento y carrera de Eliseo que nos hace recordar a Timoteo y la relación que tenía con el apóstol Pablo. Parece ser un principio en las Escrituras que el mayor oriente y aconseje al menor, y éste a su vez escuche y aprenda a jugar un papel secundario hasta que llegue a cierta madurez.

Poco antes del traslado de Elías al cielo, llevó a Eliseo en una última y silen­ciosa evaluación de la tarea por delante. Fueron juntos a Gilgal, Bet el, Jericó y al Jordán. Todas estas localidades contaban con un pasado glorioso en la historia de la nación, pero ahora se encontraban hundidas en alejamiento y apatía.

Gilgal había sido la base de operaciones en la conquista de la tierra. Fue aquí que se llevó a cabo el rito de la circuncisión, se celebró la pascua y se comió el fruto de la tierra. El Ángel de Jehová se presentó en medio y el pueblo, bajo el mando de Josué, enfrento y venció a sus enemigos. Pero ahora Gilgal era uno de los centros de la apostasía nacional.

Bet el, “casa de Dios”, se asocia con Abraham y Jacob y la revelación de la presencia divina. Ahora estaba allí uno de los becerros de Jeroboam; era un centro de idolatría y en desdén era llamado Bet-avén, “casa de necedad”, Oseas 4.15.

Jericó, ciudad de palmeras, había sido designada para destrucción. En un despliegue de poder divino, los muros habían caído pero Rahab con su cordón de hilo escarlata fue salvada. Ahora era símbolo de desafío y rebelión. Hiel de Bet el había reconstruido la ciudad y en consecuencia murió junto con los suyos.

Jordán fue el lugar donde el arca reposó y las aguas fueron aguantadas para que el pueblo pasara en resurrección espiritual. Una vez se abrió para dejar a los israelitas entrar en la tierra, ¡y ahora se abre para dejar a Elías salir!

En esta crucial circunvalación de sitios históricos, Elías le pide a Eliseo que­darse en una y otra localidad. ¿Acaso quería deshacerse de él? Claramente que no, sino averiguaba cuánto había comprendido Eliseo. Tres veces dijo, “Qué­date ahora aquí”. Estaba probando la fidelidad de su sucesor. Pero Eliseo no se separó de su mentor; “Fueron, pues, ambos”.

Su crisis, 2 Reyes 2.8 al 14


Una vez que habían cruzado el Jordán, sucedieron cuatro eventos clave:

  • Elías dijo a Eliseo, “Pide lo que quieras que haga por ti”. Y la respuesta fue:
    “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí”.

  • Hubo una condición: “Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así”. Aconteció que un carro de fuego y caballos se manifestaron, y Elías subió al cielo
    en un torbellino. ¡Eliseo lo vio suceder!

  • Cayó el manto del viejo, símbolo de sucesión y fuerza. Eliseo rompió
    sus propios vestidos.

  • Contemplando a aquel que había sido su mentor, clama: “¡Padre mío, padre mío!”

Y así con el siervo de Cristo en estos tiempos. La medida de nuestra semejanza a Él depende de nuestra ocupación con el Cristo ascendido y glorificado. La condi­ción única es: “Si me vieres”. El ojo de fe le percibe a la diestra del Padre, y el nuevo ministerio fluye de la asociación con Cristo en su muerte, resurrección y ascensión.

¡Eliseo, entonces, abandona su propia vestimenta y recoge el manto caído!

Su ministerio nuevo


Acaecido todo esto, nuestro protagonista vuelve a su obra de reformación. Traza la circunvalación en el sentido contrario, encontrando en Jericó agua mala, en Bet el muchachos malos y en Gilgal alimento malo.

Al cruzar el Jordán su primera dificultad fue el escepticismo de los hijos de los profetas, quienes negaron creer que Elías había sido trasladado. Para las aguas amargas de Jericó, el remedio fue echar en la fuente una vasija nueva. En Gilgal había veneno en la olla que usaban los hijos de los profetas. El remedio ahora se encuentra en un potaje sano, “y no hubo más mal en la olla”.

En Jordán, Naamán tuvo que zambullirse siete veces en el río para ser sanado de su lepra. Pero en Bet el no había remedio sino juicio, ya que el profeta fue objeto de burla. Para la viuda en bancarrota, su consejo fue traer vasos vacíos y echar en ellos aceite de la insignificante reserva que quedaba. Sal, hierbas, aceite y agua del río fueron los ingredientes que Eliseo empleó en su ministerio de sanidad y consuelo.

La lección sobresaliente de la vida de este hombre es la del discipulado. Para él la escuela de Dios había sido diez años de aprendizaje con Elías. Él echó agua sobre las manos de éste** pero más adelante Dios derramó el agua del Espíritu sobre él, y él a su vez la derramó sobre un mundo sediento y necesitado.

[** Así se lee en 2 Reyes 3.11 en la Reina-Valera de 1909 y la Versión Moderna de 1893, por ejemplo. En la Reina-Valera de 1960 dice sencillamente que Eliseo “servía a Elías”.]

Encontramos este principio divino en la relación que había entre Moisés y Josué, Samuel y David, Jeremías y Baruc, Pablo y Timoteo. Ninguno es apto para ser líder si no está dispuesto a seguir. La verdadera humildad se aprende muchas veces fuera de la vista en tareas nada prestigiosas. Es acertado el ada­gio de que se requiere gran gracia para tocar segundo violín.
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