Resumen El propósito del presente artículo consiste en mostrar los problemas argumentativos y teóricos que provoca el análisis epistémico de David Hume sobre la identidad personal.






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Resumen

El propósito del presente artículo consiste en mostrar los problemas argumentativos y teóricos que provoca el análisis epistémico de David Hume sobre la identidad personal. Para ello se expone, en primer lugar, el marco teórico desde el cual Hume realiza dicho análisis: la teoría de las ideas. Una vez dado el parámetro de reflexión, veremos las críticas de Hume a la definición del yo o mente como sustancia. Posterior a rechazar a la mente y aceptar únicamente contenidos mentales, se expone la definición de Hume al yo: un haz de percepciones. Después de las dos insatisfactorias respuestas, el artículo revisa las críticas de los comentadores de Hume en torno a un elemento que el pensador escocés debería de explicar: la individuación del haz de percepciones.
El laberinto del yo: la identidad personal en David Hume



Ciertos de nuestra actividad cotidiana, de nuestro despertar a diario y nuestro pasado, nos autoreferimos con la primera persona del singular: yo. Seguros de que somos nos preguntamos sobre lo constitutivo de aquello que somos, sobre el mundo, la realidad o el valor de nuestras acciones hasta que, en el trayecto de la indagación filosófica, el preguntar toma otra dirección: de la reflexión sobre lo que sea el mundo, pasamos a dudar de él, de la pregunta ‘¿qué soy?’, vamos a la pregunta ‘¿soy?’

Del ímpetu por develar la realidad y obtener conocimiento, pasamos a la necesidad de justificar la existencia del objeto de conocimiento: yo ¿Por qué, si bien existo, es menester responder a la pregunta por la identidad personal? ¿es posible justificar la definición de un ‘yo’? ¿cuál sería la justificación? y ¿a dónde me llevarían mis respuestas?

A la base del empirismo inglés y el escepticismo mitigado, David Hume (1711-1776) contesta a estas interrogantes y rompe a quemarropa toda ‘certeza’ y justificación sobre la identidad personal. Para este autor, una justificación del conocimiento sobre el yo es improcedente porque no es posible demostrar la existencia de una sustancia (mente o cuerpo) dentro del marco cartesiano, esto es, no podemos establecer una entidad distinta y anterior a la única realidad inminente: las ideas o contenidos mentales. Sólo podemos dar explicación de la creencia en el yo: el yo es una creencia concebida en la imaginación y fuera del alcance demostrativo.

Pero afirmar la imposibilidad de la justificación del yo no elimina el problema, lo hace más grande, ya que al confrontar las tesis a favor de la constitución del yo, Hume se interna en un laberinto argumentativo del que, como él mismo reconoce, no podrá salir y en el cual nosotros transitaremos a través de estas páginas.



  1. La entrada al laberinto: el pórtico de las ideas y el empirismo

En el primer libro del Tratado de la naturaleza humana, Hume dedica la primera parte a la teoría de las ideas o, mejor, a la teoría de las percepciones. Heredero de las formulaciones cartesianas, el escocés ilustrado conserva la tesis de que lo único evidente son los contenidos mentales, mismos que llama ´percepciones’ (Hume: I: Libro I ).

En la teoría humeana todo contenido mental es percepción (imagen - fantasy) y las percepciones se dividen en impresiones e ideas; las impresiones son las percepciones de los sentidos (sentir - feeling) y las ideas son reflejos o copias débiles de las impresiones (pensar - thinking). Las impresiones (percepciones de sensación) son el origen de las ideas (percepciones de reflexión) y, al tiempo que efímeras, tienen una carga de intensidad mucho mayor que las ideas.

Las percepciones, a su vez, pueden ser simples o compuestas, esto es, una percepción puede estar constituida por varias percepciones (compuesta) o, como el átomo, puede ya no ser divisible (percepción simple). Consideremos la idea de una manzana. Podemos separar de ella el color, el sabor, la textura, el peso, tamaño y forma, pero no podemos separar en más ideas la línea semicircular que le da forma de manzana.

Las ideas son los elementos que conforman nuestro pensamiento y se agrupan en dos ámbitos: las ideas de memoria (aquéllas que conservan cierta intensidad original y son impronta de las impresiones, no varían) y las ideas de la imaginación (aquéllas que cambian de acuerdo a una asociación ‘libre’ entre ideas y bajo tres principios: semejanza, contigüidad y causalidad).

De este modo, al presentarse en la mente la percepción de una manzana lo primero que tenemos es una impresión fugaz que deja a su paso una copia (ideas de memoria). Gracias a una percepción constante de esta secuencia de percepciones (repetición) creemos, con la imaginación, en la continuidad de la existencia de la manzana y, gracias a la repetición de un hecho con otro, asumimos también, sin justificación en la razón, una relación causal entre dos eventos (la percepción presente y las anteriores corresponden a la misma manzana).

De la experiencia (sentir) depende todo conocimiento e idea, la relación de dependencia es vertical, ya que la experiencia es base y origen de las ideas. Empero, esta dependencia en la experiencia es hacia atrás, es decir, toda vez que tenemos una idea podemos seguir el camino que le dio origen, pero no por tener una impresión podemos determinar con anterioridad ni necesidad qué caminos seguirá su copia (idea), tendremos una idea (de memoria) pero no las asociaciones que hagamos con ella. Esto hace que a nivel de ideas y sus asociaciones no exista una dependencia; en una línea horizontal, las ideas son independientes entre sí y se relacionan bajo principios naturales.

Esta estructuración de contenidos mentales corresponde a la postura empirista del siglo XVIII, misma que tiene como uno de sus objetivos depurar el conocimiento a través de la eliminación de supuestos metafísicos. El rechazo característico de la vía empirista a la metafísica aparece, no en cuanto a la reflexión del ser de las cosas, sino en cuanto a hacer depender las tesis epistémicas de la base metafísica. Hume desea evitar supuestos tomados como realidades ciertas, incluidas en la metafísica tradicional y llevadas al asunto del conocimiento (como la de sustancia o ‘cosa pensante’).


  1. La definición del yo como sustancia: la respuesta metafísica de la Esfinge.

La identidad personal se somete al examen de la razón ilustrada y a la postura empirista en donde Hume analiza la caracterización del yo: “¿qué es lo que soy yo?”, pregunta que Descartes plantea y a la que él mismo responde: “una cosa que piensa. ¿Qué significa esto? Una cosa que duda, que conoce, que afirma, que niega, que quiere, que rechaza, y que imagina y siente.”( (Descartes,1975: 59) 1

Esta caracterización es dada por Descartes en la segunda meditación y retomada por Hume como una de las opciones de respuesta. Con ella se escinde el yo en dos partes: en la mente (res cogitans) y en el cuerpo (res extensa). A la mente tenemos un acceso directo e inmediato, nuestros pensamientos son evidentes; no así el cuerpo, mismo que requiere otro camino de conocimiento, Robles y Benítez afirman:

“Para Descartes, la realidad patente e inmediata es la de la mente con sus contenidos, la existencia de los cuerpos es preciso explicarla por algún medio que vaya de lo conocido, lo mental, a lo que no tiene esta naturaleza que no puede conocerse de manera inmediata.” (Benítez y Robles, 1994: 111)2
De esta forma, el yo parece seguir el camino de la mente y no del cuerpo, se separa de la base corpórea y se entiende como la ‘realidad inmediata’, como la mente y sus contenidos (ideas), es un pensamiento que, además, se da cuenta de que piensa. Y aquí comienza la complejidad de la pregunta ¿qué es el yo?

Para Hume, la ‘realidad patente e inmediata’ no es la mente y sus contenidos, sino únicamente los contenidos mentales y, en estricto sentido, estos son la única realidad epistémica. ¿A partir de qué momento Hume se deslinda de la vía cartesiana y qué camino propone para el “sí mismo”? Con la mirada puesta en reconstruir, desde los cimientos, nuestros conocimientos o creencias, la propuesta de Descartes empieza con una advertencia a seguir:

“aprendí a no creer nada con demasiada firmeza de todo lo que se me había persuadido únicamente por el ejemplo y la costumbre; y así me liberaba poco a poco de muchos errores, que pueden ofuscar nuestra luz natural y hacernos menos aptos para escuchar la voz de la razón.(Descartes, 1975: 48)”3

Por ello, resulta errónea la confianza en los sentidos y sobresale la pertinente orientación de la razón y su certeza, dado que “ya sea que esté despierto o dormido, la suma de dos y tres es cinco y un cuadrado tiene únicamente cuatro lados; y ante tales verdades obvias parece imposible que éstas queden bajo la sospecha de ser falsas.”( Descartes, 1975: 50)4

Sin embargo, para el filósofo francés, la duda no se detiene en el divorcio entre certeza (razón) y falibilidad (sentidos), nos lleva hasta el punto de asumir que todas nuestras creencias son falsas. E incluso, podríamos dudar de aquél que cree y, por tanto, podríamos pensar en alguna entidad suprema (maligna) que nos hace creer en alguien que tiene creencias (verdaderas y falsas). La única evidencia clara y distinta restante de las suposiciones anteriores es que nada de lo llevado a la duda podría tener lugar sin el pensamiento. Así pues, no se puede negar o dudar de la actividad mental pues esto aniquilaría la posibilidad de la duda misma. Por un lado, tenemos a un ser que duda y que en la duda encuentra la prueba contundente de su existencia, y por otro, nos hallamos ante la primera caracterización de la mente o del yo:

Posteriormente, examinando con atención lo que era y viendo que podía fingir que carecía del cuerpo así como que no había mundo o lugar alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario, sólo a partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas se seguía muy evidente y ciertamente que yo era (…) llegué a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material.( Descartes, 1975: 26)5

Es posible que Hume esté de acuerdo con la evidencia o demostración clara de la existencia del yo que Descartes argumenta; en lo que no seguirá a éste es en el paso que la misma cita presenta, el paso de la evidencia de la existencia del sí mismo, a la sustancialidad y definición del yo; evidencia y conocimiento no son equivalentes, mostrar con éxito la existencia del sí mismo no significa demostrar (justificar) el conocimiento del yo; la primera tesis confirma la existencia del yo (tesis que Hume podría compartir). Sin embargo, del argumento de Descartes no se deriva ninguna entidad llamada ‘mente’, el pensador francés del siglo XVII ha mostrado la evidencia del yo pero no su constitución, el error argumentativo cartesiano consiste en asegurar la captación de entidades metafísicas por medio de la razón: alguien es el engañado por un genio maligno o es alguien el que posee ideas.

En una reflexión común e informal, nadie duda de su propia existencia, nadie pregunta si su existencia es una creencia verdadera. Sin embargo, la pretensión cartesiana de eliminar la duda radical y hallar así certezas exige tal dirección de pensamiento (fingir que nada es cierto). En este caso, si aceptamos una dualidad de realidades entre la inmediata y la no inmediata, existirían solo dos sentidos epistémicos en el yo. O bien la mente es una realidad inmediata o bien, una realidad mediata. Para Descartes, la mente pertenece a lo inmediato y evidente; para Hume, por el contrario, la mente no es una realidad directa o inminente como lo son los pensamientos o percepciones.

Determinar un “algo”, llamado por los filósofos “sustancia” o “alma” en donde se adhieran las percepciones, corresponde a pensar que las percepciones (átomos u objetos) están en un lugar (tiempo-espacio), las percepciones están en la mente, en su recipiente. Este modo natural de pensar atribuye a los contenidos mentales una capacidad que no tienen: la cualidad de mostrar su lugar (mente). De acuerdo al pensamiento cartesiano, mediante la realidad evidente (contenidos mentales) podemos conocer con certeza a la sustancia. Desde el empirismo del siglo XVIII, Hume afirma:

Pero es evidente que nuestros sentidos no presentan sus impresiones como imágenes de algo distinto, independiente o externo, ya que no nos transmiten sino una simple percepción, y no nos entregan nunca la más pequeña referencia a algo más allá.6 (Hume, 1997: 322)

La noción de sustancia, en este enfoque, es más bien un supuesto que un conocimiento. Al igual que la ficticia creencia en una relación causal, el yo que la filosofía se afana en caracterizar puede no ser susceptible de un conocimiento acabado. La insistencia en un sustrato nos dirige, por el contrario, al seno de una filosofía antigua que “se atormenta sin saber por qué con el temor de encontrarse espectros en la oscuridad” 7 (Hume, 1977:362) y a una filosofía moderna que oscila entre una teoría ilustrada (de ideas y razón) y una teoría epistémica que conserva peligrosos supuestos, filosofía a la que Hume argumenta y pregunta:

No tenemos idea perfecta de nada que no sea una percepción. Pero una sustancia es algo totalmente distinto a una percepción. Luego no tenemos idea alguna de sustancia. Se supone que la inhesión en alguna cosa resulta necesaria para fundamentar la existencia de una percepción. Pero es manifiesto que nada es necesario para fundamentar la existencia de una percepción. Luego no tenemos idea alguna de inhesión. ¿Cómo podremos responder entonces a la pregunta de si las percepciones inhieren en una sustancia material o inmaterial, cuando ni siquiera entendemos el sentido de la pregunta?8 (Hume, 1977 :376-377)
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