Resumen El propósito del artículo es delimitar la discusión provocada por David Hume sobre la identidad personal. La teoría de las ideas, propuesta por este autor,






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títuloResumen El propósito del artículo es delimitar la discusión provocada por David Hume sobre la identidad personal. La teoría de las ideas, propuesta por este autor,
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fecha de publicación14.07.2015
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modo de sentir la relación entre ideas, y no meramente la relación, explicaría la unidad de las percepciones. Las percepciones se acompañan en todo momento de un grado de fuerza con las que se presentan, de acuerdo al grado de fuerza las percepciones son impresiones (percepciones más intensas) o ideas (percepciones tenues). Lo anterior compromete, en alguna medida, al ámbito de la experiencia y las impresiones con un ‘algo’ que percibe de cierta forma o con cierta intensidad, es decir, con el cuerpo.

El error, en suma, se dirige al apego radical de Hume a la teoría de las ideas, lo cual le lleva a otorgar todo el énfasis de su proyecto a los contenidos mentales. Esta miopía (propia de una teoría mentalista para Pears (1990: 126-134) se debe a la estrecha posibilidad de explicación que las ideas encierran.

No obstante, recurrir al cuerpo (estímulo), a la sustancia o a una especie de condición de posibilidad es inadmisible en la teoría de las ideas humeana, ya que si reconocemos a la experiencia como límite del conocimiento, nada anterior o externo a ella caracteriza la identidad personal y como hemos visto, las impresiones nos conducen solamente a sus copias (ideas) (Pears, 1990: 115).


  1. Límites y alcances de una teoría: sin salida del laberinto

La respuesta de Hume a la ‘salida’ del laberinto es negativa porque explicar la unificación de las percepciones de un haz mediante el cuerpo exige algo distinto de las impresiones y las ideas. La experiencia, más bien, hace referencia a las relaciones entre ideas y al modo de sentir dichas relaciones, solamente al interior de las percepciones, tendríamos que buscar más bien en la línea horizontal de las ideas, donde las ideas de causalidad, semejanza, contigüidad, unidad participan en la identidad personal, aunque, de todos modos, estas ideas son igualmente ficticias. Hume no encuentra mayor sustento que la memoria y la imaginación, es decir, en la manera en que intervienen los principios de asociación que él llama ‘naturales’.

El pensador escocés no tiene otra respuesta a la pertinente demanda de la conformación del haz que la repetición constante de las ideas (memoria), los principios de la imaginación y la intensidad (el modo de sentir) con que asumimos nuestras las relaciones entre ideas. Si unimos una idea determinada con otra estamos dentro la creencia de que en todo momento se trata de las mismas ideas (creencia dada por la semejanza) y dentro de la idea de que ambas se continúan una tras otra (contigüidad en tiempo); incluso suponemos de forma natural que existe una relación necesaria entre las ideas pasadas y las presentes (causalidad).

Lo anterior, empero, nos aleja de una respuesta sobre la individuación del haz y nos perfila hacia la experiencia de la unidad de percepciones (no se trata de saber cómo se determina el haz sino de describir cómo se lleva a cabo la experiencia de unidad en el yo). Puede ser que la individuación del haz dependa de una intensidad en cada idea del haz pero sentir de tal forma que esas son mis ideas nos habla de una coyuntura entre el alcance de la experiencia (intensidad) y la referencia a, por lo menos, un sentido interno (apoyado por Locke) o a una especie de perceptor no sólo de ideas sino de intensidades.

Pero si Hume aceptara el cuerpo o alguna condición necesaria en la identidad personal caería en una circularidad argumentativa y teórica que provocaría el derrumbe general de su teoría y de su interés por separar la raíz metafísica de la construcción epistémica, ya que estaría defendiendo la conformación de la identidad personal bajo una identidad personal antecedente a su explicación, es decir, tomaría como premisa la misma conclusión.

Por la vía corporal Hume no puede dar solución al problema del modo en que las percepciones de un haz se unen porque si no podemos ir más allá de las percepciones, por ende, no podemos integrar a su argumentación un elemento externo o distinto a ellas.

Podemos reformular el argumento del haz de percepciones desde otra perspectiva que admita un tipo de intensidad específica que nos haga apropiarnos de determinadas ideas y sus relaciones. Con todo, quedaría nuevamente a la deriva la explicación de esta intensidad o capacidad de apropiación, las ideas tendrían la capacidad de referirnos a un modo de sentir que, junto con las ideas, llamamos ‘yo’.

Hume asume la imposibilidad de resolver este asunto que, en estricto sentido, no es propiamente un problema filosófico. Intuye las debilidades que puede tener su propuesta sobre las características constitutivas del yo, debilidades que más bien son los límites de la teoría de las ideas.

Es posible argumentar en razón de la dimensión corporal o en la experiencia y su condición de posibilidad; no obstante, esto rebasa la teoría de las ideas de Hume, cualquier alusión a algo más allá de las percepciones y sus capacidades o relaciones sería otra teoría (kantiana, por ejemplo). La salida hacia la dimensión física no podría representar una modificación o corrección a la postura humeana porque aunque sea susceptible de cuestionamiento, la manera de asumir el estudio de la identidad personal hace evidente la fidelidad con que el autor escocés se detiene ante su delimitación argumentativa.
Conclusión

¿Cómo se puede formular el problema sobre la identidad personal? ¿Qué elementos son necesarios en la cuestión? ¿es correcto expresar este asunto preguntando ‘¿qué es la identidad personal o de qué se compone?’ o, más aún, ¿existe el yo? A estas preguntas Hume propone una reformulación: ¿existe alguna justificación indubitable a la luz de la razón sobre la identidad personal? La respuesta es: no. Ni la mente, ni el cuerpo, ni los contenidos mentales nos otorgan una noción infalible. ¿Qué podemos preguntar, entonces, sobre este tema? Para nuestro autor sólo cabe preguntar: ¿de qué modo se elabora la creencia en un sí mismo?

No se puede negar la existencia del yo pero tampoco se puede justificar éste bajo las dos vías posibles que Hume transita: el yo como sustancia o sustrato y la vía de las ideas. La ‘sustancia’ parece más bien un constructo categorial de la imaginación y las ideas nos conducen a un haz poco sustentable al momento de determinar cómo se lleva cabo su individuación, ya que este problema nos regresa a la sustancia (física).

Además, la conciencia, la memoria y la continuidad como factores constitutivos del yo encierran este problema en la mente y lo traducen a un esquema de contenidos mentales, donde la participación de la imaginación y la ficción se hace todavía más evidente.

Sin ser la más adecuada de las argumentaciones en sentido lógico y expresivo, los problemas que plantea el yo como haz de percepciones nos ubica en la débil línea entre el pensar coherente y la filosofía misma… ¿hasta dónde divaga la filosofía y hasta dónde llega el pensar coherente y estricto? ¿Hasta dónde llegan ambos en la búsqueda de la verdad o en la estructura de una base cierta para el conocimiento?

Las impresiones surgidas de nuestro pensar dan cuenta de que el sentimiento, la sensación o la pasión, caminan de forma paralela al pensamiento y en este recorrido no sólo habría un origen en la experiencia y en los sentidos sino incluso una influencia determinante en la forma en que sentimos respecto a determinar un haz de percepciones.

Con todo, el peso de la ficción y el modo de sentir en el problema de la identidad personal no tienen por qué ser desechados (por dubitables), sustituidos (en la obsesiva búsqueda de certeza), arreglados (por estimarse incompletos) o evitados (por la molestia que ocasiona al “deseo de dogmatizar” - como apunta Félix Duque (1977:398).
Bibliografía:

1.- Hume, David. A Treatise of Human Nature, (Vol. I y II) Editado por y con índice analítico de L. A. Selby - Bigge, Oxford University Press, Hong Kong, 1987.

2.- Hume, David. Tratado de la Naturaleza humana, Trad. Félix Duque, Editora Nacional, Madrid, 1977. 427 pp.

3.- Descartes, Rene, Meditaciones Metafísicas, (AT IX - 22 28), trad. Juan Gil Fernández, Aguilar, Buenos Aires, 1975.

__________________ René, Descartes, Discurso del método, Trad.Guillermo Quintás Alonso, ed. Alfaguara, Madrid, 1987.
4.- Benítez G. y J. A.Robles,: “La vía de las ideas” en Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, Vol. 6, del Renacimiento a la Ilustración, edit. Por Ezequiel de Olaso, Madrid, Trotta, 1994.

5.- Chisholm, Roderick, On the Onservability of the Self, en Self Knowledge, Q. Cassam, Oxford University Press, Nueva York, 1994, 113 pp.

6.- Fogelin, Robert, Hume’s skepticism in the Treatise of Human Nature, Routledge y Paul Keagan, Londres, 1985, 195 pp.

7.- García de Oteyza, Mercedes, La identidad personal en Hume, UNAM (IIF), México, 1984, 138 pp.

8.- Michaud, Yves, Hume et la fin de la Philosophie, Presses Universitaires, París, 1983, 287 pp.

9.- Passmore, John, Hume’s Intentions, Cambridge University, Londres, 1952, 164 pp.

10.- Pears, David, Hume’s System, Oxford University, Londres, 1990, 204 pp.

11.- Penehulm, Terence, Hume, Macmillan, Londres, 1975, 223 pp.

12.- Stroud, Barry, Hume, trad. Antonio Zirión, UNAM (IIF), 1995, 363 pp.

1 Las citas del texto se han tomado de la traducción que realiza Félix Duque y se cotejaron con la versión del inglés de Selby-Bigge.

2En Los principios de la filosofía Descartes refiere: “Mediante la palabra pensar entiendo todo aquello que acontece en nosotros de tal forma que nos percibimos inmediatamente de ello; así pues, no sólo entender, querer, imaginar, sino también sentir es considerado aquí lo mismo que pensar” René Descartes, Los principios de la filosofía, trad. Guillermo Quintas, Alianza, Madrid, 1995, p. 26.

3 La definición del yo aparece en la sección dedicada al “escepticismo con respecto a los sentidos” (sección III de la cuarta parte del Tratado).

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