Resumen El propósito del artículo es delimitar la discusión provocada por David Hume sobre la identidad personal. La teoría de las ideas, propuesta por este autor,






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ver, sentir y percibir. (Hume, 1987: 344)

Y su disolvente respuesta es inmediata:

Por lo que respecta a la primera cuestión, podemos señalar que lo que llamamos mente no es sino un montón o una colección - haz - de percepciones diferentes, unidas entre sí por ciertas relaciones (…) (Hume, 1987: 344)
El yo sólo puede ser un contenido mental (idea compleja) y este contenido está compuesto de un haz o cúmulo de percepciones (de impresión y de reflexión) de ‘cierto modo unidas’ (sentidas). Visto así, somos una “colección de diferentes percepciones sucedidas con una rapidez inconcebible en flujo y movimiento perpetuo.” (Hume, 1987: 400) De buscar la impresión original, Hume pasa a buscar la razón de esta “inclinación tan grande” que nos hace suponer: 1) la unidad de percepciones y 2) una existencia invariable.

Si retomamos los trazos hasta ahora delineados, la identidad personal puede definirse como “un haz de percepciones”, un conjunto de impresiones e ideas que así como conforman al yo, del mismo modo lo diluyen entre ellas, ya que si desmantelamos el haz nos queda una idea concreta, de frío o calor.

Ahora bien, como toda percepción puede distinguirse de otra y considerarse como existente por separado, se sigue con evidencia que no hay ningún absurdo en separar de la mente una percepción particular; esto es, en romper todas las relaciones que la unían a esa masa conectada de percepciones que constituye un ser pensante. (Hume, 1977: 344)

Es necesario, así, conservar el haz de percepciones o bien hacer equivalente el yo a una sola idea de ese haz. Esto último es una equivalencia absurda que supone, además, la continuidad de esa sola idea.

Pasar de una idea presente a un sí mismo tiene el cargo de comprometernos con ficciones basadas en lo no percibido. La razón finge la existencia de la idea a pesar de los intervalos de ausencia de percepción; la mente, así, retoma la secuencia de percepciones que ha experimentado y en las que ha descubierto una semejanza y en donde imagina una relación causal:

Recordar consiste en que ciertas clases de percepciones ocurren en la mente, de manera que el recordar le añade en realidad al haz de percepciones algunos miembros, los cuales, entonces, vienen a facilitar el paso de la imaginación a lo largo de la serie que constituye el haz”. (Stroud, 1995 :181)

Esta afirmación desfigura la pretendida entidad de la mente, pues el yo no es consecuencia de una relación de ideas indefectible. Una vez separada cada percepción, nos encontramos con un yo diluido en todas y cada una de las percepciones del haz, percepciones particulares y determinadas. Al separar los contenidos mentales desenvolvemos, además, las relaciones de semejanza y causalidad que los enlazan a “esa masa conectada de percepciones que constituyen un ser pensante”. Por ello, se puede decir que con la disolución del yo en cada percepción del haz se disuelve, también, su pretendida unidad y continuidad.

La identidad que atribuimos a la mente del hombre es tan sólo ficticia, y de especie parecida a la que hemos asignado a vegetales o animales. No puede, pues, tener un origen diferente, sino que deberá proceder de una operación similar de la imaginación sobre objetos similares. (Stroud: 1995: 408-409)
La imaginación es la facultad que nos hace creer en la identidad personal y, de este modo, el autor escocés se deslinda de la discusión sobre los elementos constitutivos de la identidad personal y dirige su atención a la explicación de dicha creencia, no a los elementos que den razón de su conocimiento.

Es importante señalar, también, que Hume no dará pasos hacia atrás a favor o en contra de la existencia del yo; ésta es, para él, un hecho indiscutible y dado, más aún, la existencia del yo es principio o fundamento del conocimiento. Aunque la idea del yo no es resultado de una simple correspondencia sensación – idea, no puede definirse tampoco como sustancia ni como alguna de las facultades mentales o conciencia. Tampoco es un recinto pasivo como pudiera intuirse, ni un “sentido interno” en constante percepción.

Pero ¿qué recursos quedan en la caracterización del yo? Hume argumenta en un sentido radical de este tema que, aún si se redujera el acto de percibir a una sola percepción durante la vida, la identidad personal correspondería a una única idea de frío o calor, con lo cual no establecemos, en rigor, nada más que la percepción de frío o calor. Si dejásemos de percibir frío y ésta fuera la única percepción existente, el yo se disolvería en tanto desapareciera la percepción presente. Hume nos dice:

Supóngase que la mente se ve reducida incluso debajo de una ostra. Supóngase que tiene una sola percepción, como sed o hambre. Considerada en esta situación, ¿concebiríamos otra cosa que no fuera nada más esa percepción? ¿Tenemos cualquier noción de “sí mismo” o “sustancia”? Si no es así, la adición de otras percepciones nunca podría otorgarnos esa noción (…). (Hume, 1977: 634-635)
No existe una impresión que deje su huella y le sume a ésta la idea de una unidad de existencia. En realidad, no percibimos una única impresión todo el tiempo de nuestra vida a la que le anexemos su existencia o la nuestra; percibimos distintas percepciones en distintos momentos, y aún así, ninguna de ellas nos conduciría con propiedad a una idea de existencia personal. Percibir implica tener una y solo una percepción en la mente, singular, determinada y sin referencia a algo más. Hume asevera concluyentemente:

Pero no existe ninguna impresión que sea constante e invariable. Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones se suceden una tras otra, y nunca existen todas al mismo tiempo. Luego, la idea del yo no puede derivarse de ninguna de estas impresiones, ni tampoco de ninguna otra. Y en consecuencia, no existe tal idea. (Hume, 1977: 399)
La línea argumentativa de Hume disuelve toda posibilidad de explicación sustancialista. La comparación con un teatro donde se presentan las percepciones sin más implica, para nuestro autor, una puesta en escena sin escenario. Hume asevera: “no existe en ella con propiedad ni simplicidad en un tiempo, ni identidad a lo largo de momentos diferentes,(…), de modo que no tenemos ni la noción más remota del lugar en que se representan esas escenas, ni tampoco de los materiales de que están compuestas.” (Hume, 1977: 401)

Con lo anterior, la definición del yo se ve cercada por Hume, dado que: i) no constituye ninguna percepción inmediata; ii) la mente no es un lugar (espacio) donde residan o se adhieran todas las percepciones y iii) la creencia en el yo corresponde a lo no observado, a lo obtenido en la imaginación y fingido por la razón.

Hume advierte la arriesgada tentación de asimilar al yo con las facultades mentales, por ello puntualiza el error de precipitarnos e identificar a la mente con alguna de las facultades mentales o con todas ellas, la razón o imaginación no es el espacio mental (escenario teatral) ni las facultades formadoras de la mente. Resulta parcial e ilusorio asumir a la razón, la imaginación y la memoria (o a las tres en conjunto) como lo constitutivo del yo. Ninguna de estas disposiciones mentales es capaz, sola o en relación con otras, de conformar una entidad más allá de las percepciones. Ni la razón ni la imaginación pueden ser anteriores a todo suceso mental llamado ‘percepción’, pues no existen elementos innatos que sean base de todos los demás elementos del pensamiento y, en la memoria, hemos visto, existe solamente una idea de frío o calor pero no la idea de un yo.

Es erróneo creer que la mente equivale a la razón o a la imaginación, tales facultades son, más bien, un modo de presentación de lo que llamamos pensar, esto es, la forma de relacionar los contenidos mentales es “racional” o “imaginaria”, y estos modos de ser no pueden colocarse en el lugar de la mente. La visión filosófica tradicional nos involucra en oscuridades nacidas del afán por caracterizar con dichos elementos a la mente. Hume nos dice:

Pero como la naturaleza parece haber guardado una especie de justicia y compensación en todas las cosas, no se ha olvidado de los filósofos más que del resto de la creación, sino que les ha reservado un consuelo en medio de sus frustraciones y aflicciones. Este consuelo consiste principalmente en la invención, por parte de los filósofos, de las palabras facultad y cualidad oculta.4 (Hume, 1977: 364-365)



  1. Camino sin salida: el extravío de la razón


El propio Hume ve, en el yo, un engrane que no puede conciliar ni ajustar entre las creencias (imaginarias) y las conclusiones (de un riguroso análisis racional). La idea del yo correspondería, entonces, a la síntesis imaginativa de percepciones. La libertad de la imaginación está supeditada a los principios naturales y a la susceptibilidad natural de las ideas a ser unidas unas con otras. Reunir en el yo ideas pasadas y constantes, en una continua cadena de repeticiones que nos presenta la semejanza, nos habla de un tren de percepciones, conjuntadas y encarriladas en una sola impresión de reflexión, la cual nos hace creer en la unidad del yo.

Recorrer las ideas unidas en el yo con esta lente, nos hace replantear una pregunta no muy sencilla de contestar: ¿cómo pasamos de lo observado a formular la creencia en nosotros mismos? Sobre la idea de necesidad Hume se pregunta: “¿Cómo origina la experiencia tal principio?” ¿por qué partiendo de esta experiencia establecemos una conclusión que va más allá de los casos pasados de que tenemos experiencia?( Hume, 1977: 199)

En el Apéndice de 1750 Hume intuye un hueco en su tratamiento de la identidad personal y manifiesta el desencanto a su propia explicación. La interrogante que encamina el desencanto de Hume lo sumerge en una perplejidad: ¿por qué creemos en un yo como una necesaria unidad de ideas, cuando aceptamos que, en rigor, deberíamos concluir lo contrario?

¿Qué factores subsisten a favor de la identidad personal como problema filosófico? Por un lado, la imaginación es la facultad que provoca esta idea y, por otro lado, las percepciones son objetos mentales que “existen en tiempo pero no en espacio y son independientes de un soporte para su existencia, que vaya de una a otra.” (Pears, 1990:141) La idea de una mente depende, en última instancia, de un haz de percepciones que permanece a través del tiempo: la temporalidad y el orden dado a las ideas es conservada por la memoria y cada percepción de memoria es enlazada con la percepción actual o presente por la imaginación.

  1. Crítica a la teoría del haz: la ‘salida’ del laberinto

Sea como haz o como una idea sola, el problema de la definición del yo-haz tiene objeciones relevantes: la reducción del yo a la mente, la constricción de la teoría de las ideas, la circularidad argumentativa del autor escocés. De estas objeciones sobresale aquella sobre la reunión de las percepciones en un determinado haz y no en otro. Al argumento explicativo de Hume le falta una premisa y un elemento teórico, para Stroud 1995, Penehulm 1975; y Pears 1990, es necesario explicar a qué se refiere Hume con mente y con contenidos mentales, lo cual significa explicar, a su vez, cómo se suscita la individuación del yo (cuestión insalvable, de no ser por la dimensión física, según Pears y Penehulm).

La primera objeción a la pretensión de Hume de enmarcar al yo dentro del ámbito de las ideas es claramente expuesta por Penehulm y Pears (Penehulm, 1975, Pears, 1990, Stroud, 1995). Según estos autores, la teoría de las ideas resulta ser un factor que constriñe la posible respuesta a esta objeción. Para Stroud, la teoría de Hume no puede responder a la individuación del yo aunque eso no le exenta de la necesidad de hacerlo.

Stroud, Pears y Penehulm están de acuerdo en que Hume no alcanza a resolver lo concerniente a la necesidad de reconocer cierto haz concreto de percepciones en un haz personal. El autor escocés debería explicar, como elemento necesario en su argumentación, y poder explicar, desde su propia teoría, la forma en que las percepciones del haz confluyen en este haz particular; y de qué forma, además, podemos decir que se trata de uno y otro haz. Por ello Penehulm afirma:

Creemos que hay muchas mentes y personas distintas y, generalmente, en los asuntos de la vida ordinaria, no tenemos dificultad alguna para distinguirlas. Ya que éste es nuestro modo de pensar sobre las mentes o las personas. Hume debería poder explicar por qué y cómo llegamos a él. (Penehulm, 1975: 94).

A pesar de la discusión acerca de si Hume realiza una investigación genética y de raíz psicológica, o si hace un estudio filosófico del yo, Hume debería poder dar razón de lo que da por hecho, de otro modo, el yo puede ser cualquier haz que se conforme como tal: ¿cómo identificamos al poseedor de una experiencia en el momento en que ésta se da? ¿cómo se suscita la unificación o integración de la ‘vida mental de una persona’ (como lo denomina Pears, (1990: 142). Por último, tampoco tiene elementos para contestar a la pregunta por los criterios de unidad en la persona a través del tiempo, si la relación causal es meramente temporal en el yo, nada nos impide pensar que la idea que posee un otro es la causa directa de mis ideas (en la telepatía, por ejemplo):

Por supuesto que [Hume] puede asentar el hecho a partir del cual se desarrolla su teoría explicativa, pero no puede explicar cómo o por qué se sostiene el hecho mismo. No puede explicar cómo o por qué se presentan como se presentan los datos con los cuales se construye la idea de identidad personal.(Stroud, 1995: 201)
La manera en que se conforma el yo -haz queda sin desarrollo y se toma como supuesto a modo de una constelación de estrellas que de algún modo han llegado a entenderse con determinado nombre, entre las miles y miles de estrellas que sabemos están por encima de nosotros. Sin la restricción de la apropiación de las ideas por parte del yo, sin la referencia a la semejanza y a la causalidad se pueden traspasar los límites entre una mente y otra (Pears, 1990: 141-142). Struod asevera: “Hume (…) deja por completo en la ininteligibilidad y en el misterio el hecho de que esos ‘datos’ se presentan de esa manera.”(Stroud, 1995: 203)

La analogía con las estrellas y las ideas queda de lado ante una analogía más elaborada que apele a lo absurdo del planteamiento humeano: si hemos sido testigos de un asalto, dice Pears, sabemos indudablemente que las impresiones son nuestras impresiones y no me dirijo de modo tal que al encontrar huellas de otra persona me las adscriba a mí, porque de entrada sé que son de otra persona (al presenciar un acto violento e injusto no me pregunto si tales acciones me pertenecen o no)

A la necesidad de la dimensión subjetiva se suma la vía de solución de Pears y Penehulm, dado que para estos autores la solución al problema se encuentra en la dimensión física, incluir este ámbito en la caracterización del yo nos permitiría justificar y explicar la individuación y especificación del yo - haz de percepciones. Penehulm argumenta:

(…) es demasiado exagerado si consideramos únicamente la parte que podemos hallar de nosotros cuando miramos dentro e ignorar la parte física de nosotros que pueda ser discernido desde fuera (…) si las relaciones son consideradas como una ‘condición necesaria’ para adscribirlas a una persona, es al menos posible que su conexión común con un cuerpo que permanece, es la relación que únicamente muchas de ellas tienen de una a otra.(Penehulm, 1975:83)
Sin la dimensión física o corporal el yo - haz queda suspendido en un misterioso haz integrado de ideas, venidas de un proceso desconocido y enlazadas de forma igualmente desconocida en una persona. La reflexión humeana sobre las ideas se enfoca con exclusividad a los contenidos mentales y a la mente, lo cual erradica la participación y presencia del cuerpo. Penehulm afirma: “Sin cuerpos no hay modo de individualizar las mentes entre sí. Hume no puede responder a la pregunta ¿cómo puedo distinguir la serie de percepciones que constituyen tu mente? De no ser con la distinción de los cuerpos, no podría responderse.”(Penehulm, 1975: 83)

Una tesis del propio autor ilustrado a favor de esta salida física se encuentra en la decisiva participación del sentir. La imaginación crean las creencias en un mundo externo e interno; no obstante, es la parte sensitiva el factor decisivo y distintivo de creencias que van en contra de la coherencia de la razón: el
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