Resumen Este texto reflexiona en términos teóricos y conceptuales acerca de las posibles aportaciones que puede hacer la comunicología al estudio de la relación entre la ciudad, la identidad y la inmigración.






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COMUNICACIÓN E INTERACCIÓN SOCIAL.
Aportes de la comunicología al estudio de la ciudad, la identidad y la inmigración.

Marta Rizo García


Doctora en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Coordinadora del Plantel Centro Histórico de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y profesora-investigadora de la Academia de Comunicación y Cultura de la misma institución, donde Co-coordina la Línea de Investigación en Comunicación Intercultural. Investigadora Nacional Nivel I del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT. Miembro del Grupo hacia una Comunicología Posible (GUCOM, México). Instructora del Programa de Capacitación Cultural del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Correo electrónico: mrizog@yahoo.com.

Resumen
Este texto reflexiona en términos teóricos y conceptuales acerca de las posibles aportaciones que puede hacer la comunicología al estudio de la relación entre la ciudad, la identidad y la inmigración. En un primer momento se define la comunicación, y se establecen vínculos conceptuales entre este concepto y el de interacción social. En un segundo momento, el texto aborda los tres conceptos básicos objeto de la reflexión. Para acabar, se establecen algunos lineamientos para la comprensión de la ciudad, la identidad y los procesos migratorios desde el enfoque comunicológico, y especialmente desde la dimensión de la interacción.

Palabras clave: Comunicación, ciudad, identidad, inmigración, interacción social.

 
Abstract
This text reflects on theoretical and conceptual terms about the possible contributions communication studies can make to the study of relationship between city, identity and immigration. First, communication is defined and linked to the concept of social interaction. Then, the three basic concepts objects of reflection are developed. Finally, some lineaments are established for the comprehension of city, identity and migratory processes seen through communication approach and especially through the dimension of interaction.

Key words: Communication, city, identity, immigration, social interaction.



Introducción

Partiendo de una definición general que entiende la comunicación como proceso básico para la construcción de la vida en sociedad, como mecanismo activador del diálogo y la convivencia entre sujetos sociales, este ensayo se plantea como objetivo explorar las posibles aportaciones de la comunicología al estudio de la relación entre ciudad, identidad e inmigración.

En primer lugar, se establecen los principios constructivos de la comunicación como dimensión constitutiva de lo social, de ahí que aboguemos por una discusión en torno a la comunicación que va más allá de los medios de difusión masiva. Así entonces, se parte de una perspectiva que está a caballo entre los modelos psicosocial y sistémico de la comunicación. El texto concluye con la exposición de las posibles articulaciones de la comunicación con la ciudad, la identidad y las migraciones.

I •  La comunicación como dimensión constitutiva de lo social

Es sabido que la comunicación puede entenderse como la interacción mediante la que gran parte de los seres vivos acoplan sus respectivas conductas frente al entorno mediante la transmisión de mensajes, signos convenidos por el aprendizaje de códigos comunes. También se ha concebido a la comunicación como el propio sistema de transmisión de mensajes o informaciones, entre personas físicas o sociales, o de una de éstas a una población, a través de medios personalizados o de masas, mediante un código de signos también convenido o fijado de forma arbitraria. Y más aún, el concepto de comunicación también comprende al sector económico que aglutina las industrias de la información, de la publicidad, y de servicios de comunicación no publicitaria para empresas e instituciones. Estas tres acepciones ponen en evidencia que nos encontramos, sin duda alguna, ante un término polisémico.

El debate académico en torno a la comunicación ha sido dominado por una perspectiva que reduce el fenómeno comunicativo a la transmisión de mensajes a través de los llamados medios de comunicación de masas. Sin ánimos de considerar vacío e innecesario dicho debate, consideramos que la comunicación va más allá de esta relación mediada. Es, antes que nada, una relación interpersonal. En palabras de Jesús Galindo (2001) ”la comunicación no sólo es una necesidad emergente, sino un estilo de vida, una cosmovisión, el corazón de la sociabilidad (...) La comunicación es efecto de un contexto ecológico de posibilidad, donde las diferencias se encuentran, pueden ponerse en contacto y establecer una estrategia para vincularse cooperando, coordinando, corepresentando” (3).

Desde esta perspectiva, hablar de comunicación supone acercarse al mundo de las relaciones humanas, de los vínculos establecidos y por establecer, de los diálogos hechos conflicto y de los monólogos que algún día devendrán diálogo. La comunicación es la base de toda interacción social, y como tal, es el principio básico, la esencia, de la sociedad. Sin comunicación, diría Niklas Luhmann (1993), no puede hablarse de sistema social: “Todo lo que es comunicación es sociedad (...) La comunicación se instaura como un sistema emergente, en el proceso de civilización. Los seres humanos se hacen dependientes de este sistema emergente de orden superior, con cuyas condiciones pueden elegir los contactos con otros seres humanos. Este sistema de orden superior es el sistema de comunicación llamado sociedad ” (Luhmann, 1993: 15).

Por tanto, la sociedad y la cultura deben su existencia a la comunicación. Es en la interacción comunicativa entre las personas donde, preferentemente, se manifiesta la cultura como principio organizador de la experiencia humana. En este sentido, la vida social puede ser “entendida como organización de las relaciones comunicativas establecidas en el seno de los colectivos humanos y entre éstos y su entorno” (Moreno, 1988: 14) (4). En otra obra, la autora hace hincapié en esta misma idea: “Considero la existencia humana, la vida social humana, como actividad comunicativa, la cultura como producto humano cargado de significados” (Moreno, 1990: 15).

I.1. Hacia una definición posible

En poco más de cincuenta años, la "teoría de la comunicación" ha tratado de ser construida desde diferentes perspectivas. Desde el enfoque de una teoría física, hasta los enfoques críticos de la Escuela de Frankfurt, pasando por una concepción social con base en la lengua o con base en la antropología cognitiva, una teoría psicológica con base en la percepción o en la interacción, y todos aquellos estudios que ponen el acento en los efectos sociales y psicológicos de su aplicación institucional en el campo de la comunicación de masas (5) . Este panorama hace que la comunicación sea considerada, junto con otros conceptos de las ciencias sociales como son la cultura y la identidad, un término polisémico donde los haya.

El abordaje de la comunicación debe tomar en cuenta esta diversidad de perspectivas y acercamientos. La comunicación como campo de conocimiento debe ser capaz, así pues, de integrar las distintas miradas que se han hecho hacia este objeto multidimensional que denominamos comunicación.

En líneas generales, y siguiendo el esquema elaborado por Jesús Galindo (2003), hay dos núcleos básicos de la “vida comunicológica posible”: la comunicación de masas y los estudios culturales. En palabras del autor, la primera está “anclada en un programa que puede cerrarse en lo mediático, los segundos en un movimiento que puede considerarse abierto a todo lo que significa, lo culturológico y sus mediaciones” (Galindo, 2003: 4). El autor añade un tercer núcleo, el que aglutina todo lo referente a las terapias, o lo que es lo mismo, la comunicación vista desde una perspectiva sistémica: “Han sido los trabajos sobre terapia los que han ensayado cierta profundidad en las relaciones interpersonales cara a cara, desde la perspectiva de la interacción, en un fondo que puede nombrarse como de comunicación interpersonal” (Galindo, 2003: 4).

Aún tomando como referencia a la propuesta de Jesús Galindo, los objetos de la comunicología se pueden organizar en cuatro dimensiones: la primera es la que se refiere a la expresión, las formas, la configuración de la información; la segunda tiene como eje central a la difusión, esto es, a los medios de difusión masiva; la tercera es la dimensión de la interacción, que tiene como centro a la relación entre sistemas de comunicación; y por último, está la dimensión de la estructuración, la más amplia, la más abarcadora, la que aborda la relación entre sistemas de información y sistemas de comunicación. En otro orden de elementos, la comunicología, desde su emergencia como campo del saber, se ha nutrido de las aportaciones teóricas de disciplinas muy diversas. En concreto, hablamos de siete fuentes teóricas de la comunicología, a saber: cibernética, sociología funcionalista, sociología cultural, sociología fenomenológica, psicología social, economía política y semio-lingüística (6).

Según el diccionario de la Real Academia Española, la comunicología es la ciencia interdisciplinaria que estudia la comunicación en sus diferentes medios, técnicas y sistemas. La perspectiva sistémica que nos interesa, sin embargo, apunta una definición sustancialmente distinta, y entiende a la comunicología como el “estudio de la organización y composición de la complejidad social en particular y la complejidad cosmológica en general, desde la perspectiva constructiva-analítica de los sistemas de información y comunicación que las configuran” (Galindo, 2003: 12).

Esta perspectiva de corte sistémico encuentra su fundamento en la comprensión de la comunicación como telón de fondo de toda actividad humana. Dicha actividad se constituye en social, y como tal, persigue o implica objetivos sociales. Como reguladora de las relaciones humanas, la comunicación debe entenderse, por lo tanto, como base para toda interacción social. Y es más, plantear la comunicación desde el punto de vista sistémico implica considerarla como un conjunto de elementos en interacción donde toda modificación de uno de ellos altera o afecta las relaciones entre otros elementos (7).

Así entonces, puestos a considerar el proceso de la comunicación, debiera tenerse como telón de fondo que toda la actividad humana, en tanto que vida social, se constituye en actividad social con objetivos sociales. Esta visión, claramente sistémica, y que tiene sus orígenes en las aportaciones de Talcott Parsons (1966) (8), señala cómo la acción social no consiste tan sólo en respuestas particulares ante estímulos situacionales particulares, sino que el agente envuelve la relación de un verdadero sistema de expectativas relativas a la configuración social en que se encuentra. El concepto de interacción social organizada parece ser el que mejor define la relación social. Aunque las interacciones sociales en forma de relaciones terminan por fijarse ritualmente en esquemas de conducta social.

II •  Interacción social e interacción comunicativa

Inevitablemente, en el estudio de la comunicación en el medio social, ésta se halla relacionada con los conceptos de acción e interacción. La acción social puede ser entendida desde la perspectiva positiva de Émile Durkheim (1973) como el conjunto de maneras de obrar, pensar y sentir, externas al individuo y dotadas de un poder coercitivo, en cuya virtud se imponen a él (9). O puede ser entendida desde la perspectiva subjetivista de Max Weber (1977), en la medida en que los sujetos de la acción humana vinculen a ella un significado subjetivo, referido a la conducta propia y de los otros, orientándose así cada una en su desarrollo. O puede finalmente comprenderse a partir de la fusión de la óptica positiva y subjetiva, que se integran en el concepto más holístico de praxis social, desde la que todo conocimiento humano individual, inserto en el conocimiento social, está basado en las relaciones sociales de producción y transformación de la realidad, que han sido fijadas por los propios hombres en un proceso de desarrollo real y material de las condiciones históricas dadas.

Los seres humanos establecen relaciones con los demás por medio de interacciones que pueden calificarse como procesos sociales (10). Así, la comunicación es fundamental en toda relación social, es el mecanismo que regula y, al fin y al cabo, hace posible la interacción entre las personas. Y con ella, la existencia de las redes de relaciones sociales que conforman lo que denominamos sociedad. Así entonces, los seres humanos establecen relaciones con los demás por medio de interacciones que pueden calificarse como procesos sociales. Y como ya quedó claro, toda interacción se fundamenta en una relación de comunicación.

Cicourel (1979) toma la noción de “esquema común de referencia” de Alfred Schutz (1964) para definir toda situación de interacción social. Según el autor, “a partir de los procesos interpretativos los actores pueden comprender diferentes acciones comunicativas, reconocer las significaciones y las estructuras subyacentes de las acciones comunicativas, asociar las reglas normativas generales a las escenas de interacción vividas por medio del conocimiento socialmente distribuido, desglosar la interacción en secuencias” (Cicourel, 1979: 13).

En este sentido, esta perspectiva nos permite establecer ya un primer vínculo entre identidad y comunicación. En primer lugar, porque la identidad, como emergente, siempre es producto de los procesos de interacción social. Y en segundo lugar, y derivado de esto primero, la identidad es un proceso de negociación y ajuste que conforma la construcción de la intersubjetividad y el mundo de significados compartidos. La identidad, así entonces, requiere de la interacción para ser definida y negociada.

Los elementos simbólicos, “susceptibles de ser dotados de un significado subjetivo por parte de las personas implicadas en la acción” (Gómez Pellón, 1997: 110), son los que nos permiten hablar de la interacción social. Y dado que toda interacción social se fundamenta en la comunicación, es pertinente hablar de interacción comunicativa.

La interacción comunicativa es un proceso de organización discursiva entre sujetos que, mediante el lenguaje, actúan en un proceso de constante afectación recíproca. La interacción es la trama discursiva que permite la socialización del sujeto por medio de sus actos dinámicos, en tanto que imbrican sentidos en su experiencia de ser sujetos del lenguaje. En este sentido, interactuar es participar en redes de acción comunicativa, en redes discursivas que hacen posible, o vehiculan, la aprehensión, comprensión e incorporación del mundo. Interactuar, entonces, nos permite comprender el entorno físico y dotar de sentido y significado a nuestra experiencia en el mundo (11).

III •  La ciudad desde la óptica de la comunicación

Los enfoques de la comunicación están enriqueciendo el abordaje, la explicación y el análisis de lo que representa la ciudad desde un punto de vista social, económico, político o urbanístico. A los enfoques sociológicos, económicos, antropológicos y urbanísticos, así pues, hay que sumar la relevancia que toma la ciudad como objeto de estudio primordial para la disciplina de la comunicación.

Aunque la pregunta por la ciudad y las formas de vida que se dan en ella no constituye una novedad en el campo de la comunicación, se puede afirmar que, en la actualidad, esta vieja preocupación requiere de una mirada más abierta, interdisciplinar, que no reduzca los estudios a los conjuntos de prácticas comunicativas que tienen como telón de fondo el espacio citadino. Esto es, si bien se ha abordado la ciudad desde la comunicación, se aprecia una falta de problematización del papel mismo de la ciudad como generadora de formas de socialidad –y de comunicación- específicas. Los estudios sobre prácticas culturales-comunicativas, por un lado, y los estudios acerca de la presencia de los medios de comunicación en el espacio urbano, por el otro, han sido las temáticas predominantes en las investigaciones que han abordado la cuestión desde la disciplina de la comunicación.

A pesar de lo reduccionista de los abordajes apuntados, no se pretende afirmar en ningún momento la inutilidad de tales estudios. En palabras de Rossana Reguillo (1997), “la pregunta por la comunicación en la ciudad no se reduce a la infraestructura de los sistemas comunicativos, a la configuración de públicos en relación a esta infraestructura, aunque unos y otros de estos elementos sean parte consustancial de todo estudio sobre la ciudad y puntos de partida para el análisis, mientras no conviertan a la ciudad en un sistema cerrado o se diluyan en una apertura infinita” (Reguillo, 1997: 27).

“Entre las muchas representaciones (o imágenes y paradigmas) utilizados para interpretar la ciudad, aquella que la ve como un sistema de comunicación es probablemente la más actual y significativa” (Gómez Mompart, 1998: 1). Entendemos por sistema un conjunto complejo e interrelacionado de espacios, actores y acciones en actividad constante. Como ya se ha dicho anteriormente, uno de los principios básicos de la teoría de sistemas es que la sociedad no puede existir sin la comunicación; es, en sí misma, comunicación.

Dentro de estas reflexiones que consideran la ciudad como sistema de comunicación, destacan aquellos autores que enfatizan que la importancia de la ciudad se debe a su capacidad para establecer vínculos comunicativos. Al respecto, Marc Guillaume (1993) afirma que "lo que hace que la ciudad sea el espacio conmutativo por excelencia es la capacidad de establecer (o de cortar) la comunicación y el intercambio entre los hombres o entre los hombres y la información o incluso entre los hombres y las cosas" (Guillaume, 1993: 49) (12).

Alfredo Mela (1994) considera que el entorno o sistema urbano puede ser planteado como producto de la interdependencia de tres subsistemas con lógicas de funcionamiento, reglas y dinámicas autónomas: un sistema de localización de la actividad; un sistema de comunicación física, y un sistema de comunicación social (Mela, 1994: 10). El primer subsistema haría referencia a los campos sociales que constituyen una ciudad; el segundo contiene todo lo referente a los soportes físicos empleados para la transmisión de información; y el tercero, por último, englobaría las formas de comunicación, de interacción comunicativa, que se dan entres los diversos actores que conforman la ciudad.

Si partimos de que la ciudad es un espacio de sociabilidad, de construcción de sujetos, mirar la ciudad desde la comunicación implica, en primer lugar, considerar la relación entre la cultura objetivada –lo que en palabras de Pierre Bourdieu (1992) constituyen los campos y sus capitales específicos- y la cultura incorporada o interiorizada –el habitus , siguiendo la propuesta del sociólogo francés. Ambas culturas se ponen en escena en forma de lo que él mismo denomina prácticas culturales. En palabras de Rossana Reguillo (1997), esta consideración se resume en “la observación de la presencia de instituciones, discursos y prácticas objetivas en las representaciones de los actores urbanos” (Reguillo, 1997: 24). La relación entre lo objetivo y lo subjetivo, dimensiones básicas de la cultura y, por ende, de la identidad cultural, puede ser mirada y objetivada en las prácticas sociales o culturales, a partir de ejes analíticos y organizadores de la ciudad como son lo público y lo privado, lo central y lo periférico y, en una dimensión más simbólica, lo legítimo y lo ilegítimo. Así entonces, la ciudad no se reduce a su dimensión espacial o campal –objetiva-, pero tampoco es sólo un conjunto de representaciones incorporadas por los sujetos. Es, como queda claro en la afirmación anterior, una compleja combinación entre ambas dimensiones.

Las percepciones acerca de la ciudad contemporánea se alimentan en gran medida del imaginario urbano construido, representado y narrado por los medios de difusión masiva. Así entonces, la ciudad y sus representaciones mediáticas se producen mutuamente. Como constructores de la realidad, o difusores de representaciones sociales (13) acerca del mundo, los medios configuran un determinado “mito urbano”. En palabras de Amendola (2000), “viajamos atraídos por estas imágenes de ciudad y de lugares, frecuentemente sólo para encontrar en la experiencia la confirmación de la imagen conocida y para poder narrar nosotros mismos un relato de ciudad ya escrito” (Amendola, 2000: 173). En este sentido, compartimos con el autor que la imagen urbana, en su dimensión mediatizada, es penetrante y constituye un importante factor de socialización que anticipa el conocimiento de las ciudades, que se convierten en algo conocido antes de haber sido vividas o experimentadas.

En la misma línea se sitúa la reflexión de Gómez Mompart (1998), quien afirma que “la construcción imaginaria de la ciudad, producida por las industrias de la cultura y de la comunicación, entabla individual y colectivamente un diálogo con el ciudadano, quien contrasta su visión con la versión mediática, retroalimentándose mutuamente” (Gómez Mompart, 1998: 3).

En este sentido, se puede decir que los ciudadanos, sujetos sociales, leen la ciudad como primer referente de su experiencia existencial, y a la vez, negocian sus percepciones y vivencias con las lecturas que vienen propuestas –o impuestas- por parte de los medios de difusión masiva. Se produce, así entonces, una negociación –que puede ser compartida o puede generar un choque- entre las cosmovisiones producto de la experiencia subjetiva de los individuos y las versiones que los medios construyen sobre la experiencia urbana.

Lo interesante del debate es ver hasta qué punto una y otra dimensión pueden entenderse de forma independiente. Esto es, ¿hasta qué punto podemos hablar de experiencias y percepciones subjetivas acerca de la ciudad sin tomar en cuenta la imagen que de ella transmiten los medios? Y a la inversa, ¿pueden los medios construir versiones sobre la experiencia urbana sin antes aprehender cómo es que está siendo vivida la ciudad por parte de los sujetos que la habitan? La imposibilidad de dar respuesta a una y otra pregunta nos sitúa en el centro del debate, y hace que consideremos, antes que nada, la interdependencia entre las versiones e imágenes de la ciudad, vivida y construida mediáticamente.

Las imágenes que de la ciudad tienen sus habitantes –y, siguiendo la argumentación del párrafo anterior, también aquellas personas que no la habitan- se nutre, por tanto, de construcciones mediáticas. Sin embargo, el vivir la ciudad aporta una experiencia que difícilmente puede ser substituida por la imagen que de ella conforman los media. Esta afirmación se sustenta en que, a pesar de que una ciudad es impensable sin su relato, sin el imaginario o la representación que se crea entorno a ella, dicho relato es diferente al objeto que representa; no obstante, analíticamente es difícil, quizás imposible, cortar esta estrecha relación entre la ciudad y las narraciones que la toman como objeto a representar.

Y es que la ciudad puede ser mirada y vivida de muchas y muy diversas maneras. Las narraciones de los medios son, solamente, una forma posible de ver la ciudad. Dada esta multiplicidad de miradas, de formas de ver y vivir las ciudades, podemos decir que las fronteras entre la ciudad y los relatos que se hacen de ella tienden a perderse o, al menos, a difuminarse. Y a ello han contribuido en gran medida los discursos de los medios de comunicación, en cuyos discursos “el mundo real se transforma en un espectáculo permanente en el que se eliminan las barreras entre actor y espectador, entre simulación y realidad, entre historia y ficción” (Amendola, 2000: 81).

Desde otras perspectivas, se pone el énfasis en los tipos de discursos que circulan por el espacio urbano, discursos que se entretejen para dar lugar a formas de socialización concretas. Y, por ende, a formas de percepción (autopercepción y heteropercepción) también específicas. Hugo Gaggiotti (2001) considera que en la ciudad pueden producirse dos tipos de discursos: unos, los que incluyen las percepciones de los elementos de la cultura que entienden el término “ciudad” en función de estructuras permanentes de la mentalidad constitutiva de la cultura urbana (el pueblo, el vecindario, la ciudad); y otros, los que incluyen las percepciones de los grupos sobre acciones propias a la vida urbana, acciones que los grupos advierten indisolublemente unidas a lo urbano y hacen que la ciudad se perciba especialmente a partir de estas categorías mentales. Sobre estas percepciones, dice Gaggiotti (2001), los grupos gestan una percepción de la ciudad en la que reconocen tres formas posibles:
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