Serie: material de lectura y análisis de la vida cotidiana






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fecha de publicación09.07.2015
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SERIE: MATERIAL DE LECTURA Y ANÁLISIS DE LA VIDA COTIDIANA.

PARTE I. LA TRADICIÓN MARXISTA. (Continuación)

Organización y selección: Luzma Javiedes. Coordinación de Psicología social. Facultad de Psicología. UNAM

HENRI LEFEBVRE: VIDA COTIDIANA

“Introducción a la psicosociología de la vida cotidiana” (1971), es el Capítulo V del libro De lo rural a lo urbano (Barcelona: Ediciones Península), recopilación de artículos elaborados a lo largo de veinte años por Henri Lefebvre. Para acercarse al pensamiento de éste autor, y al pensamiento de la tradición marxista, se incluyen además algunos fragmentos de la Introducción.

De la INTRODUCCIÓN (págs. 5 -18)

En cuanto al marxismo, el marxismo no aporta una filosofía, un sistema o un modelo definitivo de pensamiento y acción: aporta una vía, la de la realización de la filosofía a través de su crítica radical.

¿Dónde se encuentra la filosofía?: en los libros soberbios, célebres. ¿La no filosofía?: en escritos, y también, en poetas y trágicos. ¿Dónde se encuentra la vida cotidiana? En todas partes, en todo y más allá. No escrita, mal descrita.

La vida cotidiana está allá, sofocante, aunque no sin halagos, cambiando, confirmándose lentamente y seguramente como cotidianidad bajo los destellos, sorprendentes o fascinantes, de la modernidad; afirmando su trivialidad, su capacidad de consolidar en lo movedizo, su profundidad huidiza.

Nos encontramos, pues, ante una nueva situación a elucidar [lo ocurrido en el siglo XX, lo que resta del pensamiento marxista] ¿Cómo elucidarla? Estudiando la vida cotidiana, lugar de este cambio: necesidades programadas, práctica modelada por manipulaciones, pero también “materia” y subproductos que escapan a los poderes y formas que imponen sus modelos. Lo cotidiano es ambigüedad por excelencia: satisfacción y malestar, trivialidad y aburrimiento bajo la resplandeciente armadura de la modernidad.

Una proposición clara de la crítica radical de lo cotidiano es que el dominio de la naturaleza se metamorfosea en apropiación de la vida y del deseo a lo largo de una transformación profunda. Pero no debe olvidarse que la cotidianeidad programada, la de hoy, se remite a una estrategia de clases que modifica las relaciones de producción sin transformarlas, que introduce nuevos elementos en la práctica por el sesgo del consumo; la vida cotidiana sirve al despliegue del mudo de la mercancía y del mundo del Estado. Pero en tanto, la sociedad en su conjunto se transforma y de industrial pasa a ser urbana. La vida cotidiana, en el marco urbano en que se establece bajo presión de las relaciones sociales y del orden existente, puede metamorfosearse y servir a la aparición de una vida distinta.

Otros doctrinarios, muy derechistas éstos, afirman, en ombre de una epistemología y una visión inamovible del pensamiento, que la vida cotidiana es simplemente un detalle, una modalidad superficial de la sociedad capitalista. Lo “vivido” no puede dar lugar a ningún concepto. Contra estos dogmáticos se puede afirmar que la vida cotidiana ni la sociedad urbana constituyen una simple y pura superestructura . El mundo de la mercancía, con su lógica y su lenguaje, se generaliza en lo cotidiano hasta tal punto que cada cosa lo vehicula, con sus significaciones.

La sociología va acompañada de su crítica, que el saber parcelario nunca puede pretenderse total, que la sociocrítica va por delante de la sociotécnica, y que, por último, la totalidad constituye problema (desde el momento en que ni la filosofía ni las ciencias fragmentarias tienen acceso a ella).

Del Capítulo V. INTRODUCCIÓN A LA PSIOSOCIOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA

¿Cómo definir la vida cotidiana? Nos rodea y nos cerca; en el mismo tiempo y el mismo espacio, está en nosotros y nosotros en ella y estamos fuera de ella, tratando sin cesar de proscribirla para lanzarnos en la ficción y lo imaginario, nunca seguros de salirnos de ella, aun en el delirio del sueño. Todos la conocemos (y sólo a ella conocemos) y cada uno de nosotros la ignora.

¿Qué es pues la cotidianeidad? No avanzaremos mucho ni nos comprometeremos demasiado diciendo que es la mejor y la peor de las cosas, como la lengua y el lenguaje según Esopo. La mejor: en la vida cotidiana entramos en contacto con el mundo humano ya realizado, con innumerables objetos producidos en lugares lejanos o escondidos y que se convierten en bienes; el conjunto de estos bienes se ofrece a las ambiciones y estimula los deseos; algunos de entre ellos se nos escapan y son inaccesibles. La ciencia de la realidad social no puede confundir este campo de experiencias con la producción y distribución … este vasto campo puede ser definido por una sola palabra: apropiación (por los seres humanos de la vida en general, de su propia vida en particular).

En la vida cotidiana, sector privilegiado de la práctica, las necesidades se convierten en deseos. Estos toman forma en ella y en ella pasan de biológicos (es decir animales y vitales) a humanos. Los deseos se individualizan, en función del grupo propio. La socialización y humanización de la necesidad van parejas con la individualización del deseo, pero no sin conflictos, no sin daños, a veces irreparables.

Riqueza de la cotidianeidad: en ella se esbozan las más auténticas creaciones, los estilos y formas de vida que enlazan los gestos y las palabras corrientes con la cultura. En ella se opera la renovación incesante de los hombres: el nacimiento de los hijos, el empuje de las generaciones. Un arte, una imagen, un mito que no entren en la cotidianeidad (en “ lo vivido”) permanecen abstractos o mueren. A la inversa, los más profundos deseos y las aspiraciones más válidas se arraigan y permanecen en ella.

Miseria y pobreza: la vida cotidiana es también la repetición de los mismos gestos (la dulzura lánguida de la cotidianeidad). Miseria: en la vida cotidiana, el joven que se realiza, que triunfa o fracasa, pierde su juventud, madura y envejece; no realiza más que una parte de las posibilidades del hombre joven; desde su infancia tiene delante de él la imagen del hombre qu7e no es más que una de las varias posibilidades, habiendo perdido las otras.

En la cotidianeidad afrontamos en el corazón de nuestra vida lo que los enormes medios de la técnica moderna no logran dominar, y que quizás no llegan a dominar si no es destruyéndolo: espontaneidad, ritmos fisiológicos, cuestiones de salud y vitalidad; léase pasiones y resurgimientos de esperanzas ilimitadas. Lo cotidiano se descubre también como dominio de la suerte y la desgracia, de la casualidad y el destino y sus sorprendentes combinaciones. Lo novelesco y lo extraordinario se mezclan en ella con la trivialidad. Las técnicas modernas se aplican a lo cotidiano y restringen los límites del dominio del hombre. Mil instrumentos, herramientas, han modificado la cotidianeidad. No le han arrebatado el carácter repetitivo. La técnica invade la cotidianeidad y la cambia sin metamorfosearla.

No podemos conocer la vida cotidiana sin hacer un análisis crítico… En ella se entremezclan privaciones y frustraciones con goce de bienes, necesidades convertidas en deseos y capacidades constantes de placer y alegría. En la cotidianeidad se mezclan las realizaciones y lo que ciertos filósofos llaman “alienaciones”. La vida cotidiana confronta los posibles y los imposibles: la alegría afronta el dolor y el aburrimiento. En este sentido contiene el criterio de lo humano. Es la medida de la realización del hombre.

¿Dónde sorprender la cotidianidad? “La sorprendemos en todas partes y en ninguna”. No consiste ni en la vida del trabajo, en la empresa o la oficina, ni en la vida, familiar con su entorno y relaciones, ni en las distracciones, el ocio y sus actividades múltiples. Y, al mismo tiempo, es todo esto, la vida del ser humano que va de lo uno a lo otro, que se realiza y pierde tanto en el trabajo como en la familia o el ocio. El hombre o la mujer son los mismos cuando trabajan, se casan, educan a los hijos, van al cine, salen de vacaciones. Y, sin embargo, no son exactamente lo mismo; la “persona” se diversifica, guardando al mismo tiempo cierta unidad.

Si se nos exige una definición precisa de lo cotidiano … Nosotros diremos: “la substancia del hombre, la materia humana, lo que le permite vivir, residuo y totalidad a un tiempo, sus deseos, sus capacidades, sus posibilidades, sus relaciones esenciales con los bienes y otros humanos, sus ritmos, a través de los cuale le es posible pasar de una actividad delimitada a otra totalmente distinta, su tiempo y sus espacios, sus conflictos…”

Para ir más lejos indiquemos los determinantes científicos de la cotidianidad.

Signos y señales pueblan el espacio y el tiempo. Las señales son simples, precisas, reducidas al mínimo, con frecuencia a sistemas binarios. Las señales condicionan y dirigen los comportamientos. Los signos son más vagos y complejos; constituyen sistemas abiertos. Una palabra es un sigo, pero también lo es una puerta, una ventana, una corbata, un vestido, un sombrero, un gesto como estrechar la mano de alguien diciéndole “buenos días”. La puerta significa una entrada, un pasillo prohibido para algunos y abierto para otros, los habitantes de la casa y sus relaciones.

Mi apartamento está poblado de objetos funcionales que al mismo tiempo son signos, colocados en cierto orden que estudia la “logística” de la cotidianeidad. La calle también está repleta de signos. En la vida cotidiana sabemos (mejor o peor) traducir al lenguaje corriente estos sistemas complejos de signos. Si no sabemos traducirlos, si ignoramos algo, nos considerarán raros, o forasteros, o fuera de la Historia.

Pero esto no es todo. Consideremos ahora los monumentos o simplemente una cara conocida o desconocida. No dicen todo lo que tienen que decirnos; lo dicen con lentitud o no terminan nunca. Por esta razón los comparamos a símbolos, ricos de un sentido inagotable. Los juzgamos expresivos además de significativos. Rostros, monumentos, símbolos que introducen profundidad en la vida cotidiana: presencia del pasado, actos y dramas individuales o colectivos, posibilidades mal determinadas y por tanto más comprensivas de belleza y grandeza. En el espectáculo de lo cotidiano y en la participación de los individuos en la vida son nudos, centros, puntos de penetración a algo más profundo que la trivialidad reiterativa de la que, sin embargo, no se separa ni un ápice. La trivialidad de las señales, de los signos conocidos y repetidos, reinaría sin los símbolos sobre el espacio y el tiempo privados de lo desconocido y de sentido.

Y ahora podemos dar algunas definiciones científicas:

En la cotidianidad se entremezclan sistemas de signos y señales a los que se añaden símbolos que no forman sistemas. Se traducen todos en un sistema parcial y privilegiado a un tiempo: el lenguaje. El conocimiento crítico de la vida cotidiana se define como una parte importante de una ciencia que llamaremos semántica general.

Llamaremos campo semántico total al conjunto más amplio de significaciones que el lenguaje (que sólo es una parte del campo semántico total) se esfuerza en explorar y busca igualar. El conocimiento de la cotidianidad se sitúa, pues, en este campo. Sobre él se abren los sectores parciales que se distinguen (por ejmplo, el señor X juzga su profesión aburrida, o decepcionante, o apasionante, por esta apreciación, motivada o no, coherente o no, entra en el campo global).

Contrariamente a lo que piensan algunos “semánticos”, la significación no agota el campo semántico; no es suficiente y no se satisface. No tenemos el derecho de olvidar lo expresivo en beneficio de lo significativo. No hay expresión, es cierto, sin signos y significados que se esfuercen en decirla, o sea, en agotarla; pero tampoco hay significado sin lo expresivo, que ésta, la expresión, traduce fijándolo, trivializándolo. Entre los dos términos existe una unidad y un conflicto (una dialéctica). El sentido resulta de esta relación móvil entre la expresión y la significación. El campo semántico total une (en proporciones variables según los lugares y momentos) la profundidad simbólica y la claridad de las señales. Los signos (y especialmente el lenguaje) permiten decir el sentido.

En términos más precisos todavía, las señales que dirigen imperativamente y no enseñan nada, que se repiten idénticas a sí mismas, constituyen socialmente una redundancia. Los símbolos siempre aportan sorpresas, novedades, imprevistos, incluso en su reaparición; sorprenden, tienen carácter estético. Cuando son demasiado numerosos, demasiado ricos, abruman y se convierten en inteligibles. Los signos (o señales y símbolos conjuntamente) tienen un papel informativo.

De esta forma se define ante nosotros el texto social. Éste resulta de la combinación, en proporciones infinitamente variadas, de los aspectos y elementos ya mencionados. Sobrecargado de símbolos, cesa de ser legible por ser demasiado rico. Reducido a señales cae en la trivialidad.

La riqueza del texto social se mide entonces por su variabilidad accesible: por la riqueza de posibilidades que ofrece a los individuos (que lo descifran y forman parte de él). Estas posibilidades exigen opciones, tan numerosas como aperturas tiene lo posible, pues lo posible y lo imposible van parejos; hay que escoger, y lo posible no escogido deviene imposible. La opción y la duda de escoger acompañan la multiplicidad de los posibles que se leen en el texto social. (La gran ciudad ofrece opciones más numerosas que la pequeña ciudad o pueblo.

¿Cómo emplear estas nociones teóricas para la descripción, el análisis y exposición de la vida concreta? Admitiremos aquí una proposición: “En la sociedad que observamos y de la que formamos parte, los intermediarios tienen privilegios, a veces exorbitantes, en detrimento de lo que tiene más realidad”. Su veracidad dimana de la simple experiencia práctica, casi del sentido común cotidiano. Este enunciado quiere decir que a nuestro alrededor, los lugares de paso y encuentro, la calle, el café, las estaciones, los estadios, tienen más importancia e interés en la cotidianidad que los lugares que enlazan. No siempre fue así. En otro tiempo, la casa o el taller tenía tanta realidad como la calle. Los medios de comunicación estaban subordinados a los hombres, y también los intermediarios.

El lenguaje. Lo fetichizan [semánticos y filósofos] ¿no será porque el lenguaje –corriente o especializado- ha revelado ya sus insuficiencias? ¿no será porque el hombre moderno duda del lenguaje? El lenguaje sirve a las trivialidades. Sirve a la vulgaridad. Las mismas palabras se repiten, en inútil intercambio. De todas maneras este intercambio es significativo. Testimonia las preocupaciones más generales y al mismo tiempo cierta necesidad de comunicar. En la trivialidad, a veces un impulso imprevisto orienta la conversación. El estudio del lenguaje en la vida cotidiana no se limita a la relación “expresión-significación”, de la que surge el sentido. Hay también lo que el lenguaje no dice, lo que evita decir, lo que no puede ni debe decir. Cuando las necesidades y deseos no encuentran palabras para dar consciencia de sí e intentar su realización comunicándose, perecen. O se revuelven. Consecuencia: de la vida cotidiana nacen palabras nuevas, giros, (frecuentemente marginales con relación al lenguaje oficial: jerga, locuciones familiares). Los deseos rechazados se abren camino de esta manera a través de una expresión indirecta. Tratan de existir socialmente. A partir de la vida cotidiana cambian las lenguas y el lenguaje.

La calle. Intermediario muy privilegiado entre los sectores de lo cotidiano –los lugares de trabajo, la residencia, los lugares de distracción- la calle representa, en nuestra sociedad, a la vida cotidiana. Constituye su escenario casi completo, su digest, y esto siendo exterior a las existencias individuales y sociales, o quizá precisamente por ser exterior. No es nada más que el lugar de paso, de interferencias, de circulación y comunicación. Es, pues, todo, o casi todo: el microcosmos de la modernidad. En resumen, en la calle, numerosos instantes de interés traspasan la indiferencia del espectáculo permanente, en el cual cada uno deviene espectador. En la calle yo participo, soy también espectáculo para los demás. Allí se realiza el circuito que convierte la mercancía de objeto deseable y deseado en bien. Por los objetos y su belleza, su ofrenda y su rechazo, la calle se convierte en el lugar del sueño más cercano a lo imaginario, y al mismo tiempo en el lugar de la realidad más dura, la del dinero y la frustración.

El café. Contentémonos en indicar su interés tanto para explicar determinadas formas de sociabilidad en la vida cotidiana como para comprender la formación de determinados grupos sociales. El café, lugar de encuentros llevados hasta la promiscuidad, lugar de la fantasía injertada en la vida cotidiana, es también el lugar del juego y del discurso por el discurso. Iban desde el “pequeño café”, reservado a los habituales de un barrio, al “gran café” que reunía muchedumbres. Todavía se extienden de uno otro de estos polos de atracción. Los elementos estables, ambientación, camareros, cajeras, clientes, ponen en relieve a los transeúntes; reciben de ellos una tonalidad que los traspone, de suerte que lo estable se libra (hasta cierto punto) del aburrimiento, y lo insólito del malestar.

Las mujeres. La cotidianidad pesa, y con todo su peso, sobre cada mujer aisladamente y sobre el conjunto de mujeres. Ellas experimentan lo más cargante, agobiante, gris y reiterativo de la vida cotidiana, tanto en el trabajo doméstico y en los gestos exigidos por los niños como en los trabajos sociales generalmente inferiores que les son reservados. Las mujeres, los elementos más naturales de la vida cotidiana, seguramente asumen al mismo tiempo la mayor facticidad: la moda, los modos, el esteticismo más artificioso. Y con frecuencia estas contradicciones las satisfacen.

La juventud y los jóvenes. Cada joven figura en un grupo, a su vez insertado en una clase y en el conjunto social (con las tensiones y conflictos que oponen el grupo y las clases a los otros grupos y clases en el seno de esta sociedad). Y sin embargo “los jóvenes” tienen sus necesidades y sus deseos, sus problemas específicos, sus reinvindicaciones, sus aspiraciones. Constituyen un grupo amplio, abierto, sin forma ni estructura bien definidas, y sin embargo real.

Los retículos y los filamentos. Constituyen la trama en que se teje la cotidianidad. Vinculan a distancia a los pequeños grupos, en apariencia cerrados o afectados a un territorio: familias, pueblos, barrios de las ciudades, agrupamientos corporativos, asociaciones locales. Sitúan los grandes grupos en la cotidianidad, y recíprocamente. A lo largo de los retículos se trasmiten, de boca a oído, a veces con una velocidad asombrosa, pero no sin deformaciones y filtraciones, las noticias y las apreciaciones; los retículos no excluyen la vía escrita: se hacen pasar periódicos, prospectos, programas, octavillas, al mismo tiempo que rumores, relatos, habladurías, interpretaciones. Puede ocurrir que, de grupo de comunicación e información, un retículo se transforme en grupo de presión, sin por ello perder su vínculo con la cotidianidad y su función de canal entre lo cotidiano y no cotidiano. [Ojo: esto tiene más importancia de la que Lefebvre le atribuye: implica conversación, comunicación informal, lo dicho al pasar…]

Los filamentos difieren de los retículos en que vehiculan personas y no solamente “ruidos”, informaciones y rumores. A lo largo de los filamentos se prosiguen ascensiones sociales. Al nivel de la cotidianidad éstos soportan las relaciones formales y representan las instancias: la burocracia, la organización económica, la aplicación de los reglamentos y las leyes, las vinculaciones entre la ciudad y el campo, entre el país y el extranjero. Desempeñan un papel importante en la “movilidad social”. En el nivel de lo “vivido” cotidiano, introducen perspectivas más amplias. [Redes sociales, “contactos”, “palancas”]

Para comprender la vida cotidiana hemos recurrido a una noción célebre y oscura, la de alienación. Toda actividad viva y consciente que se pierde, se extravía, se deja arrancar de sí misma, y por consiguiente se aparta de su plenitud, está alienada. Alienación y desalienación se entremezclan, lejos de excluirse. Lo que libera y “desaliena” en relación a una actividad ya alienada puede resultar “alienante”. Y así sucesivamente, en un movimiento dialéctico, es decir, hecho de contradicciones siempre resueltas y siempre renacientes. El ocio libera y desaliena en relación al trabajo parcelario y abrumador, pero conlleva sus propias alienaciones, por ejemplo la pasividad y no participación en el espectáculo o la facticidad de las sociedades de ocio. De este modo los sistemas de señales que se acumulan alrededor de nosotros facilitan la práctica cotidiana y la ensanchan; al mismo tiempo condicionan los comportamientos, los someten a una disciplina exorbitante y transforman a los humanos en robots.

Lecturas recomendadas:

Lefebvre, H. (1972, 1980). La Vida Cotidiana en el mundo moderno. Madrid: Alianza Editorial

Lefebvre,H. (1947). Critique de la Vie Quotidienné. Paris: Editions Bernard Grasset

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