La elaboración de cualquier texto teórico, presupone para el autor el acto de definir la posición en la que se colocará frente al escrito; dicho de otro modo






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fecha de publicación11.04.2017
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PRÓLOGO.
La elaboración de cualquier texto teórico, presupone para el autor el acto de definir la posición en la que se colocará frente al escrito; dicho de otro modo, la particular perspectiva que adoptará en el estudio y en el tratamiento de los conceptos.

Esta condición indispensable se refleja de forma clara desde las primeras líneas del libro en el preámbulo de intenciones, y adquiere mayor consistencia a medida que se despliegan las ideas fundamentales.

Ya de por sí la cuestión abierta por M. Carmen Rodríguez- Rendo es fuertemente sugerente porque invierte una pregunta que casi siempre estuvo dirigida hacia los antecedentes familiares de la psicosis.
En el libro que prologamos, Legado psicótico y soledad, de lo que se trata, es de investigar el impacto provocado en la descendencia por un progenitor psicótico. Sin embargo, su propuesta va más allá desde el momento en que considera que la noción del tiempo no puede concebirse como una mera sucesión lineal de acontecimientos, sino como un movimiento retroactivo que podrá iluminar, quizás, desde la generación actual los posibles mecanismos psíquicos de los progenitores.

Cuando se emprende una aventura teórica no hay un saber predeterminado que pueda garantizar la eficacia del trabajo de investigación. Se avanza y se retrocede infinidad de veces en el proceso de construcción de la verdad, en la captura de ese instante singular, de ese relámpago que la autora, apelando a una imagen poética, designa como una “gota de luz”.

Este recurso a la poesía es capital: encierra una forma de colorear el texto. Esto es, un intento de rescatar al discurso psicoanalítico del lugar de fosilización en el que se encuentra, y de abrirlo a otros modos del decir para, de este modo, no volver a recaer en las continuas referencias desgastadas por el uso.

Un estilo, esto es, una forma de abandonar los senderos ya conocidos y adentrarse sin temores en la oscuridad para encontrar en el horizonte ese delgado hilo de luz.

Sólo desde las tinieblas es posible reconocer la claridad que desprende la llama de la verdad.
“Algunos dirán que la falaz belleza creada por la penumbra no es la belleza auténtica. No obstante, como decía anteriormente, nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes. Nuestro pensamiento, en definitiva, procede análogamente: creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producidos por la yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”. (Junichiro Tanizaki El elogio de la sombra).
Por supuesto, no hay que confundir las tinieblas de la ignorancia del que busca un saber con la oscuridad que desprende el discurso doctrinario.

La fascinación que provoca la erudición de un saber cerrado a toda interrogación, sin fisuras, ni carencias, que se autoabastece a sí mismo, colisiona con los principios establecidos por Freud en la construcción del dispositivo analítico.
Recordemos la maqueta de ese encuentro, no tan fortuito, en el escenario de un análisis: alguien que habla dice ignorar lo que sabe, y otro que escucha, y en ocasiones habla, dice saber que no sabe nada. Lo que Nicolás de Cusa designa como la docta ignorancia. Entre un sujeto que va al encuentro del saber desde su aparente ignorancia, y un analista que va al encuentro de la ignorancia desde su aparente saber.
No es extraño percibir, desde hace tiempo, entre los psicoanalistas un cansancio y un tedio creciente ante formas cristalizadas del discurso, y muchas veces dogmáticas, que reproducen el estilo de los cánticos sacerdotales. El territorio conquistado debe ser recreado y reinventado de continuo para evitar su sacralización, y, para ello, no hay mejor compañía en esa aventura del pensamiento que seguir las huellas de las sombras que habitan en las fronteras mismas del saber. Pensar ha sido siempre un riesgo, y más aún, si el vuelo creativo se aparta de las colonias donde parasita el dogma.
En Legado psicótico y soledad palpita el espíritu de la búsqueda, desde distintos ángulos, de esa “gota de luz” que ilumine las preguntas planteadas sobre los efectos en la descendencia, provocados por la psicosis de un progenitor, la transmisión transgeneracional y la potencialidad psicótica.
De los múltiples destellos que aparecen en el texto vamos a recortar algunos. En primer lugar, la recuperación que se hace de lo imaginario, de la potencia de lo imaginario, rescatándolo de la reclusión en la que ha vivido degradado frente a lo simbólico y lo real. El territorio de lo imaginario ha quedado petrificado, desde el estadio del espejo de Lacan, a las funciones del yo, esto es, a las funciones de conocimiento y reconocimiento, de ilusión y de unificación.

En resumen, un yo atrapado en el narcisismo. Lo imaginario cumple así un papel pacificador: cohesiona y amortigua los efectos de la castración sobre el sujeto. Incluso puede actuar como un material aislante que restituye los daños ocasionados en la organización simbólica por el desfallecimiento de la función paterna.

Cuando en el texto se articula el lugar del mito con la novela familiar y con el imaginario colectivo se produce un luminoso efecto de sentido.

El imaginario cultural de la familia, hecho con los retazos de la historia vivida, adquiere por esta metonimia una fuerte carga simbólica.

Si los mitos familiares determinan el lugar del sujeto en la dinámica sexual inconsciente de la pareja parental, es de esperar que la novela familiar y el imaginario colectivo traduzcan en una nueva escritura el valor de esos signos.

Todas estas instancias habitan en el sujeto y configuran un corpus simbólico hecho con la osamenta del mito, la carne de la novela y la piel del imaginario colectivo.

Tales instancias, de diferente modo y grado, contienen el valor subjetivo de una verdad histórica.

Todos estos niveles de escritura de la historia familiar poseen, en conclusión, un alto voltaje simbólico.
Dentro de este marco, M. Carmen Rodríguez-Rendo articula la transmisión transgeneracional de la psicosis de uno de los padres con la potencialidad psicótica en alguno de los hijos. Y esto, siempre y cuando se cumpla una condición necesaria, pero no suficiente: se trata, evidentemente, de la puesta en marcha en el funcionamiento familiar, ante la evidencia de la psicosis, de una operación de renegación en uno o en varios de los miembros del núcleo familiar.

La Verwerfung se sitúa , en un primer tiempo: el del estallido de la psicosis. La Verleunung, en un segundo tiempo lógico: el de la creación de una fábula sobre el devenir de la historia familiar hecha de secretos y ocultamientos.

La renegación será, pues, la que podrá consolidar, en algunos casos, esa potencialidad psicótica que deja al hijo, por un lado, formando parte de la cadena de un linaje, pero, por el otro, eclipsado por la fascinación que provoca la idealización del poder parental. Deslumbrado por esa locura recibida en herencia se verá, en muchas ocasiones, conducido al goce mortífero de encarnarla y perpetuarla.

O fidelidad a la locura si acepta el silencio impuesto por la renegación, o marginación y desamparo dentro de la propia familia si traiciona el mensaje enigmático recibido. Difícil encrucijada en la que se encuentra la descendencia cuando se enfrenta a la potencialidad psicótica.
Si antes he dicho que el recurso poético estaba legitimado para reabrir hacia otros horizontes el decir psicoanalítico asfixiado en las redes de las reiteraciones y de las formulas axiomáticas, ahora es necesario acentuar esa prédica con un retorno a las fuentes de los grandes autores del pensamiento y de la literatura clásica. En este sentido, la recuperación de la noción aristotélica de “potencia”, enclavada en el centro mismo de la transmisión, le da al texto psicoanalítico un encuentro con lo inesperado.

En la Metafísica, Aristóteles denomina ‘potencia’ al principio del movimiento o del cambio que está en otro, o en él mismo, en cuanto otro. Pero también hay una potencia para ser cambiado o movido por otro, o por sí mismo, en cuanto otro. Se trata de la potencia de hacer o padecer según un designio.
La potencia en Aristóteles no se reduce solamente a una capacidad que se posee para ser punto de partida de un movimiento, o a una suficiencia de ser cambiado. También adquieren el valor de potencia las cosas totalmente impasibles o no fácilmente movibles, de suerte que se es potente por tener algún hábito o principio, o por estar privado de ello.

Y se entiende aquí por privación lo que no se tiene. O sí, estando naturalmente llamado a tenerlo, no lo tiene. O cuando está llamado a tenerlo, no lo tiene de un modo determinado. No sólo existe potencia en lo que alguien posee como afirmación, sino también por lo que carece o posee como privación. Son, por tanto, posibles, es decir realizables, todas las cosas que tienen tal potencia, o que no la tienen; o porque las tiene de un modo determinado, como también lo son las imposibles (no es lo mismo lo falso que lo imposible, ambos términos no son equivalentes).
Esta potencia que adquiere la afirmación o la privación en el ser, puede realizarse o no como le acontece a la semilla que lleva en su interior la potencia de ser árbol. La semilla es un árbol en potencia, pertenece a ese orden de lo no-realizado. A ese mismo registro en el que está inscripto, para el psicoanálisis, el lugar de lo inconsciente.

Potencia y acto son cosas diferentes en Aristóteles.

Si el acto es el modo de existir de la cosa no se puede confundir esta categoría con la potencia, en tanto, estar en potencia pertenece al orden de lo no-realizado, y el acto es la existencia misma.

Se puede dar un paso más en esta dirección y afirmar que el acto es anterior a la potencia, que lo precede. Si se toma el ejemplo ya dado: la semilla lleva en su interior la potencia del árbol, pero el árbol en su manera de existir antecede a la potencia de la semilla. Dicho de otro modo, lo existente en potencia genera lo existente en acto por obra de algo existente en acto.
De acuerdo a estas consideraciones es hora ya de recuperar los tiempos lógicos de la transmisión transgeneracional señalados anteriormente para conjeturar una nueva sucesión temporal:

Primer Tiempo: la existencia en acto de la psicosis (Verwerfung) en uno de los miembros de la pareja parental.

Segundo Tiempo: la potencialidad psicótica inconsciente que participa del orden de lo no-realizado,

Tercer Tiempo: el movimiento retroactivo que va de la potencialidad a la psicosis del primer tiempo y que puede activar la renegación (Verleunung) de la historia familiar.

Cuarto Tiempo: la posibilidad, o no, de que se desencadene la psicosis en la descendencia.
La riqueza teórica del tema abordado y las múltiples derivaciones planteadas en el libro Legado psicótico y soledad de M.C. Rodríguez-Rendo, deja abierto un diálogo productivo que, sin lugar a dudas, continuará con todos aquellos que se acerquen a su lectura.
Sólo me queda invitaros a seguir con especial interés y atención la prosa de la autora a través de sus luces y de sus sombras.

Adolfo Berenstein

Psicoanalista – Barcelona.

Diciembre del 2009.

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