Capítulo X: Los Padres Capadocios






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Los padres capadocios

CAPÍTULO X: Los Padres Capadocios

Los Padres Capadocios, san Basilio de Cesarea, su amigo san Gregorio Nacianceno y san Gregorio de Nisa, hermano menor de Basilio, son los representantes más brillantes de la teología neo- alejandrina. Basilio ha merecido el apellido de Grande por sus extraordinarias cualidades como estadista eclesiástico y organizador, gran exponente de la doctrina cristiana y segundo Atanasio en la defensa de la ortodoxia, padre del monacato oriental y reformador de la liturgia.

1. San Basilio el grande

Basilio el Grande1 nació en Cesarea de Capadocia el 329 o el 330, en el seno de una familia cristiana acomodada en la que se apreciaba mucho la vida ascética.

Era hijo de un afamado retórico y completó su formación en Cesarea de Capadocia, Constantinopla y Atenas, donde ligó amistad para toda la vida con su compaisano Gregorio Nacianceno.

1.1. Instalación monástica

Vuelto a su país hacia el 356, entró en contacto con Eustacio de Sebaste, teórico y práctico de un ascetismo austero y, acompañándole, emprendió su largo viaje para conocer a los monjes de Siria, Mesopotamia, Palestina y Egipto. Al volver, tras recibir el bautismo (358), se estableció en su propia «soledad», en el Ponto. Pronta se le juntan discípulos y también su amigo de Atenas, Gregorio Nacianceno. En colaboración con éste compuso la Philocalia (antologia de las obras de Orígenes). Desde el 364 emprendió la redacción de las dos Reglas, que le han ganado el título de legislador del monaquismo griego. Las Regulae fusius tractatae fueron compuestas para su publicación en fases sucesivas. Las Regulae brevius tractatae son respuestas a casos de conciencia y explicaciones de pasajes difíciles para uso de los monjes. En poco tiempo fundó una serie de monasterios.

Las reglas de Basilio tienen un carácter muy pronunciado de moderación y prudencia. Basilio insiste sobre las ventajas de la vida conventual (Reg. fus. 6,1; 7,1). La dirección espiritual ocupa un puesto capital. Entre las virtudes que debe practicar un monje, comenzando por los superiores, una de las primeras es la humildad (43,2). Los monjes deben obedecer en todo sin discusión (28,2). A lo más les queda permitido dirigir respetuosamente observaciones discretas (47-48). Su obediencia no tiene otros límites que la ley de Dios (Reg. brev. 114). Las otras virtudes del monje (pobreza, mortificación, renuncia) se imponen por sí mismas a quien quiera una vida perfecta. Pero hay que notar que estas virtudes no quedarían salvaguardadas sin la práctica del trabajo (Reg. fus. 37-41). Junto al trabajo manual tiene lugar el trabajo intelectual. Basilio recomienda mucho el estudio de la Escritura. Con el trabajo, y aún más, la oración es el gran deber del monje. La oración es esencialmente la elevación del espíritu y el corazón a Dios. Hay que orar constante mente. La oración monástica está regulada como todo lo demás. Los monjes interrumpen su trabajo para acudir al rezo de las horas canónicas en los tiempos designados en un mismo local2.

1.2. Estadista eclesiástico

Ordenado sacerdote el 364, el 370 Basilio llegó a ser obispo de Cesarea y metropolita de Capadocia. Como obispo guardó siempre nostalgia de la soledad y no cesó de practicar el ascetismo. Se ganó pronto el amor de su pueblo con obras de asistencia social. Fundó en las afueras de Cesarea un gran hospital confiado a monjes. Junto a otros edificios eclesiásticos y asistenciales acabó constituyendo una nueva ciudad, que atrajo a sí la población de la antigua Cesarea.

Por la brecha entre la precaria situación contemporánea y el espíritu original del cristianismo, Basilio decidió ser un asceta y reformador. Su confraternidad ascética trataba de recrear la vida de la primitiva comunidad cristiana. Su concepto del amor cristiano incluía la asistencia tanto material como espiritual al necesitado, apertura de mente en cuestiones doctrinales y relaciones amistosas, aunque sin claudicaciones, con los de fuera.

Las dos principales empresas de Basilio fueron el restablecimiento de unidad, paz y orden en la iglesia de Cesarea y la iniciativa por restaurar unidad, paz y comunión entre las iglesias cristianas.

1.3. Campeón de la ortodoxia

En su lucha contra el arrianismo, apoyado por el emperador Valente, desarrolló incesante actividad con sabiduría y prudencia. Sobre el trasfondo histórico de la anarquía doctrinal y moral y la falta de unidad y cooperación entre las iglesias cristianas en general, tomó medidas concretas para remediar la situación al promover la creación de un frente ortodoxo unido por encima de las barreras geográficas. Sus cuatro negociaciones con el Occidente cristiano (371-377) fracasaron por la falta de acuerdo en la solución del llamado cisma meleciano de Antioquía (desde el 362), porque por ambos lados hubo mediadores competentes. En el 373 tuvo que romper con su antes gran amigo e inspirador ascético, Eustacio de Sebaste, que rehusaba reconocer la divinidad del Espíritu Santo. Sólo tras la muere de Basilio (379) quedaron coronados por el éxito la mayoría de esfuerzos «ecuménicos». El 381 los orientales dieron por resuelta disputa antioquena y el concilio de Constantinopla condenó la herejía de los «pneumatómacos».

1.4. Obra literaria

Basilio es «un romano entre los griegos», en cuanto que le guían más que intereses especulativos, la práctica pastoral y la aplicación moral de las verdades de fe.

No es sólo un administrador y organizador eclesiástico. Es también un gran teólogo. Compuso tratados dogmáticos, ascéticos, pedagógicos y litúrgicos, además de un gran número de sermones y más de 300 cartas, que permiten seguirle en su actividad desbordante. Falta todavía una edición crítica de sus obras completas. Su enseñanza se centra en la defensa de la fe nicena contra diferentes partidos arrianos. Ligado por amistad con san Atanasio avanzó más que éste en la clarificación de la terminología trinitaria y cristológica.

1.5. El «Contra Eunomio»

Entre sus obras dogmáticas destacan los tres libros Contra Eunomium (líder de los anomoianos) y su tratado sobre El Espíritu Santo, en que defiende la ί(igualdad en dignidad) del Espíritu Santo.

En la discusión con Eunomio se trata nada menos que de la divinidad del Hijo, cuestión planteada ya con un lenguaje conceptual coherente, que permite dar cuenta a la vez de la unidad divina y de la distinción trinitaria. Se trata también de la divinidad del Espíritu Santo y, en su surco, de toda la pneumatología cristiana.

Eunomio había sido discípulo de Aecio, líder de los anomoianos de la segunda generación arriana. En su Apología disimula un pensamiento anomoiano bajo un lenguaje homoiano. Evita hablar de la desemejanza del Padre con el Hijo. Si niega la semejanza según la substancia, refiere la semejanza a la actividad. Era un «tecnólogo» el discurso dialéctico y el argumento retorcido; pero también un «místico» en su ardor por defender la trascendencia de Dios al afirmar la incomunicabilidad de su substancia. Eunomio es de hecho el portavoz de toda una tradición filosófica griega sobre la absoluta trascendencia de Dios. Para Eunomio la no derivación es lo más significativo del ser divino y el término que mejor lo representa es: un Dios único que no puede ser sino ingénito.

También Basilio es un heredero de la razón helénica; pero es también y ante todo un creyente que sabe que la plena divinidad del Hijo es el punto central del cristianismo. Aceptando el conflicto entre la razón y la fe, llega a elaborar conceptualmente la distinción entre los atributos de la substancia divina y las propiedades de las personas.

«Por mi parte, esta apelación de Ingénito, aunque parezca concordar con nuestras nociones, dado que no se encuentra en la Escritura y que es el primer cimiento de su blasfemia, diría que merece ser silenciada. El término Padre tiene la misma fuerza que el de Ingénito y además introduce la noción de Hijo que queda implicada por la relación. Pues el que es verdaderamente Padre, y sólo en serlo, no viene de otro. No venir de nadie es lo que es ser ingénito. No hay que llamarle Ingénito con preferencia a Padre, a menos que pretendamos ser más sabios que las enseñanzas del Salvador que dijo: “Id y bautizad en el nombre del Padre” y no “del Ingénito” [C.E. 1 5, 63-75].

Redacta el Contra Eunomium en la primera época de su actividad teológica. Afirma ante todo su sentido de la fe, tal como la ha recibido de la tradición de la Iglesia y tal como la ve atestiguada por la Escritura. Es indudable la autenticidad del C.E. I-II. Es probable que el C.E. III haya sido redactado algo más tarde. En cambio los libros IV-V son considerados generalmente como pseudo-basilianos.

En el campo propiamente teológico queda clara la influencia de Orígenes, usado con mucha prudencia. Recoge la tesis origeniana de la incomprensibilidad de Dios como respuesta a la pretensión eunomiana de saber todo de Dios. También le toma la visión del Verbo como verdadero revelador de Dios para los hombres. En cambio excluye todo subordinacionismo. Entre Dios y la criatura no hay ninguna hipóstasis intermediaria.

«Se dice, en efecto, que hay dos realidades, la divina y la creartural, la de la soberanía y la del servicio, la del poder santificante y la del santificado, la que tiene la virtud por naturaleza y la que la consigue por libre elección. ¿De qué lado colocaremos al Espíritu? ¿Entre los santificados? Pero él mismo es santificación. ¿Acaso entre los que adquieren la virtud por sus buenas acciones? Pero es bueno por naturaleza. ¿Acaso entre los encargados de oficios? Son otros espíritus encargados de oficios enviados para ministerio. No es licito llamar nuestro compañero de servicio al que es directivo por naturaleza, ni sumar en la creación al que es contado en la divina y bienaventurada Trinidad» (C.E. III 2,18-291).

El Espíritu tiene por naturaleza la santidad y la santificación de las creaturas se produce por su participación en el Espíritu.

1.6. El tratado sobre el Espíritu Santo

En los primeros siglos hubo una confesión permanente de la actuación soberana del Espíritu en todo lo que expresa la fe viva espera de la Iglesia: oración, sacramentos, martirio y perdón de los pecados3. Sin embargo, el Espíritu Santo había figurado muy poco en la teología cristiana hasta la segunda mitad del s. IV. En pleno siglo IV se constata todavía un neto desfase entre la experiencia espontánea, carismática o sacramental del Espíritu Santo como persona y como don divino y cristológico y la pneumatología refleja, a la que habían dado acaso su primer impulso las especulaciones gnósticas alimentadas a su vez parcialmente en el judaísmo tardío.

Cuando los teólogos cristianos tuvieron que enfrentarse seriamente con la discusión sobre el Espíritu, reconocieron muy pronto que Dios subsistía distintamente como Espíritu lo mismo que como Padre e Hijo. Hasta alrededor del 360 los teólogos cristianos habían usado con libertad un modelo filosófico, tomado del platonismo medio (un Principio Supremo y un Segundo Principio), para describir la relación del Hijo con el Padre. Modelo que cayó en un abandono virtual por el desarrollo de la doctrina de la Trinidad. No tenían ningún motivo filosófico para incluir al Espíritu en la Trinidad. No fue una presión filosófica lo que les llevó a esta conclusión sino tanto los datos del NT, como la experiencia espiritual y la práctica litúrgica de la Iglesia. Aquí la religión triunfó sobre la filosofía.

No hay nada más significativo de Basilio que el que haya sido la oración de glorificación donde encontraba la expresión necesaria y prueba de su fe. Ha conectado en una secuencia firme bautismo, confesión de fe y doxología4. No es extraño que haya llevado a este terreno (centro tanto de su vida como de su pensamiento) la confrontación con los «pneumatómacos».

En una liturgia solemne, el 374, Basilio hizo seguir a la doxología tradicional, «por (ά) el Hijo en () el Espíritu Santo», una nueva formulación que suscitó críticas de algunos asistentes: «junto con (ά el Hijo, con (ύ el Espíritu Santo». Su Carta a Anfiloco sobre el Espíritu Santo quiere justificar la expresión «con el Espíritu Santo», tratando de explicar la equivalencia que se da en la doxología entre las preposiciones «en» y «con». Está convencido de que precisar el lenguaje teológico es ya servir al conocimiento de la ver dad de fe y a su profundización.

Por un lado se le reprochaba su timidez ante la afirmación clara de la divinidad del Espíritu Santo. Por otro, los semiarrianos, no se quiere que se glorifique al Espíritu Santo junto con el Padre y el Hijo. Estaba fraguando por entonces, en la sección más radical del antiguo partido de los «homoianos», la herejía de los «adversarios del Espíritu» (pneumatómacos), que declaraban al Espíritu criatura del Hijo. Esta deducción no había sido explotada hasta 359-360. Atanasio le había salido al paso en sus Cartas a Serapión y el Sínodo de Alejandría del 362 había anatematizado a los que dicen que el Espíritu Santo es una criatura. En Asia Menor los homoianos capitaneados por Eustacio de Sebaste llegaron a negar francamente la divinidad del Espíritu Santo en 373. Basilio, que quería evitar las disputas agotadoras que perduraban todavía sobre el «consubstancial» niceno a propósito del Hijo, trataba de valorar la equivalencía entre igualdad de honor (ί e identidad de naturaleza, tanto para el Hijo con el Padre como para el Espíritu Santo con el Padre y el Hijo. El Símbolo niceno-constantinopolitano del 381 consagrará esta equivalencia. La obra de Basilio muestra que el Espíritu Santo no es una creatura, ni aun superior a los hombres como los ángeles No es inferior en nada al Padre y al Hijo. Es digno de la misma adoración y la misma alabanza. Participa en el mismo honor (ó). Concluye en sí mismo la Trinidad, Dios único. Estas afirmaciones se apoyan en argumentos tomados de la Escritura y en lo que Basilio llama ya la tradición de los Padres. Apela a los usos litúrgicos y a las doxologías trinitarias de la tradición eclesiástica. Su silencio sobre la consubstancialidad era una condescendencia pastoral para volver a ganar a los que sin ser propiamente pneumatómacos no podían admitir todavía el llamar al Espíritu Santo «Dios» y «consubstancial». Por eso ve en el «homótimos» un equivalente válido del «homousios».

1.7. Otras obras

Entre sus obras ascéticas, Moralia (colección de 80 reglas morales). Como Basilio no ve en el monje sino un cristiano en el sentido más estricto, no piensa en otra línea de conducta que la propuesta por Dios a los cristianos, el Evangelio. La obra es una exposición a la vez resumida y ordenada del código evangélico para uso de las almas ansiosas de perfección. Va dirigida a los monjes, y más directamente a los que forman el consejo del superior. Según Basilio la única obligación peculiar de los monjes es la virginidad. Todo lo demás les es común con los demás cristianos. Sí traza una distinción entre los deberes comunes a todos (1-68) y las obligaciones especiales de cada profesión (70-79).

De sus homilías destacaremos las nueve largas homilías sobre el Hexaemeron (los seis días de la creación). El designio del orador era emprender una investigación sobre la constitución del mundo y proponer una contemplación del universo que tuviese su principio no en las enseñanzas profanas sino en la sabiduría de Dios. Para sondear el misterio del mundo no confía sino en la revelación divina. Las doctrinas filosóficas son sistemas de verosimilitudes que pueden ayudarnos a dar nuestra adhesión a las enseñanzas divinas; pero no pueden pretender ser la expresión de la verdad que nos escapa. La Escritura sola es verdadera. Las insuficiencias de la ciencia contemporánea y las de la formación científica del mismo Basilio han mantenido su exégesis en una prudencia timorata respecto a la Escritura y una independencia excesiva respecto a las certidumbres o investigaciones humanas.

Copistas y editores han juntado a las homilías un breve tratado sobre la literatura profana y el servicio que puede hacer para la formación ascética: el Ad Adolescentes (Amonestación a los jóvenes sobre el uso de la literatura pagana). Tuvo un éxito excepcional en el Renacimiento, que valoraba este opúsculo como un elogio cristiano de la cultura clásica; pero el objetivo de esta obra era otro. Con todos los recursos de una vasta erudición, trataba de discernir una preparación evangélica, y más específicamente ascética, en la pedagogía humanista de los griegos.

Además es un maestro del arte epistolar. En su numerosa correspondencia hay cartas de amistad, de recomendación, de consuelo, canónicas, ascético-morales, dogmáticas, litúrgicas e históricas. Las cartas de Basilio ilustran de modo particular las relaciones de las iglesias locales entre sí en el panorama del s. IV. Estas relaciones eran la expresión de la colegialidad episcopal. Atestiguan una corresponsabilidad pastoral de las iglesias, arraigada en una comunión litúrgica. Las cartas del metropolita de Cesarea ilustran el ejercicio de una «eclesiología de comunión». La afirmación y defensa de la unidad eclesial es la preocupación principal de Basilio.
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