Capitulo II






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Capitulo II




Platón Demóstenes Cicerón

Principales Teóricos y Prácticos Clásicos.

1.- GORGIAS Nació en Leontinos el 483 AC. y fue embajador en Atenas en 427. Se le considera como el autor que hace posible la transposición del poder mágico de la palabra de la poesía a la prosa. Enseñó retórica, especialmente Epidíctica, que es un discurso que versa sobre cualquier tema y cuya finalidad es el adorno o el lucimiento personal. Su obra más importante, se llama «Sobre el no ser o sobre la naturaleza»y en ella se lleva al extremo la teoría del conocimiento, debiendo demostrar tres tesis:

  1. «Nada existe;

  2. «Si algo existiese, no sería cognoscible» y

  3. «Si fuese cognoscible, no sería transmisible».


Por tanto, para Gorgias, conocimiento no es realidad; el objeto de conocimiento no es cognoscible porque el ser no existe. Sólo la palabra, no la verdad, tienen poder y son reales: erística y oratoria serán las bases de cualquier programa científico. Es ésta justamente la base de la retórica gorgiana. ERÍSTICA es el arte de discutir, de debatir, de sentar posiciones y defenderlas. Este concepto tiene su origen en ERIS, que era el nombre que recibía la Diosa Griega de la discordia, de la discusión. Una cita de la mitología helénica, nos permite recordar que en la celebración del matrimonio entre Peleo y Tetis se reunieron todos los dioses del Olimpo, excepto ERIS (Éride), quien no fue invitada, y en venganza lanzó una manzana de oro con la inscripción «A la más bella»...; Paris tuvo que escoger a quien entregar la manzana entre Hera, Atenea y Afrodita, su decisión produjo indirectamente la Guerra De Troya.

El poder de la palabra era para Gorgias el centro de su actividad, lo verdadero, imposible de conocer, es sustituido por lo probable, que trata de comprobarse por eliminación de otras posibilidades. Pero lo que verdaderamente aporta Gorgias es el poder del sonido, del ritmo, que se plasma en la elección de vocablos y en los juegos o figuras retóricas, también en la aplicación sistemática y exageración de los medios que utilizaba con naturalidad la poesía, buscando períodos equilibrados de iguales sílabas, relaciones musicales entre palabras y finales en rima. Gorgias veía el parentesco esencial entre discurso y poesía, que es un discurso sujeto a la métrica, en que ambos pueden ejercer dominio sobre las almas. Es justamente el ritmo lo que hechiza al oyente, lo engaña o convence y es capaz de despertar en él terror, compasión o nostalgia, o bien alegría o piedad: en esta perspectiva, la palabra actúa como droga del alma.

Gorgias inaugura el género epidíctico, que describimos antes como aquel que busca satisfacer el ego del orador o el adorno de la palabra. Dentro del género pueden distinguirse:

  • El panegírico, que es un discurso o sermón en alabanza de alguien o elogio de alguien, hecho por escrito.

  • El encomio que se define como «alabanza encarecida».

  • El discurso funerario, uno de los más brillantes es el de Pericles, al que aludimos más adelante.

  • El erótico, del latín eroticus. Perteneciente o relativo al amor sensual. Que excita el apetito sexual. Dicho de una poesía: amatoria. Dicho de un poeta: Que cultiva la poesía amatoria Atracción muy intensa, semejante a la sexual, que se siente hacia el poder, el dinero, la fama.


En este aspecto, el orador sustituye al poeta y reclama sus honores. Lo fundamental es, en cualquier caso, el poder de convicción, de persuasión, independientemente de la veracidad. De esta manera el poeta antiguo en su mundo religioso cede paso al orador, al sofista para quien dominar la palabra constituye el centro de toda educación: el sofista se siente orgulloso de su arte en tanto que es poderosa, el uso de la palabra canonizado mediante criterios estéticos, que llega a ser un fin en sí mismo. Esta es, también, la base de la oratoria deliberativa, ejercida primero en las asambleas de reyes, presididas por el soberano y luego en los consejos reales. Estos dos tipos de discurso provienen del mundo jonio, patria de filósofos e historiadores. Pero sólo en Atenas cuajaron con fuerza debido a su aperturismo cultural, a su incipiente democracia que exige políticos hábiles y estrategos buenos para motivar a los asambleístas. El ideal de la educación se hace pragmático, como corresponde a una democracia radical. Protágoras expone en «La verdad» su escepticismo metafísico, inaugura la erística y la gramática: se somete a crítica lo divino y lo humano.
2. LISIAS

Es considerado uno de los mejores logógrafos, es decir, escritos de discursos. Ateniense de nacimiento, Lisias se va a los 15 años a estudiar retórica en Turios. El denominado régimen de los 30 tiranos, que intentó sin éxito convencer a Platón para que les colaborara, confiscó, el año 404, el taller de Lisias y asesinaron a su hermano Polemarco. El pronunció un discurso acusando a Eratóstenes de la muerte de su hermano. Este acto fue algo especial, ya que él pronunciaba pocos discursos, era mejor redactando que hablando. Se le atribuyen más de 400 discursos, escritos con un estilo sencillo, claro, moderado, de buen gusto y bien articulado entre el fondo y la forma. Reunía el realismo, la simpatía en las descripciones y la gracia en la narración. Su arte reelabora el estilo conversacional, no argumentativo, pero expresa claramente sus pensamientos en frases breves. Se considera que el discurso más relevante de Lisias es «En favor del inválido».

3. ISÓCRATES

Nació en el año 436 y falleció el año 338(AC.) Practicó todos los géneros oratorios, fue logógrafo, epidíctico, profesor y publicista. De su labor como logógrafo se conocen parcialmente seis discursos. Usa un estilo más elevado que el de Lisias, menos gorgiano y más interesado en lo general, en los lugares comunes y en la conexión de ideas. Se basa mucho en la frase, con armonía en el enlace lógico de las ideas. Se separa así de la mera palabra, evita exagerar las metáforas, ya que todo debe sonar bien en la frase, sin hiatos, que es el que se produce cuando se encuentran dos vocales que se pronuncian en sílabas distintas, sin asperezas fónicas ni rítmicas.
La unidad de dicción es el período rítmico, eufónico, que proviene de Eufonía, definida como sonoridad agradable que resulta de la acertada combinación de los elementos acústicos de las palabras. En sus discursos no hay rupturas sintácticas ni transiciones bruscas. Si el juicio que la historia le concede como orador no lo convierte en una figura deslumbrante, cabe a Isócrates el honor de ser el educador de la Grecia de su siglo, del helenismo, del mundo romano y del nuestro, desbancando a los filósofos.
Isócrates no es un filósofo, ni una figura de primer orden en la especulación intelectual, sino que está más cerca del hombre culto medio. Esencialmente, Isócrates fue un profesor de elocuencia: enseñó durante 55 años y, antes de escoger esta profesión, había ejercido unos doce años como logógrafo. Desarrolló el género esbozado por los sofistas y se le considera el creador del discurso de aparato, el epidíctico, que deja de ser un instrumento de reclamo y lucimiento para convertirse en un instrumento de acción, política, sobre todo, y en un medio para hacer circular ideas: Isócrates es el creador de la conferencia que traslada el elogio lírico a la prosa y en atención a que tenía pocas cualidades oratorias, no pronunciaba sus discursos-conferencias, sino que los publicaba.
Como profesor, Isócrates conservó un deseo de eficacia práctica: se dedicaba a formar o bien otros profesores, o bien técnicos en la discusión, o bien hombres cultos, aptos para juzgar atinadamente y para intervenir con soltura en las conversaciones de la vida mundana.
Si la educación platónica se fundamenta en la noción de Verdad, la de Isócrates descansa en la exaltación de las virtudes de la palabra: la palabra distingue al hombre del animal, es la condición de todo progreso, así se trate de leyes, artes o invenciones mecánicas; brinda al hombre el medio de administrar justicia, expresar la gloria, promover la civilización y la cultura.
Abrió escuelas pagadas en Atenas, en que se convenía un precio para un ciclo de estudios de tres o cuatro años, e hizo fortuna. La enseñanza impartida por Isócrates era una especie de enseñanza superior, que coronaba, al finalizar la adolescencia un ciclo de estudios preparatorios. El acepta y elogia la vieja educación tradicional, heredada de los antepasados, pero introduce en ella importantes innovaciones para destinarla al hombre completo, en cuerpo y alma: gimnasia y cultura intelectual son dos disciplinas conjuntas y simétricas.
La base de la cultura intelectual es la gramática, que implica el estudio de los autores clásicos, el de los pensadores y el conocimiento del pasado, de los sucesos y sus consecuencias, lo cual incorpora a Heródoto y Tucídides, considerados junto con Polibio y San Agustín, en épocas muy distintas, como padres de la historia. A estos estudios incorpora las matemáticas, cuyo valor formativo elogia. Estas complejas materias, habitúan el espíritu al trabajo perseverante, lo ejercitan y agudizan. A estos estudios preparatorios, él añade la erística, es decir, el arte de la discusión, enseñada por medio del diálogo que, en cierta medida, incorpora la dialéctica, es decir, la filosofía, que constituían para Platón, la cima más elevada de la cultura, celosamente reservados a los espíritus selectos.
Isócrates la admite la dialéctica sólo para los jóvenes, y aún así bajo condición expresa de que no les consagren más que un cierto tiempo, evitando el riesgo posteriormente de perderse en especulaciones. Les aguarda la enseñanza superior, consagrada esencialmente por Isócrates al aprendizaje del arte de la oratoria. Mientras para Platón, la retórica sólo era una mera aplicación de la dialéctica, para Isócrates es el arte supremo.
El critica la retórica formal, practicada por los autores de manuales teóricos, demasiados seguros de sí mismos, que creían que el método era una máquina perfecta que funcionaba sin error alguno, cualquiera que fuese el caso particular y el espíritu encargado de su aplicación.
Con gran dosis de sentido común, Isócrates reacciona contra el optimismo extremo de este formalismo; insiste, además, en la utilidad de la práctica, en la necesidad de las dotes innatas, de las cualidades personales: invención, aptitud para el trabajo, memoria, voz, aplomo, condiciones de las que él mismo carecía.
Su enseñanza se iniciaba con una teoría o exposición sistemática elemental de los principios generales de composición y elocución, para luego llevar al estudiante a la práctica por medio de ejercicios de aplicación, manejando y relacionando los elementos estudiados previamente en forma abstracta, todo ello en función de las exigencias de un tema ya dado. El aprendizaje consistía en el estudio y comentario de modelos, en el que se estudiaban los viejos poetas, pero los textos básicos eran sus propios discursos.

Su enseñanza es práctica y realista, quería discípulos comprometidos, participando en la labor creadora en la búsqueda de un estilo suelto, fácil de comprender, pero que incorpora alusiones históricas, filosóficas, ficciones y adornos. El objeto de la enseñanza era, como en el caso de los sofistas, el dominio de la palabra, de la expresión, aunque en la escuela isocrática no es una retórica irresponsable, indiferente a su contenido real, o mero instrumento de éxito.

Isócrates dio a su arte un contenido de valores: su elocuencia no es indiferente al punto de vista moral; tiene, en particular, un alcance cívico y patriótico. El ideal cultural de Isócrates y la educación que exige es muy serio: la palabra es lo que hace del hombre un Hombre y del griego un ser civilizado, un ser capaz de imponerse al mundo bárbaro. Esto no es la mera retórica formal o el pragmatismo cínico de los sofistas, forma y fondo aparecen como inseparables. El orador debe elegir un tema provisto de contenido, humano, hermoso, elevado con un alcance general. Por eso, prefiere el discurso político, lejos del virtuosismo del sofista o del oficio materialista del logógrafo.

Esta formación posee por sí misma una virtud moral: aun suponiendo que sólo se busque el éxito, el orador se verá conducido a elegir los temas más acordes con la virtud e incluso se verá obligado a vivir como sus palabras anuncian, tiene que practicar la virtud propia de su discurso a sus costumbres, a su vida misma, pues la personalidad completa del orador se encarna en sus discursos: la autoridad personal que le confiere una vida virtuosa le otorga más peso que el que puedan darle los procedimientos del arte más consumado.

Isócrates critica a Platón por pretender imponer un ciclo de estudios, complejo y difícil, que elimina a la mayor parte de los aspirantes, basado en el objetivo de llegar a la ciencia perfecta, meta algo difícil de alcanzar, ya que pensaba que en la vida práctica no hay ciencia posible, entendida como conocimiento racional y demostrado que nos enseñe la conducta a seguir.

El hombre verdaderamente cultivado es aquel que tiene el don de dar con la buena solución o, al menos, con el mal menor, con la solución más adecuada a la coyuntura y, todo ello, porque sustenta una opinión justa. Si la ciencia es inaccesible, ¿para qué tanta especulación? Platón reconoce que la ciencia del filósofo es inútil, porque éste, privado de una ciudad verdadera, sana, está condenado a refugiarse en la ciudad ideal, ese sueño que lleva dentro; pues en la ciudad real, se halla destinado al ridículo, al fracaso, a la persecución y a la muerte.

Isócrates, por su parte, opta por consagrarse a una tarea de más segura eficacia y cuya urgencia, por lo demás es inmediata: formar a sus discípulos en la experiencia, en la práctica de la vida política, prefiriendo enseñarles a forjarse una opinión razonable sobre las cosas útiles, en lugar de romperles la cabeza en busca de la certeza sobre algunos temas perfectamente inútiles: la conducta en la vida no exige ideas sorprendentes o novedosas, sino el sólido sentido común de la tradición.

Isócrates trata de que en su discípulo se desarrolle el espíritu de decisión, el sentido de la intuición compleja, la percepción de esos imponderables que guían la opinión y la tornan justa. La cultura literaria, el arte de la palabra, son el instrumentos que pueden servir para afinar este sentido del juicio.

Retórica y moral son para Isócrates conceptos inseparables, pues el esfuerzo para dar con la expresión adecuada exige y desarrolla una agudeza de pensamiento, un sentido de matices que el pensamiento conceptual no lograría explicitar sin esfuerzo y que, tal vez, no siempre sería capaz de hacerlo: lo mismo que hay cosas que el poeta siente y hace sentir de pronto y que el sabio trata en vano de alcanzar. La palabra adecuada es el signo más seguro del pensamiento justo.

4. ARISTOCLES, apodado PLATON el de anchas espaldas, nace en Atenas 428-347 AC.

Platón atacaba duramente a los sofistas ya que él, siguiendo enseñanzas de su maestro Sócrates, enseñaba el ideal clásico de la Areté1. Esta se presenta como algo bueno y bello. La areté, encarnada en un ser, hace de éste un tipo ideal o paradigma que, al ser propuesto para su imitación, tiene un carácter normativo. Porque, en efecto, los griegos pensaban que «la educación no es posible sin que se ofrezca al espíritu una imagen del hombre tal como debe ser (...), mediante la creación de un tipo ideal íntimamente coherente y claramente determinado»

Como ocurre habitualmente, los conceptos tienen un significado dinámico, de ahí que en la historia de Grecia se conozcan diferentes contenidos para el concepto de areté, y diversos paradigmas o tipos ideales que los encarnen: el héroe, el soldado, el ciudadano, el sabio. En la educación homérica, por ejemplo, la areté es un atributo propio de la nobleza, es el valor heroico unido íntimamente con la cualidad moral o sabiduría práctica y la fuerza hábil o la valentía y la destreza. El paradigma es el héroe, el noble guerrero, el caballero.
Así en la Ilíada (canto VI), cuando Glauco se enfrenta con Diomedes, proclama su linaje y dice: «A mí me engendró Hipóloco -de él digo que nací- y me envió a Troya, recomendándome muy especialmente que siempre fuese el mejor y que sobrepasara a los demás (...)»(2) Por otra parte, Fénix maestro de Aquiles le recuerda:»El anciano Peleo me hizo partir contigo (...); tú eras un niño, que nada sabía aún del combate entre fuerzas parejas ni de las asambleas, donde los hombres se hacen ilustres. Por esto me envió para que te enseñara todas estas cosas: a pronunciar buenos discursos y a realizar grandes hechos.»(13) Aparecen aquí dos conceptos de gran importancia para comprender la areté del héroe: son ellos el sentimiento del honor y el amor por la gloria.
El sentimiento del honor: es la conciencia que el héroe tiene de su areté, de su propio valor, de su grandeza paradigmática, y tiene como contrapartida la honra que le es debida y que debe tributársele como reconocimiento de su excelencia.

El amor por la gloria: los griegos, como otros pueblos en general, sienten un gran amor por la vida, la que saben breve e impredecible, de modo que la única inmortalidad posible, y digna del héroe, son la gloria y la fama, que lo perpetúan a través de los tiempos en la memoria y en el canto de sus hazañas, en el reconocimiento de su excelencia, en la honra de su areté. Penélope en el canto XIX de la Odisea(14), expresa:»(...) Los hombres se acaban luego de una vida corta: al que es cruel y comete crueldades, todos los hombres le desean desventuras durante toda su vida, y después de muerto todos se burlan de él; mas la fama del que es irreprochable y procede intachablemente, sus huéspedes la difunden ampliamente entre todos los hombres y son muchos los que lo llaman noble.»

Es así como nos encontramos con la pedagogía del ejemplo, a la cual apela el anciano Fénix cuando intenta convencer a Aquiles para que deponga su actitud:»Así, todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y cuando una violenta cólera se apoderaba de uno de ellos, eran sensibles a los dones y se dejaban aplacar con las palabras. Recuerdo un hecho antiguo, no algo reciente, y cómo fue, y os lo referiré a todos vosotros (...). Pero tú, querido mío, no pienses de igual manera en tu corazón (...)»

La pedagogía del ejemplo de los héroes, que encarnan la areté o excelencia era promovida por Homero, el educador de Grecia. Sus poemas presentaron a las generaciones que le sucedieron un mundo que realmente existió: su vida cotidiana, sus costumbres, sus hombres y sus mujeres, los valores allí encarnados, la mitología, la relación entrañable de lo divino con lo humano. Todo ello idealizado, convertido en arquetipo, acervo cultural pero también actitud ética formadora del espíritu de Grecia.17

Platón afirmaba que la Areté estaba, compuesto por cuatro virtudes esenciales:
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