Nota liminar y traducción de José Antonio Hernández García






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Poemas religiosos de Gilbert K. Chesterton

Nota liminar y traducción de José Antonio Hernández García

Aunque en la actualidad la poesía de Chesterton no ha sido sufiicientemente apreciada, es evidente que su ritmo, su temática y su métrica influyó en escritores y poetas de la talla de Thomas Merton, C. S. Lewis y Ezra Pound, por solo mecionar a tres. Desde su infancia se sintió atraido por las hazañas heroicas de los santos. En 1892, a los dieciocho años, escribió el poema dedicado a san Francsico de Asís. Treinta años después, en 1922, Chesterton se convierte al catolicismo, lo que genera estupor entre los círculos puritanos, protestantes y anglicanos. No debemos olvidar que su confesor católico, el padre O’Connor, sirvió de modelo para su sacerdote-detective, el padre Brown. Ese mismo año de 1922 publica su libro La balada de Santa Bárbara y otros poemas. Cuatro años después aparece La reina de las siete espadas, colección de 24 poemas religiosos. En los tres años siguientes publica tres plaquetas de temática religiosa con ilustraciones de distintos artistas ingleses: Gloria in Profundis (1927); Ubi Ecclesia (1929); y La tumba de Arturo (1930), que es un poema que compara la legendaria figura del Rey Arturo con la de Cristo.

No podemos soslayar la gran devoción mariana de Chesterton, análoga a la de poetas y juglares medievales. Esto señala una peculiaridad que lo diferencia de otro gran converso del siglo veinte: Giovanni Papini. Más orientado a exaltar el mundo renacentista, Papini no dejó muchos testimonios que lo aproximaran con Chesterton. Aunque medieval, la inspiración de Chesterton nunca parece desvinculada del terrible mundo que lo rodea. La balada del caballo blanco, una de sus obras maestras, recrea también la gesta sajona del rey Alfredo contra los daneses, en donde la intervención de la Virgen María es fundamental. La historia no se explica tanto por la libertad sino por la gracia, no por la dialéctica sino por la unción.

Para darnos una idea más cabal del arte poético religioso de Chesterton, esta breve selección está integrada por los trece poemas siiguientes: «San Francisco de Asís», «San Francisco Xavier», «Gloria in Profundis», «Ubi Ecclesia», «La tumba de Arturo», «Adveniat Regnum tuum», «Regina Angelorum», «Fragmento de Dante», «Trinidad», «Eclesiastés», «La balada de Santa Bárbara», «A los Jesuitas» y «Resurrección».

St. Francis of Asissi

In the ancient Christian ages, while a dreamy faith and wonder

Lingered, like the mystic glamour of the star of Bethlehem,

Dwelt a monk that love the sea birds as they wheeled about his chapel,

Loved the dog-rose and the heath-flower as they brushed his garment hem;
Did not claim a ruthless knowledge of the bounds of grace eternal,

Did not say, “Thus far, not further, God has set the hopes of life”.

Only knew that heaven had sent him weaker lives in earth’s communion,

Bade him dwell and work amongst them, not in anger nor in strife.
Aye, though far and faint the story, his the tale of mercy’s triumph

Through the dimmest convent casements men have seen the stars above;

Dark the age and stern the dogma, yet the kind hearts are not cruel,

Still the true souls rise resistless to a larger world of love.
Is there not a question rises from his word of “brother, sister”,

Cometh from that lonely dreamer what today we shrink to find?

Shall the lives that moved out brethren leave us at the gates of darkness,

What were heaven if ought we cherished shall be wholly left behind?
Is it God’s bright house we dwell, or a vault of dark confusion,

Yonder sunlit April meadows, with the singing brooks at play,

With God’s daisies clustering wide-eyed o’er the breezy fields of morning,

And God’s skylarks whirring westward to the cloudless deeps of day?
Laugh aloud, O death and darkness, grin the skulls of crypt and charnel,

All God’s glorious flowers of being flame and fade upon a tomb;

Mystic woods and aureoled blossoms, spirit-birds and goblin lizards,

All that faerie-world goes downward, sloping darkly into doom.
Is it so, one half of nature choked beneath the breath of ruin,

Does death tread at last a victor on the lives we loved so well?

Take us, too, devouring chaos, hide us from the vast injustice,

Dust to dust be ours for ever, with the world wherein we dwell.
While the flush of kindred feeling at the cursed wrong and violence,

Done amid our human brothers, on the helpless and infirm,

Throbs, though fainter, to our being, down the cycles of creation,

For the shrivelling of the night-moth and the writhing of the worm.
While from things of field and forest, eyes of tenderness and trusting

Look to ours and link them to us, as we journey side by side,

Shall we lift a blind denial to the brotherhood of nature,

Shall we break the bonds of kinship in the madness of our pride.
Shall not rather hope be with us: noble, broadened, undefined,

Since all life is as a riddle, since all faith is but a guess:

Hope that every life that liveth has a nobler way before it,

Has a deathless purpose founded on the everlasting yes.
He that in his mighty gardens shakes the meanest seed of nature,

Soweth with the seed a promise whence no power can make him free,

He that on his lonely summits feeds the narrowest stream of being,

Dooms its way through fields and forests on its eternal sea.

(The Debater, Nov. 1892)
San Francisco de Asís

En antiguas épocas cristianas, mientras maravillaba una fe soñadora que

Permanecía como el encanto místico de la estrella de Belén,

Vivió un monje que amaba las gaviotas que revoleteaban en su capilla,

Y que amó también al perro callejero y a las flores del baldío que a su hábito rozaban;
No exigió el conocimiento cruel de los límites de la gracia eterna,

Ni dijo: "Así lejos, y no más allá, Dios ha puesto las esperanzas de vida".

Solo supo que el cielo le había enviado vidas más débiles en la comunión de la tierra,

Y le rogó que morara y trabajara entre ellos, sin odio ni riña.
Sí, aunque lejos esté y se desvanezca la historia, suyo es el relato del triunfo de la

misericordia

Mediante las más oscuras ventanas del convento que estrellas jamás hayan visto;

Oscura la era y riguroso el dogma, cuando los generosos corazones no eran crueles aún,

Y las almas verdaderas no resistían un mundo de amor más grande.

¿No se cuestionaba su palabra de "hermano, hermana",

Venida de ese soñador solitario que nos sumergimos para encontrarlo?

¿Deben las vidas de nuestros hermanos idos abandonarnos a las puertas de la oscuridad,

En lo que fue el cielo, si lo que queremos debe dejarse completamente atrás?

¿Habitamos en la casa luminosa de Dios, o en una cripta de oscura confusión,

Con prados de abril iluminados por el aquel sol, con arroyos cantando la escena,

Con amplios ramos de margaritas de Dios que semejan ojos bien abiertos sobre los

campos de viento de la mañana,

Y alondras de Dios que pasan zumbando hacia el oeste de las profundidad sin nubes del día?
Reíd fuerte, oh muerte y oscuridad, reíd abiertamente cráneos de cripta y osario,

Todas las gloriosas flores de Dios que son llama y se marchitan en una tumba;

Místicos bosques y lozanías aureoladas, pájaros espíritu y duendes lagarto,

Todo ese mundo encantado desciende, deslizándose oscuramente hacia su juicio.
Es así, la mitad de la naturaleza sumida bajo el aliento de la ruina,

¿Por fin aplasta la muerte a un vencedor en las vidas que tan bien amamos?

Tomemos, también, el caos devorador, escondámonos de la vasta injusticia,

Polvo por polvo debe ser por siempre nuestro, junto con el mundo que habitamos.
Mientras el rubor de parecerse al abominable mal y su violencia,

Surge en medio de nuestros hermanos humanos, entre el desvalido y el débil,

Los latidos de nuestro ser, aunque más débiles, bajo los ciclos de la creación

Marchitan las polillas nocturnas y al retorcido gusano.
Las cosas del campo y el bosque, ojos de ternura y confianza,

Nos parecen un vínculo que nos une, como cuando viajamos codo a codo,

Aunque debamos rechazar ciegamente la hermandad de la naturaleza,

Y debamos romper las ataduras de parentesco en la locura de nuestro orgullo.
No debemos esperar que esté con nosotros: noble, amplio, indefinido,

Pues la vida toda es como un enigma, ya que la fe es sólo una suposición:

Esperar que cada vida que sea vivida tenga una forma más noble ante ella

Tiene un propósito inmortal fundado en el eterno sí.

Él, que en sus poderosos jardines sacude la más odiada semilla de la naturaleza,

Semilla sembrada de una promesa que ningún poder puede libremente hacer,

Él, que en sus cumbres solitarias alimenta la angosta corriente del ser,

Enjuicia a su manera los campos y los bosques en su eterno mar.

(The Debater, noviembre de 1892)

St. Francis Xavier

(Prize poem written at St. Paul’s)
St. Francis Xavier

The Apostle of the Indies
He left his dust, by all the myriad tread

Of yon dense millions trampled to the strand,

Or ’neath some cross forgotten lays his head

Where dark seas whiten on a lonely land:

He left his work, what all his life had planned,

A waning flame to flicker and to fall,

Mid the huge myths his toil could scarce withstand,

And the light died in temple and in hall,

And the old twilight sank and settled over all.
He left his name, a murmur in the East,

That dies to silence amid older creeds,

With which he strove in vain: the fiery priest

Of faiths less fitted to their ruder needs:

As some lone pilgrim, with his staff and beads,

Mid forest-brutes whom ignorance makes tame,

He dwelt, and sowed an Eastern Church’s seeds

He reigned, a teacher and a priest of fame:

He died and dying left a murmur and a name.
He died: and she, the Church that bade him go,

Yon dim Enchantress with her mystic claim,

Has ringed his forehead with her aureole-glow,

And monkish myths, and the whispered fame

Of miracle, has clung about his name:

So Rome has said: but we, what answer we

Who in grim Indian gods and rites of shame

O’er all the East the teacher’s failure see,

His Eastern Church a dream, his toil a vanity.
This then we say: as Time’s dark face at last

Moveth its lips of thunder to decree

The doom that grew through all the murmuring past

To be the canon of the times to be:

No child of truth or priest of progress he,

Yet not the less a hero of his wars

Striving to quench the light he could not see,

And God, who knoweth all that makes and mars,

Judges his soul unseen which throbs among the stars.
God only knows, man failing in his choice,

How far apparent failure may succeed,

God only knows what echo of His voice

Lives in the cant of many a fallen creed,

God only gives the laborer his meed

For all the lingering influence widely spread,

Broad branching into many a word and deed

When dim oblivion veils the fountain-head;

So lives and lingers on the spirit of the dead.
This then we say: let all things further rest

And this brave life, with many thousands more,

Be gathered up in the eternal’s breast

In that dim past his Love is bending o’er:

Healing all shattered hopes and failure sore:

Since he had bravely looked on death and pain

For what he chose to worship and adore,

Cast boldly down his life for loss or gain

In the eternal lottery: not to be in vain.
(1892)*

This is the only version I have been able to find. Across the top is written in another hand: “This is not exactly the same as given in the prize poem.” The difference is probably slight. (Aidan Mackey)

San Francisco Xavier

(Poema premiado escrito en St. Paul)
San Francisco Xavier

El Apóstol de las Indias

Dejó su polvo en la miríada de la andadura

De densos millones atrapados en vilo,

O bajo alguna cruz olvidada yaciente en su cabeza

Donde oscuros mares blanquean una tierra solitaria:

Dejó su trabajo, lo que toda su vida había planeado,

Una llama menguante que desfallece y vacila,

En medio de grandes mitos que apenas se sostienen,

Cuya luz se difumina en el templo y el salón,

Y el viejo crepúsculo se hunde bajo todo lo que impera.
Abandonó su nombre, un murmullo en el Oriente,

Que hasta el silencio, entre los viejos credos, fenece,

Con los que en vano se esforzó el sacerdote ardiente

De fés que poco correspondían a sus rudas necesidades:

Como cualquier peregrino solitario con su gente y sus abalorios;

Entre bosques medio rústicos cuya ignorancia los hace dóciles,

Él mora y siembra las semillas de una iglesia del Este.

Allí él reinó, maestro y sacerdote de fama:

Murió y al morir un murmullo y un nombre dejó.
Él murió, y ella, la Iglesia que le rogó que se fuera,

Aquella Hechicera de místico reclamo,

Circundó su frente con el resplandor de una aureola,

Y los mitos monacales y la fama de milagro

Susurrada, penden de su nombre;

Así lo ha dicho Roma: pero nosotros, qué respuesta dar,

Nosotros, cuyo fracaso aparece en raros dioses indios

Y vergonzosos ritos; el maestro ve sobre todo en el Este,

Su Iglesia de Oriente, un sueño, una vanidad su empeño.
Entonces dijimos: como la oscura cara del Tiempo, al menos

Movió sus labios de trueno para decretar

La sentencia que creció a través de todo el pasado murmurante

Para ser el canon de los tiempos futuros:

Ningún niño de verdad o sacerdote del progreso,

Ni siquiera un héroe de sus guerras

Esforzándose por apagar la luz que él no podía ver,

Y Dios, que supo todo lo que hacían y estropeaban,

Juzga su alma desapercibida que late entre las estrellas.
Sólo Dios sabe que el hombre yerra al elegir,

Y cuán lejos puede llegar un error aparente,

Sólo Dios sabe que el eco de Su voz

Vive entre el canto de muchos credos caídos,

Sólo Dios da al trabajador su medida

Toda su influencia ampliamente extendida,

Amplia bifurcación entre muchas palabras y escrituras,

Cuando el velo oscuro cubre la fuente de la cabeza;

Así vive y demora al espíritu de la muerte.
Entonces proclamamos: dejemos ya que las cosas reposen

Y esta valiente vida, junto a miles más,

Se recoja en el pecho eterno,

En ese sombrío pasado sobre el que vuelca su Amor,

Sanando todas las esperanzas rotas y las heridas del fracaso:

Pues frente a la muerte y al dolor él valientemente había aparecido

Porque escogió rendir culto y adorar,

Y lanzar su vida para perder o ganar

En la lotería eterna, y no para dilapidarse en vanidad.
(1892)*

Esta es la única versión que pude encontrar. Por encima está escrito por otra mano: “Este no es exactamente el mismo del poema premiado”. La diferencia probablemente sea leve. (Aidan Mackey)

Gloria in Profundis

(Chorus from an Unfinished Play)

There has fallen on earth for a token

A god too great for the sky

He has burst out of all things and broken

The bounds of eternity:

Into time and the terminal land

He has strayed like a thief or a lover,

For the wine of the world of the world brims over,

Its splendour is split on the sand.
Who is proud when the heavens are humble,

Who mounts if the mountains fall,

If the fixed suns topple and trumble

And a deluge of love drown all –

When rears up his head for a crown,

Who holds up his will for a warrant,

Who strives with the starry torrent

When all that is good goes down?
For in dread of such falling and failing

The Fallen Angels fell

Inverted in insolence, scaling

The hanging mountain of hell:

But unmeasured of plummet and rod

Too deep for their sight to scan,

Outrushing the fall of man

Is the height of the fall of God.
Glory to God in the Lowest

The spout to the stars in spate –

Where the thunderbolt thinks to be slowest

And the lightning fears to be late:

As men drive for a sunken gem

Pursuing, we hunt and hound it,

The fallen star that has found it

In the cavern of Bethlehem.

(ca. 1920)*

_______________________

* There exists, in typescrit, an earlier version of three stanzas. The first two differ little from the later, published text, but the final one is twelve lines and reads:

Our god that is more than inmortal:

Is mortal and made; is there;

Thrust through an unthinkable portal

And escaped out of everywhere.

With the falling stars descending

We descend in the deluge of all

To find where a thing unending

Has slipped into space and is small.

Pursuing we hunt and hound it

As man hunts for a stolen gem,

For the fallen star that has found it

In the cavern of Bethlehem.

Gloria in Profundis

(Coro de una obra teatral inconclusa)

Como ficha ha caído sobre la tierra

Un dios demasiado grande para el cielo;

Estalló fuera de todas las cosas y rompió

Los límites de la eternidad:

Dentro del tiempo y de la tierra terminal

Se desvió como un ladrón o un amante

Para quien el vino del mundo rebosa

Y cuyo esplendor la arena surca.

¿Quién orgulloso está cuando los cielos se humillan,

Quién cabalga si las montañas se caen,

Si los soles fijos periclitan y se estremecen,

Y un diluvio de amor a todos ahoga

Cuando prepara su cabeza para ceñirse una corona?

¿Quién garantiza que se cumpla su testamento,

Quién lucha contra el torrente estrellado

Cuando todo lo bueno desciende?
Porque por el miedo de caerse y errar

Los Ángeles Caídos cayeron

E invirtieron la insolencia, escalando

La montaña colgante del infierno,

Inconmensurable para la vara y la plomada,

Muy profunda para cubrir con la mirada,

Precipitando la caída del hombre

Desde una altura que tiene el tamaño

De la caída de Dios.
Gloria a Dios en las bajuras

Los picos de las estrellas en torrente –

Cuando el rayo cree ser el más lento

Y tarde la luz teme que llegue:

Como hombres que manipulan una añorada gema oculta,

Nosotros la perseguimos y tras la caída estrella vamos

A la caverna de Belén.

(ca. 1920)*

_______________________

* Existe una versión anterior escrita a máquina de tres de estas estrofas. Las primeras dos difieren un poco de la última, que es el texto publicado, pero en la versión final de doce líneas se lee:
Nuestro dios que es más que inmortal:

Es mortal y hecho está; allí está;

Arrojado a través de un portal inconcebible

Se escapó por todos lados.

Mediante luceros que descendían.

Descendemos en el diluvio ubicuo

Para encontrar dónde, algo inacabado,

Se ha equivocado en espacio y es pequeño.

Buscándola la cazamos y la perseguimos

Como un hombre tras la gema robada,

Porque las estrellas caídas la han encontrado

En la caverna de Belén.

Ubi Ecclesia

‘You must seek for a Castle East of the sun and West of the moon’

– Fairy Tale

‘For as the lightning cometh out of the east, and shineth even unto the west, so shall also the coming of the Son of Man be.’

– Matthew 22:27
Our Castle is East of the Sun

And our Castle is West of the Moon,

So wisely hidden from all the wise

In a twist of the air,in a fold of the skies,

They go East, they go West, of the land where it lies

And a Fool finds it soon.
Our Castle is East of the Sun

And abides not the law of the sunlight,

The last long shot of Apollo

Falls spent ere it strike the tower

Far East of the steep, of the strong,

Going up of the golden horses,

Strange suns have governed our going,

Strange dials the day and the hour.

With hearts not fed of Demeter,

With thoughts unappeased of Athene,

We have groped through the earth’s dead daylight

To a night that is more, not less:

We have seen his star in the East

That is dark as a cloud from the westward,

To the Roman a reek out of Asia,

To the Greeks, foolishness,
For the Sun is not lord but a servant

Of the secret sun we have seen:

The sun of the crypt and the cavern,

The crown of a secret queen:

Where things are not what they seem

Burt what they mean.
But our Castle is West of the Moon,

Nor the Moon hath lordship upon it,

The Horns and the horseman crying

On their great ungraven God:

And West of the moons of magic

And the sleep of he moon-faced idols

And the great moon-coloured crystal

Where the Mages mutter and nod:

The black and the purple poppies

That grow in Gautama’s garden

Have waved not ever upon us

The smell of their sweet despair:

And the yellow masks of the Ancients

Looking west from their tinkling temples

See Hope on our Hill Mountjoy,

And the dawn and the dancers there.
For the Moon is not lord but a servant

Of the smile more bright than the Sun:

And all they desire and despair of

And weary of winning is won

In our Castle of Joyous Garde

Desired and done.
So abides it dim in the midmost

The Bridge called Both-and-Neither,

To the East and wind from the westward,

To the West a light from the East:

But the map is not made of man

That can plot out its place under heaven,

That is counted and lost and left over

The largest thing and the least.
For our Castle is East of the Sun,

And our Castle is West of the Moon,

And the dark labyrinthine charts of the wise

Point East and Point West of the land where it lies,

And a Fool walks blind on the highway

And finds it soon.


(ca. 1928-29)

Ubi Ecclesia

‘Deben buscar el Castillo al este del sol y al oeste de la luna’

– Cuento de Hadas

‘Porque el cometa luminoso que venía desde el Este brillaba incluso hasta el Oeste, así también debe ser la venida del Hijo del Hombre’.

– Mateo 22:27
Nuestro Castillo está al Este del Sol,

Nuestro Castillo está al Oeste de la Luna,

Sabiamente escondido de cualquier sabio

En el giro del aire, en un pliegue de las nubes,

Vayan al Este o vayan al Oeste de la tierra donde estén,

Y cualquier Necio pronto lo descubrirá.
Nuestro Castillo está al Este del Sol

Y no observa la ley de la luz solar;

El ultimo gran disparo de Apolo

Cae allí y golpea la torre

Muy lejos, al Este del escarpado, en lo macizo;

Los caballos dorados suben,

Raros soles han gobernado nuestro periplo,

Cuadrantes extraños el día y la hora.

Con corazones no alimentados por Deméter,

Con intranquilos pensamientos de Atenea,

Hemos tentado, a través de la luz mortecina de la tierra,

A la noche, que es más, no menos:

Hemos visto su estrella en el Este

Que es oscura como una nube occidental,

Un humo de Asia para el romano,

Y Para los griegos, necedad.
Pero el Sol no es un señor sino un sirviente

Del sol secreto que hemos visto:

El sol de la cripta y la caverna,

Corona de una reina secreta:

Las cosas no son lo que parecen

Sino lo que significan.
Pero nuestro Castillo está al Oeste de la Luna,

Ni la Luna ejerce su señorío sobre él,

Los Cuernos y el jinete lloraban

En su gran Dios no esculpido:

Y hacia el Oeste de las lunas mágicas

Y del sueño de los ídolos con rostros de luna

Y de la gran Luna de cristal colorido

A la que los Magos se postran y musitan;

Lo negro y las amapolas púrpuras

Que crecen en el jardín de Gautama

Alguna vez ondearon sobre nosotros

El olor de su dulce desesperación:

Y las máscaras amarillas de los Antiguos

Mirando desde el Oeste de sus templos tintineantes,

Ven la Esperanza en nuestra colina de Mountjoy,

Y, allí, el alba de los danzantes.
Porque la Luna no es señora sino sirvienta

De sonrisa más brillante que el Sol:

Y por todo lo que ellos desean

Y por lo que desesperan

Sólo los hace acreedores al fastidio de ganar

En nuestro Castillo del Jardín de la Alegría

Que es deseado y hecho está.
Allí en medio se aloja oscuro

El Puente llamado Ambos-y-Ninguno,

Al Este y con viento del Oeste,

Al Oeste una luz del Este:

Pero el mapa no fue hecho por hombres

Que puedan trazar su lugar bajo el cielo,

Así se cuenta, se pierde y se abandona

La cosa más grande y la menor.
Pues nuestro Castillo está al Este del Sol,

Y nuestro Castillo está al Oeste de la Luna,

Y los laberintos oscuros de los sabios

Apuntan al Este y al Oeste de la tierra donde reside,

Y un Necio, enceguecido, por la carretera camina

Y sin dificultad lo encuentra.


(circa 1928-29)
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