03- la Clasificación Internacional de las Nubes. (14 páginas, 10 fotos/figuras)






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CAPITULO 3

La Clasificación Internacional de las Nubes.

03- La Clasificación Internacional de las Nubes. (14 páginas, 10 fotos/figuras)

(10 páginas de texto y cuadros + 4 páginas de figuras)

- Luke Howard, el hombre que puso nombre a las nubes (2)

- Evolución histórica del Atlas Internacional de las Nubes. (1)

- Láminas y grabados de las sucesivas versiones del Atlas (1)

- Clasificación actual de la OMM (4)

- Géneros, Especies, Variedades (3)

- Rasgos suplementarios y nubes accesorias (1)

- Cuadros y símbolos de la OMM (2)

Todo el texto en verde de Howard es un resumen del realizado por Ernesto Rodríguez Camino en el libro “Las Maravillosas nubes …”. .Hay que pedirle permiso para reproducirlo o modificarlo suficientemente.

LUKE HOWARD, EL HOMBRE QUE PUSO NOMBRE A LAS NUBES
El origen de la actual clasificación de las nubes se remonta al “siglo de las luces”, a finales del siglo XVIII, en el ambiente ilustrado que dio un fuerte impulso al desarrollo de las ciencias naturales y experimentales. Apareció un inusitado interés por los temas científicos y por la naturaleza en particular. Es la época asimismo de los grandes viajes de exploración científica. Había una preocupación constante por la búsqueda de esquemas que permitiesen poner un poco de orden en las distintas manifestaciones de la naturaleza, ya fuesen seres vivos o los diferentes tipos de rocas o minerales existentes. Hasta entonces muchas áreas de conocimiento se habían resistido tenazmente a su ordenación y clasificación. Una de ellas era la referente a los nubes, su tipología y su constante transformación. El carácter efímero de las mismas y la multitud de formas que presentaban parecía plantear problemas insuperables a su clasificación.


En este momento histórico la figura del botánico sueco Carl von Linné (o Linnaeus como frecuentemente se le conoce en la versión latinizada de su nombre) tuvo una importancia e influencia en su tiempo. Introdujo el sistema de nomenclatura binomial en la historia natural, por el cual cada organismo podía designarse por un par de nombres latinos, el primero dotando el género al que pertenecía y el segundo la especie.
También en este contexto aparece la figura de Jean Batiste Pierre Antoine de Monet de Lamarck (1744-1829), empleado del Museo Nacional de Historia Natural de París y por lo tanto muy familiarizado con las distintas clasificaciones de especies. En 1802, Lamarck anunció un proyecto cuya finalidad era la “clarificación de los fenómenos meteorológicos”. Este proyecto intentó, entre otras muchas cosas
una clasificación práctica de las nubes basada en el hecho de que la nubes poseen ciertas formas generales que no son casuales sino que dependen del estado atmosférico y que podría ser útil su reconocimiento y determinación”.
La clasificación de Lamark fracasó por diferentes razones. En primer lugar, las categorías que propuso carecían de especificidad y de precisión. No es obvio proponer un número pequeño de familias de nubes y conseguir que toda nube observada en todo lugar y época del año encaje como un guante en alguna de las diferentes categorías. En segundo lugar, los nombres utilizados por Lamarck, además de estar en francés, eran unos términos relacionados con la vida en el campo, reminiscencia del lenguaje del calendario revolucionario, lo que limitaba seriamente su difusión y aceptación (piénsese que aunque la lingua franca científica era en aquella época era todavía el latín, las lenguas vernáculas empezaban a utilizarse ampliamente para la difusión científica). Además, en el contexto de las guerras napoleónicas, tanto Inglaterra como Alemania difícilmente aceptarían una clasificación basada en el francés. Sin embargo, algunas de las ideas que Lamark propuso en su clasificación tuvieron gran influencia y todavía se utilizan. Este es el caso de la clasificación por altitudes. De hecho, el Congreso Meteorológico Internacional que se reunió en París en 1896 adoptó una versión de las tres categorías de alturas de Lamarck (nubes altas, medias y bajas), que todavía pervive en la actualidad.

Simultánea e independientemente, surgió en Londres la figura de Luke Howard. Como frecuentemente sucede en el desarrollo de las ideas científicas, cuando se dan las condiciones apropiadas una misma idea o concepción aparece propuesta simultáneamente por dos o más científicos que proponen muy parecidas formulaciones que se diferencian en muchos casos en cuestiones menores o de matiz.
Pero volvamos a Luke Howard y a su entorno familiar. Nació en Londres el 28 de noviembre de 1772 en el seno de una familia cuáquera. Su padre, Robert Howard, poseía un próspero negocio de forja de hierro y de trabajos con latón. La observación del tiempo y de la naturaleza le marcó desde su infancia.
Tuvo la oportunidad de vivir el excepcional año de 1783, en el que se sucedieron una serie de fenómenos que afectaron grandemente a las condiciones meteorológicas, particularmente durante el verano. Los bruscos e inusuales cambios en el tiempo que se dieron ese año crearon un estado de pánico en gran parte de la población de la Europa septentrional y a la vez impresionaron al joven Luke, que por aquel entonces apenas contaba 10 años. Pudo observar efectos en el cielo como nunca antes se habían visto. La totalidad del verano fue una sucesión de cielos desconocidos para él y para casi todos sus contemporáneos. La razón de tales fenómenos hay que buscarla en las violentas erupciones volcánicas que azotaron Islandia en los meses de mayo y junio del mismo año. La actividad volcánica se prolongó durante todo el año. Un gran volumen de polvo volcánico fue transportado por las corrientes dominantes en niveles altos hacia Escocia, Inglaterra y Europa continental. La abundancia de polvo en suspensión alteró notablemente el cíclico transcurrir de las estaciones, a la vez que cielos nunca observados se dejaron ver sobre todo en el transcurso del verano. El miedo se apoderó de la población a medida que veían como las cosechas se destruían y sus animales de granja morían inexplicablemente. Una densa calima acompañada de vapores sulfurosos se instaló de forma casi permanente, que afectó a toda Europa y casi la mitad de Asia. Al mismo tiempo que la actividad volcánica se desataba en el sur de Islandia, el volcán Asayama de Japón entró en erupción en el mes de agosto de ese mismo año y se sintieron temblores de tierra en el sur de Italia que causaron muchos miles de heridos. Los sucesos del año 1783 aparecen registrados en la mayoría de cuadernos de observación meteorológica de la época y en las hemerotecas, ya que estos sucesos llenaron muchas páginas de los periódicos de ese fatídico año. No es de extrañar que un joven de 10 años quedase marcado de por vida con los cielos de Oxfordshire durante aquél verano.
Aunque comenzó trabajando como aprendiz de un mayorista farmacéutico pronto dio el paso decisivo de establecerse por su cuenta y abrió su propia farmacia en el corazón de la “city” londinense. Howard se fue paulatinamente incorporando al grupo que vino a llamarse los “disentidores” científicos. En Inglaterra se conoce como “disentidores” a los que no se adherían a los 39 artículos de la Iglesia Anglicana. Dentro de este grupo estaban los judíos, católicos, incluso había “disentidores” protestantes tales como los cuáqueros y los unitarios Este grupo que se formó y desarrolló alrededor de la emergente actividad científica cristalizaba su actividad en conferencias, asambleas, publicaciones de revistas periódicas y de separatas, etc. En estas reuniones Howard trabó conocimiento con William Allen, que fue corresponsable del ensayo sobre las nubes. Forjaron una amistad que duró toda su vida, hasta la muerte de Allen en 1843. Esta amistad precipitó la transformación de Howard de un humilde aprendiz en un reconocido científico. Allen poseía un espíritu emprendedor que le llevó a fundar un gran --para los estándares de la época -- laboratorio farmacéutico en las afueras de Londres y a ofrecer a su amigo Howard el puesto de responsable del mismo. Las inquietudes científicas de Allen le llevaron a fundar en 1796 una sociedad para el debate científico, denominada Sociedad Askesiana, que tenía unos horizontes más amplios que la fundada por Higgins. El nombre provenía del griego Askesis, que significa formación, ejercicio.
En el seno de esta sociedad, presentó Howard en 1802 su trabajo titulado “sobre las modificaciones de las nubes”. Este trabajo se basaba en muchos años de observación de las nubes y en un intento de sistematización que la época del racionalismo comenzaba a demandar. La ausencia de una clasificación sencilla, y sobre todo generalmente admitida, hacía que hasta entonces las observaciones de nubes realizadas por distintos observadores y en distintas partes del mundo apenas fuesen comparables. Comenzó su conferencia con estas palabras:

Mi charla de esta tarde se refiere a lo que podría considerarse como un tema poco práctico: las modificaciones de las nubes. Puesto que ha aumentado el interés por la meteorología, los estudios de las diferentes apariencias del agua suspendida en la atmósfera se está convirtiendo en una rama interesante e incluso necesaria de este campo….”
Nunca hubiera podido imaginarse Howard que estaba sentando las bases de una clasificación de las nubes que ha perdurado con pequeñas modificaciones hasta nuestros días. En el transcurso de la hora que duró su disertación no sólo introdujo nuevas explicaciones sobre la formación y tiempo de vida de las nubes, sino que también creó una nueva y poética terminología: “Cirrus”, “Stratus”, “Cumulus”, “Nimbus”, y otros nombres que corresponden a nubes intermedias y modificadas, cuyas diferencias se basan en la altitud, en la temperatura del aire y en otros factores. Howard no fue el primero que insistió en el hecho de que las nubes debían ser entendidas como entidades con sus propiedades físicas que obedecían las mismas leyes que el resto del mundo natural. Su principal contribución fue la de que había un número relativamente pequeño de tipos básicos y que cualquier nube que se presentase en la naturaleza se ajustaba perfectamente a uno de estos tipos básicos. Otro acierto de Howard fue utilizar el latín para denominar los tipos básicos (igual que en la clasificación de Linneus), lo que facilitaba su adopción en un mayor número de países: Cirrus (fibra, pelo), Cumulus (montón, acumulación), Stratus (capa, estrato). A continuación definió otros cuatro tipos que eran bien modificaciones o agregaciones de las tres familias anteriores. La idea de modificación de las nubes fue su principal aportación. Las nubes evolucionaban e iban ajustándose en su evolución a alguno de los tipos básicos propuestos por Howard. Con esta clasificación la meteorología estaba dando un salto cualitativo que la colocaba en paralelo con otras ciencias naturales. Se estaba creando una herramienta que permitía observar y clasificar las nubes desde distintos lugares de una forma relativamente sencilla para a su vez identificar el estado del cielo. El trabajo de Howard estaba preparando el camino para utilizar las nubes como una útil herramienta que permitiría deducir los movimientos, de otra forma ocultos, de la atmósfera. Asimismo, su apariencia permitiría inferir conclusiones sobre la temperatura del aire, el contenido y la fase del agua. Más adelante, una vez estudiadas y conocidas las formas típicas de evolución de las diferentes nubes, se podrían hacer predicciones a corto plazo del estado de la atmósfera. Las consecuencias del trabajo de Howard en meteorología, fueron en su momento quizá imprevisibles para la mayoría de sus contemporáneos, sin embargo proporcionó una herramienta básica que hoy en día constituye todavía el pilar de la observación. Incluso con el advenimiento de nuevas y sofisticadas formas de observación, la clasificación de las nubes presentes en un lugar y momentos dados permite, tanto a un profesional como a un aficionado a la meteorología, hacerse una idea muy aproximada del estado del cielo y de su inminente evolución. El mismo Howard describe con estas palabras la utilidad de su aportación:
Con la finalidad de permitir a los meteorólogos aplicar sus formas de análisis a la experiencia de otros, así como para mantener un propio registro con brevedad y precisión, podría permitirse introducir una nomenclatura metodológica aplicable a las distintas formas de agua en suspensión o en otras palabras a las modificaciones de las nubes.”
Howard se refería a modificaciones de las nubes en lugar de géneros o especies, puesto que quería enfatizar que la forma particular que tomaba una nube era probable que variase en cualquier momento debido a la cambiante inestabilidad de la atmósfera.

Las ideas que presentó Howard a los más de cincuenta asistentes de las Sociedad Askesiana, tuvieron una muy favorable acogida. A ello contribuyó, tanto lo simple y natural de la clasificación como la utilización de unos términos latinos que cautivaron a la audiencia. Sus palabras fueron acompañadas por sus propios dibujos realizados a lápiz e iluminados con acuarela. Cada vez que introducía un tipo de nube, lo describía, lo asignaba un nombre y mostraba el correspondiente dibujo, lo que ayudaba al componente de espectáculo de este tipo de eventos.
Siguiendo los consejos e instrucciones de Tilloch, Howard rehizo su texto ampliándolo notablemente respecto a las breves notas en las se basó su conferencia. La publicación se realizó en varias entregas correspondientes a los números de julio, septiembre y octubre de 1803. La buena acogida y gran repercusión que tuvo este trabajo hicieron que se publicara en años sucesivos en forma de separata con 32 páginas que circuló grandemente entre los círculos meteorológicos. Hoy en día este folleto es un objeto de extrema rareza muy codiciado por los bibliófilos.
El texto en su versión final pasó a ser no solamente la semilla de las nuevas ideas sobre las nubes sino un hito en el campo de la meteorología y de la ciencia en general. En la base del texto de Luke Howard subyace la penetrante idea de que las nubes pueden tener muchas formas pero sólo existen unos pocos tipos básicos. Tanto las formas como los tipos básicos se deben a los procesos físicos que afectan al agua presente en la atmósfera, en cualquiera de sus tres fases. Aunque pronto surgieron inesperadas complicaciones, los principios físicos de la formación de las nubes fueron tan fácilmente entendidos como cualquier otro proceso natural. Las nubes no eran una excepción y tampoco escapaban a la comprensión humana.
En su ensayo expuso las ideas de que la formación de las nubes dependía de las condiciones de temperatura, humedad y presión del aire en el cual el vapor de agua estaba presente. Cuanto más caliente estaba el aire más vapor de agua podía contener. Por el contrario, a medida que se enfriaba el agua menos vapor podía contener pudiendo dar lugar por debajo de una cierta temperatura, la del punto de rocío, a la condensación de l vapor de agua en forma de pequeñas gotitas visibles de agua. Una vez que las pequeñas gotitas se forman alrededor de los núcleos de condensación, tienen un tamaño lo suficientemente pequeño como para permanecer suspendidas en el aire o caer a una velocidad lo suficientemente pequeña como para que apenas sea apreciable. Cuando las gotas crecían suficientemente como para que su velocidad de caída compensase claramente el efecto de las corrientes ascendentes, caían en forma de lluvia. Howard diseñó además un sistema de símbolos apropiados para una anotación rápida, que todavía permanece hoy en una versión modificada y que son los que se utilizan cuando se transcriben las observaciones procedentes de los partes cifrados de observación a un mapa.
Luke Howard tuvo una fuerte influencia en la sociedad que le tocó vivir. Su fama se extendió rápidamente por el mundo a medida que el impacto de los nombres de las nubes se popularizaban más allá de los estrechos límites de la comunidad científica. Contó entre sus admiradores con el literato y científico alemán Johann Wolfang Goethe. Goethe mostró en 1822 gran interés e impaciencia por conocer detalles tanto de su trabajo como de sus circunstancias vitales. En aquel momento Goethe era reconocido como una de las mayores personalidades en el mundo intelectual europeo. Su variada personalidad incluía facetas de poeta, dramaturgo, novelista, filósofo, viajero, artista, político y científico. Incluso se mostró sensible a los efectos atmosféricos, y muy interesado en sus causas y desarrollos. La influencia de Goethe era tan grande que el simple hecho de que se interesase por los trabajos de Howard, ya era un pasaporte seguro para que su clasificación tuviese un gran eco en toda Europa. Goethe además le dedicó algunos de sus escritos tales como el ensayo sobre “las formas de las nubes según Howard”, en donde alababa los logros del brillante meteorólogo inglés. En una serie de poemas que se agrupaban con el título general de “en honor a Howard”, Goethe exploraba tanto los sentimientos como la mecánica que le sugerían las tres principales familias de nubes (Stratus, Cumulus, Crrus) además de la combinación de nubes entonces denominada Nimbus.
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