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Biografía

J. J. Benítez (Pamplona, 1946) inició su labor como

investigador de temas ocultos en 1972. En estos

más de veinte años de esforzadas pesquisas ha

escrito una treintena de libros, la mayoría

dedicados al fascinante fenómeno de ¡os ovnis, lo

cual le convierte en el autor europeo con mayor

número de obras sobre el particular. En su

dilatada experiencia como ufólogo ha interrogado

a más de diez mil testigos, ha publicado miles de

artículos y pronunciado cientos de conferencias,

recorriendo más de tres millones de kilómetros,

siempre a la búsqueda de respuestas para el que

considera «el más irritante de los misterios que

pesan sobre el hombre» y sobre el que reconoce

que «cada vez sabemos menos ». En agosto de

1992 dirigió en El Escorial el primer curso

universitario sobre los «no identificados». Su obra

de investigación se completa en el campo de la

narrativa con diversos títulos que han contribuido

a hacer de J. J. Benítez uno de los autores más

leídos de nuestro país.

Caballo de Troya 5

J. J. Benítez

Planeta
Primera edición en esta colección: septiembre de 1997

Segunda edición en esta colección: junio de 1998

Tercera edición en esta colección: marzo de 1999

(0 J. J. Benítez, 1996

(D Editorial Planeta, S. A., 1999

Córcega, 273-279 - 08008 Barcelona (España)

Edición especial para Ediciones de Bolsillo, S. A.

Diseño de cubierta: Estudi Propaganda

Fotografía de cubierta: (D AGE Fotostock

Fotografía M autor: (D Gonzalo Martínez Azumendi

ISBN 84-08-02228-8

Depósito legal: B. 10.840 - 1999

Fotomecánica cubierta: Nova Era

Impresor: Litografía Rosés

Impreso en España - Printed in Spain

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización

escrita de los tituiares de¡ «Copyright», bajo las

sanciones establecidas en ¡as leyes, la reproducción

parcial o total de esta obra por cualquier medio o

procedimiento, comprendidos la repfografia y el

tratamiento informático, y la distribución de ejemplares

de ella mediante alquiler o préstamo púbiicos,

A Fernando Lara Bosch,

que me alentó desde los cielos.

¿Me revelarás el significado

del misterioso «5»?
SEIS AÑOS DE SILENCIO

11

i

i

Nunca, en los treinta y dos libros anteriores, había expe-

rimentado tanto miedo. Pero ¿a qué? No lo sé muy bien.

Miento. Claro que lo intuyo. Es terror a franquear una

puerta que cerré un 18 de setiembre de 1989. En aquella

fecha -«siendo las veintiuna horas»- daba por conclui-

do Caballo de Troya 4. Y hoy, siendo las once horas del

miércoles, 1 de noviembre de 1995, esa puerta ha sido

empujada de nuevo. Y el miedo, como digo, me tiene aco-

bardado. Un miedo justificado, supongo. Miedo porque,

en estos largos seis años, los ojos interiores se han abier-

to providencial y definitivamente. Miedo porque, al fin, he

captado el magnífico y esperanzador mensaje del Protago-

nista de esta obra. Miedo, en suma, a no saber transmitir

la genial verdad de Jesús de Nazaret: existe un Dios-Padre

que ama, dirige y sostiene. Miedo a enfrentarme a una

historia que es mucho más que una historia.

Resulta reconfortante. Ahora, querido Padre, querido

«Ab-ba», comprendo y te comprendo. El presente relato no

podía ser atacado en tanto en cuanto servidor -el instru~

mento- no hubiera hecho suya la esencia que perfuma y

define la llamada vida pública del Maestro: «que se haga

la voluntad del Padre». Una idea -la gran idea- que mo-

torizó su existencia terrenal.

Y ese Dios-Padre, en otro alarde de paciencia y sabi-

duría, me ha dejado reflexionar y madurar sobre ello,

nada menos que durante seis años. Seis años de silencio,

de dudas, de sufrimiento, de comprobaciones en cadena

y de una íntima e indefinible alegría al verificar -una y

otra vez- que, en efecto, todos estamos sentados en las
rodillas de un Padre que «sabe».... antes de que acerte-

mos a despegar los labios.

Debo confesarlo. Cada vez que puse manos a la obra,

luchando por abrir la puerta del siguiente Caballo de Tro-

ya, una fuerza firme y sutil me apartaba sin concesiones.

Recuerdo media docena de intentos. Y sólo cuando mi

corto conocimiento apareció justa y sólidamente forjado

en el yunque de la voluntad del Padre, sólo entonces ha

sido posible esta nueva y fascinante aventura. Pero, su-

pongo que desconfiado (y no le falta razón), antes de re-

galarme su confianza, el Padre Azul decidió someterme a

una última prueba. Y en 1994 este aturdido mensajero se

desnudaba en Público, sacando a la luz uno de sus libros

más querido: Mágica Fe. Una suerte de ensayo general de

lo que ahora comienza. Y estoy convencido: la serie de los

Caballos de Troya vive gracias a esa mágica fe.

He aquí la única explicación a tan dilatado silencio.

Era preciso que, antes de desvelar cuanto me ha sido

dado, me hallara entrenado y en sintonía. Y aun así -que

el Padre me disculpe- siento miedo.

J. J. BENíTEZ

10

El diario

(QUINTA PARTE)
«-¡Enterrados!...

David, el anciano sirviente, comprendió lo inútil de

sus gritos y lamentos. Ismael, el saduceo -implacable y

sin entrañas-, había ejecutado parte de su diabólico

plan.

-¡Enterrados vivos! -gimió mi acompañante, deján-

dose caer sobre los peldaños que conducían a la gruta.

Y este torpe explorador, con las palmas de las manos

fundidas a la áspera muela que acababa de ser removi-

da por el sacerdote, se quedó en blanco. Por primera

vez en aquella intensa odisea por las tierras de Palesti-

na un terror desconocido me paralizó. ¿Qué fue lo que

me doblegó? Ni siquiera ahora, al ordenar los recuer-

dos, consigo despejarlo. Quizá fuera el pavor del criado

-más consciente que yo de la critica situación- lo que

me contagió. Quizá también -y no fue poco- el dra-

mático hecho de hallarme desarmado y sin la menor po-

sibilidad de recurrir a la vital «vara de Moisés». A buen

seguro, los dispositivos de defensa me habrían ahorra-

do los angustiosos instantes que se avecinaban.

. ¿Cuánto tiempo transcurrió? Imposible calcularlo.

Una y otra vez, la escasa lucidez de quien esto escribe

bregó por ponerse en pie. Finalmente la vi apagarse, de-

sapareciendo. Hoy creo intuir lo ocurrido. Y me estre-

mezco.

Habíamos sido entrenados para casi todo, menos

para un ataque de ansiedad aguda. Porque de eso se tra-

taba.

Aquella súbita y demoledora emoción -aquel páni-

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co- anuló todo resto de pensamiento racional. Y la

Operación -¡Dios santo!- se tambaleó en el filo de un

precipicio.

Petrificado frente a la roca, ajeno al convulsivo llan-

to de David, en uno de los escasos destellos de cordura,

comprobé con desolación cómo la fuerza muscular no

respondía. Y fui presa de una debilidad motora genera-

lizada. El vértigo no se hizo esperar. Traté de aferrarme

a la piedra. Pero las manos temblaron, incapaces de

obedecer. Y un sudor denso precedió a la inevitable ta-

quicardia. Creí morir. Un punzante dolor precordial fue

el último aviso. Y en mitad de la negrura los pulmones

fallaron y el organismo entró en un peligroso proceso

de alcalosis respiratoria secundaria.

No recuerdo mucho más. Debí derrumbarme, cayen-

do de espaldas sobre el rugoso pavimento calcáreo. Fue

lo mejor que pudo ocurrirme.

-¡Señor!... ¡Oh, Dios!...

Más que ver intuí la encorvada figura del anciano,

arrodillado junto a este explorador. Sostenía mi cabeza

entre las manos, susurrando e implorando.

-¡David! -acerté a pronunciar con dificultad. Y un

leve entumecimiento alrededor de la boca y en los dedos

de manos y pies me devolvió a la realidad, recordándo-

me el síndrome de hiperventilación y la pérdida de con-

ciencia.

-¡Señor! -replicó el sirviente con un hilo de voz-

¡Gracias a Dios!

Ignoro cuánto tiempo permanecí inconsciente. Pero,

como digo, el traumatismo -afortunadamente sin ma-

yores consecuencias- vino a rescatarme de aquel peli-

groso ataque de pánico. Y fue a raíz de este aviso en la

Nazaret subterránea cuando, en previsión de situaciones

similares, mi hermano y yo adoptamos nuevas y extraor-

dinarias medidas de seguridad. Una de ellas -bautizada

por los hombres del general Curtiss como el «tatuaje»-

resultó tan útil como espectacular. Pero sigamos por

orden.

Traté de incorporarme y reunir las confusas y diez-

madas ideas. La alcalosis, sin embargo, continuaba co-

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leando. Y consciente de la urgente necesidad de equili-

brar la presión del dióxido de carbono, reduciendo el

pH sanguíneo, busqué un remedio de urgencia.

-¡Maldita oscuridad!

A tientas tomé uno de los extremos de la sábana que

me cubria, improvisando con el lino una especie de re-

ducida bolsa. La aproximé al rostro, practicando varias

e intensas inspiraciones y espiraciones. El CO, hizo el

resto.
Minutos más tarde, con el ánimo relativamente re-

confortado, la astillada voz del criado vino a recordar-

me que poco o nada había cambiado.

-¡Señor! Esa víbora no perdona. Estamos condena-

dos a morir...

No contesté. Mi pensamiento, extrañamente tranqui-

lo, había volado hasta la «cuna». Y la imagen de Elisco

me proporcionó una benéfica fuerza.

Extendí los brazos y busqué a David en la negrura.

Al topar con él, aferrándome a su túnica, estallé con

una seguridad que todavía me admira:

-¡Olvida a ese miserable!... ¡Es hora de actuar! No

lo dudes, amigo: ¡vamos a salir de este infierno!

-Pero...

No le permití nuevas lamentaciones. Y dócil, cierta-

mente animado por el persuasivo timbre de aquel ex-

tranjero, fue respondiendo a mis preguntas:

-Señor, no conozco otra salida... La gruta se utili-

za como almacén... Aquí se guarda de todo... Provisio-

nes, herramientas, agua... Generalmente sólo baja la

servidumbre y de tarde en tarde... A veces pasan se-

manas...

El panorama no era muy prometedor. Guardé silen-

cio, procurando fijar un orden de prioridades. Y el tem-

ple militar rindió sus frutos. Además -me consolé-

estaba la familia. Santiago y su gente terminarían por

formularse algunas interrogantes respecto a mi repenti-

na desaparición. Tanto la Señora como sus hijos -sin

olvidar a Débora, la prostituta de la posada de Heqet, la

«rana»- sabían de mi anunciada entrevista con Ismael,

el jefe del consejo local de Nazaret. Pero, frío y realista,

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1

dejé a un lado la endeble esperanza. Y fui a centrarme

en el primero de los objetivos: la minuciosa exploración

de la gruta. Y para ello necesitábamos luz, un mínimo

de iluminación.

Ordené a David que me ayudara a rastrear el suelo,

a la búsqueda de la malograda lucerna que él mismo

portaba al entrar en el subterráneo. Tal y como suponía,

sólo conseguimos reunir dos o tres trozos de una cerá-

mica inservible y aceitosa.

Y antes de que acertara a reaccionar, el diligente

criado -notablemente repuesto- tomó la iniciativa,

recomendándome que no me moviera. Y escuché el

roce de sus sandalias, alejándose hacia el fondo de la

sala. ¿Moverme? ¿Cómo hacerlo en semejante oscuri-

dad? Y el involuntario chiste vino a oxigenar el apalea-

do ánimo.

A cosa de cuatro o cinco metros percibí un chirrido.

Parecía el lamento de un herrumbroso pasador. ¿Una

puerta? El corazón brincó. Imposible.

Segundos después, un gemido similar y un golpe

seco -como si David hubiera cerrado algo- me des-

pistaron definitivamente. Y aguijoneado por la intriga

hice ademán de avanzar hacia el punto del que habían

partido los misteriosos sonidos. Pero, consciente de que

debía atar en corto la curiosidad, evitando así compli-

caciones añadidas, aguardé ansioso, forzando en vano

las espesas tinieblas.

No puedo asegurarlo, pero de haber caminado al en-

cuentro del sirviente, descubriendo lo que se traía entre

manos, quizá hubiera abortado la maniobra. ¿0 no? Lo

cierto es que, poco después, el «hallazgo» me sumiría en

una angustia que todavía me acompaña. Aunque, bien

mirado, ¿quién soy yo para modificar el Destino? La

Fontaine, en su obra Fables, dibujó perfectamente mi

situación: «Con frecuencia, uno encuentra su destino si-

guiendo las veredas que tomamos para evitarlo.»

Y aquel breve silencio volvió a quebrarse. Esta vez

con una sucesión de decididos impactos, aparentemen-

te contra la pared de la caverna. Por último, confundi-

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do con el eco, creí identificar el golpeteo de la madera

rebotando en el suelo rocoso.

Las sandalias rachearon, retornando junto a este

confuso explorador. Y David, alargando el brazo iz-

quierdo, tras palpar mi pecho y asegurarse de mi pre-

sencia, rogó que le entregara la sábana. No pregunté.

obedecí al punto y, guiado por el sonido, me afané en

descifrar el misterio.

No fue mucho lo que acerté a resolver. El crujido
de las articulaciones del anciano indicó que acababa de

agacharse. Rasgó el lienzo en dos ocasiones y ahí mu-

rieron las pistas. Después, enganchado en el irritante

mutismo, se enderezó, alejándose de nuevo. Lo escuché

trastear entre los cacharros depositados en la pared

de mi derecha. En la memoria conservaba la imagen de

aquella primera oquedad, repleta -a uno y otro lado-

de alacenas de muy dispares alturas y profundidades,

cargadas de ánforas, vasijas de diferentes calibres y un

sInfín de enseres que, obviamente, dadas las circunstan-

cias, no recordaba.

Y el entrechocar del cobre y la arcilla cesó de pronto.

-¡Bendito sea el Todopoderoso!

La exclamación del viejo y su inmediato regreso has-

ta mi posición terminaron de acelerarme.

-¡Por Dios! -clamé-. ¿Qué te propones?

Pero, ignorándome, volvió a agacharse, absorto -su-

pongo- en una operación que, en efecto, como descu-

briría instantes después, requería toda su atención y
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