Resumen: El artículo analiza los diferentes artefactos discursivos que existían durante la Edad Moderna para explicar el concepto de nobleza en un periodo de cambio, crecimiento y conflicto dentro de la sociedad castellana.






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títuloResumen: El artículo analiza los diferentes artefactos discursivos que existían durante la Edad Moderna para explicar el concepto de nobleza en un periodo de cambio, crecimiento y conflicto dentro de la sociedad castellana.
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Esta última nos llevaría hasta el escenario de la propia legislación sobre las armerías y el uso mismo de los apellidos. La importancia de las armerías nobiliarias es un asunto, que obviamente, trascendió las fronteras cronológicas y mentales del Medievo. Y fue un asunto fundamental dentro de una sociedad en la que la imagen y su representación estaban en constante proceso de formulación. Así, en 1622, Bernabé Moreno de Vargas escribía en su Discursos de la nobleza de España, sobre «quién puede traer armas y cómo el rey es el que las concede»65. El Regidor emeritense nos indica «es de advertir que, puesto que los nobles, por su autoridad, puedan escoger y señalar las insignias que han de traer por armas, es bien que sean autorizadas con la voluntad y autoridad de los Reyes»66. Hecho que por otra parte confiere unidad y legitimidad al lenguaje heráldico y que también fue destacado en 1591 por Juan Benito Guardiola en su Tratado de la Nobleza «ninguno se puede estimar de sus armas y insignias sino son avtorizadas con la gracia de los Reyes»67. Existe una vinculación directa entre la autoridad del soberano y el valor social de las imágenes heráldicas, siendo ambas una señal inequívoca de fama y valor: «tan grande es la autoridad de las armas concedidas por los Reyes, que absolutamente se deven preferir a los que no tuvieren esta calidad»68.

Que un tratado de nobleza dedique buena parte de su espacio a tratar sobre las armerías sitúa el oficio de Rey de Armas dentro de una filosofía ambiente en la que el honor, el mérito y la creación de una memoria del linaje fueron cuestiones que se manejaron en la sociedad, recurriendo a categorías siempre fáciles de identificar. Si bien, y pasada la Edad Moderna, la historiografía nacionalista y burguesa del siglo XIX ha querido ver en estas prácticas un uso desmedido e irregular, culpándolos de todo. «A los Reyes de Armas debemos el sinnúmero de familias que empiezan en el propio Tubal»69.

Los oficiales de armas estaban vinculados a determinados personajes en los oficios de la Casa Real. En la siguiente tabla podemos ver quiénes eran los Reyes de armas del reinado de Felipe IV y quién el Caballerizo Mayor, que era su inmediato superior en las ceremonias regias


Caballerizo

Reyes de Armas

Cristóbal de Gómez de Sandoval y Rojas [duque de Uceda], (1618-1621)

Diego de Urbina, Andrés de Heredia, Jerónimo de Villa, Domingo Jerónimo de Mata y Peña, Juan de Heredia

Juan Hurtado de Mendoza [duque del Infantado], (1621-1622

Diego de Urbina, Jerónimo de Villa, Domingo Jerónimo de Mata y Peña, Juan de Heredia

Gaspar de Guzmán y Pimentel [Conde-duque] ( 1622- 1645)

Diego de Urbina, Jeronimo de Villa, Domingo Jerónimo de Mata y Peña, Juan de Heredia, David de Marsela, Diego de Sotomayor y Morales, Juan Mendoza y Girón, Francisco Suarez Patiño, Juan Francisco de Hita y Rada, Alonso de Hoyos y Montoya, Pedro Salazar y Girón, Diego Barreiro.

Diego López de Haro y Sotomayor [V marqués del Carpio] ( 1645-1648)

Juan Mendoza y Girón, Juan Francisco de Hita y Rada, Pedro Salazar y Girón, Pedro de Mendoza, Diego Barreiro, Francisco Bustamante,

Luis Méndez de Haro [VI marqués del Carpio] (1648-1661)

Juan Mendoza y Girón, Juan Francisco de Hita y Rada, Diego Barreiro, Francisco Bustamante, Pedro de Salazar Girón, Juan de Iriarte, Bernardo de Pinto y Fonseca

Fernando de Borja, [III conde de Mayalde] (1661-1665)

Juan Mendoza y Girón, Juan Francisco de Hita y Rada, Pedro Salazar y Girón, Diego Barreiro, Francisco Bustamante,

Tabla de elaboración personal.

Los oficiales de armas de Felipe IV comenzarán a llamarse «criados» de su majestad. Anteriormente no se daba esta circunstancia, y posteriormente tampoco parece que usasen de esta categoría. En esta necesidad de clasificar, de crear «categorías indígenas», que únicamente se puedan explicar en un momento de tiempo de exaltación y profesionalización del oficio de criado del rey. En primer lugar esta condición de criado del rey hace mención a la lógica del servicio tradicional desempeñado por alguno de ellos y su vinculación con la corte. Se resalta de este modo la importancia de determinadas formas de heredabilidad de los oficios.

Desde que en 1580 se comenzaran a realizar las primeras certificaciones de nobleza70, los Reyes de Armas y Diego Barreiro, entre ellos, ofrecerán en sus certificaciones interesantes interpretaciones y definiciones de nobleza, polidimensionadas, esto es, recurren tanto a elementos del pasado, como a actuales, en un lenguaje que sistematiza los elementos de una memoria artificial, un ars memoriae que gozó pese a todo, de un inusitado éxito como herramienta de legitimación y justificación de los distintos niveles dentro del sistema del honor en Castilla. Este locus nobiliario, no es un lugar figurado, se trata de un espacio de articulación de un discurso sobre la distinción social y las diferentes taxonomías nobiliarias en un período determinado por un repunte en la limpieza de sangre y por lo tanto en lo genealógico. Nos encontramos frente a una conciencia de pertenencia a un universo cultural reforzado por un conjunto de composiciones que a modo de escenas de un cursus honorum individual sirven a un determinado individuo para justificar, frente a la sociedad, su pertenencia a algo distinto al resto. Todo esto dentro de una idiosincrasia, de una ideología que va más allá de la cultura barroca hispana71 y que se ampara en la proliferación de opiniones que sobre lo nobiliario abundaron en el Siglo XVII desde todos los palcos.

Las certificaciones de nobleza son hijas del tiempo, pero también de la ideología que las confiere sentido mediante la constante combinación entre lo consuetudinario y lo legal. Reproducen en sus páginas esquemas conceptuales sobre el linaje, la fama y el honor que se insertan en un discurso general sobre lo nobiliario y sus valores. Son por lo tanto variantes discursivas que siguiendo las pautas de la ideología nobiliaria castellana se tornan instrumento de una cultura del honor y de la posesión del mismo. Pero son también espacios de la estructura burocrática de la administración. Así las certificaciones vienen sancionadas por el Escribano Mayor de Madrid y un oficial de armas. Igualmente el Barroco, termina por configurar un nuevo lenguaje, una nueva estructura que huye de la mera descripción que encontramos durante el siglo XVI para insertar estructuras discursivas retóricas, retorcidas y algo redundantes.

El papel de los reyes de armas hay que relacionarlo con la idea de la «República Ordenada»; en este caso es la «corte ordenada«, Madrid, la ciudad del aparato cortesano de Felipe IV72, será lugar para que el fasto cortesano, por contraposición con el público73. Si «sólo Madrid es corte», solamente los Reyes de Armas serán los protagonistas de una doble dimensión del honor del soberano, convirtiéndose en actores destacados en la configuración del sistema ceremonial habsúrgico y del honor mediante sus certificaciones, despachos y minutas.

Dado que entre las obligaciones de los Reyes de Armas estaba la de poseer un conocimiento de las cuestiones nobiliarias y, ser guardianes de los libros de linajes y de la nobleza del reino, su primera dimensión es la de glosadores-censores de determinadas historias y valores propios de cada familia. En este estado de las cosas los documentos nobiliarios creados por los Reyes de Armas recorren un camino conceptual básico dentro de la idea de nobleza. A medio camino entre la literatura de reflexión sobre la nobleza y documento administrativo, sus dictámenes sobre blasones y apellidos parten de identificar la triple dimensión esencial de la nobleza (Tiempo, servicio, sangre).

Para aludir al tiempo, los reyes de armas utilizan indistintamente tres temas: a) Leyendas, b) mundo clásico, c) historias genealógicas. Por su parte, el servicio es tratado en su dimensión de fidelidad y compromiso con toda el proyecto monárquico. Finalmente, las cuestiones sanguineas están impregnadas de forma directa por el asunto de la limpieza de sangre. La consecuencia de estos tres niveles discrusivos resultará el privilegio de portar armas o de pertenecer a un estrato social privilegiado en sus formas exteriores y en su dimensión jurídica.

El problema surge cuando se trata de buscar la lógica entre los elementos «increibles» de la construcción discursiva de los reyes de armas y la realidad administrativa de las coronas luso-castellana. En este segundo caso, la existencia de instituciones y procedimientos vinculados con el honor y el privilegio y que basaban buena parte de su proceso en la búsqueda de opiniones y el apelo a la «común opinión» o «pública voz», obligaba a los oficiales del honor a establecer perfiles que recurran a la cita de autoridad para reforzar los argumentos más increibles. Se trataría de una disimulación intelecutal que recoge la potencia argumental de los mitos como parte indisoluble del discurso sobre lo nobiliario. El recurso a los libros del «oficio« custodiados en el Alcazar madrileño encierran la caja de pandora de todas las reputaciones. Se trata de un trabajo que vive de la reputación recordada y transmitida de unos oficiales a otros y que bebe de la opinión pública para confirmar las necesidades de honores de sociedades conflictivas, en las que el honor de los individuos marca la importancia de la preemiencia y del acceso a determinados espacios y lugares. La presencia de un apellido en uno de esos textos del oficio no sólo marca la presencia en el tiempo, sino en la república de las certidumbres. Su inclusión permitía a los reyes de armas iniciar todo el proceso, buscando de manera ejemplar el espacio seimpre difuso de los colores de los blasones, de la verosimilitud, y les hacía protagonistas activos del sistema del honor y del siempre complicado mundo de la heráldica. Jugando con los elementos de la verdad o la mentira en el uso de los colores (recurriendo para ello a las citas de autoridad más elaboradas) y partiendo del hecho de que un escudo de armas es una trasunto figurado de un individuo concreto y de una determinada idea sobre él, su familia y su función social.

La importancia que para el oficio de Rey de armas tenía el correcto conocimiento de la literatura genealógica es algo que por repetido, no deja de tener su importancia. Este hecho convertía buena parte de la producción de los Reyes de Armas en meras y sucesivas reiteraciones sobre lugares comunes en torno a los orígenes geográficos de los apellidos. Los oficiales heráldicos colaboraban con los genealogistas sin oficio regio para certificar apellidos. Este es el caso de la fructífera colaboración que se estableció entre Rodrigo Mendez de Silva y Pedro de Salazar y Girón (Rey de armas de Felipe IV) en varias minutas y certificaciones de apellidos74.

Los Reyes de Armas son un oficio cortesano y nobiliario que se remonta a los viejos heraldos y que se vincula tanto a la Corte como a la nobleza. En este sentido, resulta fundamental conocer el modo en que éstos, convertidos en agentes del honor, ayudaron a formular y codificar un concepto estandarizado de nobleza que afectó a individuos que pertenecían tanto a las Órdenes Militares como a miembros de las oligarquías urbanas castellanas que precisaban de artefactos de legitimación. El tipo de nobleza confirmado por los Reyes de Armas tiene mucho que ver con lo que se ha tratado hasta ahora. Para un correcto análisis de los mismos debemos pensar no sólo en las certificaciones públicas de armas que realizaban, sino apoyarnos también en el innumerable bosque de papeles, minutas y notas que éstos tomaron. Así podremos comprender y percibir el modo en que los oficiales de armas construyeron un discurso sobre lo nobiliario. Por ejemplo, si tomamos a Jerónimo de Villa como el primero de nuestros autores, veremos que en su texto Solares de España – verdadero receptáculo de notas e informaciones sobre los linajes y apellidos de españoles – encontramos la construcción de la identificación de los mismos se realiza por la vía de la suma del origen espacial y del capital simbólico representado por el blasón. Así se nos indicará que apellidos como Soria, «train su dezendenzia de la cibdad de Soria» y que «por armas un escudo sinople con Castillo de oro, orla de gules y en ella ocho veneras de oro» 75. Lo mismo podríamos decir de otros apellidos, como Villar, que tienen su solar en la villa de Oñate76; el apellido Arizmendi, que «tiene su casa solariega e antigua en la ciudad de Vergara»77.

El ya citado Diego Barreio, Rey de Armas de Felipe IV, idenficaba a los miembros del apellido Arce como «naturales de Atruias de Santillana y porque [en] ese reyno ay muchos buenos hijodalgo deste linaxe»78. O a los individuos del apellido Rebollares, cuando indica que «los deste linaxe y apellido de Revollar, de la casa y torre Blanca, son muy buenos cavalleros hijosdalgo»79. O el apellido Gómez: «los Gomez son muy buenos hijosdalgo de valle de carriedo y su relación muy larga» Hecho que se repite con los Asprillas80, los Unceta81, Zurbarán82. Ampliando la base argumentativa con el epíteto de «antiguos» que concede a los del apellido Garibay. «buenos y antiguos hijosdalgo»83, el apellido Baltanillas o los Catones84. Son pues los Reyes de Armas agentes privilegiados del honor, tomando como propias las herramientas conceptuales del la teoría nobiliarios y los lugares comunes del discurso dominante sobre la nobleza, para intentar singularizar la pléyade de apellidos y las montañas de papeles relativos al honor que circulaban. Es pues un discurso social operativo el que manejan los Reyes de Armas, basado en la perpetuación de determinados valores que adquieren en la coyuntura política del reinado de Felipe IV un protagonismo esencial, pues se trata de constantes actualizaciones de los viejos elementos constitutivos de la reputación social y de la honra individual y colectiva de un apellido o un linaje. El permanente recurso al tiempo como rasgo esencial adquiere, en tiempo de inflacción de honores, un cierto apetito y necesidad de señales tradicionalmente propias de la alta nobleza, pero que comienzan a extenderse de manera permanente a los diferentes estratos nobiliarios.

Corría el año de 1659 y Diego Barreiro expedía una certificación sobre los apellidos Montano y Baraona a petición de Luis Montano. En ella presentaba la condición de noble dentro de los parámetros de la cultura del linaje: «Es grazia particular del criador de todas las cosas nazer de linaxe antiguo y noble»85. O lo que es lo mismo, se confirmaba de este modo la pertenencia, la ligazón de la idea misma de linaje como un elemento cristiano, implementando con ello la idea de superioridad de lo nobiliario. Esto es más notorio al considerar que este hecho sustenta la idea biológica de la herencia de las cualidades personales del individuo: «y amanecer al mondo con la luz de progenitores ilustres de quien se vaya transfiriendo de un cuerpo a otro tanto lo generoso de la sangre con lo heroyco de las costumbres»86.

De modo que los conceptos propios de explicación de lo nobiliario que toma Diego Barreiro para construir su discurso sobre los apellidos, toman la mítica atribuida a la memoria durante la Edad Moderna como factor de creación de un argumento de representación del honor y de la fama. En primer lugar porque con ello se produce una evidente manifestación y organización de los intereses y valores sociales pero, además, porque este hecho provoca la elaboración de prácticas sociales referentes a la memoria. Se trata de textos con una evidente autonomía que enfatizan algunos elementos y lugares comunes de la identidad nobiliaria, «La causa porque tantas naciones políticas del mundo pusieron todo cuydado y descuydo en dejar a la posteridad noticia de sus progenitores»87. Este lenguaje debemos analizarlo dentro de que Umberto Eco denominó, «límites de la interpretación»88, en tanto que recurre a un argumento conceptual basado en la superioridad de aquellos que tienen memoria en la larga duración, aglutinando en su ser un sentido indiscutible de calidad: «fue para que a vista de exemplos gloriosos les sirviessen de estímulo y se conservase su memoria diferente de nuestros Antiguos españoles que se lo supieron obrar heroicamente con la espada y la lanza»89.

Más allá de la potencia de lo escrito, se trata del papel de una categoría conceptual como la memoria inserta dentro del sistema del honor «mas estas nobles y antiguas familias de los linages y apellidos de Vélez y Estévez, parecen triunfar del olvidos, pues sus esplendores no sean en todos tiempos eclipsado»90. Es pues la memoria un criterio de distinción social al que se apela como forma de singularización y como estrategia de distinción. Las marcas de la distinción constituyen en sí mismas una categoría de lo cotidiano y son una forma de conocimiento y una memoria de las cosas y de las ideas. El propio Barreiro es quien, en 1660, nos nuevamente ofrece una interpretación sobre este hecho, tomando como legitimador a Jerónimo Osório: «Es la nobleza una dignidad de linage en quien resplandecen grandes [hechos] reales dando decoroso lustre a la vida humana como dijo el famoso obispo Osório, Cicerón lusitano»91, y continúa recurriendo a esa vieja
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