Resumen: El artículo analiza los diferentes artefactos discursivos que existían durante la Edad Moderna para explicar el concepto de nobleza en un periodo de cambio, crecimiento y conflicto dentro de la sociedad castellana.






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títuloResumen: El artículo analiza los diferentes artefactos discursivos que existían durante la Edad Moderna para explicar el concepto de nobleza en un periodo de cambio, crecimiento y conflicto dentro de la sociedad castellana.
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fecha de publicación28.03.2017
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Reyes de armas, blasones y discursos: algunas notas en torno a los conflictos sobre la nobleza y su definición en el Barroco

RESUMEN:

El artículo analiza los diferentes artefactos discursivos que existían durante la Edad Moderna para explicar el concepto de nobleza en un periodo de cambio, crecimiento y conflicto dentro de la sociedad castellana. El siglo XVII fue prolífico en la concesión de hábitos de las Órdenes Militares, en la concesión de títulos de nobleza, en la creación de oficios en la Casa del Rey. Todo ello permitió crear y ampliar las bases del discurso del honor, destacando sus semejanzas, pero haciendo notar el permanente conflicto social por definir qué es la excelencia y la preeminencia social. Analizamos, para ello, el papel de los Reyes de Armas, de los tratadistas de nobleza y de los autores de memoriales y otras probanzas de nobleza como ejemplos de una riquísima tipología textual.

PALABRAS CLAVE: Nobleza, Reyes de Armas, tratados de nobleza.

ABSTRACT

The article analyses the differents text whit a own narrative logic that existed during the Modern Age to explain the concept of nobility in a period of change, growth and conflict inside the Spanish society. Was a the prolific moment in the granting of habits of the Military Orders and Knights and will live splendor times of it be the ennoblement due to booming a aristocracy of honour and whit the creation a lot of servers in the Royal Court. All this allowed to create and expand the bases of the speech of the honour, standing out his similarities, but doing notice the permanent social conflict for defining what is the excellence and the preeminent social position. We analyse, for this, the paper of the Kings of Arms, of the authors of the nobility books and of the authors of memorials and other probanzas of nobility like examples of a very rich textual typology.

KEY WORDS: Nobility, Kings of arms, Books of nobility


«Nous sommes tous de lopins et d´une contexture si informe et diverse, que chaque piece, chanque monant, faict son jeu. Et se trouve autant de difference de nous à nous mesmes, que de nous à autruy»

Michel de Montaigne, Ensayos, L. II, c. I.


Decía Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego que «cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos»1. Pues bien, en el caso de la nobleza, lo nobiliario y la formación y comunicación de la idea de nobleza y su praxis, es esta una realidad indefectible. La definición de nobleza encierra toda una forma de vida y un arte de vivir. Posee una verdad intrínseca a su realidad que se puede rastrear y comprender a partir de los rastros que lo nobiliario dejó como discurso. Una homogeneidad argumental en el infinito universo de documentos, textos y soportes discursivos que expresaban lo nobiliario durante la Edad Moderna. En lo nobiliario y sus variadas formas de transmisión podremos encontrar, sin ninguna duda una proto-opinión pública2 en tanto que buena parte éstos argumentos sobre la calidad se basaron en el recurso a la denominada común opinión. El discurso que sobre la nobleza es una forma de comprender un universo social, político, cultura, judicial recurriendo para ello a una serie de lugares, tópicos y prácticas administrativas perfectamente regladas.

Hubo un tiempo en la Monarquía de España en el que ser noble representaba un discurso en sí mismo, un modo de estar y una forma de ser percibido por la sociedad. Este hecho puede resultarnos hoy día algo esencialmente de mode o kitsch, pero si nos fijamos en la última noticia que la opinión pública ha recibido sobre un noble en este siglo XXI, podremos concluir que el peso discursivo que lo nobiliario es, aún hoy, altamente significativo como artefacto comunicativo. Con motivo del fallecimiento de la duquesa de Alba, doña Cayetana Fitz James Stuart, su féretro iba cubierto con dos banderas, una de ellas, la enseña nacional, pero la segunda y más importante para lo que aquí vamos a tratar, era la bandera ducal, con el imponente blasón de la Casa que, a modo de meta-discurso, hablaba de quién era la persona que acababa de fallecer y nos recordaba esa vieja idea nobiliaria del triunfo del linaje sobre la muerte. Bien, pues este rastro del pasado en nuestro tiempo nos debe hacer reflexionar sobre algo que durante toda la Edad Moderna, pero sobre todo el siglo XVII, resultó una realidad cotidiana, objetiva y comentada por autores de toda clase y condición, y que tuvo sus propios agentes y oficios. El noble tendrá «especialistas» que hablen sobre su propio linaje.

En 1630 se publicaba en Londres el texto The Present Estate of Spayne escrito por James Wadsworth. En uno de sus capítulos el titulado «Priviledges of some of the Nobility of Spayne» se reseñan los privilegios de orden protocolario que la alta nobleza española tenía y el modo en que éstos eran ejercidos. Nos encontramos ante una descripción fundamentalmente cortesana. Así se habla de los privilegios de los duques de Hijar, Arcos o Medinaceli; de los marqueses de Villena y de los condes de Oropesa. Del mismo modo se subrayan las del Condestable de Castilla y los del Almirante3. Pero también dedica atención a la nobleza de Vizcaya y sus particularidades nobiliarias. ¿Es la nobleza un conjunto de individuos representados por sus privilegios? Según la atenta mirada de Wadsworth se podría decir que sí. Al autor debemos otorgarle cierta credibilidad4; Puesto que su conocimiento de la nobleza y de la Monarquía de España le llevan a tratar en el primero de los capítulos sobre los Dukes Grandes of Spayne, incluyendo además un breve comentario hacia los títulos de los territorios italianos, pasando por los marqueses, condes, vizcondes, diferenciando en cada una de las categorías a los «grandes» de los que no lo son5. Del mismo modo, trata también de los nobles que pertenecen a las diferentes Órdenes Militares, intentando vincular éstas con la distinción. Todos los titulados que aparecen destacados en esta obra aparecen identificados con sus «Estados» -hecho bastante frecuente en otras descripciones sobre la nobleza que se encuentran en los tratados– y obedece a la construcción de una determinada forma de comunicación que la idea de ser noble tenía en Castilla y que no es otra que la de vincular la dignidad con la posesión de un «solar» y un determinado volumen de renta. ¿Será ésta la única forma de entender y percibir a la nobleza durante el reinado de Felipe IV? O, para ser más concretos, ¿la percepción social sobre lo nobiliario se vinculaba directamente con la posesión de tierras, rentas y dignidades? ¿Es quizá esto lo único que identifica a los nobles? La respuesta a este asunto nos lleva sin ninguna duda a desbrozar los escenarios de actuación del noble, la corte, la guerra, la ciudad, el señorío, la diplomacia y la opinión. Y también debemos interpretar que la existencia de un único concepto de nobleza, obliga a todos aquellos que quieren acceder a él, a mostrar un recorrido vital adecuado al canon de excelente que la Monarquía de España predicaba.

Nos encontramos ante una realidad que es tanto una idea moral como una realidad política y concepto abstracto. Si atendemos a la lógica que los Derrida6, Foucault7, Barthes8, Wimsatt9 o Bersdley10 trataron en lo relativo a las palabras y los conceptos, resultará complicado analizar la veracidad que conferimos a los significados atribuidos a los conceptos visitados en los textos de los nobilistas. Del mismo modo, nos resultará complejo comprender las razones que los autores manifestaron en sus obras, por lo que se podría llegar a pensar que resulte estéril tratar el tema del discurso nobiliario. Pero la tozudez de la realidad y de sus huellas, nos obliga a pensar que un hecho social como el de la nobleza resulta seminal para comprender la Edad Moderna. Todos los estratos de la realidad estaban cercados y penetrados de la idea de nobleza, de conceptos y valores tales como el honor, la excelencia y o la virtud. Por ello, partiendo de todos los postulados epistemológicos presentados por los autores arriba citados, podríamos preguntarnos, ¿cómo recuperar el significado de la idea de nobleza sin caer en lecturas ficticias? Cuando se recurre a la interpretación del término noble-nobleza al analizar un tratado del siglo XVII, con frecuencia se recurre a un diccionario generalmente de Covarrubias Tesoro de la lengua castellana o española, impr. Luis sánchez, madrid, 1611– para completar y/o descodificar el significado intencional de un determinado autor al emplear tal o cual palabra. La realidad es que, tras la idea de nobleza, se apoya una producción multiforme y variada en sus significaciones, que parte de una idea inicial de que nobleza sólo es una cosa y simplemente existe una y que, más allá de la conocida «metafísica de la presencia» heideggeriana, la idea de nobleza y su «palabra» remiten para una realidad reglada y cotidiana del universo social de la Castilla del siglo XVII. Por ello, escribir sobre nobleza será un factor habitual, no tanto desde la óptica del intelectual y de la reflexión, sino desde las necesidades propias del universo cortesano, fiscal, del disciplinamiento social y de los mecanismos de ascenso social.

La intencionalidad inicial de los textos y su «espacio autónomo»11, más allá de que seamos capaces de comprenderla, cobra, para el lector coetáneo de los mismos, un claro significado que remite en todo momento a una realidad conflictiva pero conocida para él, confiriendo un sentido determinado, que no tiene porque ser la realidad, sino lo que socialmente resultaba aceptable. El lector (público general, administración de la Monarquía) será el creador de significado, de una determinada forma de entender aquello que ser noble. Por lo que, para hablar de nobleza, existían en la Monarquía de España muchos posibles autores y lectores. Burocracia, pretendientes a honra, clérigos, intelectuales y la común opinión. Todos ellos fueron vectores de comunicación de un concepto de noble y de excelente que resultó operativo más allá de sus derivaciones «míticas». En consecuencia, el inicio de un texto sobre la nobleza está en la interpretación que sus posibles lectores hagan de él, al igual que los autores reelaboraban permanentemente las ideas heredadas desde la Edad Media.

Para una ponderada interpretación del concepto de nobleza existente en la Castilla del siglo XVII, debemos partir por asumir que nos encontramos ante un punto de llegada de diversos momentos e ideas sobre lo nobiliario. Es esta una realidad aplicable a muchos periodos de la historia –claro está– pero resulta noticiable asumir que durante el Seiscientos se vivió un paulatino proceso de debate sobre el poder y el honor, lo que hará que, en las vías de interpretación de lo nobiliario confluyes en una amalgama de ideas. Es además, un momento de especial sensibilidad en la evolución de las formas de ennoblecimiento y de ascenso social lo que propiciará un mayor desarrollo en la actividad de algunos oficios vinculados con el honor –como puede ser el de Rey de Armas– y que en los tribunales de vinculados con este valor social, solventaron cada vez más procesos. Por lo tanto, nos encontramos ante un momento en el que se combinaron de manera muy especial la literatura de reflexión sobre lo nobiliario y la de acción, entendida esta segunda como el conjunto de textos impresos y manuscritos que tienen lo nobiliario y el honor como asunto central.

Por ello, un acercamiento al tema deberá abordar necesariamente y como mínimo el análisis, de los textos memorialísticos, el estudio de los procesos para un hábito de las Órdenes Militares, la tratadística nobiliaria y finalmente los discursos de tipo genealógico sobre determinadas familias junto y el papel de los oficiales heráldicos en todo este entramado discursivo.
¿PARA QUÉ ESCRIBIR SOBRE EL CONCEPTO DE NOBLEZA EN EL SIGLO XVII?
La respuesta a esta pregunta se nos antoja diáfana, para ser y estar en la sociedad. Lo escrito resulta de la relación entre los procesos mentales y las acciones de los individuos12 y tiene por ello una dimensión capital en la formación de la sociedad mediante el recurso por parte de los autores, a diferentes formas de razón práctica en torno de aquello que se quiere tratar. Por ello, lo nobiliario es por definición una curiositas que todos los nobilistas pretenden definir, disfrazar y formular en base a los criterios básicos de la tutela de Roma, de variables formas de la auctoritas regio-cortesana y de la praxis administrativa. De modo que existío una «ideología estética»13 en torno a escribir de nobleza durante toda la Edad Moderna que tendió a elaborar una moral de lo genealógico/nobiliario que abordaba todos los aspectos del heterogéneo universo nobiliario castellano. Ello planteó conflictos de interpretación e imprecisiones sobre la recreación memorialística pero, además, estaba motivado por la inquietud que los procesos de ennoblecimiento o de confirmación de la nobleza provocaban en los individuos los recelos, angustias vitales y las necesidades de reconocimiento social. Escribir de nobleza en el Sesicientos se convirtió en un asunto central que articulaba buena parte de los discursos sobre el poder y que acentuó la existencia de una ética diferenciada para el estamento. Genealogías, tratados, memoriales y pruebas de nobleza eran lugares de expresión de lo nobiliario, espacios de definición y concreción textual que remitían, no ya a una autonomía del texto, sino que constituían un acto con una poderosa fuerza e intencionalidad. Pero no solamente en estos espacios discursivos aparecerá el problema de la nobleza. Los textos de moral, las crónicas e historias nacionales o el teatro, la poesía y hasta los sermones, fueron lugare de explicación de lo nobiliario como problema. Problematización interesada, sin duda, pero que gozó de un amplio eco en la producción intelectual de su tiempo.

No olvidemos que los libros, manuscritos, procesos o memoriales son acciones escritas con el propósito de afectar a sus lectores14; lectores que en este caso eran variopintos. De modo que, aplicando la máxima de Geertz que afirma que la «cultura de un pueblo es un conjunto de textos, que son ellos mismos conjuntos»15, la cultura nobiliaria expresa en lo escrito, parte de su civilidad. Quizá la diferencia en la amplia variedad de textos sobre la nobleza recaiga en que, más allá de que un texto sea más o menos autónomo de la intención del autor16, la literatura nobiliaria que podemos considerar de reflexión (la tratadística) o la de combate (la genealógica-memorialística) y la administrativa (procesos de nobleza), tienden hacia una significación de una tradición cultural que remite a alusiones automáticas sobre determinadas formas de honor como valor social preeminente. Se trata de esos detalles marginales de Ginzburg17, pero que hablan de una forma discursiva predominante durante más de trescientos años. Así la mayoría de los textos sobre lo nobiliario escritos y producidos durante el siglo XVII, evocan un discurso en el que se puede percibir la evolución de determinadas formas de adquisición, del papel de la iglesia y de la tipología de la representación como factor de cohesión y disciplinamiento social.

El trasfondo que pueden encerrar los textos de nobleza también puede relacionarse con el miedo a la desaparición que Chartier evoca para las sociedades en el inicio de la modernidad18. La «cultura gráfica»19 de lo nobiliario busca producir objetos escritos que perduren, al igual que perdura la memoria oral de los linajes en el tiempo de las ciudades y de sus habitantes. Nada de lo que se escribe en torno a lo nobiliario debe ser olvidado; ni tan siquiera se realizó para un único fin completo, pues en tanto que sistémica, la nobleza, lo nobiliario y sus dicsucros, pretendían construir estructuras de interpretación de sí mismas y será bajo determinados contextos histórico-políticos, cuando se planteen los conflictos en su interpretación.

Hasta el reinado de Felipe IV se había venido escribiendo sobre nobleza de manera abierta y lineal, pero el Reinado del Rey Planeta inaugura una nueva dimensión sobre el debate en torno de la idea de nobleza, y lo que se había escrito con anterioridad parece quedar reducido a un espacio más limitado y ser objeto de escrutinio administrativo. El comienzo cronológico del reinado coincide con la publicación de una obra global sobre la nobleza, el clásico Nobiliario genelógico de los Reyes I Títulos de castilla, escrito por Alonso López de Haro en 1621. Este texto, aparentemente seminal, sufrirá, desde el año 1625, una cierta censura en su utilización como fuente. En resolución del Consejo podemos leer lo siguiente:
[…] Aviendo mandado examinar el Libro que se intitula Nobiliario Genealogico de los Reyes i Titulos de Castilla, que compuso Alonso Lopez de Haro i que esta impresso, he resuelto que se buelva dicho libro para que pueda venderlo i disponer del, poniendo a cada cuerpo al principio del, el auto cuya copia va a qui, aviéndole primero señalado los del Consejo, Vos lo hareís executar en esta conformidad.[…]

Auto

I visto el dicho Decreto por los señores del Consejo, se proveyo el auto del tenor siguiente. En la villa de Madrid a veinte i quatro dias del mes de Otubre de mil i seiscientos i veinte i cinco años los señores del Consejo de su Magestad dixeron que mandavan i mandaron e le buelva a Alonso Lopez de Haro el libro que compuso [...] que avi mandado recoger. Con calidad que aora ni en tiempo alguno por ser las materias que trata tan Vniversales, no ha de poder servir de Probança para ninguno efecto; i que se ponga un tanto deste auto impresso al principio de cada libro de los que se imprimieres, i sin el no se pueda vender […]20.
Porque todos aquellos que pretendían acceder al estamento privilegiado o gozar de fama, reputación y honra, debían probarla y exponerla por escrito. En las Noticias del origen y descendencia, casamientos y actos positivos de nobleza de la familia de don Andres de Herreros y de don Miguel y don Diego de Herreros, redactado con motivo de un pleito que éstos mantenían con la Chancillería de Granada, se sitúan a la par que los casamientos, un conjunto de actos y acontecimientos vitales con el firme propósito de que sean interpretados como prueba de su calidad y diferenciación respecto del resto. El primero de ellos habla de la lealtad, pues los fundadores del linaje de los Herreros lucharon «en tiempo de las comunidades por capitanes de la gente que invio el marquesado de Villena a favor de sus Magestades»21, alegando como razón fundamental su indiscutible nobleza, tanto propia como del linaje. Este discurso se basa en la acumulación de méritos, ya que de esta forma –la demostración palmaria de los actos positivos– vincula a todos los individuos del universo nobiliario mediante la idea de ejercer determinados oficios identificados con un conjunto de virtudes propias. O, inclusive, cuando se argumenta ser hidalgo para evitar ser preso, tal y como podemos ver en la Instrucción que en 1633 se realizó con motivo de un pleito entre Andrés Díaz de Ortega, vecino de Madridejos, y Santiago de Medina por una supuesta deuda del primero para con el segundo. El documento basilar sobre la condición de noble del primero es una certificación de nobleza elaborada por Domingo Jerónimo de Mata, Rey de Armas de Felipe IV en el año de 1633; a esta le acompañan el traslado de una serie de declaraciones de testigos sobre la condición de hijosdalgo a Fuero del citado Andrés22. Esta averiguación sobre los ancestros de Andrés y la condición de nobles de los mismos y de sus apellidos recupera el viejo tópico de los privilegios fiscales y judiciales de la nobleza castellana, pero habla además de un motivo esencial para tratar sobre nobleza, un espacio también adecuado para escribir sobre qué es ser noble y quiénes son los nobles, como es el de los conflictos personales en el cotidiano urbano.

De suerte que podemos pensar que la literatura de reflexión que suponen los tratados es complementada por esta otra de «combate», que remite a la operatividad de los conceptos y de un conjunto de valores sociales que terminarán por ser elaborados por un elevado número de agentes. Porque si en la corte se define un determinado tipo de virtud y de honor, también en el espacio de la «común opinión« encontramos ese espacio de definición.

Ya que ésta viene determinada por la capacidad que tienen de configurar, mediante sus declaraciones, la calidad individual y colectiva de un individuo, familias y/o linajes. Esto se puede ver en las respuestas de los testigos de cualquier proceso de nobleza. Se recurre a argumentos sólidos, trabados de espacios comunes que tienen que ver con el modelo ideal de noble construido desde los intelectuales y la corte. Así, todos cuantos conforman la nobleza española eran considerados por extensión mejores, «excelentes», «personas de mucha calidad», porque será durante el periodo de tiempo que comprende el reinado de Felipe IV, cuando se refuerce ese espacio –cada vez más barroco– de interpretación de los espacios propios de lo nobiliario.

La calidad de la sangre será ahora el resultado del sumar ésta con la condición de noble, tornando a sus poseedores en «personas de calidad«, como se recoge en un interrogatorio sobre la condición de noble de María Inés de Mena en 169423. Escribir sobre nobleza tiene una más que necesaria utilidad y es un proceso evolutivo, no ya un cambio inmóvil –que también– sino una buscada formulación y reformulación de lugares comunes de la configuración del poder y del espacio de éste en diferentes escenarios. Pero esta necesidad estaba obligada por el deseo de que los autores fuesen veraces, ya que:
es preciso que el que escribiere y diere fee de genealogías o otras cosas tocantes a hidalguía y nobleza a de expresar con distinción y claridad de que parte a sacado lo que dixere o si es de privilegios archivos o otros instrumentos o autores, de que folios o capítulos y porque lo que se escriviere en estos tiempos por noticias y oídas24.
En el inicio de la magna obra que, el notario del Santo Oficio don Juan Alfonso Martínez Calderón escribió sobre la casa de Guzmán, titulado Epitome de las historias de la gran casa de Guzmán y de las progenies reales que la procream y las que procrea donde se da noticia de esta gran familia, (+/-1640), y que no llegó a ser impreso, indica el autor en el capítulo V, «como el escribir las genealogías es cosa de gran utilidad». Resulta obvio que en la elaboración de una obra como ésta, lo genealógico era un espacio fundamental en tanto que remitía a una formulación ideal del modelo de noble. En este caso, el recurso a las autoridades de muchos genealogistas anteriores, sitúa la obra como receptáculo de una tradición ibérica sobre lo nobiliario. La genealogía como espacio de definición de lo nobiliario presenta siempre un ejercicio de interpretación y adaptación coyuntural, pero no deja por ello de obedecer a la existencia de un modelo de presentación de lo nobiliario y de la memoria. El propio Martínez Calderón indica que se trata de una tradición ancestral, pues «los antiguos acian grandes árboles en sus familiares y linajes figurando las personas de cada linaje por sus grados y líneas»25, todo ello con el firme objetivo de «conservar la memoria de los varones insignes» ya que con esta pedagogía del pasado se «promueve mucho más esto quando fueron ascendientes que obligaron a sus descendientes»26. Este hecho nos habla palmariamente sobre el hecho inicial del verdadero ser de la nobleza y que no es otros que de la herencia y la transmisión biológica de las cualidades.

Al igual que ocurría durante el siglo XVI27, los argumentos de definición de lo nobiliario eran perfectamente mudables y presentaban una permeabilidad posibilista sobre la base de una clara conciencia de pertenencia a un grupo social diferente. Hecho avivado por la política de mercedes de Olivares y de sus sucesores que, al incrementar el número de mercedes, aumentaron también las necesidades de una producción textual sobre individuos y familias con el objeto de que las variadas formas de comunicación tornen a los «ignotos» en «notorios» o lo que es lo mismo, en la antinomia oscuro-claro, se terminará por identificar los segundos con la idea de «claro linaje». La elaboración de este argumento intelectual que podemos situar en la recepción de autores como Virgilio permitió elaborar una idea sobre los fines de la identificación de determinados medios y valores atribuibles a lo nobiliario y a los miembros de la nobleza. Problemas que precisaban de explicación en la lógica de las relaciones con la corona o las propia dinámica de las estrategias civiles de los individuos, siempre sine ira pero con studio. Ya que la escritura sobre la nobleza y lo nobiliario debía ser, o al menos parecer, el espacio de la verdad y que las representaciones de lo nobiliario debían obedecer a este criterio.

Para la realización de estas prácticas discursivas se apelaba a un criterio funcional, posibilista y se eliminaban el secreto sobre la familia. Se redactaron textos que, más allá de su intento por perpetuar fórmulas administrativas y discursivas prefiajdas, buscaron ser un espacio de seducción discursivo mediante el constante apelo a las diferentes actividades realizadas por los individuos, situando para ello en el mismo plano la acción cortesana o la de la guerra. Escribir sobre nobleza en el barroco acentúa la búsqueda de un ideal arrebatado sobre el mérito, la sangre y la corte. En una avaritia de textos, en los que la máxima de San Agustín de et nunquam mentiatur boni, se sitúa en el primer nivel dentro de la «civilización del honor» que era la España de Felipe IV. Resultando llamativo que algo que la lógica de lo nobiliario impone, y que no es otra cosa que la tiránica relación entre el cortoplacismo de una merced que se quiere conseguir de inmediato, frente a la natural expresión que puede llegar a representar la heredabilidad de la misma para los descendientes. Por ello, escribir de nobleza tiene algo de «arte de agradar y complacer»28 y sobre todo de convencer mediante la capacidad de transmitir la percepción de que aquello que está escrito es la expresión absoluta de una verdad externa, absoluta y múltiple.
MEMORIALES Y GENEALOGÍA
En los Discursos genealógicos de la nobilísima familia de Ruiz de Vergara (1660)29, en el segundo de los capítulos, titulado «Que cosa sea genealogía y utilidad y antigüedad desde género de escritos», se refleja la utilidad de la genealogía y se vincula, como vemos, a la de la historia, ésta, aparece reforzada por lo genealógico, como «piedras fundamentales sobre que se levanta el edificio de la historia»30,en palabras de Francisco Ruiz de Vergará31. Ya que en líneas generales, escribir sobre genealogía y la memoria genealógica se percibía como una parte esencial de la narrativa sobre lo nobiliario.

Lo genealógico tiene algo de pedagógico, de elogia virorum. Pero también de herencia colectiva mediante una explicación lógica del destino de los linajes, lo que, sin duda, permitía percibir como un espacio de formación y de definición de lo que ser noble significaba la mecánica de los casamientos, las formas de adquisición de propiedades, vínculos y mayorazgos. De forma que la relación entre las categorías de linaje, parentesco y familia y su presencia en lo escrito tenían que ver con las necesidades prácticas de un grupo social, pero también de la corona, en tanto que ésta es gestora de la Gracia. Porque el linaje no es únicamente un asunto que conceda prestigio32, se trata de una realidad sistémica que engrana la idea de nobleza, haciendo necesario escribir, mucho más allá de las necesidades de construcción de lo real que estas obras puedan representar33.

Del mismo modo, Mendez de Silva, en su texto dedicado al marqués de Ribas y titulado Discurso genealógico de la antigua familia de Machado, publicado en 1649, aborda lo importante de saber y conocer el pasado familiar y factual de las familias nobles «es precisa obligación de nobles tener cabal y verdadera noticia de su ascendencia y progenitores, para que conocida loa lustrosa calidad, sea por tal venerada su persona»34, lo que se hará gracias a la multiplicidad de textos que sobre nobleza y genealogía circularon y que el cronista Mendez de Silva conocía, tal y como podemos comprobar por las alusiones a los textos referenciados por él. Lo que nos lleva a confirmar, una vez más que, la literatura en torno a lo nobiliario, lejos de ser un caso coyuntural, se refiere a la existencia de un activo discurso sobre el honor de los individuos, su presencia en el tiempo y en el espacio.

Otra razón esencial para escribir sobre nobleza es la del combate. En el Memorial que hizo en derecho don Diego del Corral en favor de la Grandeza de la Casa de esquilache de 1624, encontramos también otra razón esencial para escirbir sobre nobleza, la de justificar las preeminencias y privilegios de un determinado linaje en función de su condición de grandes de España. En este caso, don Francisco de Borja, Príncipe de Esquilache y Gentilhombre de la Cámara de Felipe IV, solicitaba que Felipe IV «le mande cubrir, continuando la merced que al poseedor segundo de su casa hizo el Emperador»35. El argumento de Diego del Corral apelaba a la liberalidad del monarca, pero no a una liberalidad cualquiera, sino a aquella que debe reconocer el derecho sanguíeno que pertenece a la familia de Borja. Todo el memorial estaba preñado de posibilismo y de citas de autoridad que van desde Bartulo hasta Mariana, pasando por Zurita, con el único fin resaltar que «los descendiente no solo pos sus servicios sino por los de sus pasados deuen ser remunerados»36. Lo que significa que escribir sobre nobleza tenía algo de reivindicación y de reinvención ad hoc de una situación conflictiva de un determinado linaje dentro de la corte, porque no hay que olvidar que , escribir sobre nobleza, es hacerlo también sobre el rey.

Escribía el conde duque que «la nobleza se compone de los infantes, grandes, señores, caballeros y hidalgos». Se trata de una clasificación que ya fue analizada por Domínguez Ortiz, pero que debe ser tenida en cuenta a la hora de tratar de un asunto como el del concepto de nobleza y los escritos sobre el tema durante el siglo XVII. El valido redactó un memorial sobre la nobleza que bien puede ser interpretado como «estado de las cosas», alejándose, en el caso de su valoración de lo nobiliario, de asuntos teóricos, pues la construcción de su imagen de la nobleza está más próxima al nivel de las representaciones de la cuestión nobiliaria. Pero no deja sin embargo de ser útil partir de este texto para intentar comprender algunas tautologías que regían la interpretación de lo nobiliario durante el reinado de Felipe IV. El papel de Olivares en su relación con la nobleza resulta un elemento esencial en la configuración de las relaciones entre ésta y la Corona. Desde su preocupación por imponer una «lógica« a la limpieza de sangre, o la ponderación constante en torno al servicio como valor esencial de la nobleza, el periodo olivarista (1621-1643) corresponde a un periodo en el que el debate que sobre lo nobiliario venía existiendo en Castilla, alcanzará una dimensión mayor.

Vaya por delante que la clasificación que de la nobleza realizaba Olivares tenía más de posibilismo que de jerarquización doctrinal y que, por lo tanto, no debe ser entendida como el producto de una reflexión intelectual, sino como la consecuencia directa su «visión histórica»37 y de una inusitada búsqueda de arbitrios para la mejoría de la situación. De forma que los consejos y afirmaciones de Olivares tenían mucho que ver con una concepción individual del fenómeno de la nobleza en Castilla, que es entendida como uno de los cabos de los diferentes reinos de la Monarquía.

Así glorifica a los «señores titulados» a los «caballeros particulares» para terminar en los «hidalgos», considerado el «grado primero de la nobleza, porque dél se asciende a todos los demás»38. Es esta una declaración de principios en torno a recordar a la nobleza su función y origen, insinuando al monarca que «conviene favorecer a los hidalgos por la misma consideración que a los caballeros particulares», o lo que es lo mismo, «V.M. debe cuidar mucho»39. Es,en cierta medida,una forma legitimar variables de ascenso social para los estratos más bajos de la nobleza, pero también es una forma de recordar que el servicio formará parte del verdadero ser nobiliario, y hay –sin ninguna duda– un cierto esfuerzo homogeneizador por parte de Olivares en torno a forma una única nobleza legitimada en su antigüedad y servicios a la Monarquía.

Escribía en 1639 don Alonso Carrillo Laso de Guzmán, Alguacil Mayor del Santo Oficio de la ciudad de Córdoba, con motivo de un memorial presentado para explicar las razones que le llevaron a publicar su texto sobre la casa de Carrillo, que «en el archivo desta casa, hallé una probança de la descendencia della, que hizo mi Abuelo el año 600, en que juraran toda la Nobleça de Cordoba, Cabildo de la Iglesia, Iurados y Escribanos»40. Para el autor, había una obligación coyuntural de comunicar quiénes son los miembros de su familia pero, además, era también una exigencia comunicar las razones por las que su familia era noble, y sobre todo, qué tipo de nobleza es la que les adornaba. Para ello, el argumento de que existe un receptáculo físico de la memoria del linaje resulta algo esencial. Del mismo modo que la memoria oral:
averlo oydo decir a mi padre y abuelo y entenderlo asi constantemente que el uno murió de ochenta y dos años y el otro de setenta y tres, publica voz y fama en esta ciudad, como consta de una probança que hize al año pasado con comisión del Consejo, donde juran la mayor parte de la Nobleça de Córdoba, título, Veintiquatros, caballeros de hábito41.
Esta forma de saber en torno al ser noble durante la Edad Moderna tiene en sus fundamentos básicos cuestiones que van desde lo cotidiano hasta lo estrictamente administrativo, colmatando al concepto de arbitrariedades, procesos regulados y fundamentalmente opinión, pues es la mezcla y la combinación de estos niveles, la que termina por configurar un todo sobre la idea de nobleza y su inserción dentro del discurso social sobre el honor, la preeminencia y la excelencia. Más allá de que parezca un lugar común que la nobleza castellana no quería tomar mucho tiempo en escribir sobre si mismos, como, cuando el citado Carrillo, dice que escribió su libro por «ver que ninguno de este linaje y apellido aya querido tomar vn poco de trabajo en juntarlos»42, más allá de hablarnos de una forma de abandono de la memoria por parte otros refiere una idea de servicio personal realizado a la casa y a la idea de nobleza que ésta, la casa, representa, «desear que me devan este pequeño servicio», hecho que es aumentado por el deseo del autor de representar la realidad de las cosas «procurando con toda verdad escribir»43, hecho que nos lleva a ese compromiso de verdad que preside la memoria del honor en Castilla.

En 1637 se publicaba en Madrid el texto Discurso Historial genealógico de la noble familia de los Fontes de Albornoz, escrito por el prior de la Iglesia de Puerto Marín, don Diego Juan Garro de Toledo. En este caso, el libro está dirigido a don Baltasar Fontes de Albornoz, caballero de la orden de San Juan. El texto no pasaría a la historia si no fuese por su magnífico preámbulo dedicado a definir lo que ser noble era según el autor, definición que lógicamente estaba personificada en los miembros de la familia Fontes de Albornoz.

Es la dignidad el asunto central que se discute en los textos de historias de familias o en los memoriales enviados al rey con cualquier motivo. Esto ocurre indistintamente de que quién presente el memorial sea un caballero de hábito, un militar o un noble. Así por ejemplo, cuando el conde del Villar Don Pardo y marqués de Cañete presentó un memorial, escrito por Rodrigo Mendez de Silva, el autor resaltó, partiendo de la antigüedad de los servicios del conde, servicios que reciben el nombre de «calificados», siendo ésta el hecho de haber recuperado el reino de Jaén. Así cuando –como es el caso– se solicita una grandeza de España para la Casa se apelará al abanico de elementos que conforman la cultura nobiliaria. Se dirá, que puesto que la grandeza se sustenta en: «mucha antigüedad de familia y estado, en gran nobleza de sangre, en número de vasallos, en continuado lustre, en lucidos casamientos, en servicios señalados y de mayor conveniencia a su Principe»44. Se está señalando el espacio simbólico, económico y político que la casa debe ocupar, espacio que abarca desde los señoríos hasta la Corte. De ahí que el cronista Silva quiera completar la historia de la Casa con esos espacios, realizando un discurso meritocrático que justifique la presencia en el tiempo del linaje y legitimando las estrategias matrimoniales y políticas que llevaron a los condes a su actual posición. En el caso de esta familia, y en el particular del conde, «concurren todas estas causas»45 siendo destacada en primer lugar el orden de la prelación de méritos el hecho de que sea Gentilhombre de su Cámara, a lo que unirá las rentas propias de sus estados nobiliarios46.

Definir qué es nobleza y las formas en que ésta existe en Castilla es algo habitual en los textos de las familias. Así, en los Discursos genealógicos de la nobilísima familia de Ruiz de Vergara(1660)47 encontramos diferentes definiciones de nobleza. Lo sorprendente de este caso radica en la forma expositiva de la nobleza de la familia Vergara. Así, el capítulo III del citado libro, se titula «Que sea Nobleza, à quien llamamos hidalguía según fuero de España», más allá de la natural adecuación del término a las particulares cualidades de la familia Vergara, hay un nexo de unión entre esta definición de nobleza y la que veremos reflejada en la literatura de reflexión representada por la tratadística nobiliaria. El propio autor indica, siguiendo al Cicerón del de Officiis, que «en el principio de qualquiera tratado se averigue la definición de la materia sobre que se ha de discutir»48. Por ello, en este estudio sobre esta familia, más que sobre un determinado apellido se habla de nobleza, de una nobleza servidora del monarca y sobre todo Cristiana. Servidora de Dios y del Rey. Convierte de esa forma el texto en una suerte de tradición y coyuntura, pues no duda en repertir el lugar común de las Partidas Alfonsinas, para llegar a la conclusión que «La nobleza llamada por los españoles Hidalguia, se divide, y debe considerarse en dos especies: vna la derivada de agenos meritos y otra la adquirida por proprias virtudes»49. Nada nuevo en esta argumentación, que podemos encontrar en las máximas esbozadas en el siglo XVI por Otálora y Juan Benito Guardiola. Entonces, más allá de la lógica reivindicación del lugar que la familia Ruiz Vergara pretendía ejercer con este texto, hay que resaltar que los argumentos de la virtud es el punto básico en la definición de nobleza desde el siglo XVI, por ello, que el autor recurriese a la idea de que la virtus formaba la parte esencial en la definición de noble, «De qualquier linaje que e el virtuoso ha de preferir a los demás hombres como la naturaleza prefiere los diamantes a las otras piedras comunes»50. Será pues la gloria (Kudos) la que sirva para distinguir uno de otros. ¿El matiz? Pues no es otro que el que revela que ésta, la gloria, siempre será más conveniente si es propia que heredada. O al menos este es el planteamiento teórico que se formula en este texto, ya que en la explicación de las biografías de los diferentes miembros de la familia Vergara, se combinarán ambas formas de ennoblecimiento. Por lo tanto, la pedagogía de la virtus que las primeras páginas del texto muestran, sin ofrecer importantes novedades conceptuales respecto a otros textos, ofrece sin embargo una potente capacidad de llevar el terreno de lo abstracto a la praxis cotidiana de los fenómenos de ascenso social.

Lo que este texto, y otros como él, pretende trasladar una imagen manipulada de un linaje, mediante el recurso a los tópicos fundamentales del concepto de nobleza. Este barroco nobiliario estará cargado de metáforas en torno al ser nobiliario y a otras formas y variantes expresivas de la realidad social del periodo. Cuando Olivares preconizaba las virtudes de tener una nobleza de servicio, y los teóricos se afanaban en buscar la perfecta combinación ente la sangre y el mérito, el autor de estos discursos resume la aparente tautología del asunto, indicando que «la nobleza que entonces era personal, es oy hereditaria y transmisible de padres a hijos»51. Es pues un «bastión conceptual« el que protege al concepto de nobleza.

Las noblezas urbanas de los territorios del sur de Europa son, desde una perspectiva global, unos generadores permanentes de imágenes, símbolos y una determinada economía del honor. Se trata de un ordenado sistema cultural de referencias artísticas, simbólicas, conceptuales, administrativas y políticas que vienen a iluminar el papel y la relevancia social de los individuos dentro de una sociedad concreta. La relación entre la nobleza y la religión, la política, el territorio – o incluso la ley–, por citar algunos ejemplos, son esos espacios de prevalencia de los nobiliario como sistema de valores singulares y privativos del estamento.
LOS REYES DE ARMAS
Un intelectual de la generación de la Pax Hispánica como Cristobal Suárez de Figueroa, emprendió la labor de traducir la obra La piazza universale di tutte le professioni del mondo (Venecia, 1585) de Tomaso Garzoni Bagnacavallo. En ella encontramos un discurso sobre Le Araldi. Esta circunstancia nos habla en primer lugar del papel de los oficios vinculados al honor dentro del mundo de oficiales y oficantes urbanos que se recogen en la obra de Garzono. En su versión española titulada en Plaza universal de todas las profesiones del mundo (Madrid 1614), está dedicada al malogrado don Duarte de Braganza, marqués de la Frechilla, al que denomina en la misma como poseedor de «grandeza, magnanimidad y esplendor de maores reconocimientos»52. Bien, en la traducción también encontramos un apartado de los oficiales heráldicos. La obra de este «maldicente universal»53 en el discurso dedicado a los Reyes de armas, destila no poco de cinismo y mucho de crítica abierta al sistema del honor:
A los que professan diuidir las insignias y esducos llaman comunmente Reyes de armas. Estos ponene la mira solo en pintar cosas que contengan algo de heroicia y grandiosidad, teniendo por infamia y verguença traeren las amras, bestias, ternera oueja, cordero, capón, gallina, ganso o alguno destos animales que por seruidymbre, o vso son necessarios a los hombres; y al contrario, por cosa honrosa las bestias crueles, y fieras rapantes, con otras punturas que descubren en si vn cierto no se que de animo inuicto y generoso54.
Es obvio que el culto heráldico-genealógica fue en aumento durante la Edad Moderna y que el siglo XVII, ya desde sus primeros momentos, representa ese escenario de proliferación de genealogías, linajudos y toda suerte de personas más o menos conocedoras de las mecánicas del honor. Los Reyes de Armas, en tanto que actores sociales del honor, participan de la invención de la tradición y por ello la crítica hacia su labor, será algo permanente por parte de determinados intelectuales. Incluso el propio Suárez de Figueroa remite a la cita de autoridad de Chassaneau, indicando a los lectores que «mas quien quisiere ver mas por extenso estas conclusiones junto con otras, lea el Catalogo del Cassaneo, en la primera parte, con que por ventura quedará enteramente satisfecho y entenderá también muchas cosas de las libreas que constan de mas colores»55. Su siguente valoración moral, expuesto todo el aparato doctrinal de la cita al pasado indica que:
Con todo, esto Reyes de armas, o araldos, llamados assi (según Eneas Siluio) de héroes, que eran soldados veteranos (supuesto tales los podia tener por esso Heral en Tudesco, significa viejo en las armas o soldado veterano) fueron muy privilegiaods por los antiguos, de tal manera que se lee auerlos priuilegiados por los antigual de tal manera que se lee auerlos honrado Baco, ya sojuzgada la India, con estas palabras: Yo os libro oy de las fatigas de la guerra, y quero seais lalmados soldados veteranos y héroes: vuestro oficio consistirá en seruir a la República, en vituperio de los malos, en loar los buenos y de los otros cargos quedereis libres56.
Esta manifestación de perplejidad, típica del intelectual que mira el pasado como un espacio confuso en el que se honraban actitudes misteriosas, parece evidenciar la incomprensión ante un fenómeno y un oficio que parecía tener más privilegios de los que le correspodían. La crítica a los Reyes de Armas también era algo frecuente entre los genealogistas, cronistas y otros oficios de la memoria, pese a que las calidades del buen oficial de armas deben ser:
Ha de ser gramático e lógico, al menos deve ser ombre por natura muy verdadero. Ca no seia razón que aquel que de quien fia sus fechos e sus negocios los príncipes e caballeros e los otros onbres nobles e fijosdalgo fuese ombre sin verdad ca sería gran inconveniente. Otrosí debe ser ombre que aya leydo muchas corónicas, ca por aquí avra grande aviso acerca de los fechos de su fermoso ofiçio. Ha de saber la forma e manera como se faze el noble nuevamente o se da título de nobleza, agora duque, marqués, conde o varón. Otrosí cómo al tal noble se le deven dar e proporcionar las armas e escudo quel príncipe dá. Ha de saber el arte y la manera de todas las armas. Conocer la propiedad de las animalias, e sus qualidades, así de las terrestres como de las volatilas, e sus condiciones e virtudes57.
La cultura nobiliaria del Barroco tiene en el uso de las armerías un aspecto esencial dentro de la evolución de lo nobiliario. La propia legislación castellana incidía sobre manera en resaltar los elementos básicos de los usos de la heráldica y la ordenación de las armerías, como indicará ya fines del siglo XVII, Juan Alfonso de Guerra y Villegas58. La legislación sobre los usos heráldicos es la ley 8, título I libro 4 de la Nueva Recopilación. Ella resume el modo en que el soberano es la fuente primera para legitimar la posesión de armas y blasones tal y como, por otra parte, serán recogidas en la tradición nobiliaria castellana.

Desde la Edad Media el debate sobre las formas y estrategias de prestigio fue uno de los puntos centrales de las opiniones en torno a lo nobiliario. Diego Valera en su Espejo de la nobleza, publicado en 1492 ya aborda este asunto, el tema central de cómo y de qué manera se adquiere las armerías. El nobilista establece una interesante jerarquía de acciones conducentes a tener un blasón. Todas ellas presentan la particularidad de estar de algún modo vinculadas al servicio al monarca. De modo que «La primera quando las da el Príncipe o Rey, porque así como la nobleza procede del rey, el qual solo puede hacer noble, asi también da los blasones y armas […]»59. Este hecho entronca abiertamente con la existencia del debate entre la nobleza de sangre y la de mérito, Esto es, entre aquella que es concedida por el soberano o la que es heredada o con la propia idea del noble como servidor o de la nobleza como militia, cuerpo formado por militantes del servicio a la corona.

También existe otra forma de adquirir las armas y que estaría directamente relacionada con la teoría de la areté: «La segunda manera es de adquirir armas quando el primero que las puso las ganó en la batalla o por alguna hazaña» 60. Esta virtud es la que resume y se representa en aquella idea relativa a la necesidad de crear leyes generales para premiar a los fieles servidores con el reconocimiento de sus acciones. Igualmente y vinculado a este punto, la necesidad de distinguir a todos aquellos que recibían estas honras: «La tercera manera de adquirir armas es de las divisas, porque muchos cavalleros en empresas y echos que tomaban a su cargo ponían señales o divisas en prueba de su valor y esfuerzo»61. Lo que queda confirmado y reconocible en expresiones que están presentes por cualquier repertorio o historia de familia: «Diego Alfonso de Sousa Fernández de Córdoba […] que sirvió a los Reyes Católicos con mucho valor»62.

Otra forma será, «[…] por raçon de linaje porque algunos traen escudos de sus armas semejantes en el todo o alguna parte a las armas del linaje del qual descienden»63. Es este el punto culminante y el factor de legitimación de la profesión y de las funciones del Rey de Armas y es el eje vertebrador del debate sobre la nobleza existente en Castilla a lo largo del siglo XVII. Este es el rango que concede status dentro del imaginario sobre la nobleza y es la marca principal, como veremos, dentro de la cultura del linaje que las armerías y el uso de blasones lleva implícito.

Queda una última forma de adquirir armas en opinión de Valera: «[…] por alusión y semejanza de apellido como los Reyes de Castilla y de León que pusieron Castillos y Leones»64.
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