Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III






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Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III
Andrés Marcos Burriel


SEÑORA 4

Prólogo 5

Urna del santo rey 16

Parte Primera 23

Introducción a la obra, y circunstancias del tiempo en que nació San Fernando 23

Capítulo I 25

Capítulo II 27

Capítulo III 28

Capítulo IV 34

Capítulo V 36

Capítulo VI 38

Capítulo VII 39

Capítulo VIII 40

Capítulo IX 41




SEÑORA


     La obra que tengo el honor de ofrecer a los pies de V. M. con el más profundo respeto, la recomienda para acercarse al Trono el grande asunto de que trata. Los españoles, amantes siempre de sus soberanos, y particularmente de aquellos que más se han distinguido por sus virtudes y heroicidad, se han esmerado constantemente en eternizar su memoria. No por otra razón desde el momento feliz en que el rey san Fernando III de este nombre en Castilla y León, pasó de esta vida a recibir en la otra el premio de sus grandes trabajos por la religión y por la patria, se cuentan muchos escritores entre nosotros que se empeñaron en describir lo justo de su gobierno, lo glorioso de sus conquistas, y lo grande de sus santas acciones.

     Pero entre estos escritos hay algunos que, sin embargo de ser nacidos como los demás, del afecto y de la inclinación, no satisfacen a los que todo lo quisieran completo cuando se habla de un rey tan grande y tan santo. Escoger entre ellos el que pueda llenar más los justos deseos de la Nación en esta parte, ha sido el único merito de mis cuidados en la presente edición.

     Para que salga a luz con el debido decoro, busco la benéfica sombra de V. M., juzgando que de justicia me debo acoger a ella; porque constando por documentos ciertos que este escrito se emprendió en virtud de Real orden expedida por la reina madre del señor Carlos II: ahora que ve la luz pública, no podía solicitarse otro patrocinio que el de una persona de igual grandeza, para que de este modo se llegue a verificar que si fue Reina de España la que dio los primeros impulsos a la formación de la obra, sea también Reina de España la que con su protección y respetable nombre la dé a conocer al cabo de un siglo que yacía oculta y olvidada de todos.

     A esto se añade que nadie es más interesada que la alta persona de V. M. en que se conozcan dignamente las acciones y virtudes de este héroe. Es V. M. una de las ramas más frondosas y naturales de este glorioso árbol: procede de los mismos monarcas que promovieron su culto con indecible celo: imita en su retiro la devoción a este Santo rey que tuvieron sus mayores; y acaba de dar a todo el orbe la prueba más convincente de ella con haber ofrecido en sus sagradas aras al Príncipe nuestro Señor, la esperanza de todo el pueblo español, y en quien confían sus obsequiosos vasallos ver con el nombre de Fernando reproducidas algún día las virtudes y el heroísmo de aquel su inmortal progenitor.

     ¡Cuántas razones poderosas para disculpar en esta mi solicitud lo que pueda tener de atrevida y temeraria! ¡Y cuántas también para que V. M. preste benignamente sus oídos a ella! Así lo espera el más obligado y favorecido de sus vasallos.

SEÑORA.

A L. R. P. de V.M.

Miguel de Manuel.




Prólogo


     La crónica de san Fernando III de este nombre entre los reyes de Castilla y León, ha tenido la desgracia hasta ahora de no haberse publicado del modo que merece la grata memoria de este gran Monarca, y recomiendan sus muchas y continuas heroicidades. Los primeros historiadores de ellas, que fueron el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, y el obispo de Tuy don Lucas, ambos testigos de sus principales acciones, ni vivieron tanto como duraron, ni las que han expresado recibieron de su pluma toda aquella luz que debieron darles, a causa del método con que escribieron sin embargo de que fueron los primeros, que dejando el estilo de meros analistas, tentaron el de historiadores, y con motivo de que uno y otro no tomaron este asunto como peculiar y privativo, sino como uno de los muchos que comprehenden sus historias generales.

     El continuador antiguo de las crónicas de nuestros Reyes se propuso por lo respectivo a la del Santo rey completar en lo posible estos primeros trabajos; y esta es la que sin nombre de autor conocemos impresa desde mediado del siglo XVI; pero con tantos defectos y errores, además de su estilo bárbaro, que ni sirve de disculpa al autor advertirnos en ella que copiaba hasta el año de 1242 al arzobispo don Rodrigo, para que los sabios siempre la hayan tenido en poco, aunque se vea repetida varias veces su edición. La más antigua que nota don Nicolás Antonio en su famosa biblioteca, es la de Valladolid de 1515, que con los mismos defectos se fue reproduciendo después en las de Sevilla, y otras.

     Este mismo texto creo ser el de la que a principios del siglo XVII se llamó antigua, y dicen que se guardaba en la librería de la santa iglesia de Sevilla, entre sus doce mil volúmenes, el canónigo Negroni, el racionero Lacámara, el padre Pineda, y otros muchos sabios de aquella edad; y tengo noticia de que no existe en el día.

     La misma sin duda fue la que puso en mejor lenguaje fr. Alonso de Ajofrín en 4 de abril de 1658, valiéndose del ejemplar que tenía don Juan de Cárdenas Córdoba y Berrio, caballero del hábito de Calatrava, y que original se conserva en la biblioteca de la Real academia de la Historia, suponiéndose falsamente en el prólogo que sea este del arzobispo don Rodrigo al magnífico y muy noble señor don Fernando Enríquez, pues es el mismo que puso a la edición de Sevilla de 1576 su editor Sebastián Martínez, dedicándola a aquel caballero, como consta del texto impreso, y en el cual mudó también algunas voces antiguas de la primera edición para más fácil inteligencia: de suerte, que la crónica antigua del Santo rey, después de publicada, ha tenido dos correcciones en lo material de las palabras; una del editor sevillano, y otra del padre Ajofrín, cuyo texto no se ha impreso. Pero ambos son viciosos en lo formal de la relación, porque ni uno ni otro procuraron enmendar las noticias que contenía en su origen con notables equivocaciones.

     Ignórase el autor de esta crónica, que regularmente se ha impreso unida a las de don Alonso el Sabio, don Sancho el IV, o el Bravo, y don Fernando IV, que llamaron el Emplazado. Yo la he visto incorporada en varios ejemplares antiguos de mano, con los sumarios de los reyes de León y Castilla, particularmente en el que todavía se conserva en la biblioteca del excelentísimo señor duque del Infantado, que tiene en Madrid, y es reliquia de aquella tan preciosa y exquisita que juntó en Guadalajara el célebre don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana. Pudiera ser que estos sumarios, que han corrido hasta ahora sin nombre de autor, hubiesen sido escritos por Pedro Núñez de Osma, hombre sumamente aplicado al estudio de nuestras historias, y de quien habla don Juan Loperraez, canónigo de Cuenca, en la historia del obispado de Osma, tratando de los literatos y personajes que ha producido aquella ciudad. Me inclinaría a esta opinión, si no hubiese observado que estos sumarios en todos los códices que he visto hasta ahora empiezan en don Ordoño I, rey de León, y acaban en don Fernando el IV, notándose que este reinado y los tres precedentes estaban más completos que los anteriores; cuya circunstancia indica que por lo menos se escribían a fines del siglo XIV.

     A estos escritores subsiguió el autor del Flos Sanctorum que se imprimió en Sevilla en 1532, y donde se incluyó la vida de san Fernando, sin más novedad sobre lo que dijeron aquellos, que uno u otro milagro de lo sucedido en tiempo de los reyes católicos don Fernando y doña Isabel, en cuyos días creemos que se trabajó esta obra.

     En el siglo pasado, en que con noble emulación se empeñaron los reyes Felipe IV y Carlos II a instancias del reino en promover y conseguir de la silla Apostólica la canonización de este bienaventurado Monarca, que se verificó en 1671, muchas personas interesadas particularmente en su culto, tomaron de nuevo la pluma para escribir su vida, ya como privada o cristiana, ya como pública y de rey conquistador y amante de su pueblo.

     Entre todos estos se distinguió el padre Juan de Pineda, jesuita, que al intento de la expresada canonización trabajó aquel docto memorial de sus acciones, impreso en Sevilla en 1627, pero sin atenerse al orden cronológico que exige la historia, sino al que le presentaba el plan de tratar sus virtudes, comprobadas de manera que sirviese de información auténtica en la corte de Roma.

     Le encomendó este trabajo el arzobispo de Sevilla donde Guzmán, no menos interesado que la ciudad en la canonización del Santo; y en la carta que le dirigió, y puso al frente del memorial, explica que este prelado estaba empeñado en la obra, a instancias del señor Felipe IV, cuando en los primeros años de su reinado visitó el santo cuerpo en la iglesia catedral de aquella ciudad con piadosa y extraordinaria devoción.

     A esta dedicatoria sigue un dilatado catálogo de los escritores españoles y extranjeros que hablan del Santo rey con elogio y digna alabanza; el cual no sólo es estimable por el número y memoria de estas citas, sino por ser el más completo que se haya formado, incluso el que publicó la ciudad de Sevilla pocos años antes de su canonización. Lo es todavía mucho más del modo con que se halla aumentado de letra del mismo Pineda en el ejemplar que poseo, y a que añadiré algunos más escritores en la nomenclatura que pondré en los apéndices de esta edición, sacados de las Memorias que fue formando el canónigo de Sevilla Alonso Oretano, sabio del principio del siglo XVII, y poco conocido hasta ahora, con motivo de irse recogiendo por él y por el canónigo Negroni materiales para promover la canonización. Hállanse estos apuntamientos originales en un tomo en folio manuscrito en la biblioteca de los estudios Reales de Madrid, y vino a ella entre los que se trajeron de la librería que fue de los jesuitas en el colegio de san Hermenegildo de Sevilla.

     El cronista de Felipe IV, don Alonso Núñez de Castro, tomó también a su cargo esta empresa, y abrazó en ella por su oficio la parte de persona pública en el Santo rey: por lo que fundado en algunos documentos diplomáticos, en las crónicas anteriores, y en el memorial de Pineda, escribió propiamente una vida cronológica, tratando al fin de sus virtudes y de su culto. Pero en esta producción no fue más feliz que en otras de igual clase, como lo manifiesta su edición, hecha en Madrid en 1673, y repetida nuevamente en 1787 por la brigada de Carabineros Reales, de quien es el Santo único y declarado protector.

     El estilo de Núñez no era de historiador, y siempre se hará fastidioso por hinchado, difuso, inculto y pedantesco, como se nota justamente por el sabio editor de las Memorias para la vida y acciones del rey don Alonso el Noble, o el VIII, que recogió el marques de Mondéjar, y se dieron a luz en Madrid en 1783. Además de este defecto, insufrible para las personas de buen gusto, no tuvo este cronista todo el caudal necesario de noticias y escrituras legítimas con que llenar su idea, y quedó por consiguiente poco menos imperfecta que la de todos los que le habían precedido.

     Cuando Zúñiga escribía los Anales de Sevilla, que dio a la prensa en 1677, otro jesuita llamado Juan Bernal tenía escrita la vida de san Fernando como Santo, de la cual dice que extractó lo que traslada en ellos, dándonos allí mismo la apreciable noticia de que estaba encargado por la reina Gobernadora, madre de Carlos II, de hacer de nuevo esta crónica el eruditísimo señor don Juan Lucas Cortés, de quien con fundamento se esperaba todo desempeño. Esto prueba bien que nuestros monarcas han deseado siempre vivamente ver elogiadas con dignidad y extensión las acciones de tan distinguido predecesor suyo, y que su celo y devoción no se daban todavía por satisfechos de lo que hasta entonces se había trabajado.

     No han bastado diligencias para dar con la obra de Bernal, sin embargo de que yo podía fundar alguna esperanza de encontrarla con haberse pasado a esta biblioteca de los estudios Reales que está a mi cargo, la mayor parte de los manuscritos que al tiempo de la expulsión de los jesuitas existían en el colegio expresado de san Hermenegildo, donde es regular hubiese residido este escritor.

     Los trabajos literarios del señor don Juan Lucas Cortés padecieron notable y lastimoso extravío en los últimos años del siglo anterior, o primeros de este, en que muchos de ellos volaron hasta lo más remoto de los países del Norte, cuyos eruditos los apetecían con ansia, y los apreciaban por su mérito singular. Sin duda entonces se confundieron los relativos a nuestro asunto, porque ni rastro de ellos ha quedado entre sus preciosas reliquias que todavía se conservan en la biblioteca Real, y en la librería de don Luis de Salazar y Castro, depositada desde el año de 1731 en el Real monasterio de Monserrate de Madrid.

     Don Rafael Floranes, cuya erudición es bien notoria, comunicándome en carta moderna lo que posee del padre Burriel relativo a este asunto, y de que haré particular memoria más adelante, me dijo que el ilustrísimo señor don Francisco Cerdá y Rico sabía el paradero de este escrito de don Juan Lucas Cortés; y habiéndole suplicado que me lo declarase, para solicitarlo, lo hizo con aquella franqueza con que procura animar a todos los estudiosos. Dióme noticia de que entre los preciosos manuscritos que fueron del ilustrísimo señor don Miguel María de Nava había visto en otro tiempo un tomo en folio, que sin rótulo alguno, contenía de letra del mismo Cortés la vida del Santo rey en carácter muy pequeño, y que habiendo comprado estos manuscritos el señor don Manuel Sisternes, fiscal que fue del supremo Consejo, se habían por su fallecimiento vendido al señor don Matías Beltrán, inquisidor de Valencia, que hoy vive. Valíme inmediatamente de mi favorecedor y amigo el señor don Nicolás Laso Rodríguez, fiscal del mismo Tribunal, encargándole lo buscase y adquiriese del modo que fuera dable; pero por más diligencias que hasta ahora se han practicado, no ha sido posible dar con obra tan apreciable, y que tanta falta nos hace en el caso presente; pues habiendo sido el señor Cortés tan curioso y erudito como sabe todo el orbe literario, no menos que diligentísimo recogedor de documentos diplomáticos toda su vida, era de esperar que sus luces nos hubiesen servido sobremanera en esta parte. Nos doleremos eternamente de ver frustrados nuestros buenos deseos, que sólo pueden recibir algún desahogo con la inserción de varios de estos diplomas que citaremos en las notas de observación a las Memorias que publicamos, tomados de las copias hechas por su mano, y que se hallan con el debido aprecio en poder nuestro.

     En la librería del colegio mayor de san Ildefonso existe un tomo en cuarto manuscrito por don Juan de Herrera y Silva, natural de Córdoba, y que vivió a mediados del siglo último, intitúlase: Memorias para la vida de san Fernando, rey de España, recopiladas de monumentos antiguos. El título ofrece mucho, pero nada se ha hallado más de lo que se lee en las crónicas antiguas y modernas, alterado todo el orden de sus párrafos, en que se incluyen noticias respectivas a otros reyes, escribiendo además Herrera con todos los vicios y estilo que fueron propios del siglo XVII.

     La santa iglesia de Sevilla, ansiosa siempre de que por todos los medios posibles se publicasen y conociesen la santidad y heroísmo de su fundador, no cesaba por otra parte de solicitar plumas bien cortadas para objeto tan digno. Hallóla en el padre Daniel Papebroquio, ya entonces bien conocido en todo el orbe por su sabia obra intitulada: Acta Sanctorum; y con motivo de pedir a Sevilla noticias para formar la de nuestro Monarca que había de dar a luz en el lugar que corresponde al día 30 de mayo, en que fue su glorioso tránsito, le suplicaron sus capitulares que con los materiales que le comunicaban, y con los demás que ya tenía recogidos, escribiese la vida de san Fernando, y antes de incluirla en aquella obra la imprimiese a vista suya. Cumplió exactamente el encargo el padre Daniel, y la dio a la prensa en Amberes, año de 1684, en un tomo en octavo mayor, trabajando la dedicatoria con que el deán y cabildo de aquella Iglesia presentó estos trabajos al señor Carlos II, rey de las Españas e Indias. Diole el título siguiente: Acta vitæ Ferdinandi regis Castellæ, et Legionis, ejus nominis tertii, cum posthuma illius gloria, et historia S. Crucis Caravacanæ, eodem quo ipse natus est anno M.C.XCVIII cælitus allatæ, e latinis ac hispanicis coævorum scriptis collecta, varieque illustrata, commentariis, annotationibus, et iconibus; opera et studio R. P.Danielis Papebrochii e Soc. Fes. Sacerdotis Theologi; sicut in majori ipsius opera de Actis Sanctorum maii, mox in lucem dando, legentur.

     En lo posible no puede negarse que Papebroquio desempeñó el asunto que tomó a su cargo, y lo perfeccionó más sin duda en su obra mayor de las Actas de los Santos al referido día 30 de mayo, que se halla al fin del tomo. Pero ciñéndose este jesuita a ilustrar únicamente lo que dijeron el arzobispo don Rodrigo, el obispo de Tuy don Lucas, y la Crónica antigua, de cuyos textos forma toda su narración, todo se reduce en esta parte a tratar de sus acciones marciales, de sus conquistas, y de sus guerras, olvidando absolutamente la política, que tanto nos debe interesar; y aplicando su trabajo al objeto principal de su obra mayor, y al que más le movían los capitulares de la santa Iglesia, se extiende en extremo a justificar sus virtudes, sus milagros, y cuanto motivó el culto público de nuestro Santo rey casi desde los días de su fallecimiento; y por último le colocó en los altares para veneración de todos.

     De estos escritos tomaron después otros, y principalmente Laureti, que en 16 (...) dio a luz en (...) la vida del Santo rey en italiano. Es esta obra ,un resumen bastantemente bien coordinado de la de aquel jesuita, y de estilo no despreciable; pero igualmente incompleta para lo que deseábamos en utilidad de la Nación, y en honor de nuestro héroe, no menos admirable por su santidad y conquistas, que por su benéfico gobierno.

     Esta parte, pasada en silencio por todos los escritores referidos, hacía que no llenasen completamente nuestras ideas, y aunque desconfiando en nuestras fuerzas, nos determinó a emprender una nueva crónica. Estábamos recogiendo con el mayor esmero documentos fidedignos para formarla, cuando un acaso puso en nuestras manos una copia de las Memorias históricas para la vida de san Fernando, que el padre Andrés Marcos Burriel había dejado en apuntamientos sueltos, y en que se trata la materia como el público y yo podíamos desear.

     Este sabio jesuita es bien conocido en el orbe literario por su talento, por su laboriosidad, por su mucho estudio en la diplomática española, por su instrucción, y por sus obras. De está se ha tenido hasta ahora muy poca noticia entre los eruditos de la Nación, y por lo mismo se hace más apreciable. Esta razón, y la de advertirse en ella aquel bello y fluido estilo que era congenial y propio del autor, brillando por tolo la sencillez, la verdad, el orden y la crítica, me han empeñado en su publicación.

     Concibió esta idea el padre Burriel desde luego que fue destinado por S. M. al reconocimiento del archivo de la santa iglesia primada de Toledo en el mes de septiembre de 1750 para dar principio por este copioso manantial a la recolección de todas las aguas puras y cristalinas que habían de dar lustre a la historia eclesiástica de España, según el vasto plan que se propuso entonces el excelentísimo señor don Joseph de Carvajal y Lancaster, decano del consejo de Estado, &c. El efecto se vio bien pronto, porque entre los papeles originales que poseo relativos a esta honrosa comisión, en que sacrificó este jesuita por el rey y por la patria su determinada vocación, que ya le había puesto en camino para las misiones de las Indias occidentales, hay varios que prueban indubitablemente su predilección al santo rey don Fernando. A la verdad que el reconocimiento de los diplomas Reales conservados solamente en el archivo de la Catedral habían de excitar su afecto y devoción a este Monarca, viéndole ya restaurando su magnifico templo, distinguiendo su sede entre todas las de sus dominios, ya explicando su singular afición a los moradores de su suelo, y ya honrando a la ciudad de Toledo y pueblos de su vecindario con gracias, privilegios y exenciones muy repetidas veces, y con residir en ellos mucha parte de su reinado.

     Yo estoy en que no perdió ocasión de desahogar este cariño en la primera que se le presentó; y así después de haber dado cuenta a la Superioridad de los primeros trabajos que hizo en compañía del señor don Francisco Pérez Bayer, entonces catedrático de lengua hebrea en la universidad de Salamanca, y adjunto al Padre en esta comisión, por certificado que ambos firmaron en Toledo a 6 de agosto de 1751, parece que Burriel se dedicó de propósito a separar a una mano cuanto iba encontrando relativo al Santo rey. Así es que en el marzo de 1752 se vio ya con bastante caudal para mover el ánimo del señor don Fernando el VI, a que mandase escribir la vida de su bienaventurado predecesor, en vista de que sólo aquel depósito del archivo de la Iglesia primada le ofrecía riquezas apreciables, que unidas a las de otros archivos, facilitaban la empresa más gloriosa y digna de la Real protección. Burriel se iba imposibilitando de llevar a ejecución este utilísimo proyecto, porque debía ocuparse todo en el que se le había encargado que era vasto y penoso; y así tomó el partido para no defraudar su inclinación absolutamente, de proponer al soberano sus patrióticas ideas. He debido a mi grande amigo el señor don Rafael Floranes copia de esta humilde y sabia representación, que es la siguiente:

MEMORIAS

DE

S. FERNANDO III.

REY

DE CASTILLA Y DE LEÓN,

CONSERVADAS EN LA

SANTA IGLESIA DE TOLEDO,

OFRECIDAS

A

don Fernando VI, Rey de España,

y de las Indias, su décimo séptimo

nieto y sucesor.

     En la hoja siguiente hay una tarjeta con el retrato de don Fernando VI y su escudo de armas al pie, con inscripciones que le anuncian décimo-séptimo nieto del Santo.

     En la tercera se dobla un pliego, pintando el árbol Real genealógico que lo demuestra.

     En la cuarta y siguientes hasta la octava se halla en los términos siguientes la

DEDICATORIA


SEÑOR

     «Entre los monumentos de la antigüedad, que en gran número he recogido de orden de V. M. en compañía del doctor don Francisco Pérez Bayer en los archivos y librería manuscrita de la santa iglesia primada de Toledo, me ha parecido que ningunos tienen tanto derecho a ser ofrecidos por primicias del fruto de nuestras fatigas a V. M., como los que tocan en alguna manera al santo rey don Fernando III. V. M. tiene su Real sangre, posee su trono, renueva su nombre, imita sus virtudes, confía en su patrocinio, y ha mostrado a la iglesia de Toledo el mismo amor que el Santo la tuvo, y aun tiene la misma razón particular de mostrarle. Pues si el Santo rey vio que era su prelado un infante Real su hijo, V. M. ve hoy ser su padre otro infante Real su hermano. ¿Qué monumentos podrán sacarse de la iglesia de Toledo, que por su asunto, por V. M. y por la iglesia, sean capaces de tener relación tan estrecha, tan gloriosa, tan edificativa, y tan dulce con V. M. como las Memorias de san Fernando su abuelo?

     »Por mi parte, Señor, también hay una razón particular que me ha movido sobre otras a esta elección. A mis manos ha venido a parar el decreto original que expidió la señora reina Gobernadora, madre del señor rey don Carlos II en 20 de mayo de 1671, en que ordenó a don Juan Lucas Cortés, varón de admirable erudición y juicio, que murió a principios de este siglo, consejero en el supremo de Castilla, que escribiese en lengua castellana la historia y vida de san Fernando, para que sus victorias, proezas, santidad y milagros, fuesen manifiestos por este medio. Junto con este decreto tengo copias de algunos privilegios, bulas, y otros instrumentos pertenecientes al Santo rey, recogidos por el mismo don Juan Lucas para la formación de su historia, a los cuales he añadido otros varios que he procurado recoger de diversos archivos. Nada poseo de la historia que con estos y otros materiales escribió el consejero Cortés, ni he podido descubrir dónde para este precioso escrito, o a lo menos sus borradores, por más diligencias que he practicado. Solamente he podido averiguar que en efecto esta grande obra se acabó, se perfeccionó, y se encuadernó ricamente para presentarse al señor rey don Carlos II. Muerto el autor, desapareció su erudito trabajo del mismo modo que desaparecieron otros que tenía hechos, y un gran número de preciosos manuscritos que había recogido.

     »Deseo pues, Señor, con esta pequeña ofrenda inflamar el Real ánimo de V. M. a que mande buscar, aun en reinos extraños (para los cuales sabemos haberse comprado muchos de los manuscritos que fueron de don Juan Lucas Cortés), la historia que escribió de san Fernando, o si esta no pareciese, mande que de nuevo se forme otra, dispuesta con toda la extensión y primor que es debido a la gloria del Santo, y de V. M. Antes que el consejero Cortes trabajaron gloriosamente en esta empresa misma dos jesuitas eruditísimos, Juan de Pineda, y Daniel Papebroquio. El padre Pineda de orden del arzobispo de Sevilla, su patria, fue el primero que recogió con exquisita diligencia cuantas noticias pudo hallar su infatigable laboriosidad para formar el memorial, e instruir el proceso de la canonización del Santo rey. Imprimió para esto un tomo, en que mostró bien los fondos de sus noticias, y el tesón de su estudio, y hasta su muerte fue el director de la causa de canonización, que a él principalmente debió verse felizmente concluida dentro de pocos años. El padre Papebroquio, después de canonizado el Santo rey, llegando la inmensa obra Acta Sanctorum al día de su fiesta 30 de mayo, tomó de su cuenta la ilustración de las Actas del Santo, y en ellas empleó con singular cuidado el caudal de aquella vasta erudición que tanto nombre le granjeó en el mundo. Pero sobre estar dichas Actas en lengua latina, es preciso confesar que ni la obra de Papebroquio, ni la de Pineda, deben mirarse como historias cumplidas del Santo rey, porque no fue este el asunto que ambos se propusieron. Su intento fue dibujarle como Santo, y para esto amontonaron y ordenaron cuanto puede esperarse de la mayor diligencia. Todavía nos falta una historia de san Fernando en nuestra lengua castellana, que entretejiendo con el orden conveniente todos los grandes acaecimientos de paz y de guerra eclesiásticos y seculares de su dichosísimo reinado, y enlazando armoniosa mente los hechos y derechos de aquel tiempo, nos ponga delante de los ojos la heroica grandeza del Santo rey en todas las líneas, haciendo ver patentemente en la serie de su historia que jamás hubo rey tan cabal y perfecto hacia Dios, hacia los hombres, y hacia sí mismo; y que compitieron en él las virtudes y prendas de hombre, de padre de familias, de ciudadano, de caballero, de juez, de gobernador político, de capitán, de conquistador y de monarca, con las virtudes y milagros de santo. Las pruebas de esto deben tomarse de los privilegios, escrituras y memorias auténticas de su reinado, que yacen todavía sepultadas por la mayor parte en el polvo de los archivos de Castilla y León, dando a todas el valor que merecieron con crítica prudente, religiosa y pía, y convinándolas con las demás memorias que corren ya impresas.

     »Mas entretanto que la Nación espera esta gloria y ejemplo por influjo de V. M., yo me atrevo a poner con toda confianza a S. R. P. los documentos y memorias que conserva la iglesia de Toledo, que tiene la gloria de que el Santo pusiese la primera piedra de su augusto templo. Precede a estas el bello elogio conservado en la iglesia misma, que dejó escrito de san Fernando don Alonso X, justamente llamado el Sabio, su hijo, y sucesor en la corona, en que se ve ceñido ingeniosamente todo lo que la historia debe ofrecer extendido y con pruebas. Nada me parece que puede haber tan sabroso como la ternura y piedad con que este sabio Monarca y amante hijo elogia, no sólo en las cosas grandes, sino aun en las más menudas a su Santo padre con un estilo tan natural, tan enérgico, y tan limado para aquella edad, que espanta. ¿Y qué testimonio más propio, o más autorizado que este, para conocer la grandeza y virtudes heroicas del Santo rey, como rey y como santo? No dudo que V. M. con estas dulcísimas memorias ha de aumentar su devoción y su confianza en su Santo abuelo y patrono, que inflamado con ellas ha de solicitar su mayor gloria en este mismo año, en que se cumplen cabalmente cinco siglos de su bienaventurada muerte, y que por estos piadosos respetos ha de aceptar benignamente este mi pequeño trabajo y diligencia. = De este colegio de la compañía de Jesús de Toledo a (...) de marzo de mil setecientos cincuenta y dos.

Señor.

A L. P. de V. M.

Andrés Marcos Burriel

de la Compañía de Jesús.

     Sigue la hoja novena con un retrato de san Fernando, bastante tosco, en una tarjeta sostenida sobre los hombros de dos ángeles, que el de la derecha cuelga de su mano el sello de que usó el Santo; y el de la izquierda un privilegio o carta que demuestra la planta de la iglesia de Toledo, reedificada más magníficamente por él.

     Y luego en la hoja décima empieza la colección diplomática, con el septenario o elogio de don Alonso el sabio, de cuya letra antigua exhibe una muestra, como también al fin de tres de los privilegios comprehendidos.

     Los efectos de estos deseos, significados tan oportunamente por el padre Burriel, no se vieron quizás por motivos que ignoramos, pero quien los movía parece que no los olvidó por su parte; y dedicándose en los ratos que le dejaban libres sus principales ocupaciones, dispuso las Memorias para la vida de san Fernando que ahora damos a luz, queriendo que llevasen este título, y no otro, porque su natural modestia no le permitía confiar jamás en que fuesen completos y decisivos sus trabajos. Mucho menos lo creyó de estos determinadamente, porque los emprendió sin duda en los últimos años de su vida; y por su temprana muerte sucedida en su patria, el lugar de Buenache de Alarcón, en el obispado de Cuenca, día 19 de junio de 1762, habiendo nacido en 19 de noviembre de 1719, dejó la obra sin que recibiese la última mano y lima. Pero esto tienen las de grandes maestros, que en borrón se estimarán y apreciarán siempre.

     Me creo muy distante de poder retocar lo que el padre Burriel dejó sin completar, porque su juicio y su erudición no pueden compararse con mis cortas luces, sin embargo que me he dedicado de propósito a seguir sus huellas en algunas de sus grandes y útiles empresas. Confieso que si algo he adelantado en el conocimiento de nuestra legislación original, y de nuestra diplomática, lo debo principalmente a la lectura de sus papeles, que con Real permiso se me han franqueado en la Real biblioteca, y de esta rica mina he sacado lo más precioso para llenar las ideas que me he propuesto en la presente obra. Diré pues, del modo que he pensado darla a luz con honor del autor, y mayor utilidad de toda la Nación.

     Primeramente con religioso cuidado se conserva el testo original de las Memorias de san Fernando, escritas por el padre Burriel, sin mudar otra voz que aquella o aquellas equivocadas en la copia, causadas evidentemente por el que la sacó de los apuntamientos originales, y que sin duda me hubieran aclarado otras muchas, si se me hubiesen comunicado como esperaba.

     En segundo lugar protesto que si intento corregir algunas proposiciones del padre Burriel, es a fuerza de documentos legítimos, y de la verdad, que las contradicen: seguro siempre de que este sabio las hubiera por sí enmendado, si hubiese tenido tiempo para examinarlas.

     Esta es una de las partes que he procurado llenar en mis notas de observación, que imprimiré separadas del texto, dejando este con las brevísimas que tiene al margen, y que se conoce haber puesto el autor más bien para que le sirviesen de recuerdo al tiempo que quería completarlas después, que con el fin de comunicarlas al público en el estado en que ahora se hallan.

     La otra parte de mis notas lleva el objeto de suplir algunos vacíos que no llenó el padre Burriel en sus Memorias, porque los escritos de esta clase nunca son perfectos, y por esto se les suele dar este título nada pomposo ni fantástico. En este trabajo lo que más ha ocupado mi diligencia y esmero es producir la cita de cuantos diplomas, decretos, órdenes, leyes y fueros publicó el Santo rey, de suerte que resulte en el estado de mayor perfección posible la diplomática de su feliz reinado: cosa que también hubiera hecho el padre Burriel, si hubiese llegado a publicar su obra enmendada y completa, pues en este estudio era sin igual, y tuvo muchas proporciones para hacerlo bien.

     En esta parte me he aprovechado de su misma colección diplomática que presentó al señor Fernando VI, y dejamos citada; de la que tenía yo recogida de antemano; de la abundantísima que posee la Real academia de la Historia; de los documentos impresos o mencionados en sus obras por varios autores nuestros y extranjeros de primer orden; y en fin, de las que me han comunicado algunos eruditos, principalmente don Rafael Floranes y Encina, vecino de Valladolid, cuyo delicado gusto, y estudio en nuestras antigüedades y literatura es bien notorio.

     Habiéndose propuesto el padre Burriel cimentar estas Memorias con el elogio que don Alonso el Sabio hizo de su bienaventurado padre en el libro que intituló Septenario, y que todavía no ha visto la luz pública, sería culpable conducta el omitirlo en esta edición. El texto que publicaremos está tomado del códice de esta obra, que se custodia en el archivo de la catedral de Toledo, y es el mismo que vio y copió el padre Burriel, del cual tengo copia exacta.

     Como que es esta la más antigua memoria del Santo rey, donde se manifiesta su carácter, y se dan muy raras noticias de sus acciones, escrita de propósito nada menos que por un hijo observador perpetuo de todas ellas, precederá en el apéndice de documentos justificativos. A este seguirá el texto del arzobispo don Rodrigo en la parte que comprehende el reinado de san Fernando, y después el del Tudense, que fueron también testigos oculares de muchos de sus heroicos hechos; pero como hemos observado que en las ediciones de las historias generales que escribieron estos dos prelados, hay algunos errores, a causa sin duda de que los editores se valieron de códices viciados, se reproducirán aquí una y otra parte de estas narraciones rectificadas con el cotejo de algunos códices originales más correctos que hemos podido disfrutar, principalmente del que está en nuestro poder de letra del siglo XIV.

     En la colección diplomática que comprehenderá este apéndice, no sólo se hallan bulas pontificias, escrituras privadas, decretos, órdenes y diplomas sueltos del Santo rey, sino también los preciosos fueros o leyes municipales de Toledo, Baeza, Salamanca, Córdoba, Sevilla, Carmona y otros; el trozo que hasta ahora se ha conservado de los de Badajoz; los repartimientos de Baeza, Úbeda, Córdoba, Sevilla, y Carmona; pues aunque algunos de estos últimos documentos se han impreso, saldrán ahora a luz considerablemente más completos e ilustrados con notas. El de Sevilla, que es el más extenso e interesante de todos, se acompaña con los elogios a los reyes, reinas, infantes, ricos-hombres, caballeros, e hijosdalgo, que asistieron a la conquista, y fueron premiados por el Santo rey, y su hijo don Alonso el sabio en este repartimiento, escritos en 1588 por el conde Argote de Molina, y hasta ahora no publicados.

     Estos elogios se reducen a la explicación de la noble ascendencia y descendencia de todos los premiados, más o menos difusas, según las noticias que tuvo Argote. Pero habiendo podido con nuestro estudio adquirir otras más completas, las añadiremos para mayor complemento de este escrito, digno de nuestra estimación por todos respetos. El autor lo adornó con describir en los más de estos elogios el escudo de armas que usaban los conquistadores, y aun delineó de pluma muchos de ellos en el original que poseemos. Para hacer este servicio al público del modo más útil, se han abierto treinta y cuatro láminas en cobre de todos ellos, supliendo los que se han podido, y omitiendo el blasón en los que no ha sido posible averiguarlo, ni tampoco expresó Argote de Molina; pero en todos los que se han llenado se expresan sus colores con líneas o puntos, según las leyes de la heráldica; y los que están en blanco podrán fácilmente llenarse por los interesados siempre que gusten, y en cuyo beneficio se han dejado así.

     Habrá también otro apéndice de discursos que ilustren las Memorias que publicamos, y en él se incluirán los siguientes: 1º. El que dio a luz don Antonio Lupián Zapata, cronista del señor Felipe IV, en Madrid año 1665, con el título de Epítome de la vida y muerte de la reina doña Berenguela, primogénita de don Alonso rey de Castilla, aclamado el Noble. El motivo de reproducir este escrito, es porque habiendo sido esta famosa reina madre del Santo rey, y quien puso en su cabeza la corona de Castilla, importan sobremanera sus memorias para inteligencia de las de su hijo, a quien dirigió, aconsejó y acompañó hasta el año de 1246, en que falleció con opinión de heroína y de bienaventurada. Este Epítome no deja de tener algunas equivocaciones, no sólo en las palabras, indubitablemente causadas en la prensa, que se rectificarán, sino también en proposiciones que corregiremos con pruebas documentales en las notas del margen.

     2º. Un discurso que hemos trabajado para fijar el año, día, y lugar en que nació el Santo rey; pues nuestros historiadores, y entre ellos el mismo padre Burriel, dejaron indecisos estos puntos, y conviene mucho determinarlos. Para su ilustración nos mostramos aquí sumamente agradecidos a los padres Cistercienses del Real monasterio de Valparaíso en las cercanías de Zamora, pues nos han comunicado con toda franqueza cuantas memorias se conservan en aquella casa conducentes a este objeto.

     3º. Otro discurso también nuestro sobre las inscripciones cuadrilingües, que están en su sepulcro, con varias reflexiones que hasta ahora no se han tenido presentes por los que han hablado de ellas, y con la noticia de los elogios que precedieron a su formación, e hicieron doce sabios de la corte por encargo de don Alonso el X, su hijo.

     4º. Otro sobre las monedas que corrieron en su reinado, y cuyas clases comprobaremos con escrituras de aquel tiempo, y se conocerán mejor con el diseño de las que he podido adquirir.

     5º.Y último discurso en que se expresarán las personas que obtuvieron los principales empleos, tanto políticos como militares, en el reinado del Santo rey, tales son los de Mayordomo de la corte, Alférez, Adelantado, Merino mayor, y otros de igual clase, comprobados con escrituras e instrumentos públicos de aquellos años.

     Adornarán la edición un fiel retrato del Santo, sacado del cuadro que se conserva en el coro de las monjas de san Clemente de Sevilla, que se tiene por hecho pocos años después de su glorioso tránsito.

     La segunda parte de las Memorias del padre Burriel se dirige determinadamente a tratar de nuestro bienaventurado príncipe como Santo y digno de nuestra veneración, ya declarada por la Iglesia. Dejóla, como se ve por ella, en sus primeros rasgos, y por consiguiente nos vemos precisados a completarla del modo posible para excitar más la devoción religiosa que logra en el día. A este fin se unirá a las Memorias un extracto de cuanto hemos podido averiguar sobre las diligencias que se practicaron por los señores Felipe IV y Carlos II, a instancias de los pueblos en particular, y del reino en cortes, para conseguir la bula de canonización. Se trasladará ésta; se extractará el proceso; se copiarán los testimonios de escritores sabios, tanto naturales como extranjeros, que desde muy antiguo hasta su canonización deponen del culto público que tuvo, y de la denominación de Santo y Bienaventurado que se le daba generalmente. Entre estos testimonios se hallarán muchos no impresos ni conocidos hasta ahora.

     Finalmente estas pruebas del culto general y público recibirán el mayor realce con la noticia en extracto de todos los viajes que los soberanos de España han hecho de propósito a Sevilla para visitar al cuerpo del Santo rey, y rendir los debidas obsequios de un progenitor tan ilustre, hasta el último, en que nuestros actuales Monarcas han conseguido desahogar sus piadosos afectos, presentándole al serenísimo príncipe de Asturias nuestro Señor, en quien todos confiamos ver repetidas algún día con el nombre de tan grande protector que la feliz suerte le dio en el bautismo, sus virtuosas, cristianas, y heroicas acciones.
Noticia de estas Memorias

     Tan precioso manuscrito se ordenó y copió fielmente del borrador que el erudito padre Andrés Marcos Burriel hizo de su mano, el cual vino a poseer el reverendísirno padre Diego de Rivera, rector del colegio imperial de Madrid el año 1762, con otras producciones de aquel sabio jesuita, que recogió después de su muerte. Lo temprana de ésta, y los muchos trabajos literarios en que se empleaba el autor, no le dieron tiempo a perfeccionar la obra, notándose algunas faltas, así de citas en documentos que menciona, como de dos cartas, que dice inserta (y no parecen), sacadas del registro del sumo pontífice Gregorio IX. Estos defectos, poco substanciales en lo principal de la materia, nada disminuyen su gran mérito, tanto por ser única en su especie, cuanto por la general recomendación y aprecio que logran todas las de este famoso ingenio.

     Que sean suyas estas Memorias, lo conocerá cualquiera que haya leído otras obras de la misma pluma, además de estarlo ellas por sí manifestando en muchas de sus circunstancias.

     Para hacerlas más copiosas e instructivas se han añadido por distinta mano separadamente, y con esta señal (*), algunos singulares sucesos en que intervino san Fernando, sacados de escrituras y monumentos de su tiempo, que no pudo disfrutar el autor, o si los vio no los juzgó necesarios; pero todos hacen resplandecer la gran piedad de aquel Santo héroe, su infatigable celo en la administración de la justicia, y demás virtudes que le colocaron en los altares.

     Don Luis Fernández de Velasco, marqués y señor de Valdeflores, caballero de la orden de Santiago, en la noticia del viaje que hizo de orden del señor rey don Fernando el VI, para reconocer y recoger todos los monumentos originales, y otros documentos tocantes a la formación de una nueva historia general de la nación española, hace mención de su amigo el padre Andrés Burriel, de la Compañía de Jesús, destinado de la misma Real orden a la investigación de todas las antigüedades, y más preciosos manuscritos de varios archivos, para formar una colección canónica española, y otras obras, y de este sabio jesuita dice en el primer artículo de dicha obra, fol. II, nota 22:

     El padre Andrés Burriel nació de una familia noble en la villa de Buenache de Alarcón, del obispado de Cuenca, en 19 de noviembre de 1719, y arruinada su salud por el continuo e inmoderado estudio, murió en su patria en 19 de junio de 1762, a los 42 años y 7 meses de su edad. La inmensa colección de sus manuscritos, y obras suyas no publicadas, pasaron a la biblioteca Real (1), a que el Rey en vida de su autor las había destinado. Otras obras suyas se publicaron con nombre ajeno, y son estas:

     1ª. El prólogo que precede a la relación del viaje de don Jorge Juan y don Antonio Ulloa al Ecuador.

     2ª. La Paleografía Española publicada la primera vez por el padre Terreros, al fin del tomo 13 de la traducción española del Espectáculo de la Naturaleza en Madrid 1775, en cuarto; y la segunda vez junta y separadamente, con algunas interpolaciones de mano, en Madrid 1758, en cuarto.

     3ª. El Informe de la imperial ciudad de Toledo al Real y supremo consejo de Castilla, sobre igualación de pesos y medidas en todos los reinos y señoríos de S. M. según las leyes, en Madrid 1758, en cuarto.

     4ª. La noticia de la California, sacada de la historia manuscrita que en 1739 formó en México el padre Miguel Venegas, y de otras relaciones antiguas y modernas, y publicada en Madrid 1757, tres volúmenes en cuarto.

     En dicho folio II del ingreso de la citada obra de Velázquez, dice: El designio que tuvo el padre Burriel en el desempeño de su comisión, era formar una colección general de todos los antiguos monumentos de la historia eclesiástica de España, sacados de sus mismos originales, y señaladamente la de los Concilios y de la Liturgia. Sus vastas ideas, sostenidas de un genio universal y profundo, de una meditación continua, de un trabajo obstinado, que al fin arruinó su salud, y de una elegante, viva y eficaz explicación, se extendían a otros ramos de la literatura española, de cuyos frutos nos privó su arrebatado fallecimiento.

NOTA

     Cuando se estaban imprimiendo estas Memorias murió su erudito editor e ilustrador don Miguel de Manuel Rodríguez; y aunque se han hecho las más vivas diligencias para encontrar los apéndices, discursos, y demás ilustraciones que ofrece en su prólogo, no ha sido posible encontrarlas. Todo lo que se halló entre sus papeles, relativo a este asunto, se ha coordinado e insertado con el mejor orden que ha sido posible; y aunque en esta parte no salen estas Memorias tan completas como intentaba su ilustrador, sin embargo nada falta de lo principal.



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