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KRISHNAMURTI
EL FUTURO ES HOY

ULTIMAS CHARLAS EN INDIA

Edhasa

Título original:

The Future is Now

(Last Talks in India)

Traducción de Armando Clavier

Primera edición: septiembre de 1992
© 1989 Krishnamurti Foundation Trust Ltd.,

© Brockwood Park Bramdean, Hampshire SO24 0LQ England

© Todos los derechos de la versión en castellano cedidos a la Fundación Krishnamurti Hispanoamericana

Apartado 5351, Barcelona. 08080 España
© Edhasa, 1992

Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona

Tel. 439 51 05*
Impreso por Romanyà/Valls

Verdaguer, 1. Capellades (Barcelona)
ISBN: 84-350-1820-2

Depósito legal: B. 26.925-1992
Impreso en España

Printed in Spain
INTRODUCCIÓN
Fue el último viaje de Krishnamurti a la India. Ya había declarado en Saanen, Suiza, que no habría más pláticas allí; había escrito a un amigo:
Hemos tenido cuatro días del tiempo más maravilloso, todos soleados, y el valle se está despidiendo de nosotros.
Durante la última plática en Saanen, volvió a contar la historia de Nachiketa, el muchacho al que habían enviado a la casa de la Muerte para que le formulara una cantidad de preguntas. Se trataba de un antiguo relato indio del Kathopanishad, pero la versión de Krishnamurti era diferente, más romántica, situada en un tiempo ideal cuando los hombres cumplían su palabra y, periódicamente, regalaban lo que habían acumulado. Estos detalles no están en el original, el cual no tiene un tono romántico.

El Nachiketa de Krishnamurti está lleno de preguntas imposibles; él es cándido, pero lo suficientemente astuto para rechazar, con una sola observación, las tentaciones que la Muerte le ofrecía: «Tú estarás al final de ello. Siempre estarás al final de todo».

Excepto que estaba cerca de los 91, Krishnamurti no era muy diferente del Nachiketa que describió. Tenía el don de Nachiketa para convertir cada ocasión en un interrogante, hasta una bendición; tenía el trato natural de Nachiketa con la muerte; y tenía la inocente generosidad de Nachiketa.

El padre de Krishnamurti, en sus reminiscencias registradas poco después de que trajeran a Krishnamurti al redil de la Sociedad Teosófica, describía una inocente generosidad que su hijo jamás perdió:
En la mañana, cuando los mendigos acuden a la casa, es nuestra costumbre ofrecerles una taza o un cuenco de arroz crudo, y distribuirlo por turno en las manos extendidas hasta que el cuenco queda vacío. Mi esposa envió una vez a Krishna afuera para que diera la limosna, y el pequeño regresó por más, diciendo que lo había vaciado todo en la bolsa de un hombre. Entonces su madre salió con él y le enseñó cómo repartirlo a cada uno.
Más tarde en la vida, el hombre inocente y el sabio vivieron juntos. El hombre, después de hablar en Saanen y en Brockwood Park, Inglaterra, había venido a la India en octubre de 1985 para decir adiós al paisaje familiar, a las personas que había conocido y a los lugares en que se había criado. También había venido para poner su casa en orden.

Grandes instituciones educacionales se habían desarrollado en el Valle de Rishi y en Rajghat sobre el terreno que Mrs. Besant había comprado en los años 20 para que él lo usara. Había escuelas en Bangalore, Madrás y Bombay, dedicadas a la exploración de sus enseñanzas en un contexto educativo. Todas estas instituciones educacionales formaban parte de la Krishnamurti Foundation India, una entidad legalmente registrada de la que él era el presidente. Vasanta Vihar, una casa en Adyar, Madrás, era la Sede Central de la Fundación y la dirección que él usaba en su pasaporte, donde figuraba como su domicilio. Había Fundaciones en Inglaterra y en América también con instituciones educacionales firmemente establecidas.

Krishnamurti era asimismo el hombre que en 1929 había disuelto la Orden de la próspera organización que se había desarrollado en torno a él desde 1909, cuando lo «descubrieron» los teósofos. Por entonces había declarado que «la Verdad no puede ser organizada», renunciando a las propiedades que formaban parte de esta organización.

Esta aparente contradicción entre el hombre que rechaza las organizaciones espirituales y el que, al final de su vida, se encuentra a la cabeza de varias, fue resuelta hace ya mucho tiempo, en 1929, cuando terminó ese famoso discurso con que disolvió la Orden:
Pero aquellos que desean comprender, que tratan de descubrir lo que es eterno, sin principio ni fin, marcharán juntos con mayor intensidad, y serán un peligro para todo lo que no es esencial, para las irrealidades, para las sombras. Y ellos se reunirán y se volverán la llama. Un cuerpo así es el que debemos crear, y tal es mi propósito. Porque gracias a esa verdadera amistad... habrá verdadera cooperación de parte de cada uno. Y esto no será por causa de la autoridad.
El interés apasionado de Krishnamurti, especialmente a medida que iba envejeciendo y preocupándose por la salud de las organizaciones que él mismo había establecido, era crear un cuerpo así de amigos. Al mismo tiempo, sus normas en cuanto a la amistad seguían siendo exigentes: la amistad no podía florecer donde había envidia, comparación, sentido posesivo. Él creía que sólo una bondad duradera podía mantener unida a la gente. Y los frutos de la bondad eran mágicos.

Una mañana del invierno de 1984, en el Valle de Rishi, cuando estábamos sentados a la mesa del desayuno, en medio de una conversación trivial nos preguntó: «Si un ángel les dijera que podrían tener cualquier cosa que quisieran para este lugar, ¿qué le pedirían?»

Mencionamos indiferentemente varias cosas  agua, una nueva cultura, una mente nueva- sabiendo que nuestras respuestas habían salido a relucir para satisfacer el momento, sabiendo que serían ignoradas.
Eso es justamente lo que hizo, y continuó: «Cuando vinimos aquí en 1926, nuestra intención era establecer lugares para la iluminación del hombre. ¿Está ello ocurriendo aquí?»

Era otra vez una pregunta difícil; admitimos que no estaba ocurriendo eso.

«¿Es, entonces, el Valle de Rishi exactamente igual que el mundo de afuera?» Dijimos que era un microcosmos, que teníamos los mismos problemas en una escala menor.

«Respondan con cuidado», dijo. «El mundo de afuera es guerra, resentimiento profundo, rivalidad, envidia. ¿Tienen estas cosas aquí? ¿Dentro de ustedes?»

Contestamos que, si bien estas cosas no estaban activas en nosotros, las semillas se encontraban ahí y que «si la situación se daba, también nosotros podríamos ser capaces de obrar así».

Nos preguntó si podíamos extirpar todo eso.

«Si lo extirpáramos, ¿el ángel nos daría lo que quisiéramos?»

Dijo sencillamente: «Sí».
Krishnamurti llegó a Nueva Delhi desde Londres el 25 de octubre, y poco después prosiguió su viaje a Varanasi1. Aravindan, el renombrado realizador cinematográfico de Kerala, estaba terminando «El Profeta que anda solo», basada en la vida de Krishnamurti. A principios de noviembre, con la llegada temprana del invierno, Rajghat, en Varanasi, suministraba el fondo adecuado para su película, con tomas de los solitarios pescadores arrojando su red en un plácido río; de un pájaro en vuelo describiendo un arco amplio a través del espacio que era tanto cielo como río; y del sol poniente convirtiéndose en un halo luminoso para el sabio que decía: «El hombre no es la medida de sí mismo».

Krishnamurti paseaba con Aravindan a lo largo de la antigua senda de los peregrinos  ahora asfaltada y estropeada por los grandes camiones- que conducía a las márgenes del Varuna. Cruzaban a la otra orilla por el temporario puente de bambú, donde la senda de los peregrinos, ahora estrecha y polvorienta, rodeada por el trigo otoñal, ofrecía una fulgurante vista del Ganga [Ganges] y continuaba hasta Sarnath. Aquí el Buda había predicado por primera vez su sermón, 2500 años atrás. La cámara de Aravindan filmó el viaje de regreso de Krishnamurti a través del puente con el barquero que transportó hombres y animales a la otra orilla del río durante el monzón, cuando el puente se derrumbó.

Había otro sendero que él recorría caminando todos los días, aun cuando sus piernas habían comenzado a fallarle; era a lo largo del camino sinuoso que atraviesa los terrenos de la escuela, más allá del anfiteatro donde recientemente los alumnos del Colegio Vasanta habían representado una obra sobre la vida de Buda. El sendero terminaba en un tramo empinado de escalones descendentes hacia el campo de juegos circular y, a un costado de éste y separado por una cerca de alambre, había una mezquita con su perezoso guardián. Paralela a un loma al pie de los escalones, empezaba una senda estrecha que conducía al cementerio2 de oficiales, en desuso desde mucho tiempo atrás y ahora emplazamiento de cabañas para huéspedes destinadas al nuevo centro que iba a establecerse para aquellos que se interesaran seriamente en estudiar las enseñanzas de Krishnamurti.

Krishnamurti caminaba algunas veces con amigos alrededor del campo de deportes, hablando de muchas cosas, pero, principalmente, de los problemas que ahora eran de vital interés para él: ¿Qué había sucedido con las muchas instituciones que él fundara? ¿Se disgregarían sin que nadie hiciera nada para mantenerlas unidas? ¿Cuál era el futuro de las Fundaciones? Y cada vez que completaba un círculo, solía saludar al guardián de la mezquita, porque no quería que se sintiera aislado, separado.

El camino de regreso hacia arriba por el tramo empinado de escalones era una fuente de ansiedad para sus amigos, que nunca estaban seguros si podría hacerlo hasta la parte superior sin caerse. Una vez alguien, una mujer, le ofreció su mano. Y con su habitual galantería él la tomó por un momento, expresando que deseaba sostener la mano de ella, pero que «de ningún modo quiero llegar a depender, de nadie». Lo último lo dijo con un énfasis y una mirada tales, que a ella le permitieron intuir el silencio desconocido que tenía delante.

No fue durante estos paseos sino arriba, en su dormitorio, cuando él habló de los lugares sagrados como lugares de aprendizaje y, en consecuencia y por definición, lugares fuera del alcance del ritual, de las iglesias, de los templos y las mezquitas. Sostuvo que un lugar era sagrado si se distinguía por tres características: la religiosidad de la gente que ahí vivía, los peregrinos que acudían a él por respeto a la verdad, y su facultad de sustentar la vida.

Mrs. Besant estuvo muchísimo en la mente de Krishnamurti durante ese invierno en Rajghat. El 6 de noviembre se le invitó a la Sede Teosófica en Kamaccha, invitación que aceptó. Fue a la antigua casa de Mrs. Besant, «Shantikunj». Recorrió la vieja casa con los últimos rayos solares del atardecer inundando el interior. Se sentó en el gran chowki donde ella trabajaba y descansaba durante el día. Para quienes habían conocido a Mrs. Besant y a Krishnamurti en aquellos lejanos tiempos, fue un momento muy emotivo. Para uno que había vivido toda aquella época, ése fue un día de gran bendición: «El hijo visita la casa de su madre después de un intervalo de 45 años. Tal vez para decirle adiós». Pero cuando alguien le preguntó a Krishnamurti si recordaba el lugar, su respuesta fue muy sencilla: «Es un pasado remoto, pero parece que viví aquí».

El festival de Diwali fue el 16 de noviembre, y Krishnamurti pasó la noche con sus amigos observando, desde su casa sobre el terraplén pavimentado que se levanta bien alto encima del Ganges, una exhibición de fuegos artificiales que cruzaban el espacio. A medida que los cohetes chispeantes y los kotis esparcían múltiples estrellas coloreadas en el cielo sin luna, la ciudad de Varanasi fulguraba en la distancia. Krishnamurti subió entonces hasta el balcón de su casa para encender de nuevo las lámparas que se habían apagado y para admirar la vista. Era una noche magnífica en que la santidad colgaba como una cortina sobre Rajghat.

Hubo más entretenimiento: una noche de cantos védicos a cargo de los brahmines locales vinculados a las escuelas del templo y a la casa del Maharajá de Varanasi; música en el Shahanai Santoor y una hora de Kathak bailado por Aditi Mangaldas.

El 7 de noviembre, Krishnamurti empezó una serie de discusiones con un grupo de budistas eruditos en sánscrito y en tibetología, que se habían congregado alrededor de él desde principios de los 70. Ellos formaban parte de una larga tradición de eruditos que habían preservado por miles de años una tradición religiosa, mediante sus actividades de estudio, arduos debates filosóficos y búsquedas internas.

Se encontraba entre ellos el Pandit Jagannath Upadhyaya. Panditji, como le llamábamos, estaba empeñado en elaborar una edición crítica del Kalachakratantra, un texto mahayana que abordaba la enseñanza del Bodhisattva Maitreya. Compuesto en alguna época entre los siglos IX y XI, el texto representaba una tradición de sabiduría mucho más antigua, a la cual Panditji había descrito una vez como «el linaje del hombre». La descripción de Panditji había pulsado una cuerda en Krishnamurti, quien había modificado la frase para decir, «el linaje del discernimiento».

Rinpoche Sandong, del Instituto Tibetano de Sarnath, y los profesores Krishnanath y Ram Shankar Tripathi, ambos vinculados a instituciones educativas locales, también se hallaban presentes en la ocasión.

Ante esta asamblea de eruditos, Krishnamurti planteó dos preguntas: «¿Existe algo sagrado, algo perdurable... en la India, en esta parte del mundo?» y «Si se encuentra ahí, ¿por qué esta parte del mundo es tan corrupta?»

Krishnamurti contestó las dos preguntas que había formulado. Respondió a la primera hacia el final de la discusión, cuando se habían suscitado diversas cuestiones que fueron descartadas y la asamblea permanecía en silencio. A la segunda pregunta respondió sobre la base de una observación generalizada: «El egoísmo es la puerta que no deja entrar a lo otro». El concepto de egoísmo era para Krishnamurti muy amplio y, al propio tiempo, elástico; incluía en su malla el impulso tras la religión organizada.

El día 11, Krishnamurti formuló una tercera pregunta: «¿Dónde termina el interés propio y comienzo lo otro?» Y aunque volvió a la pregunta al menos dos veces en el curso de la discusión, no la contestó. La dejó como una pregunta eterna, una duda que está en el núcleo de toda investigación religiosa seria.

El 9 de noviembre, Krishnamurti había preguntado al auditorio: «¿Hay ya algo aquí por lo cual, si existe, uno ha de entregar la mente y el corazón?» Él hablaba como alguien que había hecho exactamente eso: «entregar mente y corazón» y la totalidad de su larga vida para «preservar lo sagrado». Teníamos que recordarnos a nosotros mismos que Krishnamurti se estaba acercando al final de esa larga vida, y que se dirigía a un grupo de hombres que habían empleado sus existencias en preservar una antigua tradición religiosa, pero lo habían hecho de una manera por completo diferente. Para Krishnamurti, ese sentido de preservación no era suficientemente bueno. El se había opuesto firmemente contra todo el aparato de la religión organizada  contra su dogma, sus iglesias y sus santos, los rituales, los libros sagrados y los gurús- desde el año 1929, en que había escrito:
Cuando Krishnamurti muera, lo cual es inevitable, ustedes comenzarán a desarrollar reglas en sus mentes, porque el individuo, Krishnamurti, ha representado para ustedes la Verdad. Así que construirán un templo y después empezarán a practicar ceremonias, a inventar frases, sistemas de creencias, credos, dogmas, y a crear filosofías. Si ustedes erigen grandes instituciones basadas en mí, el individuo, entonces quedarán atrapados en esa casa, en ese templo, y así necesitarán tener otro Instructor que venga y los saque de ese templo. Pero la mente humana es tal, que construirán otro templo alrededor de Él, y así ello continuará y continuará.
Las primeras dos pláticas públicas en Rajghat cayeron en los días 18 y 19 de noviembre. Krishnamurti preguntó a los que integraban el auditorio por qué se encontraban ahí y después les dijo que no tenía la intención de formular preguntas abstractas, teóricas, ni de ayudarlos como gurú, sino que ellos debían pensar en él como en un amigo con quien estaban discutiendo los problemas del diario vivir.

Durante la sesión pública de preguntas y respuestas, alguien del auditorio preguntó cómo podía la enseñanza mantenerse sin distorsión alguna. Krishnamurti aceptó rápidamente la pregunta y dijo que el problema de si su enseñanza llegaba a corromperse o no, «depende de usted, no de algún otro. Si ella no significa nada excepto palabras, entonces seguirá el camino de todas las demás. Si significa algo muy profundo para usted, para usted personalmente, entonces no se corromperá». De manera firme e inflexible, hasta el final, Krishnamurti depositó su fe en la gente, en la capacidad de ésta para contener la enseñanza y comprenderla con la mente y el corazón.

El día 22, al finalizar la última plática, dijo a sus oyentes que no debían caer a sus pies, pero que podían venir y estrecharle las manos. Y así permaneció silenciosamente por un largo rato. Para nosotros fue como un presagio, una señal de que jamás regresaría.
Cuando Krishnamurti llegó en noviembre al valle de Rishi, sabíamos que su salud estaba decayendo. Teníamos la esperanza de que el Valle de Rishi lo reanimaría, como lo había hecho tan frecuentemente en el pasado, pero eso no sucedió. El primer día decidimos caminar hacia el templo de la antigua diosa Gangamma, que se hallaba sobre el sendero que conducía hasta más allá de nuestro huerto de legumbres y del lecho seco de un arroyo formado por los monzones. Pero él no pudo cruzar ese lecho seco hasta el huerto de tamarindos. Más allá de ese huerto, el valle se abría en todas direcciones hacia los cerros circundantes que se tornaban de color púrpura a la luz del crepúsculo. Era una visión que a menudo le había infundido una admiración reverente.

Después de eso intentamos paseos más fáciles por la carretera principal hacia la salida del valle. Fue de uno de estos paseos que regresó muy radiante y habló sobre la santidad del lugar.

Sus caminatas diarias se acortaban a medida que pasaban los días y continuaba perdiendo peso en un grado alarmante. Pero él se sentía feliz en su habitación, en la parte superior de la vieja Casa de Huéspedes, atendido por Gopalu1 y Parameshwaran2, invitando a distintas personas y charlando con la abubilla de la que se había hecho amigo. A veces, estando nosotros fuera de su habitación, junto a la puerta, le oíamos decir sosegadamente a alguien: «Tú y tus hijos son ciertamente bienvenidos al venir aquí. Pero te aseguro que no te gustará. En unos pocos días me habré ido, echarán llave a la habitación, cerrarán las ventanas, y tú no podrás salir».

Cuando entrábamos podíamos ver al pájaro enmarcado por el cuadro de la ventana; se hallaba posado en la rama de la Spathodea, con su penacho desplegado y escuchando a Krishnamurti, quien acostado en la cama le hablaba en tonos mesurados. Krishnamurti nos explicó que el pájaro se había acostumbrado a su voz y le gustaba posarse ahí y escuchar. Muy a menudo, cuando pequeños grupos de nosotros nos sentábamos en su habitación sobre la alfombra, el pájaro solía abalanzarse contra el cristal de la ventana para picotearlo, haciendo generalmente mucho alboroto. Y Krishnamurti decía: «Aquí viene mi amigo» o: «Ahora no, amigo mío».

En otra ocasión, cuando entrábamos a su habitación, le oímos decir: «Así que el nombre de tu hija es Sujata. ¿No era Sujata la esposa de Buda?» Yo pensé que estaba charlando con la abubilla, pero él hablaba con Gopalu, quien le había contado acerca del nacimiento de una hijita llamada Sujata3.

A pesar de su salud declinante, Krishnamurti habló a los niños y a los maestros de la escuela. A los niños les habló acerca del temor y de lo importante que era estar libres del temor. A los maestros les habló de la bondad y de la conexión que ésta tenía con la totalidad. Cuando la bondad se conecta con la totalidad, no forma parte del pasado; no es una opinión admitida ni una conclusión, sino un descubrimiento.

Para que coincidiera con su visita, se había organizado una conferencia internacional de maestros provenientes de las distintas escuelas Krishnamurti de la India y del exterior. Había maestros de Brockwood Park, Inglaterra, y de la Escuela de El Robledal en Ojai, California. Era la primera conferencia de esa clase, y al principio Krishnamurti se había mostrado aparentemente reacio a participar. Pero una vez que hubimos comenzado, vino con frecuencia, e inesperadamente preguntaba, nos estimulaba y, dentro de la seriedad, bromeaba con nosotros.

Su última plática en el Valle de Rishi (él la llamó «mi última función») estuvo fuera de programa, impulsada por las preguntas que le formuló uno de los maestros. Al final de su vida él continuaba planteando los interrogantes que siempre había planteado: ¿Qué es la bondad? ¿Qué es lo que florece en la bondad? También preguntaba: ¿Cuál es el origen de la vida? ¿Qué es la creación?
Krishnamurti partió del Valle de Rishi hacia Madrás el 22 de diciembre. Descansó por unos cuantos días, y el sábado 28 de diciembre ofreció la primera de sus pláticas públicas en Madrás. Fue, evidentemente, una experiencia penosa; él no estaba seguro de poder llevarla a cabo. Su modo de expresarse perdió algo de su claridad normal, pero más adelante estuvo muy animado. Al encontrar renovadas energías dentro de sí, estaba ansioso por continuar con la sesión de preguntas y respuestas que se había programado. Pero esa sesión se canceló a fin de preservar sus fuerzas, y se anunció una plática pública adicional para el miércoles siguiente.

Su temperatura se había elevado y se llamó a los médicos. Al no encontrar una causa inmediata para su fiebre, recomendaron exámenes diagnósticos. Krishnamurti decidió que estos exámenes se los hicieran en California bajo la supervisión de un médico que él conocía y en quien confiaba. Se cancelaron sus pláticas de Bombay y se adelantó la fecha de su regreso a Ojai.

Con todas sus energías menguantes concentradas en las pláticas de Madrás, Krishnamurti pasaba largas horas en su habitación. Después trató de hacer amistad con un nuevo grupo de abubillas, esta vez sin éxito. A menudo cantaba a solas. Cuando le escuchábamos desde la galería a la que daba su habitación, nos sentíamos envueltos en el ritmo de su voz. Él utilizaba el estilo sánscrito del canto, despreocupándose del sentido para concentrarse completamente en el sonido. Pero las palabras eran del último poema de Tennyson, «Cruzando el límite». Sólo más tarde, al reflexionar sobre lo que habíamos escuchado, aquellas palabras empezaron a cobrar significación:
Ocaso y lucero vespertino,

¡Y una clara llamada para mí!

Y tal vez no se oigan lamentos en este lado del límite,

Cuando me haya hecho a la mar.
Pero tal es la marea que, moviéndose, parece dormida,

Demasiado harta para el sonido y la espuma,

Cuando aquello que me extrajo de la profundidad infinita

Vuelve una vez más al hogar.
Después de pronunciar la última de sus pláticas públicas el domingo 4 de enero, Krishnamurti volvió toda su atención al destino de las Fundaciones que se habían establecido en su nombre. Comprendía muy claramente el proceso por el cual se desarrollan las religiones cuando los líderes religiosos mueren: la deificación del instructor, la revisión de sus enseñanzas, el clamor por apropiarse de la gloria que implica la sucesión. Y ésta era para él la fuente de una grave preocupación. Habiendo repudiado a la religión organizada, ahora se encontraba por última vez con una organización que llevaba su nombre. ¿Qué debía hacerse? ¿Debían ser disueltas las Fundaciones? ¿Había algún modo de impedir que determinados individuos se erigieran a sí mismos en autoridades con respecto a las enseñanzas y al instructor? Él dirigió estas preguntas a los miembros de la Fundación allí congregados.

Algunos de los asistentes estaban a favor de disolver las Fundaciones. Otros señalaban las complicaciones legales de esa medida. Durante toda su vida Krishnamurti había trabajado para liberar a los seres humanos. Ahora era nuestro turno de liberarlo a él. Por primera vez en muchos años, sus preguntas le fueron devueltas. Al día siguiente, por deferencia a los deseos de Krishnamurti, se anexó a las Normas y Reglamentos de la Krishnamurti Foundation India, la cláusula siguiente:
Bajo ninguna circunstancia, ni la Fundación ni institución alguna creada bajo sus auspicios ni miembro alguno de las mismas, se erigirá como autoridad en las enseñanzas de Krishnamurti. Esto está de acuerdo con la declaración de Krishnamurti en el sentido de que nadie, en ninguna parte, debe erigirse a sí mismo como autoridad en lo que concierne a él o a su enseñanza.
Antes de que finalizaran las reuniones, Krishnamurti dirigió la palabra a la Fundación, haciéndolo formalmente por última vez, alocución que condujo como un diálogo con el Pandit Jagannath Upadhyaya.

El tenía muy pocas posesiones, que procedió a distribuir: algunas ropas, dos armarios gemelos que Mrs. Besant les había regalado a él y a su hermano Nitya, objetos diversos y un diccionario muy ajado.

El último día fue reservado al descanso, en preparación para el arduo vuelo de regreso a través del Pacífico. Krishnamurti se recluyó en su habitación, y nosotros escuchamos al Pandit Upadhyaya relatar otra vez la historia de los últimos momentos de Buda: en las afueras de Kuhinara, el Buda yacía entre dos árboles Sala, rodeado por discípulos y una multitud de ciudadanos. Cuando el fin parecía cercano, sus discípulos pidieron a la multitud que se moviera hacia atrás, así el Buda podría contemplar una vez más el cielo abierto. En ese momento, cuando el vacío del cielo se fundía con el vacío del nirvana, el Buda murió.

Panditji, inmerso en las tradiciones orales del pali y el sánscrito, terminó su discurso recitando, con gran delicadeza, un largo poema acerca de Krishnamurti. Cuando la recitación terminó, Panditji llevó aparte a uno de los miembros, una mujer, y le dijo: «Dígale que no invite a la Muerte. Dígale tres veces estas palabras:
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