André Aymard y Jeannine Auboyer, “Oriente y Grecia Antigua” en: Maurice Crouzet, Historia General de las Civilizaciones, Barcelona, Destino






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Egipto. Ficha de cátedra (adaptación del texto original)
André Aymard y Jeannine Auboyer, “Oriente y Grecia Antigua” en: Maurice Crouzet, Historia General de las Civilizaciones, Barcelona, Destino.
Las civilizaciones imperiales del próximo Oriente

El extenso territorio que actualmente se designa con la cómoda expresión de Próximo Oriente, se desarrollaron las dos más grandes y antiguas ci­vilizaciones que vivieron en la periferia del Mediterráneo. En Egipto y Mesopotamia aparecen las primeras creaciones impresionantes por el esfuerzo humano que atestiguan.
Los factores del éxito en Egipto y Mesopotamia

La ventaja que en estos lugares consigue el hombre sobre sus semejantes de otras regiones se justifica en gran parte por la bondad de la natu­raleza. Son dos países de valles y llanuras, en los cuales un clima cálido está ampliamente asegurado, mientras que grandes ríos, llegados de regiones lejanas donde la pluviosidad es abundante, aportan el agua y con ella el limo necesario a la vegetación. De esta manera, en medio de una zona de desiertos, entre los cuales algunos pueden contarse como los más inhumanos del mundo, se hallan reunidas las condiciones favorables al nacimiento de dos oasis, de una extensión y de una fertilidad sin parangón en las cercanías del Mediterráneo.

Para el hombre fue suficiente aprender a valorar estas tierras en una serie de tanteos que aún desconocemos. Tarea simple en apariencia, pero en la que hay que reconocer una dificultad real. Al mismo tiempo que descubría y mejoraba su técnica agrícola, el hombre tuvo que dominar el agua, luchar contra su exceso, a veces tan nocivo como su escasez, hacer retroceder el pantano y el desierto, abriendo y cuidando una red de canales de drenaje o de irrigación. En suma: conquistar la tierra para obligada a una disciplinada fertilidad.

Para una labor de esa amplitud, la acción individual estaba condenada a la impotencia. El hombre no habría llegado a nada eficaz si no se hubiera organizado con sus vecinos en amplias comunidades y no hubiera dado a éstas una estructura política y social apta para coordinar el estudio, la realización y el disfrute de las obras de interés colectivo enraizadas en torno a creencias religiosas que impusieron al hombre una sumisión total, una reducción considerable, e incluso el aniquilamiento, de su actividad individual y su fusión en una masa de trabajo disciplinado.
El misterio de estos éxitos

Tres fueron, pues, los factores que en Egipto y en Mesopotamia dejaron sentir conjuntamente su influencia; sin duda, en primer lugar, las condiciones naturales, pero utilizadas por una organización colectiva estrechamente ligada con la religión. ¿Cómo estos dos últimos factores, humanos ambos, aparecieron y cómo se ge­neralizaron hasta el punto de adquirir una fuerza tan grande? He aquí el gran misterio, probablemente insondable para siempre, pues el nacimiento de una religión es irreductible con la convicción de una utilidad material, que no es suficiente para justificar la aceptación duradera por las multitudes de una obligación, a veces muy pesada.
Lo que hace este misterio más impenetrable y aún más emocionante es que se trata no de una sola, sino de dos apariciones aproximadamente contemporá­neas. La civilización egipcia y la civilización mesopotámica aparecen consti­tuidas, en sus rasgos fundamentales, algunos siglos antes del final del IV milenio, hacia el 3.200 a. C.

Actualmente es imposible decir cuál de las dos precedió a la otra. Por otra parte, aunque se descubriera la anterioridad de una de ellas no podríamos llegar a la conclusión de que existiese una imitación de la antigua por la moderna. Ambas presentan más de un carácter común, pero tanto en sus sistemas religiosos como en sus respectivas organizaciones político-sociales, de la misma manera que en la relación entre la religión y la autoridad establecida, se manifiesta más de una oposición fundamental. Los efectos prácticos de sus métodos para la valorización agrícola del país son análogos por no decir idénticos. Pero la vida económica en sí misma, conside­rada en su conjunto, reviste formas muy diferentes en Egipto y en Mesopota­mia. Se trata claramente de dos civilizaciones originales, nacidas separadamen­te, sin transferencias ni copias entre una y otra. Cada una de ellas, en su área propia, postula para algunos cente­nares de miles de hombres, la aceptación íntima de un conjunto de doctrinas, cuya eficacia, notable pero incierta antes de su aplicación, no podía ser demos­trada previamente y sobre la cual, sin embargo, se edificaron estas culturas.
La vocación imperial del Próximo Oriente

Así, misteriosa y precozmente elaboradas, las civilizaciones egipcia y mesopotámica, por el mero hecho de su existencia, por los recursos materiales que permitían arrancar del suelo y acumular, por la cohesión interna que postulaban y que su éxito reforzaba entre los pueblos que las practicaban, aseguraban a éstos una superioridad aplastante sobre sus vecinos. Estos dos países, pues, poseye­ron muy pronto medios de conquista y de dominación exteriores.

Sin embargo, en la práctica los usaron en forma desigual. La necesidad de asegurar su orden interno, sometiendo progresivamente nuevos pueblos fue, por ejemplo, menos permanente para Egipto que para Mesopotamia, no domina de una manera continua en la historia de Egipto. Y sin embargo, el país estaba obligado por la geografía, primero a realizar su uni­dad, e inmediatamente a vigilar los desiertos limítrofes a fin de disfrutar en calma de la prosperidad de su valle. Fuese como fuese le era necesario con­vertirse y continuar siendo, territorial y demográficamente, un gran Estado, pues lo era ya por definición y por poco que quisiese serlo.

El Próximo Oriente ofrece la particularidad, sin analogía en el resto del mundo mediterráneo, de que el principio de las grandes civilizaciones va seguido en breve plazo por la aparición de los "imperios". Tomados en sí mis­mos o considerados en el conjunto de la historia, los dos hechos no están ne­cesariamente relacionados: en otros lugares o en otros momentos se conocen civilizaciones muy importantes que se desvanecen en la fragmentación política, y, viceversa, grandes imperios en los que la civilización queda muy atrasada. Pero la coincidencia cronológica existe en el Próximo Oriente.

Así, por ciertas tendencias profundas, las tres grandes culturas imperiales del Próximo Oriente, egipcia, mesopotámica y persa, se oponen a las civiliza­ciones cuya base territorial y política es mucho más restringida. Fueron tres conjuntos de vastos agregados humanos, con una civilización que no dejaba lugar a la iniciativa individual. Como todas las visiones' un poco amplias, ésta podría motivar más de una reserva y de un matiz, pero en su conjunto y a pe­sar de su esquematismo, corresponde a la realidad.

La civilización egipcia

Por todo lo dicho, sin pararnos en el problema de la prioridad, empezare­mos por Egipto.

La cultura que se formó en Egipto durante la segunda mitad del IV milenio a. C. persistió en él durante cerca de tres mil quinientos años. Bajo el Imperio Ro­mano se rendía todavía, según los ritos tradicionales, el culto a los antiguos dioses egipcios; se les elevaban tem­plos del tipo tradicional y en sus muros se continuaban grabando, en caracte­res jeroglíficos, los textos litúrgicos. La antigua religión egipcia murió sólo con el triunfo del cristianismo, habiendo atravesado intacta las dominaciones ex­tranjeras más variadas. Vanamente, unos después de otros, libios, etíopes, asirios, persas, macedonios y romanos habían sido los dueños del país; si los primeros se convirtieron, los demás importaron sus dioses nacionales a Egipto únicamente para su uso personal, manteniendo para la población local y a veces rodeándoles de insignes favores, los cultos ancestrales y sus institu­ciones. Ninguna otra civilización antigua manifestó una tal longevidad, testi­monio de un tan sólido enraizamiento.

Queda naturalmente entendido que persistencia no quiere decir inmuta­bilidad. En el curso de tan larga duración, se constatan necesariamente no una, sino muchas evoluciones, en sentido diverso y en todos los terrenos. Aún la religión que por definición es conservadora, ofrece ejemplos de ello y se adi­vina qué cambios más numerosos y más graves han podido afectar la vida so­cial y económica, especialmente en los momentos de dominación extranjera.

También se comprende que durante esos treinta y cinco siglos la civiliza­ción egipcia no poseyó siempre la misma vitalidad, sino que junto a períodos de esplendor y de expansión, conoció otros, de decadencia y de marasmo. Tres "imperios" egipcios se sucedieron desde el comienzo del I milenio, desde la I y la IV dinastías -la de las grandes pirámides -, desde la IV dinastía hasta el fin del si­glo I a. de J. C. cuando desapareció la XIX dinastía - la de Ramsés-. Más tarde, en los siglos VII y VI, desde el hundimiento de la dominación asiria hasta la conquista persa, el país volvió a encontrar parte de su vitalidad propia con la dinastía saita. Si como ensayo se quisiera establecer un diagrama de la civilización egipcia, no se llegaría a una curva simple, ampliamente tendida en el tiempo, sino a una línea muchas veces quebrada por trágicos hundimientos después de altas cimas.

En estas condiciones hablar de "una" civilización egipcia y pretender esbozar de ella una breve visión de conjunto puede parecer una fantasía. Pero la empresa se justifica por la convicción de la perennidad de su cultura, que animaba a los egipcios y que ellos no dudaban en expresar.
Unidad y anarquía

Egipto, "don del Nilo": la fórmula ha sido frecuentemente atribuida a Heródoto, aunque él mismo declara que proviene de sus antecesores griegos, sin duda de Recateo de Mileto. Pero los grie­gos la aplicaban solamente al Delta y el mérito de Heródoto es el haber percibido que la expresión era válida para todo el Egipto. Y en efecto, la im­portancia del Nilo para su existencia representa una verdad demasiado cega­dora, demasiado clásica también, para que haya necesidad de demostrarla; toda la vida humana, animal y vegetal depende a la vez del agua y del limo que aporta la crecida fluvial, cuya coincidencia con los más fuertes calores - de junio a octubre - no constituye el más pequeño de los milagros. Egipto es ante todo el Nilo mismo, con su arteria líquida que proporcionaba en la Antigüedad el único medio de comunicación entre las tierras ribereñas que recubre cada año y que son las únicas habitables una treintena de millares de kilómetros cuadrados útiles al hombre - aproximadamente como Bélgica - alargados so­bre unos mil kilómetros a vuelo de pájaro algo escasos si se tienen en cuenta las curvas, pues el valle no es rectilíneo.

La unidad es necesaria a fin de vigilar la crecida, organizar y extender la inundación bienhechora. Pero esta unidad es siempre frágil, debido a que la concentración administrativa lucha con la dificultad de la distancia. El "nomo", según el término griego, o pequeña provincia, constituido alrededor de cada una de las aglomeraciones esparcidas por el valle, da a la vida humana un cuadro mucho más natural. Añadámosle la oposición evidente en­tre el Alto Egipto, donde la separación entre los acantilados que cierran el valle no excede nunca de una decena de kilómetros, y el Delta o Bajo Egipto, triángulo de unos 200 kilómetros de lado, donde el agua viva o muerta se ra­mifica en múltiples brazos, en lagunas y pantanos, donde las espesuras de plan­tas acuáticas han ofrecido siempre un refugio inmejorable a los sublevados. En contacto con el mar, disponiendo de facilidades comerciales de las que el Alto Egipto estaba desprovisto, el Delta siempre ha tenido ciudades más numerosas y más importantes. Estas ciudades mantuvieron sus inquietudes propias que se armonizaban mal con las preocupaciones esencialmente rurales del valle.

No se debe, pues, desconocer la presencia de tendencias centrífugas tan antiguas y permanentes como los factores unificadores. Estas fuerzas rompie­ron la unidad más de una vez, sea por su propia potencia, sea beneficiándose del desorden causado por la presión extranjera. Pero esta ruptura se revelaba al instante como catastrófica. Impidiendo la explotación racional del país, per­judicaba la vida material de la población y reducía los recursos que exigía la práctica de la religión tradicional. Se explican entonces los dolorosos lamentos inspirados, en cada uno de los períodos de turbaciones, por el recuerdo del tiempo pasado cuando un orden regulador aseguraba el bienestar de todos; el apego al pasado, realizador y mantenedor de la unidad, estaba dictado por el interés común.

Por último el misoneísmo1 de los egipcios se justifica también por su aislamiento: ninguna civilización se ha encontrado en condiciones más favorables para constituirse como un compartimiento cerrado y quedar así al abrigo de las influencias extranjeras.

Su situación geográfica le ha permitido tener fronteras naturales a modo de barreras: la serie de cataratas del Nilo que forman una serie de cerrojos ante una invasión venida del Sur; los desiertos que se desploman en altos acantilados sobre el estrecho corredor del valle; y por último, un frente de mar limitado. Además, no existía ningún vecino que amenazara constantemente en la proximidad inmediata de sus fronteras. No hay que creer por ello que Egipto haya estado despreocupado de una manera continua. Únicamente en el desierto “arábigo” y “líbico” que bordean el valle, singularmente árido y despoblado hasta lo posible, se pudo conten­tar con una vigilancia de tipo policíaco. Tanto en el Sur, como en el Norte alrededor del Delta, especialmente en el Noroeste, donde el istmo de Suez le une a Asia, le fue necesario, en más de una ocasión, guerrear para defenderse y liberarse. Estos peligros exteriores, no obstante, se manifestaron bastante tardíamente y no provocaron antes del principio del I milenio más que algunas crisis pasajeras. Ciertamente nada comparable a los esfuerzos extenuantes que tantos otros pueblos estuvieron obligados a desplegar sin descanso.

La civilización egipcia logró más fácilmente que ninguna otra preservar su originalidad. La conciencia que de ello tuvieron los egipcios se tradujo naturalmente en un sen­timiento de orgullo, que si no les es exclusivo, tomó entre ellos formas más acusadas que en ninguna otra parte: "Vosotros los Griegos no sois más que unos niños", dirán sus sacerdotes a los viajeros. Este orgullo da una fuerza singular a su amor a las tradiciones nacionales y avivó su sentimiento de la edad de oro, del tiempo lejano en el que su país no conocía la amenaza de los "miserables" extranjeros.
Las formas económicas y sociales

Es muy difícil hacerse una idea completa y precisa de la vida económica y social del antiguo Egipto. No faltan las evocaciones pintorescas, ofrecidas por innumerables documentos gráficos y por inscripciones o relatos, pero sÍ, encontramos a faltar casi siempre las precisiones numéricas. Tenemos que contentarnos con una visión de conjunto muy desigual. Se conoce infinitamen­te mejor la técnica material de la producción y del comercio que sus resultados y distribución, es decir, su relación con los hechos sociales que, a la vez, las condicionan y sufren su influencia.

El ideal de disciplina

No es necesario insistir demasiado en las consecuencias económicas y sociales que comportaba la concepción ideal de la monarquía egipcia. Lógicamente el faraón-dios debió ejercer en todos los casos el papel de representante de los grandes dioses, o sea el de propieta­rio directo, amo y señor; dotado de una autoridad absoluta, debió señalar a cada uno su trabajo y su salario.

La ausencia de iniciativa individual, de verdadera libertad económica y social es consubstancial con la lógica de la antigua cultura egipcia, y esta im­presión dominante no se puede deshacer ni aún con la oscuridad de la infor­mación. Todo el sistema ideal de esta civilización postulaba minuciosas obli­gaciones; no obedecerlas equivalía a impedir el logro de su plenitud en sus aspectos más brillantes.
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