Conocí a Azril Bacal una tarde en casa de Viveka, la hermosa hija de Javier Sologuren, allá por Lund, en ese sur sueco que en silencio amamos tanto. Era una






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fecha de publicación29.06.2016
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Un reencuentro con Azril
Conocí a Azril Bacal una tarde en casa de Viveka, la hermosa hija de Javier Sologuren, allá por Lund, en ese sur sueco que en silencio amamos tanto. Era una tarde del caluroso junio, en 1996, y había sido invitado a compartir un asado con el gran poeta peruano de visita en el país nórdico.. Tanto Viveka como Claudio Sologuren Åkesson estaban muy agradecidos por un artículo que sobre su padre yo había publicado en el semanario Liberación, de Malmö, a fines del invierno anterior. Entre los pocos contertulios se encontraba nuestro buen Azril, también poeta y peruano y entrañable amigo de Javier.

Hablamos mucho de poesía. Aún recuerdo la imagen estival, el verde intenso y claro y las sillas sobre el prado de aquel jardín. Tiempo después publiqué unos textos de Azril en el suplemento cultural de mi periódico y muy pronto, a comienzos del año siguiente, retorné a mi Valparaíso, mi otro país al otro lado del gran charco.

El poeta cargaba con él un nombre extranjero -después supe de su origen rumano- y una serie de claves que señalaban al interlocutor la imagen de la aventura, de una saga iniciada en la estepa europea, de persecuciones y exilios o de aquella magnífica generación del 60 nacida de las universidades limeñas. Conoció a Javier Heraud, supo de su muerte en el río Madre de Dios entre pájaros y árboles y, por tanto, habrá conocido a mis hermanos Antonio Cisneros, Marco Martos y Arturo Corchera, habitantes de aquella jamás horrorosa Lima que siempre llevamos en nuestra memoria como una fotografía familiar.

Trece años después regresé a Suecia. Invitado por el municipio de Skien, en Noruega, al Ibsen International Award 2009, aproveché la ocasión para visitar a Patricio, mi hijo mayor, quien vive ahora con su esposa en Estocolmo. Allí tuve la oportunidad de reencontrarme con Azril y un mediodía de septiembre, ya al finalizar ese verano, compartimos un café en la Estación Central de la capital nórdica. Fue bueno verlo y entender que su aptitud de lucha en pro de la justicia y de la igualdad, tanto como por los derechos humanos y la paz universal, no había cambiado un ápice; como tampoco su amor por la poesía.

Y hoy tenemos en nuestras manos estas Refracciones Itinerantes que dan cuenta de este transcurso no menos interesante por varios andares y múltiples espacios, como nos dice el poeta. Se trata de una poesía marcada por la nostalgia, la experiencia y la ternura. Bacal no se avergüenza de sentir y de expresar esta vibración humana. Y en su escritura -veo hoy día- hay un cambio notorio, mas no en cuanto se expresa sino en el cómo lo hace. Ha limpiado los puntos suspensivos, la mención innecesaria y la concesión lingüística; y eso es muy bueno. De tal manera su discurso fluye sincero y cálido tal como su mirada; como su persona para hablar más claro. Y en su mochila carga a un tiempo toda esa saudade y también toda la esperanza de este canto de la tierra, que bien podría ser la poesía misma, en esa magnífica imagen: al nuevo día de los días de mis días.

En definitiva es el amor el gran tema de Refracciones Itinerantes. Este gran motivo extendido sobre el árido suelo de la escritura –ejercicio aún más valioso en estos tiempos de ignorancia y desinterés como los nuestros- se expresa como el más intenso y generoso sentir del individuo sobre el planeta. Sus muchos aspectos quedan señalados en las varias secciones o capítulos del libro. Ya se trate del recuerdo, del amor hallado o desencontrado, del estar en el pellejo del otro, de la íntima vinculación con lo social o colectivo o de la pasión más allá de los límites permitidos, su voz directa y clara invoca este afecto y convoca a la palabra dejándonos -así un rumoroso eco- la evidente necesidad de la justicia.

Reencontrar a mi amigo poeta en una estación de ferrocarriles para después despedirnos una vez más ha sido, no sólo una magnífica metáfora, sino un camino hacia la mejor expresión de la lengua, como lo es la poesía. Oportunidad que agradezco a nuestro Azril Bacal.
Juan Cameron

Verano en el sur del 2009

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