La tan largamente esperada obra que relata cómo vio la luz






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Viaje

sin

Distancia



Es ésta la tan largamente esperada obra que relata cómo vio la luz UN CURSO DE MILA­GROS, ese valiosísimo material de autoestudio catalogado como la «Biblia del Tercer Milenio» y que alcanza ya su trigésimosegunda edición, con más de un millón de ejemplares vendidos hasta la fecha.
En Viaje sin distancia Robert Skutch, cofun­dador y director de la FOUNDATION FOR INNER PEACE, fundación editora del Curso, nos conduce por un viaje fascinante de más de setenta años de duración en el que nos desvela el escenario donde se produjeron los aconteci­mientos y los desafíos a los que se vieron enfrentados sus principales protagonistas: Helen Schucman, una respetada psicóloga que se autodeclaraba atea y que, a través de un largo proceso de inspiración (siete años), escu­chó una Voz que le iba dictando su contenido; y William N. Thetford, director del departamen­to de Psicología en el que ella trabajaba y su principal colaborador y apoyo en tan inusitado caso de revelación.

Es éste un libro que será ávidamente leído no solo por personas ya familiarizadas con el Curso, sino por todas aquellas a quienes fascine conocer historias extraordinarias acaecidas real­mente y que estén interesadas en su propio desarrollo personal y espiritual.


Neo Person

VIAJE SIN DISTANCIA
La historia detrás de

UN CURSO DE MILAGROS:

sus protagonistas, cómo ocurrió la

revelación y el desarrollo de todo

, el proceso

Robert Skutch


El viaje hacia Dios
es meramente

redespertar

a la conciencia

de lo que siempre has sido,

del lugar donde siempre estás.

Es un viaje sin distancia

hacia un destino que

nunca ha cambiado.

UN CURSO DE MILAGROS

En nombre de todos aquellos que han sacado provecho de estudiar

Un curso de milagros, este libro está cariñosamente dedicado a Helen,

Ken y Judy.

Indice
Pags.

PRÓLOGO ……………………………………………… 9

CAPITULO 1 …………………………………………… 13

CAPITULO 2 …………………………………………… 23

CAPITULO 3 …………………………………………… 41

CAPITULO 4 …………………………………………… 66

CAPITULO 5 …………………………………………… 84

CAPITULO 6 …………………………………………… 90

CAPITULO 7 …………………………………………… 101

CAPITULO 8 ……………………………………………… 120

CAPITULO 9 ……………………………………………… 135

EPÍLOGO ……………………………………………………141


PRÓLOGO

HACE un par de años comenté de forma espontánea a una per­sona que me estaba entrevistando que el conjunto de libros titulados Un curso de milagros constituyen el escrito más importante en lengua inglesa desde la traducción de la Biblia. Continué expli­cándola mis razonamientos diciendo que aunque el Curso trata de los mismas verdades psicológicas y espirituales que el Nuevo Testa­mento, las presenta de una forma que hace que sean más difíciles de evadir, porque es más específico y menos dado a interpretaciones diversas, y también porque los ejercicios psicoespirituales emplea­dos son muy eficaces para ayudamos a eludir nuestras defensas ha­bituales contra el descubrimiento de nosotros mismos. No esperaba que aquella impulsiva afirmación apareciera impresa, pero así ocu­rrió; y mirando ahora hacia atrás puedo afirmar que aunque enton­ces fue espontánea, sigo manteniéndola.

Mi propia introducción al Curso sucedió tras un cuarto de siglo de búsqueda. Debido a que soy físico e ingeniero eléctrico de profe­sión, y a que siempre me ha impresionado el poder de la ciencia, du­daba de la mayoría de los sistemas religiosos que encontraba porque parecían necesitar una dosis de saludable escepticismo científico. En 1954, a la edad de 36 años, en medio de un curso, de dos semanas que estaba realizando tuve una experiencia «definitiva», dando co­mienzo a partir de entonces a una búsqueda que hasta la edad de 59 años me llevó a entrar en contacto con diversas vías, desde el zen al sufismo, y desde el vedanta hasta el cristianismo místico. Asimismo viví una serie de experiencias que me resultaron totalmente asom­brosas ya que mi marco conceptual no tenía con qué comparadas. Sentí que aquellas experiencias eran válidas y que las filosofías espi­rituales tenían el toque de la verdad; y sin embargo faltaba algo. Ade­más, era vagamente consciente de que si las experiencias fueran tan reales como yo sentía que eran y las filosofías fueran verdaderas, hu­bieran afectado mi vida más de lo que lo hacían.

En aquel momento había pasado de trabajar en el análisis de sistemas y la teoría estadística de las comunicaciones a encabezar
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un pequeño grupo de investigación dentro del Instituto de Investiga­ción de Stanford, en el que nos dedicábamos a estudiar los cambios sociales y la planificación orientada al futuro. Después de investigar el futuro durante diez años, publiqué un pequeño libro titulado Guía incompleta del futuro, cuya existencia ha sido uno de los secre­tos mejor guardados en la historia de las publicaciones. Para enton­ces yo tenía claro que los Estados Unidos, y evidentemente el mundo industrializado, había entrado en un período de transición de relevancia histórica, que implicaba cambios al nivel más funda­mental. A saber: el de las premisas tácitas de base sobre la natura­leza de la vida y la realidad sobre las que descansa toda la estruc­tura social en último término. Parecía que mientras que hace medio siglo el avance de la ciencia positiva hacía que las premisas religio­sas y espirituales fueran cada vez menos plausibles, la situación ac­tual era muy diferente. Ya en 1977, y a partir de entonces cada vez más, las investigaciones que tienen como objeto la conciencia hu­mana, los procesos inconscientes, la intuición, la creatividad, etc... están haciendo cada vez más manifiesta la espiritualidad esencial de la existencia. Impresionado por la importancia que estaba adqui­riendo esta forma de desarrollarse los acontecimientos, accedí a ha­cerme miembro de la junta rectora del Instituto de Ciencias Noéti­cas que había sido fundado unos años antes por el astronauta del Apolo 14, Edgar Mitchell, quien había llegado a las mismas conclu­siones que yo a través de experiencias muy diferentes. Una de mis compañeras en la junta era Judy Skutch.

La primera vez que coincidimos estábamos esperando mesa en un restaurante y pregunté a Judy la inevitable pregunta de presenta­ción: «¿A qué te dedicas?». Disfrutó de mi asombro cuando me dijo: «Un curso de milagros». Las dos horas siguientes me quedé hechi­zado escuchándole contar la historia que se relata en este libro. Es­taba ansioso por leer los libros que forman la trilogía de Un curso de milagros.

Tenía mucho que aprender sobre la ambivalencia con la que no­sotros, los seres humanos, nos orientamos hacia el conocimiento de nuestro ser profundo. Los ejercicios diarios del segundo volumen del libro, que afirman un nuevo sistema de creencias, parecían sim­ples y un poco intrigantes. En aquel momento no entendía el efecto subterráneo que estaban teniendo. El Texto, el primer volumen, pa­recía-difícil de entender, pero seguí con él a fuerza de voluntad (eso creía). Seis meses después me di cuenta de que a pesar de que abría el Texto cada día, no podía recordar uno solo que hubiera acabado de leer una página completa: me entraba sueño, mi mente vagaba sin propósito, o recordaba que había dejado cosas por hacer y por
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tanto me levantaba para acabadas. Mi mente era muy ingeniosa a la hora de evitar lo que yo pensaba que quería, es decir, entender los contenidos del Texto.

Con el tiempo, la atención consciente le ganó la partida a las re­sistencias inconscientes. Mi conciencia de este hecho fue llegando poco a poco. Un día me daba cuenta de que una situación que me hubiera provocado miedo u hostilidad ya no lo hacía, y sin embargo no tenía conciencia de los profundos cambios que estaban teniendo lugar. Encontré que mi confianza en la intuición profunda, una parte sabia y compasiva de mí mismo, se había fortalecido notable­mente, de nuevo sin que yo conscientemente me diera cuenta del cambio en mi inconsciente. La tensión y el dolor iban desapare­ciendo. Mi vida era más activa que en ningún otro período anterior, y esto estaba ocurriendo sin esfuerzo; algo que no hubiera creído posible unos años atrás. Había aspectos de mi vida que se ponían en su lugar de forma misteriosa. Lo que más me impresionaba de la transformación que sentía era la absoluta simplicidad de lo nuevo. Una parte más profunda de mí mismo, un «Maestro Interior», guiaba mi acción y apartaba los obstáculos, y la mente consciente (el ego-mente analítico y racional que antes suponía mi asidero más firme a algún tipo de seguridad) se hizo de forma natural y confor­table el servidor de esa parte más profunda. Todo esto puede pare­cer una enorme simplificación, pero la conclusión profundamente sentida a la que llegué era que todos los problemas que encontra­mos en nuestra vida son ilusorios. Sólo hay un problema: nuestra resistencia a ver las cosas como realmente son, o más precisamente, a ver la totalidad tal como es.

Un curso de milagros ya ha influenciado cientos de miles de vi­das. Me siento privilegiado por haber conocido a Helen Shucman, a Bill Thetford, así como a los demás actores de esta obra. No llegué a conocer bien a algunos de estos pero sí lo suficiente para haber sen­tido una profunda sensación de misterio no sólo acerca de la efica­cia del Curso mismo, sino también respecto a la forma en que vino a la existencia y su supuesto origen. Me acuerdo especialmente de un día en que estaba hablando sobre el Curso con Helen, la cual se­guía sintiéndose ambivalente al respecto y no parecía capaz de adaptar las propuestas del Curso a su propia vida. Repentinamente pareció transformarse en otra persona, no físicamente sino a nivel de su personalidad. Durante uno o dos minutos, a lo largo de unas pocas frases, esta «otra» Helen habló del significado real del Curso con una autenticidad y profunda sabiduría que me dejaron pas­mado. Entonces, como si hubiera ocurrido otro click en su interrup­tor interno, volvió a ser de nuevo la Helen habitual.

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Helen casi nunca encarnaba el ideal del Curso, la paz interior. Encontraba muchas cosas de las que quejarse y parecía soportar en su vida una dosis de dolor mayor de lo normal. Una vez le pregunté cómo era que este notable documento del que ella era responsable había podido traer paz y sabiduría a tanta gente y sin embargo pa­recía inoperante para ella. Nunca olvidaré su respuesta: «Sé que el Curso es verdad, Bill» -dijo; y después de una pausa añadió: «Pero no creo en él».

Cuando se confirmó que el Curso se estaba extendiendo rápida­mente, incluso a otros países, sentí claramente la necesidad de que hubiera un relato preciso sobre su origen para todos aquellos que iban a querer conocerlo. Parecía probable que circularan mitos y que Helen acabara siendo la heroína de un culto personal. Presioné para que se hiciera una relato preciso cuando aún las memorias es­taban recientes, y que fuera hecho por alguien cercano a los hechos pero no demasiado. Sentí que Bob Skutch era el candidato ideal: había estado presente en el desarrollo de la última parte de los acontecimientos, conocía personalmente a todos los personajes y los tenía cerca para posibles entrevistas; de esta forma podría na­rrar la historia con fidelidad en lo relativo a las personas y los he­chos implicados. Además, ya había escrito a nivel profesional con anterioridad. No hace falta decir que cuando se le propuso el tra­bajo, aceptó. Aunque no siempre se haya sentido agradecido por mi sugerencia, ha tenido la amabilidad de invitarme a escribir este pró­logo.

Agradezco este honor porque creo que algún día Un curso de mi­lagros será apreciado de forma mucho más general, al igual que la historia de su notable génesis.

Willis W. Harman

Regent, Estado de California

Noviembre de 1983

Standford, California

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CAPÍTULO 1

EL manuscrito de Un curso de milagros se terminó de escribir en 1973, pero para entender como llegó a realizarse y porqué, de­bemos volver a mediados de los años sesenta y familiarizamos con dos doctores en Psicología: William N. Thetford, de cuarenta y dos años, profesor de Psicología Médica en la Escuela de Médicos y Ci­rujanos de la Universidad de Columbia, Nueva York, y director del departamento de Psicología del Hospital Presbiteriano, y Helen Schucman, de 56 años, psicóloga del mismo departamento. Aparen­temente dos personas con pocas probabilidades de estar implicadas en el nacimiento de Un curso de milagros...
En junio de 1965, Bill Thetford se sentó en su despacho muy de­sanimado. Acababa de llegar de una reunión de directores de depar­tamentos convocada para discutir cómo llegar a un acuerdo sobre un asunto administrativo que había estado causando problemas al profesorado desde hacía tres meses. La reunión comenzó en un am­biente tranquilo, pero a medida que se iban expresando los distintos puntos de vista y se defendían los diferentes intereses, los nervios se fueron crispando, las voces se hicieron cada vez más altas, y lo que había comenzado como un intento de encontrar puntos de encuen­tro, acabó en una serie de ataques personales y amargas recrimina­ciones.

Para el doctor Thetford, no era la primera reunión de este tipo; de hecho, desde que era director de departamento había tenido que tratar con colegas que constantemente estaban batallando con los mismos problemas básicos de defender sus intereses contra lo que parecían ser incursiones de la administración, de sus compa­ñeros de otros departamentos e incluso de los asociados del suyo propio.

Sin embargo, de alguna manera en esta ocasión las tensiones de la reunión le habían cargado más que otras veces. No le importaba saber porqué, lo que le importaba era saber cómo había acabado en este trabajo cuando, en principio, nunca había querido tener nada
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que ver con la universidad. ¿Cómo había llegado a esta situación?, se preguntaba....
* * *
Bill Thetford nació en Chicago. Era el menor de tres hermanos; el mayor había muerto cuando era pequeño, pero le quedaba su her­mana que le llevaba dos años. Su padre trabajaba de supervisor en la sección de construcciones en la compañía telefónica de Illinois.

La familia vivía en un vecindario de clase media, en la zona sur de la ciudad. La madre de Bill asistía a la iglesia de la Ciencia Cris­tiana; su padre, cuando le preguntaban, respondía que él también era "científico», aunque sus visitas a la iglesia eran muy irregulares. En cuanto a Bill, su educación religiosa fue interrumpida por una tragedia familiar.

Bill tenía siete años, cuando su hermana contrajo una infección vírica, y aunque la familia solicitó los servicios de diversos médicos y curanderos de la Ciencia Cristiana, murió en dos semanas. Los pa­dres de Bill se sintieron abrumados por el dolor; se quedaban en casa juntos cada noche, negándose a aceptar las invitaciones que les hacían sus amigos y vecinos. Renunciaron a su religión y jamás vol­vieron a poner los pies en una iglesia de la Ciencia Cristiana.

Aún se encontraban muy abatidos cuando Bill enfermó de una grave escarlatina, la cual le debilitó mucho y propició que acabase por contraer también fiebres reumáticas. Mientras luchaba por re­cobrarse sufrió un infarto, por lo que los doctores no confiaban en que sobreviviera. Sin embargo, después de varios meses de cuidados intensivos, se recuperó lo suficiente para salir del peligro inmediato, aunque tuvo que guardar cama durante los dos años siguientes. Pa­saba el tiempo leyendo con voracidad, leía de todo, desde Dickens hasta Dumas o Mark Twain, y entre libro y libro su madre le ense­ñaba aritmética.

Bill estuvo ausente de la escuela durante tres años, antes de sen­tirse lo bastante fuerte para volver. Al caer enfermo estaba en se­gundo grado y cuando volvió le colocaron en la clase de cuarto. Dos años más tarde acabó octavo y continuó en el Instituto, donde se graduó con honores siendo aceptada su solicitud de ingreso en la Universidad de DePaw, Indiana. En su segundo año universitario tuvo que elegir una especialidad en la que graduarse, y eligió la de Psicología aunque sin saber muy bien porqué, pues ignoraba el tra­bajo que desarrollaban los psicólogos. No se quedó muy convencido de su elección.
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Al fin se matriculó también en el curso de estudios premédicos (sí que conocía el cometido de los médicos), y en su cuarto año soli­citó la admisión en la Escuela Médica de la Universidad de Chicago, donde fue aceptado para comenzar el otoño siguiente. Al haber ob­tenido una prórroga del servicio militar debido a su enfermedad in­fantil pudo graduarse en la Universidad de DePauw en febrero de 1944. A pesar de que aún tenía dudas sobre la carrera profesional que seguiría, había algo que sí estaba muy claro: necesitaba un tra­bajo para mantenerse, al menos hasta que empezara a estudiar me­dicina en otoño.

Como había sido aceptado en la Escuela de Medicina pensé que lo mejor sería solicitar un empleo en la Universidad. Pre­gunté en la oficina de empleo y me remitieron al Laboratorio Metalúrgico de la Universidad. No sabía nada del tipo de tra­bajo que me podrían ofrecer ni si estaba cualificado para reali­zarlo, pero a lo largo de la entrevista que me hicieron me enteré de que en aquel centro se desarrollaba un programa secreto de investigación.

Como el país estaba en plena Segunda Guerra Mundial, existía una gran demanda de personal civil como yo en el mer­cado de trabajo. Así aunque fuéramos inexpertos y poco cualifi­cados, estábamos muy solicitados y a menudo se nos ofrecían trabajos y responsabilidades que hubieran sido impensables en otras circunstancias. En mi caso, poco después de empezar a trabajar fui incluido en nómina como oficial administrativo responsable de supervisar una serie de edificios que constituían las áreas de trabajo para lo que más tarde sería la investigación atómica. Entre ellos estaba el Laboratorio de Biología, la zona del estadio de fútbol de West Stands y el nuevo edificio de Quí­mica donde el Dr. Glenn Seaborg estaba desarrollando su origi­nal investigación que más adelante le valdría el Premio Nobel. Una de mis tareas era la de supervisar' un equipo especial de hombres que trabajaban en diversas áreas radioactivas con la intención de descontaminarlas. Se me pidió que llevara un con­tador Geiger desde el momento en que llegaba por la mañana hasta que me iba por la noche. Mirando hacia: atrás, una de las cosas más curiosas era que esta investigación tenía lugar de­bajo de un estadio de fútbol. Robert Maynard Hutchens, Presi­dente de la Universidad, había decidido prohibir la liga de fút­bol porque interfería en la búsqueda de las grandes ideas y los
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grandes libros, y como consecuencia el estadio de fútbol había sido puesto a disposición de la investigación atómica. De esta forma la primera reacción en cadena de la historia del mundo tuvo lugar allí en diciembre de 1942. El doctor Enrico Fermi que estaba al cargo de la operación, fue capaz de comenzar la reacción y, lo que es más importante, detenerla. Si no hubiera sido capaz de pararla quizá nos hubiera ahorrado a todos los horribles problemas que introdujo la Era Atómica.

Por aquel tiempo, el ambiente en nuestro departamento era de gran actividad; reinaba una sensación de urgencia absoluta y un sentido de prioridad nacional en relación con el trabajo que desarrollábamos en el programa atómico. La comunidad científica creía que los nazis estaban muy avanzados en el desa­rrollo de la energía atómica, por lo que competíamos contra ellos en una carrera a vida o muerte. De hecho, la sensación ge­neral era que no desarrollar la energía atómica antes que ellos podría suponer el final de la civilización occidental tal como la conocíamos.

A lo largo de este tiempo aumentó mi ambigüedad respecto a mis estudios médicos y, en otoño de 1944, decidí que el proyecto en que estaba participando era prioritario a la medicina. Informé, por tanto, a la Escuela de Médicos de que no me matricularía aquel otoño y continué en mi puesto de trabajo dentro del pro­grama de investigación atómica.

En agosto de 1945 se lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica. Creo que todos nos quedamos aterrados por la magnitud de la destrucción que produjo y yo sentí con claridad que mi participación en el proyecto había llegado a su fin. No sentía ningún deber moral de continuar y renuncié aquel mismo mes.

Pocas semanas después el doctor Carl Rogers llegó al cam­pus universitario. Era, incluso entonces, uno de los nombres más eminentes en el campo de la Psicología, y aunque no sabía nada de él, me matriculé en el primer curso de «psicoterapia centrada en el cliente» por recomendación expresa de algunos compañeros. El interés que despertaba el trabajo de Rogers era tremendo y debieron ser más de cien los licenciados que se ins­cribieron en aquel primer curso. Por alguna razón desconocida para mí tanto entonces como ahora, Rogers decidió que yo era un estudiante aventa­jado y no sólo me hizo instructor de su curso sino que antes de
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acabar el semestre me propuso ser su ayudante en el centro te­rapéutico que acababa de crear. Aquello supuso para mí un gran honor y una oportunidad; yo no entendía porque me ha­bía elegido, incluso traté de decirle que no estaba capacitado, pero no hizo el menor caso y, con cierto asombro, en breve me encontré investigando y practicando la «terapia centrada en el cliente». Para mí lo más irónico era que las premisas profesio­nales de Rogers estaban basadas en su teoría de «la visión in­condicionalmente positiva», o amor perfecto. El hecho de ha­ber pasado de estar implicado en la aniquilación total a una práctica profesional basada en el amor perfecto me pareció, por lo menos, irónico.

Mi tesis doctoral estaba relacionada con un primer intento de algo parecido a la bioretroalimentación. Me intrigaba la po­sibilidad de medir las reacciones del sistema nervioso autó­nomo antes y después de la terapia rogeriana. Supuse que si a la gente le servía la terapia, su recuperación ante un estímulo estresante inducido experimentalmente sería más rápida. así que formé un grupo de control con personas que esperaban ser admitidas en el centro para recibir terapia y otro grupo con per­sonas que estaban en tratamiento. De alguna manera, las medi­ciones que realicé revelaron una diferencia significativa entre el grupo experimental y el grupo de control en cuanto a la rapidez de recuperación frente al estrés inducido. Rogers se sintió im­presionado por mi trabajo y yo me quedé bastante sorprendido de haber obtenido algún resultado significativo.

En marzo de 1944, para sorpresa mía, recibí el título de doc­tor en Medicina. Sin embargo, sentía que aún me faltaban mu­chos conocimientos no sólo en el campo de la Psicología sino en general; parecía faltarme algo pero no sabía que. Aunque ha­bía conocido personas eminentes a lo largo de mis estudios, au­ténticas autoridades en sus campos respectivos, nadie parecía tener conciencia de cómo estas áreas especializadas del conoci­miento podían sintetizarse. Como consecuencia, cuando recibí el doctorado no me sentía preparado para hacer nada, no sabía que hacer con aquel título.

Afortunadamente, un amigo me sugirió que me presentara a un puesto en el hospital Michel Reese de Chicago, donde había una vacante en un puesto relacionado con el estudio de los ras­gos de personalidad de los enfermos esquizofrénicos y el test de Rorschach.
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El estudio estaba dirigido por el doctor Samuel J. Beck, una autoridad en el test Rorschach en el país y autor de una serie de libros pioneros en relación con el test. Por una serie de razones que me parecían muy válidas, me sentía remiso a solicitar el puesto. La primera era que no había hecho ningún curso sobre el test Rorschach en toda mi vida, no sabía absolutamente nada de él; tampoco había trabajado en un departamento de Psiquiatría, y en particular, en uno en que el trabajo estuviera basado en el psicoanálisis, una filosofía totalmente contraria a la de Rogers y a mi propia formación. Sin embargo me pre­senté, y el doctor Beck que me entrevistó pareció estar muy con­tento de mi ausencia de conocimientos previos: se mostró entu­siasmado con el hecho de que no supiera nada del Rorschach, de que no estuviera contaminado con otras enseñanzas. Ade­más, se quedó muy impresionado por lo científico que sonaba el título de mi tesis doctoral en la rama de la psicología fisioló­gica: como él no sabía nada de esa especialidad de la psicología, la consideró muy científica; en consecuencia, yo constituía el candidato perfecto. Fui contratado por el departamento de Psi­quiatría y permanecí dos años y medio en aquel hospital, du­rante los cuales publiqué algunos trabajos de investigación in­cluyendo algunos de los que fui coautor con el Dr. Beck.

Lo que sentía de manera muy clara, tanto durante mi for­mación universitaria como más tarde en el hospital Michael Reese, era que no quería ser profesor universitario. Había he­cho conmigo mismo el voto secreto de hacer todo lo posible para evitar aceptar un puesto docente, y de hecho ya había re­chazado varias propuestas. Una de las principales razones era que sentía que no tenía nada que enseñar, y quería evitar acep­tar una posición en que esto fuera evidente también para los de­más. También dudaba que pudiera adaptarme fácilmente a la vida universitaria.

Cuando sentí que era el momento de dejar el hospital, decidí que me sería instructivo y de ayuda en mi formación matricu­larme en la Escuela Psiquiátrica de Washigton, en Washigton D.C., cuya filosofía esencial era la de centrarse en las relaciones interpersonales más que en los diversos componentes psicodi­námicos de la psicología freudiana. Este enfoque me atraía mu­cho por que había cierta cualidad en el psicoanálisis con la que no me podía identificar, aunque respetaba muchas de las per­cepciones de Freud y de algunos de sus seguidores.
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Cuando acabé mis estudios en la Escuela de Washington, no sabía muy bien que hacer después. Me sentía atraído por la ciudad de Nueva York desde hacía mucho tiempo, y decidí ir allí y buscar trabajo. El director del Servicio de Asignación Psi­cológica del Servicio de Empleo del estado de Nueva York, me dijo que tenía un trabajo perfecto para mí y que no tenía sen­tido que pensara en ninguna otra posibilidad. Tenía en mente proponerme para la dirección del departamento de Psicología del Instituto de la Vida en Hartford, Conneticut. Acudí a una entrevista y fui contratado.

Después de un año en Hartford, recibí una llamada del doc­tor Harold G. Wolff, que era uno de los fundadores de la medi­cina psicosomática, una autoridad en el área de los desordenes nerviosos y, también por aquel tiempo, presidente del departa­mento de Neurología de la Escuela Médica de la Universidad de Cornwell en la ciudad de Nueva York. El doctor Wolff me ofre­ció el puesto de psicólogo jefe en un programa de estudios sobre ecología humana que él dirigía. Mi rechazo a implicarme en un puesto universitario había disminuido algo para entonces, y de­cidí considerar la posibilidad de un puesto académico. Acabé aceptando la oferta del doctor Wolff, y antes de que me diera cuenta ya era instructor, siendo promocionado un año más tarde al puesto de profesor ayudante.

Un día de otoño de 1957, mientras asistía a una conferencia anual de psicología, un viejo amigo mío se me acercó en un descanso y después de intercambiar saludos me preguntó si me interesaría ir a la Escuela de Médicos y Cirujanos de la Univer­sidad de Columbia como director de un programa educativo en psicología clínica. Me comentó que el comité encargado no ha­bía dado aún con la persona que pudiera enfrentar el enorme desafío que suponía el puesto: a pesar de haber evaluado a mu­chos candidatos, todos habían sido vetados por uno u otro de los miembros del comité, y el puesto seguía vacante. Añadió que como ninguno de los miembros del comité me conocía lo suficiente para llegar a resultarles desagradable, constituía el candidato ideal.

Le contesté a mi amigo que no me interesaba irme de Cornwell, ya que estaba fascinado con el trabajo que hacía y el ambiente era agradable. Pero él me apremió para que al menos hablara con el presidente del departamento de Psiquiatría de Columbia; la oportu­nidad era demasiado importante para ignorarla.
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Hablé con el presidente y con otros miembros del comité y en el curso de estas conversaciones me pareció que me ofrecían una posición de gran responsabilidad. Al darme cuenta de ello, les dije que no creía posible asumir las responsabilidades del puesto siendo sólo profesor ayudante y que tendría que ser as­cendido a la categoría de profesor adjunto. Al decirlo, estaba convencido de que de acuerdo a la jerarquía médica, que es muy lenta, era muy improbable que alguien como yo, que había sido instructor hacía tan sólo uno o dos años, subiera de esca­lafón tan rápidamente.

Sin embargo, dos meses más tarde recibí una carta del pre­sidente del departamento de Psiquiatría diciéndome que había podido conseguir que el Decanato aprobara mi ascenso. Me sentí moralmente obligado a aceptar el puesto y fui a Columbia en febrero de 1958 como profesor adjunto de Psicología Médica en el departamento de Psiquiatría de la Escuela de Médicos y Cirujanos.
Bill Thetford esperaba el desafío que suponía su nuevo puesto con mucho entusiasmo. Sintió que podría introducir una serie de ideas innovadoras en el programa de educación predoctoral del que sería presidente, y asumió su tarea lleno de expectativas sobre lo que podría lograr en los próximos meses y años.

Sin embargo, pocos días después de comenzar su labor, Bill se dio cuenta de que su trabajo no sería tan fácil de poner en práctica como en un principio pensó. Tuvo el primer indicio de ello al darse cuenta de que todas las conversaciones con los miembros del co­mité no le habían preparado para asumir la amplitud y la natura­leza de sus nuevas responsabilidades. Aunque había creído que de­dicaría la mayor parte de su tiempo a los cursos predoctorales, ahora descubría que el «título» que se le había asignado como «mera formalidad» cuando aceptó el puesto, el de director del de­partamento de Psicología del Hospital Presbiteriano, le iba a supo­ner mucha más dedicación de lo que le habían hecho creer. El Hos­pital Presbiteriano era una parte esencial del centro médico y Bill pronto se dio cuenta de que con el título venían un montón de pro­blemas que no habían sido tratados durante años.

Mientras intentaba hacer su asignación de prioridades, Bill fue avisado por el Decanato de que la universidad había aceptado una gran suma de dinero del Instituto Nacional de Enfermedades Neu­rológicas para realizar un curso de estudio cooperativo sobre las ca­rencias sensoriales en recién nacidos y niños pequeños. Este curso
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cooperativo tenía un protocolo obligatorio por el que se requerían los servicios de un psicólogo investigador experimentado que hu­biera recibido formación especializada para trabajar con niños pe­queños. Bill era responsable de encontrar a la persona adecuada para este puesto y, además, debía hacerlo con rapidez pues el Deca­nato había dejado muy claro que el proyecto había de comenzar de forma inmediata.

Al no tener experiencia en esta área, Bill visitó a un colega de un hospital cercano que era una autoridad en esta materia, le describió la situación y le pidió ayuda para encontrar a una persona adecuada para el puesto. Su colega le aseguró que confiaba en poder encon­trar a la persona justa y que haría que ésta se pusiera en contacto con él.

Bill se sintió agradecido de quitarse un problema de encima, pues ya los tenía en abundancia. Así, comenzó a formular planes y preparar procedimientos que ayudaran a que el curso tuviera un co­mienzo rodado, confiando simplemente en que su amigo encontra­ría a la persona adecuada para ocupar el puesto clave.

Dos semanas más tarde, sonó el teléfono de su oficina y, después de asegurarse de que hablaba con el doctor Thetford, la voz al otro lado de la línea dijo: «Mi nombre es Helen Shucman, y se me ha di­cho que le diga que soy la persona que está buscando», De esta forma se conocieron Helen y Bill, quienes más tarde trabajarían juntos en la transcripción de los singulares volúmenes de Un curso de milagros.

Bill concertó una cita con Helen para verse a la mañana si­guiente en el centro médico. A las diez, una mujer pequeña pero di­námica se presentó en su oficina; debía tener más de cuarenta y cinco años. Helen, que apenas medía un metro y medio, iba elegan­temente vestida con una falda y una blusa bastante conservadoras, y su pelo corto, rizado y rubio estaba cuidadosamente arreglado. Sus rasgos eran más bien afilados, tenía una nariz pequeña y recta, y en general mostraba una actitud de no andarse por las ramas que Bill inmediatamente valoró de forma muy positiva y pensó que le sería de gran ayuda en caso de que ocupara el puesto que él intentaba cu­brir. .

En sólo unos minutos Bill supo que era la persona adecuada para aquel trabajo: su formación profesional parecía estar hecha a la medida del puesto que se le ofrecía y sé quedó especialmente im­presionado por su rapidez mental y su habilidad intelectual. Al mismo tiempo mantenía sus reservas en ofrecerle el puesto a ella o a cualquier otra persona porque el programa de trabajo estaba toda­vía sin especificar en absoluto. Aún no se había tomado ninguna de-­

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cisión acerca de los medios de que dispondrían ni respecto al espa­cio físico que les sería asignado. Su sueldo tampoco estaba fijado y las responsabilidades del puesto no estaban claramente definidas. Todo ello hacía que Bill no pudiera ser muy concreto al discutir el programa con Helen, pero a pesar de todo y al hecho de que Bill no se lo presentara con mucha convicción, Helen aceptó el puesto y se dispuso para comenzar el lunes siguiente.

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