“Crítica feminista al pensamiento patriarcal”






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Filosofía y Feminismo

Presentación del ciclo

“Crítica feminista al pensamiento patriarcal”
Por Ángel Martínez Samperio

Ateneo de Madrid, diez de junio de 2011
Ya señalábamos en el acto de presentación del programa de la Sección que, de poder contar con alguna financiación procedente de los fondos que el Ayuntamiento de Madrid aporta para las actividades culturales de las Secciones, introduciríamos actos con participantes externos.
Hoy puedo anticiparles que los 1.500 € asignados por la Junta de Gobierno los vamos a dedicar a las tres conferencias del ciclo “Crítica Feminista al Pensamiento Patriarcal”. Para ello contamos ya con la implicación de tres intelectuales de primerísimo nivel:


  1. La Profesora Titular de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos, Dña. Ana de Miguel Álvarez, que disertará sobre el tema “Feminismo y Ciudadanía”.

  2. La Profesora Titular de Filosofía en la Universidad de Valladolid, Dña. Alicia Puleo García, que abordará el tema “La dialéctica de la Sexualidad”.

  3. Y la Doctora en Filosofía, Dña. Alicia Miyares que tratará el tema “Filosofía y Misoginia”.


Nuestras tres filósofas desarrollarán sus temas en fecha todavía por concretar por la Comisión de Actos, pero siempre a partir del mes de septiembre.
De lo que no cabe la menor duda es que las tres conferenciantes forman parte de la cima de la filosofía en España:
Ana de Miguel Álvarez,

Doctora el filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid con la Tesis sobre “Élites y participación política en la obra de John Stuart Mill, es Profesora titular de Universidad, Área de Filosofía Moral y Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Directora de Curso de la Teoría Feminista en la Complutense. Ha dirigido en la Politécnica un proyecto de fin de carrera titulado “Mujer y nuevas tecnologías, la informática como
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camino hacia una tecnología no genérica. Entre sus publicaciones destaca “Los feminismos a través de la historia”.
Alicia Puleo García,

Es Doctora en Filosofía, Profesora Titular de Filosofía Moral y Directora de la Cátedra de Estudio de Género de la Universidad de Valladolid. Entre sus publicaciones destacan seis títulos que abarcan desde la figura de Schopenhauer, la que llama “ilustración olvidada”, las “figuras de oro” que rescata de la Ilustración francesa, y “Filosofía, género y pensamiento crítico”. Además de editora de la para mí monumental obra de 2008 “El reto de la igualdad de género. Nuevas perspectivas en Ética y Filosofía Política”, es autora de innumerables artículos en diferentes lenguas y Coordinadora de “La Filosofía Contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica”, y de los libros de apoyo para la asignatura optativa de la secundaria obligatoria, “Papeles sociales de mujeres y hombres”. Sus líneas principales de investigación son las relaciones entre feminismo y ética ecológica, teoría de la sexualidad y construcción de Europa desde la perspectiva de género y en la tradición ilustrada.
Cerrará el ciclo la Dra. Alicia Miyares, quien forma parte del Consejo Rector del Instituto Asturiano de la Mujer y es Secretaria de la Asociación Española de Filosofía “María Zambrano. Sus principales líneas de investigación se centran en los aspectos sociales, políticos y morales del s. XIX y su repercusión en la historia del feminismo, y el feminismo como filosofía política y los problemas y perfeccionamiento de la democracia actual. Es autora de libros como “Nietzsche o la edad de la comparación”, o “Democracia feminista”.
Hay un antiguo dicho que afirma que “cordón de tres dobleces no se rompe pronto”, y aquí tenemos tres dobleces de envergadura, capaces de aunar la historia y el feminismo, la Ilustración y la construcción de Europa, la política y la ética, la filosofía contemporánea y las nuevas tecnologías, el pensamiento crítico y la ética ecológica.
Ana María Álvarez y John Stuart Mill.
Las tres han dedicado estudios a personajes significativos para el feminismo en la historia de la filosofía. Ana de Miguel Álvarez lo ha hecho con John Stuart Mill,, de quien recordarán la obra publicada en 1869, junto a su mujer Harriet Taylor, que lleva por título “El Sometimiento de la
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Mujer”, donde reivindica el derecho al voto como paso previo para superar el sometimiento y alcanzar la emancipación:
“El principio regulador de las actuales relaciones entre los dos sexos –la subordinación legal del uno al otro- es intrínsecamente erróneo y ahora constituye uno de los obstáculos más importantes para el progreso humano; y debiera ser sustituido por un principio de perfecta igualdad que no admitiera poder ni privilegio para unos ni incapacidad para los otros”.
Como se recordará, John Stuart Mill había presentado tres años antes, en 1866, una demanda en el Parlamento Británico a favor del voto femenino que le fue rechazada. Ese rechazo ocasionó que en 1867 se formara el primer grupo sufragista británico: la Asociación Nacional para el Sufragio de la Mujer, liderada pot Lydia Becker.
El libro de Mill tuvo un notable impacto en el desarrollo de los derechos de la mujer, pues en ese mismo año fue editado en EE.UU., Australia, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca, y al año siguiente lo fue en Italia y Polonia.
John Stuart Mill pretendía eliminar las barreras políticas, de manera que progresivamente modificaran los condicionamientos legales, sociales y mentales que hacían de la mujer un discapacitado social, mermando por ello, no sólo sus posibilidades como persona, sino también los de la propia sociedad. En ello parece que seguimos.
Alicia Puleo García considera la figura de Arthur Schopenhauer (1788-1860) y, a su lado, las que llama figuras de oro e Ilustración olvidada.
De Arthur Schopenhauer es conocida su distinción entre el mundo como representación, donde acontece la causalidad y el mundo como voluntad donde el ser se reconoce y las cosas vienen a ser sus propias representaciones y se agrupan en géneros y constituyen jerarquías. Aquí los géneros equivalen a las ideas de Platón, arquetipos en el continuo devenir que, si contemplados, orientan hacia ellos la voluntad, y el dolor de vivir se mitiga en la pérdida voluntaria de la conciencia, o en la contemplación desinteresada de las ideas como un acto de intuición artística que la voluntad quiere ver reproducidas en la propia persona y en el mundo.

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Con este planteamiento, ¿qué lugar ocupa en Schopenhauer la mujer? Pues, en su trabajo sobre “El amor, las mujeres y la muerte”, donde una mirada dolorida se va volviendo progresivamente desencantada, escéptica y cínica, cuyo paradigma podría ser el que ofrece en la página 103: “El día de hoy es malo, y cada día será más malo, hasta que llegue el peor”, ofrece párrafos acerca de la mujer que, leídos al día de hoy le harían merecedor de una sonora huevada: Si no tapones en los oídos, pónganse el impermeable:
“Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales. Paga su deuda a la vida, no con la acción, sino con el sufrimiento, los dolores de parto, los inquietos cuidados de la infancia. Tiene que obedecer al hombre, ser una compañera pacienzuda que le serene. No está hecha para los grandes esfuerzos ni para las penas o los placeres excesivos. Su vida puede transcurrir más silenciosa, más insignificante y más dulce que la del hombre, sin ser por naturaleza mejor ni peor que éste…
Lo que hace a las mujeres particularmente aptas para cuidarnos y educarnos en la primera infancia, es que ellas mismas continúan siendo pueriles, fútiles y limitadas de inteligencia. Permanecen toda su vida niños grandes, una especie de intermedio entre el niño y el hombre… Por eso tiene siempre un juicio de diez y ocho años, medido muy estrictamente, y por eso las mujeres son toda su vida verdaderos niños…
No ven más que lo que tienen delante de los ojos, se fijan sólo en lo presente, toman las apariencias por realidad y prefieren las fruslerías a las cosas más importantes. Lo que distingue al hombre del animal es la razón. Confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir, de aquí su prudencia, sus cuidados, sus frecuentes aprensiones. La débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece una miopía intelectual que, por una especie de intuición, le permite ver de un modo penetrante las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuando no es inmediato, o sea lo pasado y lo venidero, obre más débilmente sobre la mujer que sobre nosotros. De ahí también esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a veces confina con la demencia…
El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas las ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que

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sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera… De este defecto fundamental y de sus consecuencias nacen la falsía, la infidelidad, la traición, la ingratitud, etc… Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas. En ellas todo es pura imitación, puro pretexto, pura afectación explotada por su deseo de agradar… Excepciones aisladas y parciales no cambian las cosas en nada: tomadas en conjunto, las mujeres son y serán las nulidades más cabales e incurables”.
No es de extrañar que, ante tanto desatino, Alicia Puleo saque a relucir las figuras de oro de la Ilustración olvidada. No voy a ahondar en ello. Basta recomendar aquí la obra en cuatro tomos, “La Vida Escrita por Las Mujeres” que compila la obra literaria escrita en lengua española de una larga nómina de escritoras. No es menor la de filósofas de las que destacaremos Aspasia de Mileto, Hiparquia de Tracia, Diotima de Mantinea, Hipatia de Alejandría, Areté de Cirene, Nicareté de Megara, Hildegarda de Bingen, Cristina de Lorena, Madam de Sevigné, Isabel de Bohemia, Lady Conway, Sor Juana Inés de la Cruz, Teresa de Ávila, Madame de Chatelet, Flora Tristán, Eleanor Marx, Rosa Luxemburgo, María Montesori, Edith Stein, Simone de Beauvoir, Simone Weil, Hanna Arendt, Ayn Rand, María Zambrano, Amelia Valcárcel, Victoria Camps, Celia Amorós, Adela Cortina, Asunción Herrera, Alicia Miyares, María Xosé Agra, Elvira Burgos, Maria Luisa Cavana, Rosa Cobo, Ana de Miguel, María Ángeles Durán, Maria Luisa Femeninas, Teresa López Pardina, Luisa Posada Kubissa, Alicia Puleo, Rosa María Rodr´guez Magda, Concha Roldán, Ana Rubio…y un largo etc
Puedo afirmar que el pensamiento y la idea no tienen sexo, pero lo hacen cuando practican aquel “logos spermaticos”, fecundante, creador, ordenador, epifánico, ontofánico, contra todo cuanto ejerza de charlatán o spermalogos.
Alicia Miyares se ocupa en comparar el pensamiento de Nietzsche con el de Hegel. El pensamiento reflexivo y pausado, creador de una sistemática historicista.del segundo, frente al vitalismo poético y arrollador del primero, donde se vive el presente con una intensidad tal que puede llegar a ser voluntarismo, constructor de sentido del futuro superhombre.
Claro que, leyendo a Nietzsche en su Zaratustra, uno se topa con su encuentro con la vieja, a quien suelta perlas como aquella de “El hombre es

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para la mujer un medio; él es siempre su hijo. Pero, ¿qué es la mujer para el hombre? El verdadero hombre pretende dos cosas: el peligro y el juego. Por eso quiere a la mujer, que es el juguete más peligroso” (Op. Cit. P. 73). Ante afirmaciones como esta uno no sabe bien si es que la mujer va engendrada de hombre, y no termina de parirlo nunca, y tiene que resignarse a que la pegue patadas en sus entrañas, o si por ello y según Nietzsche, consiente en que el hombre crea que juega con ella para jugar con este crío que nunca termina de nacer porque es una inválida de sí misma y lo necesita como medio.
Alude el Zaratustra de Nietzsche doblez de una mujer que ofrece la dulzura, dejando luego en las papilas un persistente sabor amargo cuando dice: “Al guerrero no le agradan los frutos dulces. Por eso ama a la mujer. La mujer más dulce deja siempre un sabor amargo” (Ibid.). Con ello define al hombre frente a la mujer como un guerrero, y por guerrero batallador, conquistador dominante enamorado del peligro que le seduce. Claro que, al final del monólogo nos topamos con la gran perla: “El alma de la mujer es superficie: una capa de agua móvil y tormentosa sobre un fondo bajo. Pero el alma del hombre es profunda. Sus agitaciones braman en las cavernas subterráneas. La mujer presiente el poder del hombre, pero no lo comprende”. Entonces, en ese encuentro de Zaratustra con la vieja, ésta le responde con una pequeña verdad que Zaratrustra lleva oculta bajo su manto: “¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”.
Si el hombre es el niño que debe ser parido por mujer para que sea, poniendo ella, como la vieja de Zaratustra dice, su “honor en su amor”, y permanece como niño negándose a ser, y de ese hombre una vez nacido debe crecer el superhombre, con semejante actitud nunca nacerá. Siempre será no nato quien maneje el látigo contra quien siempre ha venido poniendo a lo largo de la historia su honor en su amor sacrificado por este crío que va con el complejo de Peter Pan, arremetiendo a dos bandas contra la sensatez de Wendy y contra la magia de Campanita, hasta que las dos se hartan.
Les confieso que echo de menos el debate habido entre Hobbes y Spinoza acerca de la igualdad entre hombres y mujeres. Les recomiendo el estudio de Rosalía Durán Forero, “Hombre, e igualdad en Hobbes y Spinoza”, donde encontrarán un apetitoso entrante al tema. Hobbes pone en cuestión la autoridad patriarcal cuando defiende la igualdad entre hombres y mujeres desde la perspectiva del estado de naturaleza. En Hobbes, son el poder y la cultura los que diferencian a los seres humanos, cuestión esta

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que se agudiza cuando desde el poder se construye una forma de cultura que incoa la desigualdad. Cuando poder y cultura configuran las condiciones que estipulan el contrato social, donde se impone una parte fuerte a otra débil, artificialmente mantenida en la ignorancia, el estado de naturaleza queda invalidado. Desde la perspectiva del Contrato Social, sólo cabe el ofrecimiento voluntario, viene a decir Hobbes, donde su concepto de hombre es un genérico que engloba a toda la especie humana. Al hilo de lo dicho, Celia Amorós cita a Descartes: “El espíritu no tiene sexo”. Desde esta perspectiva, como un portillo todavía por abrir para la lucha, son los seres humanos quienes se ofrecen voluntariamente los unos a los otros en una escala de satisfacción mutua de necesidades, independientemente de sus diferencias de género. Según Hobbes, hay tres modos donde puede darse la sumisión y la sujeción: el ya mencionado ofrecimiento voluntario, la cautividad y el nacimiento. Desde la perspectiva del “estado de naturaleza”, la situaciones de sumisión y de dominio no son justificables. La sujeción de los hijos al padre no se produce por derecho natural, pues en ese caso son relativos a la madre que tiene la propiedad de su propio cuerpo. Junto a ello, Hobbes sostiene que “el título de dominio sobre un niño no procede del hecho de la generación, sino de mantenerlo”.
Convengamos que no siempre se refleja el iusnaturalismo en el contrato social que impone, en los usos, una segunda naturaleza artificial, donde el calificativo atrofia el sustantivo; que el contrato social se puede establecer entre desiguales, donde quienes tienen el poder imponen usos como normas de sumisión y contención capaces de hacerlas aparecer en sí mismas como fruto de la voluntariedad, actuando como diques de contención y distribución artificial de las facultades que caracterizan a la naturaleza humana.
Es en la familia, “la más natural de las sociedades”, donde Hobbes contempla la unión entre naturaleza y consentimiento voluntario de las partes, donde aquellos que la configuran se unen de tal forma que no haya poder de uno sobre el otro. Cuando la familia se une mediante el contrato social, nace el matrimonio, y con él la posibilidad de que se produzca al margen de la naturaleza que determina la complementariedad de lo sexuado y hace a los seres iguales. En lo que llaman matrimonio, si expresa el espíritu de una época, se impone el régimen patriarcal sobre el estado de naturaleza . “Hay que regresar al estado de naturaleza –dice Hobbes- en el que, por la igualdad natural, todos los hombres maduros han de considerarse iguales entre si”. Allí “la desigualdad, ya sea en la riqueza, en el poder o en la nobleza, proviene de la ley civil”.

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